5 d’oct. 2016

El referéndum catalán (y el colombiano)

Resultat d'imatges de referendum

El actual presidente -no electo, por cierto- de la región autonómica catalana (lo escribo así para mencionarlo con la mayor exactitud jurídica posible) dijo hace pocos días en su parlamentito que los ciudadanos de Cataluña serán convocados en septiembre de 2017 a un referéndum para conocer qué opinan de la separación administrativa del estado al que pertenecen. Lo más sorprendente del asunto es que prometió que "habrá referéndum o referéndum" (esa es su su forma de hablar: sin dudar, poseedor de una certeza como la de quién afirma que algún día te vas a morir o te vas a morir). El pequeño y extraño presidente hizo un alarde de osadía que supera a los más osados videntes. El extraño Puigdemont supera a Nostradamus en visionario y al medium televisivo Sandro Rey en soberbia (y en estupidez, por extensión). Y lo hizo todo en una sola frase. Una frase que repitió, por si acaso. Es de todos conocido que las mentiras deben repetirse para darles una pátina de verdad. No voy de putas. No voy de putas. ¿Verdad que la segunda afirmación es un poco más creíble que la primera?

A lo mejor la osadía de Puigdemont indica que piensa repetir la kermés de la urnas de cartón de un 9 de noviembre ya lejano y perdido en la niebla del olvido y lo grotesco. A la cita con las urnas de cartón no acudió ni un tercio del censo, y en las "elecciones plebiscitarias" de otro 9 de noviembre más reciente los partidos por la independencia (Convergència y la Cup) obtuvieron un bochornoso 47% de los votos. Teniendo en cuenta que esa falange en versión catalana denominada "Assemblea Nacional Catalana" dijo que ese era "el vot de la teva vida" (el voto de tu vida), uno cree que deberían haberse anotado el resultado y callarse por un tiempo. Por vergüenza o por lo que quieran. Pero al fascismo (el nacionalismo auspiciado por sus partidos y sufragado por los grandes empresarios afines) no le atañe la humildad del silencio ni la reflexión: el fascismo es acción imparable, sin pausa. El secuestro de "la voluntad del pueblo" no se puede detener jamás. El fascismo es la repetición incansable de eslóganes en los que las palabras "patria" y "libertad" aparecen juntas. La patria y la libertad de los poderosos que gestionan el asunto: nombramos a la patria para que el pueblo nos de el beneplácito para hacer lo que nos da la puta gana, que es lo de siempre.

A Artur Mas, el olvidable presidentet que puso las urnas de cartón, le piden unos años de inhabilitación por perpretrar la payasada y la tomadura de pelo a sus acólitos. Ahora pues, Mas, con la ayuda de un tribunal, podrá soñar que hizo algo histórico cuando solo hizo una auténtica memez sin sentido, destinada a engañar a los que desean sentirse engañados porqué eso les aumenta las ilusiones más ilusorias y su insaciable deseo de pertenecer a algo, a lo que sea. Si "el Barça és més que un club", ahora toca pensar que "ser catalán es algo más -o mejor- que ser a secas". Es bastante probable que el invisible Puigdemont también quiera ser algo o alguien, y pasar a los anales de lo que sea, aunque sean los anales de la tontería.

Hace un par de días se celebró un referéndum en Colombia para validar el proceso de paz con la guerrilla que lleva 50 años en guerra contra el estado. Ganó el NO al proceso de paz y el planeta se pregunta como es posible que los ciudadanos de Colombia no estén a favor de la paz, cuando parece algo tan indiscutible: que los seres humanos queremos la paz y no la guerra. Los colombianos eligieron el NO, pero por un margen tan justito de votos que lo más preocupante no es el signo del resultado, si no la brecha que se abre justo enmedio y que muestra a un país partido en dos. Eso es lo más feo que puede suceder, y es lo que ha sucedido.

