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19 de juny 2012

¡Todos con la selección!


Nuestra selección no se asusta cuando ve al oponente, por más fornido, bien pertrechado y entrenado que se presente. Nuestra selección planta cara. Nuestra selección practica el ataque porqué sabe que de nada sirve defenderse con trucos o encerrándose en casa. O soñando tácticas y estrategias de salón.

Nuestra selección sabe que grandes y poderosos equipos de varias partes del mundo van a por ella con sus mejores ejemplares y su más caro arsenal. Pero está allí, soberana, sin miedo. Cuánto más poderosos son sus rivales, más y mejor levanta la cara y mira a los ojos. Nuestra selección nos emociona porqué saca lo bueno de nosotros, lo que nos queda de valientes y capaces. Lo poco que nos queda.

Nuestra selección nos emociona y nos sacude en el cómodo sofá en donde tenemos el culo plantado, como geranios en el balcón de la abuela. Pocas cosas nos emocionan tanto ya a éstas altura de la vida y del partido. Porqué nuestra selección sabe perfectamente quién es el enemigo, le nombra y le golpea. Lo vemos cada día en la tele, siempre pensando que ellos están allí, lejos, y nosotros en casita.

Nuestra selección lucha cada día en los campos pero también en las calles y las plazas, las carreteras, las vías del tren que nos lleva al campo del exterminio cotidiano.

Sin embargo, nuestra selección está en el paro.

Nuestra selección ha tributado siempre sus impuestos en España, nunca en Suráfrica ni en Polonia. Sus amoríos, lesiones y desgracias no han sido jamás tema de noticiario televisivo. Cuando se retiren, jubilen o mueran ningún periódico los pondrá en la portada.

Por todo eso son nuestra selección.



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Este post está basado en este otro.



8 de juny 2012

El Cristo del Monte Carmelo

a Juan Marsé



Alguien va a contar mi vida

El Cristo del Monte Carmelo se sentó en el portal de un caserón con pretensiones modernistas. Las florituras y líneas curvas del edificio eran mareantes, de ensoñamiento turbio, y quizás el adjetivo modernista le venía grande a un chalecito del Monte Carmelo, pero a fin de cuentas la mayor parte de las obras modernistas no son más que eso, sólo que engrandecido por funcionarios aduladores a sueldo de guías turísticos. Miró sin interés alguno la ciudad que aparecía bajo sus pies. La silueta ridícula de la torre Agbar con esas lucecitas marianas, como el mantito de una virgen de Lurdes fabricada en Corea para ser vendida en los bazares españoles a un euro (con pilas, dos). Las hipodérmicas agujas de la Sagrada Familia, el colmillo de tiburón del hotel Vela, la bruma de marrón mierda que cubre el horizonte, impasible.

Apoyó la espalda contra la madera vieja, donde la podredumbre había añadido más modernismo catalán a los relieves de un artesano casi seguro que muerto, merecidamente, muchos años atrás. La casa estaba abandonada, de eso sí estaba seguro. Olía a gato carcomido y a agua cenagal, a cucaracha católica, a chusco de pan enmohecido. Bueno, es el olor de Barcelona, se dijo, quizás sólo es que se me ha abierto la segunda nariz igual como a algunos se les abre el tercer ojo.

Pero pasaba algo más malo que eso, algo iba mal de veras.

Sentía un dolor pétreo en el bazo, la vista no se le aclaraba y tenía la cabeza comprimida por algo impreciso pero asfixiante, como un bochorno de agua turbia con bolsas de plástico flotando en torbellino espiral. A lo mejor se había pasado con el trago, y las cuatro botellas de vino rojo se mostraban descaradamente infranqueables para una sola tarde de verano. Cuatro botellas rojas, murmuró para adentro, como la banderita oval que lucía el señor archiobispo en la solapa cuando le regañaba, tiempo atrás. Me la impuso el President -dijo entonces el monseñor, para responder a la mirada circunspecta del Cristo del Monte Carmelo.

Se levantó cuando sintió que algo andaba realmente del revés y que aquéllo llevaba muy mala pinta. En ese paisaje desconocido del dolor visceral aullaba un bebé terrorífico. La respiración inició un jadeo de perro asmático que no fue capaz de detener con la voluntad. Pronto llegó a la conclusión de que la vida quería abandonarle, y en un intento desesperado quiso abandonarla él primero, por orgullo y por despecho. Pero cuando se acercaba al borde del terraplén que tenía a veinte pasos -para saltar cuánto antes al párking de quince metros más abajo en línea vertical, encima de un cochambroso Seat Supermirafiori agitanado-, las piernas se le doblaron y quedó tendido en la calle. Lo último que escuchó con nitidez fué el frenazo del Bús del Barrio, el 119.

