10 d’abr. 2012

Resurrección de la caperuza española



Prólogo

Poco antes de morir, mi padre sufrió un arrebato de locuacidad con sus hijos. Como si antes de marcharse quisiera dejar los puntos sobre las íes. Así, un día me confesó lo que opinaba de mi: que aunque me veía con aptitudes y virtuosidades, también sospechaba que en realidad yo no servía para nada.

Y pocos días más tarde me llamó al lado de su lecho, chasqueó la lengua, tosió, y me ordenó que me sentara.
-Hijo mío -empezó- Eso de ser español es complejo. No basta con serlo, como los franceses o los italianos: hay que parecerlo. Hay que ejercer de español.

[En realidad, cabe decir -en honor a la verdad- que mi padre pronunció estas palabras en un catalán estricto. Para comprenderlo bien y evitar la confusión de los traductores, lo transcribo y me quedo más tranquilo:
-Noi, això de ser català és una tocada d'ous. No n'hi ha prou amb ser-ne, cal militar de català. Amb dos collons. Parlar, pensar, follar i pregar en català. I no sé si és demanar-te massa, però hauries d'anar pensant en votar Convergència, perquè ja no tens vint anys.]

*     *     *



Cuando el hombre hubo muerto me vinieron aquéllas frases a la mente y pensé que había llegado el momento de rendirle homenaje. Es decir, de seguir sus pasos prudentes y no malograr sus buenos consejos. Yo me sabía español, pero me quedaban dudas acerca de mi verdadera españolidad militante. Vivía, pensaba y hacía todos lo demás pero un poco así, sin raíces. Sin un arraigo verdadero, sin conciencia plena.

Me sentía más o menos como los homosexuales dentro del armario: quiero pero no debo, no sé si puedo, me gustaría pero... ¿Porqué no vivir a fondo la españolidad? ¿Porqué no gritar como un enérgumeno con cada gol de Iniesta, Villa o Ramos? Pero eso del fútbol me cuesta. Así que pensé en emprender la españolidad que llevo por dentro por otr vía. ¿El misticismo? Pensé en recitar San Juan de la Cruz cada mañana, pero no lo veía claro tampoco.

La religión era, sin duda, el camino. Acudir a las misas de Monseñor Rouco y vituperarle cuando arremete contra el aborto. No faltar nunca a las fiestas del Opus en pro de la familia española y bien entendida. Rezar el rosario ante la tumba del Valle, hermanado con los buenos. Llevar una virgen a cuestas, sudando sangre por las avenidas. Corretear encapuchado en semana santa, flagelarme ante la imagen del Santo Prepucio, besar el falo que esconde el pilar de Zaragoza, humillarme como un buen esclavo a los pies de la virgen de Montserrat.


Epílogo
Así fué como empecé mi segunda vida. Como resucitado, empecé a vivir en español. Dejo algunas imágenes y bocetos que ilustran mi conversión.


2 d’abr. 2012

Dios


La idea del Dios estuvo bien. Sirvió para limar un poco la sensación de soledad. El desamparo del hombrecito cuando se quedaba absorto mirando a la nada, al cielo estrellado de la larga noche. Lo malo es que esa idea lleva otra pegada a sus talones, su sombra: la idea del abandono del Dios. Cuando uno ve la sombra todo empieza a tambalearse.

Luego, en una época feliz, supieron resolver el problema: tan sólo había que creer en el hombre. Es decir en sus capacidades, potencias, recursos. En su bondad. Lo malo de esa segunda idea es que se agota pronto. Llega el más necio y te la desmonta. Tan sólo tienes que encontrarte al primer cretino con dinero o con poder para saber que no se puede confiar mucho en el hombre.

Uno podría refugiarse todavía en otra parte: en uno mismo. Creer que su deseo y su voluntad son buenos y transformadores. Pero es complicado. Hoy me he levantado con dolor en una pierna, torpe, dubitativo. Resulta difícil proyectar la fe sobre el propio cuerpo, cuando es algo tan netamente caducible, vago.

De los tres hijos, los dos niños se hicieron curas y la niña, monja. Él no lo comprende bien. Le parece excesivo ese impuesto a Dios. Ella sólo piensa que no tendrá nietos. Que será una viejecita rica y con hacienda, pero sin nietos. Él recuerda como, cuando era un padre joven con hijos chicos, les acostumbró a darle gracias al Dios. Al Dios que les hizo nacer en una casa poderosa, bonita, enorme. Con jardín infinito y con pérgolas, flores, abetos, dos cedros. Era la casa más grande y más bonita de todo el pueblo. Y eso, en el Ampurdán, es mucho.