A la lección colombiana se le puede añadir la lección inglesa con el asunto del Brexit, de modo que es inevitable repensar sobre las bondades de los referéndums y preguntarse qué se gana y qué se pierde cuando se pregunta a una comunidad (nacional o regional) sobre una cuestión que puede dividirla e incluso enfrentarla gravemente. En los fórums más feroces del independentismo catalán llevan tiempo especulando sobre cuáles deberían ser los parámetros de su referéndum: proponen que sea válido con una participación inferior al 50%, y en el mejor de los casos afirman que un resultado del 50,1% favorable al Si por la independencia validaría moral y políticamente su proyecto. Fascinante: quiénes más hablan de democracia menos la valoran.

Hay que andarse con cuidado. Deberíamos empezar a pedir la mediación de organismos internacionales que les aclaren las ideas y les sienten en la mesa de la razón (que no de La Razón). No sería mala idea pedir la mediación externa, ya que los independentistas sienten la paradójica inclinación a pensar que quienes se interponen en sus deseos son las instituciones españolas, olvidando así que tanto la Generalitat como los salarios de su presidente, consellers y demás funcionarios los perciben en tanto que forman parte de esas insituciones. Eso cuando se olvidan de los malos catalanes como yo mismo, o de los periódicos poco afines a su régimen. Estoy seguro de que, de producirse en Francia la misma situación, tanto Mas como Puigdemont y los demás llevarían una buena temporada en el paro, o bien en el talego. Y a ver quién es el guapo que niega la democraticidad francesa.

Debo añadir algo: la democracia europea (incluyendo la española) es algo que me despierta grandes interrogantes y muchas inquietudes. Como la misma Unión Europea, que parece un invento diseñado más que nada para satisfacer intereses económicos que poco o nada tienen que ver con las preocupaciones de los ciudadanos trabajadores o sin trabajo, como somos la inmensa mayoría. Hay algo que chirría en esa democracia, y es algo grave. La gravedad del asunto explica que proliferen aventuras neonazis, nacionalistas y/o protofascistas (como en nuestro caso). Aquí hay algo que huele mal -o muy mal- y que debe repensarse con urgencia. Con mucha urgencia.

"Democracia" tiene algo que ver con ir a depositar un voto en una urna, pero ese es el significado más pequeño y más anecdótico de la palabra "democracia". Si uno se atiene a su etimología y a la filosofía política (ética) al respecto, descubre que ir mucho a las urnas no significa ser muy democrático. Al fin y al cabo, Franco también llevó a cabo referéndums (y los ganó, como Artur Mas en aquel remoto 9 de noviembre). "Democracia" significa, también, debate y diálogo (para hacer esas cosas cobran sus buenos sueldos los políticos electos) y significa escuchar, argumentar, proponer y decir la verdad, significa transparencia y honestidad, respeto, hablar sin eslóganes, explicarse. Nada de eso es lo que veo hoy por hoy, ni en boca de Puigdemont ni en las de sus órganos de gobierno o de propaganda, entregados a la única labor de mantenerse en el poder prometiendo aventuras a los unos (referéndum o referéndum) y caridad a los otros (7.000 funcionarios más).

El mismo día en que la prensa cuenta que el presupuesto catalán en educación es el más pequeño de Europa (2,1% del PIB frente al 5% de la media continental), al diminuto Puigdemont se le ocurre anunciar la creación de 2000 funcionarios más en ese ámbito -pero sin fecha ni concreción alguna. Eso no es democracia. Eso -de nuevo- se llama fascismo o engaño facilón. Si lo que dice el inefable Puigdemont lo dijese Rajoy, le estarían llamando así todos los vividores del procesismo catalán. Incluídas las diputadas de la Cup que votan a favor del liliputiense Carles.

Vayan preparándose sus pasaportes y sus peticiones de asilo (¿en la Europa de Merkel o en la América de Trump?). Eso no pinta nada bien.