Quizás no sea completamente la muerte, acertó a pensar todavía, tendido bajo los faros. Recordó fugazmente su antiguo diagnóstico de catalepsia, aunque no podía precisar si eso de la catalepsia era otro más de sus inventos y fantasías para ganar audiencia o si era exacto, real, dictado por algún matasanos de verdad. Por suerte, se dijo, había explicado a sus discípulos que si un mal día lo encontraban con apariencia de muerto no dieran crédito a sus ojos y le pincharan con algo. Quizás no esté completamente muerto, les había explicado en una prédica, quizás sólo lo parezca: ya sabéis que tanto el Señor de los Cielos como el Señor de las Moscas disfrutan de lo lindo jugando a las apariencias, los espejos y los enigmas. Si me veis como muerto (y levantó el tono de voz y la ceja derecha al pronunciar la palabra como), comprobadlo por medios infalibles. No os olvidéis del método científico en ese lance, puesto que si ese método existe es porqué Nuestro Señor Jesucristo quiere que exista, como las flores o los dolores del parto.

Sin embargo, el Cristo del Monte Carmelo murió de verdad y definitivamente esa noche, la noche del veintisiete de septiembre de dos mil ocho. Una discípula le cortó con un cutter de la papelería Las Delicias en las venas de la muñeca izquierda y comprobó que la sangre se caía, pero no manaba a borbotones. Era el indudable goteo del líquido estanco, como el de los pollos sacrificados a la navidad.

Murió a escasos cien metros del sitio en donde veinte años atrás se le apareció la Virgen. Donde la Madre de Dios le había cegado con luz azulada para ordenarle formar una congregación de penitentes, levantar un templo y dedicarle su vida en cuerpo y alma. Cosa que el Cristo del Monte Carmelo hizo sin remilgos ni reparos durante años hasta que un buen día se hartó de la Virgen sin avisar, se lanzó a la embriaguez y se cambió de sexo para encarnarse en Karole Romanoff, linda y virgen, descendiente del zar de todas las rusias.

Algo inclina al observador a pensar en que, sin embargo, Miguel Ángel Poblete (que era su nombre de bautizo) nunca debió de aborrecer por completo a la virgen que se le apareció en 1980. Porqué cuando se presentó de nuevo en sociedad bajo apariencia femenina y rusa, dijo que no era obra de bisturíes ni de hormonas, sino el simple deseo divino, el aliento de la madre del Dios, la solemne y caprichosa voluntad de Nuestro Señor.

Alguien va a contar mi vida, había dicho muchos años atrás, en una noche de euforia con vino y mujeres, cola de esnifar, estrellas fugaces y guitarras. Y acto seguido, un jilipollas medio oculto por las sombras de la taberna y soñoliento, disipado en brumas -aunque yo le vi muy bien-, se burló de él con grosería, con arrogancia y con imbecilidad. Y el Cristo del Monte Carmelo le lanzó una maldición. Vete tu a saber si con la borrachera no fuese que lanzó el mal de ojo con puntería muy torpe, porqué el imbécil sigue vivo y jodiendo, y arreándole a su mujer cuando llega morao a la casa. Pero el Cristo y Karole están muertos. Y yo estoy contando su vida.

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La literatura está ahí. Sólo tienes que agacharte a recogerla.


29 de maig 2012

Piso Barcelona (relectura de Juan Marsé)



Esta es, creo yo, la mejor adaptación de Juan Marsé al cine


Desde que me marché a vivir fuera de Barcelona, cada día amo menos a la ciudad donde nací. El desarraigo, la levedad. Al principio sentía pereza cuando debía ir. Cuidar o visitar enfermos, atender tristes quehaceres, trámites, papeles.
Ahora siento asco por ella. La veo grotesca, contrahecha, maloliente, chocha. Ando por las calles como pisándole la espalda, con fatiga y con desprecio. La gente me resulta ridícula, con eso de cómico y de patético que tiene lo provinciano cuando se disfraza de algo, cuando se emperifolla. La impostura necia de los adornos monstruosos -esos edificios de una grandeza crepuscular-, las ruinas de la época del diseño, aquél timo de la posmodernidad.

Cuando mi madre agonizaba en el Hospital de Sant Pau, muchas tardes a la caída del sol me iba a contemplar el ocaso desde los ventanales que dan al sureste.
Al fondo, bajo brumas y rumores sordos asoman las botellas grises de la Sagrada Familia y más lejos las negras agujas de la Catedral, el casco antiguo: un coágulo de sombras. El puerto y el horizonte del mar cierran el borroso panorama, y las torres metálicas del transbordador, la silueta agresiva de Montjuic.


