27 d’oct. 2020

El experimento social catalán

Algo huele a experimento social en Cataluña, y ese olor ya es imposible de soslayar. No soy nada conspiranoico, y no lo soy por una razón muy sencilla: para creer en conspiraciones del poder hay que partir de la base que los dirigentes políticos son muy inteligentes, un premisa imposible.

No hablo solo de los casi diez años de procés, durante los cuales se ha conseguido engañar a dos millones de catalanes, crispar a otros tantos y enfrentarlos por causa de una bandera y una historia inventadas, amén de prometerles la nación que nunca fue y la república que nunca será. Hablo de los últimos movimientos: toque de queda, bares cerrados y posible confinamiento de fin de semana (o de finde de semana, como dicen algunos alumnos).

Si ya resulta algo raro observar al último presidente regional y, tras pellizcarse repetirse: sí, ese es el presidente, ahora, solo falta que el chico haya decidido ser el primero de la clase de los presidentes regionales y marcarse un aquí estoy yo.

¿Qué le pasa a Pere Aragonès? Yo creo que es muy sencillo: ha sido nombrado presidente vicario y le quedan pocos meses antes de las elecciones. Así pues, un hombre de perfil bajo debe aprovechar cada ocasión para mostrarse, darse a conocer y hacerse conocido, ya que no popular. Aragonès, pues, no desaprovechará ni una. Por lo que me cuentan, sus asesores hacen horas extras para buscarle actos, inauguraciones, eventos y lo que sea. Incluso quiso darse a conocer ante Ursula von der Leyen, que debió quedarse pasmada ante semejante portento.

Pero volvamos a la sospecha del experimento social: que no digo yo que el virus salga de un laboratorio chino ni de una farmacéutica avispada ni nada de eso. Digo que, aprovechando la cosa del virus, los dirigentes regionales de Cataluña han pergeñado un experimento. Y el experimento parte de esa hipótesis siguiente: ¿es posible decirle a la población que solo salga de casa para trabajar o ir a clase? ¿Es posible convencerles de que ha desaparecido el ocio, el paseo, la caminata por el parque, la terracita... que solo les queremos para trabajar?

Bueno, es posible que de ésta saquen muchas conclusiones. Cataluña se ha mostrado como una región dócil y sumisa, capaz de tragarse que es una nación milenaria, que construirá un republiquilla en un santiamén, que su lengua y su cultura son fascinantes, que somos los más mejores en casi todo. Tanto es así que incluso el señorito Aragonès nos podría encerrar y todos tan satisfechos.

Yo, cada vez que veo el rostro del presidente regional en la pantalla y debo admitir que ahora manda él, y que me tiene castigado, no pudo dejar de pensar que estoy siendo objeto de un experimento de la psicología social. O que estoy durmiendo, en plena pesadilla.

23 d’oct. 2020

El caso Cuixart, un misterio en 64 páginas

Hace unos días se celebró en Cataluña el aniversario del fusilamiento de Lluís Companys. El diario Ara no defraudó a su parroquia y dedicó un extenso reportaje a la efeméride. Lo miré de soslayo: no van a contar nada nuevo y Companys no es mi personaje histórico favorito. A Companys, de no haber sido fusilado (tras su detención por la Gestapo y posterior entrega a la autoridad franquista) la historia le hubiese situado en un rincón oscuro: ni tan solo por la izquierda le defenderían. Por la izquierda solo hay que leer lo que de él cuenta el líder anarquista Juan García Oliver: le presenta como a un político incapaz, torpe, errático y culpable de muchos de los desastres que llevaron a la derrota republicana en 1939. Pero, como todo el mundo sabe: un bel morir tutta una vita onora y ese es su caso. (Según García Oliver, malgré tout, ni eso).

