15 de març 2022

Y Feijóo tampocóo

Apresurados por acallar el fandango en Casa Popular, se sacaron un líder nuevo de la chistera. Es decir, del hórreo. Un tipo serio, algo mayor -con algo de Just for Men-, enjuto y poco expresivo. Podría ser un imitador de Clint Eastwood en sus papeles de Harry. Sin embargo, dicen que pacificará el partido y no romperá más cristales. Veremos. El nuevo es uno de esos tipos contenidos que en cualquier momento pueden desmelenarse y te llevas una sorpresa mayúscula.

Hoy le escuché lanzando unos elogios desmesurados hacia la señora Díaz Ayuso, y tan desmesurados eran que a uno solo le cabe pensar que, o bien le estaba echando los tejos, o bien la teme más que al lobo. Quizás ambas cosas a la vez: el amor es complejo. Eso incluso me hizo gracia.

Lo que me hizo menos gracia fue una desafortunada alusión al Gobierno de España, al que acusó de "forrarse" con los impuestos. Como lo oyen. Luego le exigió que los baje. Claro. El viejo cuento de la derecha española: bajar impuestos. Decir eso no es lo propio del tipo serio que promete ser: si este señor es serio, su obligación es contar que ningún gobierno democrático se forra con los impuestos. Los impuestos, señorito Feijóo, sirven para mantener al estado del bienestar, sirven para mantener a España: sirven para pagar la sanidad, las pensiones, las escuelas, las universidades, las carreteras, las becas, los subsidios, las ayudas, las bibliotecas, las televisiones públicas, los semáforos, la policía, el ejército, la casa real, los barrenderos, el déficit de las autonomías y el teatro real. Quienes tenemos más de ocho años nos conocemos de sobras las maquinaciones económicas del Partido Popular, que se describen en tres pasos sencillitos:

1) Bajo los impuestos para que las gentes humildes dispongan de más dinero en el bolsillo

2) Declaro que no puedo mantener el estado del bienestar y

3) Privatizo unos cuantos servicios públicos, a poder ser para cederlos a unos amiguetes empresarios y muy buena gente. Y ante todo muy patriotas, por supuesto. Y sobretodo... ¡Viva España! que no se me olvide.

Empezar una carrera de candidato con mentiras tan gordas, tan aviesas y tan nefastas me ha demostrado que, tras Casado, Feijóo tampoco es la derecha racional, ilustrada y europea que necesita España. Además: hay algo balbuceante de nuevo en este señor, algo que nos recuerda al anterior. Acuérdense de que Casado un día era tolerante y el otro radical, un día demócrata y al otro autoritario, un día capaz de pensar en bien del estado y al siguiente amiguete de Abascal.

Pintan bastos en el PP: más de uno habrá caído en la cuenta de que las prisas no han sido buenas consejeras, y de que el gallego está tan atolondrado y tan despistado como lo estaba el castellano, ese que ahora está como ausente y gusta mucho más.

Al señor Feijóo se le debe dar un margen, por supuesto: está en plena metamorfosis y quizás es natural que se muestre errático y mentiroso. Ese señor hablaba de las señas de identidad gallegas y de la importancia de respetar las idiosincrasias de su país hace menos de cuatro días, y ahora loa a Madrid por ser la capital de la libertad. Vivir para ver. El deje nacionalista es preocupante, y más aún visto desde Cataluña, en donde llevamos décadas sufriendo a líderes tan mentirosos como nacionalistas. Hoy mismo, el señor Rufián (quizás futuro alcalde Santa Coloma de Gramanet) le ha lanzado un par de púas gordas al señorito Puigdemont, a quien ha acusado de jugar a James Bond por cuando se iba a buscar espías rusos para la causa catalana. Y Puigdemont (es decir, su entorno), le ha dado la del pulpo. Es decir: el nacionalismo es la guerra, incluso entre nacionalistas de la misma "nación".

Que se anden con cuidado los de la calle Génova de Madrid: el avispero sigue encendido. La parte sensata del partido debe de estar otra vez con el crujir de dientes. Acuérdense, en Génova, de que en Cataluña quisieron cambiar a Artur Mas de un día para el otro y, con las prisas, nombraron a Carles Puigdemont, que les parecía mucho más competente.

13 de març 2022

J.B., un alcalde para el olvido

Muchos deben conocer la anécdota sobre "un hombre de Terrassa y un señor de Sabadell". Nadie sabe a ciencia cierta si el dicho popular es así o bien del revés (un señor de Terrassa y un hombre de Sabadell"). Cuentan que eso tiene algo que ver con la visita de un rey de la saga Borbón, pero la anécdota, en realidad, solo expresa la rivalidad entre las dos ciudades demasiado próximas. O demasiado alejadas.

