26 d’oct. 2022

RICOS Y POBRES

España lleva un tiempo hablando de ricos y de pobres. Empezaron en Cataluña, región que se considera rica (aunque su PIB es igual o peor al de Detroit): Cataluña -una parte de ella- decidió que no quería sufragar a las regiones pobres y que, por consiguiente, deseaba vivir independiente de las regiones pobres. Eso es un espléndido ejercicio de insolidaridad y de ceguera, y es lo que hay tras el "procés", amén de una muestra de supremacismo cultural basado en una superioridad que yo, por lo menos, no puedo comprender que qué se fundamenta.

Siguió la señora Ayuso, profundamente inspirada en la estela de los independentistas catalanes, promoviendo un movimiento de independentismo de la Comunidad de Madrid bastante bochornoso y muy lamentable, aunque con buenos resultados electorales.

Ahora aparece un señor gallego un poco confundido, azorado y bastante torpe, y también nos habla de ricos y pobres. No creo que este señor de Galicia sepa mucho de la pobreza, pero eso no me sorprende. Su partido actúa como un lobby más que como un partido, y jamás al Partido Popular se ha intuido el más mínimo sentido del estado. La igualdad es un ideal antiguo, no es una moda. Y es uno de los pilares del estado del bienestar: eso no se discute. Sin estado del bienestar no hay democracia que valga.

Quizás los catalanes llevamos algo de ventaja en la carrera hacia el desastre, y por eso sabemos que el nacionalismo de derechas es lo más opuesto a la democracia y al bien común. El Partido Popular, ese partido escandaloso y corrupto, no tiene nada que ofrecernos ante la situación actual: sus propuestas solo son una invitación al abismo: ¿bajar impuestos? ¡Hay que ser muy cafre para pedir eso ahora, y más aún con el argumento pueril de "poner unos cuantos euros más en el bolsillo de los españoles". ¿A quién pretenden engañar?

Quienes vivimos de un sueldo y no tenemos hacienda sabemos muy bien lo que significa la propuesta de la bajada de impuestos. Quienes vivimos de un sueldo sabemos que nuestra única hacienda son los impuestos. Es decir, la cobertura de los servicios públicos que se sostienen con nuestros impuestos.

Se lo contaré de otra manera: quiero ser pobre y pagar impuestos. Y por eso he votado y votaré a esa socialdemocracia, y por eso soy de izquierdas con todas las contradicciones. Las contradicciones son muchas. Pero no tengo alternativa. 

Estudié con una beca por las rentas muy bajas de mi familia.

Estoy vivo gracias a la Seguridad Social.

Mi padre murió murió tras ser desahuciado por una mutua privada que promocionan los futbolistas del Barça: la enfermedad de su padre nos sale muy cara, me dijeron. Lléveselo de aquí y métalo en la sanidad pública, me dijeron.

Doy clases a unas alumnas que estudian gracias al sistema público y confío ciegamente en este sistema y en ellas. (La alternativa es infame). Quiero pagar más impuestos para asegurar el éxito de esas alumnas, para aumentar la inversión pública y para prestigiar la enseñanza pública. No pido que me aumenten el sueldo.

La sociedad solo puede ser democrática cuando trabaja para la igualdad. Y más allá: para la equidad.

La izquierda debe hacer mucha reflexión y debe enfrentarse a sus paradojas, contradicciones y tonterías. Pero no hay alternativa. Lo que propone el señor gallego es un suicidio colectivo. Las clases medias debemos estar dispuestas a sacrificarnos. Y las altas deben sacrificarse un poco más, como es lógico. ¿No se sacrificarán por su amada patria esos ricos tan patriotas? Si no les gusta eso, los ricos pueden trasladarse a Madagascar y pueden envolverse en la bandera de Madagascar para hacerse un selfie patriótico.

23 d’oct. 2022

LA LEY TRANS Y LA COEDUCACIÓN SECUESTRADA

Me meto en un berenjenal a consciencia. Me encuentro en buenas condiciones físicas y mentales. Quizás no debería entrar en ese jardín, pero a veces son los jardines los que te llaman y entonces hay que entrar en ellos. Sigo pensando en que la ética no es una opción, ni lo es mirar hacia otra parte. Aunque sea más cómodo mirar el paso de las nubes que las cosas humanas.

Les confieso algo, y lo confieso con pudor: no me atrevo a opinar públicamente sobre el asunto Trans y mucho menos sobre la llamada "Ley Trans". Mi opinión, a fin de cuentas, no tiene ningún valor más allá de ser la opinión de un ciudadano más, uno de esos con los que nos cruzamos por la calle, cada uno a su quehacer.

