29 de jul. 2020

En el laberinto (catalán)


Cuando era muy jovencito quedé entusiasmado durante un rato por la visión de la cinta "Dentro del laberinto" (Labyrinth, 1986), con un despampanante David Bowie y una jovencísima Jennifer Connelly, cuyo papel es una mezcla de Teseo y de Orfeo. La joven heroína debe penetrar en el laberinto y luego salir viva, cosa que intentarán impedirle un sinfín de personajillos raros, grotescos y mayormente amorales. El film, aunque colorista, flirtea con la oscuridad gótica: sobre el aire de pasatiempo y entretenimiento pueril flota un aura siniestra.

El título de aquélla cinta me ha vuelto a la mente, inevitable, con la lectura de "El laberinto catalán. Arqueología de un conflicto superable", escrito por el periodista e historiador francés Benoît Pellistrandi (¡bendito apellido!). La razón del vínculo en mis neuronas no se debe tan sólo a la aparición del mismo sustantivo en ambos títulos. Los personajes que habitan el laberinto catalán también tienen mucho de personajillos, de muñecos grotescos y de seres amorales, obstinados por encima de todo en la satisfacción de sus deseos primarios, siendo el primero de ellos la voluntad de poder. Por encima de la voluntad de verdad.

Pellistrandi demuestra conocer bien la historia de España, y es interesante redescubrir que, a menudo, la mirada del extranjero (perdón por la palabra, usada sin intención peyorativa) es más apta para comprender quiénes somos. O por lo menos como se nos ve desde una distancia tan higiénica y saludable como la que media entre Francia y España, tan higiénica y saludable como esa "distancia social" que nos impone el virus.

Pellistrandi hace un análisis certero, sin apriorismos ni simpatías por ninguno de los varios bandos implicados en el conflicto catalán. Citaré algunas de sus ideas principales:
  • La crisis catalana es gravísima, pero es una crisis política y, por lo tanto, superable.
  • No existe razón alguna para hablar de "catalanes" y "españoles": solo existen ciudadanos españoles, los unos residentes en Cataluña y los otros en el resto del territorio español. Si entramos en una distinción entre catalanes y españoles existe el riesgo de caer en la tentación etnicista.
  • Todo el mundo sabe que es una crisis fabricada y deseada, y de ahí que tenga un carácter artificial. Artificial pero verdadero.
  • La descentralización ha configurado una democracia española que funciona y satisface a los españoles. Los nacionalismos regionales han sabido detectar la amenaza que este consenso podría representar a sus intereses. Para no dejar de existir en una España democrática y moderna, un partido nacionalista está condenado a una escalada reivindicativa permanente.
  • Es legítima la pregunta de hasta qué punto el nacionalismo es compatible con el constitucionalismo español. [¿Se pueden o se deben suspender los partidos nacionalistas?]*
  • Muchos se han tragado la propaganda independentista enarbolando el famoso "derecho a decidir" sin preguntarse sobre la realidad constitucional española. Han ignorado que España es el país más descentralizado de Europa.
  • La "revuelta catalana" del otoño de 2017 es el primer ejemplo de una revuelta contra una democracia liberal.
El autor concluye que la independencia ha fracasado y no la habrá a corto plazo. Propone reconocer algunas verdades para poder abordar una solución al conflicto:
  • No existe una mayoría social suficiente que permita la secesión.
  • Europa no está esperando la independencia de Cataluña: es más, Europa se ha construído sobre el abandono de los nacionalismos. Europa es, por esencia, un proyecto antinacionalista.
  • La independencia catalana podría ser un proyecto político cuando se presente como un proyecto de futuro y no como un ajuste de cuentas con un pasado deformado, basado en la leyenda negra de una España que, por fortuna y con grandes esfuerzos, ya no existe.
  • Los líderes secesionista se han echado al monte con una brújula estropeada, con mapas distorsionados y con un GPS alocado. Se han perdido en sus propias fantasías. La culpa del fracaso la tienen ellos por haber creído en sus quimeras y haber emborrachado a parte del pueblo catalán con sus discursos emocionales y victimistas.
Si la solución del conflicto es política, propone Pellistrandi, pertenece al conjunto de los ciudadanos españoles, y los principios que regirán deben seguir siendo los europeos: democracia, libertad, respeto a las minorías, separación de poderes, universalidad frente a tentación etnicista.

