Empecé a ver la serie "Patria" con alguna prevención: me habían advertido sobre la calidad literaria más bien precaria de la obra de la cual parte, y por otro lado vi la pelotera mediática que se formó con el cartel publicitario de la serie, que, por decirlo de algún modo, no es muy afortunado. Sin embargo, sentía curiosidad y me puse a ello: nadie sensato juzgaría a una cinta por su anuncio.
En el primer capítulo uno ya se da cuenta de que está ante una buena producción. La fotografía, el ritmo, el tono, los diálogos. Los grises, el cielo encapotado, los tonos blancuzcos, esa tristeza infinita que suena como el bajo contínuo de Bach y que envuelve a todos, la oscuridad perenne que acecha, como en un cuento gótico, y que se adueña de todos: del héroe y del villano. "Patria" es un serie más que digna, muy buena. Luego están el tema y el argumento, el diseño de los personajes y etcétera. Yo no le reprocho nada. No hay sentimentalismos ni ñoñerías, y los actores (y actrices) hablan tal como se habla, sin esas angustiosas declamaciones que se ven en otras producciones televisivas y especialmente en la Tv3, en donde parecen recitar versos románticos (¿qué les enseñan en el Institut del Teatre?). Los actores (y las actrices) están sobrios, medidos, justos, en su lugar.
Entre las principales virtudes de "Patria" está algo tan sencillo y tan bello como que la serie permite repensar a todos lo que sucedió en España durante los años de ETA cuando ya estábamos en régimen democrático. Y eso no es nada fácil en tiempos de crispación populista por todas partes. Nos lo permite a todos porque no hay maniqueísmos ni tragedias facilonas: "Patria" cuenta un drama colectivo con un tono de clásico que se puede comprender en Afganistán, en Alabama y, por supuesto, en Irlanda. "Patria" va camino de ser un clásico, sí, sin duda alguna: es válido para varios lugares del mundo y para varias épocas. España necesita series como "Patria". Lo que sucedió en el País Vasco reclama ser recordado y repetido. No vaya a ser que se nos olvide la malignidad del nacionalismo, que no se nos olvide el daño que nos puede infligir la pesadilla patriótica. El nacionalismo es la muerte, y eso es una verdad como un templo.
Algunas críticas le critican por ser tendenciosa, cosa que no es. El guión es ecuánime: lo que no se puede pretender es que, en 2020, alguien se posicione del lado del terrorismo nacionalista ni de cualquier otro terrorismo. Creo que está bien contado e incluso no se soslaya que la lucha contra ETA incluyó las torturas, acreditadas judicialmente. Pero bueno: ¿alguien me puede contar la lucha antiterrorista en algún país de la Europa democrática que no haya incluído esos crímenes? Preguntense qué pasó en Alemania, en Italia, en Francia, en Inglaterra. En todos esos países, que nadie duda que sean democracias liberales, la lucha del estado contra las organizaciones criminales cayó en crímenes a su vez. Eso es triste, lamentable y penoso. El estado no puede igualarse al terrorismo, eso debe quedar claro y, si se da, se debe juzgar. Y así se hizo, por cierto. Lo que diferencia al estado democrático de ETA es que al funcionario que ha incurrido en el crimen se le lleva ante el juez. El GAL, amén de otros descontroles, llegó a los juzgados y tuvo sus imputados, culpables y sentencias. Y sus cárceles.
No han faltado los colectivos que se han sentido ofendidos, de algún modo, por el tratamiento que les da la serie. El problema que tenemos es, justamente, la facilidad con que la gente se ofende. Imagínense ahora ustedes que se rueda la X serie en la que hay un bombero que por las noches es un asesino en serie. O la serie Y, en la cual un maestro de escuela practica el canibalismo. ¿Los sindicatos de bomberos y de maestros denunciarían a los productores de la serie? Pues, visto lo visto, parece que así sería, y dirían: "la serie X o la Y denigran y ofenden a nuestro colectivo". De haberse rodado en nuestros días, Apocalypse Now habría sido llevada a los juzgados por el Pentágono, y Alien, el octavo pasajero lo mismo, denunciada por el sindicato de alienígenas. Y quizás por el de los pasajeros de estrangis, muy cabreados por el trato vejatorio que se les da en la cinta. La transaccionalidad no tiene límites, y solo ha empezado a manifestarse.
Lo de la transaccionalidad y los colectivos oprimidos es el tema de "La masa enfurecida" (The Madness of Crowds), libro que deberíamos leer todos. Y todas (perdón). De lo contrario, admitiremos que existe un colectivo oprimido llamado "ex-etarras y sus famílias", que se situarán en la base de la opresión y exigirán un trato no ya de respeto si no de privilegio, del mismo modo que hoy, muchos catalanes --por el mero hecho de ser catalanes-- se autodenominan oprimidos y pretenden obtener privilegios de esa condición, aunque dispongan de un Lexus y un Toyota, y de dos residencias (una de las cuales en la Cerdaña). Quizás el partido Podemos les brindaría su ayuda en la lucha por el reconocimiento.
Me parece que "Patria" es una serie excelente, de lo mejor de las series españolas. Aborda sin miedos lo que sucedió en el País Vasco durante los años de ETA y va situando a cada uno en su lugar, y va nombrando uno por uno los elementos de lo que sucedió allí: la espiral de silencio, el efecto del terrorismo en las familias y en los pueblos, el papelón de la iglesia católica, la capacidad destructiva del nacionalismo en una sociedad democrática y liberal, los intentos ambiguos (ambiguos en el propósito y los resultados) de las políticas mediadoras entre víctimas y verdugos, la potencia seductora de las ideas irracionales, la malignidad del ideal patriótico/medieval, un ideal que destruye a sus creyentes y a sus oponentes. He sondeado en víctimas del terrorismo de ETA sobre su percepción de la serie pero no tengo respuestas. Espero que me lleguen.
Durante las horas que fluyen por esa serie, uno, que la ve desde un pueblo de Cataluña, no puede dejar de pensar, con el ánimo y el corazón (y las gónadas) encogidos, lo que podríamos estar viviendo. De momento sin balas, y esperemos que así siga. Pero aún sin balas, la situación no pinta bien.