El asunto es que el prolijo reportaje del Ara incluía, como sin quererlo, una fotografía del líder independentista Jordi Cuixart con el pie de foto: Jordi Cuixart, en una edición anterior del homenaje a Companys. Si uno presta atención a la foto descubrirá que esta foto (en el centro de la página, la única en color) se la podían haber sacado en cualquier parte y, por consiguiente, le sitúa en todas. La fotografía del presidente de Òmnium le muestra solo, de medio perfil, con la barbilla levantada y la mirada fija en el horizonte, y con las manos atrás, quizás maniatadas, supondrá alguien. Del modo en que se suele representar a los mártires que caminan hacia el holocausto cegados por la fe verdadera. O del modo en que la iconografía presenta a Companys en sus últimos instantes.

La foto, solo esa foto, dice algo del diario Ara y de sus criterios periodísticos, muy lamentables. Pero más allá de eso: ¿por qué se destaca la presencia de Cuixart y no la de Junqueras, la de Jordi Sánchez, o la de Carme Forcadell? ¿Acaso sólo Cuixart acudía a esos homenajes? La respuesta es simple pero estremecedora: alguien pretende equiparar a Companys con Cuixart: dos mártires de la patria. Y eso no es nuevo. Es algo que se viene observando. Equiparar al político detenido por el nazismo y fusilado por el franquismo con el dirigente de Òmnium Cultural, juzgado con mil garantías procesales y beneficiario de todos los privilegios que la legalidad democrática otorga a los presos es grave y tenebroso. 

Con Cuixart está sucediendo algo que todavía cuesta de formular, pero que sin duda tiene  que ver con un proceso de beatificación. Se le presenta de un modo distinto a los demás presos, y la percepción que de él tienen los independentistas es diferente: lo que no sé decir es qué cosa fue primero. Justo después de su encarcelamiento preventivo, me di cuenta de que la izquierda independentista (la Cup, para entendernos) reivindicaban su figura. Alguien de esa sensibilidad me dijo: "Vale que detengan a los políticos del gobierno catalán, pero ¿a Jordi Cuixart? ¡Por Dios!". De modo que, quizás, la imagen de Cuixart partía de entrada de una consideración distinta que no se aplicaba a su colega de marras Jordi Sánchez, aunque a priori pudiesen ser similares.

Me resulta indescifrable. Por poco que uno sepa, sabe que Òmnium Cultural (lo que Terenci Moix nombraba "Òrgan Cultural") fue fundada (¡en 1961!) por tres insignes falangistas del Tercio de Montserrat, y que su objetivo fundacional no era otro que controlar la producción literaria catalana, no vaya a ser que caiga en las zarpas del marxismo catalán o de la xarnegada: aunque a día de hoy nos resulte increíble, existió un marxismo catalán que tuvo sus intelectuales. Sabiendo el origen de OC, se hace difícil comprender la empatía que despierta su presidente entre las filas de la izquierda nacionalista (!!!). Puntualicemos: la fundación de OC no solo sucedió durante el franquismo, si no que fue consentida por Franco.

Pero las evidencias están ahí. He visto a más de un cupaire con la camiseta reivindicativa de Cuixart. Y, por lo que parece, su librito escrito desde la cárcel no se vende mal. Se titula "Ho tornarem a fer", como no. Cuesta 9,5 euros. Cuixart no se dejó el alma en la redacción: el ejemplar consta de 64 páginas, como lo oyen. 64. Ni una más ni una menos. Y, según un lector fiable, su nivel de redacción es bochornoso y muy parecido al de un alumno de la ESO. A pesar de todo eso, hay quien lo adora como a un evangelio muy emotivo. Algo litúrgico. Cuixart es autor de frases tan trabajadas como "Nunca podrán encarcelar las ideas": para muestra de su pensamiento elaborado, un botón que es una perla. ¿Será su libro una sinopsis de los hermanos Engler destinada a "El rincón del vago"? La adoración cupaire de Cuixart es intrigante: tratándose de un varón blanco, heterosexual y cisgénero, es paradójico que le valoren: según la perspectiva transaccional, Cuixart es un opresor.

