11 d’abr. 2021

Artes de ser maduro



Hace pocos día, un profesor de filosofía me dijo: "hacerse adulto significa concordar lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace". La verdad es que ignoro de donde sacó la idea, si es de un autor antiguo, clásico y renombrado, o de cualquier otra fuente, quizás sin contrastar. La frase parece bastante axiomática. No se lo pregunté: aunque la pregunta sea la génesis de la filosofía, haberlo preguntado indicaba una cierta desconfianza y, a mi, este profesor me merece toda la confianza: a diario está ante una clase de bachilleres de un suburbio urbano, y en su aula habrá alumnos de quizás diez nacionalidades distintas. No hay mayor garantía que eso. 

Con esa frase en la mente, recién llegada, uno no puede evitar un sudor frío, que acude pocos minutos más tarde. El sudor va acompañado de la duda. ¿Se parecen lo que pienso, lo que digo y lo que hago? Bueno, solo pude responderme que estoy en ello, que por lo menos lo intento.

Mis dudas venían a cuento de las ideas sociales o políticas que puedo tener y que a veces incorporo o repito porqué me parecen buenas y bonitas. Pero... ¿mi conducta obedece a esas ideas realmente y las ejemplifica? Y eso es así... ¿siempre?

No puedo dejar de pensar en otras personas que manifiestan ideas progresistas pero que, sin embargo, actúan de modo autoritario o dogmático, que repiten pautas antiguas y nada progresistas, que expresan misoginia o sentimiento de superioridad cultural: es una cuestión de método, siempre nos resulta más fácil ver los defectos en los demás. Sobre los propios cae un espeso velo de compasión, comprensión y disculpa bien justificada.

Siempre he pensado que los humanos somos iguales. Sin embargo, tardé muchos años en poder citar mujeres notables en el mundo de la música, de las letras o del arte. Aparte de las manidas Madame Curie y Frida Kahlo, no daba con otros nombres y eso me avergonzaba. Tuve que emplear tiempo para poder hablar de Sonia Delaunay, de Paula Becker, de Clara Schumann, de Artemisia Gentileschi, de Hannah Arendt, de Núria Amat, de Sara Mesa, de Anna Magdalena Bach, Sally Potter, Lucrecia Martel...

Me sucedía lo mismo para con personas de piel negra. Tuve que aprender, leer, ver documentales, pensar un rato. No sirve recurrir una y otra vez a Luther King o a bell hooks (en minúsculas, sí), a Stevie Wonder, a Toni Morrison. Mi última incorporación a la lista es Raoul Peck, nacido en Port-au-Prince, que me ha ayudado a hacerme un poco más adulto con sus cintas y su discurso tan maravillosamente hilvanado, y a la vez tan creativo, tan brillante.

Peck, tras dirigir varias cintas de ficción y no-ficción, ofrece el documental de 4 horas titulado "Exterminad a todos los salvajes", que ustedes pueden encontrar sin dificultad. Esa obra, que se debe ver en versión original, nos ayuda un poco a todos a madurar, nos ofrece un puente franco hacia la vida adulta como colectivo. En tiempos de crispación, de relativismo moral y de polarización, Peck vuelca su mirada haca adentro y a la vez hacia afuera, hacia el pasado y el presente. Nada humano nos es ajeno, parece decir, y debemos aceptar quienes fuimos. Sin esa aceptación no hay progreso hacia ninguna parte.

Abundan, hoy en día, quienes pretenden reformular la historia con fines espurios y para empequeñecernos, convertirnos en sujetos infantiles que repiten eslóganes simplistas. Alguien opone el socialismo a la "libertad", algo que ya hizo la señora Sarah Palin hace unos años y le abrió el camino a un tal Donald Trump. Hay quien trata a la emigración andaluza a Cataluña de "colonizadora" y propone su sometimiento o incluso su expulsión. Hay, también, quien se plantea si es mejor o peor el fascismo que el comunismo para llegar a la conclusión, feliz y vociferada, de que el comunismo es el más maligno. Ignoran, esos, algo que ya escribió Hannah Arendt en "Los orígenes del totalitarismo": Arendt trató en el mismo texto del nazismo y del comunismo, puesto que son terriblemente parecidos. Lo que pasa es que leer a Arendt requiere un esfuerzo, y repetir un eslogan es muy barato.

Ver la obra de Raoul Peck pide cuatro horas ante la pantalla (más algunas de meditación), mientras que leer un tuit solo nos exige cuatro segundos (más otros cuatro para copiar y pegar).

Lo dicho: crecer es difícil y costoso, incluso para un roble. Pero se debe intentar y eso parece una exigencia objetiva y razonable. Lo opuesto no es apetecible, aunque podemos morir en el intento.

3 comentaris:

  1. Lo que está claro, LLUIS, es que la extrema derecha niega la realidad de los campos de exterminios nazi, y la extrema izquierda, los Gulags.

    Arendt no fue entendida en Israel, y le tildaron de todo porque pensaban que en sus crónicas no culpaba directamente a Eichmann del Holocausto. Arendt sólo quería saber que es lo que llevaba a una persona a actuar de esa manera, y si no había remordimientos detrás, quería ser objetiva, nada más.

    Y ese detalle, el objetivismo, es una cosa que no hemos aprendido.

    Sólo quien llega a ese grado de objetivismo puede responder a tu pregunta, pregunta harto interesante: ¿mi conducta obedece a esas ideas realmente y las ejemplifica? Y eso es así... ¿siempre?

    PD: Borré el comentario anterior porque cometí una falta imperdonable.
    Salut

    ResponSuprimeix
  2. Si consideramos que Arendt era judía, es aún mas meritorio su trabajo de disección de un personaje como Eichmann.

    Y nos descubrió como se puede banalizar el mal mas absoluto bajo la coartada de la "obediencia debida", y la fría eficiencia de un burócrata eficaz.

    En los últimos meses de la guerra la Werhmacht sufría la falta de medios de transporte, pero los trenes de mercancías de los KG dirigidos por Eichmann eran intocables para los militares.

    ResponSuprimeix