26 de des. 2020

Pedro Sánchez y el San Jorge jubilado



Lo cuenta muy bien Douglas Murray(1): tras haber matado al dragón y haber liberado a la princesita, San Jorge se quedó ensimismado. ¿Qué sentido tenía su vida tras la hazaña, una vez lograda? San Jorge se dio cuenta de que debía proponerse nuevos retos y nuevas gestas. No sabemos qué hizo San Jorge, pero sí sabemos en qué consiste el síndrome del San Jorge jubilado. 

Creo que Pedro Sánchez conocía solo a medias el síndrome del San Jorge jubilado. Lo conocía, pero solo de oídas. Pedro se precipitó queriendo jubilar al sanjorge secesionista y no sabía lo que hacen los sanjorges catalanes una vez jubilados. O descabalgados, que es más o menos lo mismo.

Creo que Pedro Sánchez, con ese talante astuto de Maquiavelo moderno, descubrió que era imprescindible jubilar a los líderes del procés catalán. No lo hizo mal. Es más, y lo digo sin dudas: lo hizo bien. ERC pactó los presupuestos estatales con él. Pero no solo eso, no vayamos a caer en el engaño: la Diputación de Barcelona surge de un pacto entre el PSOE y el partido de Puigdemont, aunque nadie sepa como se llama ese partido. Vamos a dejarlo en el partido de Puigdemont. Lo mismo sucedió en muchas alcaldías. Sánchez descabalgó a centenares de sanjorges con un pellizco de dinero. Bravo.

Que al procés de los secesionistas catalanes se le liquidaba con pactos y dineros era algo que todo el mundo sabía: son catalanes, quieren dinero. Les damos algo de dinero y se les pasan las ínfulas separatistas. Además, para qué obviarlo: Cataluña se empobrece a toda máquina, así que se conformarán con menos dinero a cada día que pase. Las cifras macroeconómicas catalanas llevan varios años en caída libre. No solo eso: las cifras del éxito escolar, las de la inversión en ciencia, sanidad, cultura y educación nos dejan a Cataluña justito por encima de Ceuta y Melilla. Estamos en la cola. El canto del cisne catalán empezó hace cien años y se termina ahora. El tiempo ha terminado con Cataluña.

Pedro negoció y desactivó a gran parte de los políticos del secesionismo catalán. Les jubiló. Aunque había un pequeño problema por resolver: el asunto escabroso de los políticos encerrados en la cárcel por secesionismo y malversación de dineros públicos. A Pedro se le ocurrió lo más obvio: les doy un indulto y así les jubilo para siempre. La idea no es mala: si les indulto, dejarán de gritar sus eslóganes. Si les indulto, desactivo su último argumento.

Pedro, sin embargo, se equivocó en un par de detalles. Una vez jubilados los sanjorges catalanes, deberán buscarse otra causa para mantenerse en el candelero: ahí está Laura Borràs, por ejemplo, al frente de su Jaguar. Hay que mantener el ritmo de vida. Ahí está Joan Canadell, el gasolinero que le llena el depósito al Jaguar de Laura Borràs y por eso va de número dos en su lista de listillos.

Pedro: yo, que nací en Cataluña, te voy a contar una cosita. Puedes desactivarles en apariencia con indultos y pactos y monsergas, pero no podrás quitarle su único modus vivendi: sin el nacionalismo secesionista esa gente no son nada, no los escucha nadie, no los mira nadie. Ándate con cuidado con esa gente, Pedro: Cataluña es tan pequeña como mezquina y esa gente no tiene nada más que su pequeñez y su mezquindad. No te fíes nunca de ellos. Un sanjorge jubilado te puede fastidiar una táctica que no era mala del todo. No te fíes, y te lo digo con cariño. Si les quieres jubilar, jubílales. Pero mándales al asilo. Si te descuidas, esa gente joderá a España. Y España es todo lo que tenemos, lo único que tenemos quienes nacimos en la clase trabajadora.

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(1) Murray, D. La masa enfurecida. Ediciones Península. Barcelona, 2020.




24 de des. 2020

Cuento de Navidad en la carretera


Pasé la Nochebuena de hace algunos años en una pensión de carretera. Estaba casi vacía. Salvo un par de camioneros, de países que antaño fueron comunistas, no había nadie más. Y la familia que regenta la pensión, claro, una madre cansada y muy mayor y su hijo discapacitado, que ejercía de recepcionista con una sonrisa triste. La pensión está en un lugar de la Meseta, azotada por el cierzo, y sobre la cual se abatía un aliento gélido y apesadumbrado, lleno de pena.