Siempre me di cuenta de que, de todos los políticos presos, Cuixart es el que usa un lenguaje más emocional, que es una forma de decir más irracional. Habla como un iluminado, jamás exhibe razones ni razonamientos y no se molesta en buscarlos: apela al estómago, a lo primario, se sitúa en un plano alejado del argumento. Es todo pasión. Eso gusta, por lo visto. Incluso en pleno siglo XXI, cuando la ciudadanía exije criterios científicos y racionales a los demás políticos: a Cuixart le prefieren loco, puro fuego. ¿Camino del martirologio para llegar a la beatitud? ¿A la santidad? Quizás por eso su boda, oficiada en la cárcel, estuvo presidida por tres sacerdotes, que ya son sacerdotes.

Lo de Cuixart es un misterio para mi y lo será por un tiempo, hasta que las cosas se asienten y descubramos, por fin, qué se ocultaba tras el dirigente de Òmnium Cultural que pretendió arrastrar a la política democrática hacia el abismo, el que alentó el malestar y la división, el que jamás se arrepentirá -dice por ahora, cual cristiano primitivo en la arena del Coliseo-, el que prefiere el martirio. Habrá que seguir el caso. No vaya a ser que tengamos ante nosotros a un santo milagrero. O quizás a un tahúr sibilino, a un extraño líder de las catacumbas capaz de metamorfosearse en candidato a la Generalitat o al Senado o a cualquier otro cargo o privilegio. Veremos qué nos cuenta el tiempo. Si yo fuese periodista preguntaría por Cuixart a los indepes que se llaman de izquierdas. ¿Santo súbito? Estén atentos.



21 d’oct. 2020

Patria

Empecé a ver la serie "Patria" con alguna prevención: me habían advertido sobre la calidad literaria más bien precaria de la obra de la cual parte, y por otro lado vi la pelotera mediática que se formó con el cartel publicitario de la serie, que, por decirlo de algún modo, no es muy afortunado.  Sin embargo, sentía curiosidad y me puse a ello: nadie sensato juzgaría a una cinta por su anuncio.

En el primer capítulo uno ya se da cuenta de que está ante una buena producción. La fotografía, el ritmo, el tono, los diálogos. Los grises, el cielo encapotado, los tonos blancuzcos, esa tristeza infinita que suena como el bajo contínuo de Bach y que envuelve a todos, la oscuridad perenne que acecha, como en un cuento gótico, y que se adueña de todos: del héroe y del villano. "Patria" es un serie más que digna, muy buena. Luego están el tema y el argumento, el diseño de los personajes y etcétera. Yo no le reprocho nada. No hay sentimentalismos ni ñoñerías, y los actores (y actrices) hablan tal como se habla, sin esas angustiosas declamaciones que se ven en otras producciones televisivas y especialmente en la Tv3, en donde parecen recitar versos románticos (¿qué les enseñan en el Institut del Teatre?). Los actores (y las actrices) están sobrios, medidos, justos, en su lugar.

Entre las principales virtudes de "Patria" está algo tan sencillo y tan bello como que la serie permite repensar a todos lo que sucedió en España durante los años de ETA cuando ya estábamos en régimen democrático. Y eso no es nada fácil en tiempos de crispación populista por todas partes. Nos lo permite a todos porque no hay maniqueísmos ni tragedias facilonas: "Patria" cuenta un drama colectivo con un tono de clásico que se puede comprender en Afganistán, en Alabama y, por supuesto, en Irlanda. "Patria" va camino de ser un clásico, sí, sin duda alguna: es válido para varios lugares del mundo y para varias épocas. España necesita series como "Patria". Lo que sucedió en el País Vasco reclama ser recordado y repetido. No vaya a ser que se nos olvide la malignidad del nacionalismo, que no se nos olvide el daño que nos puede infligir la pesadilla patriótica. El nacionalismo es la muerte, y eso es una verdad como un templo.

