17 d’oct. 2012

Alma

a E.M., a quién le debo casi todas las fotos y muchas más cosas, aparte de haber soportado la lectura de un triste fragmento leído en voz más o menos alta


1. El teléfono suena como un eco hueco cuando apenas son las seis y media de la mañana. Unos minutos antes me había desvelado un sueño raro, un murmullo penoso.
-Buenos días, le llamo de parte de Alma -es la voz de una mujer mayor- Ella está muy grave... bueno, en realidad está... le queda poco tiempo.
-Creo que se equivoca.
-No es usted Luis B.?
-Si, pero yo no conozco a ninguna Alma
-Claro que la conoce, bueno, hace mucho tiempo, pero ella y usted estuvieron saliendo, fueron novios...

Pongo los pies en el suelo para que el frío me ayude a despertarme. Alma, me susurro. Si, creo que la recuerdo. Fuimos novios cuando teníamos menos de veinte años, y de eso hace treinta. La vida nos ha centrifugado y eso que la mujer llama noviazgo fue cosa de un solo verano, de junio a septiembre.
-Ahora Alma está aquí, en ese hospital... Pregunta a menudo por usted, y le llamo porqué no le queda mucho tiempo. Alma se nos va y me gustaría...



2. Después de la última ciudad la carretera ascendía hacia los páramos altos, serpenteando en la niebla helada. A medida que avanzaba el pavimento estaba más deteriorado, se agrietaba y debía esquivar grandes socavones de barro gris.

En las llanuras yermas aparecieron las primeras banderas que el gobierno regional había plantado, agitándose pavorosas en el viento frío, abofeteando mechones de niebla. Cuánto más lúgubre era la carretera, más banderas patrias rasgaban la nada. Cuánta más miseria más banderas.

Llegué al hospital y la noche se cerró de repente. Conocía lo que estaba sucediendo en los hospitales pero todavía no lo había visto con mis ojos. El personal era escaso, la dejadez y el cansancio se habían adueñado del lugar. Enormes espacios vaciados, ascensor fuera de servicio, tristeza de macetas feas con plantas marchitas.


3. La madre de Alma me esperaba en una salita desolada con cristales rotos por el suelo. La garra del frío se colaba por la ventana que estalló. Estaba inmóvil y perdida bajo las bombillas macilentas. A su lado un viejo transistor a pilas emitía música folclórica, lo único que emiten las emisoras del gobierno de un tiempo a esta parte.

Ladeó la cabecita y me miró con ojos secos, agotados. Una lágrima se fosilizaba en su mejilla.
-Llega usted tarde, Alma está... Bueno, el corazón de Alma no lo soportó más. Pero seguro que quiere verla, venga...
Avanzamos por un pasillo de baldosas verde manzana enferma donde se asfixiaban los fluorescentes. En las paredes el líder de la Patria nos sonreía severamente enmarcado en frases breves y tribales.
La madre descubrió el rostro de la hija muerta doblando con mucho cuidado la sábana blanca. Miré aquella cara dulce y pálida por primera vez en mi vida. No era la Alma que yo recordaba vagamente, no había visto jamás en la vida a aquella mujer.
-Es muy guapa ¿verdad?


4. Salí al porche y me lié un pitillo que brillaba más que las estrellas. Enseguida apareció la mujercita a mi lado, observándome y arropándose con una chaqueta escasa.
-¿Qué hará usted ahora? Supongo que no se va a volver tan de noche.
-No lo sé. Volveré, sin prisas. Me quedé sin trabajo hace unos meses, así que no hay prisa.
-¿No tiene trabajo? Pues aquí justamente están buscando un encargado para la morgue. No encuentran a nadie, claro, la gente se marcha del pueblo desde que empezó todo esto... Piénselo, no se sabe nunca... La vida es así de rara y el destino... ¡Quién sabe! Igual ese era su destino, el de usted y Alma, reencontrarse y acompañarse después de... después de todo.

Aplasté la colilla contra el muro y me quedé mirando a ese ojo negro en la pared que miraba la noche vacía el pájaro muerto en la acera la lechuza escrutando el ratón hambriento la ceniza volando.
-Lo pensaré.

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Relato extraído de El extraño caso del Doctor Arthur More y otros cuentos de terror social, Arkham House, Sauk City, Wisconsin, 1937.

La mayor parte de las fotografías han sido cedidas por E.M., a quién le debo mucho más que unas fotos.