Atardecer en Barcelona, vista desde una sala de espera del Hospital de Sant Pau. El sol baja entre las torres mientras los otros se mueren. La foto se hizo en mayo de 2010 y hoy sería imposible. Para dar confianza a los mercados, el Govern de la Generalitat ordenó el cierre de esta planta, entre otras. 

He terminado la relectura de Últimas tardes con Teresa veinte años más tarde, que no es nada. Lo he aprovechado para volver a pisar la ciudad pero con otro motivo, para buscarme, para probar con otra actitud. He recordado que entonces leí muchas páginas al aire libre, sentado en muchas terrazas y algunos parques, como solía hacer en aquélla edad. He recordado que enseguida sentí una tremenda simpatía por el autor. Simpatía auspiciada y promovida porqué yo ya sabía cómo le trataban los zafios miopes de la cultureta, los eternos gilipollas de la caseta i l'hortet.

No puedo dejar de pensar en las cosas vencidas, las perdidas, las dejadas atrás con indolencia arrogante, las olvidadas en esos veinte años que median entre la lectura y la relectura. Tanto es así que -pienso, de repente- yo ya no debo ser quién leyó la novela por las terrazas. Era uno parecido a mi en cierto modo, como se parecen los hermanos cuando ya son muy mayores.

Meditaciones sobre el paso de la vida aparte, siento que algo me revuelve las tripas. Uno de aquéllos tontos que tanto daño nos hicieron ahora es el alcalde de Barcelona. Barcelona ha tenido poca suerte con sus alcaldes en general, pero ese es como la idiotez quintaesenciada, un destilado de señorito memo, consentido y vacuo. Enano y tomado por unos rampantes defectos de dicción que delatan al niño malcriado que fue. Y que es todavía, bajo su piel apergaminada.

La novela sigue ahí. Vigorosa, ágil. Creada sobre un álbum de imágenes poderosas y eficaces. Cinematográfica, aunque el autor lamenta a menudo su poca suerte con las adaptaciones al cine. Quizá le habría ido mejor con un buen ilustrador fotógrafo que con un peliculero, no lo se. En la (re)lectura a mi se me sugerían grandes diapositivas proyectadas sobre las fachadas y las nubes. O más bien sobre las paredes blancas y desnudas del piso: esta vez, la lectura ha sido más de interior.


Finalmente me marcho. Devuelvo el Pijoaparte a las sombras cuando concluyo esa segunda lectura que nada le debe a la primera, puesto que no recuerdo bien como era el lector que se quedó ahí, veinte años atrás. Debo decir que no me ha hecho sentir nada nuevo por la ciudad cansada y grotesca, llena de gentes más bien feas y envejecidas. Sin embargo, he vivido con enorme placer entre las páginas de la mejor novela sobre esa ciudad. Eso mismo debí decirlo entonces, aunque no me acuerde (a lo mejor ¿no habré cambiado tanto?).

Mientras me iba me he preguntado donde estará el Pijoaparte de 2012. Ya se que es una pregunta retórica e innecesaria, pero me he entretenido un rato. Pues posiblemente ya no andará entre los charnegos, sinó entre los magrebíes o los senegaleses, tan apuestos, descarados y arrogantes en su juventud insultante. Pronto caerán las últimas torres con jardín de esa ciudad.

*     *     *
En sueños me deslizo con una Ossa robada, precipitándome por las laderas del Monte Carmelo. Llevo bajo el brazo mi libro preferido de poesía urbana. Si Juan Marsé me escucha hablando así de su relato seguro que me arrea un mamporrazo con sus obras completas (¡poesía urbana...!) en esa calvita de fraile que ahora tengo y no tenía entonces, cuando me lo leí entre cañas de cerveza, en el tórrido verano de 1991.

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Nota: en el texto se ha incluido un párrafo procedente de Últimas tardes con Teresa, página 27 en la 5a reedición de Seix Barral, de 1979.

13 de maig 2012

Ya no soy catalán


Creo que fue en el mes de noviembre póstumo. No me acuerdo bien, y si no fuese tan perezoso habría bajado a verlo. Pero digamos que fue en noviembre cuando este blog, hasta entonces en catalán, se mudó al castellano. Empecé a escribir bajo la etiqueta mil demonios en castellano luego de dudar un poco, porqué no sabía si ponerle eso o bien mil demonios en español. Descubrí así que lo del castellano-español también es territorio minado por prejuicios, historicismos, romanticismos y esa desgracia de los nacionalismos.

Cambié de lengua tal como se hacen todos los cambios importantes de la vida: porqué sí. Sin razones ni meditación ni nada de nada. Sin sueño ni insomnio. Me pasé a la lengua del vecino como quien se levanta de la mesa a media tarde, agarra una manzana y se la come. Luego busqué los motivos y las causas, y los argumentos para tenerlos a mano. Eso pasó luego. Me guardé un par de argumentos en el refajo, como el pastor se guarda un par de piedras, o el villano una navaja automática. Por si acaso.

