30 d’ag. 2020

Ciudad ecofeminista, un ecoreportaje

L'ecofeminisme, protagonista de la campanya sensibilitzadora pel 8 de març  a Terrassa | La torre del Palau

Tengo a un periodista amateur y sin título universitario metido dentro de mi, y con eso no pretendo declarar ningún trastorno de la personalidad. Es un hábito, simplemente. Un hábito. Algunos lo llamarían un vicio pero yo me limito a considerarlo una costumbre. Uno va por la calle, ve cosas y luego las cuenta. Se las cuenta a los conocidos o, en su defecto, a su libreta. No lo puedo evitar, es una debilidad que merecería una canción, como la debilidad de Antonio Machín.

El otro día, camino de comprarme unos zapatos baratos, me encontré con unos bancos (de los de sentarse en la calle) pintados con la bandera LGTBIQ+. Están bajo el sol del agosto. Ninguna sombra los cobija y nadie hay sentado en ellos. A ver quién es el valiente que se sienta aquí, me dije. Los colorines gustan, son bonitos, claro que sí. Hubo un arquitecto alemán que pintaba de colorines las fachadas, un tipo llamado Friedensreich Hundertwasser, muy valorado en el Berlín de los hippies (un colectivo admirable por su gusto colorista y ese kitsch tan entrañable, sin duda).

Pero esos bancos de la bandera progresista estaban desolados y abatidos. 40 grados Celsius. A pesar del colorido brillante y arcoiris en su madera listada, parecían haber sobrevivido tras una hecatombe nuclear. Podrían ser los bancos de una plaza en Prípiat, la ciudad al lado de la central de Chernobyl. Contemplé la escena y la anoté. El periodista amateur que está dentro de mí me dijo: un apocalipsis progresista y zombi.

Más tarde, tras haberme provisto de unos zapatos dignos pero menos baratos de lo que yo pretendía en el Decathlon del Park Vallès, doy con un titular de El Mundo Today: "Tras derribar varias estatuas, desaparece el racismo en el mundo".

Y entonces, ese periodista con su vocecita loca me cuenta: del mismo modo podríamos decir: "Tras pintar varios bancos con los colores de la bandera LGTBIQ+, desaparece la LGBTBIQ+fobia en el mundo".

Los bancos de colorines están en una ciudad presidida por un ayuntamiento que se declara ecofeminista (palabra algo vacía y gastada) pero solo actúa así al modo populista: pintando bancos. Unos lo aplaudirán, y yo no me pronunciaré en contra de poner colorines en unas calles grises y tristes, por supuesto que no.

Pero pretender que con unos botes de pintura se resuelve o se actúa sobre la convivencia contiene un mensaje inequívoco: el poder parte de la hipótesis de que la ciudadanía es infantil, y abunda en la estrategia de la simplificación de las cuestiones. El mundo es un lugar pequeño y facilón a los ojos del populismo. Ballart y Marín son muy predecibles: un par de campañas y todos contentos, parecen decirnos una y otra vez. Quienes les conocemos lo sabemos: lo suyo es lo simple, lo fácil: están convencidos de ser fantásticos. Tanto es así que creen que los demás somos simples idiotas, seres inferiores que no han visto todavía la luz que ellos vieron. El resentimiento es la luz que todo lo ilumina.
  
Hace poco se gastaron un dinero con pasquines y anuncios en los autobuses, con el eslógan: "Ciudad ecofeminista". En una imagen de agencia publicitaria y digna de libro de texto para alumnos de primaria, se ve a una mujer de etnia indefinida, algo afro, algo magrebí, que sostiene una plantita en sus manos. "Ecofeminismo", por consiguiente, es una mujer de piel tostada con una planta en el regazo: más claro, el agua. Sin embargo, la realidad de las mujeres pobres en la ciudad no ha sufrido ninguna mejora en los dos años del gobierno local, que se sepa. Pretender que un ayuntamiento de provincias cambiará algo en este sentido es más bien iluso, pero ahí estaban las promesas electorales, de modo que algo debían hacer.

Hicieron eso: unos dibujitos con mujeres negritas, angelicalmente negritas. Son las cosas del populismo.

Las estatuas de los esclavistas las derribaron personas anónimas en un arrebato de pasión y se arriesgaron a ser detenidas y multadas, pero los bancos de la ciudad en donde vivo los pintaron con dinero público, y a consecuencia de un acuerdo del gobierno local, en una actuación de signo tan oportunista como populista. La campaña del "ecofeminismo" debió de costar un dinero (público). A ver si en el portal de la transparencia nos lo cuentan. Eso lo dejo para el periodismo de veras. Yo solo soy un aficionado de tres al cuarto.