A veces me pregunto porqué tantas mujeres torturan sus cuerpos con esos tacones. Por la mañana, yendo al trabajo, trastabillean por las aceras, con riesgo evidente de joderse el tobillo. Me pregunto porqué. ¿De veras el macho merece que se le ofrezcan tributos de dolor y sumisión?

También por las mañanas, y también camino del trabajo, hoy me he cruzado con una joven embarazada. Diría que de unos cinco meses. Iba triste, como apesadumbrada por algo indefinible. Eso decía su mirada cansada mientras andaba, sola, con el sol a su espalda. Mantenía la mano izquierda bajo el vientre en donde una futura vida humana lucha por crecer y afianzarse. Pero en su mirada había fatiga.

Deberíamos volver a empezar, pero por las cosas pequeñas. Cositas de verdad. Creer en la luz de la tarde, los caminos que suben a las montañas, la mano que acoge la tuya. Y luego las nubes en primavera, los recuerdos, la melancolía, el café de la mañana.
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Nota: En el fragmento de Andrei Rubliev, Cristo avanza con la cruz a cuestas sobre la tierra helada . El crítico hace notar que bajo sus pies la tierra se muestra como una herida abierta y sangrante (minuto 7:10 del fragmento enlazado).




30 de març 2012

Mohamed Zucco Merah


Siento la piel como me quema. Desde la punta de los pies hasta las orejas, la piel me quema como si fuera a desprenderse del cuerpo y caer a trizas, ardiendo. Apenas oigo nada. En los oídos retumban unos tambores antiguos, están ahí desde siempre, des del principio de los tiempos. Todo son anuncios del fin del mundo. Falta poco para que se termine el mundo. Viene un cometa de fuego, ya ha entrado en la atmósfera, ya no se puede evitar.

En ese tiempo que me queda voy a poner al gigante de rodillas ante mi. Llevo un arma en la mano. Quería matar al cerdo y sólo he matado a dos de sus esbirros. Los dos Mossos de Escuadra han caído en silencio. Sólo un gruñido de bestia herida. Han caído al suelo enmedio de un charco de sangre maloliente, humeante. Enseguida vendrán todos los demás, sedientos, despavoridos. Locos de rabia y de miedo. Ahora se están pintando las caras con pintura de guerra. Engrasan los fusiles, se hinchan de drogas, bailan el baile de la muerte. El cerdo está escondido en algún despacho, rodeado de subalternos con teléfonos móviles en la mano, sudoroso y excitado por el olor de la sangre cercana. Sus poros abiertos. Las axilas húmedas, la frente perlada, el estómago frío y la polla enervada.

Me duele no haber vertido su sangre en las aceras. Pero en verdad está muerto. Su mundo está corrompido, su cuerpo está podrido. Su alma en el infierno de la codicia y el horror. Él lo sabe. Sabe que está muerto. Que ya no hay esperanza. Sabe que sólo le espera el fuego.

Hay que quemarlo todo. Terminar con todo. Con todo. No dejar nada. Extinguir el mundo. No vale con romper los platos, pegarle una bofetada, quemar los contenedores de las calles bonitas. Hay que hacer un acto, pero un acto radiante y definitivo. Hay que actuar como los dioses. Que no quede nada, terminar. Para que nada vuelva a empezar: hay que arrasarlo todo para que no empieze nunca más. Jamás. Soy el señor de la destrucción. He venido para extinguir vuestro mundo feo y corrupto.

Vosotros me habéis invocado y yo he acudido.

Me van a rodear dentro de poco. Levanto los ojos. En el cielo ya distingo la esfera de fuego que viene, silenciosa y limpia. Es el fin del mundo.


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Hay algunas coincidencias interesantes entre el caso de Mohamed Merah y el de Roberto Zucco, aunque a Zucco le conozco especialmente a través de la pieza teatral de Bernard Marie Koltès. Es posible que en Francia alguien los haya comparado, pero creo que Merah merece un nuevo Koltès que le ponga texto ahí donde hasta ahora sólo hay furia y ruido de videos.


24 de març 2012

Habitar la sombra de Miquel Albert Barris



A principios de 1941, el hombre de la foto murió en Montpéllier. Sobre esos ojos cayó una sombra negra. Había perdido la guerra y estaba en el exilio de los perdedores. Exilio significa perder la familia, el trabajo, la casa. Finalmente perdió la vida. Es la última escena del sacrificio, cuando el cuerpo es lo sacrificado.

La otra tarde llovía. Después de tres meses de sequía, empezó a llover. Por la tarde me quedé como encantado tras los cristales, absorto en el repicar de las gotas, viéndolas pasar ante el haz de la farola. Sucedió entonces, sobre las siete. Sonó el teléfono.
-¿Eres el nieto de Miquel Albert Barris?
El que me llamaba era Joan, un historiador que está escribiendo un trabajo sobre movimientos radicales de principios de siglo, y se había encontrado con el abuelo.