Stabat Mater

Resultat d'imatges de satabat mater
(Retrato de Giovanni Battista Pergolesi mientras -se supone que- compone su "Stabat Mater")

El escritor comprometido de verdad con la literatura es aquel que vendería su madre a una red de trata de esclavas (blancas, trigueñas o negras) a cambio de escribir una buena novela. Algo así dijo un joven Mario Vargas Llosa poco después de publicar “La ciudad y los perros”. Hay que añadir que Vargas iba en serio, y que el peruano es partidario de “primero escribir, luego vivir”. En un orden moral en el que se antepone la creación literaria a la vida, venderse a la madre no es ninguna salida de tono. Esas opiniones suenan exageradas y extemporáneas en el civilizado mundo europeo nuestro, tan educado y decadente. Quizás sería oportuno referir aquí algunas peculiaridades de la familia del escritor de Arequipa, pero estos datos están a disposición de todo el mundo en la red, de forma que cualquiera puede satisfacer su curiosidad -si acaso la siente.

Vargas no es el mejor escritor en lengua castellana de los últimos siglos por azar. Su maestría se debe a un genio innato, sin duda, pero sobre todo a su compromiso, radical y rotundo, con la escritura. Tanto es así que le creo cuando dice eso de venderse a la madre. El artista debe estar dispuesto a todos los sacrificios en nombre del arte. Incluso a sacrificar a otros. Caravaggio también estaba en eso, y aunque sabemos poco de su vida, sabemos lo suficiente como para comprender que era capaz de matar. Me pregunto para cuando una buena novela sobre Caravaggio, el pintor asesino.

Cuento eso porqué yo, en cierto modo, también le doy un alto valor al arte y a la creación, y se que se debe sacrificar uno, aunque sea un poco. Los catalanes solemos hacer un poco de todo (el asunto está en el "poco" y no en el "todo"). Yo, por ejemplo, he preferido quedarme en casa escribiendo aún siendo nochevieja, mi cumpleaños u otras fiestas de guardar. Primero escribir. Ahora mismo, algunos amigos están tomándose unas cañas apacibles en una terracita, apurando el final del sol y el buen tiempo, como cantaba La Polla Records. Podría estar con ellos pero estoy encerrado en casa ante un teclado de letras mayúsculas. Es así como me he perdido juergas, sexo, lindas veladas, conciertos únicos y memorables o atardeceres deliciosos al aire libre. Sin pena y sin arrepentimiento, ahí está el asunto.

Pero vuelvo al asunto de la madre. Porqué la mención a la madre esclavizada me lleva, inevitablemente, a visualizar a la mía metida en un cuartucho oscuro, con paredes enfermas de lepra, ovillada y apretujada junto a otras esclavas, vestida con harapos, ajada, sucia, polvorienta, rota. Es una imagen que podría volverse recurrente y obsesiva una vez ensayada por la imaginación. Intento deshacerme de ella pero es una empresa difícil. Es curioso que exista tanta literatura (buena y mala) sobre el amor maternal, y tan poca sobre el amor filial. Determinadas muestras de amor filial incurren en el sentimentalismo más abyecto y penoso, o bien son materia de psicoanálisis.

Entre los buenos textos sobre el asunto recuerdo un cuento espeluznante de Máximo Gorki: “La madre del monstruo”. Y la terrible e hipnótica “Madre e hijo”, la película de Aleksandr Sokurov. Esta cinta la vi poco después de la muerte de la mía, que falleció en enero de 2011 y se libró así de caer en manos de la mafia de la trata de seres humanos para dar un empuje a la carrera literaria de su hijo.

El azar quiso que fuese yo quien encontrara su cuerpo, sentado, ya frío, en la soledad y la penumbra del piso demasiado grande para una mujer no muy mayor pero severamente enferma. Le cerré los ojos con la mano derecha, y detuve el gesto en su mejilla, como creyendo en algo misterioso e inefable, en el poder del milagro por un instante casi eterno, relámpago sobre el agua. Al cabo de unos segundos, mis dedos empezaron a enfriarse. Le estaban transmitiendo el calor leve del mamífero a un rostro gélido que llevaba varias horas muerto. El momento más intenso y brillante de nuestra relación sucedió ahí. En la milésima de segundo en que creí.

