23 de gen. 2022

Yo tuve una juventud nacionalista

El folklore en general, y por lo tanto el nacionalismo en particular, nunca me han gustado. No me emociono ante una comparsa de gigantes y cabezudos, ni me tocan el alma las banderas, los estandartes o las "colles castelleres". Aborrezco el sonido de la gralla. Siempre me ha resultado tedioso y primitivo el colorido identitario, es decir, pretérito y tribal.

Sin embargo, sí pasé unos años de mi vida convencido de que la lengua y la cultura catalana debían preservarse a toda costa, y por eso mismo compraba libros extranjeros en la traducción catalana, celebraba la aparición de novelas en mi lengua materna, acudía al teatro catalán y defendía, enérgicamente, que se debe escribir en catalán con la máxima corrección, y pronunciarlo según los cánones establecidos.

Eso pasó cuando era joven. 

Luego, algún día imposible de situar en el calendario, abandoné mi actitud. No fue una iluminación espontánea, ningún rayo me derribó de los lomos de un burro: a mi cambio contribuyeron los innombrables exégetas de la cosa catalana, sus profetas, sus gurús, sus lamentables líderes. Me ayudaron también las lecturas de los pensadores, las charlas con personas más inteligentes que yo, los libros de historia. Pero debo insistir: el descubrimiento de la estupidez de los líderes patrióticos es esencial en ese giro vital.

Algún día comprendí que mi actitud poco tenía que ver con la cultura, a la que sigo amando -igual que amo a la cultura portuguesa, francesa, japonesa o americana- y en cambio tenía demasiado que ver con el catalanismo y, por extensión con el aborrecible nacionalismo que tanto dolor le ha traído al mundo.

De algún modo, me di cuenta de que había colaborado con lo que más detesto: el estrambótico supremacismo, ese que asegura tener unos "hechos diferenciales" que son, por definición, más importantes, elevados y sagrados que los "hechos diferenciales" del pueblo de al lado.

Ahora pues, si me encontrase sentado delante de mi al que fui con veinte años, solo podría decirle: fuiste un imbécil.

No me avergüenzo: la juventud es el tiempo de las torpezas, la dura etapa del aprendizaje vital, el tiempo de los errores, del ensayo fracasado: en el amor, en el arte, en los ideales, en los principios. Quien diga que desea volver a ser joven nos revela su desmemoria trágica. La naturaleza no comete errores y por eso nos libra de la juventud, con la ayuda del tiempo, en un acto de piedad poco celebrado.

Si hubiese sabido que mi militancia cultural de juventud era usada de la forma más espuria y más vil por esos líderes que hoy nos siguen hablando de esencias patrias, de historia falsificada burdamente y de barbaridades que anteponen una ficción territorial a su ciudadanía real, me hubiese dedicado al flamenco (arte del que sigo enamorado, por cierto) o a la contemplación de los grabados de Durero.

Me sorprende que mi historia de arrepentimiento y entrada en lo racional sea poco común, y me aterra ver a personas de mi edad (o de edad mucho más avanzada incluso) que siguen aferradas a la ficción y al delirio, y dispuestas a dejarse llevar por unos supuestos líderes, penosos y grotescos, capaces de repetir la palabra "Cataluña" en cada frase, como si la repetición fuese un ritual mágico, chamánico y primitivo, y sin darse cuenta de que emulan al fascismo más lúgubre, de que caen en el oscurantismo medievalista de las fantasías nacionalistas que asolaron Europa.


21 de gen. 2022

Volem inquisidors catalans!

L'altre dia, i gràcies a seguir la lectura dels articles d'en Ramón de España, em vaig assabentar que el Parlament de Catalunya vol debatre la qüestió de les bruixes catalanes assassinades al segle XIV, un tema que la ciutadania de 2022, assotada pels virus i la ineficàcia (i la corrupció endèmica de la casa nostra) sens dubte desitja conèixer a fons, i no dubta en comprendre que se li destinin hores i recursos al nostre parlamentet regional. La regionalització folklòrica sempre serà la cosa nostra. La nostra casa.

Volem bruixes catalanes, però sobretot volem inquisidors catalans, perquè són els inquisidors allò que de veres ens excita el nervi patriòtic: al foc la bruixa i el botifler! Al foc els llibres que no reivindiquin els mil anys de la nació catalana! Al foc tot el que no ens agrada! No en va, a moltes manifestacions de l'Òmnium Cultural hom desfila amb torxes i caputxes: el foc salvífic de la pàtria somiada.