El paso de los años, la desindustrialización y las cosas del mercado laboral hicieron que muchos, como yo, vivamos en una ciudad y trabajemos en la otra, con lo cual no sabría decir si soy más de Terrassa que de Sabadell. Lo que sí sé es que el viaje diario me permite conocer a ambas y, por consiguiente, poder compararlas. Y, por ciertas características de mi trabajo, también, puedo comparar al alcalde de Terrassa y a la alcalde de Sabadell.

Quizás por haber nacido lejos de ambas ciudades, y por mi nulo sentimiento patriótico, comparar ambas poblaciones (y su gestión) me resulta fácil. Dirán que es el desarraigo, pero yo creo que el desarraigo es un buen antídoto contra el nacionalismo y, más que nada, una liberación. 

Así pues, por lo que puedo ver, hay en una ciudad una alcaldesa discreta y bastante efectiva, con proyectos tangibles situados en las periferias y los barrios más pobres, y cuyas redes sociales nos hablan de eso, de su labor y sus preocupaciones por la cosa pública. En sus proyectos asoma la voluntad derivada de su ideología. Sabadell se me representa más activa, con más debate, con más intención. Mientras Terrassa languidece en la displicencia ególatra del alcalde y las micropromesas a los microgrupos.

En la otra ciudad hay un señor alcalde cuyas redes sociales solo hablan de sí mismo con una contumacia preocupante, y en donde se mezclan las cosas personales con las familiares, las excusas, los engaños y los juegos malabares. Una exposición íntima que debería preocupar a su psicólogo. En cualquier parte del mundo, uno sabe que eso obedece al principio del populismo más lamentable. Yo, mi, me. Myself and I. Hay algo cansino, recurrente y tedioso en esa exposición pública de lo privado, cuando resulta que el alcalde no es ni Rosalía ni fue elegido para exponer sus intimidades como una estrella del pop.

Algo languidece en una de las dos ciudades, la del alcalde que se piensa estrella del pop cuando de estrella del pop solo tiene esas tres letras, las mismas que inician la palabra "populista". Organizó una candidatura para ganar pero incapaz de gestionar: para gestionar recurre a sus socios, ese partido eternamente indefinido ideológicamente y cuyo número uno ha adelantado que no se presentará otra vez. Y le entiendo: el pobre hombre debe de haberse hartado de sacarle las castañas del fuego a tan melifluo corregidor. 

En España se vislumbra la extinción de la "nueva política" que prometieron los nuevos grupos políticos y es obvio que la ciudadanía se da cuenta del espejismo. Esos grupos, a veces unipersonales, construidos a mayor gloria de un nombre propio, se van hundiendo en el olvido. Y ese es, sin duda alguna, el destino del señor JB y de sus tuits: gobernar no consiste en hacer cuatro tuits diarios. No consiste en emular a Trump. A partir de ahora veremos la ineficacia y la vacuidad de Vox en Castilla y León, del mismo modo que en Terrassa descubrimos la ineficacia de una propuesta personalista y sin proyectos, diseñada para gustar a muchos y responder a nadie.

No está el horno para bollos populistas ni exhibiciones tuiteras: la ciudad (su ciudadanía) se merece algo un poco más serio y más racional, cualidades de las que no anda sobrado JB. Por más fotos que publique. JB no es Rosalía. Ni tan solo C. Tangana. Es el gestor de una ciudad. Si pretende darse a conocer personalmente, que cuelgue vídeos en Youtube con buenas canciones, nadie duda de que será muy capaz de ello. 

De lo contrario solo le queda el olvido. Piadoso, si puede ser.

11 de març 2022

PUIGDEMONT, O EL EMBUDO EN LA CABEZA


Tras la pandemia y el asalto del ejército ruso, todos andamos algo desquiciados. Unos más que otros, pero diría que nadie se ha librado: todos salimos heridos de ésta trilogía nefasta de 2020, 21 y 22. Y recemos para que no sea una tetralogía. Hay múltiples ejemplos de ello en la vida diaria, en el trabajo. Quienes viven en el lado pobre se llevaron la peor parte: crisis de ansiedad, depresión, más pobreza, facturas impagables, paro, miedo, ausencia de horizonte vital.

