29 de des. 2019

La mà d'en Virgili, professor emèrit d'institut

Resultat d'imatges de virgilio dante

La mà de Virgili és la que guia el narrador de la Comèdia fins que, arribat en un lloc determinat, la hi deixa anar i li etziba: a partir d'aquí apanya't tu sol, que jo me'n vaig. Dit i fet: en Virgili se'n va tot seguit. Si te he visto no me acuerdo. És una de les millors escenes de ruptura emocional mai escrites, i amb una economia de llenguatge envejable: tant de bo tots en sabéssim tant quan es tracta d'enviar a dida l'amant, la muller o el marit.

Aquest Virgili del qui parlo és el poeta llatí que el Dante va reviure per fer-lo personatge d'una de les obres més estranyes i enigmàtiques (i més sublims) de les lletres, un text que va inaugurar el gènere de l'autoficció i que va elevar el del fantàstic fins a cotes mai assolides fins llavors, ni mai superades després. Potser podríem parlar de Philip K. Dick arribats en aquest punt, però ho deixarem per a un altre moment.

A Catalunya i al segle XXI ens ha aparegut un altre Virgili, un senyor que es veu que és professor emèrit d'institut, una categoria que no acabo d'entendre però que em temo que deu voler dir: vaig ser professor d'institut i ara estic jubilat, i bellament jubilat per cert, amb una bona paga a càrrec d'Espanya.

El nostre Virgili no ens havia acompanyat enlloc, però això no li reca per deixar-nos anar de la mà: no sou catalans, ens diu als qui, malgrat haver nascut a Catalunya (com si no tinguéssim prou pena per haver nascut a Catalunya), no som independentistes. No sou catalans, ens diu, sou feixistes residents a Catalunya. El senyor Virgili català jubilat al segle XXI em nega una part de la meva identitat, cosa que no em molestaria gens perquè la identitat nacional és cosa que no em traurà mai el son si no fos perquè m'atorga, graciosament, una identitat que no coneixia: em dóna la identitat de feixista resident. Desconec a quina legislació m'he d'atendre a partir d'ara. Ho consultaré a la Secretaria general de l'Onu, a veure si tenen res previst per als feixistes residents a Catalunya.

Al senyor Virgili, catedràtic emèrit d'institut, m'agradaria dir-li que, a mi, ser català m'interessa tant com ser una gamba o un escamarlà. És més: haver nascut a Catalunya no m'ha fet mai cap punyetera gràcia. Tinc desenes de llocs on m'hagués agradat néixer, entre els quals hi ha Brooklyn, Camden Town, la Rue Furstenberg, l'illa de Socotra, Guadix, Porto, Hervás i molts d'altres entre els quals hi ha, fins i tot, Laujar de Andarax, el poble on s'exilià Boabdil un cop desposseït del seu regne.

Ja ho veu, senyor emèrit: ser català o no ser-ho m'interessa tant com a vostè li interessa la democràcia. El que ja no accepto de tan bona gana és que em tracti de feixista, tot i que, venint de vós, aquesta categoria no em fa ni fred ni calor. ¿Què vol dir "feixista" segons vós? ¿Sap el senyor emèrit què feien els nazis alemanys amb els alemanys jueus? ¿Coneix què deien les lleis de Nüremberg del 1935, promulgades pel règim nazi, i on es negava la identitat alemanya als jueus alemanys? Suposo que el catedràtic emèrit anomenat Virgili no les coneix: hom pot ser catedràtic, i hom pot ser catedràtic emèrit però també pot ser, alhora, un ignorant integral. I àdhuc un cretí integral.

Es comença per negar la identitat regional i s'acaba per la solució final.

Senyor Virgili català emèrit: a mi, que vostè em deixi anar la mà m'agrada i em tranquil·litza: el tacte de la seva mà freda, suada i libidinosa no m'agradava gens. Preferiria anar de la mà d'un batraci que de la seva, què vol que li digui.