Luego escribí bastante sobre ella, sobre su muerte y sobre su vida, sobre las libretas con los diarios que escribía de medio joven, que encontré en los cajones más recónditos de una cómoda antigua (o más que antigua, anticuada). Cuando escribía sobre este tema caí varias veces en un lirismo y un sentimentalismo que ahora me avergüenzan y me sonrojan. Apenas soy capaz de releer aquellos textos. Solo puedo en las noches más tristes y melancólicas de las que suelo huir mirando películas de serie B (zombis, monstruos lovecraftianos, las vampiras lascivas de Ricardo Franco). Pero no reniego de eso, ni siquiera lo lamento.

Entre los papeles de la madre muerta (esa letra educada, femenina y redonda que recuerda tanto a la mía) leí secretos antiguos y la casi beata correspondencia amorosa con mi padre cuando eran novios. Ella practicaba el viejo cristianismo puritano y algo bobalicón de una niña educada en el miedo y la postguerra, fantasías de una humanidad esencialmente buena y espiritualizada por el hambre y el racionamiento.

Creo que yo no hubiera sido capaz de venderme a la madre a cambio de ser un gran escritor. Sin embargo, poco tiempo después de su muerte retomé la escritura, me propuse volver a publicar y entonces publiqué tres novelas en poco tiempo.

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Nota: La primera versión de este texto se publicó en La Charca literaria en mayo de 2016.

30 de set. 2016

El Ateneu Barcelonès, la libertad y La Charca

Resultat d'imatges de la charca literaria

A finales de septiembre el calor no mengua en Barcelona, pero la luz no sufre de cambio climático: a las siete de la tarde los malvas y las sombras caen del cielo o ascienden des del suelo. Es el pareado de la luz en esta ciudad. A las siete de la tarde el torero lleva dos horas muerto (según un poeta) y yo llego al edificio de ese gótico catalán (civil, lo llaman) un poco sombrío. Es decir, gótico sin más. ¿Para qué acompañar con otros adjetivos a un adjetivo tan rico?

Al palacete se accede por un enorme portal que antaño fue, sin duda, la entrada de los carros. Mejor digo "los carruajes". Así me encuentro en un patio ancho, de grandes losas. Tan grandes, que alguna de ellas podría ser lápida mortuoria. Al fondo y a la derecha del patio está la escalinata que lleva a las dependencias superiores y a ese jardín entre gótico y romántico, todo muy de época. Algún diseñador ha tenido la pésima idea de decorar el patio con paneles de luces fluorescentes y colorines, y parte del misterio se ha ido al carajo (nombro al "misterio" en sentido litúrgico). Los pastiches, cuando son pequeños, pueden contener algo de tierno, pero a partir de ciertas dimensiones es bastante desagradable. A un lado de la escalinata está la cristalera con la garita del conserje, cuyo rostro es agradable a pesar de las dimensiones calculadas y disuasorias de su masa corporal. Disuasorias para un españolito como yo, que no llegó a 1,70 metros de estatura ni en sus mejores tiempos. Aquí las cosas van en serio, me digo.

Más allá de la cristalera bien protegida está el antiguo ascensor, como esos de las casas señoriales del Ensanche: de madera añeja y noble, barnizada, con sus cristales bien labrados, sus apliques dorados y esa lucecita amarillenta que abrillanta las calvas de los intelectuales socios con destellos de un pálido fulgor. Son ascensores que inspiran a los directores de cine de terror y a los escritores de romances burgueses.

A mi el Ateneu Barcelonès siempre me ha producido un efecto inquietante. Empezando por ese algo solemne y raro que está alojado en su nombre. He estado poquísimas veces en él, y siempre ha sido por invitación de alguno de sus socios. La verdad es que solo tengo buenas palabras para los socios invitadores, lo digo para evitarme quejas y problemas. Pero eso no quita ni apacigua la congoja que me oprime el pecho cada vez que entro en el Ateneu, algo que no me sucede cuando he cruzado la puerta de una taverna, por más barriobajera, fea y maloliente que sea. El nombre de "Ateneu" ya contiene algo de antiguo y de severo, sobretodo si se refiere a un caserón de piedra tallada en tiempos remotos, de picapedreros y señoritos.

