20 d’oct. 2021

EL SEÑOR OTEGI EN SU TORRE DESMOCHADA

El peinado del señor Otegi solo es un poco batasuno, como si lo disimulase.

La sonrisa del señor Otegi tiene algo de chulesca, de machito español del norte, un cinismo socarrón y muy castellano viejo. A pesar de los juicios y los años de cárcel, el brillo de sus ojos nos dice: a mi no me doblega nadie, se necesitan doce como tu para arrodillarme a mi. Si Santiago Abascal y Arnaldo Otegi se encontrasen en un bar, encontrarían más cosas comunes que diferencias, aunque la coincidencia les dolería a los dos en su gónada patriótica.

El señor Otegi viste ahora camisas blancas y americanas azules, y calzado bueno. Le gustan los micrófonos y las cámaras, las busca y las encuentra. El señor Otegi intenta presentarse como un interlocutor importante, necesario. Pero le cuesta ocultar el alma, que asoma cuando menos te lo esperas. 

El señor Otegi debe pensar que los vascos nacionalistas son, no solo los buenos vascos, si no los mejores, y mucho mejores que los españolitos comunes. Esas ideas son viejas pero no se van. En siglos anteriores ya sucedió eso, con otros Otegis.

El señor Otegi está convencido de que siempre se cae de pie, y de que siempre será así. Puede que si, pero hay algo que el señor Otegi no sabe, o hace como que no lo sabe: que su tiempo se extinguió. Haría bien el señor Otegi en deslizarse hacia un lado, quizás una bonita casa de campo en la campiña verde, con vacas pastando y esas plantas que dan arándanos, con los cuales se elabora el Pacharán, esa cosa dulzona y magenta que induce al sueño tras vociferar un buen rato.

Haría bien el señor Otegi en retirarse, contemplar el paisaje y saborear el licor rosa y dulzón. Y dejarnos en paz. Su discurso ya no le interesa a nadie. O a casi nadie. Entonces, en su retiro rural, podrá dedicarse al ensoñamiento de la Euskadi mítica y mitológica que ya no existe, tal como Himmler soñaba con los caballeros teutones. Y podrá dejarse el peinado que quiera. Y podrá despeinarse sin temer que vengan las cámaras.

Allí, solo y libre, el señor Otegi podrá jugar a ponerse el pasamontañas negro y rememorar su juventud abolida.

19 d’oct. 2021

Lucy López y el Leviatán

Lucy tiene el pelo castaño, los ojos verdemarino y el perfil de una princesa renacentista. Pero es una chavala del barrio. Lucy no sabe lo que le pasa, solo sabe que está mal, que hay algo malo dentro de ella que no la deja vivir en paz.

Cuando era pequeña le dijeron que tenía dislexia y déficit de atención, y las pasó canutas en la escuela. No guarda recuerdos buenos del colegio del barrio.

Ha suspendido los dos exámenes que ha hecho hasta ahora, no tiene amigas aquí y se siente agobiada. Todos le hablan, todo es ruido, y por eso se esconde en el váter. Se sienta en el rinconcito blanco y se pone a llorar hasta que la mascarilla queda empañada en lágrimas.

A Lucy no le salen las palabras y yo pienso, en primer lugar, que no tiene ganas de hablar. Luego que no puede. Pero al fin me doy cuenta de que hay tantas palabras en ella que no le pasan por la garganta y no le caben en la boca. De modo que, cuando por fin pretende contar algo, estalla en un llanto gordo, redondo, rotundo. Se abraza a sí misma, sentada en esa sillita de plástico y lanza miradas verdeagua a su alrededor, buscando un asidero que no está, que se escapa. Hay tristeza, infelicidad. Hay, sobre todo, la mirada verde de alguien que está perdido en un mundo enorme, antipático, indiferente. Lucy ha descubierto por fin el mundo a donde la trajeron su padre y su madre. Él trabaja todo el día y ella toda la noche, para poder pagar los gastos, que son muchos.

Una de sus profesoras me dijo: Lucy es una niña consentida que no soporta la frustración.

Y puede que haya algo de eso, pero no es solo eso. Lucy descubrió al Leviatán en algún momento pero no sabe su nombre ni puede definir su contorno. El monstruo anda con ella a todas partes. Algo no funciona muy bien en ese lugar en donde los jóvenes más frágiles se pierden y se caen del camino.

-¿Esos nos van a pagar la jubilación? insiste la profesora, ¡Que Dios nos ampare!

Cuando por fin Lucy se marcha la veo andar hacia el poniente rosa y naranja, pequeña y endeble. La depresión es terrible en cualquier cuerpo, pero le puede quebrar a uno cuando la ve en una adolescente renacentista a la que la vida le duele tanto. Cuando Lucy se ha ido descubro una lagrimita asomando en mis ojos, y me acuerdo de las depresiones insondables de mi padre, que también anduvo con el Leviatán la mitad de su vida.

18 d’oct. 2021

Ericia y la muerte en la juventud

Ericia está sentada en las escaleras, entre la primera planta y la segunda. Unos lagrimones pesados y redondos resbalan por sus mejillas. Su mirada, de ojos de aceituna, está ausente pero es capaz de atravesar los muros. Sus ojos negros miran fijamente una negrura enorme. Y la negrura le devuelve la mirada.

Ericia no quiere vivir más. Llegó hasta los diecinueve a duras penas y ya no puede más. Está sentada y parece que no se podrá levantar. Su cuerpo se hunde sobre sí mismo. Sus manos están abandonadas a los lados, con las palmas vueltas hacia arriba, rendida. Ya no más lucha.

Su cabello de azabache contiene tota la negrura del espacio gélido, que le acaricia con un gesto de bendición. Ericia quiere descansar y llegó a la conclusión de que solo la muerte le ofrecerá el descanso que no le dieron sus familiares, sus profesores, sus semejantes.

Ericia no quiere seguir viviendo. Ericia quiere morirse a los diecinueve, morirse cuanto antes.

Por eso se tragó los quince comprimidos y me lo cuenta así, sin titubear, cuando le pregunto, manteniendo su mirada de acero negro en mis ojos, sin pestañear, sosteniendo media sonrisa cansada y grácil, sin vergüenza ni miedo. Ella sabe que llegó mucho más lejos que yo. Sabe que, en tan solo diecinueve años, viajó mucho más allá que yo a mis cincuenta y pico y vio mucho más mundo que yo. Ericia sabe que sus sueños son mucho más profundos que los míos y que jamás le alcanzaré. Ericia debe haber visto que soy un cobarde, que mis pies se retraen ante el abismo y sabe que los suyos no dudan en avanzar, aunque sabe que avanzará sola hacia el vacío. El vacío es su amigo, el vacío es su hogar desde que tiene uso de razón. Y Ericia es inteligente, incluso dolorosamente inteligente cuando me cuenta lo del vacío, cuando me habla de la nada y la muerte.

Ericia es una joven catalana de diecinueve años que no quiere vivir y desconfía de los Servicios Sociales (no me gusta su forma de trabajar, dice, sin especificar nada más). Yo fui un poco Ericia cuando tenía diecisiete y no recuerdo muy bien como dejé de ser ella algo más tarde, quizás a los diecinueve. Si lo supiese, se lo contaría. Pero no me acuerdo. Quizás todos fuimos Ericia en algún momento y luego no lo recordamos, por miedo más que nada, o por la pereza de recordar los paisajes inhóspitos.

Hoy he hablado de nuevo con Ericia y me ha parecido una joven de metal durísimo. Y a la vez más frágil que el tallo de un brote de maíz recién nacido. He recordado la frase del pensador sobre la vida entendida como un esfuerzo inútil, si, pero también he recordado como se reconstruyó Lisboa tras el incendio.




17 d’oct. 2021

A propósito de San Manuel Chaves y las dos Españas

A veces consulto los datos de este blog en el que están ahora mismo. En las últimas semanas, el blog agoniza dulcemente sin que sepa el porqué. Cuando digo que agoniza me refiero al número de visitas, que ha decaído en picado y ha llegado a los números del principio, cuando solo escribía mi diario para mi mismo y sin más intención.

Todo nace y todo muere, lo dijo el poeta. Quizás al blog le ha llegado el momento de morir, cuando todo se pierde como lágrimas en la lluvia de mentira que lanzaba Ridley Scott.

De modo que acepto la realidad. Voy a dedicar los últimos tiempos de este blog a recuperar los apuntes y entradas que más me gustaron, o los que menos se leyeron. Un buen epílogo, creo. Avanzo pues hacia el fin en una larga despedida, al estilo de los grandes del rock.  

14 d’oct. 2021

Lo que perdimos en el fuego de octubre del 2017

Algunos días atrás asistí a la presentación de un proyecto cultural en una villa al lado de la ciudad de Valencia. El ambiente, un sábado por la mañana de dulce calorcito otoñal, era distendido y agradable. La sala municipal es acogedora, diáfana. Me sorprende que no haya banderas en el escenario. Tras esos años terribles en Cataluña, uno siempre se teme que la guerra de las banderas será omnipresente, pero no es así. Aquí, en esa Comunitat Valenciana que algunos reivindican como perteneciente al ensueño romántico de los ectoplasmáticos "países catalanes", no hay banderas. Mucho mejor así. A mi me gusta la de Europa, pero no pasa nada.

Los ponentes se expresan los unos en valenciano, otros en castellano y otros en catalán. El diálogo fluye con facilidad. Me sorprendo de nuevo: nadie protesta, nadie murmura, nadie silba, nadie se remueve en su butaca azul. No hay gritos ni insultos. Todos los idiomas conviven en paz ya que todo el mundo comprende a los demás y por consiguiente no hay malestar alguno, ni ofensa ni desprecio. Solo ganas de entenderse entre lengua hermanas, hijas del latín y de la necesidad de la lengua franca. El acto transcurre con normalidad. Hay un par de mesas redondas. El conductor de una de ellas se permite cierto tono reivindicativo por la parte nacionalista, mezclada con un antifranquismo pertinente pero un poco al estilo catalán, ese estilo que pretende inducir a la sospecha de que todo lo español es franquista y todo lo catalán, antifranquista. ¡Como si no supiese nada del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat o de los miles de franquistas de pura cepa catalana que prosperaron en la Cataluña de Franco -y que a día de hoy son furibundos independentistas! Ningún ponente le sigue el hilo al moderador que pretendía estropear el acto. Bravo.

Me relajo aún más en mi butaca azul, me hundo en ella: me doy cuenta de que puedo escuchar a esos ponentes sin ponerme de los nervios. No hay crispación ni nacionalismo: solo hay interés por la difusión de la cultura y de la memoria colectiva, sin insinuaciones malévolas, sin botiflers de por medio, sin ánimo de venganza, sin menciones a la represión del 1 de octubre ni demás sandeces trilladas hasta la náusea. Se habla de proyectos, de esperanzas, de vida. Eso es la democracia, me digo mientras sigo relajándome y añorando el tiempo en el que Cataluña era así, aquel espacio plural en el que a nadie se le ocurría gritar "en català, collons!" cuando alguien hablaba en la lengua de Machado, de Blas de Otero, de Luis Cernuda. Los catalanes somos afortunadamente bilingües aunque algunos pretendan lo opuesto: somos como los valencianos que hoy celebran la convivencia fértil entre las lenguas de España.

