20 d’oct. 2021

EL SEÑOR OTEGI EN SU TORRE DESMOCHADA

El peinado del señor Otegi solo es un poco batasuno, como si lo disimulase.

La sonrisa del señor Otegi tiene algo de chulesca, de machito español del norte, un cinismo socarrón y muy castellano viejo. A pesar de los juicios y los años de cárcel, el brillo de sus ojos nos dice: a mi no me doblega nadie, se necesitan doce como tu para arrodillarme a mi. Si Santiago Abascal y Arnaldo Otegi se encontrasen en un bar, encontrarían más cosas comunes que diferencias, aunque la coincidencia les dolería a los dos en su gónada patriótica.

El señor Otegi viste ahora camisas blancas y americanas azules, y calzado bueno. Le gustan los micrófonos y las cámaras, las busca y las encuentra. El señor Otegi intenta presentarse como un interlocutor importante, necesario. Pero le cuesta ocultar el alma, que asoma cuando menos te lo esperas. 

El señor Otegi debe pensar que los vascos nacionalistas son, no solo los buenos vascos, si no los mejores, y mucho mejores que los españolitos comunes. Esas ideas son viejas pero no se van. En siglos anteriores ya sucedió eso, con otros Otegis.

El señor Otegi está convencido de que siempre se cae de pie, y de que siempre será así. Puede que si, pero hay algo que el señor Otegi no sabe, o hace como que no lo sabe: que su tiempo se extinguió. Haría bien el señor Otegi en deslizarse hacia un lado, quizás una bonita casa de campo en la campiña verde, con vacas pastando y esas plantas que dan arándanos, con los cuales se elabora el Pacharán, esa cosa dulzona y magenta que induce al sueño tras vociferar un buen rato.

Haría bien el señor Otegi en retirarse, contemplar el paisaje y saborear el licor rosa y dulzón. Y dejarnos en paz. Su discurso ya no le interesa a nadie. O a casi nadie. Entonces, en su retiro rural, podrá dedicarse al ensoñamiento de la Euskadi mítica y mitológica que ya no existe, tal como Himmler soñaba con los caballeros teutones. Y podrá dejarse el peinado que quiera. Y podrá despeinarse sin temer que vengan las cámaras.

Allí, solo y libre, el señor Otegi podrá jugar a ponerse el pasamontañas negro y rememorar su juventud abolida.

19 d’oct. 2021

Lucy López y el Leviatán

Lucy tiene el pelo castaño, los ojos verdemarino y el perfil de una princesa renacentista. Pero es una chavala del barrio. Lucy no sabe lo que le pasa, solo sabe que está mal, que hay algo malo dentro de ella que no la deja vivir en paz.

Cuando era pequeña le dijeron que tenía dislexia y déficit de atención, y las pasó canutas en la escuela. No guarda recuerdos buenos del colegio del barrio.

Ha suspendido los dos exámenes que ha hecho hasta ahora, no tiene amigas aquí y se siente agobiada. Todos le hablan, todo es ruido, y por eso se esconde en el váter. Se sienta en el rinconcito blanco y se pone a llorar hasta que la mascarilla queda empañada en lágrimas.

A Lucy no le salen las palabras y yo pienso, en primer lugar, que no tiene ganas de hablar. Luego que no puede. Pero al fin me doy cuenta de que hay tantas palabras en ella que no le pasan por la garganta y no le caben en la boca. De modo que, cuando por fin pretende contar algo, estalla en un llanto gordo, redondo, rotundo. Se abraza a sí misma, sentada en esa sillita de plástico y lanza miradas verdeagua a su alrededor, buscando un asidero que no está, que se escapa. Hay tristeza, infelicidad. Hay, sobre todo, la mirada verde de alguien que está perdido en un mundo enorme, antipático, indiferente. Lucy ha descubierto por fin el mundo a donde la trajeron su padre y su madre. Él trabaja todo el día y ella toda la noche, para poder pagar los gastos, que son muchos.

Una de sus profesoras me dijo: Lucy es una niña consentida que no soporta la frustración.

Y puede que haya algo de eso, pero no es solo eso. Lucy descubrió al Leviatán en algún momento pero no sabe su nombre ni puede definir su contorno. El monstruo anda con ella a todas partes. Algo no funciona muy bien en ese lugar en donde los jóvenes más frágiles se pierden y se caen del camino.