Están también los ateneos obreros, pero eso es otra historia.

El adjetivo ("Barcelonès") aumenta la inquietud, puesto que un templo de la cultura (perdón, la Cultura) que se autodenomine con un flagrante error (el adjetivo correcto en catalán sería "Barceloní") es algo que obliga a pensar en los tiempos pretéritos, cuando el señor Fabra no había desembarcado todavía en la cosa de la normativa lingüística y cuando los señores de Barcelona andaban a caballo.

Sin embargo todo lo dicho hasta aquí, ayer me llevó al Ateneu Barcelonès la presentación social de "La Charca Literaria", una publicación solo virtual en la que colaboro des de hace algunos meses. Y debo decir que me sentí bien. Incluso muy bien. "La Charca" es una publicación en lengua castellana en la que participan escritores de toda España, por lo cual el acto se desarrolló en esta lengua. Parece absurdo contar eso, pero no lo es. Lo que pasa es que en Cataluña cada vez suena más raro, más caro y más loable que un acto se desarrolle en castellano -y más en determinados lugares- sin que nadie proteste ni levante voces ni eslóganes ni proclamas solemnes. Hace pocos días asistí al homenaje a un poeta dadaísta en el que, de repente, alguien de entre los presentadores izó una bandera independentista sin venir a cuento. A mi no se me ocurre casi nada menos dadaísta que una bandera nacionalista, pero el caso es que ahí estaba la banderita, esa versión lisérgica de la bandera de Cuba. No protesté, pero debo decir que me aguaron el homenaje al poeta.

Es por eso que me encantó estar en el Ateneu Barcelonès hablando en castellano sin problemas ni protestas. La mayoría hablábamos castellano con acento marcadamente catalán, tal como hablamos el francés (o el inglés o el italiano quién lo hable). Y no es por casualidad que se nombrase a la libertad algunas veces (no muchas, no hubo abuso): la libertad es algo escaso, que pasa poco. Había un ambiente de tranquilidad y de normalidad, de hablar de letras y literatura y lectores y lecturas y cosas así, con las ironías pertinentes, algún chascarrillo y buen rollo.

En mi imaginario (construído en parte por prejuicios y manías) el Ateneu Barcelonès i Òmnium Cultural siempre han sido aparatos parecidos, no diré hermanos gemelos pero sí primos. Y ayer tuve que recomponer ese imaginario tremebundo, gótico y mío, para aceptar que el Ateneu, con su adjetivo anacrónico, no se parece a Òmnium. Es un espacio en donde caben las lenguas diversas y las pequeñas libertades, las que nos permiten hablarnos para entendernos en una lengua que es común amén de ser la de, por ejemplo, Rafael Chirbes.

Ayer pensé (mientras me volvía para casa, con una sonrisa) que quizás no está todo perdido en este país -todavía. Y esta mañana, aunque me haya levantado a las 7 para ir a trabajar, la sonrisa perduraba. Puede que en la génesis de mi sonrisa matutina hubiese otras causas (a todos los trabajadores se les dibuja la sonrisa santoral de los viernes), pero el eco de lo vivido en la víspera estaba ahí. Y que dure.


27 de set. 2016

Bernat, de Déu i de la Pàtria


Resultat d'imatges de si sabra mas el discipulo

Fa uns dies, un col·lega que és molt de la broma em va enviar l'enllaç al text d'un autor anomenat Bernat de Déu (desconec si és pseudònim o va de veres).  El text, que es pot llegir si es va a l'enllaç que hi ha aquí, va aparèixer al periòdic "El Nacional" (el feixisme sempre ha estat desvergonyit) el dia 25 de setembre, i es titula "Pérez Andújar, carcoprogre". El correu del meu amic es titula: "Mira com borden els gossos feixistes catalans". (Sí, el meu amic m'escriu en català).