El primer argumento era un argumento elegante y de estilo. Diría: quiero aprender esta lengua, es un experimento, me pongo a prueba, etcétera. Diría: llevo años fascinado por la prosa de Borges y García Márquez, César Aira, Álvaro Custodio. Me dolería no haberlo intentado, siendo el castellano la única lengua en la que -sin ser la materna- soy capaz de escribir alguna prosa decente. [Ese tipo de pensamiento indica, sin duda y otra vez ese estado de ánimo tan raro que me habita, lo que vendría en resumirse como Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura ché la diritta via era smarrita. Eso, si fuese italiano. Una forma improvisada y azarosa de dedirme: ¿y si probase a ser otro, a vivir distinto? ¿Y si probase a vivir?]

Luego está el otro argumento -la otra piedra. Que no es exactamente un argumento, sinó una rabieta. En noviembre se colmó el vaso de mi paciencia con la cosa catalana. En Cataluña ganaron las elecciones (¡otra vez!) la coalición de derechas populistas, católicos y nacionalistas. Hablando claro: los eternos fascistas, la puta burguesía ramplona, los mezquinos. En esa noche (electoral) decidí hacer un acto pequeño, íntimo. Y me puse a escribir el blog en castellano, prometiéndo(me) que no volvería a la lengua materna hasta que las cosas cambien. Con lo que -si mantengo mi promesa- podría ser que jamás vuelva al catalán. Nadie se va a rasgar las vestiduras y el planeta seguirá girando impávido, y las golondrinas volverán a migrar y los gatos a mearse por los rincones.


[Esta noche soñé que un poderoso grupo de intelectuales españoles había observado mi giro sociolingüístico y me aprovecharon para arremeter contra Cataluña. Me promovieron para el Nobel de literatura.Y lo gané. Una jugada precisa y bien calculada para dar ejemplo y promover más deserciones. Me acuerdo de la pompa sueca, ese salón apabullante, rodeado de la más alta casta: poder e intelecuales, sin duda engrandecidos por la magia onírica. Allí estaban Bauman y Vargas dándome golpecitos en la espalda.Voltaire, Hemingway y Rimbaud asaltando el bar, Proust calibrando mi entrepierna y Sigmund solo, sentado en el fondo, con el ceño fruncido. Pero todos ellos, a pesar de las apariencias y acciones descuidadas, esperando mi discurso. Pendientes de mi. De lo que podía soltar un paria advenedizo, un apátrida y un botifler del sur de Europa.

Recuerdo el eco del equipo de sonido, los golpecitos en la alcachofa que tenía ante mi. En los sueños siempre soy locuaz, ingenioso, casi verborreico. Me aclaré la voz, rompí el guión que llevaba escrito en cuatro trozos y empecé mi discurso de aceptación. Pero justo en este instante estallaba el techo enmedio de una gran explosión. Entre los cascotes bajaban oscuros guerreros descolgándose por cuerdas, un comando de intervención. Y nada más. Nunca llegué a ver las insignias de sus uniformes, ni a distinguir una sola palabra de lo que decían. No supe quién había sido mi aguafiestas. ¿Los Mossos d'Escuadra? Quizás si, pero no podría asegurarlo. En el sueño creo que me mataban de una veintena de tiros, y creo que por error también se cargaban a Bernard-Hénri Lévy (¿o era Jorge Semprún?). El sueño me dejó angustiado e intrigado.

Me he levantado de la cama con el corazón palpitando a todo ritmo, desbocado. Me he puesto a escribir (a veces ayuda a recuperar el sueño). De repente el ordenador me ha mandado un mensaje en inglés. No lo he sabido leer. Después se ha apagado. Mientras esperaba que arrancase de nuevo me preguntaba porqué vivo enmedio de tantas tonterías. Porqué pierdo (o me hacen perder) tanto tiempo en debates idiotas, incapaces de generar nada nuevo, nada interesante.

En este mismo instante, la policía, con enorme furia, cargaba contra los manifestantes de Madrid. Lo vi en la TV y me dolieron las costillas por no haber estado allí, por no haber recibido una buena hostia en las costillas que ahora se dolían de tedio, de aburrimiento, de desuso.


NOTA: A las 12 horas de haber publicado el post, una seguidor/a de la etapa catalana se ha dado de baja.