Se termina el acto y los conferenciantes y el público hablan entre sí en el vestíbulo. De nuevo se comunican en las dos o tres lenguas, sin fricciones ni tensiones, sin malas miradas, sin problemas. No parece nada difícil obrar así. Es más: parece no solo lo más fácil, si no lo más bello del mundo. Queremos hablar y entendernos, cada uno con su deje y su acento, reconociendo que todos hablamos lenguas españolas y que lo que nos importa es, ante todo, hablar y entendernos y compartir contenidos, ideas, esperanzas, deseos. Vivir.

Por eso, cuando preguntamos por un lugar al que ir a comer, nos responden en castellano y valenciano y catalán. Camino de Barcelona, llegamos a la Cofradía de Pescadores de Burriana, lugar que les recomiendo. No solo la comida es deliciosa: el camarero les atenderá en castellano y en valenciano, cambiando de lengua en mitad de cada frase. Y nadie le maúlla "en català, collons!".

Eso es lo que los catalanes perdimos cuando ardieron los contenedores de Barcelona. Eso es lo que nos quitaron aquellos políticos insensatos con sus bravuconadas patrióticas, medievales y antidemocráticas, en octubre de 2017. Eso es lo que debemos recuperar cuanto antes mejor, para vivir de nuevo en paz.

12 d’oct. 2021

Ni olvido ni perdón

De entre los muchos eslóganes que promovió el independentismo, ese "Ni olvido ni perdón" es el más desafortunado, por su potencial dañino y enemigo visceral de la convivencia. Aunque no hubo ideas buenas en este campo (la ramplona "Espanya ens roba" es poco más que una falacia destinada a mantener un viejo engaño que fue convenientemente desmontada) debemos aceptar que algunas de las frases son tan facilonas, tan destinadas a mover emociones primarias y pueriles, que han caído en el olvido con gran facilidad: Hola, nou país, Vam votar, vam guanyar, Independència per canviar-ho tot...

Todas esas frases, destinadas a quedarse grabadas en la mente para ser repetidas en los pasacalles coreografiados de la ANC, se han ido por el desagüe: no hay contenido, no hay propuesta racional. Tan solo ilusión, ensueño y propaganda vacía, sin propuesta política ni social que las ampare.

Pero luego está ese belicista "Ni olvido ni perdón" que impide la marcha atrás, la reflexión y el diálogo. Por desgracia, la frase la sigo viendo en artículos, twits y pintadas en la calle. Eso es un proyecto político: la violencia como método. Ahí están esos jóvenes "antifascistas" de la UAB, que aplican al supuesto fascismo de los demás una táctica estrictamente fascista. La violencia contra el diferente.

Imagínese usted que nos aplicásemos ese principio para todos los desencuentros de la vida: entre parejas, entre vecinos, entre colectivos distintos. No está la sociedad como para jugar a la guerra, mientras nos damos cuenta del riesgo de aumento de la agresividad en muchas partes.

Si no ando mal, el eslógan parte de una frase de las Madres de Mayo argentinas, y ellas le aplicaban la frase a los torturadores de una dictadura feroz y asesina. Trasladar esa idea al independentismo no solo implica un salto conceptual mal intencionado y recurrente (identificar a la España democrática con una dictadura cruel), si no que banaliza el sufrimiento de las mujeres argentinas cuyos hijos desaparecieron en las garras de los criminales. Solo por eso, el eslógan es lamentable.

¿Qué espacios nos deja, pensar así, para luego terminar aceptando que solo del diálogo saldrán las soluciones? ¿Acaso actuaron así en Irlanda o en la República Surafricana?

Aunque la desdichada frase se propuso en respuesta a los hechos del 1 de octubre del 2017, luego se ha extendido, como era de preveer, y se aplica a situaciones de cualquier clase, insistiendo en la idea de que Cataluña es una colonia oprimida y reprimida, contra lo que solo cabe esa actitud primitiva y violenta. ¿Como reconciliaremos una sociedad dividida por el capricho de unos pocos, si no estamos dispuestos al olvido o al perdón?

Y otra cosa, que no se me olvide: ese proyecto político (pues no es otra cosa) nos lo podemos incorporar todos: también los catalanes no independentistas que fuimos violentados des del gobierno autonómico, tratados de fachas, de ñordos, de botiflers, de colonos y de genocidas culturales. También nosotros podemos acogernos a tan lamentable eslógan. Y entonces... ¿qué sucedería? Me dirán que nosotros no tenemos derecho a ello, ya que somos los opresores, como debe ser una opresora mi vecina Mari, 73 años, de Jaén, pensión de viudedad, pisito de renta protegida, que mira durante 10 minutos las ofertas del súper y calcula si puede o no puede comprarse el pack de dos patas de pollo a 3 euros tras toda la vida en Cataluña, trabajando de sol a sol, criando a los hijos sola. Mari es, supongo, el paradigma indiscutible de una colonizadora y una genocida cultural... porque no es independentista.

El único proyecto político que alberga esa frase es una guerra civil de una intensidad todavía no calibrada, posiblemente sorda y oculta para los medios, un problema irresoluble. Para comprobar su capacidad maligna hagan una prueba muy simple: aplíquesela a cualquiera que les haya ofendido, contrariado o desagradado en algún momento.

Y luego piensen: ¿quiero vivir en un mundo sin olvido ni perdón? Y si es así, ¿la propuesta civil es la venganza? ¿El odio eterno?

Quizás uno entiende mejor que los griegos antiguos considerasen al olvido un regalo de los dioses, o que Jesucristo predicase el perdón como forma de convivencia, o lo que cuentan los budistas.

¿Se puede construir una sociedad en donde apetezca vivir bajo el eslógan "ni oblit ni perdó"? Creo (y espero que lo crean igual), que la respuesta es muy sencilla. Nadie quiere vivir en una sociedad así, en una Cataluña incapaz de aceptar la diferencia.

7 d’oct. 2021

La lírica de la muerte catalana


Cataluña desaparecerá muy pronto.

El idioma catalán morirá si Cataluña no obtiene un estado propio mañana o pasado mañana.
Cataluña, con sus esencias milenarias y sus tradiciones, tan bellas y profundas como ancestrales, morirá si no es un estado independiente.
Andorra es la demostración de todo lo anterior: un estado moderno, ejemplar, la envidia de Europa entera.
Así sería la Cataluña independiente.
Como una Andorra con costa y urbanizaciones clandestinas frente al mar.
La salvación de la lengua de Guerau de Liost.

Parece que la muerte de Cataluña y lo catalán es el discurso, la amenaza. Uno, si ha nacido en Cataluña, terminará por sospechar, aterrorizado, que podría morir en breve de no ser por la acción salvífica de una independencia ipso facto. Si uno deja de pensar en pueblos milenarios y patrias sacrosantas, temerá su muerte como individuo (individuo catalán, por supuesto) caso de no mediar una independencia santo súbito. Esa es la lírica catalana.

La lírica de la muerte es la prosa del independentismo.

Leo perplejo algunos artículos del señor Pau Vidal, alma pater del Manifiesto Koiné: el señor Vidal lleva muy mala vida, ya que cada día se levanta temiendo que ese será el último día de vida de la lengua catalana. Eso es muy malo. Cuando un animalito se siente amenazado, lo primero que hace es morder al vecino. Esa es la lírica mordedora del nacionalismo catalán. En vez de defender la lengua materna, odiar la lengua castellana. Incapaz de darse cuenta de que cuanto más odio proyecte sobre el castellano, más debilita al catalán.

No me apasionan los experimentos sociales ni me seduce la psicología de este tipo. Pero tras evidenciar ante los alumnos que entre ambas lenguas debemos evitar el conflicto, ser flexibles y despolitizar el asunto, descubrí que las cosas fluían mucho mejor en la clase. Menos tensión y mejores resultados. Odiar -y en consecuencia reprimir- al castellano solo trae conflictividad en un espacio que no fue nunca conflictivo. Esas alumnas y esos alumnos que en el patio y en la calle se entienden en ambas lenguas, ligan y se enamoran bilingüemente, viven mucho mejor el aula como un espacio de comprensión y de apertura. Tras contarles que no se reprime el uso del castellano, todo el mundo hizo su trabajo en catalán y aquí paz y después gloria.

Parece mentira que a nuestras edades y tras tantos siglos de historia no hayamos comprendido los efectos de la represión. Si usted quiere fomentar un sentimiento entre los jóvenes solo debe prohibírselo: es algo sencillo, básico, elemental. Deje usted margen para la elección sin problemas y verá como el enfrentamiento se desvanece.

Parece sencillo pero no lo es. Las autoridades prefieren la lírica trágica de la muerte y la desaparición, con las consiguientes medidas represivas para paliar lo que quizás es inevitable: con los años, también desaparecerá la lengua castellana; con los siglos desaparecerá la inglesa. 

Imagínese usted, señor Pau Vidal, que se indigna porqué le parece que la muerte debería obviar a los catalanes de pura cepa. Puede ponerse como quiera, pero la muerte es la muerte y todo lo que debe morir, morirá. Usted, yo, el idioma de su madre y la mía y todo lo demás. No nos vengan con más líos y conflictos. Vamos a simplificar y, a poder ser, sea usted un poco más amable con los diferentes.

Vamos a convivir en paz el tiempo que la naturaleza nos haya dado. Aléjese del nacionalismo y de los odios que conlleva esa ideología de muerte. La muerte nos llegará cuando nos toque, pero hoy estamos vivos y vamos a vivir. A convivir.

6 d’oct. 2021

Casado en el Club de la Comedia

Cataluña tiene por presidente regional al señor Pere Aragonès, a quien ciertas malas lenguas tratan de "Asombroso Niño Barbudo". En el Partido Popular, que siempre están al quite, han decidido que España también debe tener su propio y asombroso niño barbudo y por eso alguien le sugirió al desdichado Pablo Casado que se dejase crecer la barba, con la esperanza de que la pilosidad le eleve al sillón presidencial.

En los últimos días, el asombroso Partido Popular ha organizado una convención itinerante, tal como antaño lo hacían los circos con sus elefantes, sus monos y sus tigres, sus payasos y sus trompetistas, y ha paseado al maltrecho Pablo Casado por las mejores plazas. No le han faltado aplausos ni vítores, aunque debemos reseñar que no ha habido lanzamiento de prendas íntimas al escenario.

Al Partido Popular no se le ha ocurrido nada mejor para su gira que emular al Club de la Comedia, y con ese objetivo ha citado a notables monologuistas de la cosa cómica. Cómica y rancia, sobra precisarlo.

El señor Aznar, cuyo rostro enjuto ya no exige del bigote para aparentar edad, no ha perdido la ocasión de exhibir sus dotes actorales y se ha despachado en tono tabernario durante la gira circense, con improperios y sandeces de toda clase, la mayoría de las cuales son de consumo habitual en toda España con un codo apoyado en la barra mientras se sostiene una buena caña de cerveza. Al pobre señor Aznar le viene grande la jubilación: lo he visto otras veces. En la recta final, uno pretende pasar a la posteridad mediante la acumulación de barbaridades, excentricidades y burradas.

Digo yo que las chorradas que han soltado el probe Casado y el provecto Aznar obedecen a la estrategia de seducir al electorado de Vox, muy sensible a la puerilidad y al chiste facilón, como al nobilísimo arte de atraer la atención en la barra del bar. Lo que nos ha aportado Vox a la política española es solo eso: la bravuconada del bar elevada a discurso parlamentario o a campaña electoral, una crispación inútil y lamentable.

