21 de febr. 2021

Los policías son hijos de pobre

Hay quien, al nacer, hereda un apellido notable. Y con él, una hacienda, un patrimonio. A veces hereda el prestigio que la comunidad le ofrecerá por ser el hijo de alguien, de algo, el hidalgo. Lo he visto siempre y, aunque no deje de sorprenderme, así es. Hay apellidos que abren puertas, que se pronuncian con respeto y con veneración, que se cantan, que se oran. Hay apellidos que son el mundo entero y resuelven una vida.

Su abuelo fue un gran patriota; su padre levantó empresas, era un intelectual, un artista. Hay apellidos con terreno adosado, con cuenta corriente sin fin, con carné del Barça, con cargo en la Generalitat. No te hace falta perder el tiempo escribiendo tu currículum vitae para encontrar un buen puesto de trabajo: con el apellido en medio de una hoja en blanco basta: los ujieres te abren la puerta e inclinan la cabeza a tu paso, como el cachorro que huele al jefe de la manada. 

Y luego están los apellidos sinónimos de nada en el mejor de los casos, ya que también hay apellidos que traen desprecio, burlas, vacío alrededor de sus letras. Su padre fue un perdedor, un paria, un obrero, un pringao, un campesino analfabeto. Esos apellidos no sirven para nada y uno debe plantearse salir de su apellido y lanzarse a la selva.

La libertad no existe o es un fantasma. En ambos casos se demuestra. Y, si la libertad existe, les advierto que se paga un alto precio por ella: la libertad es carísima en dinero, en renuncias, en sacrificio.

La libertad, para el que nació con el apellido del paria o del pringao, del charnego o del parado de larga duración, puede pasar por hacerse policía. Lo he visto varias veces: ningún hijo de rico se ponía a poli ni a guardia civil. En los pueblecinos de la Extremadura más pobre nacen policías a diario. La escasa libertad que comprarán les costará el desprecio de los vecinos con buen apellido.

Incluso le tirarán piedras si la ocasión se presenta.

Fue Pasolini quién se lo advirtió a los jóvenes izquierdistas radicales y airados de su tiempo: los policías son hijos de pobre, acordaros de eso cuando os vayáis a las manifestaciones. Pero Pasolini era un poeta metido a cineasta y, a día de hoy, un escritor olvidado. Se echa de menos la existencia de poetas como Pasolini, con una sensibilidad política y social a todas luces extinguida. En Cataluña, escritores y periodistas de talla enana jalean a los jóvenes airados: pegadles fuego a los policías, no son nada más que pobres e ignorantes.

Sí, ya lo sé: la perspectiva de clase ha pasado a mejor vida, pero no puedo olvidarla. Puede que a día de hoy haya señores con buenos apellidos animando a sus jóvenes airados a que apedreen a los hijos de los pobres. Puede que haya pobres tirando piedras a pobres, o ricos tirando piedras a pobres. 

Quienes nacimos con un apellido igual a nada sabemos eso, y sabemos que los que nacimos en esas circunstancias solo tenemos un patrimonio: lo público. Tan público es el contenedor de la esquina como los servicios sociales, la escuela, el ambulatorio. He ahí nuestro patrimonio. El contenedor de la esquina es una poesía pública. Para llegar a disponer de contenedores en las esquinas han debido pasar siglos de penurias, de miseria y de hambre.

Aunque me gusta el cine de terror, no he visto película más terrorífica en mi vida que El ladrón de bicicletas, y quien la haya visto comprenderá lo que cuento.

Lo siento, pero no veo poesía alguna en los adoquines que se lanzan a los que se metieron a policías para obtener algo de libertad, la oportunidad de salir del pueblo miserable. No veo épica ni lírica en el contenedor de todos ardiendo en la calle, en las llamas que consumen la motocicleta humilde, el semáforo impávido alcanzado por el odio gratis de un fuego pálido e inútil.

Nadie se mete a policía o a Guardia civil cuando ha nacido rico y con hacienda. Y quemar un contenedor es lo mismo que quemar una escuela pública. A quienes nacimos con poco, viene uno que lo tiene todo y nos quema lo que lograron nuestros abuelos y abuelas. Y a eso le llama revolución, e invoca entre las llamas rituales el fantasma de nuestra libertad tan débil.

6 comentaris:

  1. Exacto, Passolini comprendió al instante que policías siempre han sido hijos de la pobreza, ahora lo son de clases bajas sin el pedigrí de muchos de quienes les tiran adoquines en la cabeza. Todo por el pueblo pero sin el pueblo, la violencia como la de estos días es otra diversión que desintegra la confianza en los gobernantes y en su capacidad para resolver algaradas que no llegan a las mil personas. La política exige hoy víctimas propiciatorias para continuar en el cargo, Hasel es solo una anécdota para pasar una tarde en grande.

    ResponSuprimeix
  2. Pienso en la cantidad de cosas que se hubieran podido hacer con la cantidad de dinero que nos costará reponer desde el Ay untamiento todo lo destrozado.

    Un desasosiego constante es a lo único que me acercan. Esto es el Simil de Sísifo que los políticos no dejan de alimentar. Hoy, sin ir más lejos, el tal Ribó, defensor de las causas perdidas, con 80.000 de sueldo, se ha ido a Bruselas en pos de la causa de este defensor de la libertad que pide reventarle la cabeza a Bono, tal como suena.

    Todo me da sensación de asco e impunidad.
    Salut

    ResponSuprimeix
  3. Asco, pena e indignación. Es lo que me produce la situación actual en Barcelona.

    ¿ Que clase de izquierda es esta que defiende como "libertad de expresión" los rebuznos de un enérgumeno como Hassel ?.

    ¿ Que clase de izquierda es la que justica la violencia y los saqueos ?.

    ResponSuprimeix
  4. Muchos adoquineros tienen un colchón familiar detrás. Se están preparando en la vida para cuando adquieran el traje con corbata. Esto no es nuevo. Luego están los tontos útiles, que con un mal apellido solo creen que tirando piedras a otro mal apellido el suyo ganará en rango.

    podi-.

    ResponSuprimeix
  5. El policía que asesinó Puig Antich, además, era andaluz.....

    ResponSuprimeix