Més informació sobre el senyor Virgili, catedràtic emèrit de l'institut Jordi Goebbels i Turull, aquí:
https://www.diaridegirona.cat/opinio/2019/12/27/llagostins-virgili/1020865.html

_______________________
VERSIÓN CASTELLANA:

LA MANO DE VIRGILIO, PROFESOR EMÉRITO DE INSTITUTO

La mano de Virgilio es la que guía al narrador de la Comedia hasta que, llegados a un lugar determinado, la suelta y le endilga: a partir de aquí apáñatelas como puedas que yo me largo. Y justo después Virgilio se va. Si te he visto no me acuerdo. Es una de las mejores escenas de ruptura emocional jamás escritas, con una economía de lenguaje envidiable: ojalá todos supiéramos tanto cuando se trata de mandar al garete a la amante, a la mujer o al marido.

El Virgilio de quien hablo es el poeta latino que el Dante revive para hacerlo personaje de una de las obras más extrañas y enigmáticas (y más sublimes) de las letras, un texto que inauguró el género de la autoficción y que elevó el del fantástico hasta cotas nunca logradas hasta entonces, ni jamás superadas después. Quizás se podría hablar de Philip K. Dick , pero lo dejaremos para otro momento.

En Cataluña y en el siglo XXI se nos ha aparecido otro Virgilio, Virgili se apellida, es un señor que afirma ser profesor emérito de institut, una categoría que no termino de comprender pero que, posiblemente significa: fui profesor de instituto y estoy jubilado, bellamente jubilado, con una buena paga a cargo de España.

Nuestro Virgilio catalán no nos había acompañado nunca hasta ninguna parte, pero eso no le impide soltar-nos la mano y espetarnos: no sois catalanes los que habéis nacido en Cataluña (como si no tuviéramos bastante pena por haber nacido aquí), pero no sois independentistas. No sois catalanes, nos dice, sois fascistas residentes en Cataluña.

El señor Virgilio catalán jubilado en el siglo XXI me niega una parte de mi identidad, cosa que no me molestaría ni lo más mínimo, porque la identidad nacional es cosa que no me quitará el sueño, si no fuese porque me otorga, graciosamente, una identidad que desconocía: me da la identidad de fascista residente en alguna parte. No se a qué legislación deberé atenerme a partir de ahora. Lo consultaré a la Secretaría General de la ONU, para saber si tienen algo previsto para los fascistas residentes en esta bella región.

Al señor Virgili, catedrático emérito de instituto, me gustaría contarle que, a mi, ser catalán me interesa tanto com ser una gamba o un langostino. Es más: haber nacido en Cataluña no me hace ni puñetera gracia. Tengo decenas de lugares en donde me hubiese gustado nacer, entre los cuales está Brooklyn, Camden Town, la Rue Furstenberg, la isla de Socotra, Guadix, Porto, Hervás y muchos otros, entre ellos, Laujar de Andarax, el pueblo en donde se exilió Boabdil una vez desposeído de su reino.

Ya lo ve usted, señor emérito: ser catalán me interesa tanto como a usted le interesa la democracia. Lo que ya no le acepto es que me trate de fascista por no pensar como usted, aunque, viniendo de vos tal sandez, me deja indiferente. ¿Qué debe significar "fascista" en vuestro vocabulario emérito? ¿Sabrá el señor catedrático lo que hicieron los nazis alemanes con los alemanes judíos? ¿Conocerá acaso, el emérito, lo que fueron las leyes de Nüremberg de 1935, en donde se negaba la nacionalidad alemana a los judíos alemanes? No, supongo que no lo conoce: de otro modo no se atrevería a usar argumentos nazis para acusar de fascista al discrepante, no, imposible que conozca esos detalles de la historia: uno puede ser catedrático y ser, a la vez, un ignorante integral. Un cretino integral.

Se empieza por negar la identidad regional al que no piensa como tu y se termina por dar con la solución final.