Yo iba camino de una casita que me habían prestado, en un pueblecino a mil kilómetros de mi ciudad. Eso sucedió hace años, en la edad de la vida cuando todavía me llamaban "joven". Había decidido vivir con lo mínimo, casi con nada. Me quise desprender de todo lo que me sobraba, y como resultaba difícil tirar muebles y ropa y objetos, lo que hice fue irme yo, dejándolo todo. Con el coche avejentado que tenía entonces me lancé a la carretera. Solo me llevé lo que cabía en el maletero.

Quería ser pobre en una tierra de pobres, y sabe Dios que lo conseguí.

La casa que me habían prestado era una casa casi abandonada que está en la ribera del Tajo, muy cerca de la frontera con Portugal. A medio camino y antes de llegar a Madrid, ya entrada la noche, un coche de la Guardia Civil me obligó a pararme, con un juego de luces multicolores.
-¿Sabe usted que lleva una luz trasera fundida? -me dijo el hombre, bastante joven, metido dentro de un anorak que le llegaba hasta las orejas. -¿Va muy lejos?

Le respondí con la verdad. Incluso le confesé el nombre del pueblo adonde me dirigía. Valencia de Alcántara. Me faltaban algo más de 500 kilómetros, según me dijo después de un cálculo muy rápido. Luego se quedó en silencio, meditando, como si algo le hubiese ensimismado. "Conozco el pueblo", dijo. "Vaya qué casualidad. Y ¿que le lleva allí?".

Le dije la verdad otra vez: que estaba huyendo de Cataluña y posiblemente de mi. El tipo se quedó pensativo de nuevo, y a mi se me hizo evidente que le había tocado una fibra del alma. Pero entonces hubo algo que se le pasó por la cabeza y le llevó a dudar. Creo que, por un instante, la posible simpatía dejó paso a la sospecha. Al fin y al cabo, su trabajo es sospechar. "Abra el maletero", dijo, ahora en un tono más serio, repentinamente profesional.

Contempló el maletero repleto hasta arriba. Lo alumbraba con la linterna. Intenté mirar mi maletero con sus ojos y me di cuenta de que aquello era un contenedor de basura: libros desparramados, ropa en fardos mal pertrechados, zapatos viejos, un ordenador anticuado, y mi títere descoyuntado encima de todos los trastos, medio envuelto en una mantita gris con una cenefa roja.

Su sospecha se convirtió en algo parecido a la pena. Me miró con compasión, creo. Cuando un hombre más joven te mira así sucede algo muy difícil de explicar, y es algo que solo sabe quién lo ha vivido. Quizás los emigrantes ilegales pueden contar eso.
-Mis padres se marcharon de ahí y jamás volvieron -murmuró- Es curioso... y usted se va para allá...
-He decidido cambiar de vida -dije mientras intentaba esbozar una sonrisa- Bueno, empezar otra vez. Por eso no me llevo nada.

¡Nada! Escuché esa palabra pronunciada por mis labios y avergoncé enseguida de haberla pronunciado. "Nada" significaba un maletero lleno hasta arriba, además de un coche que, por más desvencijado que estuviese, todavía era un coche que anda. Es muy posible que un africano, un peruano o un afgano tengan otro concepto de "no llevarse nada", un concepto bastante más ajustado al significado de la expresión. Creo que ellos son más precisos cuando hablan. Por eso me reí por dentro: en ese instante me di cuenta de que uno no se libra nunca de ciertas manías, de ciertos tics, de eso que llaman "cultura" y que es lo que hemos heredado de las generaciones precedentes. ¡Qué difícil es dejar de ser catalán! estuve a punto de pronunciar en voz alta.

-Supongo que no pretenderá usted conducir hasta el pueblo sin parar ¿verdad? Con una luz fundida no es buen plan, y además seguro que otra patrulla le va a parar y quizás le multen... Mire, a sólo unos diez minutos de aquí hay una pensión. Barata, apañada. Para transportistas. Quédese a dormir allí.