En los márgenes del libro de Pellistrandi anoto algunas objeciones. Solo transcribo dos:
  1. Es imprescindible buscar el reencuentro y la convivencia entre catalanes, ya que este es, sobretodo, un conflicto entre catalanes que está presente en las familias, en los centros de trabajo y en los grupos de afinidad de toda clase.
  2. La superación del etnicismo implícito en el desafío catalán debe pasar por el reconocimiento de que la lengua castellana es tan propia de Cataluña como el catalán, una evidencia que se demuestra en la historia del pasado y en la sociología del presente. 
En estos días, en los que la revocación del tercer grado a los condenados por el "procés" nos arroja grandes dosis de un victimismo convertido en liturgia y sacramental, la lectura de Pellistrandi puede actuar como un bálsamo. Y eso es quizás lo más sensato que se puede recomendar: revisar la historia, analizar los sucesos con perspectiva y calma y no perder de vista que la solución solo puede ser más democracia, más derecho y más justicia. Si estos condenados no tienen derecho al tercer grado deben cumplir la condena en las mismas condiciones que cualquier ciudadano español, puesto que eso y solo eso es lo que son. Su condición de ex-cargos políticos (a veces ni tan solo eso, como Cuixart o Sánchez) no debe otorgarles privilegios en modo alguno y España debe demostrar que es el país moderno y europeo en el que creemos, y se debe explicar bien que la Constitución de 1978 es la herramienta que nos ha permitido, a todos los españoles, vivir el periodo de paz y de progreso más relevante de toda nuestra historia. Atentar contra la paz, la convivencia y el progreso es -y debe ser- un delito grave en la Europa que queremos. Más aún cuando el delito se comete en contra de la legislación que tantos beneficios, derechos y privilegios les ha otorgado a esos presos que, aprovechándose de ellos, pretendieron violarla y salir impunes en nombre de una interpretación iliberal, populista y totalitaria de la "voluntad del pueblo".
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* La pregunta del claudátor es mía, por supuesto.

26 de jul. 2020

El silencio de Juan Marsé


Que la vida iba en serio uno lo descubre tarde y, también, cuando se le mueren los que sintió como los suyos, más allá de la sangre y los lazos opresores. Surge un indudable sentimiento de orfandad ante la muerte de los que nos han acompañado, incluso sin saberlo, durante décadas. Algunos nos han acompañado durante más tiempo que algunas parejas.

A Juan Marsé, al que sólo conocí una vez, por teléfono, antes de mandarle una entrevista por correo electrónico, le considero alguien muy próximo, con esa familiaridad rara que nos transmiten aquéllos de quienes hemos ido siguiendo sus pasos, sobretodo sus palabras, sus libros, sus huellas, esa larga estela de libros que forman la educación literaria de uno y, a veces, la sentimental. Aprendí sobre Barcelona y sobre Cataluña con Marsé más que con algunos que se las dan de autoridad en la historia o en la sociología. Si se me viene un nombre a la mente cuando leo "literatura catalana contemporánea", ese nombre es el de Juan.

Aunque llevaba tiempo advertido ("Juan está muy malito"), la noticia de la muerte me abofeteó en la cara. La muerte se comporta así, desafiante y vengativa como una amante despechada. Luego vino la sorpresa desagradable, al observar atónito -por más que advertido, de nuevo-, la repercusión de su muerte en el mundillo siniestro, minúsculo y grotesco de la cultureta catalana. En Tv3 dieron la noticia después de las incidencias del tráfico y fueron varios los intelectualillos de la cosa catalana que expresaron de él: no era catalán, despreció nuestra patria, etc. Es mejor no escuchar mucho a esas vocecillas rencorosas a las que, en realidad, solo les mueve la envidia ante el que es, sin duda alguna, el mejor escritor catalán del siglo. Le desprecian porque escribió en castellano, y les importa poco que nos haya dejado las mejores novelas catalanas, muchas de ellas destinadas a clásicos del XX.

De haberse subido a los hombros de Juan Marsé, la novela catalana del XX y del XXI hubiese caminado a hombros de gigantes. Pero se conformó con la espalda de los enanos (y de las enanas, claro).