9 de maig 2012

Enagua




He soñado varias veces que me ahogo. Bajo toneladas de un agua verdosa, turbia y a la vez transparente. Cada vez que eso sucede me despierto boqueando, angustiado, con las sábanas pegadas a la piel húmeda. Como si en verdad saliese del agua. El sueño es real. Quiero decir realista. Sin trucos, sin trampas que delaten que sólo era un sueño. Y cada vez me acuerdo de que el agua me ha querido llevar dos veces ya. A los catorce y luego sobre los treinta y pocos. Una playa revuelta, unas olas sucias. Parecía imposible avanzar hasta la arena, aunque sólo me separaban de ella un par de metros.

De pequeño me llevaron a un curso de natación con mi hermano, en una piscina de la Barceloneta. A mi me gustaba porqué luego, al salir de la piscina, mi madre nos sentaba en la cafetería y desayunábamos allí, y venía un camarero a servirnos. No me acuerdo de como fué, pero quizá porqué eran otros tiempos, allí me tomé el primer café con leche de mi vida. Aún me parece recordar una mueca en el rostro de mi madre como diciendo no se si son demasiado pequeños esos dos mocosos para el café, pero enfin... Pero la piscina me angustiaba un poco. Lo llamaban calle, pero era un tramo de agua delimitada por unas boyas pequeñas, unas bolitas amarillas enlazadas en una cuerda roja. Si te cansabas y te agarrabas a ellas en mitad de la calle, las bolitas simplemente se hundían contigo.

Cuando murió mi abuelo paterno llovió a cántaros. Me acuerdo de aquélla lluvia furiosa. Yo tenía once años y todavía me tragaba los cuentos de la iglesia. Pensé que, con aquella lluvia, el espíritu del abuelo no iba a poder ascender, sinó que lo arrastraría hacia las cloacas para desaguarlo en las aguas de la Barceloneta. Mezclado con dodotis, mierda y colillas.


Muchos años más tarde me encontré confuso y perdido y acudí a libros y curanderos. A uno de estos le conté lo del agua. -Uhm, murmuró: el agua representa a la madre, él útero. Tu tienes un conflicto con tu madre o, en su defecto, con tu parte femenina. Me hechó el Tarot y me salió la carta de la luna. Me contó algo sobre la Luna, el agua, las mareas y el escorpión que aparece en el dibujo. Lo comprendí a medias, como intuyendo algo remoto e inalcanzable, pero cierto. Hace muy poco, en La Fuentona de Muriel de la Fuente, descubrí la existencia del bicho cuyo nombre es escorpión de agua. Ese es el animal representado en el Tarot, ahora lo he comprendido.

Hoy, comiendo con los compañeros del trabajo, hablamos de hundimientos: el hundimiento de la economía, de la confianza en los políticos y el sistema. El aniversario del Titanic. El sistema se hunde y no tenemos muy claro si nos alegramos, o tememos que nos vaya a arrastrar a nosotros -pobres personitas sin flotador y sin hacienda- hacia el fondo fangoso y maloliente. Me viene la imagen de una película de gángsteres en la que a un desgraciado le ahogan en el agua del inodoro (¿o era un cubo?). A lo mejor -intuyes como en el ensueño- el barco de la civilización europea era un espejismo.

Me acuerdo de Esbjörn Svensson, que murió ahogado mientras hacía submarinismo. De la angustia que sentía mientras leía Nosotros, los ahogados. El frenesí asesino del mar en Puerto humano. La figura de Holly Hunter hundiéndose en el mar, en el final de El piano. ¿Porqué vivo con miedo? Lo del paro y la pobreza está ahí, a la vuelta de la esquina. El hundimiento de Bankia lo anuncia más todavía: el Estado sacará dineros de otras partes para sanear el banco, y los maestros interinos muy posiblemente vamos a irnos al paro para reflotar al banco. La pobreza será, sin duda, la mejor metáfora del ahogamiento, de la sepultura de agua que me anuncian los sueños. Pienso en el cuento de Cortázar, el Axolotl.


A lo mejor allá abajo, en el fondo, nos encontraremos de nuevo y nos diremos pues no había para tanto. Igual está el espíritu del abuelo, encarnado en un rechoncho pez globo. A lo mejor me acostumbro a respirar agua y me reencuentro, como en el útero. A lo mejor yo sólo era un aliento de agua dentro del agua. A lo mejor resulta que no éramos nada más que eso. Quizá nos habíamos obsesionado en ser de otra materia. Unos de papel moneda, otros de madera flotadora, otros de acero alemán o incluso de piedra.

Pero éramos de agua. Y el agua es el único elemento del mundo que no puede ahogarse jamás.

[El tarotista me mira, se rasca la barbilla. -¿No será usted ascendente Piscis? pregunta. No. Soy acuario -le respondo. En contra de lo que sugiere el nombre, es un signo de aire.]


