20 de juny 2021

Por ver Criando ratas

Me resulta difícil: ¿por donde empezar? Llegué a Criando ratas por pura casualidad, casualidad de la buena, cuando cacé algo al vuelo en Radio Nacional. Escuché una entrevista a Carlos Salado en el coche cuando la emisora que sintonizaba se puso a hablar de fútbol y me salí de ella echando chispas. Ahí estaba Salado, artista completo y director de la cinta, aparte de músico con una obra muy extensa. Salado estaba presentando su disco de rumbas Uña y carne, que es una prolongación de Criando ratas en plan work in progress. (Hay que reseñar la voz de Antonio Clavería, con un desgarro en la garganta que hiela la sangre).

La visión de Criando ratas (exhibida en Youtube... ¡gratis!) crea una extraña sensación de déja vu y a la vez de fascinación, casi una epifanía. La parte del déja vu es por haber visto, antes, algunas cintas de lo que se denominó el cine quinqui: ya lo saben, el Vaquilla y el Torete, las películas que nos mostraron la España de la que nadie hablaba pero muchos conocíamos.

Mi vida profesional me ha llevado a los barrios del cine quinqui, y tras muchos años en esos barrios uno los siente como algo tan familiar, próximo y entrañable como su propia vida. De ahí, pues la epifanía: Salado vuelve al cine de los barrios de la periferia con una mirada nueva, más próxima al documental que al naif de Perros callejeros y sus secuelas. Salado consigue momentos de una poesía cruda y brutal poquísimas veces logradas en el cine español. Casi nunca.

Salado es un poeta metido en el cine, del mismo modo que lo fueron Tarkovsky y Pasolini, de quien hay algo en esta cinta. (Aunque Salado no incurre en la obsesión por el perfeccionismo del maestro ruso, y tolera la imperfección con una naturalidad y una solvencia apabullante). Si ustedes le piden al cine que les emocione y les ponga la piel de gallina, deben ver Criando ratas. Y quizás harán como yo, que la vi dos veces seguidas, tras un breve instante de pausa para fumar un pitillo y mirar al techo, absolutamente trastornado y habiendo perdido el sentido del tiempo.

Como en las películas de Pasolini, su protagonista, este Cristo impagable, podría ser un modelo de Caravaggio que ha cobrado vida y se mueve ante sus narices. Con el tiempo me van a dar la razón. Repánselo despacio y encontrarán a varios Caravaggios en esta película.

Ese barrio que filma Salado parece ser un barrio de Alicante, pero yo lo llevo viendo desde hace muchos años en Cataluña, aunque es una Cataluña de la que no se habla cual tabú, puesto que Cataluña vive ensimismada en un esencialismo que necesita soslayar la realidad para seguir existiendo en los discursos de algunos políticos, de algunas cadenas de televisión. Ese barrio está en Barcelona, en Badalona, en Hospitalet, en Sabadell, en Terrassa, en Santa Coloma, en Castelldefels, en San Adrián, en Gavá, en Viladecans. También en Martorell, en Igualada, en Gerona, en Tarragona, en Reus. En Balaguer, en Lleida. Y también está, aunque nos lo oculten, en las muy nuestras Ripoll, Vic, Olot, Berga. Y perdónenme por las ciudades que olvido, quizás por una razón de economía o de estilo.

Debo agradecerle a Carlos Salado ese trabajo fascinante, esa poesía arrolladora y llena de verdad que se mete en las venas, abre los ojos y cierra la boca.

Lo dice muy bien Carlos: yo les cuento la realidad. Luego los profesores, los padres y los políticos sabrán lo que deben hacer. Yo no se lo voy a decir.

Así que nada, Carlos, si por un casual lees estas torpes líneas apresuradas, sepas que aquí hay un catalán fascinado y agradecido por tu obra. Que solo ha empezado.

Por si alguien decide dedicarle poco más de una hora, les dejo el enlace a la película aquí.



18 de juny 2021

Mi patria es una foto en sepia

Esa foto en sepia que ven justo encima de esas palabras no lleva fecha, ni nada que permita situarla con exactitud en el tiempo. No es muy antigua: quienes aparecen retratados son mis ancestros valencianos. La instantánea, algo preparada, se tomó en el Valle de Albaida, a principios del siglo XX.

Les contaré lo poco que se de ella. El decorado es la vivienda en la que nació y creció mi abuela, la que emigró a Barcelona a la edad de 15 años, para ponerse a servir en casas de barceloneses adinerados. Por lo que ella contaba, fue el hambre estricta quien la empujó a tomar el hatillo. El significado de maleta lo aprendió en Barcelona, cuando vio lo que preparaban sus amos en verano, para irse a la casita de Collserola.

En la foto sepia hay un cierto atrezzo. Los cántaros demasiado bien dispuestos (quizás el único ajuar y las únicas propiedades de la familia, quizás el préstamo de un vecino), la hogaza de pan y algo que podría ser un queso resquebrajado, la coreografía de la mujer que le alcanza el vaso de vino al joven, el gesto del anciano que hace como si tuviese un vaso en la mano y como si se sonriese, el mohín severo de la vieja, de negro, la piel curtida por el trabajo en el campo (entonces no estaba de moda la piel bronceada, que solo delataba a la clase trabajadora, quemada por el sol del trabajo en la intemperie). La burguesía era pálida de piel, por más negra que tuviese el alma.

Por la parte izquierda asoma la cabeza de alguien, como un fantasma para regocijo de los seguidores de Iker Jiménez, con todos mis respetos. El que asoma debe de ser, sin duda, el fotógrafo que quiso aparecer en la imagen vaya usted a saber por qué motivo. Quizás solo por el deseo de firmar la obra, como cualquier autor de cualquier cosa. Nadie quiere el anonimato en una vida efímera y trémula.

Jamás supe el nombre ni la filiación de los personajes. Una de ellas es mi abuela paterna, pero no se cual. Puede ser la joven o la niña. Salvo los ancianos, nadie se quedó en la barraca decorada con cántaros. Todos emigraron. Esos dos viejos asistieron, tan impávidos como en la fotografía sepia, al fin de una época, de un mundo, de una verdad. El universo se extinguió en sus narices. 

En mis ancestros más antiguos hay un leve asomo de dinosaurios, pero su dignidad está escrita en ese ademán. Muchas veces he pensado que hicieron la fotografía cuando supieron que los hijos emigraban y que ellos eran los últimos. Quizás más heroicos que los últimos de Filipinas, los que defendían a tiros inútiles una colonia de ultramar por las mismas fechas.

De esos personajes casi irreales desciendo, casi sin saberlo, solo de oídas. Todos pensamos que el presente es terrible y algunos se permiten decir que antes vivíamos mejor, por no haber encontrado nunca fotografías en sepia de sus ancestros. Algunos creen que sus pisos, sus casas y sus coches las consiguieron con su esfuerzo y su inteligencia, con su destreza. Muchos son los que creen nada deber a nadie, y se sienten únicos y especiales y por consiguiente insultan o desprecian a quienes ahora llegan para ganarse el pan que les negaron, para burlar el hambre infinita.

Otros se piensan superiores y se alistan a la clase superior exhibiendo méritos nuevos y olvidando memorias antiguas, olvidando de donde venimos y quienes somos. Y justificando el estúpido sentimiento de superioridad de quienes se proclaman herederos de naciones que jamás fueron, salvo en las fantasías románticas más delirantes.

La nación de la que provengo, mi nación, es la pobreza que se cuenta en esta fotografía en sepia. No conozco ni reconozco a otra nación más que a esa, ni a ningún rey más que a los cántaros y la hogaza de pan. No tengo nada más parecido a una nación o a una patria. Y eso no es una poesía: es una foto.

 

 

14 de juny 2021

Es la estupidez, señores y señoras

Hay que recurrir a Adolfo Bioy Casares, el escritor amigo de Borges, cuando sentenció (cito de memoria): la novela negra pone el foco en la maldad del criminal, cuando debería ponerlo en su estupidez.

Eso viene a cuento de los últimos crímenes, especialmente horrendos, cometidos por progenitores contra sus vástagos. A la sociedad actual la horrorizan con especial virulencia los asesinatos de menores, claro: las sociedades avanzadas han construido un discurso sobre la protección del menor que arranca de Rousseau aunque, sin duda, esos crímenes ya horrorizaban a los romanos. El asesinato de una niña nos pone los pelos de punta de un modo distinto a la noticia del asesinato de un adulto.

En la contemporaneidad, al horror ante el asesinato de un menor le hemos añadido el asunto del machismo y eso provoca torrentes de tinta y grandes ríos de bits. Algunos ven monstruosidad pero no machismo en el asesinato de una hija. Otros aprovechan que el Pisuerga pasa por Tenerife y lo comparan con el caso de Sant Joan Despí. ¡El monstruo! Esa es una de las construcciones más complejas de la modernidad, algo que en la cultura clásica tenía otro enfoque, pero ya se le atribuía al monstruo algo inhumano.  Solo cabe pensar en el Minotauro, que solo era mitad hombre. Pero medio hombre, que no se nos olvide: algo de humanidad había en el bicho. Y regreso a Borges cuando observa que no hay laberinto que se precie si no contiene un Minotauro: ¿qué sería de nosotros si no hubiese un monstruo paseándose por el laberinto (la vida)? Necesitamos al monstruo, sugiere Borges.

Y al monstruo recurren quienes niegan el machismo tras los crímenes que dan titulares a la prensa, ocupan horas de TV y millones de quilobites en las redes sociales: no hay red social sin monstruo, como otro laberinto cualquiera, otro laberinto más, un laberinto añadido que extiende al laberinto y al monstruo hacia la realidad paralela, nuestro gemelo virtual.

Por supuesto que el machismo está ahí, pero es un machismo imbricado con la estupidez, y eso debe contarse sin tapujos. Quizás haya más hombres machistas que hombres no-machistas, y por lo tanto eso nos lleva a sospechar que el asesino machista es, también y por obligación, un estúpido. No tenemos un problema: tenemos dos. El machismo y la estupidez, cuya suma nos ofrece esos resultados escalofriantes. 

Hace algún tiempo, en una tertulia sobre feminismo, alguien expuso que en vez de ofrecer tanta protección legal a la mujer se debería practicar la educación-represión del hombre. A lo que tuve que responderle: tras más de 50 años como hombre en este planeta, jamás he violado a mujer alguna ni he matado a nadie, y conste que no viví, en mi infancia, ninguna formación feminista, como se puede inferir de mi edad.