El malogrado Casado tiene las encuestas del ABC de cara, pero la realidad de espaldas. Alguien debería decírselo. Mientras juegue a comediante del Club de la Comedia Rancia no ganará elecciones algunas y, en cualquier caso, será Ayuso quien le quite la silla en un descuido la mar de tonto. España sigue huérfana de una derecha sensata y homologable en Europa.

Mientras el aciago Pablo Casado juegue a youtuber líder en ranciedad cómica y derechona, alguien de su partido debe contarle que no se le espera en el sillón de la Moncloa.

Dios nos guarde del infausto Casado, amén.

4 d’oct. 2021

Zoila, llena eres de poesía

Zoila tiene diecisiete años.

Zoila vive en ese barrio del sur, al lado de las vías del tren, cerca de la autopista que ruge día y noche. Zoila vive en uno de esos bloques amarillos y desconchados como si hubiesen emergido del fondo del mar tras permanecer dos mil años entre peces fantasmagóricos y algas traslúcidas. Zoila vive con su madre y sus dos hermanos, el menor tiene un año y medio y es el hijo del medio novio de su madre, un hombre tosco, de taverna. El hombre que es el medio novio de mamá le dice a su madre que la quiere pero también le pega, a veces, cuando llega muy caliente al piso en el bloque amarillento en el fondo de la ciudad, al lado de las vías del tren y de la autopista que siempre ruge.

Zoila es morena, menuda y tiene los ojos de aceituna. No conoció a su padre.

Zoila estudia un grado medio de Cosmética en el instituto del barrio. Terminó la ESO con notas bastante buenas, y tanto era así que algunas profesoras se sorprendieron de que Zoila, con la que le está cayendo en su casa, saque esas notas. Le dijeron que se matriculase en Bachillerato pero ella prefiere ponerse a trabajar pronto y por eso se inscribió en Cosmética. Zoila tenía un medio novio hasta hace poco, un chaval taciturno y vago que no la trataba bien y por eso Zoila le dijo que aire, que me dejes en paz, ya no quiero más novio.

Zoila tiene diecisiete años.

Zoila está embarazada.

Embarazada de tres meses. En cuanto lo supo se alegró de haberle dado puerta al medio novio: viendo lo que les hacen los maridos a las mujeres, prefiere ser madre sin marido, sin padre.

Pero Zoila está triste y siente que algo se rompió. No tiene ganas de ir a clase. El mundo, de repente, ha pasado de ser pequeño y hostil a ser enorme y hostil. Las calles, las gentes, la nubes del otoño: todo es muy atroz, muy grande y lejano. Las distancias se han ensanchado y el horizonte, oscurecido, se ha marchado hasta detrás del horizonte. 

Zoila mira la parte del cuerpo que rodea el ombligo. El ombligo es el punto de un interrogante que quiere ensancharse.

Zoila no sabe que, en el instituto, hay unos profesores que ahora mismo hablan de ella. Uno de los profesores sugiere que Zoila debería abortar. Otro profesor, a su lado, da un respingo al escuchar el verbo, como si fuese el verbo del mismísimo diablo. Las dos Españas hablan de Zoila mientras ella camina, sola y en silencio, a las cinco de la tarde, deambulando por la plaza Picasso bajo un sol blanco y tibio de otoño en el barrio pobre al sur de la ciudad.

1 d’oct. 2021

Estrujad, dice Joaquim


Las autoridades de Barcelona no saben como tratar el asunto: miles de personas salen cada fin de semana a beber, a romper cristales para saquear tiendas y a quemar coches. Es obvio que le han perdido el miedo a la policía, que se ríen de ella, que les toman por monigotes risibles. Y cabe apuntar: eso no sucede solo en Barcelona. Sucedió algo reseñable hace pocos días y en el pueblecito de Tiana, lugar entrañable del Maresme habitado por pacíficos hippies renombrados y gentes de renta elevada. Durante su fiesta mayor, la juventud del pueblo se permitió organizar una encerrona a la policía autonómica, de la que los agentes pudieron escapar por patas y por los pelos.

Uno lee cosas y entiende que las consecuencias de los confinamientos y las cuarentenas pasan factura, y especialmente entre el segmento joven. Llevaron muy mal aquellas medidas extremas durante los peores momentos de la COVID. Tardaremos años en saber todo lo que sucedió en los hogares confinados, pero en la mayoría de los casos no sucedió nada bueno. No es bueno que el hombre esté solo, y es peor que el hombre esté encerrado. El confinamiento salvó miles de vidas, pero estropeó miles de psiques.

Un tal Joaquim T., que justo antes del virus animó a los jóvenes a estrujar al estado (Apreteu, feu bé d'apretar), podría aportar algo en estos momentos. Podría pedir perdón, el pobre Joaquim, por su monumental torpeza. Quizás sabe, Joaquim, que hay algo de sus palabras en el espectáculo deplorable que vemos cada fin de semana. Joaquim insinuó que el estrujamiento era algo lícito y comprensible, y devaluó a sus propios cuerpos policiales, a quienes puso en la picota por cumplir sus funciones en la guarda del orden público. Todos recordamos los días de Urquinaona y de Vía Layetana (antes Vía Durruti), cuando el presidente de la Generalitat catalana era incapaz de comprender lo que sucedía y se olvidaba del cargo institucional que ostentaba: quizás no ha habido nunca un presidente más insípido ni más irresponsable al mando de un gobierno autónomo español. Su incompetencia es muy llamativa.

Claro que hay relación entre las proclamas incendiarias del señor Torra y los sucesos en los botellones de estos días, por supuesto que hay relación entre ambos hechos: cualquiera lo puede ver. La máxima autoridad regional alentó el incendio de contenedores y acusó de exceso a los policías que él mismo les mandaba, en un ejercicio esquizofrénico del cargo público. Imagínense ustedes a un profesor que alienta a sus alumnos a no asistir a clase para protestar contra algo y, en cuanto lo hacen, les penaliza con una falta de asistencia lesiva.

Tras sus arengas a estrujar, señor Torra, los jóvenes siguen estrujando. Ahora no estrujan por Cataluña ni por su presidente ni por el delirio independentista: ahora estrujan porque les da la gana y porque recuerdan que les animaron a hacerlo y les dieron permiso des del silloncito de la autoridad autonómica.

 Ahí lo tienes, Joaquim T. Este es tu legado a Cataluña, la herencia de tu desastroso mandato. 

29 de set. 2021

Cataluña y Jauja

El señor Antoni Bori i Fontestà, que tiene calle en el callejero barcelonés, nació en Badalona en 1861. Como escritor no pasó a la historia, pero nos dejó un poema fascinante, aunque de nivel literario más bien escaso: La terra de Xauxa. Les dejo el enlace al poema entero, algo largo y tedioso pero suculento si pinchan aquí.

Xauxa es la tierra ideal y un proyecto político. Aunque el propio autor sugiere, en el cuarteto final, que Xauxa es, quizás, una simple fantasía. La descripción de lo que allí sucede es minuciosa y muy detallada. No sabría en donde detenerme, les dejo solo unas pocas notas, con datos de especial interés y que cada uno daría para un artículo sobre las utopías y sus peligros graves para la humanidad:

  • En Xauxa no hay pobres: todo el mundo es rico.
  • Todo el mundo obedece y se comporta con rectitud.
  • No se celebran elecciones ni se pagan contribuciones.
  • No hay descontrol y por consiguiente no hace falta policía.
Leyendo el poema, que vino a mi por casualidad y sin esperarlo, me acordé de las varias campañas de la Assemblea Nacional Catalana y de Òmnium Cultural, en donde nos invitaban a soñar la Cataluña independiente. Vull un país on... se tituló aquélla campaña, en el momento álgido del independentismo, cuando los eslóganes invitaban a pensar una independencia inminente, fulgurante y envidiada por el mundo entero, cuando el mundo entero solo tenía ojos para Cataluña. Cada uno podía aportar sus sueños y así lo hicieron miles de soñadores. Cada iluso con su ilusión, hubo quien pidió helado de postre cada día, fresas con nata para desayunar, justicia poética en vez de justicia democrática, felicidad para abuelas y abuelos, un país donde solo los besos tapen las bocas, un país que se levante temprano y se acueste tranquilo, donde crear una empresa sea fácil, sin listas de espera, con trenes puntuales...

En el ambiente había solo pensamiento mágico y la idea de que, solo por pedirlo, todo sería concedido. El ensueño del separatismo lo iba a permitir todo. Y aunque algunas peticiones sean de lo más realista (escuelas públicas de calidad, sin listas de espera, sin corrupción ni recortes), uno se pregunta para qué demonios hace falta crear un nuevo país: esas peticiones se deben exigir aquí y ahora, siempre, y también entonces, a los políticos que estaban mareando a la ciudadanía con promesas, declaraciones solemnes y leyes de transitoriedad que enmascaraban aquel golpe de estado postmoderno que perpetraron los días 6 y 7 de septiembre de 2017, los días más oscuros para la democracia.

Hay algo del sueño de Jauja de Bori i Fontestà en el delirio independentista. Algo de aquella Jauja está allí, agazapado en el duermevela, ese momento en el que la razón se esfuma y la realidad se confunde con los deseos. Había algo de Jauja y de las ideas más peregrinas de Paulo Coleho en los instantes más lúgubres para el sentido común y el sentido de la democracia. Todo terminó en un estrépito tremebundo de coches policiales, detenciones, juicios, presos y hombres que se fugan en el maletero de un coche tras mandar a sus subordinados al trabajo. La realidad, prosaica, inexorable e impávida, se impuso. Tal como sucede siempre y sin remedio: uno puede ensoñarse con un revolcón estival junto a su actriz favorita pero a la mañana siguiente amanece solo en la cama en el mejor de los casos y, en el peor, encamado junto al ser que detesta. Y entonces viene el lamento. O el crujir de dientes. Es la realidad el lugar en donde estamos y para el cual trabajamos.

Lo que viene tras el sueño de Jauja es eso: la frustración. Y es la frustración el sentimiento que se apodera de la Cataluña tras el procés: no hubo nada de nada, el mundo fue indiferente y estamos peor que antes. Ahora estamos divididos, jodidos por los efectos del virus, con más violencia en las calles y, además, sin helado de postres. Y el Barça pierde.

26 de set. 2021

Simulo que existo


Jean-Baptiste Regnault compuso "El origen de la pintura" en 1786, un cuadro que no es muy popular. En este lienzo, al óleo, Jean-Baptiste nos presenta a una joven pareja en un lugar bello pero siniestro: están tumbados y medio desnudos ante un panteón y ella, aprovechando los últimos rayos del sol, perfila la sombra de él proyectada en el muro de un sepulcro. Trata así de recordar al amante y al momento, que ambos saben que no se repetirá. Cuando se hayan marchado para siempre permanecerá allí la reseña del instante.