Algunas críticas le critican por ser tendenciosa, cosa que no es. El guión es ecuánime: lo que no se puede pretender es que, en 2020, alguien se posicione del lado del terrorismo nacionalista ni de cualquier otro terrorismo. Creo que está bien contado e incluso no se soslaya que la lucha contra ETA incluyó las torturas, acreditadas judicialmente. Pero bueno: ¿alguien me puede contar la lucha antiterrorista en algún país de la Europa democrática que no haya incluído esos crímenes? Preguntense qué pasó en Alemania, en Italia, en Francia, en Inglaterra. En todos esos países, que nadie duda que sean democracias liberales, la lucha del estado contra las organizaciones criminales cayó en crímenes a su vez. Eso es triste, lamentable y penoso. El estado no puede igualarse al terrorismo, eso debe quedar claro y, si se da, se debe juzgar. Y así se hizo, por cierto. Lo que diferencia al estado democrático de ETA es que al funcionario que ha incurrido en el crimen se le lleva ante el juez. El GAL, amén de otros descontroles, llegó a los juzgados y tuvo sus imputados, culpables y sentencias. Y sus cárceles.

No han faltado los colectivos que se han sentido ofendidos, de algún modo, por el tratamiento que les da la serie. El problema que tenemos es, justamente, la facilidad con que la gente se ofende. Imagínense ahora ustedes que se rueda la X serie en la que hay un bombero que por las noches es un asesino en serie. O la serie Y, en la cual un maestro de escuela practica el canibalismo. ¿Los sindicatos de bomberos y de maestros denunciarían a los productores de la serie? Pues, visto lo visto, parece que así sería, y dirían: "la serie X o la Y denigran y ofenden a nuestro colectivo". De haberse rodado en nuestros días, Apocalypse Now habría sido llevada a los juzgados por el Pentágono, y Alien, el octavo pasajero lo mismo, denunciada por el sindicato de alienígenas. Y quizás por el de los pasajeros de estrangis, muy cabreados por el trato vejatorio que se les da en la cinta. La transaccionalidad no tiene límites, y solo ha empezado a manifestarse.

Lo de la transaccionalidad y los colectivos oprimidos es el tema de "La masa enfurecida" (The Madness of Crowds), libro que deberíamos leer todos. Y todas (perdón). De lo contrario, admitiremos que existe un colectivo oprimido llamado "ex-etarras y sus famílias", que se situarán en la base de la opresión y exigirán un trato no ya de respeto si no de privilegio, del mismo modo que hoy, muchos catalanes --por el mero hecho de ser catalanes-- se autodenominan oprimidos y pretenden obtener privilegios de esa condición, aunque dispongan de un Lexus y un Toyota, y de dos residencias (una de las cuales en la Cerdaña). Quizás el partido Podemos les brindaría su ayuda en la lucha por el reconocimiento.

Me parece que "Patria" es una serie excelente, de lo mejor de las series españolas. Aborda sin miedos lo que sucedió en el País Vasco durante los años de ETA y va situando a cada uno en su lugar, y va nombrando uno por uno los elementos de lo que sucedió allí: la espiral de silencio, el efecto del terrorismo en las familias y en los pueblos, el papelón de la iglesia católica, la capacidad destructiva del nacionalismo en una sociedad democrática y liberal, los intentos ambiguos (ambiguos en el propósito y los resultados) de las políticas mediadoras entre víctimas y verdugos, la potencia seductora de las ideas irracionales, la malignidad del ideal patriótico/medieval, un ideal que destruye a sus creyentes y a sus oponentes. He sondeado en víctimas del terrorismo de ETA sobre su percepción de la serie pero no tengo respuestas. Espero que me lleguen.