Creo que se debe contar así: si al machismo se le suma la estupidez, el problema se agrava. El foco está en la estupidez y con eso regreso a Bioy Casares, (un autor fabuloso cuya mejor obra según mi parecer es La invención de Morel, en donde ya hay algo de todo eso). Mi sospecha es que hay más estupidez en el hombre que en la mujer, y alguna sinrazón evolutiva y biológica debe haber en ello. Quienes nacimos hombres debemos esforzarnos más en doblegar al machismo y en combatir a la estupidez que vive en nosotros. Pero la estupidez está repartida de forma ecuánime y democrática.

El asesino de Tenerife era machista, sin duda. Y, sobretodo, estúpido. No era un monstruo: era humano. Humano pero machista estúpido.

13 de juny 2021

Magnanimidad, federalismo y buen humor

El mapamundi nos cuenta cuales son los estados federales del planeta. Es imposible decir si son mejores o peores los federales que los demás. Incluso es imposible decir si son más democráticos los unos que los otros. Tampoco nos cuenta nada acerca de la calidad de vida de sus ciudadanos, de la calidad de su justicia o del índice de éxito escolar. La opción federal es una opción más, y nada más que eso. Ahí va lo que quiero contar: es muy posible que España se encamine a pintar de verde oscuro lo que aquí es gris. Para ello hay que quitar hierro, ponerle humor y ¿porqué no? magnanimidad. ¡Magnanimidad! ¡Vaya palabra!

John Carlin, el periodista divertido y que por fortuna podemos leer en español, ha dejado un artículo magnífico sobre el asunto de los indultos, las manifestaciones en contra de ellos y alguna que otra cuestión afín, con una imperdible comparación con el asunto escocés. El título de Carlin es, justamente, Magnanimidad. Cuatro ojos ven más que dos, y si dos de ellos son extranjeros, mejor. Otra contribución a los beneficios de la mezcla, el mestizaje, el encuentro y la diversidad.

No resulta fácil leer algo o alguien que se expresa con calma y con sentido del humor. Quizás es lo que más falta nos hace ahora, cuando tanto conciudadano nos presenta la realidad como una tragedia horrible. La realidad tiende más bien a la comedia según yo lo veo, y España sabe más de comedias que de tragedias, aunque estas últimas no nos hayan faltado: mis abuelos sufrieron una guerra fratricida y atroz, la miseria rampante que le siguió y las mil y una dificultades y sacrificios que acontecieron a lo largo de sus vidas.

Sin embargo... seamos ecuánimes. Nuestras vidas son algo mejores que las de nuestros abuelos y además estamos en Europa, continente al que hasta poco solo pertenecíamos por razones geográficas. Ahora estas razones son también políticas, administrativas, jurídicas y sociales. Aún siendo todo eso muy mejorable, aquí estamos: en la Europa de la democracia y los derechos, un oasis casi increíble en un mundo muy bestia.

El artículo de John Carlin que les mencionaba habla de la magnanimidad, palabra difícil en la política actual, más proclive a la dureza, la inflexibilidad y la mano dura. Cuando se habla de la mano dura conviene recordar la metáfora del roble y el junco bajo el vendaval, que es aplicable hoy y aquí.

Conviene recordar la actitud del gobierno inglés para con el secesionismo escocés: hay que tomárselo poco en serio. Cada manifestación contra el secesionismo y a favor de la mano dura crea más independentistas en Cataluña, que no se nos olvide. Al secesionismo se le puede vencer con razón, con mucha democracia y, si hace falta, con magnanimidad. Y hay que insistir en ello: solo se puede permitir la magnanimidad quien gobierna y, en este caso, quien ha vencido ante el envite iliberal y antidemocrático.

A mi modo de ver, y respetando los demás puntos de vista, la manifestación de la Plaza de Colón es un error garrafal. Las consecuencias de este error no las pagarán los ciudadanos de Madrid: las pagaremos los ciudadanos catalanes que no somos independentistas. De Vox no espero nada que no hagan: seamos honestos y admitamos que este partido es más previsible que la muerte. Pero me temo que el Partido Popular navega sin rumbo y sin estrategia alguna, por no hablar de esos Ciudadanos desnortados que, en su declive imparable, pisotean la brújula que se les cayó del bolsillo hace un tiempo.

Es probable que España sea distinta dentro de poco. Pero ¿será peor? Solo la desconfianza en el progreso y en el cambio nos llevaría a esta conclusión. Hay algo en las personas que nos lleva a las unas a pensar que cualquier cambio nos mejora y a otras a pensar en todo lo contrario. Quizás eso define la división entre conservadores y progresistas, división que no indica solo ser de derechas o de izquierdas: hay izquierdosos muy conservadores y derechistas de progreso, aunque quizás no lo sepan ni ellos mismos. En cualquier caso, es imposible decidir quien es más bueno, más agudo o más clarividente.

Ya he contado alguna vez que yo vería con buenos ojos una España federal, al estilo de Alemania o de los Estados Unidos (salvando las distancias, por supuesto). Tener buenos modelos ayuda un montón: a eso le llamaba Paulo Freire caminar a hombros de gigantes. La España federal no es, por consiguiente, ninguna ocurrencia. Si algo me enfría en mi federalismo solo es una duda: el federalismo exige corresponsabilidad y, sobretodo, lealtad entre socios federales. ¿Serían corresponsables, honestos y leales los gobernantes catalanes en una España federal? Esa pregunta viene a cuento a día de hoy. Y la respuesta deberíamos tenerla en la reacción que muestren ante la magnanimidad del Estado. Lo sabremos en breve.

Y una última reflexión: todo lo que nos aleje de la guerra, la muerte y el nacionalismo me parece bueno.

[No se pierdan el artículo de John Carlin que les enlazo aquí].

11 de juny 2021

¡Aleluya, Emmanuel!

España, a menudo acomplejada por la potencia de la francofonía y la cultura anglosajona, esos vecinos gigantescos, se puede enorgullecer de haberle dado el Premio Princesa de Asturias al escritor Emmanuel Carrère, quien no ha sido premiado con el Goncourt en su país. Esta vez, España se ha adelantado y es probable que el vecino francés se sienta ahora obligado a premiarle.

De Carrère lo he leído casi todo, y me resulta difícil decidir cual es el libro que más me ha gustado. Quizás El Reino, pero es posible que sea por haberlo leído el último, y hace poco. Emmanuel practica ese género (¿nuevo?¡no lo creo! Laurence Sterne ya lo hizo, a mediados del siglo XVIII ) que algunos llaman el género de la Transparencia, en donde el autor cuenta como escribe, los problemas que le surgen, las dudas, y como el proceso de escritura se imbrica con la vida, como el pensamiento el pensamiento de la vida es la vida. En francés escriben así el maravilloso Laurent Binet de HHhH y el Patrick Deville de Pura Vida. Y en español los mejores textos de Javier Cercas. Recuerdo a algunos mozalbetes de mi adolescencia y primera juventud, cuando discutíamos si era más importante vivir que escribir, o si era posible escribir sin haber vivido. Si aquel ayer fuese hoy, les podría responder que Carrère resolvió el problema: escribir es vivir. Alguien podría invertir la frase y quizás seguiría siendo válida, pero eso es más arriesgado.

Augusto Monterroso dijo que la primera vez que uno lee a Borges experimenta lo mismo que cuando se contrae una enfermedad. Y lo que sucede con Carrère es similar, aunque de Borges a Carrère haya un abismo de océano, de años y de estilo. 

No se debe confundir la Transparencia con la autoficción, eso tan de moda aunque nos esté dando resultados tan parcos cuando no lamentables. Quizás alguien dirá que ambas tendencias tienen puntos en común y eso debe ser innegable. Pero la autoficción, quizás por estar de moda, me fatiga. Juan Marsé, que era uno de los grandes pero también cometía errores, dijo que cuando ve una película basada en hechos reales, la abandona enseguida. De obrar así, uno no podría leer a Carrère y luego, con el tiempo, se daría cabezazos contra una pared por su fanatismo estúpido. Ya que Carrère resuelve, de un plumazo (y 500 páginas) otro viejo dilema: ¿qué relación tiene la realidad con la ficción? ¿cuál de las dos opciones prefiero?.

Ay... ¡si yo fuese Carrère! me murmuro muchas veces, en el duermevela de la siesta, que es el instante más creativo del día. Y entonces suplico que la vida me dé temas, situaciones, angustias y dilemas morales para ponerme a escribir, y pienso, entonces, en todas las cosas que viví y que pudiera haber escrito, de haber sido Carrère: cuando fui cristiano y dejé de serlo, cuando me pensé de izquierdas y opté por la socialdemocracia, cuando me creí escritor y luego decidí no escribir, de cuando me sentía catalán y dejé de sentirlo. De cada una de esas circunstancias de la vida, Emmanuel hubiese escrito un libro. Pero yo no soy tu, Emmanuel. Así que nada, felicidades por el premio español, Emmanuel Carrère.

6 de juny 2021

Otra vez sobre los indultos

Solo concede el indulto a los reos quien ha ganado en una contienda. El acto de conceder el indulto es una afirmación: ganamos. Y el de aceptarlo es otra afirmación: perdimos y aceptamos el perdón del ganador. Ser magnánimo es, también, ser democrático. La indulgencia es algo que solo se puede permitir uno de los contendientes. Quien concede un indulto lo hace des de su legitimidad, puesto que no hay otra opción. Estamos en una democracia europea.

Como ustedes ya saben, si me leyeron días atrás, me posicioné a favor del indulto. Sin embargo, y a cada día que se pasa, uno está más dudoso y al fin ya no sabe qué pensar. Por ese motivo les dejo el debate que a mi me ha ayudado más a fijar alguna opinión, un debate tranquilo y sensato entre personas demócratas y partidarias de la Constitución que nos ampara y nos protege a todas, sin duda alguna. 

Piensen ustedes y lleguen a sus conclusiones. Yo les abandono aquí en este asunto.


4 de juny 2021

El charnego internacional (poesía)

Cuando me cuentan lo que sucedió en el gueto de Varsovia siento que me apellido Cohen. Cuando me cuentan lo de Gaza, siento que soy Mohamed Najar. Siempre soy, en todas partes, el paria, el perdedor, el exterminado en nombre de una idea superior.

Soy la mujer peruana que limpia chalés en Sant Cugat y en Matadepera. La marroquina que hace la colada en Pedralbes, el negro que riega las calles a las cinco de la mañana, la kosovar que levanta carteras en los Ferrocarriles Catalanes y duerme, detenida, en el cuartelillo de Les Corts.

Y también soy la gitana vestida de negro que vende ajos en el linde del mercadillo. A un euro la bolsita.

En Vic me apellido López, o Idrissi. En Manlleu soy Ilham Maroun, o Lorena Martínez, la reponedora del súper regentado por Maroun.

Cuando el hombre cree que posee un ideal comete las mayores atrocidades contra los demás hombres.

A veces es el nombre, a veces el apellido, a veces nada, solo el aire del crimen. A veces nada. A veces nada. El lugar equivocado, la palabra incorrecta, la falta de ortografía, el error en el cromosoma.

