Poco antes de morir, mi padre sufrió un arrebato de locuacidad con sus hijos. Como si antes de marcharse quisiera dejar los puntos sobre las íes. Así, un día me confesó lo que opinaba de mi: que aunque me veía con aptitudes y virtuosidades, también sospechaba que en realidad yo no servía para nada.
Y pocos días más tarde me llamó al lado de su lecho, chasqueó la lengua, tosió, y me ordenó que me sentara.
-Hijo mío -empezó- Eso de ser español es complejo. No basta con serlo, como los franceses o los italianos: hay que parecerlo. Hay que ejercer de español.
[En realidad, cabe decir -en honor a la verdad- que mi padre pronunció estas palabras en un catalán estricto. Para comprenderlo bien y evitar la confusión de los traductores, lo transcribo y me quedo más tranquilo:
-Noi, això de ser català és una tocada d'ous. No n'hi ha prou amb ser-ne, cal militar de català. Amb dos collons. Parlar, pensar, follar i pregar en català. I no sé si és demanar-te massa, però hauries d'anar pensant en votar Convergència, perquè ja no tens vint anys.]
* * *
Cuando el hombre hubo muerto me vinieron aquéllas frases a la mente y pensé que había llegado el momento de rendirle homenaje. Es decir, de seguir sus pasos prudentes y no malograr sus buenos consejos. Yo me sabía español, pero me quedaban dudas acerca de mi verdadera españolidad militante. Vivía, pensaba y hacía todos lo demás pero un poco así, sin raíces. Sin un arraigo verdadero, sin conciencia plena.
Me sentía más o menos como los homosexuales dentro del armario: quiero pero no debo, no sé si puedo, me gustaría pero... ¿Porqué no vivir a fondo la españolidad? ¿Porqué no gritar como un enérgumeno con cada gol de Iniesta, Villa o Ramos? Pero eso del fútbol me cuesta. Así que pensé en emprender la españolidad que llevo por dentro por otr vía. ¿El misticismo? Pensé en recitar San Juan de la Cruz cada mañana, pero no lo veía claro tampoco.
La religión era, sin duda, el camino. Acudir a las misas de Monseñor Rouco y vituperarle cuando arremete contra el aborto. No faltar nunca a las fiestas del Opus en pro de la familia española y bien entendida. Rezar el rosario ante la tumba del Valle, hermanado con los buenos. Llevar una virgen a cuestas, sudando sangre por las avenidas. Corretear encapuchado en semana santa, flagelarme ante la imagen del Santo Prepucio, besar el falo que esconde el pilar de Zaragoza, humillarme como un buen esclavo a los pies de la virgen de Montserrat.
Epílogo
Así fué como empecé mi segunda vida. Como resucitado, empecé a vivir en español. Dejo algunas imágenes y bocetos que ilustran mi conversión.