Hice lo que me había sugerido, más por cansancio que por obediencia. Encontré la pensión y dejé el coche en el aparcamiento junto al edificio, me metí un cepillo de dientes en un bolsillo y unos calzoncillos limpios en el otro y entré, pedí una cama y me quedé dormido al cabo de pocos minutos. Recuerdo que me cobraron mil pesetas. Pero no tengo ningún otro recuerdo de aquella noche. En mi memoria, es como si hubiese dormido en una cama que flotaba en una nada negra, insípida, inodora. Sabía que era Nochebuena y mañana Navidad, pero ese pensamiento no me inspiraba nada. Nada en absoluto. Solo se que floté en una oscuridad abisal.

A la mañana siguiente bajé a tomar un café. El hombre estaba abstraído contemplando el televisor, en donde pasaban un inventario de los sucesos más mortíferos del año que terminaba. Cuando salí al exterior me di cuenta de que había algo raro en el coche. Atrapada por el limpiaparabrisas, una hojita de papel se agitaba con la brisa, como un insecto torpe que pretende volar. El cierzo había cejado. Era una nota escrita en letra azul y menuda, sin firma. "Debe cuidar mejor de sus cosas. El maletero estaba abierto". El texto de la nota quizás no es exacto, ya que no me fío de una memoria que jamás ha sido muy de fiar. Pero el sentido era este, exactamente este.

Abrí el maletero, temiendo que lo iba a encontrar vacío. En los brevísimos segundos que transcurrieron mientras me precipitaba hasta la portezuela, intenté escudriñar dentro de mi para saber si prefería encontrarme sin nada -pero ahora de verdad de la buena- o si prefería conservar mis cositas. Lo abrí. Estaba todo ahí, tal como lo recordaba. Sólo había una única diferencia: la linterna del guardia civil encima del títere. Le había cogido las manitas y se las había puesto como abrazando a la linterna, tal como se abraza a un niño muy pequeño, a un perrito o a cualquier ser desvalido.

Hoy todavía conservo el títere y la linterna.

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La primera versión de este cuento de navidad se publicó, en el blog, en las navidades de 2017. La versión presente está revisada y modificada aunque los cambios son sutiles y parecen remitir al juego de "Encuentre las 7 diferencias". A medida que uno cumple años, tiende a pensar que todo lo que acontece ya está visto, aunque siempre se puede jugar a encontrar las siete (o las 3) diferencias.

22 de des. 2020

En català t'ho diré, perquè ho entenguis bé

Heu matat la llengua de la meva mare, però no ho podeu entendre. Ni ho podreu entendre. Potser ho entendreu quan sigui tard, com tot: hom comprèn quan ja és tard.

Heu matat la llengua catalana amb el vostre procés. Heu matat una llengua. La llengua de la meva mare ha mort a les vostres mans. L'heu feta antipàtica. I després d'antipàtica, inservible. Una llengua antipàtica ja no és una llengua útil. Una llengua antipàtica i inútil deixa de ser una llengua i esdevé una peça de museu, tan seca i tan eixuta com una mòmia peruana.

Heu trencat el consens. Heu liquidat la llengua de la mare. No es parlava als patis de les escoles i vau voler vigilar els patis de les escoles. Vau voler vigilar els carrers. Vau voler imposar una llengua que es feia inservible. Vau ser antipàtics, grollers, solemnes, estúpids. I així us vau carregar la llengua de la meva mare. No vau entendre res.

Vau ser rucs de tant patriotes que foreu. No hi ha res com els nacionalistes per anorrear el país que mai no fou. Quan ho teníeu tot a favor, us ho vau carregar tot. Ara teniu un erm, el vostre erm, l'erm que sempre vau voler ser: el desert us espera. La vostra identitat sempre fou l'erm, el camp buit, el no-res. Aquí el teniu. Aquí teniu el que vau voler ser. Vau voler desaparèixer i heu desaparegut. El món no us mira. Ni us trobarà a faltar.

20 de des. 2020

Jordi Cafca i Puigdengolas, tu candidato indepe

Jordi Cafca, en una instantánea tomada en 1992

Jordi Cafca i Puigdengolas (1954) nació en el barcelonés barrio de Gracia, barrio lleno de gracia progresista, ecológica y sostenible. Actualmente retirado, Jordi vive en una bella población de la Costa Brava junto a su joven y bella tercera esposa, Grunilde Eve Marie von Eschenbach Holstein-Strümpfen zu Sayn Wittgenstein (2001), de origen humilde y catalán, hija de un modestísimo porquerizo de Torelló. Como su nombre indica.