Ayer recibí la encuesta de una alumna de Bachillerato que está haciendo un trabajo para la asignatura de Filosofía. Pregunta sobre la idea de la muerte y yo intento responderle con sinceridad pero con brevedad: sinceridad y brevedad, cuando se trata del asunto, son dos elementos de difícil cuajo. A lo largo del curso respondo a varias encuestas del alumnado, y esta me ha entretenido un rato. Aunque la alumna mezcla conceptos tan dispares y lejanos como el suicidio, las enseñanzas que nos ofrece la muerte de un ser querido, el concepto de "vida" o la opinión sobre las enfermedades incurables y terminales, la verdad es que he pasado un buen rato: pensar y escribir sobre la muerte me ha dispensado un grato entretenimiento mientras andaba atareado con mi vida y sus servidumbres.

Creo que muchas veces simulamos la vida. Una de las preguntas de la chica es, imprevistamente: "¿Vives la vida que te gustaría vivir?". Esa pregunta, formulada a la edad de una alumna de Bachillerato, me ha enternecido: la chica, muy joven, intuye algo de su futuro y se lo pregunta a los demás. Sin tener ni idea de lo que le podrán responder los demás respondientes, he sido honesto y he advertido: sin duda que no vivo la vida que me hubiese gustado. Me conformo, por supuesto, pero no era mi ideal de vida la vida que tengo. Quizás hubiese preferido vivir en la Francia del XVII y ser el hijo de un rico. O en mi tiempo pero en Brooklyn, Nueva York. Quizás hubiese preferido ser mujer negra en el Bronx, becario en Harvard, trompetista de Jazz en el New Orleans de 1920. Cuando era joven como la bachiller que me pregunta, yo quería ser guionista y dibujante de cómics para la revista "El Víbora" en la Barcelona de 1980.

En la inmensa mayoría de los casos, los adultos nos sentimos así: algunos creen que les engañaron, otros creen que se engañaron a sí mismos. En cualquier caso, la vida es lo que sucede mientras pensamos en las vidas ideales, alternativas, soñadas. Crecer, llegar a adulto y procurar llevarlo bien es algo así: reconciliarse consigo mismo, con el mundo. Conseguir eso no es fácil: es una heroicidad.

Hay quien necesita simular, o simularse. El otro día, un tal Puigdemont orquestó una detención para simular que todavía existe, que todavía es algo. Muchos son los que, a diario, exponen sus carencias, sus necesidades, sus temores, sus fobias, sus filias más problemáticas en las redes: simular que se existe no es nada fácil, pero para eso están las redes sociales. Creo que esa es la principal función de las redes y el argumento principal de su éxito. Me ven luego existo. Me comentan luego existo. Me insultan: existo. En este sentido la vida sería una exhibición de la vida, una constatación mediante el reflejo en el ojo ajeno.

Yo mismo, quizás y sin ir más lejos, les escribo aquí para obtener "likes", comentarios, aumento de números en el contador de visitas del blog. Para demostrarme que soy real mediante mi exposición virtual, aunque suene a rechifla. Sin embargo, yo se que la vida es lo que sucede de veras y generalmente en soledad. Mi dolorcillo en la pierna, los quebraderos de cabeza en el trabajo, las dificultades para comprender y ser comprendido (y no digamos, ya, para amar y ser amado), mis deseos de aburrirme soberanamente o de leer libros inútiles, prescindibles (pero muy divertidos, como el Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales). Por no mencionar los problemas del sistema digestivo, al cual tengo olvidado en mis textos.

La vida, querida alumna de bachillerato, es muy poquita cosa aunque la magnifiquemos con ideas trascendentes, patrias, ideologías y demás. Algunos la decoran con cenefas esotéricas y otros con ribetes solidarios, pedagógicos, religiosos. La vida, estimada alumna, solo es estar vivo durante un tiempo y aceptar que esa vida es un soplo, un segundo en el reloj, el instante que media entre una eternidad de nada y otra eternidad de nada.

Si me apuras, la vida es intentar estar vivo con algo de dignidad: infligir el mínimo mal posible a uno mismo, a los demás y al planeta que nos ha permitido la vida. Y eso, estimada bachiller, es mucho, muchísimo. Y deseo de veras que lo consigas.

Te aporto un dato adicional: algunos filósofos dijeron que sería preferible no haber vivido.

24 de set. 2021

Aventuras de Puigdemont, el niño Travieso

De travesura en travesura, el Travieso Puigdemont se plantó en la isla de Cerdeña para asistir a un festival floklórico. Hay quien viaja para escuchar a Monteverdi o a Bellini y hay quien hace miles de quilómetros para ver danzas y coros populares. El Travieso no se iba a Cerdeña en general: se iba a un pueblo llamado Alghero que, muchos siglos atrás de llamó l'Alguer y era colonia catalana, de cuando los catalanes jugaban a vikingos del Mediterráneo. Aquello terminó como el rosario de la Aurora, como es lógico.

Detenido en Italia (o retenido en l'Alguer, según Tv3) durante unas horas, el Travieso Puigdemont ha sido puesto de patitas en la calle. Yo diría que los italianos quieren tenerle fuera de su territorio cuanto antes mejor. Y, una vez en la calle, al Travieso Vividor no se le ha ocurrido otra que soltar la frase:

-España no pierde la ocasión de hacer el ridículo.

Como todo el mundo sabe, lo que más nos molesta en los demás es, siempre y sin falta, lo que más nos molesta de nosotros mismos. Según esta ley natural, es posible que el señorito Puigdemont haya caído en la cuenta de que (por lo menos) los últimos años de su vida, con sus extraños periplos, viajes accidentados o en el maletero, espías rusos y demás sandeces son exactamente eso: un ridículo tremendo que va en aumento y que lo engullirá más pronto que tarde. Ya hay algo bufonesco en su figura y su curriculum no deja de engrosar las sandeces.

España hace el ridículo, suelta el señorito. Bueno, creo que España ni hace el ridículo ni deja de hacerlo: es un estado europeo que actúa en base a unas normas y a unos reglamentos jurídicos.

Otra cosa será lo que se le ocurra al Vividor cuando se plante delante del espejo y contemple, entre las sombras de su flequillo, el rostro cerúleo y raro en que se transforma lo que antes fue un hombre y es, cada vez más, la máscara de un héroe impostado, sin honor ni dignidad, un patán de tebeo que da tumbos esperando su momento de gloria y solo halla instantes de un fulgor oscuro. La voz le tiembla en la garganta: me lo había parecido antaño y hoy lo he evidenciado. Es una voz gangosa, lastimera. Todo se derrumba en el petimetre que aspira a figura histórica (no hay catalán que se precie que no intente el salto a la historia) y él ve ridículo a un estado europeo del que se fugó, por patas, en el maletero de un coche. Ahora en Cerdeña, quizás mañana en Córcega o en Sudán del Sur, o pasado mañana en un encuentro de flautistas bretones tradicionalistas.

Digo yo que se habrá percibido de que, en Italia, ni los nacionalistas de la extrema derecha padana le han mencionado.

El señor Puigdemont terminará convertido en personajillo literario, se lo vaticino: al paso que va, dando tumbos por los recovecos medievalistas y acusando de ridículas a las democracias europeas, será un dibujito que exclama al fin de cada tira cómica: ¡Qué ridículos son todos los demás menos yo!.

23 de set. 2021

NO PUC AMB LA CUP

La frase "no puedo con la Cup" no tiene la misma gracia en catalán que en castellano. Es gracioso que la Cup suene más cómica en su idioma preferido: mala suerte. Tardé un tiempo en dar con la expresión del título, que suena a chiste minimalista, a verso catalán de esos construidos con monosílabos que tanto le gustaban a Joan Oliver, ya que Oliver consideraba que el catalán era idioma superior por el hecho de poder decir muchas cosas con monosílabos. Y es cierto: ung yah yogh urg ngé sprut suena mucho más evolucionado y sutil que my mistress eyes are nothing like the sun, o  Que j'aime voir, chère indolente, De ton corps si beau, Comme une étoile vacillante, Miroiter la peau! 

Adónde va usted a parar.

Llevo años soportando a la Cup, es decir, a esas personas que se arremolinan bajo esas siglas y que uno no puede dejar de preguntarse: ¿qué le ha aportado la Cup a la política catalana? Es decir: ¿le ha aportado algo bueno a la polis catalana?

La Cup tiene una legítima vocación antisistema, contra la democracia liberal y etcétera. Supongo que es lícito que un grupo así se constituya como partido y se presente a las elecciones y que obtenga diputados: la Constitución de España es así de tolerante y de magnánima, lo cual me parece muy correcto. La Cup es, en un lado del espejo, lo que es Vox en el otro lado del espejo. Por usar una imagen algo críptica robada de San Pablo, el tipo de Tarso que se llamaba Saulo antes de ser San Pablo.

La misma pregunta anterior se les puede aplicar a ambas formaciones: ¿la Cup y Vox han venido para aportar algo bueno a la política española? La respuesta es un rotundo no, o asó lo veo yo: ambos vinieron para romper, rasgar, tensionar, molestar y desencajar. Vox pretende tensionar a la derecha española y la Cup a la derecha española que se considera derecha catalana. Ambas formaciones usan un lenguaje decimonónico plagado de citas de grandes figuras remotas en el tiempo, de poetas oscuros, de rapsodas tenebrosos, de literatura turbia. Cada una con sus estilo propio y sus neurosis, las dos formaciones han aparecido con un mismo objetivo: abandonar la racionalidad, implantar la bronca e insertar en los parlamentos democráticos el lenguaje de la taberna. O de la Herriko Taberna.

La herriko taberna es el lugar en el que, tras engullir una cantidad inmisericorde de birras, uno sale a la calle dispuesto a cambiar el mundo por el mecanismo, tan brillante como mediático, de quemar los cuatro contenedores de basura que nos queden más cerca. La revolución es una incineradora de residuos nocturna y etílica.

Los líderes de la Cup mantienen una afición extraña por la poesía de difícil comprensión, por la metáfora oscura, por la imagen críptica y por versionar canciones de un tal Ovidi Montllor que, por estar ya muerto, no puede protestar. Y a la vez, por el eslógan tonto y facilón: otro mundo es posible vale como ejemplo de eslógan simplón apto para menores. Vaya puerilidad. Hay algo de adolescente de 50 años embarrancado, patológico, en la adolescencia.

A lo largo de mi vida he tenido el placer de coexistir con mujeres y hombres de la Cup. No les voy a juzgar, me libre Dios de juzgar a nadie. Solo voy a ensayar una aproximación descriptiva: las personas de la Cup con quien he interactuado son las personas que mejor viven, en el sentido más objetivo: chalé con piscina en Sant Cugat, chalé con piscina en Matadepera, ático de ensueño en el barrio de Gracia, dos residencias por lo menos, papá empresario y herencia a la vista, contactos por doquier... La mayoría de ellos, ellas y elles son funcionarios con plaza inquebrantable en el funcionariado español, de los de Muface, mayoritariamente en el sector de la docencia, y con un sentimiento de superioridad o de supremacismo intelectual que a uno le cuesta comprender.

Me pregunto, preocupado, qué cosa sucedió para que personas con un sentido de la realidad tan alto como quienes se preocuparon por obtener una plaza de funcionario de España sean quienes militan en la Cup, quienes repiten frases infantiloides o quienes alientan la quema de contenedores como solución a problemas sociales. Eso es muy raro. Aunque quizás no tanto: otro día igual les cuento lo que escribió Freud sobre esos fenómenos.