-¿Esos nos van a pagar la jubilación? insiste la profesora, ¡Que Dios nos ampare!

Cuando por fin Lucy se marcha la veo andar hacia el poniente rosa y naranja, pequeña y endeble. La depresión es terrible en cualquier cuerpo, pero le puede quebrar a uno cuando la ve en una adolescente renacentista a la que la vida le duele tanto. Cuando Lucy se ha ido descubro una lagrimita asomando en mis ojos, y me acuerdo de las depresiones insondables de mi padre, que también anduvo con el Leviatán la mitad de su vida.

18 d’oct. 2021

Ericia y la muerte en la juventud

Ericia está sentada en las escaleras, entre la primera planta y la segunda. Unos lagrimones pesados y redondos resbalan por sus mejillas. Su mirada, de ojos de aceituna, está ausente pero es capaz de atravesar los muros. Sus ojos negros miran fijamente una negrura enorme. Y la negrura le devuelve la mirada.

Ericia no quiere vivir más. Llegó hasta los diecinueve a duras penas y ya no puede más. Está sentada y parece que no se podrá levantar. Su cuerpo se hunde sobre sí mismo. Sus manos están abandonadas a los lados, con las palmas vueltas hacia arriba, rendida. Ya no más lucha.

Su cabello de azabache contiene tota la negrura del espacio gélido, que le acaricia con un gesto de bendición. Ericia quiere descansar y llegó a la conclusión de que solo la muerte le ofrecerá el descanso que no le dieron sus familiares, sus profesores, sus semejantes.

Ericia no quiere seguir viviendo. Ericia quiere morirse a los diecinueve, morirse cuanto antes.

Por eso se tragó los quince comprimidos y me lo cuenta así, sin titubear, cuando le pregunto, manteniendo su mirada de acero negro en mis ojos, sin pestañear, sosteniendo media sonrisa cansada y grácil, sin vergüenza ni miedo. Ella sabe que llegó mucho más lejos que yo. Sabe que, en tan solo diecinueve años, viajó mucho más allá que yo a mis cincuenta y pico y vio mucho más mundo que yo. Ericia sabe que sus sueños son mucho más profundos que los míos y que jamás le alcanzaré. Ericia debe haber visto que soy un cobarde, que mis pies se retraen ante el abismo y sabe que los suyos no dudan en avanzar, aunque sabe que avanzará sola hacia el vacío. El vacío es su amigo, el vacío es su hogar desde que tiene uso de razón. Y Ericia es inteligente, incluso dolorosamente inteligente cuando me cuenta lo del vacío, cuando me habla de la nada y la muerte.

Ericia es una joven catalana de diecinueve años que no quiere vivir y desconfía de los Servicios Sociales (no me gusta su forma de trabajar, dice, sin especificar nada más). Yo fui un poco Ericia cuando tenía diecisiete y no recuerdo muy bien como dejé de ser ella algo más tarde, quizás a los diecinueve. Si lo supiese, se lo contaría. Pero no me acuerdo. Quizás todos fuimos Ericia en algún momento y luego no lo recordamos, por miedo más que nada, o por la pereza de recordar los paisajes inhóspitos.

Hoy he hablado de nuevo con Ericia y me ha parecido una joven de metal durísimo. Y a la vez más frágil que el tallo de un brote de maíz recién nacido. He recordado la frase del pensador sobre la vida entendida como un esfuerzo inútil, si, pero también he recordado como se reconstruyó Lisboa tras el incendio.




17 d’oct. 2021

A propósito de San Manuel Chaves y las dos Españas

A veces consulto los datos de este blog en el que están ahora mismo. En las últimas semanas, el blog agoniza dulcemente sin que sepa el porqué. Cuando digo que agoniza me refiero al número de visitas, que ha decaído en picado y ha llegado a los números del principio, cuando solo escribía mi diario para mi mismo y sin más intención.

Todo nace y todo muere, lo dijo el poeta. Quizás al blog le ha llegado el momento de morir, cuando todo se pierde como lágrimas en la lluvia de mentira que lanzaba Ridley Scott.