Por todo eso, sorprende que un hombre que vive de fábula y de gorra en un chaletito de Waterloo haya decidido, justamente ahora, ponerse el embudo en la cabeza y salir a la calle con tan elegante tocado. En poco menos de una semana, el hombre se sintió aludido cuando hablaban de un cobarde ucranio que huyó en coche y luego se proclamó el verdadero califa en lugar del califa. Dato curioso para la historia: el enfado del hombre de Waterloo al sentirse aludido por el Secretario de Exteriores europeo le empujó a desvelar un antiguo enigma: no huyó en el maletero del coche, si no agazapado en el asiento trasero, como los valientes. Gracias por su relato, hombrecito de Waterloo: la verdad es que medio mundo andaba devanándose los sesos por conocer los detalles de su épica fuga, de su única gesta.

También sorprende que el califa verdadero le haya respondido: en esos casos, y como es bien sabido, lo mejor es darle la razón al orate o bien actuar como quien no le ha oído. Pero... enfin, en este califato nuestro las cosas son así y a todo el mundo le parece normal.

Creo que al hombrecito de Waterloo le aterra la sombra del olvido y la insignificancia que le va cubriendo con su manto silencioso y oscuro. Tiene que ser muy triste, es cierto, vivir esa caída lenta pero segura que amenaza también a sus fuentes de financiación. Incluso la Comisión Europea pretende investigarle por sus amistades peligrosas en el Kremlin, algo que podría cerrarle el grifo de su principal sustento y dejarle sin el acta de eurodiputado. 

Algo suena a burla e incluso a ofensa en todo lo que rodea a este hombre. Mientras miles de sus (antiguos) conciudadanos lo pasan mal de veras, él se ofende y a la vez se autoproclama presidente de una fantasía medieval: ¿se está riendo de quienes sufren? La pregunta para el hombrecito de Waterloo es muy sencilla: si usted es el verdadero presidente, díganos qué piensa hacer para mejorar las situaciones terribles de quienes no pueden más. Díganos sus medidas y sus presupuestos. Estamos atentos.

De lo contrario, lo mejor es que siga paseándose con el embudo en la cabeza. Eso nadie se lo reprochará.





9 de març 2022

Desprogramar a Tarkovsky

Llevo dos días sin leer. Por motivos éticos. 

Ayer me disponía a leer las últimas páginas de "Padres e hijos", de Iván Turguenev, cuando me enteré de que la Filmoteca de Málaga ha desprogramado "Solaris", la icónica cinta de Andrei Tarkovsky, en protesta por la invasión de Ucrania. De modo que decidí obrar correctamente y actué como la Filmoteca de Málaga: abandoné a Turguenev y busqué otra lectura en el anaquel. Tuve que soslayar a Juan Perucho, puesto que los catalanes invadieron parte de Cerdeña y Nápoles a sangre y fuego, con sus temibles almogávares (ríanse ustedes de la caballería Chechena). Tampoco pude leer a Roland Barthes, ya que los franceses invadieron Argelia y mantienen invadidas unas islas del Pacífico, según creo, hasta el día de hoy. Nada de Faulkner, por las constantes invasiones norteamericanas en el mundo entero. Deberíamos desprogramar la mitad de la cartelera, empezando por Batman y Spiderman y demás sandeces.

Tampoco puedo leer ya a Delibes, por lo de América y lo de Filipinas. Tampoco a Umberto Eco: ya sabemos todos lo que hicieron los italianos en Etiopía. Estuve a un tris de pillar a Borges pero me acordé de lo de Tierra del Fuego. Luego creí que me estaba permitido Juan Rulfo pero tras un titubeo lo tuve que abandonar: ¡el Álamo! ¿Acaso no te acuerdas de El Álamo?

Busqué autores oriundos de países exquisitos, impolutos, virginales. Quizás Kadaré, que es albanés, aunque la historia de Albania es sangrienta y oscura. ¿Cărtărescu? Lo dudo: el conde Drácula era rumano como él, queda descartado. 

Tras una búsqueda fatigosa, me tumbé en el sofá y miré hacia el techo, convencido de ser mejor persona por no haberme aliado con ningún culpable, y al instante sentí como los millones de víctimas de la historia acudían a mi con cánticos angelicales y alabanzas y me llevaron al cielo de los buenos. Estoy convencido de haber jodido a Vladimir Putin por no leer a Turguenev, con la misma satisfacción del director de la Filmoteca de Málaga que ha desprogramado a Tarkovsky.

Quien haya visto algunas de las fabulosas siete piezas del cine (siete obras maestras, siete poemas brillantes y tristes) intuye qué diría Tarkovsky sobre Putin, pero eso no parece importar mucho a la hora de los boicots contra el malvado.