Lo que me preocupa es el abandono de la racionalidad que practican esas personas de la Cup, esa fijación por el pensamiento mágico y adolescente cuando uno cuenta con más de cincuenta tacos y parece haber comprendido muy poquito o quizás nada. Cuando me siento racionalmente optimista pienso que tanto la Cup como su gemelo Vox desaparecerán del panorama electoral en un santiamén. Luego, sin embargo, me desespero y descubro que el uno necesita al otro, que se alimentan mutuamente. No es nada raro que Vox y la Cup sacaran un resultado electoral tan simétrico en las últimas elecciones catalanas. Y es muy sintomático que ambas formaciones se olvidasen de reseñar esta coincidencia cuando celebraron sus resultados.

En resumidas cuentas: no puc amb la Cup. No puedo con la Cup. Su discurso es una farsa vacía, una farsa de viento. Como un buñuelo de viento. La fotocopia defectuosa de algo que fracasó en Euskadi porque a Euskadi, el original de la fotocopia solo trajo desgracia, malestar y dolor. Y luego nada.

22 de set. 2021

Virtudes del procés como el Museo Nacional, por ejemplo


Hablar de virtudes del procés suena a broma: ¿qué cosas buenas nos puede aportar un delirio identitario e iliberal, antidemocrático y supremacista como este? En términos objetivables y racionales: el llamado procés es un dislate que ha llevado división, enfrentamiento y desgracia a la comunidad de ciudadanos y ciudadanas de Cataluña.

Pero dicho esto, también le reconozco algunas aportaciones interesantes. A algunos les ha caído la venda de los ojos, a otros les ha animado a posicionarse y a algunos incluso a escribir textos para reseñar. Este es el caso, por ejemplo, de Iván Teruel, que muy posiblemente no hubiese escrito su "¿Somos el fracaso de Cataluña?" de no ser por esa circunstancia. El libro de Teruel es un fenómeno entre muchos y lo cito como ejemplo.

Hace algunos días estuve en el Museu Nacional d'Art de Catalunya, para ver una exposición temporal sobre arte y guerra civil. En la primera salita de la exposición hay una breve introducción que cuenta: el Museo se inauguró en 1934 como "Museu d'Art de Catalunya". Más tarde (en tiempos de Jordi Pujol) pasó a llamarse "Museu Nacional d'Art de Catalunya". Supongo que habrán notado el cambio. Si se fijan en el diseño del logotipo arriba referido también descubrirán otros elementos reseñables: la ascensión de la N y la grandeza de la C. Dicho de otro modo: las iniciales de museo y de arte están disminuídas cuando son, en realidad, los dos únicos sustantivos significativos.

Quizás alguien se dio cuenta entonces. Pero les anticipo que yo, por entonces (cuando el cambio en la nomenclatura) era un iluso. No supe ver la osadía y la insensatez. Hoy sí las veo. Y entonces repaso el organigrama y leo ese nacional en todas las partes: Teatro Nacional, por ejemplo.

¿Se imaginan ustedes que llegan a Valladolid y se encuentran con el Museo Español de Escultura de España? Preguntado de otro modo: ¿se imaginan ustedes que el Georges Pompidou de París se denominase Musée National de l'Art Contemporaine de la République Française? 

El procés ha sido un desastre, pero a muchos nos ha abierto los ojos a una realidad nacionalista que preparaba el estallido del delirio de forma sutil, sibilina, como quien no quiere. Yo no vi la ideología en el MNAC, es cierto. Pero gracias al procés ahora la veo, me río de ello y lo comentamos luego, en la terracita de un bar, entre carcajadas y referencias a los dineros de Pujol en Andorra, a las solemnes burradas de Puigdemont en Waterloo, a los ridículos eslóganes de una CUP que solo parecen transmitir una grave distorsión cognitiva de adolescentes de clase media-alta si no también una extraordinaria capacidad dañina para la convivencia pacífica.

El nacionalismo es ridículo, pero la ridiculez no le impide ser, también, el mal. Que se lo pregunten a la ciudadanía vasca, que tuvo que soportarles en su peor versión posible. Hasta que se dieron cuenta de que el nacionalismo no solo es ridículo, inútil y torpe: también es maligno.


19 de set. 2021

TRES APUNTES A LA "MESA DEL DIÁLOGO"

Primero: No comprendo muy bien las razones que llevan a crear una "Mesa de diálogo" cuando el Estado dispone de un Congreso de los Diputados y de un Senado, además de los parlamentos autonómicos, que son los lugares del diálogo entre los diferentes. En esos foros hay cámaras, luz y taquígrafos y, por consiguiente, democracia. Pero supongamos que hay asuntos que se deben tratar con discreción, de acuerdo. Aceptemos pues que debe haber negociaciones discretas. Pero el asunto catalán no es ETA ni el IRA, ni España es Suráfrica, y todo el mundo ve las diferencias entre negociar con unos zumbados que llevan armas y ponen bombas, y negociar con un gobierno regional que se otorga derechos extramundanos.

Segundo: En esta mesa del diálogo estarán los representantes del gobierno autonómico por la parte catalana, todos ellos independentistas en mayor o menor grado, pero no contemplarán a la mitad de los catalanes y catalanas que no somos nacionalistas ni independentistas. ¿Es eso un diálogo en todo su profundo significado? Si eso es un diálogo entre Cataluña y España (???) ¿no deberían estar ahí los representantes de la ciudadanía no-independentista?

Tercero: Teniendo en cuenta lo anterior, y a título personal: quiero que sepan, señor Sánchez y señor Aragonés, que a mi, aún siendo catalán, me siento representado por la parte del gobierno español y no por la del catalán en la susodicha mesa de negociación. Dicho de otro modo: en las elecciones autonómicas voté al PSC (hubiese preferido votar al PSOE). Hay ocasiones en las que ser catalán de nacimiento es más un pesar que una identidad. O es una identidad de pena y que, además, me importa un bledo.

*   *   *

Por si les sirve de ayuda: a mi, haber nacido en Cataluña me parece lo mismo que haber nacido con dos orejas y un rabito: me importa un comino y no haré de ello una identidad. Me siento español porque España es una estado de la UE y quiero seguir en la UE. Me gusta ser un español europeo, y eso es algo que nos ha costado siglos. No lo vayamos a estropear por un ensueño romántico y sin sentido. Eso no es negociable.

¿Soy un botifler? ¡Por supuesto que lo soy! No veo nada más elegante que ser un botifler en esta Cataluña triste y ensimismada. Los botiflers debemos estar en la negociación.


15 de set. 2021

Un aragonés en Waterloo

Cuando se dice de alguien que "aquel fue su Waterloo", uno se refiere al advenimiento de su peor derrota. Waterloo es, por consiguiente, la imagen del desastre. La imagen, originada en la batalla en donde Napoleón perdió su guerra, está obteniendo nuevos significados no muy fáciles de interpretar.

Waterloo, es a día de hoy y gracias al señor Carles Puigdemont, el referente de algo más complejo. Nadie sabe exactamente qué hace Puigdemont en Waterloo: hace unos años nos contó que diseñaba sellos. Luego, nada. Ahora sabemos que está entregado en cuerpo y alma a la noble tarea de derribar al gobierno nacionalista catalán, aunque eso pueda parecer muy raro. ¿Un nacionalista contra los nacionalistas? se preguntará alguien, poseído por la ingenuidad y el romanticismo que envuelve a todo lo que sea románticamente nacionalista.

Pues si: del mismo modo que el amor romántico es el más peligroso para la salud y la vida de los enamorados románticos, el nacionalismo romántico es muy hostil para sus románticos nacionalistas. Ningún enemigo de un nacionalista romántico es más peligroso que otro nacionalista romántico, incluso cuando lo sean de la misma nación, incluso cuando lo sean de una nación que, en términos estrictos y científicos, jamás ha sido una nación. Léase Cataluña, por poner un ejemplo cualquiera.

El señor Aragonès ganó las elecciones casi que por los pelos, pero las ganó. Y los afiliados a la secta del señor Puigdemont hicieron como que lo aceptaban puesto que es nacionalista como nosotros. Pero luego añadieron: el señor Aragonès es nacionalista, pero menos que nosotros. El señor Puigdemont tiene algo de gurú de los gurús raros, esos gurús que hablan poco pero mandan mucho, de esos gurús a quienes les gustan las sombras, los escondrijos, las frases crípticas, las jugarretas. A medio camino entre un tipo profundamente pueril y un gángster profundamente egoísta y ambicioso. A medida que pasan los años, Puigdemont adquiere un sonrisa más siniestra y más próxima al Jóker de Todd Phillips, con todas sus consecuencias.

Aragonès es, a día de hoy, un hombre perdido en Waterloo: no supo deshacerse de él y ahora debe soportarlo. Y no tan solo soportarlo: debe resistir sus embites, sus cinismos, sus perogrulladas patrióticas. Nadie sabe en qué cree o en que piensa el hombre en el castillo de Waterloo: su libro es una mezcla de superchería y de lenguaje críptico, rarao y solo para iniciados. Puigdemont es ya casi un Alesteir Crowley con mucho más pelo, sin duda, pero igual de incomprensible.

El señor Puigdemont, perdido y hundido en su Waterloo, solo busca algo que podría ser la venganza o podría ser la expresión, triste y lamentable, de un sentimiento voraz de odio hacia sí mismo, transmudado en odio a España. Y en no pudiendo perjudicar a España, perjudica a la región catalana que, por lo que sea, le parece más asequible. Ante ese individuo se pierde el señor Aragonès, quizás atrapado por su juventud.

Cataluña, la tierra que se disputan a sangre y fuego (fuego y sangre metafóricos, por fortuna) los dos señores, está bastante dolida. Cataluña es, hoy, una región herida y enfrentada entre sí, pero eso no creo que se lo más grave que le sucede: la despreocupación de sus líderes (y sus gurús) la ha dejado desnuda ante el virus, ante la falta de planificación educativa, ante los recortes jamás revertidos en sanidad, ante los desahucios, ante la pobreza. En todos esos frentes, la responsabilidad del gobierno regional es la única responsable. Y ellos lo saben. Quizás por eso deciden debatir sobre si el señor Turull debe estar o no en una mesa de negociación que no le interesa a nadie pero la quieren presentar como algo interesante.

Lo que están perdiendo en Waterloo es Cataluña. Y cuando digo Cataluña me refiero a su ciudadanía: a los alumnos sin plaza, a los enfermos sin cita, a los desahuciados, a los pobres que son pobres a pesar de trabajar diez horas diarias, a todos esos datos que no son datos si no personas con nombre y apellido y que nos sitúan en la cola de todos los parámetros. Cataluña se va al carajo en Waterloo.

Señor Aragonès: váyase de una vez por todas de Waterloo. Y véngase a Badia, a Campoamor, a Can Puiggener, a San Adrián, a San Cosme, a Rocafonda. Váyase de Waterloo y acérquese a Cataluña.


12 de set. 2021

El campo de batalla catalán


A día de hoy, 12 de septiembre del 2021, sería mejor hablar de la disminución de las batallas y de sus malditos campos. Tras el virus, la mayor parte de Europa (y quizás del mundo) piensa en nuevas formas de colaborar, entenderse y cooperar. Frases como "juntos saldremos de esto" no son solo eslóganes. Pero algunos no lo comparten ni lo comprenden: prefieren sus batallas, sus zarpazos, sus odios. Ahí están el desdichado Pablo Casado, los insensatos de Vox y sus homólogos catalanes, los independentistas furibundos: la aldea patriótica-nacionalista solo quiere vivir en la guerra. Contra quien sea.