El charnego internacional siempre está fuera del lugar, fuera del tiempo, fuera, fuera, que se vaya. Que se largue. Aquí no le queremos, aquí no el volem. Fuera charnegos. Esto es solo para nosotros, para lo nuestro, y viva el Cromañón.

En la edad de piedra fui neandertal y en la Cataluña de hoy, hijo de andaluz de Cádiz. O de Huelva. Mi playa preferida está en Los Caños de Meca. Jamás pertenecí a un lugar y de todos los lugares me echaron para fuera, pafuera, vete, tu no eres de los nuestros. Sin embargo, soy de todo los lugares. Es decir, de ninguno. Es decir, de todos.

Vete, vetedaquí, aquí no te queremos porque los de aquí somos mucho mejores que tu. Vivo de alquiler como prevención, como estrategia apátrida. Pertenezco a la cultura del alquiler y la maleta de cuerdas. Todos mis coches fueron de segunda mano (cuando no de tercera o cuarta). No me pongo a la sombra de ninguna bandera y, para secarme las lágrimas uso kleenex de marca blanca del Mercadona.

Me gustaría haber sido, por unos días, Roberto Bolaño haciendo de recepcionista en el cámpin la Ballena Alegre. Pero solo por unos días, y luego a otra cosa,

mariposa.

1 de juny 2021

Por haber nacido en Cataluña

Para celebrar el final del curso, las alumnas escogen una lista de canciones para cantar y bailar. No hay ni tan solo una en catalán. Todas las alumnas han nacido en Cataluña y, por consiguiente, todas se han escolarizado aquí.

Luego, ya en casa, leo el tuit de un patriota, aparentemente del Front Nacional de Catalunya, en el que advierte: haber nacido en Cataluña no te hace catalán. Me sonrío con cierta ternura ante la amenaza del nacionalista. ¿Qué nos hace o nos deshace catalanes? A la mayoría eso les importa muy poco, como a mi. Es más: me produce un cierto alivio saber que puedo dejar de ser catalán sin más, fácilmente, como quien respira. 

Las primeras veces que viajé más allá de las fronteras, siendo muy joven, respondía soy de Barcelona cuando (en Francia, Portugal o Italia) me preguntaban por mi origen, una pregunta que siempre me fastidia bastante. Una vez, en el Sur de Francia, un hombre mayor me preguntó, tras escucharme: ¿eres catalán? Yo le respondí: no, soy de Barcelona. La catalanidad me ha resultado siempre un poco áspera y la respuesta soy español, durante muchos años se me antojó difícil por motivos que luego he debido repensar.

En otra ocasión, en Belém, un hombre reconoció mi acento y me preguntó si era catalán. Y otra vez yo respondí no, soy de Barcelona. La respuesta soy de Barcelona era un subterfugio para equidistantes. Barcelona tenía, por entonces, un marchamo cosmopolita indiscutible que, a día de hoy, quizás haya perdido. Hoy, ser de Barcelona ya no me apetece como identidad alternativa. Bueno, en realidad no me apetece ninguna identidad regional, nacional o municipal. Por cierto: el señor de Belém me contó: gracias a los catalanes somos independientes los portugueses. Tiene algo de razón, aunque el argumento histórico sea un poco rocambolesco.

Hace unos pocos años, un amigo me habló de una identidad alternativa, la del charnego internacional. Quizás se puede debatir o matizar, pero de momento me parece las más atractiva y evita caer en el topicazo del ciudadano universal, de contenido borroso y raíz ambigua. Algunos creímos, al principio del "procés", que tras la andanada nacionalista vendría una ola internacionalista imparable. Como todos ustedes pueden ver, el internacionalismo no llega y nada en Europa nos indica que esté en camino. El fantasma que recorre Europa es otro, y todos sabemos cual es. Quizás por eso mismo haya que insistir en ello.

Es bueno saber que los más intolerantes patriotas nos otorgan la libertad identitaria, aunque en su boca esa negación de la identidad sea una amenaza. También Jordi Pujol nos lo dijo: catalán es quien vive y trabaja en Cataluña... y tiene voluntad de serlo. Normalmente se olvidan de la última parte de la frase quienes le citan, aunque esta última parte sea la esencial. Pero sea como sea no andaba desencaminado: la identidad nacional es una elección personal. Yo vivo y trabajo en Cataluña pero no tengo voluntad de ser. Me conformo con vivir, con vivir en paz, con vivir en paz y obtener ciertos momentos de bienestar o de placer, con sentir que vale la pena haber vivido pensando.

De modo que vuelvo a la imagen del principio, a las alumnas pensando en sus canciones favoritas sin atender a ninguna identidad. Esa es la Cataluña que me gusta, la plural y abierta, la que algún día nos permitirá poder decir soy catalán. Y luego: y eso ¿qué importa?

Del mismo modo en que quizás nadie se enamoraría si no le hubiesen dicho que debe enamorarse, quizás nadie se sentiría nacional si no le dijeran, una y otra vez, que debe sentirse nacional.

29 de maig 2021

Pere Aragonès, lector de Paulo Coelho


El President dice, tras su primera reunión de consejeros, que se ha propuesto trabajar para la felicidad del pueblo catalán. ¡La felicidad nada más y nada menos! Algunos nos conformábamos con el bienestar, que parece un valor algo más concreto y evaluable, ya que se puede medir con índices racionales: la calidad de los servicios públicos es un indicativo mesurable, aunque no el único: los índices de pobreza, de hambre, de atención a la infancia vulnerable, de acceso a la vivienda digna, el abandono escolar, el salario digno... tenemos muchas cosas en que fijarnos sin llegar a la cosa borrosa de la felicidad. Y Cataluña no está, que digamos, en muy buena posición en esos conceptos.

Si no ando mal de memoria, algunos países nórdicos se propusieron algo similar a Aragonès, e incluso llegaron a establecer indicadores de felicidad para sustituir al PIB, demasiado prosaico. Es posible que los nórdicos contratasen los servicios de Paulo Coelho (en castellano, Conejo), como sin duda hará el señor Aragonès.

Me gustaría preguntar ¿que es la felicidad? pero no me atrevo. La verdad es que yo jamás me he planteado si soy o he sido feliz alguna vez. Quizás porque me temo la respuesta, quizás porque soy incapaz de definir felicidad por mi mismo. Visto lo visto, tampoco pienso que la infancia sea la etapa feliz de la vida. Tan solo creer que existe una etapa feliz en la vida, se me aparece el espectro de Schopenhauer y me señala con el índice, murmurando algo en alemán, un idioma que, por fortuna mía, no comprendo. La infancia tampoco es una etapa despreocupada: las preocupaciones son otras, pero no menores que las de un adulto.

Lo que me pregunto en realidad, pues, es qué diablos debe ser la felicidad para Pere Aragonès. Y más inquietante es la pregunta cuando no nos referimos a la felicidad de una persona si no a la de un pueblo, ese concepto vaporoso que tanto les gusta a los políticos nacionalistas cuando intentan hablarle a la ciudadanía, que es concepto más ilustrado que pueblo. Le voy a responder con sinceridad y calma al señor Aragonès: no quiero que se interese ni trabaje por mi felicidad, aunque le agradezco el gesto. Mi felicidad (algo que no se definir), así como mi placer y mis endorfinas, son cosas mías y no me emociona mucho que el señor Aragonès se inmiscuya en mis intimidades, la verdad. Con todo el respeto pero... al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y usted, señor, no es ni Dios ni tampoco el César: usted es un funcionario interino del estado que está ahí para mejorar el bienestar de la ciudadanía, entendiendo por ciudadanía la totalidad de los censados en la región catalana. E incluso de los no censados en ella.

A mi me haría un poco feliz que los políticos que ocupan cargos públicos dejasen de leer a Paulo Coelho, principalmente porque es un escritor pésimo y, como gurú, un patán. Preferiría que leyesen por ejemplo a Habermas, por citar a un solo pensador.

De todos modos, y ya puesto... señor Aragonès... si usted leyese o leyera este artículo... ¿me podría definir con pocas palabras el concepto felicidad? ¿Sería capaz de definirla sin usar la palabra república en su definición? Si me responde, que sepa que me habrá hecho un poco feliz. O por lo menos un poco menos infeliz. Y así, por lo menos, ya tendrá a un catalán medio feliz: algo es algo.

28 de maig 2021

La escuela, los resultados y los milagros


Unos pocos años atrás, un periódico de Barcelona presentó un publireportaje de tema educativo que tituló "Milagro en Hospitalet". Hablo de publireportaje porque tras ver algunos extremos, no estoy muy seguro de que los datos que se contaban estuviesen lo bastante contrastados: sospecho que hay una tentación literaria, de la literatura de ficción. En cualquier caso, se planteaba el resultado magnífico del alumnado en las pruebas de competencias básicas que se deben pasar en el sexto curso de primaria, al final de la etapa. Y luego se contaba: se trata de un alumnado procedente de decenas de nacionalidades, de extracción social muy baja, en un barrio muy pobre, de gran vulnerabilidad. Si uno se cree los números que se expusieron, la tentación del milagro es comprensible.

Después del reportaje del periódico vinieron un par de años durante los cuales se habló mucho del modelo de escuela denominado "comunidad de aprendizaje", vagamente inspirado en las ideas de Paulo Freire y en las escuelas que nacieron en las aldeas brasileñas. El modelo no ha triunfado en Europa, aunque hay centros públicos y privados que, en mayor o menor medida, aplican las metodologías propias de esta pedagogía. A día de hoy, mi impresión personal es que los datos sobre resultados que presentan estas escuelas me producen muchas dudas y de que, en general, hay algo opaco o incluso sectario en ellas.

No creo que debamos aspirar al milagro cuando afrontamos los problemas y los déficits de la escuela pública. Ni que debamos recurrir a experimentos que, vestidos de ciencia, huelen más bien a cientifismo y a devoción por los resultados: el resultadismo es una religión que favorece la falsificación de los datos con su propia existencia.

Cuento todo eso ya que hace un par de días visité una escuela suburbial que, sin llenarse la boca de ciencia, sin ofrecer resultados milagrosos y sin protagonizar publireportajes (aunque podría), lleva una labor que me parece más interesante, más humana y más humanista. La calle que pueden ver en la foto de la cabecera está en las inmediaciones del centro y con eso está todo contado. Se trata de una de esas calles en las que los arquitectos no han puesto jamás su divino pie ni sabrían por donde empezar: mucho mejor construir chalés inspirados en la Bauhaus y en bellos rincones de la costa salvaje.