28 d’ag. 2020

El señor Maspons y uno de Ciudadanos


Siguiendo el rastro de una nota de prensa llegué a una web que olía a rancio. La del "Col·lectiu Maspons i Anglasell", algo que parece dormir en el limbo. O en la cámara secreta de una mansión tenebrosa en donde se reúne un grupo de gente rarita la noche de Walpurgis. ¿Cómo puede oler a rancio algo que aparece en una pantalla y que es, por lo tanto, inodoro? ¿Es vetusto el diseño, arcaica la tipografía o está cansada la fotografía? No. Y aunque así hubiese sido, no tengo nada en contra de las cosas anticuadas. Si huele a rancio es porque el contenido desprende un aire tenebroso, oscuro. Lúgubre. Todo ello se condensa en la sentencia, breve, que encabeza los textos:

Recuperem l'esperit del dret públic català.

Dicho así, claro, eso no parece mal. Aunque el uso de las mayúsculas con las que lo escriben induce a la sospecha. El asunto es que se refieren al derecho anterior a 1714. Es decir, en palabras llanas: al derecho medieval. Su pretensión no es otra que olvidarse de los últimos 300 años: olvidar la Ilustración, la democracia, el estado del derecho, la Constitución. Una propuesta embriagadora, la ensoñación medievalista. ¡Menos mal que su idea de Cataluña no se remonta a los tiempos cromañones!

Puede parecer una paparruchada, un delirio identitario que lleva al absurdo, y quizás solo sea eso, es cierto. Pero la propuesta no sale de un grupo de terraplanistas, creyentes en los antiguos astronautas o unos chavales alocados que, tras engullirse unas ratafías, se desmelenan por lo identitario: no, nada de eso. Se trata de un grupo de secretarios, interventores y tesoreros de la administración local, en sus propias palabras. Es decir: funcionarios y técnicos con poder, gente formada y cualificada, personas que cobran por ejercer su trabajo de las arcas del Estado.

¿Cómo se puede comprender que, personas universitarias y con conocimiento, reivindiquen una jurisprudencia anterior a la Ilustración y a la democracia? Solo es posible dentro de un entorno que favorece y alienta el fantaseo, la manipulación más burda de la historia y la proliferación de los mitos. Se infiere que las personas de este colectivo deben creer en los demás mitos: la nación milenaria, Cataluña se inventó la democracia, las cuatro barras de Wifredo, las guerras de España contra Cataluña, la catalanidad de Colón, Cortés y Cervantes. Quizás la santidad de Marta Ferrusola. Cualquier mentira funciona bien cuando es agradable a los oídos: cuando a los catalanes nacionalistas les cuentan que la suya es una gran nación, ninguno lo pone en duda. Y así nos vemos. Por estos días la ANC lanza el eslógan: "Independència perquè hi tenim dret" y nadie cae en la cuenta de que citan un derecho que no se encuentra en ningún catálogo de derechos.

Pero volvamos a 1714, ya que eso es lo que les gusta. Voy a dejar aquí un pequeño relato, verídico y contrastado, sobre Rafael de Casanova:
Monika María Roberta von Habsburg Lothringen (...) está casada con el aristócrata y terrateniente Luis María Gonzaga de Casanova-Cárdenas y Barón, duque de Santangelo, Grande de España. Descendiente directo de Rafael de Casanova Comes, consejero en cap de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 (...). Uno de sus hijos, Baltasar de Casanova von Habsburg Lothringen, se presentó años atrás como número dos por Lérida en las listas del partido Ciudadanos. (1)
También podrían consultar como fue la vida de Rafael de Casanova tras ser herido en 1714: descubrirán que abrazó con ilusión el nuevo marco jurídico y vivió entre bien y muy bien.
_____________
(1) Extraído de "La gran teranyina. Els secrets del poder a Catalunya", Roger Vinton (pseudónimo). Edicions del Periscopi, Barcelona 2017.

27 d’ag. 2020

García, Manolo. O Llach, Lluís



Cataluña no ha sido nunca cuna de grandes músicos, pero casi todos estaremos de acuerdo en que Manolo García es el músico popular catalán después de Joan Manuel Serrat. ¡Ah! Algunos objetarán algo sobre un tipo llamado Lluís Llach. Pero la mayoría lo sabe: Llach era un mal músico, un niño bien sin voz y sin son, un pazguato ampurdanés que, a día de hoy, solo reivindican los de Podemos o los adolescentes de cincuenta años que militan en la Cup. Y el nacionalismo bielorruso, que es para verlo. (Y antaño el sector nacionalista del PSC, que, otra vez y de nuevo, para variar, no supo o no quiso afrontar la realidad y nos dejó plantados y jodidos a los que creemos en el socialismo internacionalista).