El independentismo catalán sigue en sus trece, y están en su legítimo derecho de hacerlo: quieren llevar el procés más lejos en el tiempo y en el espacio. Pero, a tenor de los últimos datos, parece que ambas coordenadas se les achican, y eso es lo que demuestran las cifras oficiales, oficiosas y presumibles de su manifestación de ayer: la desinflamación es una evidencia que podrán matizar, sin duda, por supuesto. Pero ahí están los números.

La realidad social se puede medir de varias formas, o por lo menos en dos parámetros: el cuantitativo y el cualitativo.

En el cuantitativo, la agonía del independentismo es palmaria. Se terminó la ilusión. Quizás el virus, quizás el cansancio, la frustración tras unas promesas demasiado maximalistas y grandilocuentes, quizás la maldición de la inmediatez invocada por aquellos eslóganes imperiosos que invitaban a creer en un desenlace rápido, brillante e indoloro: todo fue mentira y todo se construyó sobre la fantasía. El pensamiento mágico tiene eso: es frágil y no se sustenta sobre nada serio. Pasados unos meses, se descompone como el burro muerto en una cuneta que filmó el genio de Buñuel y luego replicó Greenaway con más cámaras y más tecnología. El independentismo ya no ofrece números. Es un asno sometido a la descomposición y los gusanos luchan entre sí para comerse sus últimos restos, sus últimos principios.

En lo cualitativo, la degeneración del independentismo se mostró con una crudeza escalofriante en varios actos: pitidos a algunos líderes, broncas, tuits rencorosos y vengativos. Y luego está la batalla tabernaria y bochornosa entre las facciones más aguerridas y las -digamos que- moderadas del independentismo, esa lucha primitiva en el "Fossar de les Moreres", combate entre tipos musculosos, australopitecus estrellados, las distintas tribus del Homo Independentistus que actúan como hooligans en el campo de fútbol de tercera regional. No consiguieron ser visibles en el mundo, no pudieron ser reconocidos en Europa: solo les queda darse tortazos entre ellos para encontrar al culpable del desastre y así poder lincharle con argumentos sólidos: tan sólidos como esa silla de terraza de bar que se atizan en sus cabezas.

El campo de batalla se circunscribe pero se amplía: quienes antes eran amigos, socios, compañeros de lucha, ahora son sus peores enemigos. Hace bien el pobre Jordi Cuixart, ese hombre encendido por el rayo, en reivindicar las luchas compartidas: en sus ojos enloquecidos veo un terror abismal. Cuixart, que antaño me pareció una versión del Saulo de Tarso más desquiciado, me parece ahora un hombre perdido en el desierto, alma en pena deambulando por el desastre tras la batalla, extraviado y a la vez varado entre las rocas de una costa infernal, tan hostil como indiferente a su furia trasnochada.

Al final, pues, el supuesto problema catalán era justamente esto: un conflicto entre catalanes y nada más que eso. Algunos lo advertimos y no nos escucharon. Si fuese por mi, no se debe negociar nada en una mesa de negociación España-Cataluña. El único conflicto que existe es un conflicto entre la mitad de los catalanes contra la otra mitad. La única mesa de negociación que nos hace falta es una mesa entre catalanes. Somos los catalanes, entre nosotros, quienes debemos hallar la concordia y la paz. Creo que ya va siendo de hora de hablar entre nosotros y reconocer que todo el embrollo no ha servido para nada bueno, que solo nos ha traído malestar, confusión y tiempo perdido.

8 de set. 2021

CATALUÑA Y LAS 3 BRAGAS A 1 EURO

RETRATO DE CATALUÑA EN 4 INSTANTÁNEAS

1- Lo más interesante, distraído y ameno no ha sucedido, por primera vez en décadas, ni en un Parlamento ni en un Palacio de la Generalitat si no en un Palacio... episcopal. Esta Cataluña ensimismada, monocorde y monologuista nos ha ofrecido una brillante salida hacia adelante en el caso de un obispo que renunció a la mitra por amor, aún siendo un obispo férreo en la doctrina. Que lo sepan: esto sí nos pone en el mapa. Que lo sepan: ahora sí que el mundo nos mira. Mira a un obispo talibán que cambió el boato y la iglesia por una mujer. Por fin Cataluña le ofrece algo admirable al mundo.

2- Si el día 11 de septiembre llueve a cántaros, la ANC lo agradecerá más que nadie ni nada en el mundo, puesto que la lluvia le dará la excusa regalada para explicar el pinchazo de su cónclave anual. Están liquidando las camisetas votivas a 1 euro, como en el mercadillo de Campoamor las bragas. El cartelito, por cierto, se lleva el premio al más feo de la década.

3- Aeropuerto barcelonés o Gobierno regional. Lo que ha sucedido (y sucederá) con el aeropuerto es el reflejo y la consecuencia del descalabro del pacto de gobierno catalán, que no puede dar ni un paso más sin tropezar y darse de bruces consigo mismo: si el obispo se ha enamorado, los socios del gobiernillo se han desenamorado por completo. Una parte del gobierno regional (la parte de Convergència) pacta la ampliación de aeropuerto con el Gobierno, mientras que la otra mitad (la de ERC) organiza una manifestación contra el mismo aeropuerto. Este gobierno lleva tres o cuatro meses y ya le pasan esas cositas. El procesismo agoniza y se resquebraja. Pronto estará de rebajas y luego de saldo, como las bragas en el mercadillo de Campoamor. El vicepresidente Puigneró acaba de acusar de populista al presidente Aragonès. Fascinante. Excelente elección, señor Puigneró: le felicito por su buen ojo al detectar el populismo ajeno.

4- A consecuencia de lo anterior, el Gobierno de España suspende el proyecto del aeropuerto. Es una buena jugada: les cuenta, sottovoce, que no puede pactar con socios divididos y enemistados, una forma elegante de advertirles de lo que sucederá con la "Mesa de negociación": ¿con quién voy a negociar? ¿Me venderán las bragas a 1 euro o me las darán gratis si compro tres camisetas indepes?

6 de set. 2021

El obispo y Javier Cercas

Empecé a alejarme de las ficciones literarias hace unos pocos años. Contribuyó a ello la correlación de lecturas fallidas en el género ficcional, a la par que me encontré grandes libros de ensayo entre las manos, de novela de no-ficción y textos de periodistas de una excelencia literaria insuperable. Este último asunto, el de los periodistas, es para resaltar: se trata de obras debidas a hombres que no constan como escritores si no como periodistas o a veces pequeños cronistas, cuando en realidad son enormes literatos: Chaves Nogales, Camba, Ferran Planes, Paco Madrid, Sven Lindqvist. Y etc.

En el mismo orden de cosas: para mi, Genet en el Raval, de Juan Goytisolo, es una obra fabulosa, tanto como Campos de Níjar, que se presentan como obras menores del autor, un simple cuaderno de viaje o una pequeña colección de artículos. 

Hoy he escuchado hablar de M., el hijo del siglo, el relato de Antonio Scurati que narra el origen del fascismo italiano y el nacimiento del líder, libro que intuyo de lectura indispensable en nuestros días difíciles.

Abandonar la literatura de ficción y pasarme a la otra también se debió a la lectura, casual, de una boutade de Josep Pla: yo no me fiaría mucho de un hombre que, más allá de los 40, lea novelas.

Sin embargo, para escribir una buen libro de no-ficción, como hacen Carrère, Vuillard, Cercas o Jablonka, se debe cumplir un requisito estricto y difícil: se debe encontrar el filón. Un filón que exista, que esté en el mundo, que sea interesante y del que se puedan extraer buenas páginas para lectores inteligentes, de los que no dejan seducir a la primera con giros ingeniosos del guión. Hay que descubrir lo universal, lo relevante y lo humano que se agazapa tras la anécdota. La anécdota puede ser un crimen, un delito, un suceso vulgar.

De repente, aparece un obispo que abandona el obispado para empezar a vivir, en pareja, con una mujer que escribe literatura erótica.

El obispo, cuando era obispo, era un obispo intransigente, auténtico talibán católico, un hombre doctrinario en extremo, moralista y sancionador. Un obispo que se mostraba partidario de las terapias para revertir homosexuales, algo que el propio Papa Francisco (su jefe) considera que son terapias destructivas. 

Pues bien, he ahí el argumento: ese obispo de la doctrina se larga del obispado para irse a vivir en un pisito de una ciudad triste y provinciana, con la mujer que ama. Despojado de privilegios, palacios episcopales y olor de santidad, el hombre está buscando trabajo: ha desempolvado su viejo título de ingeniero agrónomo y está mandando currículums a las cooperativas agropecuarias españolas. En su currículum de ingeniero agrónomo aparece una gran laguna: la de las décadas en las que ejerció de prelado. No lo tendrá fácil. En las entrevistas de trabajo le preguntarán por esa laguna y deberá tener una buena respuesta. 

Ha caído desde el cielo hasta la tierra áspera, sedienta y enjuta. La tierra del paro, de la precariedad.

Abandonó los palacetes divinos para poner los pies desnudos en la tierra de los hombres y ahora, de repente y por un acto de amor casi tardío pero insobornable, ejercerá de hombre, de común.

En esta Cataluña que lleva tantos años ensimismada, lo del obispo que deja el obispado por la llamada de la carne es, sin duda alguna, lo mejor que ha pasado. Eso es una novela y no es ficción.

Tan solo el relato de su búsqueda de empleo es una novela. Su plan de inserción laboral es una novela y eso, como comprenderán, no es ficción.

¡Ay..¡ ¡Quién fuese Emmanuel Carrère...! Quizás... Javier Cercas estará a la altura.


5 de set. 2021

Un cangrejo recorre Twiter





Para J.B.P., alcalde

Tanto mi padre como mi madre murieron tras sufrir la enfermedad del cáncer. Solo quien lo ha visto de cerca sabe lo que significa eso y conoce las exigencias, las urgencias, los instantes de oscuridad profunda, la extensión de la sombra que proyecta el cáncer sobre la vida diaria de los familiares, el desolador aliento de muerte y de pena, sin luz en ninguna parte. Y el olor raro de la química que se instala en la casa, como un inquilino suave, discreto y maligno.

Solo quien ha visto de cerca el rostro de esa enfermedad conoce sus servidumbres.

No es la única enfermedad del mundo, el cáncer. Otros muchos conocen la faz del ELA, de tantas enfermedades degenerativas de una crueldad inconcebible, o del Alzheimer, que obra con esa lentitud exasperante aunque a veces se envalentona para luego adormecerse, lánguida, en el duermevela casi constante de los ancianos. Pocas cosas, en el mundo, nos revelan esa tristeza que acompaña a los vivos en los días del fin. Cuando Virgilio te suelta la mano puede que te la agarre dulcemente el Cangrejo o el señor Alzheimer en una lenta carrera de relevos hacia el precipicio.

Mi padre se adormeció y no despertó. Consumido, enjuto, pálido, poseído por recuerdos de la adolescencia. Yo no pude hacer nada más que tomarle su mano leñosa y áspera, fría. Y escuchar ese discurso errático que se perdía por los laberintos de la juventud y por los recuerdos probablemente ficticios que le acunaban como si la muerte fuese una madre.

Sonó el teléfono a las siete de la mañana. Sucedió en un otoño de hace...