Jordi es muy transversal.

Su padre, Baldiri, heredó Tejidos Cafca del fundador, Arsenio Cafca i Borràs, que creó el negocio en mayo de 1939. Durante décadas Tejidos Cafca fue la empresa proveedora de cortinas, sábanas y cubrecamas de varios prostíbulos barceloneses, de un par o tres de palacetes de Pedralbes, de un obispo y de dos banqueros, uno de los cuales muy nacionalista. Un negocio familiar pero próspero, modelo de la industriosa industria textil catalana.

Sin embargo, los años no pasan en balde. Jordi Cafca se vendió Teixits Cafca a un grupo de inversores de Delaware y se largó a vivir a la casita que Arsenio había levantado en un páramo de Begur (Costa Brava), la misma casita en la que Baldiri, el falangista, invitaba a las dependientas más jóvenes del negocio familiar. Baldiri convirtió la casita de pescadores en una villa de diseño. De diseño más bien zafio, antropológico y nacionalista. Pero diseño al fin y al cabo.

Entre las piezas que decoran la chimenea hay una reproducción en escayola de la Virgen de Montserrat que todo el mundo adora, aunque algunos le quitan la bola para que les sostenga el rom cremat tras un par de habaneras a cargo de Els tres Jordiets, dos de l'Escala i un de Sant Feliu. En el jardín, un Timbaler del Bruc de granito hecha agua por la boca a un estanque con cuatro nenúfares y dos peces amarillos. Los nenúfares son muy caros y los peces comen muchísimo.

Jordi, una vez instalado en Villa Cafca, remodeló la casita. Le añadió un piso, un jardín francés y un claustro de inspiración románica, pero del románico catalán. Todo el mundo sabe que el románico catalán es distinto a los demás románicos de la península y del mundo. Le dio un toque todavía más catalán, si se puede: levantó una réplica del Cavall Bernat en la cabecera de la cama principal, hizo construir un Palau dels Canonges en miniatura en el jardín (cerca de la estatua del Timbaler) y un busto del presidente Joaquim encima del depósito de retrete. Luego inscribió, en latín, una frase sobre la libertad de los presos políticos. La inscribió en la fachada posterior, la que da al mar y nadie la ve: uno debe mostrarse sin ser visto. Lo hizo así por prudencia. La prudencia también la heredó. Su padre, Arsenio, siempre tuvo la prudencia por divisa: a sus dependientas preferidas les ponía pisitos en barrios discretos. En barrios discretos y pobres, sobra decirlo: todas alojadas entre San Cosme y Bellvitge.

Cuando se terminó el dinero de Delaware, Jordi se preocupó del futuro por primera vez en su vida. De modo que, ni corto ni perezoso, Jordi se hizo independentista del sector furibundo pasivo-agresivo.

-¿Cómo puedo forjarme una carrera política en Cataluña y, si Dios quiere, en España? -se preguntó.

Jordi Cafca i Puigdendolas se abrió una cuenta en Tuiter (@jordillibertat) y dedicaba las tardes a escribir soflamas independentistas entre los gin tonics de las cinco y los daikiris de las seis. Se ganó un lugar entre los grandes y obtuvo más de 20.000 seguidores. Se proclamó víctima del expolio español, víctima de la persecución horrorosa y de la represión sin límites del siniestro Estado Español, cifró el déficit fiscal en una cifra astronómica, culpó de todos los males a España, afirmó que Juan Marsé era un escritorzuelo infame y un traidor a la patria. Lo mismo dijo de Eduardo Mendoza y de Zafón. Afirmó que el camarero peruano del Bar Levante --en donde a veces se toma un cafelito y la pasta que va de regalo-- es un colono despreciable y promovió una campaña en su contra, y prometió no cesar hasta que echasen a la calle al camarero colonizador. Hizo lo mismo con el local de Marcelo, la pizzería argentina del paseo marítimo. Y luego otra vez lo mismo con la panadería en donde trabaja Gladys, la ecuatoriana. Luego cambió de tema y arremetió contra los hombres que les pegan a sus mujeres. Pero no por la violencia, si no por el idioma del violento: Los maltratadores son castellanohablantes, escribió (en catalán).

