España lleva un tiempo hablando de ricos y de pobres. Empezaron en Cataluña, región que se considera rica (aunque su PIB es igual o peor al de Detroit): Cataluña -una parte de ella- decidió que no quería sufragar a las regiones pobres y que, por consiguiente, deseaba vivir independiente de las regiones pobres. Eso es un espléndido ejercicio de insolidaridad y de ceguera, y es lo que hay tras el "procés", amén de una muestra de supremacismo cultural basado en una superioridad que yo, por lo menos, no puedo comprender que qué se fundamenta.
Siguió la señora Ayuso, profundamente inspirada en la estela de los independentistas catalanes, promoviendo un movimiento de independentismo de la Comunidad de Madrid bastante bochornoso y muy lamentable, aunque con buenos resultados electorales.
Ahora aparece un señor gallego un poco confundido, azorado y bastante torpe, y también nos habla de ricos y pobres. No creo que este señor de Galicia sepa mucho de la pobreza, pero eso no me sorprende. Su partido actúa como un lobby más que como un partido, y jamás al Partido Popular se ha intuido el más mínimo sentido del estado. La igualdad es un ideal antiguo, no es una moda. Y es uno de los pilares del estado del bienestar: eso no se discute. Sin estado del bienestar no hay democracia que valga.
Quizás los catalanes llevamos algo de ventaja en la carrera hacia el desastre, y por eso sabemos que el nacionalismo de derechas es lo más opuesto a la democracia y al bien común. El Partido Popular, ese partido escandaloso y corrupto, no tiene nada que ofrecernos ante la situación actual: sus propuestas solo son una invitación al abismo: ¿bajar impuestos? ¡Hay que ser muy cafre para pedir eso ahora, y más aún con el argumento pueril de "poner unos cuantos euros más en el bolsillo de los españoles". ¿A quién pretenden engañar?
Quienes vivimos de un sueldo y no tenemos hacienda sabemos muy bien lo que significa la propuesta de la bajada de impuestos. Quienes vivimos de un sueldo sabemos que nuestra única hacienda son los impuestos. Es decir, la cobertura de los servicios públicos que se sostienen con nuestros impuestos.
Se lo contaré de otra manera: quiero ser pobre y pagar impuestos. Y por eso he votado y votaré a esa socialdemocracia, y por eso soy de izquierdas con todas las contradicciones. Las contradicciones son muchas. Pero no tengo alternativa.
Estudié con una beca por las rentas muy bajas de mi familia.
Estoy vivo gracias a la Seguridad Social.
Mi padre murió murió tras ser desahuciado por una mutua privada que promocionan los futbolistas del Barça: la enfermedad de su padre nos sale muy cara, me dijeron. Lléveselo de aquí y métalo en la sanidad pública, me dijeron.
Doy clases a unas alumnas que estudian gracias al sistema público y confío ciegamente en este sistema y en ellas. (La alternativa es infame). Quiero pagar más impuestos para asegurar el éxito de esas alumnas, para aumentar la inversión pública y para prestigiar la enseñanza pública. No pido que me aumenten el sueldo.
La sociedad solo puede ser democrática cuando trabaja para la igualdad. Y más allá: para la equidad.
La izquierda debe hacer mucha reflexión y debe enfrentarse a sus paradojas, contradicciones y tonterías. Pero no hay alternativa. Lo que propone el señor gallego es un suicidio colectivo. Las clases medias debemos estar dispuestas a sacrificarnos. Y las altas deben sacrificarse un poco más, como es lógico. ¿No se sacrificarán por su amada patria esos ricos tan patriotas? Si no les gusta eso, los ricos pueden trasladarse a Madagascar y pueden envolverse en la bandera de Madagascar para hacerse un selfie patriótico.