El abuelo Miquel escribió unas memorias, cuando ya estaba enfermo en Francia. Posiblemente nunca fué un hombre moderado. Cuando era joven fundó, junto a Josep Tarradelles, un grupo republicano en la clandestinidad, bajo la dictadura de Primo de Rivera. Ya en este tiempo cogió un arma. Para defenderme, dice, por si me vienen a buscar los hombres de la derecha.

Josep Tarradellas junto a Miquel Albert. Sentado, Francesc Macià. Foto del Butlletí de La Falç, 1934, facilitada por J.E. 

Durante la república tuvo cargos políticos. Quizá de no mucha relevancia, pero sí de cierta responsabilidad. Y cuando empezó la guerra fué comisario político. Los Comisarios políticos tenían, entre otras, la compleja tarea de vigilar a los quintacolumnistas. No debía de ser cosa fácil: Cataluña es un país poseído por la mentalidad burguesa, una mentalidad que generó amplísimas simpatías hacia el bando fascista. Eso es visible hoy todavía. Mientras llueve y oigo a los polítcos de Convergència en las noticias de las siete.

-Me gustaría poder leer las memorias de tu abuelo -dice el joven historiador- Es una figura interesante, tengo mucha documentación sobre él, pero el diario me iría muy bien para contrastar...

¿Documentación sobre Miquel Albert? En mi familia el abuelo fué más mítico que documentado. La policía de Franco entró muchas veces en la casa donde vivían su mujer y sus hijos. Abrían cajones, se llevaban papeles pero también ropa, trajes, objetos. El rojo no lo necesita ya. De modo que en casa se nombraba al abuelo en voz baja, con miedo. De los tres hijos, dos han muerto ya. Así, mi madre murió sin haber visto ningún gesto, ninguna palabra que devolviese la dignidad a su padre. Ningún reconocimiento. Un hombre que, a fin de cuentas, defendió a su gobierno ofreciendo la vida.

En una de las últimas fotos hechas aún en Barcelona, poco antes de huir a Francia, Miquel viste las ropas de los milicianos y lleva un fusil en la mano. Detrás suyo hay un cartel de las milicias antifascistas. Siempre pensé que era una postura, un acto simbólico. Ahora, de repente, me doy cuenta de que no hay nada simbólico en el acto de empuñar un arma de fuego. Quizás no había ninguna otra opción y era el gesto necesario. Algunas cosas se defienden con la palabra, claro. Pero otras con las uñas. Y otras, finalmente, se han defendido siempre con el fuego.

Pienso eso y la lluvia amaina. Las nubes sobre el Vallès se separan y se dejan penetrar por el brillo de las estrellas. Abro un poco los cristales y escucho el silencio lleno de las gotas, del agua que se desliza tan mansa por los bordillos, calle abajo. Miquel Albert no fué dueño de su vida: se debía al flujo imparable de la existencia.


De pequeña, mi madre soñaba algunas noches que su padre entraba en el cuarto y se sentaba a los pies de la cama. Le contaba cuentos. Eso pasaba cuando él estaba en Francia y nadie sabía si estaba vivo o muerto, aunque en realidad ya estaba muerto. Si eso sucediese esta noche y Miquel entrase en mi habitación sería yo quién le contaría una historia. Larga y penosa, un cuento que transcurre a lo largo de setenta años.

-Y al final, setenta años más tarde, a lo mejor vamos a poderte nombrar en voz alta y sin vergüenza, y vamos a devolverte algo. Agradeceremos tu sacrificio por la república y la libertad. Tu gesto sin ambigüedades, tu gesto radical. Bienaventurados sean los radicales del mundo y de los cementerios del mundo.

20 de març 2012

Cataluña, Catalunya, كاتالونيا...


Me habré mudado de barrio unas cuantas veces. A lo mejor eso explica que nunca haya  arraigado en ninguno, que me cueste identificarme con unas calles en vez de otras. Quizás aquéllas viejecitas y torcidas de cuando era muy niño. El gran patio soleado, los gatos dormidos en las macetas de los geranios, los calcetines y las bragas de las vecinas que se caían y se aplastaban contra el suelo con un chasquido de agua turbia. Pero de aquéllo hace muchos años. La abuela murió, la casa pertenece a una fundación y ahora allí se celebran actos culturales, conferencias y debates muy cultos, sobre filosofía y economía y demás. Fui de allí, pero ya no soy de allí.