7 de maig 2012

Las brujas de Salem

El librito es rojo y pequeño, diez centímetros por seis. Deduje, por el lugar y los detalles que acompañaron el hallazgo, que llevaba unos veinticinco años oculto en un rincón del piso. En un armario que fue abandonado mucho tiempo atrás, mientras el piso aún estaba habitado. Un piso que fué mi casa y la de otra gente. El librito estuvo en una habitación cerrada y sumida en la tristeza, la humedad y la sombra. No hay un sola familia sana, limpia y luminosa. No entiendo porqué eso de la familia tiene tantos defensores. Familia suena a oscuro y lúgubre, falsa piedad, culpas, chantajes. O complicidad de silencios, a la siciliana. Será por eso que a la iglesia le gusta tanto.

La mano, palpando a ciegas, encontró una textura extraña. No sé como lo supe, pero supe que tenía las cubiertas rojas. Para un daltónico es raro, de repente, sentir el rojo en la palma de la mano. Lo estuve hojeando a la luz de la bombilla agónica. Ella también llevaba veinticinco años en la oscuridad.

Hojeo el libro. Me pregunto qué esperaba. Quién esperaba. ¿El libro me esperaba a mi?


La cubierta es muda. Una cenefa austera. Hay que abrirlo para descubrir que se trata de La Perfecta Casada, un texto de Fray Luis de León. No hay fecha de edición, pero sí estos datos:

M. Aguilar, Editor 
Bolaño y Aguilar, (S.L.)
Calle Altamirano, 50 - Madrid
Colección "Breviarios"

El libro tuvo difusión en tiempos de sombras. Tanto debió de ser así que mi abuela Milagros (atea, espiritista y sarcástica) lo leía con asiduidad y lo citaba. Especialmente a partir del momento en que enviudó y se permitió reirse de la santa institución del matrimonio. Creo que lo encontraba divertido, una colección de ironías hiladas por por el ingenio de un soltero.

Mientras paso las hojas descubro las fotografías que habitan el libro. Me detengo para ver si señalan algo del texto, pero soy incapaz. Aunque estoy convencido de que hay una clave y una gramática, no la puedo descifrar. Perdí ese lenguaje. O quizás no lo he tenido nunca.

Mi padre, cuando hacía la mili en Melilla. Primavera de 1948.

La última estampa es terrible. En el anverso, la imagen de un Jesucristo con capa de rojo sangre y el grial en la mano. Está entrando en la casa de alguien. Lleva la cabeza agachada, inesperadamente humilde. Bajo sus pies hay hojas de vid. Más abajo el texto invita al vampirismo y la antropofagia:


Quien
coma mi carne y
beba mi sangre,
tendrá vida eterna.

El reverso es más enigmático:

Recuerdo de la Primera Comunión de 
María Orts Orts,
Recibida de manos del Sr. Arzobispo en la Iglesia Parroquial de Salem
el día Primero de Junio de 1911

No sé de nadie con esos nombres y apellidos. Supongo que es una amiga de la infancia de la abuela Milagros. Nacida en Salem, la que leía a Fray Luis de León.


La abuela Milagros, propietaria del libro, en una fotografía sin fecha.
En la misma página aparece, la imagen troquelada de una virgen renacentista.




Mucho tiempo después, una noche, llegué a Salem. No está nada claro si la abuela Milagros nació aquí, o bien en Muro de Salem, a unos quilómetros. Eran tiempos terribles, su padre era extremadamente pobre. Un jornalero del campo que desplazaba a la familia hacia allí donde le saliera trabajo.

Sabemos que venimos de la miseria, la pena y el hambre. Que venimos de la tiniebla. Es posible que avancemos hacia la luz. Sólo sabemos que avanzamos enmedio de las sombras aulladoras.

27 d’abr. 2012

Allí donde estés


Poco tiempo después de morirte te imaginaba sentada en una playa blanca y lejana. Te veía de espaldas, contemplando un horizonte limpio. Había algo en el aire de una nada enorme y brillante, pero sólo algo. Un susurro apenas. Ahora, pasado un tiempo, aquella sombra de la nada se ha hecho enorme. Desapareció la playa y el horizonte. Incluso me cuesta definir el contorno de tu cuerpo sentado en la arena. Todo se diluye.


Ayer leía una novela de terror en donde se cita un pasaje del Apocalipsis. Ya ves que forma de perder el tiempo. Y qué absurdo ese terror que nos crean para temer el fin. Deberíamos acercarnos descalzos y tranquilos hacia el fin.
10 El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas. 11 Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas.
Deberías haberme enseñado un poco más de tu fe sencilla. De tu forma de creer sin intermediarios ni religiones. Porqué ando un poco perdido yo también. ¿Sabes? Por aquí las cosas no andan muy bien. Hay enormes pájaros carroñeros volando en círculos. A veces les veo, por la noche. Creo que cada vez vuelan más bajo, más cercanos. Es en momentos así cuando lamento que no me enseñaras un poco más.