¿Qué se podía esperar de unas personas que llevaron su adolescencia más allá de los cincuenta amparándose ahora en la Cup o en la ERC, y antes en el sector catalanista del Psc o del ridículo Psuc, madre de los identitarismos trileros? Franco murió en la cama. Se lo cargó su yerno falangista, tras torturarle durante días, pero el catalanismo se lo miraba, expectante y cobarde para variar.

Ahora dicen que el franquismo fue "una larga noche" o incluso un "túnel", como queriendo indicar que no hubo franquismo catalán. Cuando, en realidad de la buena, Cataluña exportó cargos franquistas a toda España: Franco no necesitó llevar a nadie para gestionar Cataluña, se le ofrecieron catalanes a miles, y se permitió exportarlos, incluso en la cosa obispal. Los datos están ahí. El franquismo en España no se entiende sin la participación entusiasta de los catalanes franquistas: a ver, pregunta ¿quién fundó Òmnium Cultural?

Lluís LLach era el hijo de un alcalde falangista, y con el dinerito de papá se compró su primera guitarra. No me he leído las novelitas del pobre Llach, publicadas cuando ya no canta, por fortuna, y cuando es diputado de la cosa nacionalista. Pero me fío de las reseñas: no sabe escribir dos frases decentes. Algo se lo impide. ¿Qué será? ¿Será lo mismo que le impidió escribir una sola canción buena? ¿Dónde está el enigma de la impotencia de Llach? Una vez llegué a afirmar, bajo presión, que "Com un arbre nu" era casi una buena pieza. Pero me traicioné: "Com un arbre nu" es mediocre y aburrida como todo lo demás.

En Cataluña pasamos de Serrat a García, en resumen. Tras la disolución de El Último de la Fila, Quimi Portet quedó como lo que siempre había sido: un guitarrista de tercera fila con dos acordes muy nacionalistas, eso sí: un nadie que vive en una masía de Vic y hace cancioncillas que, de tan efímeras, las olvidas tras diez segundos de bostezos. Del mismo modo que no existe literatura catalana en catalán después de Pla y de Segarra, tampoco existe música en catalán después de la etapa catalana de Serrat. Ahí se terminó todo, amigos. Vino Manolo García y acaso los hermanos de Estopa y la cosa de la rumba, y así se puede disimular un poco. A no ser que a usted le gusten Els Catarres, en cuyo caso me callo.

25 d’ag. 2020

Territorio Lovecraft


Habrán visto, quines sigan más o menos este blog, que llevo años sin comentar películas, y mucho menos series. Aunque las series se llevan mucho, he visto pocas y me han gustado menos. Pero "Territorio Lovecraft" estaba cantado que me la iba a mirar: no olvido las muchas horas de lectura, y de lectura tan gratificante que me dió el genio de Providence, mi admirado HP Lovecraft durante el final de la adolescencia y la primera juventud. Aunque, a decir verdad, a día de hoy todavía lo releo esporádicamente cuando quiero pasar un rato angustiado (angustiarse con la ficción es la mejor vacuna para no angustiarse tanto con la realidad, ya lo saben).

Lo segundo que me atrajo es la presencia de Jordan Peele, que aquí consta como "creador" de la serie, aunque no sé muy bien qué significa el título de "creador", pero eso es lo de menos. Peele, para mi, junto a Ari Aster, es lo mejor del cine de terror actual, lo más inteligente y lo más renovador. Aunque ambos coquetean con el terror de serie B, sus piezas son aire fresco y narrativa contemporánea aplicada al género, y ambos saben crear metáforas sociales y políticas de verdadero calado. Midsommar, de Aster, me parece lo mejor de los últimos años, junto a las cintas de Peele "Déjame salir" y "Nosotros", verdaderos ejercicios de estilo.

