Hay quienes afirman que el desastre climático es imparable, irreversible. Que vamos de cabeza hacia un infierno de sequías, inundaciones, incendios (siempre provistos del adjetivo pavoroso) y otras calamidades. El panorama futuro, para los pesimistas (ecuánimes bien informados), es terrible y más cuando uno mira a su alrededor: contemple usted a sus hijos o a sus nietos y pregúntese: ¿vivirán en el infierno? ¿Su mundo se parecerá más al mundo de Mad Max que al del Señor de los anillos?
El cambio climático, pues, ya tiene algo de Cthulhu, el monstruo cósmico de los cuentos de H.P. Lovecraft, el que una vez invocado por la impericia, la estupidez o la ingenuidad del héroe ya no había forma de devolver a las catacumbas. Una vez Cthulhu ha aparecido en nuestro mundo ya solo nos queda el crujir de dientes.
No faltan entonces quienes señalan a los culpables. Los culpables, si hablamos de países, son los últimos que se han incorporado al desarrollo, al crecimiento, etc y al modeolo de éxito capitalista. Los que llevan dos siglos montados en el expolio y la quema de combustibles señalan a los recién llegados.
Del mismo modo, el conductor de un Tesla de 100.000 euros me miró mal un día, reprochándome que lleve un Citroën C3 de 12 años, gasolina y humo (que me costó 3.000 euricos de segunda mano). El contaminador era yo: el hombre rico al volante de un Tesla estaba cuidando del planeta, el mismo planeta que yo maltrato al volante del C3 cuando voy y vuelvo del curro por la carretera de los baches que discurre entre la incineradora municipal y el crematorio del cementerio.
-¡Los andaluces cultivan aguacates cuando no tienen el agua suficiente! ¡El aguacate andaluz es una fruta insostenible! -exclamaba una ecologista catalana en una emisora catalana. Señalar al malo, al pobre, al culpable es fácil: y siempre es otro.
Nada se dijo, en esa emisora catalana, del asunto del porcino catalán, negocio sobre el que se calla de un modo sospechoso, aunque algún día estallará el asunto del cerdo en Cataluña, y será un estallido digno de ser visto. No se habló de los litros de agua que consume una granja de cerditos, ni del embrollo tremendo de los purines. Y recuerden ese dato: en Cataluña ya hay más cerdos que seres humanos. Pueden bromear sobre el dato, pero el dato es cierto.
El pobre, el último, el recién llegado: ese es el culpable de la llegada de Cthulhu, el responsable de que sus nietos (esos lindos retoños que son un amor) vayan a vivir más pronto que tarde en una tierra infernal, desertizada, quemada, arrasada por tormentas apocalípticas.
Cthulhu se ha asomado por Glasgow y se le ha visto el hocico rupestre. Muchos han sentido su aliento fétido en el cogote (Lovecraft habla de un hedor como de miles de peces podridos). Y entonces han señalado al pobre, o por lo menos al más pobre que tu. No es que Greta Thunberg sea santa de mi devoción, pero algo de razón lleva la chica cuando acusa a los reunidos en Glasgow de palabrería vacía y de cinismo. Aunque todos deben pensar lo mismo: la hecatombe llegará dentro de 80 o 100 años. Para entonces la ciencia habrá avanzado una barbaridad y... y si no... y si no, en cualquier caso, yo ya no estaré. Que lo resuelva el nieto de Pedro Sánchez.