3543 likes en el primer día. 45.000 al cabo de una semana, gracias al retuiteo de un tal Mark.

Jordi Cafca recibió una llamada des de Waterloo unos días atrás.

-Hola Jordi, com estàs? dijo una voz aflautada y gangosa. Y añadió: -El país et necessita. Catalunya, Catalunya, Catalunya. Sempre Catalunya. Ja saps de què et parlo. Saps de què et parlo?

-De Catalunya, respondió Jordi el transversal: Crec que em parles de Catalunya. Vaig bé?

Luego coincidieron en que los catalanes están oprimidos. Jordi le susurró que no le llegaba para el cloro de la piscina y que andaba escaso de hielo y hierbabuena para los mojitos. ¡Puta España! concluyeron ambos.

Jordi aceptó la propuesta gangosa. El salario de un diputado regional no es algo que se pueda rechazar y supone un buen flotador. En tiempos de incertidumbre.

Jordi va en el puesto número 13 de la lista nacionalista de Waterloo. Le pueden votar en el Día de los Enamorados de 2021.

17 de des. 2020

Bajo un régimen de no-discriminación


Paradojas contemporáneas. En el mundo que vela, con cuidado exquisito, por no discriminar a ningún colectivo minoritario, le pueden discriminar a usted por formar parte de un colectivo mayoritario. De modo que el opresor se puede convertir en oprimido. Y viceversa. 

¿Qué pasará cuando el colectivo mayoritario se convierta en minoritario por obra de la política de discriminar al mayoritario en favor del minoritario? ¿Será el nuevo minoritario --antes mayoritario-- objeto de una política de no-discriminación para compensar su minoría? ¿Hemos entrado en un bucle tragicómico?

Lo contaré con un ejemplo catalán. Si usted escribe en castellano en Cataluña y le presenta un proyecto de cine, de literatura o de teatro a la administración regional, la dicha administración le dará menos valoración que a un proyecto escrito en catalán. ¿El motivo? Muy evidente: proteger a la lengua minoritaria. Las causas pequeñas, las perdidas y la locas siempre han resultado muy atractivas, por ese romanticismo que nos emponzoña los dos últimos siglos. O por la cosa nacionalista.

Otro ejemplo: si usted es hombre tiene menos posibilidades de obtener el beneplácito de la administración. Hay que favorecer al colectivo oprimido. Muy bien. No seré yo quien niegue lo que Felipe González llamó la deuda histórica. Estoy de acuerdo con González: tras décadas de desinversión estatal en Andalucía, Andalucía merecía un trato especial para compensar el antiguo desprecio. Y hay que hacer lo mismo con otras circunstancias, tanto regionales como de cualquier otro colectivo. Pero... ¿hasta dónde y hasta cuándo? Y en cualquier caso: ¿cuándo fue discriminada la inversión en Cataluña?

Lo malo --lo paradójico-- llega cuando la compensación desequilibra de nuevo, esta vez hacia el otro lado de la balanza.
¡Qué difícil, diablos, qué difícil es equilibrar una balanza!
Siempre he creído (y lo sigo creyendo) que la cultura y la civilización son lo opuesto al darwinismo, pero también creo que son lo opuesto al darwinismo inverso.

Volvamos al caso del catalán: la administración catalana prima la producción en lengua catalana. Es decir: discrimina a la lengua castellana en nombre del principio de no-discriminación. ¿Se dan cuenta?

Por otra parte, hay algo más que chirría: si cuando la administración regional da cifras sobre conocimiento y uso del catalán en Cataluña se jacta de que el 90% de la población lo entiende, lo lee y lo habla... ¿dónde está la necesidad de discriminar al castellano para favorecer al minoritario y al oprimido? ¿En qué quedamos?

Yendo como vamos hacia una campaña electoral catalana con uñas, dientes, zarpas y puñales, es posible que escuchemos propuestas y promesas de lo más pintoresco.

No me extrañaría nada que la troupe circense de Borràs y Canadell dijesen que, para compensar la colonización española de Cataluña, subvencionarán a cuántos catalanes estén dispuestos a colonizar parte de Aragón o de Murcia. Para compensar el viejo agravio.

El asunto da para un ensayo de 400 páginas, pero es tarde, estoy cansado y formo parte del colectivo de los cansados. Y me pregunto: los cansados... ¿somos minoría o mayoría? Si somos mayoría lo tenemos mal.