Me gustaría poder escribir cosas mejores, más bonitas. Buenas noticias. No es que no me pasen cosas buenas: amo y siento que soy amado, disfruto con las auroras y esos atardeceres de primavera con nubes barrocas. Y eso ya es mucho.

Por lo demás sigo bastante igual. Todavía me gusta perder el tiempo en la cocina, me tumbo a leer, me quedo dormido como un niño con las páginas desparramadas sobre el pecho. Ya lo ves: cosas pequeñitas. Nada grande, ningún éxito. Una vida menuda. Ah, y mañana me voy al Pirineo. No porqué aproveche el puente del 1 de mayo, sinó porqué estoy en el paro. Sólo por unos días, creo.

Te parecerá raro que ahora, a esas alturas, se me ocurra lamentar no ser un cristiano como lo fuiste tu. De esos que lo son para sí, para adentro. Sin proclamarlo ni querer evangelizar a nadie, sin dogmas. De esos a los que Cristo se les aparece metido en un insecto que revolotea entre los pétalos de una flor mínima, en una nube deshaciéndose, en la caída lenta de una hoja.


Cuando era muy joven me diste a leer El último justo, la novela de André Schwarz-Bart. El protagonista conoce a Dios porqué enmedio de un día de sol radiante y sin nubes, una gota de agua le cae del cielo en la mejilla. Cuando la terminé me preguntaste precisamente por esa escena: ¿leíste aquéllo de la gota? dijiste con una sonrisa emocionada. Ahora pienso que quizás eso te había pasado a ti, en algún momento de tu vida. Igual te daba vergüenza contármelo (a casi todo el mundo le da vergüenza contar que ha vivido un instante maravilloso), y me lo dijiste a través del libro.

¿Porqué te cuento ahora esto? La verdad es que te quería escribir para recriminarte cosas pero ya lo ves. Se me ha ido el argumento, perdí el hilo. Todavía no puedo. Me he puesto el cd de Jordi Savall que me llevé de tu casa y me he dejado llevar. Te lo cuento porqué tengo miedo de que desaparezcas para siempre. Que deba buscar fotografías para recordarte, que no acudas más a mis sueños. Que te alejes para siempre. Y sin embargo estoy seguro de que será así. Y será bueno para los dos comprender que las cosas van en serio, que la vida iba en serio.



Anexo (Liebster)


Un amigo me ha dado este premio, que es como una cadena (Santa Endogamia bloguera, perdona nuestros pecados, mea culpa, mea culpa). Me obliga a premiar a cinco blogs, con la única condición de que tengan menos de doscientos seguidores. Digo yo que debe ser para promocionar a los pequeños. Pues bien, esos son mis premiados:

24 d’abr. 2012

Barcelona, la roja y negra




Ellos lo saben. Barcelona no la construyeron los señoritos del modernismo.
Barcelona es una construcción de los anarquistas.


¿Quién defenderá las Ramblas?

Quizás en el fondo es un miedo antiguo y doloroso lo que expresan en sus discursos,
esos gritos en las radios del régimen, esas columnas aburridas y reiteradas en la prensa fascista. La Vanguardia. El escritorzuelo Antoni Vives, cobarde y también concejal, justifica que se reprima más. Parece mentira, pero es cierto: mientras sacan el dinero de la cosa pública para llenar el vacío de los banqueros, les preocupa que a alguien le de por expresar el malestar en forma de fuego, de violencia. No les interesa conocer las causas del malestar: porqué el malestar lleva su nombre y su noble apellido.
Quién abrió la caja de la violencia sabe que la violencia llamará a su puerta.

Dice el ministro que a lo mejor la escuela pública deberá acoger a los alumnos en aulas de cuarenta. Más que nada para eliminar maestros. El triste virreinato catalán aplaude, sumiso y obediente. Lo que anima al presidente, al alcalde, al conseller de interior es, a fin de cuentas, lo que animó al fascismo: guerra a la escuela, viva la ignorancia. Y siempre, claro está, bajo el amparo de lo que le conviene al país. A nacionalistas nadie les gana.


En trincheras de sangre y lágrimas

Dice el virrey catalán que la situación es grave y requiere grandes sacrificios. Por ese motivo carga contra su pueblo, contra la tierra que dijo amar. Debe ser porqué ama las piedras de esa tierra, sus viejos monumentos o sus tristes mitos. Él sabe que no le quieren, que sus votos no son nada.