Ante la ignominia de los que pretenden ser de mi tribu pero no lo son porque no dispongo de tribu -y menos la caníbal tribu catalana-, me propuse hacer un acto de desagravio íntimo. Me puse a releer "La oscura historia de la prima Montse", que me encanta, una de mis tres obras preferidas de Marsé. Y luego, casi por casualidad, di con "Juan Marsé habla sobre Juan Marsé", la larga entrevista filmada por Augusto M. Torres en 2012, en el piso del escritor de la calle Bailén. Durante la visión de la entrevista, en la que Marsé repasa en orden cronológico su obra, anoto algunas frases:
  • Escribo en castellano porque me da la gana. Hay otra explicación, pero es larga y aburrida.
  • Mis referentes literarios, de niño, los leí en español. En catalán, en mi casa, solo había algo de poesía de Salvat Papasseit y un tomo de "Genoveva de Brabante".
  • El escritor empieza por ser un gran lector.
  • Me molesta mucho la confusión que se da [en Cataluña] entre lengua y patria.
  • La patria del escritor no es la lengua: es el lenguaje.
  • ¿El patriotismo? Una definición que me gusta mucho es la que da el personaje de Ingrid Bergman en "Encadenados" (Notorious, A. Hitchcock, 1946): "Conozco a los patriotas: son los que sostienen la bandera con una mano y con la otra te vacían los bolsillos".
  • Sí, estuve en el  jurado del premio Planeta aquél año en el que se premió el bodrio de Maripau Janer. Luego dimití.
  • Mi relación con la censura franquista es, en realidad, casi de agradecimiento. Se leyeron mi obra. Me propusieron cambiar "pechos" por "senos", y "muslos" por "antepierna"; no dijeron nada de algunas ideas políticas del libro (Últimas tardes con Teresa).
  • No me interesa la novela negra, y menos ahora, cuando parece que todo el mundo quiere hacer novela negra. La novela negra se terminó hace muchos años.
(Tal como sucede cuando tratamos de los relevantes, a partir de cada una de estas frases se puede escribir un artículo por lo menos. A propósito de la censura franquista: urge hablar de la autocensura o de algo mucho peor que sucede en Cataluña: la autoimposición de escribir, cuando se escribe en catalán, para agradar y complacer al régimen nacionalista de la Generalitat, fenómeno mucho más lúgubre que la censura).

El entrevistador, luego, le propone a Marsé repasar su relación con las adaptaciones al cine que sufrió, y el espectador se divierte con el Marsé irónico, a veces cabreado, insobornable, que le dice a Fernando Trueba que hace cine fallido y etc. Gran imitación de José Manuel Lara Hernández y puntualizaciones oportunas sobre Carlos Pujol Jaumandreu.

Tras una hora y media de luz blanca, fundido a negro.

23 de jul. 2020

La estatua de Puigdemont en una plaza de Gerona


Me detuve a contemplar la estatua que había rodado por el suelo. Quedó boca arriba, contemplando las nubes de la tarde con unos ojos vacíos, un mohín de ausencia y algo de muñeco grotesco. En su tiempo fue una personalidad aplaudida, venerada, admirada. Tras muchas décadas de coleccionar cagarrutas de paloma, ahora yacía en el césped del pequeño círculo ajardinado a sus pies. La aparente grandeza que mostró encima del pedestal, con su nombre en caracteres góticos, se había tornado en gesto ridículo. Una vez en el suelo, la estatua se había humanizado. Eso no lo pensaron los iconoclastas.

Por estos días encontré el documental "Aspectos y personajes. Barcelona 1964". En él aparecen los ricos y los famosos de aquél año. Entre ellos, la nobleza. Contemplo al Conde de Güell y al Marqués de Sentmenat. Filmados en traje, paseando por la calle, son tipos de un vulgaridad estricta, sin atisbo de nobleza. Hombrecitos grises. Quizás una cierta altivez en el gesto delata el vestigio de una aristocracia que no consigue evadirse del paso de los cuerpos por el tiempo. El conde envejeció como un plebeyo. Parece un limpiabotas endomingado.

Uno está condicionado a pensar las grandes figuras del pasado como hombres apuestos cuando no decididamente bellos, erguidos, insolentes en su juventud y su porte. El escultor es, invariablemente, mentiroso y adulador, nada más lejos de un artista.

A lo largo de mi vida habré visto a algunos que quizás, quién lo sabe, podrían tener estatua en el futuro. Hablo de personas con las que tuve algún trato y que consiguieron medrar en la cosa social, ya sea por una habilidad innata o por un testarudo, constante y laborioso ejercicio de sociabilidad que incluye la farsa, el teatro y la ocultación meticulosa de la ramplonería. A uno de esos siempre se le echaba de menos una ducha, al otro le asaltaba la halitosis, otro era fabulosamente tacaño, de esos que, sin saber cómo, siempre consiguen levantarse de la mesa sin pagar y sin embargo hablan mucho de los defectos morales de los demás.