Hace apenas diez años, esta escuela vivía (languidecía) anclada en una vía muerta del tiempo, y cuando la vi entonces uno echaba de menos el crucifijo custodiado por la foto de José Antonio y la del Caudillo, ya que todo lo demás nos remitía a los años cuarenta, a su sordidez, su tiniebla y su desamparo. Las escuelas de los barrios pobres habían quedado arrinconadas en la nada y el olvido flagrante y vergonzoso, aún habiendo transcurrido tres décadas de democracia y estado de las autonomías.

Hoy las aulas están llenas de luz y desaparecieron para siempre los pupitres verdes en donde se sometía a la pena de seis horas diarias de agachar la cabeza a los niños y las niñas de ese barrio en el que Dios no se fijó jamás. Los resultados nos interesan poco, me cuentan. Quizás eso habría que hablarlo más, pero que esos niños y esas niñas tengan unas horas al día de aulas espaciosas, alegres, coloridas y agradables no es nada malo, supongo que en eso estamos de acuerdo. Que en nombre de los resultados no nos sometan a la vieja tiranía, de nuevo. El debate es largo, profundo y puede dar vértigo. A pesar de mis dudas, que alguien se atreva a decir que no le interesan tanto los resultados como el bienestar de las personas me llena de paz y de alegría, de una alegría sencilla pero profunda.

"¿Y como habéis conseguido esa transformación tan grande?" pregunta uno de los que vienen conmigo a visitar la escuela. "Nos lo hemos creído", le responden. No se trata de una creencia en milagros, nada más lejos que el milagro aquí, en donde ni los arquitectos ni Dios se pararon un solo instante.

A día de hoy, escuelas de niños ricos invierten millones en parecerse a esta escuela de pobres adonde he visto entrar a niños sin zapatos y con el estómago tan vacío como la negrura del cosmos. Para uno, de talante pesimista como yo en el devenir de la historia de la humanidad, esta escuela es un oasis a partir del cual se puede pensar. Quizás algunas cosas las hacemos bien. A pesar de todo y contra casi todo. En esa España que se debate sin cesar entre la nostalgia de la tiniebla y la esperanza de la luz. Venimos del horror pero tendemos al bien, me murmuro al oído, luego, ya solo, por el camino de vuelta.



26 de maig 2021

¿Indulto?

Cuando una propuesta política no gusta a ninguno de los extremos, el instinto nos dice que es una buena medida. Quizás este axioma solo nos sirva a los socialdemócratas y a los moderados en general, lo se.

Estoy hablando de indultar a los presos por el atentado gravísimo a la democracia de octubre de 2017 perpetrado en el parlamento catalán. A los más enardecidos nacionalistas el indulto no les gusta, ya que ellos exigen la amnistía, aún sabiendo que es imposible. A la versión más cañí del españolismo, el indulto tampoco le gusta y lo recurrirá con todas sus fuerzas. Por desgracia, pugnarán en los juzgados para sacar un puñado de votos, al más puro estilo populista e imitando, sin quererlo, a quienes pretenden mantener en prisión. El Partido Popular siempre naufragó en inteligencia cuando abordó el asunto, y las pruebas están en las urnas. Mal que les pese a los populares, Sánchez supo como se desmonta al engaño independentista: se le desmonta con democracia y luego más democracia.

Sánchez siempre les tuvo la medida tomada a los nacionalistas catalanes y sabe como se les desactiva: si fuesen una bomba (que no lo son pero les gustaría), Sánchez sabría como anular la espoleta. Al fin y al cabo, los secesionistas no tienen otra opción racional que aceptar su fracaso en todos los frentes: sus líderes juzgados y condenados, su república duró 8 segundos, el líder huyó en el maletero de un coche, perdieron 700.000 votos en las últimas elecciones regionales y ya no convocan a casi nadie cuando todavía tienen el cuajo de convocarles. En cualquier lugar del mundo eso es una derrota sin paliativos. 

Y el indulto funcionará en ese sentido. Con que solo uno de los presos acepte el indulto, el relato del estado opresor que tantos frutos electorales da entre la parroquia indepe se habrá extinguido.  Quizás el señor Cuixart no pida el indulto y lo rechace con grandes aspavientos retóricos, pero ya lo veremos. Quizás lo aceptará de una forma oblicua o metafórica. O con el estilo de los iluminados por el rayo divino que suele usar en sus alocuciones.

En cualquier caso, lo que suceda tras la oferta del indulto es el declive del imperio independentista. Mutilada una parte muy relevante de su relato (de su cuento chino), les quedarán muy pocos argumentos y deberán ingeniarse una camama nueva, empresa nada fácil porque el agotamiento conceptual es tremebundo. El victimismo, tan cansino, habrá perdido fuelle.

Tan solo la contemplación (en pantuflas y con palomitas) de las discusiones entre los políticos independentistas por quien pide y quien rechaza el indulto ya será un espectáculo digno. A ver como nos lo cuenta la Tv3. No se olviden de que los seguidores de Puigdemont se plantaron ante la sede de ERC hace pocos días para gritar a pleno pulmón: Junqueras, traidor, púdrete en la prisión (en catalán rima: Junqueras, traïdor, podreix-te a la presó). Tampoco se olviden de que Rull y Turull abandonaron el PDECAT y se pasaron a Junts cuando el primero dejó de ingresarles 7.000 euros mensuales (¡siete mil al mes!), aduciendo que sus arcas están secas. Así están las cosas entre los socios de gobierno.

A veces, el poder se demuestra siendo magnánimo con quien fue despótico, autoritario y altanero. Siendo democrático con quien fue antidemocrático. Esa actitud funciona bien incluso con los alumnos más insurrectos del aula, con los más provocadores. Eso sí, en todos los casos se les debe recordar que existen las líneas rojas en cualquier democracia, y quizás por eso la inhabilitación para ejercer cargos públicos debe mantenerse.

25 de maig 2021

Aquí vive alguien o algo nacionalista


Se llega a este pueblecino tras tomar una carretera secundaria en el cruce inesperado y peligroso en medio de una curva de otra carretera secundaria. Quizás estamos en una carretera terciaria, si se puede nombrar así a esa pista sinuosa y melancólica. Estoy en la Cataluña interior y hay algo lúgubre en el cielo gris plata, tan triste como la plata que no supo ser oro y se quedó en gris. La senda transcurre durante algunos quilómetros entre un bosque de encinas muy jóvenes que delatan el incendio de hace veinte años. Esos arbolillos los replantó la Diputación, y dentro de ochenta años volverán a ser el bosque que fueron. A día de hoy, el aliento de la tristeza y las cenizas todavía revolotea en el aire súbitamente enfriado de una tarde de domingo. El cielo se ensombrece, los pájaros se han callado. Llevo muchos quilómetros sin ver a nadie.

Y entonces, de repente, una bandera de guerra.

La carretera es muy estrecha y sin pintura. En la entrada del pueblo, una bandera agresiva (rojo, amarillo, azul, blanco) recibe al visitante accidental. No eres bien recibido, me murmura el pedazo de tela raída, decolorada y rasgada por las dentelladas del tiempo, que se agita y se marchita. El corazón del viajero se encoje dentro del coche, que es un Dacia barato, de pobre: el coche llega resoplando tras la larga cuesta.

En la explanada ante la ermita de Santa Cecilia, el anuncio del cierzo. No hay nadie y el silencio es más aterrador que pacífico. La muerte vive aquí sin percibir el oxímoron. En el cementerio leo apellidos de quienes reposan para siempre y se me encoje el alma: Puigginestós, Girbau, Ubals, Genescà. Creo haber llegado a otra dimensión, peor y más violenta. Hay algo antiguo, peligroso y agresivo en esos apellidos. Ese es un pensamiento absurdo, me digo para consolarme: están muertos y los muertos son inofensivos. O deberían serlo. Pero puede que los muertos muy nacionalistas sean peligrosos incluso después de muertos: si el nacionalismo es la muerte, un muerto muy nacionalista vive para matarnos. Luego me digo: la muerte es la muerte, sin excepciones patrióticas. Y entonces por fin me calmo.

En la salida del pueblo, sin embargo, me espera otro susto. Con un escalofrío me detengo ante una verja. Tras ella hay un viejo columpio infantil en el que está sentada una mujer mutilada. Quizás debería calmarme comprobar que se trata de una muñeca de plástico, de dimensiones realistas. Mutilar a una muñeca no debe de ser un crimen. Faltaría más. Pero es un una advertencia rústica, difusa y enfermiza. Y concreta. Aquí vive alguien o algo que no quiero conocer. Me quiero ir cuanto antes. Rezo para que el motor del Dacia arranque sin demora, que no se le ocurra ahora al coche rumano una de esas averías de coche de pobre.

Algunos minutos más tarde entro en otro pueblo. Hay personas andando por las calles y una cafetería con una terracita fabulosa. Suena una canción de Joaquín Sabina en los altavoces y luego otra de Los Héroes del Silencio. Aunque hay banderas de guerra en las rotondas, un aire de dulce decadencia rellena las calles entre las viejas mansiones de los señoritos que se hicieron chalés para los veranos de hace cien años y hoy sus nietos permiten, sin rechistar, que  rompan los cristales de sus viejos invernaderos como quien permite que se le rompa la memoria mientras cuelga un selfie en el Instagram, ausente y como perdido, con un whisky barato apretado entre las manos para intentar retener un tiempo que se fue.

23 de maig 2021

Pedro Subercaseux pintó a Diego de Almagro


Pasé un tiempo investigando la figura de Diego de Almagro, el hombre que quiso conquistar Chile y terminó muerto a manos de Francisco Pizarro, quien antes fue su buen amigo. Los conquistadores y sus hechos, hazañas y heroicidades me importan más bien poco. Si me fijé en Diego de Almagro es porque en él todo es desastre, mala suerte, enfermedad e infortunio. No hay conquistador más desdichado que ese hombre, nacido en Almagro y muerto en Cuzco, al garrote vil, tras perder contra Pizarro una de las primeras guerras civiles españolas. Uno diría que España exportó conquistadores e importó guerras civiles.

¿Qué debe de ser lo que me atrae tanto de Diego de Almagro? Bueno, pues a decir verdad, casi todo. Hijo ilegítimo, pendenciero, tuerto, feo, rencoroso, avaricioso, mangante, liante, codicioso… Diego de Almagro compone un fresco sobre la naturaleza humana que pocos pueden igualar. Envidia de muchos. Sin embargo, Almagro me parece cercano aún sin compartir todas sus debilidades. Almagro suspendió en cuantas empresas se propuso. Diego de Almagro es la antítesis del emprendedor, lo más opuesto al éxito, el hermano íntimo del fracaso. El más humano de todos quienes se fueron a América para hacerse ricos y poderosos. Quizás exagero en eso: digamos que Almagro es el paradigma de los que fracasaron, que debieron ser muchos.