Pero como uno trabaja en la educación y es militante muy convencido de los valores de la coeducación, por fin me decido a expresar algo. Sin embargo, lo haré a través de otra persona. Es decir, mediante el gesto de recoger la opinión de otra persona, mucho más fiable, documentada e interesante que la mía.

En muy pocos días saldrá a la luz de los anaqueles de las librerías "La coeducación secuestrada", un libro coral coordinado por Silvia Carrasco, profesora de antropología de la UAB y con un larguísimo currículum en la militancia feminista, una profesora de quien he seguido sus trabajos durante mucho tiempo. Es decir: para hablar del asunto Trans, prefiero cederle la palabra a una mujer con larga tradición feminista. No vaya a ser que me acusen de cometer mansplaining, de machista infiltrado o, ¡como no!, de facha.

Así pues, les copio el texto que promociona el libro, todavía pendiente de publicar. Pero muy explícito. En cuanto lo tenga (lo he adquirido en pre-venta), quizás sí me atreveré a escribir una reseña. Mientras no llega este momento, ahí va:

La coeducación, la herramienta feminista clave para luchar desde la escuela contra el patriarcado que persiste a pesar de las leyes que nos declaran iguales, ha sido secuestrada.

Lo que parecía un renovado interés por la coeducación por parte de gobiernos de todo signo es en realidad una suplantación para introducir las ideas transgeneristas reaccionarias en todas las etapas educativas. Inspiradas en la teoría queer y aparentando una intención transgresora y liberadora, sostienen la existencia de una infancia y una adolescencia trans, que se basa en otra ficción transmitida ahora desde la propia escuela: la idea de que se puede cambiar de sexo, que se puede nacer en un cuerpo equivocado y que ser mujer u hombre es un sentimiento. En las comunidades autónomas se han ido aprobando normativas que convierten la ideología transgenerista en la nueva verdad y establecen sanciones para el profesorado y las familias que dudan o discrepan del «autodiagnóstico» infantil y adolescente y de sus «identidades sentidas». Cuando otros países ya dan marcha atrás, en España aumenta el daño irreversible con tratamientos hormonales y cirugías a un número creciente de menores, especialmente chicas, que se declaran trans tras su exposición a estas ideas, y se convierten en dependientes de la industria farmacéutica.

Pero las autoras van más allá. Argumentan que esto no es una moda ni obedece solamente a intereses económicos inmediatos: forma parte de un proyecto para el cual los derechos de la ciudadanía y, más aún, los derechos de las mujeres y de la infancia, son un estorbo. La abrumadora propaganda que difunde y apoya el transgenerismo y la exclusión de las voces críticas en los medios resulta, como mínimo, inquietante.

21 d’oct. 2022

NO PENSABA QUE LA VIDA FUESE ASÍ

Nasreen tiene dieciséis. El azar nos ha puesto de nuevo a ambos en el mismo sitio, pero en otra parte.

La conocí cuando ella tenía 8 y era una niña de segundo de primaria, alegre y algo alocada. Siempre estaba contenta y solo quería cantar y bailar. Entonces nos encontramos en un colegio en donde pasé algunos años de maestro. El barrio es muy pobre, de muros desconchados y ascensores añadidos por la parte de la calle, coches quemados, paro y trapicheos. A veces aparecía la policía, cerraban las salidas del barrio y organizaban una exhibición de fuerza y poder que duraba un par de horas, dos horas de miedo para el vecindario. Luego se largaban hasta dentro de dos meses, en que representaban su función otra vez.

Pasaron ocho años y coincidimos de nuevo. Durante este tiempo yo abandoné la primaria y pasé a la secundaria. Ahora nos encontramos en un Instituto de otro barrio, al otro lado de la misma ciudad, en la periferia opuesta. Los mismos bloques, los mismos ascensores, paro y trapicheo. Y luces azules de vez en cuando, para escenificar por un breve rato quien manda aquí.

Ahora Nasreen, sentada ante mi, me mira con sus ojos azabache y me dice esto, con un tono cansado y monótono:

-No pensaba que la vida fuese así.

Poco antes del confinamiento, su madre se sintió incapaz de mantener a las tres hijas. El padre las había abandonado y ella no dispone de recursos conocidos. Mandó a Nasreen con unos primos del Pakistán. Llegó la pandemia y Nasreen se vio encerrada con unos familiares lejanos. A los trece años, los primos vieron en ella a una mujer terminada y lista para el uso. Nasreen es menuda y la huella de la desnutrición y el desastre está en cada centímetro de su piel, y en esas cicatrices del antebrazo.