También contemplo (por suerte no tuve trato alguno con ninguno de ellos) a esos políticos recién puestos en libertad a medias y que algunos tratan de héroes: es más que probable que, en el futuro, alguno de ellos se convierta en estatua en el Paseo de Gracia, o en la plazoleta de su pueblo natal. Si fuese Junqueras en Sant Vicenç del Horts aparecería grácil y esbelto. Si es Turull, con una buena mata de pelo y gesto imperial, si es Cuixart con las facciones amables y menos neanderthales, y con el peinado corregido, más apropiado a un hombre de su edad (en el pedestal no se nombrarán sus malas prácticas empresariales). Si es Rull, alto y con mirada inteligente. Si es Romeva, torso desnudo de atleta griego, sobra decirlo, versión del David con pantalones de Cortefiel.

En Lisboa hay una escultura en bronce de Pessoa, el poeta. Tamaño natural, quizás algo más alto de lo que la naturaleza le dispuso. Está sentado en la terraza de un bar. A uno le vienen ganas de tumbarlo al suelo, no por un arrebato de iconoclastia si no por una íntima convicción: la de que al poeta portugués le gustaría ese acto algo gamberro, algo etílico, perpetrado tras una tarde-noche de borrachera recitando sus poemas entre otros de Baudelaire o de Mallarmé. Hablando de Baudelaire, su escultura en el Jardín de Luxemburgo de París es más napoleónica que no la del hombre atormentado y politoxicómano que fue, el que murió enloquecido por el cruel avance de la sífilis. Si un amigo suyo resucitase y se diese de bruces con esa estatua parisina se partiría de la risa y quizás luego le partiría la cabeza de piedra a martillazos (y luego regresaría raudo a la tumba, claro). Imagínese usted que, por un capricho divino, vuelve a la vida dentro de dos siglos y, durante su paseo errático y zombificado, se encuentra con la estatua de Carles Puigdemont inmortalizado como un Julio César peludo, híbrido de César y de Paul McCartney, en la plaza de la Independencia de Gerona.

La naturaleza es sabia, y una de las formas que tiene de comunicarnos su sabiduría es que nos hizo mortales. Por eso las estatuas son puro aburrimiento, y por eso mismo no resucitamos: a mi me daría un pasmo de muerte si, tras resucitar, me chocase con la escultura de aquel al que vi arrastrarse como un gusano y mentir sin manías para conseguir la Creu de Sant Jordi, y que es capaz de hacer lo mismo para lograr su efigie en piedra, plaza mayor, enfrente de la iglesia.

21 de jul. 2020

Un concejal en Julio, y César en los Idus de Marzo


Hoy he ido a la oficina de correos de mi ciudad provinciana y triste. La normativa exige que los clientes esperen en la calle, en una hilera batida por el sol, como plantas deseosas de fotones, de incandescencia rubicunda. El astro asomaba por encima de un edificio abandonado, ajado, carcomido. La dejadez que nos acecha. Algunos, quizás los más mayores, se reservaban su lugar en la cola y luego se ocultaban al albur de una sombrita escasa y menguante, pegados a una tapia insomne, como dragoncitos de pared. Una señora mayor, teñida de rubio, se secaba el sudor de la frente con un pañuelito antiguo y separaba un poco las piernas, lo justo para airearse sin insinuar nada sucio, solo para facilitar la circulación de un aire tan ausentado como casto entre ellas.

De vez en cuando las miradas se cruzan. Diría que hay algo de estupor, de miedo. De cansancio. Una madre le da el móvil a su hijo de diez años para que se entretenga jugando a algo. Una mujer latina y trigueña le susurra algo erótico a un novio lejano por el aparato pegadísimo a la boca. Me imagino a un hombre reclinado a diez mil quilómetros de acá, quizás en Quito, quizás en Guayaquil, escuchando esa voz como un arrullo que le habla desde la inhóspita Cataluña, la vernácula y bilingüe, la incomprensible y hostil Cataluña, la antipática Cataluña. El hombre allende los mares se despereza, se palpa los genitales por encima del bañador exiguo, escucha una música vagamente latina en la radio del vecino. El mundo siempre suena porque le tiene tanto terror al vacío como al silencio, como a la muerte, como al hambre, como a la soledad, a la sed, al desamor. Quién beba de mi fuente no pasará sed nunca más, dijo el mesías más exitoso de la historia, quizás sin sospechar la lectura pornográfica de su divina palabra.