15 d’oct. 2012

Declaración unilateral de independencia


La libertad es el primer valor de mi lista, que no es muy larga. Quizás porqué mi padre fue un hombre autoritario y medio loco comprendí que no había nada interesante en la sumisión al poder de otros, ni a aceptar su lista de valores. Entonces veía a mi madre, sometida a las ideas, prejuicios y prioridades de aquél. Supongo que por eso creí que todo el mundo debería ser libre, y que eso era lo más importante. No obedecer y también no imponer. No imponer nada salvo una cosa: el amor a la libertad. Ese camino está lleno de paradojas y trampas.

Más tarde descubrí el dinero. El dinero es una cosa muy rara: a cambio de vender mi tiempo me daban unos papeles con los que podía comprar libertad. Esta libertad comprada con billetes era débil, aplazada y fragmentaria. Pero era un principio. Mirando alrededor comprendí que era importante no acumular mucho dinero porqué eso crea ataduras nuevas, imprevistas y terribles. Luego descubrí que era necesario desprenderse de las ataduras, aunque fuesen deseadas por la mayoría de mis congéneres. Este camino es bastante solitario.

Con poco dinero y pocas ataduras uno está bastante expuesto, y suele pagarlo caro. Trabajé en trabajos pequeños y precarios. Las relaciones afectivas también sufrieron consecuencias tristes de mis decisiones, orientadas por un amor a la libertad que podría parecer incluso obsesivo. Tanta libertad favorece un cierto desarraigo que no es nada bueno, y que compensé con mi pasión por el cine y la literatura y, en menor medida, por la música y la pintura. Este camino transcurre por la ficción, igual como la vida está llena de horas de sueño.

La vida no ha sido feliz. No podría resumirla en estos términos. Ha tenido momentos muy brillantes y poderosos, y también largos periodos de sombras y tristeza. Pensé muchas veces que la vida era la metáfora de otra cosa, una cosa que no comprendía pero que algún día llegaría a comprender.

Desde hace unos días siento como aúlla el viento delante de la casa, como agita las ramas de los cedros, queriendo partirlos con un crujido sordo. He sido libre, murmuro con la nariz pegada a los cristales de la ventana. He sido libre, repito, como si quisiera conjurar el mal que acecha y a la vez dejar un testamento. Quizás tan sólo estoy probando a justificar los años vividos.

[Texto extraído de la Biografía secreta de H.P. Lovecraft, el autor de este poema

V. Vuelta a casa 

El demonio dijo que me llevaría a casa,
A la tierra lívida y sombría que recordaba vagamente
Como un lugar elevado con escaleras y terrazas
Rodeadas de balaustradas de mármol que peinan los vientos del cielo,
Mientras muchas millas más abajo, a la orilla de un mar,
Se extiende un laberinto de torres y torres y cúpulas superpuestas,
Una vez más, me dijo, volvería a quedar embelesado
Ante aquellas viejas colinas, y oiría el lejano rumor de la espuma.
Todo esto prometió, y por las puertas del ocaso
Me arrastró a través de lagos de llamas lamientes
Y tronos de oro rojo de dioses sin nombre
Que gritan de miedo ante un destino ominoso.
Después, un negro abismo con ruido de olas en la noche:
«Aquí estaba tu casa», se burló, «¡cuando aún veías!»
Hongos de Yuggoth, 1929. Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt

10 d’oct. 2012

El que susurra en la oscuridad


Todo lo que viví en los montes podría ser cierto, pero también podría deberse a los delirios de la enfermedad que avanza tan suavemente como el agua, la miseria y la tristeza. Lo cierto es que poco a poco me vi sumido en un atardecer profundo. Y además echo de menos a mi gato de ojos ambarinos, que me abandonó persiguiendo una sombra por el jardín. (Eso pasó hace años, cuando yo todavía vivía en una casa con un patio enorme, que yo llamaba jardín).

Creo que sin duda algo extraño y colosal habita más allá del valle, algo terrible. Seres provistos de un hambre y una codicia sin límites. Quizás siempre estuvieron aquí. Antes que yo y que usted. A veces alguno muere y entonces su cuerpo termina aguas abajo, arrastrado por la riada. He llegado a entrever los restos de alguno, podridos y mutilados por la salvajía de la naturaleza de tal modo que mi imaginación no los puede recomponer. Una especie de piedad natural habita nuestra mente, y queremos ver algo humano y dulce en lo que nos rodea. Algo humanamente bueno, y esa idea me resulta casi cómica.