Señor Virgilio, catalán y emérito: a mi, que usted me suelte su mano me gusta e incluso me tranquiliza. El tacto de su mano fría, sudorosa y libidinosa, mano blanda y blanquecina de patriota, no me gusta nada. Preferiría ir de la mano de un batracio antes que de la suya.

28 de des. 2019

La soledad de Krajina (y la cuestión de Tabarnia)

Imatge relacionada
Vukovar durante la guerra.

Lo que cuenta la prensa no se puede creer a pies juntillas. Pero está bien que esos señores (y señoras) estén negociando, sentados, bien comidos, con el aspecto de haber regado bien la comida. Además, en Madrid se come muy bien. Está bien que intenten devolver el asunto a la política y que se hagan reconocimientos mutuos. Habría muchas cosas que matizar, pero así a grosso modo, digamos que está bien lo de hablar y negociar. Parece más civilizado. Aunque, a mi, los jueces como Marchena y Llarena, las leyes y los tribunales también me parecen un buenísimo ejemplo de civilización, de democracia y de inteligencia. Me gustan Marchena y Llarena.

Creo que los independentistas le han pedido al futuro gobierno que reconozca la existencia de algo llamado "conflicto catalán", que para ellos es un conflicto territorial entre una región y un estado, España. Para mi el conflicto catalán siempre ha sido otra cosa: el conflicto de convivencia entre catalanes que han creado una parte de los catalanes. Una parte que, aún siendo minoría, se otorga la legitimidad, excluye de catalanes al resto y asume, por lo tanto (abracadabra) que lo que ellos quieren es lo que quiere Cataluña. Me gustaría que los negociadores catalanes aceptasen esa segunda acepción del conflicto. Si no lo hacen, no habremos negociado nada de nada. Si no lo hacen, los catalanes que no somos independentistas nos habremos quedado solos, genuinamente solos.

Mientras pensaba en esas cosas (y en qué cocinar al mediodía), el libro que ando leyendo me sorprende con un capítulo dedicado a la república serbia de Krajina, un suceso casi olvidado que aconteció alrededor del año 90 del siglo pasado, durante las guerras en los Balcanes. Cuando Croacia se hubo independizado, una gran región del nuevo país (cuya bandera es la bandera que le diseñaron los nazis) intentó independizarse de Croacia, a su vez, para integrarse en Serbia: sus habitantes eran, mayoritariamente, de origen serbio. El ejército federal yugoslavo (lo que quedaba de él) se desentendió del asunto, y la guerra quedó en manos de las milicias pro-serbias y de las croatas. Se masacraron los unos a los otros. La región, esa Krajina que dio nombre a una república efímera, fue devastada. Su ciudad más importante, Vukovar, arrasada varias veces por las artillerías de ambos bandos.

La guerra balcánica avanzaba en otros frentes y, aunque Serbia les prometió a los habitantes de Krajina que no les abandonaría, usó Krajina como pieza para negociar otro asunto y, finalmente, se olvidó de Vukovar y de los serbios que habían quedado del lado de la república Croata. Que no fueron muchos, a decir verdad: muchos miles murieron (jamás se llevó al tribunal de La Haya a ningún militar croata) y muchísimos otros miles huyeron y emigraron hacia Serbia, que les acogió con desánimo. Los serbios de Krajina quedaron solos, a merced de una negociación lejana, abandonados a su soledad por obra de un cálculo estratégico. Uno se puede detener a pensar en la soledad de aquellos serbios de Vukovar: campesinos, peones, maestros de primaria, tenderos, obreros.

Cuando alguien planteó por aquí la hipótesis de Tabarnia, no se supo si se trataba de una broma, de una broma inteligente, o si de veras había un proyecto político detrás. Recuerdo haberlo comentado con algunos conocidos, y casi todos opinaron lo mismo: plantear la secesión de Tabarnia respecto de una hipotética Cataluña independiente sería terrible, un paso hacia la balcanización de España. También me dijeron: si se proclama la autonomía de Tabarnia, incluida en España y fuera de Cataluña, nos olvidamos de nuestros hermanos españoles de Lérida, de Gerona. No estaría bien abandonarles, dejarles solos en esa Cataluña excluyente, me dijeron. Acuérdate de Krajina, recuerdo que me dijeron.