Tras una media hora que podría haber durado dos horas o dos días, accedo al local y me llevo el libro que compré por Amazon. Las pocas librerías de esa ciudad triste y provinciana exhiben, en sus escaparates, los libros de unos aficionados a la sedición (ese deporte tan español) y por eso me voy al Amazon, aún a sabiendas de lo que implica mi elección. A nosotros nos abandonaron todos: la derecha, la izquierda, los demás. Y los libreros. Yo, en correspondencia, abandono a las librerías.

Luego, más tarde, me siento en una terracita un poco más abajo de la oficina de Correos. Hay un par de mesitas libres. Son mesas cuadradas, de aluminio, abolladas por todas partes, como si hubiesen pretendido detener una estampida de los toros de Miura en Pamplona. Me sirven el café con hielo correcto pero sin arte. Un cubito, una tacita. La camarera, muy joven y muy mona y enfundada en un negro estricto, me mira como quién mira a un leproso de la antigüedad. Para ella soy antiguo, claro está, nada que objetarle a esa mirada: hace muchos años que dejé de ser un mozo y a ella, por ahora, solo le incumben los mozos.

Hay una mesa cercana en la que hablan cuatro hombres. Tres de ellos, de edad provecta. El más joven, quizás de cuarenta, lleva la voz cantante y la eleva más allá de lo necesario. Yo intento leer "Los idus de marzo" de Thornton Wilder, la novela epistolar sobre los últimos días de Julio César, pero la voz del cuarentón me interrumpe y por fin me rindo y le escucho. El tipo se dedica a la política local y uno concluye que me hallo ante un concejal. Digo yo que debe ser concejal del partido que gobierna en esa ciudad provinciana y triste. Cuenta, el chico, que el otro día en un plenario vía videoconferencia, un concejal de la oposición se duchó durante el plenario y se olvidó de apagar la cámara del ordenador, y que luego de la ducha regresó a su silla y les mostró a todos su cuerpo mondo y lirondo, y cuenta con gran lujo de detalles y delectación que el alcalde puso unos ojos como platos ante la desnudez del concejal opositor y jajajá, y todos se ríen. Uno de los que se ríe luce un lacito amarillo en el pecho de su camiseta verde azulada y venga risas y más risas, y el lacito palpita.

Me gustaría poder volver a mi lectura sobre las cuitas de Julio César a pocos días de su asesinato a las puertas del Senado. Thornton Wilder intentó establecer paralelismos entre Julio y Mussolini, para lo cual hizo un esfuerzo increíble de documentación, de erudición, de sensibilidad, de arte. Todo eso me lo interrumpe un chavalote concejal que se jacta de su sentido del humor, conspicuo, que interrumpe a los demás sin prudencia alguna. A veces, si la circunstancia lo exige, eleva su voz una octava más allá, para imponerse sin tapujos. Me pregunto si no debería dejar a Julio César de una vez y aceptar lo que hay, la realidad de hoy, a ese concejal que se pretende listo e ingenioso y que, cuando por fin se queda solo en su mesa, descubre que los demás se han largado sin pagar y debe afrontar la cuenta. La suma del total solo la ha murmurado la camarera embutida en tela negra, pero él se encarga de proclamarla para todos (y todas): ¡Doce euros!

Al concejal del gobierno local que contaba lo cachondo que es ver al concejal opositor desnudo por la pantalla del Meet y que se detiene en relatar lo mucho que le divirtió la visión de un hombre ("en pilota picada", ha repetido cuatro veces y con gran entusiasmo), le llegó su Idus de marzo en julio, el mes de Julio César, por pura casualidad de la buena. ¡Doce euros! como doce puñaladas. Menos mal que el concejal con nombre de un patriarca de Israel pudo contemplar a un hombre desnudo antes de experimentar la traición trapera a la que le sometieron sus más allegados. ¡Doce euros del ala!


20 de jul. 2020

Hasta la vista, Juan (Marsé)



¿Qué otra cosa podía esperarse de los jóvenes universitarios en aquel entonces si hasta los que decían servir a la verdadera causa cultural y democrática del país eran hombres que arrastrarían su adolescencia mítica hasta los cuarenta años?
Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda.
Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa 









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La lista de los señoritos de mierda en mi país es tan enorme, tan descomunal, que uno se siente pequeño y minoritario, decididamente excluído. Quizás Cataluña sea un jardín de señoritos, y yo su jardinero, junto a otros desposeídos en general. Mientras elaboraba el texto me hice una lista, cansina y fatigosa como todas las listas. Intenté limitarme a los señoritos de la cultura impresa, pero se me desbordaba hacia otros ámbitos: el político, el científico, el periodístico, el funcionarial, el artístico, el musical. No invito a nadie a escribir listas feas. Sólo a que lo piense.