Volem inquisidors catalans! I per això ja vam reclamar bisbes catalans, anys enrere. I exorcistes catalans, que treguin el dimoni botifler de l'ànima dels posseïts pel dimoni espanyol: els maleïts sociates, els ciudadanus, i àdhuc dels Comuns i les Comunes, que mostren un aire diabòlic i espanyolista que no s'escapa a l'ull de l'exorcista català capaç de detectar impureses i heretgies. Catalunya serà pura o no serà: no hi pot haver una Catalunya mestissa ni mig nyorda ni mig xarnega: que es foti en Candel i la seva tropa de xarneguets! Només ens val una Catalunya pura que digui àdhuc i nogensmenys, i que usi els pronoms febles a la manera canònica d'en Fabra -o del malhaurat Pau Vidal.

Volem inquisidors catalans, vigilants i amatents, torxa enlaire, a punt per a la incineració del traïdor a la pàtria. Volem llibres en català encara que siguin llibres de merda. Perquè seran merda catalana, i la nostra merda és nostra abans que merda, i qui no ho entengui que el bombin. Qui no ho entengui ja ho entendrà quan truquin a la porta de casa seva, de matinada, els inquisidors catalans.

Llavors, quan l'inquisidor català us truqui a la porta, a les tres o a les quatre, lamentareu la vostra traïció i la vostra botifleria i haureu desitjat haver estat bruixes catalanes. Més catalanes que bruixes, a poder ser.

18 de gen. 2022

Las viejas y los gatos de Pardo Bazán

Los martes cierran el bar de los chinos de la Plaza Triana y, a la hora de la merienda, tengo que cambiar la dirección de mis pasos para tomar café. Los martes me sumerjo en las sombras de la callejuela Pardo Bazán, inquietante y oscura, sin una sola farola en funcionamiento. A veces me pregunto la razón que obliga, a los que ponen nombres a las calles, a poner nombres de escritoras o de sindicalistas en las calles más tristes, más menudas, más pobres. En la tenebrosa Pardo Bazán, sin embargo, árboles enormes dan muy buena sobra en verano: no todo es abandono y tristeza.

Desde los balcones de esa calle cuelgan grandes racimos de plantas, en especial la del dinero, que cuelga varios metros y se remueve como un fantasma bueno al compás del transeúnte. En los viejos bloques van instalando, poco a poco, esos ascensores como estatuas exentas: las gentes que viven en los bloques llegaron siendo muy jóvenes desde Extremadura, Murcia, Andalucía. Ahora ya no pueden con sus cuerpos, doblados durante décadas en el tajo que les dieron los buenos catalanes del centro. Muchos ya murieron. Es una calle de viudas ancianas. Y de jóvenes de piel morena, que van rellenando los pisos que ya dejaron libres los emigrantes de antes: caribeños, africanos. El nuevo músculo proletario, el que no precisa del ascensor exento, es de piel oscura y sonrisa blanca. El sonido de las voces caribeñas me huele a música tropical aunque la mayoría de las veces solo comprenda palabras sueltas, gritadas al aire. Son las cosas de la juventud, y es un gusto ver tanta juventud al lado de las viejitas.

En un tramo de Pardo Bazán, quizás donde la oscuridad se concentra con más ahínco, hay un coche abandonado y, bajo él, acude una docena de gatos cuando la tarde se ha cerrado. Allí van, a la cita, un número de viejas del barrio que no puedo cuantificar. Se arremolinan entorno al coche y depositan con dolor sus platitos, sus tupperwares con la comida para los gatos del barrio. Hablan entre ellas, aunque a veces no se escuchan: la mayoría están medio sordas y creo que se hablan a sí mismas y por eso repiten la frase una y otra vez:

-Hay que cortar la comida a trocitos pequeños, hay que cortar la comida a trocitos pequeños.

-Ayer dejé pescado y hoy pollo, ayer pescado y hoy pollo -le responde la vecina.

Si ando demasiado cerca del coche abandonado, tres o cuatro gatos salen zumbando en todas direcciones, como si se hubiesen puesto de acuerdo entre ellos para que, de ser yo un depredador, solo pudiese pillar a uno. 

En primavera suelo ver a gatas panzudas, embarazadas. Y es entonces cuando las viejas de Pardo Bazán se esmeran más en sus cuidados, y llevan garrafas de agua y manjares más suculentos, como macarrones a la boloñesa.

Eso sucede cada día. Y yo, a veces, intento el ejercicio de imaginarme a esas viejas cuando era jóvenes en Jaén, en Puertollano, en Miajadas. Y las veo pegando brincos por el campo y riéndose, tan lejos de la oscuridad de la calle catalana de Pardo Bazán, en una mañana a principios de verano, las faldas al viento y las flores en el pelo. Ya se que eso es un tópico ñoño, y se que quizás no tuvieron una adolescencia de flores ni mañanas relucientes, pero yo las veo así y eso nadie me lo puede negar.

Luego sigo hacia abajo. Quizás yo, algún día, me entregaré, medio sordo, a la labor de alimentar a los gatos de una calle que nunca vi, que nunca imaginé pero que me espera, agazapada entre las sombras y los gatos de un barrio pobre.