Por Jordan Peele siento verdadera devoción, y ahora envidia: su capacidad para llevar el universo Lovecraft a la cuestión política es muy admirable y es lo que pediría Lovecraft a sus adaptadores del siglo XXI. La verdad, se lo confieso: muchas veces empecé a escribir relatos sobre la Cataluña de los independentistas y los lazos partiendo de las pesadillas de Lovecraft, aunque jamás terminé nada decente. Quizás ya llegará. Pero Peele sí sabe como hacerlo, y lo que él denomina "Territorio Lovecraft" es nada más y nada menos que la América profunda, los estados del Medio Oeste: tradicionalistas, racistas, supremacistas. La equiparación con la Cataluña ulterior, la que a día de hoy se viste de amarillo y recibe al forastero con banderas esteladas tan enormes como amenazantes y pintadas del estilo "Fora espanyols", "Mort a Espanya" no dista mucho de aquélla América dominada por el KuKluxKlan. Salvando las distancias, por supuesto. Pero las distancias son escasas. Todavía hay pueblos, hoy, con el cartelito pagado por la autoridad municipal que reza "Municipi de la República Catalana". Advertencia para forasteros y ñordos: están ustedes avisados, ándense con cuidado: aquí vigilamos y excluímos.

He hecho algunas incursiones en el territorio Lovecraft catalán y siempre siento esa rara impresión de estar cometiendo una temeridad, de estar en riesgo. ¿Y si alguien me reconoce...? Es algo que flota en el ambiente. Y del mismo modo que Peele hace referencia al "Green Book" que se editaba para la población negra que quería desplazarse segura por los estados racistas, detecto desde hace tiempo ciudadanos catalanes que se mandan direcciones de "locales seguros" o afines, lugares enmedio del territorio Lovecraft en donde todavía te pueden atender en castellano sin problemas, en donde el bilingüismo, la identidad española o constitucional no es un problema (aunque a menudo esos locales son señalados por la furia esencialista, en las redes). En donde la gente como yo, que hablamos en catalán y llevamos apellidos catalanes no tenemos que soportar los chistes racistas que me cuentan, presuponiendo que soy "uno de los nuestros". Los lugares en donde puedo ser español y catalán sin conflictos, en donde no debo contar, por enésima vez, que mi forma de ser español es ser catalán, y que a mi me dejen en paz con sus fantasías de repúblicas, naciones históricas y otras sandeces medievales. Y si lo paso mal en esos lugares es porque me temo lo que te puede pasar si eres García, Martínez o Pérez, si vienes del Hospitalet, si hablas castellano, si te muestras. Que eso suceda en un estado democrático del siglo XXI... y que te temas, con fundamento, que si denuncias algún maltrato identitario a la policía autonómica podrías salir malparado de un modo no muy distinto a lo que le pasaba a un ciudadano americano negro en Alabama si acudía al Sheriff.

Como en la Alabama racista, el argumento del supremacismo se pinta como la defensa legítima ante la agresión exterior: los negros nos invaden y nos colonizan, nos quitan el trabajo, acechan a nuestras mujeres. "Espanya ens roba", "Espanya ens colonitza", "Espanya comet genocidi cultural". Es decir: el agresor se trasviste de víctima y alude al derecho de defensa.

Lovecraft, el escritor de Providence (Rhode Island), no era lo que hoy diríamos un tipo progresista: era un hombre conservador y tradicionalista a quien asustaban los cambios y el progreso. Escribió sobre eso en clave de terror cósmico y, aunque literariamente no sea ningún portento, tiene un gran valor que ya dejó por escrito Michel Houellebecq en "Lovecraft, contra el mundo, contra la vida", un ensayo breve y potente sobre el nihilismo en literatura. Sin embargo, a Lovecraft (1890-1937) no se le puede juzgar con los valores del XXI, y eso se debe repetir por si acaso a alguien se le ocurriese quemar sus libros o algo así, cosa no poco probable: el escritor dejó un poema "Sobre el origen de los negros" (On the Creation of Niggers), que es deplorable. Pero cabe precisar: el poema de HPL se escribió a principios del XX y, sin embargo, el tuit del señor Quim Torra sobre las bestias que hablan español se escribió en el XXI: Lovecraft murió joven y encerrado en su casa natal, sin cargos públicos ni subvenciones. El señor Torra es el representante del estado español en Cataluña.

Es muy interesante que la mejor revisión de Lovecraft la haya hecho un artista de piel negra: por eso, también, Jordan Peele es mi cineasta de terror más admirado. Hay algo muy bello y muy poético en eso. Y ojalá nos aparezca un Peele "ñordo" en Cataluña, que nos narre esa Cataluña tremebunda y supremacista, lovecraftiana, con el lenguaje de hoy. Voto por eso.

23 d’ag. 2020

El misterioso caso Grau-Moctezuma



Joan de Grau i Ribó, barón de Toloriu, era amigo de Hernán Cortés y con él se marchó a la conquista de las Indias. Entraron juntos en Tenochtitlán, y tras unos desafortunados incidentes con el rey Moctezuma II, Cortés pactó con el mexica una paz que se le antojó precaria, por lo cual decidió quedarse con los vástagos del indio en tanto y cuanto que garantes del acuerdo. Dos hijas (una de las cuales Xipaguazin de nombre) y un hijo. Antes se negociaba de otra manera.