Es cierto: en Croacia hubo otras regiones que no querían ser croatas aparte de Krajina, y todas fueron olvidadas. Hubo grandes desplazamientos de personas, exilios masivos, miles de familias que lo perdieron todo, que tuvieron que marcharse con lo puesto de los lugares en donde habían nacido, que habían amado, que fueron su paisaje, su pequeño país. Todo eso pasó en nombre de derechos "nacionales", de derechos inventados sobre la marcha y respaldados por armas, la ley del fuerte, las razones del poderoso que se otorga la mayoría. En nombre, por otra parte, de negociadores que buscaban equilibrios políticos o algo así. Croacia consiguió ser un estado pero es un país triste con una bandera nazi, su democracia es más que dudosa y allí mandan, más que nadie, los oligarcas locales, los hijos de los croatas que se aliaron con los alemanes para joder a Serbia y más que nada para joder al socialismo. En todo ese lío, tremendamente complicado, los serbios de Krajina se quedaron solos. Y luego fueron vendidos.

Lo que me impresiona de veras es imaginarme la soledad que debieron sentir los serbios de Krajina, la soledad genuina e inenarrable que sintieron. Es posible que algunos de esos serbios optasen por quedarse. Quizás hoy todavía protestan, ellos o sus hijos, seguro que si protestan lo hacen en voz tenue y son inaudibles para el mundo. Quizás alguno escribe algo al respecto, lo ignoro. Nadie escribe sobre ellos, nadie les menciona como héroes.

23 de des. 2019

Cosas que pasan en Aranda (cerca del Duero)

Resultat d'imatges de pomells de joventut
"Pomells de Joventut" fue la antesala del movimiento Scout catalán, y ya por aquellos años fue una organización oscura,
en donde la pederastia y la violación encontraron una vía.

Cuando tenía unos 15 años militaba (el verbo "militar" es incorrecto pero se aproxima) en una de las muchas organizaciones excursionistas catalanas, de aquellas que desfilaban con un fular y con un uniforme. Pertenecíamos a los Minyons Escoltes i Guies de Sant Jordi. A mi no me gustaban mucho ni los fulares ni los uniformes, pero ahí estaba, con la terquedad del adolescente que desea ser integrado. Por mi edad, aquella organización me ascendió a un cierto grado, algo así como a cabo, por decir un cargo: ese tipo de organizaciones jugaban a una imitación catalana y folclórica de la cosa militar. Estábamos muy jerarquizados, se llevaban galones, insignias, una parafernalia paramilitar muy común en aquellos tiempos. Recuerdo que muchos de mis compañeros esperaban, deseosos, el momento en que el ejército les llamaría a filas. Eran los tiempos de la mili obligatoria. Yo ignoraba que iba a ser objetor y luego insumiso, y quizás lo fui gracias a mi desagradable tránsito por los Minyons Escoltes y por razón de los sucesos que voy a relatar ahora, 40 años más tarde.