16 de gen. 2022

EL MAL (CATALÁN) NO ES DE AYER

Del mismo modo que el nacionalismo no se inventó en Cataluña ni el exterminio masivo en Alemania, tampoco la estupidez patriótica tiene un origen claro ni definible. Hay muchas hipótesis sobre el (deplorable) fenómeno. Sin embargo, es obvio que a día de hoy hay unas naciones que se llevan la palma de oro: Hungría y Polonia por el lado europeo más rancio, Rusia por el oriental y la América trumpista por el oeste. En síntesis: estamos rodeados. ¿Rodeados? La estupidez tiene su quinta columna en España: ahí están Pablo Casado, el desdichado, y su primo Santiago Abascal, el mamarracho. La idiotez nacionalista es infinita y España sigue de nuevo en el candelero, huérfana de una derecha ilustrada.

Así, aún sabiendo todo el mundo que el "procés" ha terminado de forma abrupta, e incluso habiendo aceptado el indescriptible profeta Jordi Cuixart que la cosa independentista ha caducado, son miles los que siguen empecinados en levantar las banderas y las antorchas, siempre vigilantes ante la pérdida de las esencias patrias: por un error (mío y estúpido), amanecí en Twiter y así puedo ver, a veces con gran regocijo y a veces con una pena infinita, como persisten en el odio patriótico muchas personas de apariencia sensata pero de tuit odiador. Entre ellas, el señor Pau Vidal, completamente desatado en su manía persecutoria contra los ciudadanos catalanes de clase baja o media-baja que no usan el catalán, o contra los catalanohablantes que lo usan mal. No recuerdo haber leído un solo tuit del señorito Vidal contra el desuso del catalán del señorito Messi, ni contra el catalán muy chocante del Consejero de Economía. Es curioso: las andanadas del purismo lingüístico siempre miran hacia abajo. No vaya a ser que molestemos a las élites, que persisten en hablar el catalán del que ya se mofaba Santiago Rusiñol hace más de cien años. ¿Acaso Pau Vidal comentó alguna vez que en casa del señorito Arturito Mas se habla en castellano?

No, el mal no es de ayer. En su magnífica obra en dos tomos "La raza catalana", Francisco Caja nos contó las raíces racistas ya viejas del nacionalismo catalán, y el libro sigue siendo de rabiosa actualidad y de lectura obligatoria para comprender las sandeces de Vidal y de tantos otros (y otras) que siguen empecinados en demostrar algo muy raro: que los catalanes somos superiores a las personas de nuestro entorno, que somos más cultos, más europeos o más descendientes de los griegos que de los romanos (ya que, a criterio de un lumbreras como Oriol Junqueras) los griegos eran superiores a los romanos. Todo eso huele mal y decimonónico, es cierto, pero es lo que circula a día de hoy por las huestes del Twiter patriótico, y no pasa día sin que tengamos el placer de leer nuevas sandeces.

El mal nacionalista es antiguo y se arrastra, como un gusano, a través de las décadas. En algunos países, la cultura democrática ha podido con él. En regiones como la catalana, el mal nacionalista se aferra al humus y repta. Todavía.

El gran Javier Tomeo, que no era catalán si no aragonés, escribió en su Bestiario a propósito del gusano:

- Yo soy el gusano, -me responde-. Un animalito estúpido y lento. Respiro a través de la piel y mi tubo digestivo se prolonga de un extremo al otro de mi cuerpo. Pero mi madre, a poco de nacer, me dijo: “No te preocupes, Federico. No eres inteligente, ni hermoso. No tienes alas. Ni siquiera tienes pies. Arrastrándote, sin embargo, podrás llegar a cualquier parte”.
Pues eso. Arrastrándose por Twiter, el nacionalismo se siente capaz de llegar a cualquier parte.

13 de gen. 2022

Tiana... ¿negra o amarilla?

Tiana Negra es un festival de novela negra que se celebra en la localidad de Tiana. Este año cumple 10 años. En este festival se entrega el premio "Memorial Agustí Vehí-Tiana Negra", que una servidora ganó en su segunda edición, en el ya lejano 2015.

En los fastos de este año, el de la decena, no me han invitado y le he escrito a la organizadora (creo que se llama Anna M. Villalonga o Vilallonga) preguntándole por la exclusión, pero no me ha respondido. Me pregunto por los motivos que tendrá la organización, nacionalista y excluyente, para optar por esa opción. ¿Será por su nacionalismo excluyente? ¿Será que solo existe una sola forma de ser catalán?

Nota a pie de página: la señora Anna M. (Vilallonga o Villalonga) estaba en el jurado que me premió, aunque poco más tarde me mandó un mensaje privado informándome de que el premio no había sido dado por unanimidad. Todo en ella es elegancia y saber estar.