Sin embargo, Moctezuma se rebeló y murió durante las refriegas que se sucedieron. El episodio es muy oscuro: los cronistas españoles cuentan que los mexicas apedrearon a su emperador por haber pactado con los españoles (¿un botifler transatlántico?) y los aztecas acusan a las huestes de Cortés de la muerte del emperador, tipo de talante bipolar a todas luces. Tras los incidentes Cortés le regaló la princesa Xipaguazin a Joan de Grau. El catalán tenía más de 60 años y ella menos de 20, y quizás por eso se la llevó enseguida para España, la bautizó con el nombre compuesto de María Xipaguazin y se instalaron en el castillo del pueblecito pirenaico en donde era barón. Tuvieron un hijo, Joan Pere de Grau-Moctezuma, hombre que se pasó la vida reclamando el virreinato de México sin lograrlo jamás. María Xipaguazin murió de melancolía y aburrimiento en las montañas catalanas. Hasta aquí lo que cuenta la historia, aunque incluso en ese conocimiento hay lagunas, dudas y versiones divergentes. Luego viene todo lo demás. Lo demás son los fenómenos que viví en mis carnes.

Me he cruzado con esta historia a lo largo de los últimos diez años, y cada vez me parece todo más extraño. La primera vez fue cuando me destinaron a trabajar a una villa cerca a Toloriu. Una tarde, paseando por este pueblo, di con la iglesia medieval en la que los caballeros franceses de la Orden de la Corona Azteca de Francia habían instalado una losa de mármol en honor de la princesa Xipaguazin. Hice unas fotos y las publiqué en una red social. De algún modo, involuntariamente, invoqué algo.

Poco después, un individuo redicho que se pretendía listo y misterioso se puso en contacto conmigo y me citó en una taberna: sé cosas muy interesantes sobre el misterio de Toloriu, me dijo. Estuve varias horas escuchándole contar una historia turbia en la que convivían buscadores del tesoro de Moctezuma, banqueros carlistas del XIX y una expedición siniestra y alemana en 1934, que estuvo husmeando por la zona. Los alemanes dijeron pertenecer a una empresa de prospecciones geológicas que andaba tras una mina de oro, aunque sus actos no se correspondían con ese objetivo. Estuvieron excavando en las ruinas de una masía (Mas Vima) y luego se esfumaron. Mi informador, en la taberna, sugirió que eran hombres de Himmler y mencionó a la Ahnenerbe. El lector fisgón puede encontrar trazos de eso si se entretiene un poco.

Años más tarde me puse a escribir un cuento sobre un tipo al que nombré Grau, aunque sin intención de referirme a los Grau de Toloriu (el primer apellido que se me ocurrió era Güell, pero lo cambié porque de los Güell se sabe demasiado). Situé a mi Grau en un pueblo imaginario, San Ferriol. Pocos días más tarde me encontré con un documental de forma completamente casual. En él se nombra a la descendencia de los Grau, y así supe que uno de ellos vivió en un pueblo real que se llama, cómo no, Sant Ferriol. ¡San Ferriol existe! En el instante en que conocí la terrible coincidencia, escuché un crujido en el aire, como cuando el pie aplasta una ramita seca en un camino del bosque.

No tardé mucho en encontrar, el azar de nuevo, un libro publicado en 2015 por un escritor mejicano aunque le dirías catalán, Jordi Soler: "Ese príncipe que fui", relato novelado de un descendiente de los Grau, timador contumaz, que se pasea por la España franquista vendiendo títulos de nobleza a los incautos codiciosos que querían decorar sus éxitos empresariales con un título noble.

Más tarde descubrí, también por un casual, a Jorge Grau, cineasta medio maldito, director de cintas con zombis y vampiros. Algunos le recuerdan por haber filmado el primer desnudo integral en España (a cargo de María José Cantudo en La trastienda, 1975). Fui incapaz de discernir si el cineasta descendía de los Grau-Moctezuma.

Luego volví a Jordi Soler, y me enteré de que su novela sobre los Grau se le ocurrió al encontrarse con la iglesia de Toloriu y ver la placa de mármol que nombra a Xipaguazin. Soler y yo tuvimos la misma experiencia fortuita. Soler escribió una novela que, en Barcelona, fue presentada por Enrique Vila-Matas nada menos. Yo, en cambio, viví con inquietud la repetición de los eventos relacionados con los Grau y solo desarrollé temores vagos. Ahora me asustan las personas de rasgos aztecas.