El caso es que un oficial superior a mi (soy incapaz de nombrar rangos), un chico de unos 18 años, tipo ególatra, parlanchín, presuntuoso y provisto de un catalanismo de "piedra picada" nos invitaba a menudo a merendar en su casa. Ya por aquellos tiempos antiguos, el chico solía hablar de la nación catalana con desparpajo. Él estaba a punto de ser llamado a la mili, y aseguraba de que se formaría en el manejo de las armas y la estrategia para, en un futuro, construir un ejército guerrillero catalán. También hablaba de Esquerra Republicana, que por entonces estaba liderada por un tipo llamado Heribert Barrera. El comedor de su casa estaba presidido por un cuadro enorme, enmarcado en oro, en donde se perfilaba la silueta siniestra de la montaña de Montserrat. En cada esquina del cuadro había un figurón, a saber: el rostro impenetrable de la Virgen negra, el rostro pálido del president Macià, el rostro serio y acojonante de Mossèn Cinto Verdaguer con barretina y por fin, en el ángulo inferior derecho, en donde termina la mirada, la efigie hierática del obispo Jaime Balmes, el que escribió la frase "Cataluña será cristiana o no será" en el corazón de miles de catalanes. Esa imagen tremebunda presidía aquellas meriendas, que sucedían bajo la supervisión atenta pero disimulada del padre (presidente honorífico de la asociación de Minyons Escoltes) y la madre del joven oficial excursionista, mujer discreta y sigilosa, monjil y beata, que solo intervenía para recriminarnos las palabras soeces. Aunque recuerdo aquellas escenas como se recuerda el sueño de una siesta demasiado larga, las recuerdo con más nitidez de lo que preferiría. A día de hoy, los dos progenitores del alto oficial deben estar muertos, así como lo están los míos.

Al final del verano (quizás el de 1979) nuestro joven oficial se vio envuelto en un asunto turbio. Al regreso de una acampada de fin de semana en la falda del Cadí, lado sur, cerca del pueblecito de Josa, una niña del grupo, de 13 años, denunció que había sido forzada en una de las tiendas de campaña por el comandantín. La denuncia de la niña se consiguió mantener en silencio durante algunos días, pero al final el rumor se extendió demasiado, y la oficialidad del Club de Minyons Escoltes no tuvo más remedio que afrontar el asunto. A los oficiales inferiores como yo se nos convocó a un Consejo sumarísimo, una noche, en el local social, en la bonita Vila de Gràcia. Hubo una larga exposición de los hechos, pormenorizada y prolija. Hablaron el presidente honorífico (el padre del acusado), el presidente ejecutivo (un empleado gris del Banco Popular) y los demás altos cargos. Expusieron que el joven acusado, llamado a ser el futuro líder, era víctima de una conspiración maligna. Pero la exposición del caso derivó enseguida hacia otro terreno: la niña denunciante era una mala persona, demasiado guapa y, por consiguiente, perversa. La niña, de la que no diré el nombre, era una chica monísima, rubia, grácil, muy coqueta. He conocido a decenas de niñas de las mismas características durante mis años como docente y varias veces he pensado: ojalá no se encuentren con un desgraciado incapaz de interpretar los datos que les brinda su mente retorcida de machito español o de machito catalán, que es lo mismo, o de machito a secas.

En aquel consejo nocturno, los altos oficiales propusieron que la solución al conflicto generado por una menor "calientabraguetas", en sus propias palabras, debía ser la expulsión inmediata y sin posibilidad de recurso por parte de la niña. Votaron. Es decir, votamos. Recuerdo mi estómago revuelto, mi asco. De repente, todas aquellas personas que estaban a mi alrededor y en quienes yo había confiado ciegamente se me aparecieron como seres abyectos y despreciables, tipos asquerosos. Yo me abstuve en la votación. Una votación en la que la niña fue expulsada con deshonor por todos los votos a favor de la expulsión menos una abstención. Pocos días después fui invitado a dimitir y a largarme, cosa que hice. Pero siempre me quedó el resquemor, la desazón. Me odié durante tiempo y creo que ahora, 40 años más tarde, todavía me duele mi cobardía. Aquella noche descubrí que podía ser muy cobarde y pocos días después, cuando fui invitado a largarme, descubrí lo más horrible: que mi cobardía no solo no había servido para nada, si no que me condenaba al ostracismo de los demás y de mi mismo.