Miro sus ojos. Pero solo veo una sombra. No hay rastro alguno de la niña sonriente que cantaba y bailaba. La niña que cantaba y bailaba fue abolida. Quizás solo sea un recuerdo falso en mi mente.

A su regreso de Pakistán (ni ella misma sabe como consiguió salir de allí) terminó en manos de los Servicios Sociales, que le quitaron la custodia a su madre por dejación y la ingresaron en un centro de menores. A los pocos meses ella se fugó. Vagó por nadie se sabe qué lugares (ni ella misma lo sabe) hasta que regresó a casa de su madre, que simplemente le permite estar ahí. Ahora intenta reengancharse a los estudios. Mientras hablamos me fijo en su mochilita de estudiante colgada a la espalda: el instituto es el último asidero. La sombra que ha caído sobre sus ojos crece lenta y segura.

-No entiendo que es lo que he hecho mal, yo pensaba que lo hacía todo bien. Pero todo ha salido mal.

Nasreen piensa que ha fracasado. Todavía no sabe que es el mundo quien ha fracasado.

Luego, por la noche, cuando regreso a casa, su voz vuelve a mi como en un ensueño, y resuena dentro del coche que me lleva a través de las luces led de los semáforos, los escaparates, las pizzerías de donde parten motos cargadas de comida, los anuncios, las gasolineras con sus carteles informando del precio con dos o tres decimales, los patinetes con batería, señores que pasean perros, grupos de jóvenes a la búsqueda del viernes noche. La civilización. No pensaba que la vida fuese así.



18 d’oct. 2022

SER FACHA EN CATALUÑA

Unos días atrás, y a propósito de un texto que colgué aquí, alguien me dejó este comentario: es muy raro (y encomiable) que defiendas la opción antindependentista des de posiciones de izquierdas. Y es cierto: no resulta habitual cuestionar el independentismo desde la izquierda, ya que a menudo la izquierda se calla, mira hacia otra parte o simpatiza, y le cede a la derecha más retrógrada el papel de la oposición.

Un fenómeno muy conocido en cualquier conflicto es el intento de eliminar la moderación des de ambos extremos, con el objetivo de tener un conflicto basado estrictamente en los extremos más opuestos: en este caso, a los catalanes constitucionalistas pero no españolistas, críticos con los esencialismos y las patrias sagradas, opuestos a la mitomanía de Pelayos y Guifrés, nos han ido desplazando hacia lo invisible.

Hace unos años, un independentista me dijo: -Con el tiempo vendrás a nuestra trinchera. Sonó como una maldición a mis oídos. Y sabe Dios que no lo hice ni lo haré, pero ambos extremos han hecho lo posible por sacar el debate de sus cauces racionales y democráticos, y llevarlo a rastras hacia lo radicalizado, hacia el punto de no retorno. 

Hoy, es muy fácil ser facha en Cataluña cuando uno no se manifiesta independentista: la izquierda (determinada izquierda) creyó ver en el independentismo un atisbo de rebelión legítima, de progresismo y de radicalidad democrática. Pues bien: el independentismo es todo lo contrario. Es un movimiento profundamente reaccionario, conservador y antidemocrático. En sus fuentes están el racismo, el clasismo y el supremacismo cultural, ideas muy difíciles de casar con el pensamiento progresista y emancipador. 

No me dejé llevar por esa insensatez y miopía peligrosa, y sostuve (y sostengo) que una persona de izquierdas es incompatible con una persona nacionalista. Y mucho menos partidaria de la independencia. Sin embargo, a los dos extremos les conviene borrar esa posibilidad. El botifler es un facha, tras un ejercicio barato y simplón de pereza mental.

En el otro lado del asunto está lo que sigue: cuando alguien se manifiesta aquí contra el independentismo, automáticamente se le atribuye una simpatía hacia las posiciones de la derecha españolista, a quien se le ha regalado la oposición al secesionismo. Y entonces llegan los disgustos: muchas personas, por las redes, han inferido que simpatizo con las ideas del escandaloso y corrupto Partido Popular, con el lamentable Vox o con el Ciudadanos de la segunda ola, el crepuscular y escorado (incomprensiblemente) hacia una derecha muy poco liberal.