Pocos años más tarde fue mi madre quien le tendió la mano al sueño. Aquel día no pude ir a su casa y me llamó la vecina para alertarme de que algo malo estaba pasando. Llamé a la Guardia Urbana. Ellos me comunicaron, lacónicos, que era imprescindible mi presencia en su casa. Era un invierno gélido y lluvioso. Hace once años, creo.

Es cierto que ahora mismo estoy escribiendo y contando todo eso. Sin embargo, jamás se me ocurrió sacar fotos de mi padre o de mi madre en el hospital, en sus lechos últimos. Sí narré, luego, mis impresiones, es cierto que lo hice. Las escribí y las publiqué. Cierto que lo hice. Escribir y publicar mis sentimientos me ayudó a sobrellevar el duelo y, como el llanto, eso fue una forma de quitarle gravedad al dolor. Creo que incluso Shakespeare dijo algo así: llorar es quitarle profundidad al dolor.

No se me ocurrió jamás exponer la enfermedad de mis padres. Jamás pensé que la exhibición del dolor propio o ajeno pudiese ser algo que se exhibe para conseguir algo: el favor de los otros, la compasión convertible en beneficios de cualquier clase o condición. O los aplausos. O los votos del electorado.

En Twiter tengo a un conocido que cuenta sus desgracias clínicas en un tuit y en el siguiente anuncia sus productos. Ese es su patrón de conducta tuitera. Y creo que le funciona bien. En Facebook, seguí durante años a una persona que en un mismo post era capaz de exponer el dolor por la pérdida del ser amado y de promocionar algo: su blog, su último libro, su siguiente charla en algún foro. Llegó a colgar una foto de sí misma levantando las dos manos: en la una mostraba la fotografía del difunto y, en la otra, el voto para el partido de sus amores. Su rostro era un mar de lágrimas. Decenas de comentarios le expresaban solidaridad con el voto y el dolor. Me quedé, más que pasmado, atónito.

Hace unos días, el acalde de una población catalana de las grandes emprendió el camino de la exhibición del dolor. Su propósito, todavía no manifestado, puede ser mantener al electorado motivado del mismo modo que lo haría un cantante para vender sus discos. Se encuentra en mitad de la legislatura y quizás sus asesores le han sugerido que practique esa estrategia: la exhibición del dolor. Quien le diga que eso es impúdico, inmoral y rastrero se llevará el desprecio de los demás. Parece una jugarreta casi magistral, y una estratagema brillante para obviar la gestión fracasada y lamentable de su alcaldía (en caída permanente) en nombre de la pena, la empatía y el dolor. El señor alcalde exhibe sin tapujos ni metáforas ni elipsis la enfermedad gravísima de su hijo, un menor.

Lo repite día tras día. Sin cesar, sin vergüenza, sin rubor. Anuncia que no deja su cargo pero a la vez lo deja para atender a su hijo gravemente enfermo. A ver quien es el guapo que le reprocha eso. Camino de convertirse en un héroe o un mártir de la lucha contra la muerte, el alcalde avanza, imperturbable, por los caminos de la impudicia. No duda en usar a un niño para sus fines políticos. No hay atisbo de dignidad en ese alcalde.

Ya no hay moral alguna en esa conducta de un cargo público. Siento una pena grande y profunda por el niño usado incluso en sus peores momentos, en un instante tan lúgubre, injusto y lamentable. Y más aún, si cabe, por la desvergüenza de su padre. Todos deseamos la curación de su hijo, señor alcalde: los niños no deberían sufrir eso, y ese sufrimiento nos provoca escalofríos. Pero la utilización de la pena por parte de un cargo político produce una gran angustia y cuestiona el futuro de la democracia.

2 de set. 2021

Una violación catalana


Incluso al violador más astuto, esquivo y sagaz le llega la hora de rendir cuentas. 

Les ruego que me disculpen si creen que voy a banalizar la violación de una mujer (o de un hombre): nada más lejos de mi intención. Y sin embargo, es cierto que usaré el símil de la violación para hablar de un fenómeno político y social. Es una licencia que me otorgo, a sabiendas de que podría ofender a alguien. Espero que, al fin del texto, hayan comprendido mi intención y mi argumento. Si no es así, será mi torpeza pero no mi mala intención lo que les habrá molestado.

Pero siento que la comparación es oportuna cuando me refiero a lo que han hecho los políticos nacionalistas catalanes con su pueblo (es decir, con la ciudadanía de Cataluña) durante esos 10 años últimos. Han violado a su ciudadanía. ¿Quizás debería decir la han violentado? ¿De qué otra forma se puede contar la suma de acciones emprendidas por el gobierno regional en nombre de un proyecto de independencia? ¿Acaso un violador de mujeres y un violador de cuerpos sociales no parten de la premisa (enfermiza) de que usan al cuerpo del otro para sus fines porque creen que les pertenece? 

Dice el violador de mujeres: la ataqué porque llevaba la falda muy corta y andaba provocando. Dice el político nacionalista: hice lo que hice (y quizás lo volvería a hacer) porqué me lo pedía mi electorado y porque es algo a lo que tengo derecho. Reclamo mi derecho a la libertad de acción.

Dice el violador de mujeres: respondí a la llamada de la naturaleza. Dice el político nacionalista: yo tenía un mandato democrático naturalizado (o legitimado, o autorizado) por las urnas del 1 de octubre. Poco importa que el referéndum fuese ilegal, las urnas compradas en un bazar y que ninguna autoridad internacional (¡incluso las contratadas para tal fin!) diesen su visto bueno. 

Dice el político nacionalista: yo les prometí una república feliz y ejemplar a cambio de seguir mis consignas y desfilar tras de mi. Un violador de mujeres, en Francia (citado por Ivan Jablonka en "Laetitia o el fin de los hombres") le dijo al juez, tras pedir perdón, que solo esperaba que la mujer violada recordase el buen rato que le hizo pasar.

Quizás la violación de una mujer (o de un hombre) no es comparable a la violación de un cuerpo social, ya que concurren elementos y características muy distintas. Pero un cuerpo social es una entidad física y real que posee unos derechos, una legalidad que lo protege. En un estado democrático como lo es España (y eso nadie lo discute), no se pueden violentar los derechos de la ciudadanía en nombre de ningún deseo, ilusión o fantasía romántica.

Quizás alguien empieza a comprender todo eso en vísperas de un 11 de Septiembre que la ANC no levanta ni con ofertas de última hora. Quizás eso explique el sorprendente perfil bajo de Pere Aragonès, la eliminación de Pilar Rahola de los medios del señor Godó y otros fenómenos pequeños que indican el final agónico de aquella ilusión que era, nada más y nada menos, una violación en toda regla.

1 de set. 2021

El calcetín reversible de Pablo Casado

Casado, en efecto, ha hablado de los calcetines en un arrebato de costumbrismo y dicho popular, válgame el jueguecito de palabras. Según él, y en tono de amenaza, cuando el PP llegue al poder deberán darle la vuelta a España, tal como se hace con un calcetín. ¿Mandarán el País Vasco a la zona que hoy ocupa Cádiz y pondrán a Cádiz en la orilla del Cantábrico?

Recuerdo haber seguido, más por ociosidad que por interés, el debate que enfrentó a Casado con Sáenz de Santamaría, cuando se disputaban la dirección del partido. Por lo visto, todo el mundo sabía que Soraya iba a perder la votación -y así fue. Un insigne dirigente popular dijo que Casado debería alegrarse poco o nada de su victoria, ya que todos se habían confabulado para votar contra Soraya y que, por lo tanto, hubiese ganado cualquier alternativa, se llamase Casado o Perico Palotes.

Esa conjura explica la victoria aplastante de un chico con intentos bienintencionados pero torpes, algo vehemente y dotado de una sonrisa inquietante, gélida y artificial, y con un discurso que sonaba a rancio y a tópico. Lo de Vox vino un poco más tarde, para desgracia suya. Casado no ha salido todavía de aquel intento de construir un líder y  sigue buscando al líder que cree tener en su interior. A día de hoy creo que ya solo le falta hurgar en la vesícula biliar, a ver si el liderillo está justamente en ese rinconcito del cuerpecino. Casado, cuando sonríe, me recuerda al malo de Terminator 2, pero con barba. Y eso que el malo de Terminator 2 no sonreía jamás.

No pasa semana sin que el chico suelte alguna perla de gran valor: en pocos días, valga el ejemplo, ha soltado la propuesta del calcetín y poco más tarde ha dicho, para pasmo de todos, que se debe defender la identidad de Galicia. ¿La identidad de Galicia? nos preguntamos muchos, azorados. Un día de estos nos va a soltar que Galicia é unha nación.

Bueno, sobre el caso gallego ya se apañarán: siendo yo catalán tengo demasiado trabajo con los identitarios de acá y no me pringaré con los de allá. Pero desde luego, chico Pablo, ya te vale: ¡las identidades territoriales! Supongo que alguien, en la derecha, se acordará algún día de los derechos de los ciudadanos y las ciudadanas, y se olvidará de esos derechos identitarios de los territorios, una idea más bien medieval y romántica muy alejada del racionalismo y la democracia del XXI. ¿Casado sigue los tuits de Cuixart y de los gemelos Tururull? 

Creo que mucha gente se ha dado cuenta del trilerismo popular, el que afirma "solo es un buen patriota español el que piensa como yo". En eso, los catalanes estamos muy curtidos y la experiencia nos permite detectar esa variante del chantaje emocional. No en vano llevamos décadas escuchándola en boca de todos los líderes procesistas, de Pujol a Mas pasando por Puigdemont, Torra, Borràs y el resto. Casado no es nada original: uno diría que ha plagiado frases enteras del desdichado Puigdemont e incluso más del pobre Torra, muy dado a definir como debe ser un buen patriota catalán.

Lo del calcetín, la verdad, da más miedo que lo de Galicia. Un cierto pavor. Aunque el PP lo tenga difícil para ganar unas elecciones en breve, lo cierto es que la amenaza de tratar a España como a un calcetín es una pésima idea que nos provoca todavía más temor a la sufrida ciudadanía. ¿Qué le molesta a Casado? Supongo que en esa vuelta de calcetín estarán incluidos los derechos que últimamente han sido reconocidos: la eutanasia, por ejemplo. El salario mínimo. El alquiler. Las políticas sociales en general. O la cosa feminista que, aunque a algunos les huela a progresía ridícula, no deja de ser un avance legislativo en protección y fomento de la igualdad.

Creo que lo del calcetín de Casado se refiere a eso que al señor Santiago Abascal le produce tantos sarpullidos, eso de los progres. Es curioso que, cuando yo era joven, ser progre era algo bien visto y que resultaba muy eficaz para el ligue en asambleas de estudiantes e incluso, sí señor, en bares y tabernas. Progre es, ahora, un insulto: una bajeza, una debilidad, una forma del ser ridículo y adocenado.

La lucha del chico Casado contra lo progre es, sin duda alguna, otra de las manías que el chico Casado les ha pillado prestadas a los señores de Vox: del mismo modo que en Galicia es identitario como Feijoo (el que gana las elecciones en la tierra de Álvaro Cunqueiro), en Madrid se apunta a los exabruptos de la señora Díaz Ayuso. En cada lugar de España, Casado repite los eslóganes del líder popular que más triunfa en la plaza. Quizás ahí está su truco para construir un líder: en cada plaza digo lo que más gustan de escuchar, y lo de menos es que se contradigan entre sí o que tengan algo de sensato. Vaya líder, chico Casado, vaya líder, por Dios.