Recuerdo también mi último día en la organización excursionista paramilitar: el presidente ejecutivo me obligó a entregar las llaves del local, muy serio. (Los cargos intermedios y bajos gozábamos del privilegio de las llaves del reino). Estuvo seco y antipático, como una esfinge. Me fui cabizbajo y me sentí enormemente desgraciado. No era capaz de procesar la cadena de los sucesos. Antes de llegar a la primera esquina, camino de mi casa, herido y vencido, me crucé con el padre de la niña acusada. Le vi más perplejo y consternado que indignado. Él estaba tan derrotado como yo. Creo que iba al local de la organización a recoger algunas pertenencias de su hija. La mirada de aquel hombre no la he podido borrar jamás de mi memoria. Es más: creo que me vio y apartó su mirada de mi, ya que no le quedaban energías para comunicarme lo que pensaba de mi: que yo, igual que los demás, estuve despreciable en aquella votación. En mi abstención había una asquerosa cobardía, una fea mediocridad moral.

He tardado exactamente 40 años en escribir sobre aquel suceso. Creo que lo reescribiré más adelante, con más calma. Pero reconozco cual ha sido el hecho me ha llevado a recordarlo, como en una maldición eficaz. Me ha llevado a recordarlo la lectura de algunas reacciones al caso de la niña violada por unos futbolistas de Aranda de Duero. Ha sucedido de nuevo. Esta vez no me voy a callar, no me voy a abstener.

Si algún día me decido a escribir el libro negro de la Cataluña actual que planeo a veces, en el duermevela, voy a empezar por allí, por el instante en que fui un cobarde y no supe enfrentarme a unos machitos de mierda.

22 de des. 2019

Navidad en la escuela aconfesional de Zaïd


Llega la navidad a la escuela y Zaïd, con esa mirada limpia de los diez años, contempla los preparativos, la ilusión con la que su maestra decora el aula y les invita a preparar una bonita manualidad navideña, con purpurina dorada, estrellas doradas y guirnaldas doradas. Zaïd lo contempla y le gusta. Hay que ver como les gusta el dorado a los niños. ¿Qué diablos tendrá el oro, aunque el oro sea de plástico? Esa manualidad os la llevareis a casa, para felicitar la navidad a la familia. Y así, este niño nacido en el Atlas, cuyos padres emigraron cuando era un bebé, introducirá la natividad de Cristo en un hogar musulmán aunque, en su caso, sea solo levemente musulmán. El padre de Zaïd, a quien conozco bien, es tan musulmán como yo católico. Al padre de Zaïd, Alá le importa lo mismo que a mi me importa Yahvé: nada. Ambos creemos en la igualdad, en la democracia, en los derechos humanos. Presupongo que ambos creemos en la belleza y en la ciencia, y en la bondad, esa creencia metafísica que nos hace hermanos encima de un planeta hermoso, triste, cruel. Hermanos en el desastre colectivo.

Entre las razones que empujaron al padre de Zaïd a emigrar con su familia estaba el hartazgo de un país religioso, en donde la religión se mete en la casa, husmea en la alcoba, se encarama a los fogones, fiscaliza el armario de la ropa y la nevera, cercena las palabras, investiga los deseos, atormenta los sueños. No le pregunté nunca, al padre de Zaïd, si conocía el artículo 16 de la Constitución española, en donde reza: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". La idea que tiene el padre de Zaïd de los países democráticos de Europa es la misma que tienen la mayoría de las personas: se presupone que la democracia es laica. Tuve que contarle el concepto de "aconfesionalidad", que poco o nada tiene que ver con el laicismo. Lo comprendió a medias. Es decir, lo comprendió a regañadientes.

En la escuela de Zaïd el 90% de los alumnos son de origen familiar marroquí, la mayoría de Larache, aunque también hay familias bereberes, de lengua amazig. Luego están algunos cristianos, pero no católicos si no protestantes, de la Iglesia de Filadelfia. Bueno, miento: hay dos familias católicas, pero católicas por costumbre y no por fe, como yo. Esas dos familias llevan allí a sus hijos por una cuestión de medios. Es decir, de falta de medios. Hay que contar las cosas por su nombre.

