Quizás sean los primeros achaques de una mala salud que me recuerda la edad. Quizás no. Jamás he gozado de una buena salud envidiable. Quizás por eso mi afición temprana por la lectura, o quizás es del revés: quizás las lecturas me indujeron la salud precaria. Hace años alguien me dijo "malditos los libros que leímos demasiado pronto". Las lecturas precoces predisponen al niño a la mirada pesimista y al dolor prematuro.
No se cual es el motivo, pero algo me huele a chamusquina en el ambiente. Hace muchísimo tiempo que nadie me dejaba comentarios ofensivos en este blog. La última vez que eso sucedió, hace mucho, las motivaciones no llegué a comprenderlas. Ahora han vuelto: ahora arrecia el asunto nacionalista y vuelven los insultos. El anónimo-pesudónimo dice, más o menos, que no pertenecer a su causa es de locos. Una idea estrictamente democrática, como todo el mundo puede observar: la discrepancia es, para él (para ellos) una enfermedad mental. Que debe ser corregida o aislada. Me acordé de "El alienista", la novela breve y genial del portugués Machado de Assís, que le recomiendo mucho.
Hace un tiempo descubrí que este blog aparecía en un listado de "blogs españolistas", en el foro "Racó català". Vi una lista con algunos de mis artículos, cada uno de ellos seguido por un diagnóstico: el típico catalán con autodio, el argumento españolista clásico, etc. No me molesté. Lo del autoodio siempre me ha parecido muy raro. Creo que, si fuese víctima del autoodio, me daría martillazos en la cabeza, me autolesionaría o algo peor. Y resulta que no solo no hago eso si no que cuido un poco de mi dieta, madrugo, reposo, etc.
Los nuevos insultos aportan nuevas categorías de infamia: "vosotros, los ciudadanos..." me dice uno. Y luego los insultos. Supongo que se refiere al partido Ciudadanos cuando me llama "ciudadano". Soy un ciudadano, en efecto: así me llamó Tarradellas des del balcón cuando dijo "Ciutadans de Catalunya". La Constitución también me trata de "ciudadano". Prefiero ser ciudadano que parte del pueblo, por la misma razón que prefiero ser ciudadano que oveja en un rebaño. Quizás es una ilusión, pero lo prefiero. Prefiero la ilusión de vivir en una democracia que en un sueño feudal y catalán.
Algo huele mal de un tiempo a esta parte. Alguien quiere jaleo. Lo pide, lo busca. La violencia gana adeptos, contra pronóstico. No en Cataluña (no solo aquí): esto sucede en más de medio mundo. La violencia gana adeptos en la calle y sobretodo en las "redes sociales". En este campo virtual la gente suelta sus salvajadas. Son personas que, en directo, no las soltarían. Pero ahí están. Del mismo modo que el acohol no transforma el alma del bebedor, twiter o facebook tampoco lo hacen: solo liberan al bicho agresivo que llevamos dentro. La gente solo suelta salvajadas cuando se sabe amparada por un grupo, solo cuando sabe que detrás de si tiene a un grupo que le apoya y le aplaude. ¡Qué decir de cuando tiene a un gobierno y a un canal de televisión que le anima!
Estrategia de la ruptura, estrategia de la tensión. Hacerle la vida difícil al otro, al diferente. Sugerirle que aquí no encaja, que aquí no es bienvenido. Vete. Vete a tu país que no es este, márchate, lárgate, aquí lo vas a tener chungo.
En el prólogo de "El velo elegido", la prologuista cuenta la anécdota (nada graciosa, nada anecdótica) de una mujer que subió a un autobús con hijab y un señor le espetó, sin más, que olía mal, que su velo no le gustaba, que aquí molestaba. El malestar de la víctima fue tan grande que, su primera reacción, consistió en excusarse: "juro que iba limpia, que me había duchado", relata. He ahí la maldad gratuita y sus efectos, su malignidad, el potencial terrible de maldad que hay en la agresión. Lo reconozco: cuando he leído "vosotros los de ciudadanos" he sentido la necesidad de contar cual es el partido que voto, como si quisiera excusarme. Tras un instante, he descubierto que hacer eso (excusarme) sería una forma de arrodillarme, de pedirle perdón al agresor. "Perdón por haberle molestado, perdón por haber provocado que viole mi espacio". La culpabilización de la víctima es un mecanismo sutil que anida en nuestra cabecita. Hay que andarse con mucho cuidado.
Me imagino al hombre que trató de sucia y maloliente a la mujer que osó subirse a un autobús catalán con el hijab en la cabeza. Quizás este hombre se dirigía a una mariscada con sus amigotes, quizás se emborrachó luego mientras contaba su valentía en el autobús, su heroicidad épica y catalana, durante la comilona que terminó con chupitos de ratafía y Ron Pujol. A lo mejor le aplaudieron mientras se pedían otra botella. Aunque quizás el hombre se iba para su casa, hogar de frustración y de malestar. Me lo contaron hace poco, a propósito de la guerra en Bosnia: "aquello no era una guerra, no había ejércitos ni unidades de combate. Eran unos tipos medio uniformados que se emborrachaban, luego se iban a pegar tiros y a la vuelta se metían en un restaurante para seguir con el vino y las gambas al ajillo". ¿Cuál es el precio de una independencia?
Hay días en los que me vienen ganas de ponerme un hijab en la cabeza (en mi caso -en mi género- sería preferible una jilaba). De hacerlo ¿me podría sentar en el autobús al lado de un señor con espardeñas? ¿Ese señor respetaría mi indumentaria? ¿Será el mismo señor que luego reivindica a Rosa Parks y la compara con las "víctimas" de la causa independentista?
Lo repito: ¿cuál es el precio de la independencia? ¿Cuánto vale una república independiente en términos de vida, de dignidad de la vida? ¿Se puede hacer una república contra alguien? ¿Es republicano hacer una república para los míos y contra todos los demás?