La conquista de Chile en el intento de Almagro empezó mal y terminó peor. Diego se perdió por el desierto de Atacama, durmió bajo la sombra de los tamarugos. Creo que Werner Herzog podría hacer una gran película sobre Diego de Almagro, que tiene algo de Fitzcarraldo y de Aguirre a la vez.

Así pues, investigando sobre el conquistador, di con las pinturas simbolistas e idealizadas que hizo de él un pintor chileno llamado Pedro Subercaseux a principios del siglo XX. Detallista y muy colorista, Subercaseux pinta a Almagro tuerto, y es el único retratista de Almagro que recoge esa característica suya. Si uno se fija bien en el cuadro titulado “Almagro llega al Valle del Copiapó”, descubre que al héroe le falta el ojo derecho. Me puse a buscar la obra de Subercaseux, pero caí en la tentación de fijarme en su biografía. Las tentaciones están por algo, y ese algo es la atracción del abismo.

Pedro Subercaseux se casó joven pero luego se hizo monje. Abandonó el matrimonio y la vida mundana y se metió en la vida monacal, que le deja más tiempo libre a uno. Hay fotografías de él, todavía bastante joven y apuesto, vestido con el hábito de monje. Es curioso de veras: Subercaseux es uno de los primeros dibujantes de cómic de la historia. Creó al personaje de Federico von Pilsener, tipo alemán y regordete que anda en compañía de un perro salchicha llamado Dudelsackpfeifergeselle. A Federico le mandan a Chile para investigar las tradiciones y las cosas chilenas, motivo que a Subercaseux le permite reírse de los estereotipos alemanes y de los chilenos a la vez, en una bella carambola. Subercaseux firmó sus cómics con el pseudónimo de Lustig para enmascarar esa faceta suya, que debió considerar inferior a su labor como pintor de los grandes momentos fundacionales del estado de Chile.

Sus pinturas son tan grandes como impresionantes, aunque hay algo en ellas de la estética del cómic. Subercaseux es un pop antes del pop, demasiado vibrante en el color y demasiado amanerado en el gesto. Convierte en epopeya tecnicolor las desgracias de Almagro y sus desdichados seguidores. Pero eso debe de ser un mérito. Todos pretendemos recuerdos en tecnicolor.

Lo mismo le sucedió a una antepasada mía que se marchó a la Argentina en los felices 20. De ella conservo una fotografía en sepia. Está sonriente, esplendorosa, curvosa y muy maquillada. E inevitablemente deseable. Mi familia jamás me quiso contar cómo terminó esa mujer su aventura allende los mares, pero yo sé que fue una conocida prostituta del Río de la Plata, codiciada por españoles ricos y luego por argentinos de media clase y más tarde quién sabe. Si el monje Subercaseux la hubiese pintado, lo habría hecho con amarillo limón, rosa fucsia y malvas muy subidos. Y azul de Prusia. Con toques dorados en algunos ángulos.






20 de maig 2021

Pere Aragonès en San Adrián


Hace ya algunos veranos, durante un verano de cuando gobernaba Aznar, vinieron a Barcelona una pareja de italianos. A algunos amigos nos pidieron que les organizáramos unas rutas por la ciudad. Alguien les paseó por el Barrio Gótico, otro por el Raval. Cuando vieron el mítico Barrio Chino demolido por la excavadoras se exclamaron: En Italia tuvieron que venir los cañones alemanes y los bombarderos yanquis para destruir nuestros barrios... ¡Vosotros os destruís a vosotros mismos!

Yo les llevé a la Verneda, San Adrián y los márgenes del Besós. Me lo agradecieron, y me admitieron que, de no haber visto aquella Barcelona de los bloques, el postbarraquismo y la pobreza, se habrían marchado con la idea de que Barcelona era una bella reliquia burguesa con rincones medievales y modernistas, algo que más bien les hastiaba. No les pasó por alto que en la Verneda y el Besós nadie hablaba catalán. En el resto de la ciudad, debe señalarse, el catalán tampoco era fácil de escuchar.

Siempre pensé que Barcelona se explica por sus límites, esos bloques ciclópeos, sus calles anchas con plazoletas, las terrazas y los chavalillos haciendo caballitos con sus motocicletas. Los italianos me contaron: ese barrio que aquí llamáis la Verneda existe en la periferia de todas las ciudades italianas: está en los límites de Milán, de Roma, de Nápoles. Incluso la bella Venecia tiene barrios como este mucho más extensos y populosos que la ridícula, decadente y pútrida ciudad de los canales y los turistas.

Antes de volverse a su país, tuvimos un último encuentro con los italianos. Entre las conclusiones que se llevaban había una que me interesó mucho. Viendo a la gente y las calles, uno no comprende como puede gobernar un tipo como Aznar, tan distinto a todo lo que hemos visto, dijeron.

Es decir: ¿los políticos representan verdaderamente a sus ciudadanos? Sin querer hacer un tratado sobre democracia representativa, es obvio que algo falla.

Lo cuento a propósito de Pere Aragonès, Laura Borràs, Josep Torrent, Elsa Artadi, Ramón Tremosa, Jordi Canadell, Damià Calvet, etc. Ninguno de ellos se parece a ningún conocido mío. A ninguno de mis alumnos, a ninguno de mis compañeros de trabajo. Ninguno de ellos habla mi lenguaje, ni le interesan las mismas cosas. Creo que me resultaría difícil (no impossible) encontrar espacios de encuentro. Quizás a Borràs y a mi nos gusta Borges, quizás Aragonès y yo compartimos la música de Max Richter o la Pasión según San Mateo. Me resulta muy difícil imaginarlo. E incluso así creo que entendemos cosas completamente distintas de Borges y de Bach, como si fuesen otro Borges y otro Bach.

Viendo a esos políticos que dicen hablar en mi nombre, interpretar mis deseos y mis aspiraciones, que dicen ser portavoces de un pueblo del que jamás me he sentido parte, me quedo atónito y pienso en los italianos que no comprendían como podía ser Aznar el representante de aquellos barrios del Besós. Creo que algo se ha roto en Cataluña, y esos políticos no han venido a recoser: lo que llevan en las manos son tijeras, cuchillos y demás herramientas de rasgar y romper. Tengo la impresión de que todos lucen uñas y dientes largos.

Sin embargo, esos son los representantes. Tras treinta años de nacionalismo e inmoralidad, eso es Cataluña hoy. Cada vez más lejos, más pequeña. Hay días en los que me temo que ya no volveré a ver una Cataluña de todos y para todos y me pasearé por mi propio país como un extranjero que no comprende. Quizás siempre he sido un extranjero aquí.

Aunque quizás Aragonès tampoco comprende nada. Del mismo modo que le ignoran en San Adrián, él desconoce San Adrián, la Verneda y el Besós. Su patria no es mi patria y, sin embargo, habla por mi y de un pueblo que no es el mío. ¿En qué lenguaje y de qué y para quien habla Pere Aragonès? Cuando Aragonès dice pueblo catalán ¿habla de Badia, de Cerdanyola, de Hospitalet, de Viladecans, de Llefià, de Barberà, de Santa Coloma, de San Adrián, de Castelldefels, de Terrassa, de Sabadell Sur, de Can Puiggener, de Can Serra, de Gavà, del barrio de Cerdanyola de Mataró? ¿De qué pueblo habla Aragonès? ¿Habla por los hijos y los nietos de los que vinieron con maletas de cuerdas a servir en Sant Gervasi? ¿Habla por los hijos y los nietos de quienes hicieron del textil catalán la industria que peor pagaba a sus trabajadores y por eso se hizo tan rica? ¿De qué narices hablas, Pere? 

Pere: ¿no crees que ya basta y que llegó la hora de reconstruir el paisaje tras la batalla perdida?


15 de maig 2021

Las flores


Entro en el vacunatorio. Hay un silencio serio, casi litúrgico. Por un instante creo haber entrado en un tanatorio, para visitar a un muerto desconocido. Sin embargo, el personal que atiende es afable y sonríe a pesar de su visible cansancio. Son las 9 y pico de la mañana y el aire todavía es fresco. El hombre que está delante de mi intenta ser dicharachero con la enfermera. Un cincuentón deportista y vagamente seductor. Cuando ella le pregunta por las alergias medicamentosas y todo eso, él responde con cierta arrogancia:

-Estoy sano como una rosa.

Me acuerdo entonces de las flores marchitadas en los cementerios, y en el extraño horror que me producen las de plástico. En el mercadillo de los jueves hay una parada de flores de plástico y suele haber gitanas comprando claveles, geranios y narcisos falsos. Las flores son bonitas porque son efímeras, y su imitación con polímeros es monstruosa porque es casi eterna. Las flores de plástico en los cementerios, sin embargo, me despiertan compasión. Nos desvivimos por engañar a la muerte y la muerte se ríe de nuestro empeño con el plástico de colores en los cementerios.

No he vuelto al cementerio en donde está mi madre, con su prótesis de cadera de metal imperecedero. Y a veces pienso que quizás eso sea una dejadez, incluso un desprecio del que alguien me acusará. Me exculpo diciéndome que cada uno recuerda a los suyos como puede, a su manera. La foto de arriba, por consiguiente, la recibí de un pariente que acude a veces y barre la losa. A mi padre, que jamás tuvo ninguna propiedad sobre la Tierra, se le ocurrió comprarse esa tumba bajo ella. Hizo esgrafiar la bandera catalana en el granito: cuando me entierren estaré bajo una piedra con un sello nacional para impedir mi regreso. Mi tumba será catalana por los siglos. Yo, que siempre me sentí extranjero en todas partes, charnego internacional malgré mis apellidos, que solo son una anécdota muy escasa.

El cementerio en donde está mi madre se acerca unas veces y se aleja otras. No hace mucho tiempo, caminando por un bosque, descubrí el sendero que lleva hacia abajo, hacia el cementerio tras los pinos exsangües. Lo soslayé y seguí por el camino hacia arriba. Pero pude ver las comitivas de coches serios, negros y alemanes que avanzaban a paso lento por la carretera que solo lleva a los nichos, con esa solemnidad estricta que desprende la lentitud de un Mercedes Benz. A veces, en un mal momento, se me ocurre imaginar el aspecto que debe tener ahora mi madre, tras diez años bajo el granito. Tengo mis estrategias para ahuyentar esas ideas negras y basta con salir al balcón y mirar los cuerpos que andan arriba y abajo, atareados en sus cuitas.

A veces, el cementerio en donde está mi madre se me aparece como un lugar remoto, a miles de quilómetros de aquí.

Ahora, cuando llega el calor y la gente muestra brazos y piernas rosadas, me es muy fácil quitarme de los pensamientos lúgubres. En el portal de enfrente, su arquitectura ofrece un escondrijo para parejas de amantes jovencitos que se acurrucan para besuquearse, hablar bajito i tomarse de las manos. Con eso me basta. Cuarenta años atrás yo también buscaba portales íntimos y por entonces me importaban un bledo las vacunas y los cementerios.