A mi modo de ver, este desastre tiene un culpable evidente: la estulticia de esa izquierda que se confundió y simpatizó con el independentismo, sin darse cuenta de quienes son sus líderes, sus eslóganes y su ideología: es falso que el independentismo haya sido transversal, tal como leo (atónito) muchas veces. En esa confusión de consecuencias dramáticas veo, muchas veces, la parábola de los ciegos de Brueghel. Un tuerto dijo que el independentismo era progresista y los ciegos le creyeron. Ahora están en el barranco.

Si la izquierda socialdemócrata no quiere terminar en el mismo barranco, debe soltar ese lastre y recordar los principios de la ilustración. Cuanto antes mejor.

16 d’oct. 2022

TURULL ANTE EL PELOTÓN


De los periódicos: Turull compara al pelotón de fusilamiento que mató a Lluís Companys en 1940 con el tribunal que le juzgó a él en 2019.

Digan lo que digan los neurocientíficos, la inteligencia no está repartida por igual entre la especie humana. Solo sabemos que todo el mundo dispone de un cerebro. Lo que hagamos con él ya es otro cantar. 

Hay quien usa el don de la inteligencia para hacer el bien a los demás o a sí mismo, quien lo usa para hacer el mal a los demás o a sí mismo y hay, también, una clase de individuos que lo usa para hacer el mal a los demás y el bien a sí mismos. En esta categoría encontramos a muchos conocidos del mundo de la política: cuánto peor para los demás, mejor para mi.

Mi última referencia es el señor Jordi Turull, a quien se le ha ocurrido comparar el tribunal de un país europeo y democrático llamado España con el pelotón de fusilamiento de una dictadura. Turull quiere presentarse como un mártir aún estando vivo: ¿se puede ser mártir y a la vez dirigir un partido político? Haría bien, el señor Turull, en informarse del significado de "mártir", que está al alcance de cualquiera.

Cada vez que leo una estupidez pronunciada por un político me asalta la misma duda: ¿lo dice por ignorancia o por mala fe? ¿Es posible que concurran ambos factores?

Me llevo las manos a la cabeza. Me pregunto, luego, si no será que Turull necesita titulares a toda costa, una vez ha olido la irrelevancia que le espera en las sombras. Alguien me cuenta: no deberías hacerles caso a esa gente, te preocupas demasiado por unas personas irrisorias, muy pequeñitas, quizás no deberías pensar tanto en los políticos catalanes. Ni siquiera tanto en Cataluña.

También me cuentan: jamás sabremos distinguir entre Turull y Rull, hay quien dice que son dos cómicos crepusculares, pertenecientes al Trío Tururull, que ya nadie recuerda.

Sea como sea, por mala fe o por ignorancia, el señor Turull asistió al acto de homenaje a Lluís Companys, fusilado por el franquismo, y comparó el pelotón de fusilamiento con el tribunal que le juzgó a él hace unos añitos. Hay que puntualizar: Turull fue condenado a 12 años de prisión e indultado a los 2. Indulto contra el que el juez que le condenó ni tan siquiera se ha pronunciado. El juez Marchena es mucho más ejemplar y democrático que el señor Turull, le pese a quien le pese.

Hay algo oscuro en todo el asunto: resulta incomprensible que Turull acuda al homenaje a Companys. De haber coincidido en el tiempo, Turull y Companys hubiesen sido incompatibles, profundamente enemigos. Companys era un señor de izquierdas que simpatizaba con el anarquismo. Turull es muy pero que muy de derechas y representa, justamente, aquello contra lo que luchó Companys durante toda su vida. De haber coincidido en el tiempo, Turull hubiese aplaudido hasta rabiar el fusilamiento de Companys.

La política catalana está embarrancada en un lodazal infame y este episodio es otra muestra de ello. Nadie se atreve a pronosticar cual podría ser la mejor salida a ese embrollo. Nadie espera, tampoco, que ninguno de los políticos nacionalistas actuales consiga reunir el valor suficiente para proclamar el fin de la estupidez, nadie parece dispuesto a proponer algo inteligente que facilite la salida del atolladero. Los nacionalistas se han lanzado a la barbaridad como insomnes desquiciados, atrapados en la parálisis del sueño independentista. El nacionalismo no solo es la muerte, como diagnosticó Mitterrand: también es la estupidez. Sublimada por el brillo de la bandera.

El mensaje del señor Turull se suma a la ola antidemocrática que recorre Europa. Si como alguien dijo, Laura Borràs se parece a Macarena Olona y esta a Giorgia Meloni, Turull se parece a Salvini y a Abascal, empeñados en un discurso chapucero cuyo único objetivo es derribar el pensamiento ilustrado y democrático. La estupidez suele ser peligrosa y además -lo siento- no tiene la menor gracia.