De modo que acepto la realidad. Voy a dedicar los últimos tiempos de este blog a recuperar los apuntes y entradas que más me gustaron, o los que menos se leyeron. Un buen epílogo, creo. Avanzo pues hacia el fin en una larga despedida, al estilo de los grandes del rock.  

14 d’oct. 2021

Lo que perdimos en el fuego de octubre del 2017

Algunos días atrás asistí a la presentación de un proyecto cultural en una villa al lado de la ciudad de Valencia. El ambiente, un sábado por la mañana de dulce calorcito otoñal, era distendido y agradable. La sala municipal es acogedora, diáfana. Me sorprende que no haya banderas en el escenario. Tras esos años terribles en Cataluña, uno siempre se teme que la guerra de las banderas será omnipresente, pero no es así. Aquí, en esa Comunitat Valenciana que algunos reivindican como perteneciente al ensueño romántico de los ectoplasmáticos "países catalanes", no hay banderas. Mucho mejor así. A mi me gusta la de Europa, pero no pasa nada.

Los ponentes se expresan los unos en valenciano, otros en castellano y otros en catalán. El diálogo fluye con facilidad. Me sorprendo de nuevo: nadie protesta, nadie murmura, nadie silba, nadie se remueve en su butaca azul. No hay gritos ni insultos. Todos los idiomas conviven en paz ya que todo el mundo comprende a los demás y por consiguiente no hay malestar alguno, ni ofensa ni desprecio. Solo ganas de entenderse entre lengua hermanas, hijas del latín y de la necesidad de la lengua franca. El acto transcurre con normalidad. Hay un par de mesas redondas. El conductor de una de ellas se permite cierto tono reivindicativo por la parte nacionalista, mezclada con un antifranquismo pertinente pero un poco al estilo catalán, ese estilo que pretende inducir a la sospecha de que todo lo español es franquista y todo lo catalán, antifranquista. ¡Como si no supiese nada del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat o de los miles de franquistas de pura cepa catalana que prosperaron en la Cataluña de Franco -y que a día de hoy son furibundos independentistas! Ningún ponente le sigue el hilo al moderador que pretendía estropear el acto. Bravo.

Me relajo aún más en mi butaca azul, me hundo en ella: me doy cuenta de que puedo escuchar a esos ponentes sin ponerme de los nervios. No hay crispación ni nacionalismo: solo hay interés por la difusión de la cultura y de la memoria colectiva, sin insinuaciones malévolas, sin botiflers de por medio, sin ánimo de venganza, sin menciones a la represión del 1 de octubre ni demás sandeces trilladas hasta la náusea. Se habla de proyectos, de esperanzas, de vida. Eso es la democracia, me digo mientras sigo relajándome y añorando el tiempo en el que Cataluña era así, aquel espacio plural en el que a nadie se le ocurría gritar "en català, collons!" cuando alguien hablaba en la lengua de Machado, de Blas de Otero, de Luis Cernuda. Los catalanes somos afortunadamente bilingües aunque algunos pretendan lo opuesto: somos como los valencianos que hoy celebran la convivencia fértil entre las lenguas de España.

Se termina el acto y los conferenciantes y el público hablan entre sí en el vestíbulo. De nuevo se comunican en las dos o tres lenguas, sin fricciones ni tensiones, sin malas miradas, sin problemas. No parece nada difícil obrar así. Es más: parece no solo lo más fácil, si no lo más bello del mundo. Queremos hablar y entendernos, cada uno con su deje y su acento, reconociendo que todos hablamos lenguas españolas y que lo que nos importa es, ante todo, hablar y entendernos y compartir contenidos, ideas, esperanzas, deseos. Vivir.

Por eso, cuando preguntamos por un lugar al que ir a comer, nos responden en castellano y valenciano y catalán. Camino de Barcelona, llegamos a la Cofradía de Pescadores de Burriana, lugar que les recomiendo. No solo la comida es deliciosa: el camarero les atenderá en castellano y en valenciano, cambiando de lengua en mitad de cada frase. Y nadie le maúlla "en català, collons!".

Eso es lo que los catalanes perdimos cuando ardieron los contenedores de Barcelona. Eso es lo que nos quitaron aquellos políticos insensatos con sus bravuconadas patrióticas, medievales y antidemocráticas, en octubre de 2017. Eso es lo que debemos recuperar cuanto antes mejor, para vivir de nuevo en paz.