Durante las horas que fluyen por esa serie, uno, que la ve desde un pueblo de Cataluña, no puede dejar de pensar, con el ánimo y el corazón (y las gónadas) encogidos, lo que podríamos estar viviendo. De momento sin balas, y esperemos que así siga. Pero aún sin balas, la situación no pinta bien.

16 d’oct. 2020

El bar de la Plaza Triana amaneció cerrado




Trabajo en el turno de la tarde y entro a las 3, es decir, a las 15. De camino al trabajo paso ante varios chiringuitos. En el barrio de Campoamor abundan, y suelen estar llenos de la gente del barrio amén de algunos currantes. Los currantes están terminando la comida, que a veces son bocatas llevados de casa acompañados por un quinto, un cafelito al terminar. Esa pausa en la terraza del chino es como una bendición.

Pero en la terracita de la Plaza de Triana no hay solo currantes. Están esos hombres mayores y solitarios, amargados, tristes, a veces furiosos. Su furia encuentra un oasis de paz en el bar. Fuman tranquilos: sus hijos no les ven cometer el delito del fumar, que le prohibió el médico. Y también están las señoras, jubiladas, que se reúnen para compartir un cortado y sus cosas. Cosas banales, sin duda, pero sus cosas. A veces las he oído como critican al gobierno.

A la terraza de la Plaza Triana, ahora regentada por una familia china que fía y permite pagar menos si no llevas todo el dinero, también acuden dos mujeres que contemplo y me hacen pensar. Una de ellas debe ser peruana o ecuatoriana, joven casi cuarentona, y la otra, muy viejita, es una autóctona con acento andaluz. La andaluza en silla de ruedas, empujada por la peruana o ecuatoriana. Se sientan con un ritual impuesto por la mayor, sin duda. Quiere que la orienten al sol, cual lagarto. Luego, con una sonrisita cómplice, la americana pide dos cañitas. Se las beben en silencio. La viejecita ya no puede hablar, pero la ecuatoriana o peruana habla por las dos. La viejecita se ríe. Es obvio que la cervecita es una licencia, un secreto entre las dos. En la sonrisa de la vieja, teñida de espumita de cerveza, uno sabe que está el secreto: que mi hija no se entere de que me casco una cerveza cada tarde. Eso y nada más que eso explica todo lo que hay que saber sobre la vida humana en la Tierra.

A la terracita del Bar Triana acuden, también, madres e hijas gitanas del barrio. Despotrican de todo. Ese es un espacio de libertad. Me sorprende y me gusta que no haya reuniones mixtas: mujeres con mujeres, hombres con hombres (y los hombres solos, esos raros héroes mitológicos). Los espacios no mixtos son, sin duda alguna, espacios de libertad: lo que vale para ellos vale para ellas.

La familia china que lleva el bar me caen bien. Estoy seguro de que antes de llegar aquí estuvieron en otras partes de España. El padre y la madre hablan un español muy malagueño. Las dos hijas hablan catalán, castellano, inglés y chino. Esas niñas se podrían comer el mundo en menos de 20 años. Y luego está la abuela, que solo habla chino y me responde "gracias" ("glacia", en verdad) cuando le digo "buenas tardes". Debe de tener mi edad o incluso algo menos. Y se mueve ágil, tan lejos, tan lejísimos del pueblecito chino en donde vivió su infancia. Ahí hay un buen tema.


Hoy, la terraza del Bar Triana (porque está en la Plaza de Triana) amaneció ausente, un erial, las hojas secas arrastradas por el viento, sin mesas ni sillas. La puerta del bar, cerrada. Un señor poderoso, a quién la ujier le ha llevado un café y dos bollos a media mañana, ha decidido cerrar el bar por lo del virus. Así todos sabemos que es él quien manda aquí.