14 de maig 2021

CATALUÑA Y TABARNIA, O ISRAEL Y PALESTINA

La madre de los conflictos presentes. En el conflicto entre Israel y Palestina están los elementos de los demás conflictos en los que la identidad y el territorio, la codicia y la crueldad compiten por llevarse el premio. Como en tiempos medievales, pero en el siglo XXI.

Quizás no sea casualidad que la derecha nacionalista catalana siempre le haya puesto ojitos a Israel: ahí está Pilar Rahola, por ejemplo, que de desvive por elogiar al estado israelita y no duda en presentarse como martillo de musulmanes, herejes y botiflers. Artur Mas y su gobierno de los Más mejores tuvieron buena relación con la derecha nacionalista de Israel, y se proponían imitarles aunque no sepamos muy bien en qué sentido. Por otra parte tenemos a nuestra izquierda acrítica, algo paternalista y generalmente desnortada, que se propone ayudar a los palestinos. La izquierda se muestra partidaria comprensiva de su causa o les manda algún dinerillo, sin pasarse, claro, y algún que otro cooperante de vez en cuando. La comunidad europea se calla y los EUA de Biden siguen en la línea de Trump, pensando, sin duda, que en boca cerrada no entran moscas.

Entre las propuestas que hay sobre la mesa, en el caso israelí-palestino, está la idea de crear dos estados. Del mismo modo, no falta quien, en Cataluña, está por la opción Tabarnia, que se mueve en el filo entre la broma y lo serio sin saber de qué lado se cae. Reconozco que, como broma, Tabarnia es ocurrente porque confronta a los nacionalistas o, dicho de otro modo, les obliga a probar su propia medicina. Por eso les duele y Tabarnia no les hace ni pizca de gracia ni tan solo a los más graciosos de la república mediática de Tv3.

La idea de partir Cataluña en dos, con una mitad independiente y otra adscrita como región autónoma de España, crea grandes dudas si uno se sale del registro bromista: ¿qué pasaría con los ciudadanos unionistas que caerían en la parte independiente? Y lo mismo alrevés, claro: la idea de Tabarnia es una forma de prolongar el conflicto o incluso de agravarlo, o de hacerlo más dramático. Imagínense el asunto de las fronteras, el embrollo comercial, las familias partidas por una línea absurda. Y el tráfico de trabajadores que, del lado independiente y pobre, quisieran trabajar en el lado español, formado por casi toda la provincia de Barcelona y gran parte de la de Tarragona. La Cataluña independiente según el modelo Tabarnia es la Cataluña rural, la que ofrece pocas oportunidades laborales. No lo descarten: hay más días que longanizas y todo puede pasar.

En Canadá (por lo de Québec), las autoridades canadienses amenazaron con tabarnias infinitas y los independentistas quebequeses se dieron cuenta del dislate en el que se metían. Percibieron que sus ansias separatistas les iban a meter en un atolladero y, por consiguiente, lo dejaron para otro día. Los canadienses son gente sensata.

Por cierto, y siguiendo con el excurso canadiense: a día de hoy, Québec, que fue la región más próspera del país, se ha empobrecido y ya pinta poco en la economía nacional. Ese detalle quizás debería promover algunas reflexiones en las sedes de Òmnium, de la ANC e incluso en la Casa dels Canonges.

La comparación de Israel y Palestina con las dos Cataluñas es odiosa, pero da mucho de sí. Si lo piensan despacio lo verán. Para empezar, deberíamos admitir que el nacionalismo catalán ha conseguido crear, argumentar y sostener que existen dos Cataluñas: por tanto insistir en la unidad del pueblo catalán, nos han demostrado que no solo no existe tal cosa si no que estamos profundamente divididos, con pocas opciones de diálogo y casi ninguna de entendimiento. Ni tan solo la conllevancia de Ortega se vislumbra por ahí. A día de hoy, los partidos de ERC y de JuntsxCat se disputan la representación del pueblo catalán, aunque en realidad solo hablan de una mitad de la ciudadanía. A la otra ni la nombran.

En este sentido, esperemos que Tabarnia siga como una broma y que, con el tiempo, se disipen las similitudes entre Israel-Palestina y Cataluña-Tabarnia. Estamos obligados a convivir y debemos convivir, ya que la vida y el mundo son de todos. Los indepes y los unionistas estamos condenados a compartir el tiempo y el espacio. Estamos obligados a conllevarnos y, por lo tanto, a acordar.

11 de maig 2021

Stanley y Livingstone, las cervezas y la libertad

Tanto David Livingstone como Henry Morton Stanley tuvieron una infancia dickensiana: ambos pobres, hambrientos y desdichados. Sin embargo, Stanley se sentía el más desfavorecido de los dos y eso explica la desfachatez arrogante en su anécdota más célebre: "Mister Livingstone, I suppose." Stanley odió a muerte y durante toda su vida a las clases altas y a los aristócratas. Más de uno pagó con la vida el odio de Henry hacia los favorecidos.

De algún modo, ambos se consideraban oprimidos, por decirlo con palabras de hoy. Livingstone se marchó a África y ese viaje podría ser visto como una huída de su oscura Escocia natal y nacionalista. Una vez allí se puso a predicar el mensaje de Jesucristo a una gente que vivían muy bien sin Jesucristo y ni les hacía falta ni se lo habían pedido. Stanley, por el contrario, buscó la fama y el dinero a través de gestas militares, la mayoría escabrosas. Stanley, en su tiempo, llegó a ser mucho más famoso de lo que hoy lo es Bono, el de U2. El famoseo, como el postureo, no es un invento de Tele5. Está casi todo dicho y escrito (y lo que no lo está me da un poco de miedo).

Stanley accedió a la fama y al dinero exagerando sus hazañas, maquillando las derrotas bajo capas de maquillaje victorioso, y por jactarse de haber matado a millares de africanos. Eso era admirable por entonces, en la Europa que hablaba de democracia, de derechos humanos y de parlamentarismo. Europa solo se aplicó los derechos humanos para consigo misma: la hipocresía y el cinismo no son, tampoco, un invento de los políticos actuales. Se cuenta en los libros que Stanley, tras una gesta bélica más que dudosa que él solo se encargó de narrar, fue agasajado por el rey belga con un banquete jamás visto y en un salón decorado con cuatrocientos colmillos de elefante. Un capricho de Leopoldo II. Parece que los reyes europeos y los elefantes llevan una larga tradición fraterna.

En tiempos de Stanley había alguien, en Inglaterra, que le combatía: los líderes de un movimiento que, años más tarde, se iba a llamar socialismo. Como es de suponer, a los futuros socialistas les tildaron de adanistas, de buenistas y de tontos nocivos por oponerse al progreso y a la libertad. A la libertad de matar a cuantos elefantes me dé la real gana, a cuantos negros quiera. El derecho a decidir que puedo hacer lo que me guste, ya que no hay más ley que la mía. La libertad de los fuertes, que es el fantasma de la libertad que todavía da tumbos por la Europa de hoy y que, de vez en cuando, se sienta a tomarse unas cañas en la Plaza Real.

(Continuará).


7 de maig 2021

Liberisliber s'ha mort

Rebo un comunicat lacònic a la bústia electrònica. La fira del llibre independent Liberisliber ha llançat la tovallola. El festival no se celebrarà més. Al comunicat, signat pels seus dos responsables, s'hi explica que d'aquesta renúncia no n'és culpable el virus. No té res a veure amb l'epidèmia. La culpa és d'un altre mal, molt més antic i, presumiblement, molt més longeu.

A continuació, els autors del comunicat expliquen que ja no poden més després de tant de menyspreu, de centralisme, després d'un abandonament tan perllongat per part de les autoritats culturals catalanes. Lamenten, i suposo que amb bones raons, una deixadesa històrica, uns greuges comparatius insuportables. Damunt de cadascuna de les línies del text hi alena una fatiga desesperada, una lectura tràgica del destí català.

El text aprofita l'avinentesa per fer un repàs de les polítiques culturals catalanes. La política cultural de la Generalitat nacionalista es pot resumir amb aquetes paraules: als governants que més estimen el país, la llengua i els llibres (escrits en aquesta llengua), resulta que el país, la llengua i els llibres els importen un bledo. És clar que també podríem resumir les línies mestres de la política cultural d'aquesta altra faiçó: a la cultura li destinen el 0,8% dels pressupostos públics. ¡I això que es tracta de la sacrosanta cultura catalana!

Al certificat de defunció de Liberisliber hi ha un cansament existencial, i més fastigueig que ràbia, més fàstic que ira. S'assembla a la nota que deixa un suicida que s'ha afartat de sofrir i acaba de llegir Schopenhauer. La retirada és dolorosa i trista.

No obstant això, tot d'una me n'adono que el correu que m'han enviat permet respondre. De manera que, sense perdre més temps, els expresso el meu condol:

Senyors de Liberisliber,

Després de llegir la vostra carta de comiat, voldria fer-vos unes observacions. He assistit uns quants anys a la vostra fira, la que se celebra a la plaça major de la bonica vila de Besalú, aprop de la trista d'Olot -que no és menys trista que la de Vic. Us he d'explicar que, a mida que se succeïen les edicions, més grans i més nombroses eren les banderes estel·lades, les pancartes exigint l'alliberament d'uns polítics delinqüents (i maldestres) i els llaços de plàstic groc. Al capdavall se'm va fer insuportable: la darrera vegada que hi vaig ser, quan vaig decidir no posar-hi mai més els peus, fou quan vaig sofrir la sensació molt desagradable d'estar, insensat de mi, en territori hostil, rodejat de persones que em perceben com un enemic a abatre, un botifler. Em vaig sentir en perill: és una experiència física difícil d'explicar que només comprèn qui s'ha sentit en perill. Augment de les pulsacions, sensació d'ofec, tots els indicadors d'alerta activats. 

Jo no sóc un dels seus. I ells ho saben. No sortiré viu d'aquí, m'he fotut a la gola del llop. Sóc un pobre liberal en territori carlista, estic perdut. Adéu, mareta, adéu...

La veritat, doncs, és que després de llegir el vostre comunicat m'envaeix una perplexitat profunda: esperàveu una política d'ajuda a la cultura de part dels polítics nacionalistes? Vau creure, de veres, en algun instant de les vostres vides, que la cultura catalana interessa als polítics catalans? Vau pensar que es gastarien un euro dels pressupostos per ajudar una fira de llibres d'editorials pobres que se celebra en un poblet medieval? Si és així, em temo que teniu el que us mereixeu: a determinades altures de la vida (altures que heu assolit en escreix) es pot ser innocent, però no tan ingenu.