Si el identitarismo regional es penoso, tanto más lo es esa batallita contra los progres, esa cruzada nacional contra el progresismo. Si el progresismo es ridículo... ¿a qué viene luchar contra él?

Les dejo la última paparruchada del chico Casado: según él, España llegó tarde y mal (sic) al rescate de los afganos que querían salir del país caído en manos de los barbudos. De su frase se deduce que él sabía la forma de llegar pronto y bien. Si era así... ¿porqué no difundió su plan brillante para llegar pronto y bien?.

Incluso en los primeros meses de la pandemia el chico Casado jugó reiteradamente a emular al Capitán Aposteriori, sin darse cuenta de que solo hubiera sido creíble en el caso de haber hecho propuestas para combatir la pandemia a priori. Ahora lo repite con lo de Afganistán y sin darse cuenta de que es otra metedura de pata. Y van... ¿cuántas?

Pero volvamos al calcetín una vez más: ¿podría desarrollar, el chico Casado, su propuesta calcetinera para España? A quienes llevamos décadas esperando una derecha española sensata, racional y europea nos gustaría mucho escucharle. A los catalanes nos pasa otro tanto: llevamos décadas esperando una derecha catalana racional y homologable con las europeas. Lo cuento porque a veces me preguntan ¿cómo puedes ser socialdemócrata y votar a ese Psoe? He aquí mi respuesta.

Y de mientras, espero la definición de darle la vuelta al calcetín del chico Casado, que me tiene muy inquieto.


29 d’ag. 2021

Cataluña ya no es atractiva y eso duele

Entre los daños directos o colaterales del procés, que son muchos y afectan a todos los ámbitos de la vida, está la pérdida del atractivo catalán, algo que funcionó durante algunos años. 

Durante algunos años circulaba por España la idea de que Cataluña era más moderna, más creativa o incluso la región más europea del conjunto español. Nunca sabremos qué hubo de cierto en eso, pero la creencia era muy común. Tenía tintes de leyenda urbana pero era compartida por mucha gente.

Creo que esa leyenda urbana fue alentada por las instituciones regionales, aprovechándose de tópicos burdos arrastrados des de los tiempos del romanticismo: la Cataluña emprendedora del empresariado textil del XIX, con sus vergonzantes colonias obreras, por ejemplo, es tan dudosa en lo moral como la Cataluña líder del esclavismo. Pero vamos a admitir que hubo una Cataluña industrial cuyos grandes burgueses (a quienes no vamos a juzgar con los parámetros éticos de hoy) promovieron el Liceo, por ejemplo, o algunos museos y cosas culturales varias. Muy bien, pero nada como para echar cohetes. Cataluña, en el XIX, es española y está a muchas leguas de Europa. Eso es una evidencia.

Quizás esa creatividad y esa europeidad de los años prósperos y felices (los 70, 80 y los 90 del siglo XX) no se debieron jamás a nada intrínsecamente catalán si no más bien a algo barcelonés. Ahí están El Víbora, Nazario, el diseño y la moda, las propuestas teatrales (Comediants, La Fura dels Baus, La Cubana), ciertas cosas anarquistas y alternativas, propuestas de las artes plásticas avanzadas (Barceló, Plensa, el dudoso Tàpies, Azagra, Miralda). Incluso la revista Integral o Ajoblanco tenían la sede en Barcelona, por no hablar de editoriales insignes (Tusquets o Anagrama, o la señora Carmen Balcells) o de autores con gran proyección internacional: Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Casavella, Bolaño. Y etc.

Bien pensado, a día de hoy: nunca se debió confundir a la Cataluña real, más carlista que emprendedora, con la Barcelona creativa, pero de ese error salieron grandes conclusiones... equivocadas, por supuesto: Barcelona nunca ha sido Cataluña y Cataluña nunca ha sido Barcelona: todos los barceloneses recordamos aquellos tiempos en los que nos tildaban de pixapins, camacos y otras lindezas en cuanto nos íbamos a las comarcas. A los de Barcelona nos odiaban en las comarcas del interior profundo, aunque jamás protestaron cuando a los catalanes en plural se les llamaba creativos, europeos o avanzados.

En Cataluña hubo un tiempo en el que a uno le contaban que conocer y hablar el catalán le iba a favorecer en cosas tan elementales y básicas como la obtención de un buen puesto de trabajo, y ese argumento pudo convencer a algunos. Pero los jóvenes de hoy ven como sus posibilidades laborales son mínimas y quizás se pelean por repartir comida con una mochila a cuestas. Para ejercer esa actividad el catalán, sinceramente, resulta irrelevante. La pérdida de influencia de Cataluña en la economía española lleva consecuencias lamentables como esta y, si se descuidan, la proyección económica catalana seguirá cayendo a toda marcha en los años venideros.

Más pronto que tarde llegará el día en el que las autoridades regionales supliquen al Estado que les subvencione y les incluya en un programa de regiones devastadas por el procés. El procés es una guerra civil catalana, no es una disputa entre Cataluña y España. El único conflicto que tenemos es un litigio entre catalanes.

Se cuenta en los medios que profesionales de varios ámbitos, desde el científico al tecnológico, el médico o el de la judicatura evitan trabajar en Cataluña: no solo son las empresas las que se largan. Y otro dato: la Barcelona antaño creativa, vanguardista y moderna, languidece y se pierde en su nuevo rol de destino turístico adocenado, vulgar y polvoriento. A día de hoy, una rápida escapada a Madrid nos sirve a los catalanes para comprender la magnitud del desastre barcelonés. Mientras Madrid conserva su personalidad, la de sus barrios, la de sus rincones emblemáticos, Barcelona ha sido incapaz de mantener un ápice de sus señas de identidad: algo realmente relevante, y más cuando el movimiento nacionalista es, ante todo, un reivindicación permanente de unas señas identitarias -quizás ilusorias.

Daños colaterales muy graves del procés: empobrecer Cataluña, mostrarla hostil y antipática (analicen el caso de Sean Scully), empequeñecerla y, finalmente, devorar a Barcelona en su fagocitación patriótica (Barcelona fue, quizás, el único hecho diferencial catalán). El procés ha sido, pues, lo peor que le pudo pasar a la región cuando esta vivía su mejor etapa en toda la historia: jamás tuvo tanto autogobierno, jamás tanto presupuesto en manos de las autoridades locales, jamás tanto dinero invertido en la promoción de la lengua catalana, jamás cuerpo policial propio... Cuando tenía todo lo que nunca tuvo, decidió tirarlo todo por la borda en nombre de un sueño medievalista e irracional, basado en ilusiones trasnochadas. Este es el único balance racional que podemos hacer de los diez años echados a la basura en nombre del procés.

Lo malo de todo eso: la factura de la decadencia que se avecina (y que en parte ya está aquí, pero falta lo peor) la vamos a pagar los ciudadanos de Cataluña por entero, sin distinción de clase, lengua, profesión y número de apellidos catalanes. En la decadencia todos seremos iguales, hermanos y hermanas en la tristeza. No faltará quien culpe de la decadencia a los poderes españoles o europeos, por supuesto, pero todo el mundo sabe lo que sucede y cuales son sus responsables verdaderos.

Catalanes, catalanas: sean bienvenidos y bienvenidas a la decadencia post-procés.

Estoy esperando al nuevo líder político que sea capaz y tenga el valor de contar eso. Atentos al doloroso silencio que se avecina. 

26 d’ag. 2021

La maté porque era mía (la lengua catalana)

Este es el relato de un drama previsible, de una muerte anunciada.

Parece que se prepara un otoño caliente (¡uno más!) en el resquebrajado navío nacionalista. Unas encuestas sobre el uso del catalán entre la franja de los jóvenes han levantado señales de alarma y han encendido los corazones más beligerantes: la caída de la lengua de Espriu es alarmante, y más aún si hablamos del segmento joven de la población, que es donde duele por razones obvias.

Las voces apocalípticas, las redentoras, las integristas y las más aguerridas han empezado a plantear posibles estrategias para revertir ese dato tan malo, pero son propuestas que no hace falta comentar. Incluso el señor Pau Vidal, des de su fulgurante tribuna iracunda en Vilaweb, amenaza con publicar un libro, inminente ya, en donde abunda en las tesis que hace unos pocos años le llevaron a redactar el furibundo e infausto Manifiesto Koiné. Reincidencia, es decir: ho tornarem a fer encara que fos un fiasco.

Hace un par de días, en El Periódico, Andreu Claret publicó un artículo tan sucinto como brillante, en donde expone su punto de vista ante el retroceso del catalán en la calle. El artículo es escueto pero cada frase sitúa el contexto y las razones por la senda del racionalismo, la ecuanimidad y la ponderación. Lo que Claret expone (válgame la escasa modestia mía) lo he escrito en ocasiones anteriores y al fin uno tiene la impresión de repetirse hasta el infinito, de practicar un juego de espejos y quizás de espejismos. Al final, el procés nos ha metido a todos en un bucle que gira sobre sí mismo, aunque cada uno se mira a su propio ombligo al tiempo que se olvida de los demás ombligos que pueblan esa tierra desdichada, bajo el azote de un nacionalismo romántico y agresivo que no suelta el yugo. Algunos lo llaman "el relato".

Mi aportación al asunto, tiempo atrás y ahora de nuevo, es más o menos la que expone Claret: cuando una ideología se apropia de una lengua, la lengua se socava. Hay muchas ocasiones, demasiadas en los últimos diez años, en las que por hablar catalán a uno le toman por nacionalista. Hasta el punto que el cambio hacia el castellano parece la mejor defensa, cuando no un refugio táctico: el solo hecho de usar el castellano en situaciones sociales le sitúa a uno en el terreno ideológico que le identifica y que es, simplemente, todo el enorme espectro no-nacionalista. No lo olvidemos: ese espectro es el mayoritario, el más amplio se mire por donde se mire.

Hago una aportación algo arriesgada: en la Cataluña de 2021, hablar castellano parece más cool porque es una forma de oponerse a un orden de tintes totalitarios o, por lo menos, con connotaciones de esta índole. Quizás hubiese sido más fácil y más inteligente apostar por la convivencia entre lenguas en igualdad, al 50% en los medios, la educación y las comunicaciones institucionales. Y otro aspecto a tener en cuenta: la defensa del catalán, legítima, siempre ha mostrado un odio hacia la lengua castellana, algo que ya no es legítimo en un estado plurilingüe.

Las razones del abandono del catalán por la juventud se pueden explicar, como todo, a través de la complejidad: el catalán ya no es una lengua atractiva, los jóvenes no ven TV3 (ni otras TV), si no que se mueven a través de redes sociales en donde el uso del castellano es mucho más eficaz para contactar, conseguir likes y establecer relaciones, etc. Y lo que se debe destacar: la apropiación de la lengua por una ideología de marcado carácter identitario cuando no excluyente, le puede haber dado la puntilla final al asunto sociolingüístico. Es decir: tras el procés no solo han salido resquebrajadas la economía, la cohesión y los pactos sociales. También la lengua. Es propio de los amores románticos romper aquello que más aman.

O, dicho en otro tono, la maté porqué era mía. En definitiva, el relato de un fracaso carísimo.