Le encarga a su jefe de policía que pegue duro. Más duro. Que compre armas nuevas. Cada nueva arma es un gramo de miedo en la sangre. Ahora son unas pelotas de goma con aspecto de pelota de golf. Preventivamente, por si la cosa se pone fea. Aquí todos tienen miedo. Los de abajo tememos al paro y la miseria. Ellos temen la ira que desencadenaron. Saben lo que pasó aquí, y no hace mucho.

Se acuerdan de las iglesias en llamas. Se acuerdan de los milicianos: eran los que ya no tenían nada más que perder. Todos lo saben, mas ninguno lo nombra. Todos se dan cuenta de que la historia tiende a repetirse, y ahora les repite en su cara. Compran armas. Esa operación es su grito de terror. Lo ejectutan innombrables funcionarios: el que propone la compra, el que firma el de acuerdo, el que manda el oficio. Todos tienen miedo. Incluso el burócrata gris que pone el sello sabe que si la cosa se pone fea su bonito despacho se va al carajo. Todos saben, todos temen.

No se olvidan nunca, ni el señorito Puig ni el señorito Trias ni el obispo: cuando la FAI de los obreros tomó las calles, sus burguesitos hincaron las rodillas para pedir clemencia. No olvidan nunca eso, ahí está el asunto que les preocupa. Pero ellos prueban. Prueban a ver si ésta vez les funciona. Aún sabiendo que no, que su causa es la causa de los contenedores: en cada contenedor que arde hay algo de su alma quemando. Por eso quema la mierda en las calles de la ciudad roja y negra. Es casi un asunto de la mística: ellos no la comprenden, pero la saben. La temen.


Un gélido silencio en la Diagonal

Declararon la guerra a las escuelas. Declararon la guerra a la inteligencia y se proclamaron del lado de la muerte. Y acto seguido se cagaron de miedo. Porqué sabían que habían liberado al jinete. En sus sueños premonitorios, veían al jinete cabalgando entre una nube de polvo y de humo. ¿A quién le tocará? ¿Quién verá primero la sonrisa de la Medusa?

Me despierto con las sábanas pegadas al cuerpo. Yo también tengo miedo. Creo que el miedo y el dolor debemos repartirlo entre todos, ya que jamás quisieron repartir la riqueza. Ese debería ser el color del socialismo. Como ya lo fué antaño. Ellos lo saben. Por eso compran armas: porqué no quieren compartir el dolor. Pero ya es inevitable. Es demasiado tarde. Sólo puedes medir la distancia, calcular el tiempo que falta.





20 d’abr. 2012

Manuscrito encontrado en Río Lobos


No estoy muy seguro, no se si los lobos aún están o se extinguieron. Si los cazaron los hombres, tras darles el nombre de alimañas. No se qué me va a pasar cuando lleguen las sombras. El coche se averió varios quilómetros más abajo y ahora, en la puerta de la tiniebla, no creo que sepa deshacer el camino.

El cañón se hace angosto. Cae una lluvia fina, a veces disimulando cristalitos de hielo entre las gotas. Los pies me resbalan sobre un barro verdoso. Escucho el chapoteo de mis pies, pero de vez en cuando hay otra cosa. Algo se mueve en el bosque y se esconde entre las sabinas centenarias.


Hace dos días pasé junto al Moncayo. La cumbre estaba envuelta en la niebla y también caía la noche. Me acordé de los cuentos de Bécquer, leídos cuando aún no me habían salido pelos en las las ingles. Me imaginaba el bosque, las sombras, los caminitos por donde transcurren las almas sin reposo. Me helaba de miedo sentado en la vieja butaca, en la vieja casa de mis padres.


Ahora siento frío y pienso en eso de helarse. De nuevo. Pero no siento miedo. Ahora soy yo el alma que vaga por el bosque. Si me viese alguien, se asustaría. Transcurridos treinta años yo soy el espíritu sin reposo que avanza buscando la sombra como buscando el abrazo de la madre. Por eso he estropeado el motor del coche más abajo. Para penetrar en las sombras, para que me abran la puerta. Estoy cansado, tengo frío. Estoy cansado del frío. Entre los árboles el ruido avanza, crece, vibra en el aire a mi alrededor.

Me detengo ante una charca. Creo que el agua brota de la tierra. Hay un silencio de burbujas densas, perezosas. Ya no hay ruido. Lo que fuera debe estar justo detrás de mi. Con una mano palpo la otra. Encuentro el eco de tu mano, el calorcito que me dejaste estampado. Eso y sólo eso es lo que me lleva a la nostalgia. Sólo soy lo que amé. Y nada más. Creo que una vez estuve aquí contigo.

14 d’abr. 2012

Hacia la Tercera República



Llamadme republicano

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con
cuentos,
Y que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
Y que el miedo del hombre...
Ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad,
Pero me han dormido con todos los cuentos...
Y sé todos los cuentos


León Felipe