Aquí donde vivo ahora hay buena gente, un par de bohemios y muchos pequeños comerciantes. Digamos que lo normal, sin pretensiones. Como prefiero no hacer cuentas ni listas, nunca me he detenido en pensar si hay más buenas que malas personas. Dependiendo de mi estado de humor, el cómputo oscilaría mucho, nunca tendría datos fiables. Tengo la ligera impresión de que la mezquindad, la codicia y el catolicismo ganarían, pero calcular así no me lleva a nada bueno.

Me cuesta mucho, por lo tanto, pensar en medidas superiores. Eso es algo que a mi cabecita le resulta astronómico. ¿Qué es un país? ¿Qué es una comunidad autónoma? ¿Y un estado? Me asusta la gente que habla de su país. Nunca he llegado a comprender de qué hablan. Puede ser el espacio que delimita un trazado en negro sobre el planisferio. También puede ser la suma de varios espacios, o una zona indelimitada dentro del mapa. ¿Podría ser la gente que vive en esa zona? Pero en ese caso... ¿quién se atreve a hablar en nombre de la población humana que habita un espacio del plano? ¿Quién puede decir los catalanes pensamos, los catalanes somos, los catalanes no queremos?

Hay países difusos, como Cataluña. No se culpe nadie: la historia fué así. Nadie sabe muy bien donde ponerle el trazo negro. Hay tantos criterios como clases de tomates en el supermercado: el histórico, el lingüístico, el político, el administrativo, el ideal, el soñado, el jurídico. Y luego están las combinaciones entre sí, pongamos por caso el histórico-romántico, o el lingüístico-soñado.

Ante la falta de criterios claros y signos de identidad evidentes, creo que los catalanes se identificaron durante siglos con su lengua. Otros lo hicieron con una bandera, una supuesta historia común, una supuesta unidad. Los vascos con una supuesta secuencia genética. Este país es, como todos, una entelequia mental. A la que ahora (ahora es un decir que debe acoger ya unas cuantas décadas), el asunto de la lengua le cojea. A lo mejor es por eso que el presidente de la comunidad autónoma habla de regreso a los valores de la patria. A lo mejor es porqué no se puede agarrar a la lengua: él mismo habla castellano en casa, con la mujer e hijos. Luego va y se agarra a una ilusión todavía más etérea.

Parece que adónde de verdad hemos vuelto es a un patético atrincheramiento idiomático: los gobiernos de derechas siempre recurren a ese tipo de entretenimientos patrióticos. Es el circo del nacionalismo, que no da pan pero llena páginas.

Llevo un tiempo trabajando en una escuela de barrio pobre (vamos a ponerle un adjetivo digno, sin eufemismos). Cuando digo pobre quiero decir pobre. La lengua de la calle es el castellano en primer lugar y el árabe de Marruecos luego. El catalán supongo que debe hablarlo un digno diez por ciento de la gente. Los padres y madres de los alumnos tienen alrededor de treinta años, lo que significa que ya les escolarizaron en catalán. Sin embargo, esa no es su lengua ni la de sus hijos.

Lo que quizá deberían preguntarse todos es porqué. Porqué finalmente el catalán no es atractivo ni apenas funcional. La pregunta debería ser porqué algo salió mal. En vez de arengar guerras y buscar culpables. En clase, los niños y las niñas le preguntan:

  • en catalán: ¿cavall se escribe con be o con uve?
  • en castellano: ¿puedo ir a hacer un pipi? ¿cuánto falta para el patio? ¿puedo pintar con rotuladores? ¿hoy veremos un video? ¿me dejas jugar con el ordenador? ¿tienes hijos?

Creo que las respuestas tienen poco que ver con el estatuto jurídico de Cataluña: si es una nación, un estado, una comunidad autónoma, una región. Aunque eso influye, obviamente, hay algo más.

Hace muchos años, las clases altas de Barcelona adoptaron el castellano para parecer más finos. Y a esa gente del barrio (del barrio de mi escuela), ahora, el catalán les suena artificial e impostado, el idioma de los ricos y del poder y de la administración. Quizá es eso lo que debemos pensar.

Pensar, o acaso tan sólo pasear por los barrios de verdad. Entrar en las escuelas y los talleres mecánicos, los bazares de chinos y las fruterías de los magrebís. Sentarnos en la plazoleta a tomar el sol con los viejetes y las viejitas, con sus nietos mocosos. Y desde allí, sentados, a ver quién es el guapo que deduce qué narices es un país, una comunidad autónoma, un decreto ley o una sentencia judicial o un recurso contra esa sentencia. El barrio es la verdad y los mapas son papelotes de mierda, guardados en oscuros archivos. Aunque el archivo lleve el nombre de una gran prohombre patrio.