Un parell de dies més tard els organitzadors de Liberisliber em van respondre. M'expliquen, ara, que les banderes no les va posar l'organització del festival, que això era cosa dels veïns o dels expositors. Suposo que això és una apel·lació a la llibertat d'expressió, perquè és l'argument més recurrent en l'univers de l'hegemonia nacionalista.

Per Déu! Per descomptat que l'organització no es gastaria els quartos -que diu no tenir- en banderes i pancartes...! Però no ho fa perquè no li fa falta, era innecessari: l'atrezzo patriòtic passiu-agressiu era cosa del poble, i el poble decideix. Ja se sap. Qualsevol acte públic en aquesta dissortada Catalunya profunda i sinistra, i envil·lida pel nacionalisme llacista (bressol del carlisme) és així de macabre. Les autoritats culturals no els subvencionen i ells foragiten els qui estimem els llibres però ja no suportem més dosis de nacionalisme excloent. El nacionalisme ens ha expulsat a tots. El nacionalisme va matar la cultura que més estimava.

Tal vegada, senyors de Liberisliber, us hauria anat millor a vosaltres -i a nosaltres- si haguessiu decidit plantar la parada a Cornellà. Em refereixo al Cornellà de Llobregat -no al de Terri. O Sabadell sud, per exemple, on hi ha tantes banderes que tothom admet, per fi, que és més intel·ligent no disposar cap bandera al balcó i vetllar per la convivència, la pau i la cohesió. La cultura floreix en llocs així. Penseu-vos-ho i ja em direu alguna cosa.

El futur de Catalunya, si és que això existeix, aneu a buscar-lo allà on no hi ha banderes als balcons. Allà el trobareu. Entre els mestissos, els xarnegos, els criolls i els mesclats. No hi ha cap altra opció.


5 de maig 2021

España y el deseo de la guerra


El hombre de la foto es mi abuelo, uno de los dos. Murió por España y por la democracia, y por lo tanto no le puedo preguntar por España. Murió en 1941. A los 34 años. Y murió por España en un campo de refugiados, en Francia. La vida es rara y contiene esos giros trágicos. En España solo parece real lo que sangra, por eso gustan tanto los toros y el vino tinto.

Así las gasta España cuando España se lía a tiros contra sus hijos: uno amanece muerto en una playa, en Francia.

Hubo un tiempo en el que la guerra fue el signo de España. Ese tiempo se prolongó durante siglos. La España en guerra llegó a su clímax en 1936 y tuvo su fin, aparente, en 1939. Entre esos años se desató una masacre jamás vista entre vecinos, parientes y conocidos. Inglaterra y Alemania vieron sus ciudades destruídas bajo los bombardeos, pero los bombarderos eran del otro país. En España nos bastamos solos y nos bombardeamos entre nosotros. En algún momento aprendimos a destruirnos juntos y parece que eso nos gusta. Parece que nos guste ver al otro como a un enemigo a batir y, a ser posible, a humillar. ¿De qué sirven los programas educativos sobre tolerancia, diversidad y convivencia? ¿Dónde se quedó la conllevancia de Ortega? ¿Cuándo olvidaron los líderes políticos que también son pedagogos y ejemplares?

En 1939 terminó la guerra pero no llegó la paz: la paz no es la ausencia de la guerra, es la ausencia de la injusticia. La paz, o lo que más se le parece por el momento, no llegó hasta 1978. La paz está en la Constitución. En 1978 llegó la democracia, eso que algunos, por ignorancia o por mala fe llaman "el régimen del 78" como si fuese algo malo o un objetivo a derribar. Sin embargo, lo que sucedió en el 78 fue eso y nada más que eso: llegó la democracia. Con todas sus imperfecciones, la democracia más longeva jamás vista al sur de los Pirineos.

Quizás algunos sueñan con la España en guerra, quizás porque la guerra ofrece grandes oportunidades a los bestias, a los poderosos, a los violentos sin duda. El recuerdo de la última guerra alienta algunos discursos: el que nos llega desde Waterloo, el que metaforiza Vox a veces y el que usa Podemos cuando rescata des del abismo y las tinieblas eslóganes marchitos como No pasarán. En Cataluña, por paradójico que sea, la derecha nacionalista entona a veces el Bella Ciao en su más lamentable disonancia cognitiva.

En esa coyuntura, contar que la humanidad progresa cuando colabora parece buenista o naif, parece que es decir algo que nadie quiere escuchar, ya que lo que gusta de veras es la confrontación. Aún sin recordar de qué es capaz una España confrontada. Los abuelos murieron y ya no les podemos preguntar qué carajo sucede cuando España se enfrenta.

Los discursos del odio y del enfrentamiento no buscan lo mejor para la mayoría: buscan mantener los privilegios de los fuertes. Y la democracia (o el régimen del 78, que es lo mismo) nacieron para buscar la igualdad, una igualdad real entre géneros y territorios, entre lenguas, entre clases. Ese no es un camino fácil. Nadie dijo que la democracia fuese un camino de rosas ni que la vida iba a ser fabulosa.

Pero nadie quiere vivir en la noche ni en la guerra. Salvo los bestias, los violentos y los más fuertes. Algún día deberíamos hablar del asunto.

29 d’abr. 2021

Con Mario en el Sakura

Amenazaba lluvia y me sobraban un par de horas antes del trabajo. Andaba por las calles pensando y por lo tanto sin rumbo, con ese deambular que ayuda a ordenar las nubes de la mente. Creí que lo mejor sería meterse a comer algo, pero mientras andaba mirando locales de comida barata di con la librería de los libros de segunda mano.

Se trata de una nave enorme metida entre concesionarios de coches, supermercados y talleres, profunda como para poder construir submarinos en su vientre majestuoso y sombrío, profunda y algo lúgubre. Los estantes son altísimos, rascacielos de papel amarillento que se pierden en todas direcciones, como los archivos judiciales que filmó Orson Welles para El proceso. Me propuse ir a comer en compañía de un libro, de modo que me impuse no salir de allí sin algo encuadernado. Sin saber muy bien como, di con metros y más metros de "Autores Suramérica" ante mi nariz, bajo la mascarilla. Estupendo, pensé: hay veces en las que los pies saben más que la cabeza. 

Las librerías de viejo son capillas: silencio, algún murmullo, santos, mártires, vírgenes, beatas y arrepentidos. A la capilla de los libros viejos acude gente sola. Hombres de edad provecta y jóvenes rarillos. Mujeres cincuentonas de mirada triste, piel pálida, cabizbajas, algo encorvadas. La soledad te atrapa por la espalda y se te encarama disfrazada de joroba, jamás viene de cara.

Encuentro la Conversación en La Catedral, en una edición de RBA barata en origen y mucho más ahora, tras las varias manos. Me llevo a Mario al Sakura, un restaurante japonés regentado por chinos. El propio restaurante se convirtió (¿se recicló?, dirían ahora?) hace algún tiempo. Eso es una conversión, sin duda. El converso es el creyente más jodido. El menos tolerante. Nada queda del antiguo talante chino: pasaron la página. La identidad nacional es líquida, dudable, y además está sujeta al negocio. La comida es buena, y justa en su medida. 

En esos lugares, y en los mediodías de entre semana, también hay personas solas. Trabajadores con su ropa manchada, un comercial embutido en un traje que le queda casi tan mal como a Puigdemont. Luego está un familia reciclada: la madre parió al niño, pero el hombre sentado enfrente, y decididamente enfrentado a la madre y al niño no es su padre biológico y quizás por eso dedica unos esfuerzos tan titánicos como ridículos en caerle bien al chaval, mientras la madre, casi ausente, contempla con detenimiento desvaído los rollitos de sushi y se pregunta: ¿en qué momento se jodió todo? Incluso en los restaurantes japoneses la vida duele.

En un rincón de la sala hay una mujer en los setenta. Lleva una peluca rojiza que delata la quimioterapia, lo he visto tantas veces que ya me lo aprendí. La mujer come con un hambre lánguida y jamás levanta la mirada del plato. En su plato está el enigma, la respuesta y el misterio. Viste con un cierto gusto, con una elegancia de mujer obrera y sobria. Cuando enviudó, deduzco, su marido la dejó medio bien y no pasa más penas que las justas, las de la naturaleza. Cuando termina exige un café y paga con un billete de 20.

Yo me quedo un rato más leyendo a Mario. Vargas es una catedral de la literatura, lo más grande. Me entretengo en cada frase y casi lloro cuando termino una página, a la que debo condenar al abismo del pasado. Solo por poder leer a Vargas así agradezco haber nacido catalán bilingüe. Cuando por fin pido la cuenta descubro que me he quedado solo en el Sakura. Y encima llueve a cántaros. 

27 d’abr. 2021

En tiempos de tribulación

No cayó del cielo la democracia. No la trajo un dios con su gracia ni la inseminó un ser galáctico con su nave. No se encuentra en la naturaleza. Debieron pasar miles de años y de vicisitudes. Del mismo modo que, para llegar a Botticelli, tuvimos que esperar hasta el siglo XV después de Cristo, tras veinte mil años de comunidades humanas decorando paredes como buenamente podían.

La democracia es obra de los hombres y las mujeres, y como todo lo que es obra de hombres y mujeres, es imperfecta. Philip K. Dick advirtió una vez: si usted se queja de este mundo es porque no conoce a los otros. Y uno sospecha, con el paso de los años, que vive en el mejor de los mundos posibles. O de los probables, mejor dicho. Casi todo el mundo sabe del poder infinito de los sueños y así mismo de la dificultad y la impotencia insalvables de los actos en el mundo.

Todos lo sabíamos: no venían a aportar nada nuevo y mucho menos nada bueno. Pero les reímos las gracias: siempre resulta graciosa la desfachatez, la insolencia, la incorrección. Y mucho más graciosa resulta cuando nos damos cuenta de que somos más pobres, más vulnerables. Cuando los hombres se percataron de que estaban perdiendo privilegios frente a las mujeres aplaudieron al hombre que venía con el pecho descubierto y lleno de pelo a gritarles que el hombre manda y la mujer obedece mientras pare, cuida y nutre a los hijos. Aplaudieron al que les recordó que unos antiguos guerreros expulsaron a los musulmanes en nombre de Cristo. Qué más da si aquellos guerreros eran cazurros, brutos y pendencieros, solo movidos por la codicia de la tierra.

En tiempos de banderas agitadas como para una batalla antigua, estúpida y absurda, se aplaude al que vuelve con una bandera más grande.

No se puede afirmar que un fenómeno histórico sea consecuencia de uno anterior, pero si podemos ver las similitudes entre ellos y pensar que alguna relación tienen. Quizás solo crecieron en un misma ecosistema, bajo un mismo clima. Afirmar que Abascal y Puigdemont son causa y consecuencia o incluso lo mismo me costó algunas reprimendas. Tampoco creo que se les pueda tildar de fascistas, aunque quizás es pronto para las conclusiones: en cualquier caso, ambos flirtean con derribar la democracia, exponerla a la intemperie, abandonarla bajo el frío. A ver si resiste.