15 d’oct. 2020

España, historia de un fracaso

España, la historia de un fracaso. O de muchos y sucesivos fracasos. Esa debe de ser la tesis del último y voluminoso libro de Paul Preston, que analiza la historia española des de 1874 hasta nuestros (tristes) días. Y eso mismo estaba pensando yo mientras escuchaba el runrún de fondo, la sesión parlamentaria. De pena. Ni una sola mención a las ideas. Incluso alguien con un nombre tan coquetón como Cuca se deja ir por la pendiente de la bronca, aunque sin el brillo argumental e irónico de su predecesora en el cargo de portavoz.

Cuenta Preston en "Un pueblo traicionado" que la historia reciente de España es la crónica de un desastre sostenido en el tiempo: nunca nos deshicimos del espíritu caciquil y autoritario, de los poderosos que se sienten iluminados en un fulgor se salvapatrias, del fragor de las banderas, del destello plateado de los sables y el dorado de la cruz. Diríase que España es aquél país que no pierde la oportunidad de perder oportunidades. Triste España que solo Berlanga supo retratar como nadie: cada película suya cuenta un fracaso, uno tras otro. Incluso en eso se demuestra que Cataluña es España, y lo es íntimamente, intensamente. Uno diría, a menudo, que Cataluña es españolísima, quizás esencialmente españolísima. Aunque en cataluña haya quien piense lo contrario, basándose en el racialismo cultural y lingüístico. Pero andan completamente equivocados. Yo creo que los separatistas quieren construir una España en pequeño, para su uso y disfrute, una miniatura de España con todos sus defectos y ninguna virtud. Eso es lo que creo que quieren.

Hace algunos años alguien intentó convencerme de que, cuando llegase el referéndum del 1 de octubre del 17, debía acudir a votar y votar "Sí". Dame un buen motivo, le pedí. Y me dijo: al menos nos libraremos de Rajoy. ¡Librarse de Rajoy! Parece un noble objetivo, pero eso es lo que llamamos matar moscas a cañonazos. Estaban convencidos de que la segregación nos haría mucho mejores, y más progresistas y republicanos y etcétera. ¡Ilusos! A día de hoy todavía hay quien cree que la ilusoria república catalana nos libraría, incluso, del capitalismo neoliberal, que ya son ganas de creer. Como si por arte de magia, desgajándose del resto de país nos fuésemos a volar, como en el vuelo de Alaska, por un universo paralelo de felicidad y dicha sin fin, feminismo, anticapitalismo, antifascismo, veganismo, gente en bicicleta, animalismo, ecologismo y el largo etcétera de los ismos por la parte progre, que no siempre es progresista ni liberal. Ni tan solo democrática. La pulsión antidemocrática (¿antipolítica?) está injertada en el nacionalismo catalán, y eso viene de lejos. Incluso se lo han contagiado a Vox, a quienes nadie les gana en nacionalismo por la parte de estribor.

Y así vive España y malvivimos los españolitos, entre ilusos y malintencionados, mientras se aproxima el siguiente colapso de la sanidad pública. Pero eso... ¡qué más da!: quienes van a pillar de lo lindo no son los de las banderas, no es el niño barbudo que sustituye al de la ratafía: los que piden sacrificios hacia abajo se preocupan muy mucho de no sacrificar ni un pelo propio. Esa pulsión caciquil que relata Preston pasó de los verdaderos caciques a los políticos, de tal modo que incluso el último interino recién llegado no duda en mostrarla, quizás orgulloso y sin duda altanero. 

Hay quién piensa que tumbar un gobierno es derrotar al mal, o que separar una parte del país da pasaporte a la felicidad. Estamos apañados con semejante paisaje. Con muchas banderas, eso sí, eso que no falte. Con banderas y lacitos y pancartas en los balcones oficiales. 

Hoy me he sentido triste, pero ha sido mi culpa: nadie me obligó a escuchar la sesión parlamentaria. Luego he recordado a Berlanga y he pensado que necesitamos a un Berlanga catalán, los catalanes, porque nos quedamos en Folch i Torres y El Patufet.