Tras un rato de sopor (pero de coherencia moral) empecé a pasar por el dial de la radio. Daban noticias del fútbol y hablaban de los fichajes del Barça. Entonces caí en la cuenta: el Barça todavía se está pensando, tranquilamente y con calma, si renuncia al patrocinio de una empresa rusa de apuestas deportivas y creo que su calma solo pretende que se pase el momento para no hacer nada: "qui dia passa, any empeny". Ya lo ven: en este bendito país se prefiere a un corredor de apuestas que a uno de los mayores artistas. El ruble és el ruble.

8 de març 2022

¡Todos para Ucrania!

Las guerras sacan lo peor del ser humano, de eso no hay duda. Sin embargo, hay ciudadanos que de repente sienten la llamada de la bondad: si dicen que la maldad es banal, deben pensar, luego la bondad debe ser excepcional, y yo quiero ser un hombre excepcional.

Me explico: escucho una entrevista en la radio del coche, entre bostezos (la noche ha caído hace horas, llevo muchas horas en el trabajo, el cielo se cubre con un manto de amarillo pálido). Un hombre -un buen hombre de la Cataluña profunda- se ha ido con una amiga a la frontera de Ucrania, con una furgoneta llena de comida, medicamentos y otros enseres sin especificar. Entre los vecinos (los más buenos, sin duda) ha podido rellenar la furgoneta, y el Ayuntamiento del pueblo le ha dado mil euricos para pagar la gasolina, que está por las nubes. Por el camino ha contactado con varias familias de exiliados vía WhatsApp, y a todas les promete que las llevará a España (a Cataluña, especifica el buen hombre). Una vez allí se da cuenta de algo obvio: en una furgoneta no caben cuatro familias, y entonces pide ayuda no se sabe a quién. Y lo aprovecha para criticar a los gobernantes a la vez que le da mil gracias a Laura Borrás: por lo visto nuestro buen hombre es un trabajador del Parlamento y la presidenta le ha dado permiso para ausentarse unos días a hacer el bien. Quizás le haya dado diez euros para los gastos. Ja ho trobarem.

La periodista que le entrevista se enternece ante la muestra de bondad catalana, pero no le pregunta lo que cualquiera le preguntaría. En vez de eso, se pregunta en voz alta: ¿el mundo sería mejor si hubiera diez hombres más como este?

Las guerras se pasan por las teles, aunque mucho me temo que usted vería una guerra diferente si sintoniza un canal español o bien uno chino, norteamericano, bieloruso o de África del Sur. Sea como sea, mucha gente siente como le sale un pequeño Oscar Camps de sus adentros y se lanza a la carretera como un moderno Sir Galahad. Y más aún tras ver que a Oscar Camps le han hecho una peli, con el gran Eduard Fernández en el papel principal. Nuestro bienhechor catalán de la Cataluña profunda, de viaje hacia la frontera de Ucrania, se habrá ensoñado con ser el protagonista de una peli futura, quizás con Javier Bardem interpretándole al volante de la furgoneta, con su amiga al lado, cantando a grito pelao canciones de John Lennon o de Joan Baez (y alguna de Lluís Llach, por supuesto).

Por un momento, solo, en el interior de mi cochecito regresando a casa, me pongo en la piel del exiliado ucranio que espera la llegada del catalán que le llevará a Cataluña. Junto a su familia. La esposa, los niños, el frío descomunal, la soledad, el horror, las imágenes imborrables de las columnas rusas y el fuego, las bombas que estallan durante la noche, los cuerpos tirados por las calles, los mensajes patrióticos en la radio, las banderas sangrientas. Por un momento me pongo en su lugar y se me hiela el corazón. Y entonces veo llegar al bienintencionado señor con su furgoneta y su promesa de meter en ella a cuatro familias. Lo quijotesco funciona en la literatura, pero ¿funciona en la vida?

La periodista, por fin, se huele algo. Y le pregunta: ¿Ya ha previsto usted qué hará con esas familias que piensa traerse a su pueblo?. Y nuestro Galahad balbucea algo, medias palabras: una amiga les prestará un piso, quizás el ayuntamiento otro, alguien les dará trabajo, digo yo. 

Es decir ¿en qué consiste ayudar a los demás? ¿Se ha previsto algo? Aparte de presentarse ante sus conciudadanos como un valiente bueno, un solidario sin mácula, conciencia abrillantada con la furgoneta marca Cillit Bang... ¿se ha pensado realmente en esas personas? ¿Pensó nuestro buen ciudadano ejemplar que son personas de veras las que le ayudarán a presentarse como un héroe salvífico?

Por supuesto que las autoridades europeas están tardando en organizar la acogida y la inserción social y laboral de todos esos exiliados, y quizás esos quijotes deberían alarmarles y, por consiguiente, removerles un poco.