Un día, la directora les dijo a los docentes que debían trabajar por la calidad de la educación en su escuela con esa idea en la mente: debemos hacer que esta escuela sea la escuela a donde llevaríamos a nuestros hijos. Yo fui preguntando, poco a poco y con discreción. La casi totalidad de las maestras llevan a sus hijos a las escuelas concertadas del centro. Algunas, la mayoría, religiosas, las otras, laicas. Eso es un dato conmovedor, sin duda. Los docentes de la escuela pública llevan a sus retoños a las concertadas del centro. Hay auténticos bofetones para conseguir una plaza allí. Bofetones y fraudes, el más común de los fraudes es empadronarse en la casa de la abuela, que vive en el centro, para ganar puntos en la baremación. Las maestras que matriculan en los centros concertados a sus hijos no lo hacen porque crean que la educación es mejor: no lo creen, y la razón no es nunca la calidad de la enseñanza, y eso me lo reconocen sin pudor alguno. La razón es sociológica: no quiero que mis hijos vayan con esos.

Cuando le preguntas a una maestra de la escuela pública por el concepto de la "diversidad" todo son elogios, pero elogios que solo son eslóganes, frases aprendidas sin ningún atisbo de fe. Ellas creen en el valor de la diversidad como yo en los valores cristianos o del deporte: sin fe. Ellas quieren que sus hijos crezcan al lado de Pol, de Laia, de Marc, de Roger. No al lado de Estefany, de Mamadou, de Mohamed, de Najib, de Yahya, de Alexandru. Y luego está lo otro: ellas quieren codearse con los padres y las madres de Laia y de Pol cuando llegue un cumple, una cenita del Ampa. El padre de Pol trabaja en el Ayuntamiento, la madre de Laia en la Nestlé, y su abuela fue una poetisa local, vicepresidenta del Esbart Dansaire, Potestad de la Sardana, mantenedora del Pessebre Vivent, cantaire en la coral Virolai. Las razones son esas y no otras. La calidad de la educación y la religión, la laicidad y la aconfesionalidad les importan un pimiento. Del mismo modo que les importa un pimiento (y una berenjena) lo que diga el artículo 16 de la Constitución española.

Al padre de Zaïd, como a todo padre, lo que le importa es que su hijo crezca sano, que aprenda, que llegue lo más lejos posible en esa carrera loca de humanos contra humanos, locos por prosperar. Hoy verá como llega Zaïd a casa con esa manualidad dorada que celebra el nacimiento de un Dios lejano, tan dudoso y tan cruel y tan metomentodo como los demás dioses, tan desquiciante como los demás. Para el padre de Zaïd, Jesucristo es un profeta menor pero la tradición más que la fe le obliga a respetarle. No dirá nada. Sonreirá, le dará un achuchón a su hijo. Por la tarde, cuando salga a tomar el aire, se inventará alguna excusa con los vecinos del barrio para justificar que este viernes, una vez más, no irá a la mezquita. Cuando mi padre era joven se inventaba excusas muy peregrinas para justificar su ausencia en la Missa del Gall, y en las bodas a las que le invitaban -yo diría que fueron pocas- salía a fumar a la calle para ahorrarse la dichosa hostia consagrada. Este lío entre religión y tradiciones es un fastidio enorme.

20 de des. 2019

Daisy, casi un cuento de navidad para 2019


Daisy se vino para España embarazada de seis meses. Su barriga, demasiado enorme para un cuerpo tan pequeño como el suyo, le impidió abrocharse el cinturón de seguridad en el avión de Aerolineas Argentinas. Aunque Daisy es de Ecuador y no de la Argentina. Nació en Zacachun, un pueblo cercano a Guayaquil. Daisy no está muy segura de cual es el padre de ese feto que crece y crece y crece. Ninguno de los candidatos estaba dispuesto a hacerse cargo del asunto. Quizás por eso se fue para España.