No hay bondad aunque esos seres tengan cabeza con ojos, extremidades, manos. Esas manos no se usaron jamás para acariciar ninguna piel, la boca no servía para besar: la boca expresa voracidad y las manos escarban, arrancan, rasgan, destripan. Y también hacen sumas y restas, eso lo se: sienten una particular atracción por los números, las listas y las cuentas.

Recuerdo muy bien a mis compañeros de colegio cuando atrapaban pobres bichos indefensos y los torturaban con una crueldad que le puede helar la sangre a uno. Entonces: ¿qué demonio ingenuo nos empuja a creer que si algo parece humano debe ser necesariamente bueno o bello?

Una vez hablé con un hombre que vive en el fondo del valle, más allá del bosque. Él los conocía bien, había llegado a algún acuerdo con las bestias y aseguraba que eren buena gente, que simplemente iban a lo suyo, como qualquier hijo de vecino. Se ocupan de sus negocios, y si uno se lleva bien con ellos incluso puede ver mejorada su vida. Hay que ser comprensivo y tolerante con otras formas de ver el mundo, me dijo, y a mi me ayudan. No tendría algunas cosas de las que tengo sin ese pacto con ellos: medicinas, aparatos, distracciones. No se olvide, siguió, que nosotros somos miserables y nacimos en la pobreza: ¿qué hay de malo en tolerarles y poder tocar algo de su poder enorme?

Hace poco intenté volver a aquélla casa más allá del bosque. Pero no supe encontrarla. La verdad es que no se muy bien porqué quise volver: quizás finalmente, atenazado y asustado por la miseria y la enfermedad, estaba dispuesto a entenderme con ellos y pedirles algo. Aunque no sepa qué exigen a cambio, posiblemente me sentía predispuesto a dárselo.

Cuando volvía, descendiendo con las primeras sombras del crepúsculo, me asaltaron recuerdos de la infancia y me detuve en un calvero del bosque lleno de susurros:

Cuando yo tenía dos años mi padre fue considerado un loco peligroso y fue encerrado en un manicomio. Mi madre me hizo llevar bucles hasta los seis años, edad en que insistí para que me cortara el pelo, y cuando lo hizo muy a su pesar y me transformó en un niño, le dijo a todo el mundo que yo era horriblemente feo, y me acostumbré a esconderme.

4 d’oct. 2012

El médico herido


Sé que sólo el medico herido puede curar, y por esto vine a verle. Cuando le descubrí supe que usted estaba herido, herido de muerte. Lo comprendí viendo sus ojos, su forma de andar. Le seguí y le pedí que me escuchase.

Estoy enfermo porqué vivo en un país enfermo. He dejado de leer los periódicos. Todo lo que cuentan me horroriza, me siento como los ratones de laboratorio, condenados a encontrar salidas de imposibles laberintos, construidos por mentes heladas. Me refugié en los libros, en libros que cuentan ficciones antiguas, sueños. Sin embargo, por las noches, escucho siempre como aúlla el viento entre los muros del laberinto. El viento tampoco sabe encontrar la salida, agita banderas como enloquecido, banderas con rojo de sangre.

Siento miedo, estoy muerto de miedo. Me asusta ese rugir de las banderas teñidas de sangre cuando ondean furiosas y llenas de sombras, la palabra patria vociferada en esos labios rezumando babas diabólicas por las comisuras agrietadas.


Cuando era niño, una noche al irme a la cama, en un arrebato de pereza infantil le pedí al ángel custodio que por favor apagara la luz. Al instante reparé en lo fatal de mi petición, pero ya era tarde: junto con apagarse la luz de la habitación, se apagaron las luces de la casa, las luces de la calle, las luces de la ciudad; se apagaron las luces de colores de los anuncios luminosos, la luz salvadora de los faros en los puertos; se apagó la luna, se apagó la Osa Mayor, se apagó el Triángulo del Verano, se apagaron las constelaciones todas, y el universo entero, made mía, se quedó sumido en las más sorda de las tinieblas.

Vine a usted porqué al verle herido comprendí que usted me podría ayudar. Que me iba a ayudar. Es la única esperanza que he podido guardar en este viaje, hasta llegar aquí tan cansado. Sólo los heridos sabemos la esperanza de curarnos porqué sabemos el dolor y la tristeza. Y el miedo. Sólo de entre los iguales brotarán las palabras de la sanación y alzaremos la luz de nuevo. Más arriba de los muros.

Vine a usted porqué le escuché murmurar
Los vencidos somos invencibles.

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El texto contiene un fragmento adaptado de El escritor de epitafios, Hernán Rivera Letelier, Alfaguara, México 2011.