No hay un fantasma recorriendo Europa: hay dos fantasmas en la carretera. La derecha extrema y el nacionalismo radical. Quizás alguien vea a un solo fantasma, puesto que muchas veces parecen siameses. Como en un cuento de Lovecraft de aquellos en los que un monstruo dormido durante siglos se levanta de su sepultura mal pergeñada en donde, bajo la apariencia de un muerto, solo era un durmiente.

Alguien me cuenta que fue a un mítin de Vox y vio obreros, gente precarizada que se cansó de ciertos discursos buenistas. Poco más tarde, leo que el votante de Puigdemont/Borràs se piensa a si mismo como una persona progresista y más bien de izquierdas. No olvidemos que el partido que solemos llamar "nazi" era nacionalsocialista. El cartel del MENA y la abuela precaria en el metro de Madrid se parece mucho al de "España nos roba" que adornó las calles catalanas: se suelta una mentira o una falacia que encienda a la gente y luego se pasa a recoger los votos. Siempre se debe añadir algo sobre la libertad, la historia entendida como una línea ascendente hacia alguna parte y por fin estampar una banderita nacional en cualquier rincón del letrero.

La democracia no cayó del cielo y es frágil. Como todo lo humano, es muy frágil. Con un martillo comprado por dos euros en el bazar podríamos romper la crisma de la Pietá, y con un cuchillo de pelar manzanas podemos rajar El nacimiento de Venus: ¡Que se joda Botticelli! ¡Que se joda la democracia del 78! Nosotros tenemos los cuchillos y los martillos, parecen decir quienes no aportan nada nuevo ni nada bueno: pero ni Abascal ni Puigdemón ni Iglesias son Botticelli, ni sabrán reconstruir lo que rompieron en nombre de... ¿la libertad? ¿la patria? ¿el pueblo?. Debemos defender a Botticelli y a la democracia.

22 d’abr. 2021

Allanar el camino hacia la nada

Ando por la calle, a media tarde, por el barrio de Espronceda. Delante mío van dos niños de unos siete años, morenos, avispados, de gestos y andares veloces. Gitanos. Hablan de sus cosas con esa voz poderosa y flamencorra que la naturaleza les regaló para envidia de los demás. En su boca todo es poesía.

-Los planetas son como huevos Kinder: dentro hay chuches, Mandonals, donus.

-Pero hay uno que por dentro lleva caca y pis, responde el otro, más bajito y sin reírse. Es decir: va en serio.

Me siento tentado de preguntarle al niño pesimista si no será que está pensando en nuestro planeta, pero lo dejo. Como es natural.

Han comenzado a florecer los artículos de pedagogos y maestros que hablan de los efectos de la pandemia sobre la población escolar, y no hay buenas noticias. Se nota el cansancio, el hartazgo de las pantallas, la falta de contacto humano, la desaparición de las salidas y las excursiones. Por no hablar de los niños que dejaron de comer en el comedor escolar por lo menos una vez al día durante el confinamiento, algo que nunca nombra nadie. En ese paisaje no me extraña que haya niños con una visión negra del universo. El mundo, de repente, se les revela hostil y amargo. Quizás siempre lo fue pero no quisimos verlo ni quisimos enfrentarnos a las verdades demasiado incómodas.

Dice Sven Lindqvist en su portentoso "Exterminad a todos los salvajes" que dos sucesos históricos parecidos no son iguales ni se puede afirmar que uno sea la causa de otro. Para concretar: el genocidio que perpetraron los belgas en el Congo no causó el exterminio judío a manos de los nazis. Pero sin embargo les allanó el terreno. La lista de exterminios anteriores a los nazis es extensa y prolija.

En 1850 ya había filósofos europeos (ingleses para más señas, como Herbert Spencer) hablando de razas superiores e inferiores, y de la necesidad de apartar a las inferiores en nombre del progreso de la nación. Primero apartarles y luego eliminarles. Todo el libro es un comentario a la frase que le da título, que es una frase pronunciada por el personaje de Kurtz en El corazón de las tinieblas, la obra cumbre del polaco que pensaba en francés y escribía en inglés. (Botifler al cuadrado, diría un procesista catalán).

Sigo andando por el barrio de Espronceda mientras el sol tiñe de malva las nubes y se despeña tras los bloques franquistas levemente maquillados. Es el atardecer lento, en primavera. Por un instante intento contarlo en francés y recuerdo algo de Baudelaire sobre el color malva, los gatos y el olor del pachuli. pero no puedo. No puedo, esa es la realidad. En la calle, más ensombrecida que el cielo, destellan las luces azuladas de la policía en su ronda vespertina por los barrios bajos. Soy incapaz de formular quién allanó el camino a quién, de donde sale la idea de una raza y por lo tanto de una raza superior a otras inferiores. Qué es lo que termina justificando los nacionalismos agresivos, los pasivos o los victimistas que, a la vez son también agresivos y pasivos. Me parece algo ya muy fácil construirse el rol de víctima y entonces recuerdo a Murray cuando advierte: no siempre la víctima dice la verdad ni tiene razón, no siempre es obligatorio que nos caiga bien y, a veces, la víctima ni tan solo es víctima. Eso me lleva a pensar en las veces en las que Laura Borràs se presenta como víctima de una opresión insoportable aún siendo una indiscutible privilegiada.

Víctimas, lo que se puede llamar víctimas, lo fueron los hotentotes, sin duda alguna. Los hereros de Namibia. La mayoría de culturas indígenas de norteamérica, los armenios. Etc. ¿Se le pueden añadir los catalanes nacionalistas a lista de las víctimas? Parece imposible y, sin embargo, lo hacen. Ha habido grupos de nacionalistas que se han juntado ante una panadería para acusar a la dependienta, argentina y recién llegada, de victimizarles por no hablar catalán. Pidieron su despido. Quizás su repatriación. O porqué no, su ingreso en un campo de concentración.

Tengo la impresión de que a día de hoy lo mejor para caer bien es presentarse como víctima de algo o de alguien. Quizás los belgas de Lepoldo II también supieron presentarse como víctimas de algo, para justificar el exterminio de los africanos. Por lo que leo, algunos argumentaron haber cometido atrocidades en respuesta al hecho de que uno de sus compatriotas fue asesinado y luego devorado por los hotentotes. Tras años de soportar torturas, la amputación de millares de manos, miles de violaciones, cientos de miles de castigos inhumanos, un hotentote se comió a un belga. Y los demás belgas exterminaron a toda una población.

Nunca sabremos quien fue el primero, quien allanó el camino a los demás. ¿Qué más da? Hoy me acostaré pensando en ese niño gitano de siete años que insinúa vivir en un planeta relleno de pis y de cacas.



18 d’abr. 2021

¿Se puede ser demócrata e independentista?

Ustedes habrán escuchado mil veces afirmaciones como las que siguen:

  • No soy racista, pero no quiero que un negro me quite el trabajo
  • No soy homófobo, pero creo que los homosexuales no deben exhibirse públicamente
  • No soy machista, pero creo que las mujeres se ocupan mejor de la casa y los hijos que los hombres
  • Creo en la igualdad de las personas, pero pienso que quienes han llegado en patera, sin papeles, no deben tener los mismos derechos que los oriundos
  • No soy totalitario, pero creo que las minorías deben someterse al dominio de las mayorías, o bien ser expulsadas de la comunidad
En todas esas frases, como es bien sabido, solo debe tenerse en cuenta lo que va después del pero, ya que lo que antecede al pero es prescindible.

Las personas que se expresan así siempre me han provocado temor. Incluso más que quienes directamente te sueltan soy racista, soy machista: en estos casos, uno por lo menos asume lo que es y ha identificado donde tiene su punto débil.

La Cataluña de los últimos años ha normalizado, sin pestañear, ese tipo de expresiones:
  • Soy demócrata, pero en Cataluña solo puede haber partidos nacionales
  • Soy demócrata, pero en Cataluña debe prohibirse el uso del castellano
  • Soy demócrata, pero TV3 solo se debe invitar a tertulianos nacionalistas
  • Soy demócrata, pero el gobierno solo debe subvencionar la cultura catalana en catalán
  • Soy demócrata, pero los partidos no-independentistas no deben ocupar espacios en el Parlament
  • Soy demócrata, pero la voluntad del pueblo está por encima de las leyes
  • Estoy a favor de la libertad de expresión, pero solo tolero que se expresen los que opinan como yo
Esta última expresión, en concreto, quizás la más terrible y la más aberrante, se ha escuchado en boca de personas con cargos públicos de relevancia. Esa frase en concreto significa, simplemente: la democracia no existe, ha sido suplantada por el mandato del pueblo. Una frase que pronunciaron en su momento individuos como Hitler, Mussolini, Stalin o Franco. Sí, Franco, lo han leído bien. Lo expresaba con claridad y muchas veces: España es, España quiere. Convertía a la ciudadanía en un sujeto singular e interpretaba su ser, su voluntad o su deseo tal como lo haría un médium, ungido de poderes sobrenaturales. Y todos se llevaban las manos a la cabeza mientras pensaban: ¡claro, habla así porque es un dictador! 

Sin embargo, llegó la democracia y, de repente, alguien habla así en Cataluña a la vez que se proclama el más firme defensor de la democracia. No solo eso: también el único demócrata, sometido a la opresión de un estado totalitario.

El último impulso antidemocrático, iliberal y antilustrado lo tenemos (de nuevo) en la ANC, entidad que pasea un autobús amarillo por las calles exigiendo "Independencia AHORA". Y aporta un número: somo el 52%. Se refieren al porcentaje de diputados independentistas del Parlament. Aunque hay otros números, no los manifiestan. No cuenta, por ejemplo, que en esas elecciones (elecciones y no referéndum) votó el 53% del censo, dato más que relevante en ese asunto. El mismo dato ofrece una lectura mucho más nítida si se cuenta bien: Votó el 53%, y de ese 53%, el 52% votó independentista: luego un 26% del censo es independentista. El uso de los números como me plazca y mejor me convenga no creo que sea un alarde del pensamiento democrático.

Quizás no sería mala idea un buen plan de educación sobre valores democráticos en las Tv, incluso en Tv3: quizás se debería contar cuales son los principios de la democracia: igualdad, diálogo, consenso, pacto, respeto por la minoría, respeto fundamental por las leyes. Sin uno de esos elementos no hay democracia. A lo sumo hay culto a las urnas, pero las urnas no hacen una democracia: incluso Franco convocó referéndums.

El próximo día les hablaré acerca de Javier Cercas.