Daisy se bajó del avión en Barcelona. Descubrió que el avión había aterrizado a algunos quilómetros de la ciudad, en un lugar llamado El Prat de Llobregat, en el delta de un río moribundo y maloliente. Era de madrugada, hacía frío en esa tierra ignota y extraña, con neblina y olor a carburantes quemados, a arena sucia, a mar cansado. Ese fue el primer calvario que vivieron ella y el feto que aumentaba de tamaño, el feto hambriento que crecía en su barrigota. Pensó que durante esos 10.000 kilómetros en el cielo el niño había duplicado su tamaño y su hambre, como por obra de un fenómeno inexplicable.

Daisy contactó con unos parientes lejanos que vivían en La Mina. Se alojó en un pisito de la calle Cristóbal de Moura. Jamás supo quién diablos fue ese tal Cristóbal de Moura. Vivió en un bloque enorme, ciclópeo, un bloque para pobres muy similar a los bloques para pobres que había visto en Guayaquil. Daisy pensó que debe haber un arquitecto omnisciente que ha dibujado los planos de todos los bloques, para ambos lados del Atlántico y para todas las partes del mundo en donde haya pobres que cobijar en nichos de hormigón barato.

Daisy parió a un niño. Un día después del parto la mandaron para su casa. Bautizó al bebé con el nombre de Ricardo. Quizás Ricardo era el nombre de un primer amor adolescente. Quizás Ricardo solo era una ensoñación, un nombre perdido y encontrado a la vez durante una siesta, o a lo largo de una noche de fiebre. Daisy trabajó en el Pryca, en el Carrefour, cuidó a ancianos, a hombres en sillas de ruedas, a un esquizofrénico intratable, a una prostituta retirada con sida que le había estafado 25.000 euros al Banco de Bilbao, a una pareja alcohólica de Hospitalet tutelada por los servicios sociales, a un profesor de antropología jubilado que se había pillado los dedos con la ayahuasca, a un majareta de 18 sin estudios. Algunas veces le pagaban en dinero blanco, otras en especies negras. Ricardo, mientrastanto, creció y aprendió algo en la escuela del barrio, entre gitanillos, moritos, negritos, chinitos, charneguitos y muchos latinos como él.

La primera vez que la policía le trajo a Ricardo a su casa, Ricardo tenía 12. Le habían detenido en un Hyundai Santa Fe robado, junto a otros tres chavalillos latinos, con 30 gramos de marihuana en el bolsillo de los tejanos. "Platiqué con él", dice Daisy, "pero el niño estaba lleno de rabia". Daisy tuvo algunos novios. Uno paquistaní, otro moro, dos negros. Y un catalán bastante mayor, de Olot, a quien conoció por internet. El catalán le duró dos semanas (dos fines de semana) y consiguió sacarle 200 euros. "Él me trataba como a una prostituta, así que le dije que serían 100 a la semana". Tuvo otras aventuras. Alguna vez pensó que daría con una buena pareja, buena y duradera, pero no fue así.

Ricardo apareció muerto en la playa a la que la llaman "Chernóbil" la madrugada de un domingo. No había cumplido los 22 por pocos días. La policía dijo que investigaría hasta las últimas consecuencias. Los Mossos de Escuadra le dijeron que quizás fue cosa de una reyerta entre bandas, de modo que aprovecharon para registrar la habitación de Ricardo y, de paso, el piso entero. Le preguntaron a Daisy por esos billetes de 50 que ella escondía en un bote de pintura para cubrir manchas de humedad en las paredes. Daisy echó cuentas, recapituló. Una vez sacrificado el niño en el altar de Cristóbal de Moura decidió volverse para Zacachun, cerca de Guayaquil.

Daisy no es un personaje de ficción. Existe y yo la conozco. Lo último que se de ella es que, una vez de vuelta en Zacachun, se ha echado un novio, un indio que caza tiburones para los turistas ricos, en Salinas. El indio le ha dicho, muy zalamero, en su primera encamada: "Daisy, tu chucha es como la de una virgen".