Si algú té prou paciència i prou fetge per llegir tota la bilis classista i macarrònica del senyor de Déu, comprendrà el to de la meva resposta, que per altra banda és degudament i estrafolària humil i apocada

Això és el que li vull dir:
Senyor de Déu (ho acabo d'escriure i ja sento com m'acovardeixo perquè sóc de naturalesa poruga i nostàlgica): no sé pas com fer-ho per adreçar-me a Vós, que dueu tan elevat cognom. Tal vegada caldria que us escrivís en llatí? O n'hi ha prou amb l'ús de perífrasis llargues i laudatòries, sufixos d'alta volada i tractaments de respecte i cortesia que cal que ascendeixin més en amunt del vulgar i corruptible "Molt Honorable", massa mundà per Vós. 
Quan em van fer a mans l'article que vau tenir la generositat de publicar a "El Nacional" (segur que serà del teu interès, va dir el meu informador) i us vaig haver llegit -no sense un cert esforç per l'alambicat raonament conceptual i estètic que empreu-, el primer que vaig pensar és que hi havia hagut un lamentable error. Perquè vaig pensar que si algú es diu o es fa dir Bernat de Déu ha de ser un monjo medieval, d'aquells de la caputxa fosca, homes més aviat sinistres que, en la penombra i el silenci inquiet de les cartoixes i els monestirs dedicaven la vida llur a sermonejar, renyar i amonestar la resta de la humanitat tot elaborant gruixuts, sorruts i feixucs volums per catalogar pecats i faltes, i on establien el càstig pertinent per cadascun dels pecats i les faltes que cometem el poble baix, que som molts i en cometem d'innombrables, de nom i de quantitat. Els de baix us estem agraïts per la vostra generosa dedicació a la nostra salvació i a la nostra damnació, pels segles dels segles, amén. La nostra pàtria, la nostra llengua i la nostra rectitud estan àvides d'homes com Vós. Sense els qui són de Déu com ara Vós no hi ha salvació. Gratiae plena.
Tal era el meu desconcert i el meu estupor davant la possibilitat que un monjo hagués traspassat la fosca tenebra dels segles (o que hagués sobreviscut, ajudat per l'energia d'un foc etern que és el mateix foc que empeny a punir sens treva els seus congèneres) que em vaig voler documentar sobre la Vostra persona. I vet aquí que, en sabent-ne més de Vós, el meu estupor esdevingué encara més gran. Puix resulta que no vau néixer al segle XII si no al XX, i que oh, meravella, sou més jove que no pas jo. 
Estuporat i més perplexe encara per aital coneixement, us vull dir que us reconec un alt valor. Sou dipositari d'un verb florit com pocs l'heuen en aquests temps de misèria i decadència (moral, espiritual i lingüística), i cal retre homenatge al vostre selecte llemosí, aquesta llengua insidiosament maltractada des dels quatre vents i àdhuc pels vents de l'interior de la terra, els vents quintacolumnistes (i perdoneu-me l'agosarament del neologisme, bastaix com tots).
Senyor de Déu, us he de dir que, al meu humil judici, us heu fet mereixedor -què dic mereixedor, digníssim mereixedor- del títol de Mestre en Gai Saber amb un sol article, car allà demostreu el vostre domini quasi sobrenatural de la lírica, l'èpica i el romanço. Tant és així que advoco perquè, quan els nobles aristòcrates recuperin l'alcaldia de Barcelona -tot foragitant-ne aquests plebeus que ara l'ocupen- sigueu Vós el més lloat pregoner de les festes de Nostra Senyora de la Mercè, que al cel sia i dueu-nos cap al cel, rosa d'abril, morena de la serra, virolai vivent, Terç de Nostra Senyora de Montserrat, Santa Espina Pàtria del meu cor. 
Estic completament segur que el vostre pregó venidor i imminent com el dia del Juï Final serà una delícia patriòtica i pietosa ensems, d'una elevada decència, i curulla d'aquells signes xifrats que indiquen l'alta cultura i la inspiració sublim del qui parla, que sou Vós. 
I entretant no us arriba la ventura que sigueu el pregoner d'una Mercè futura (preguem al vostre cognom), goso recomenar-vos, amb el respecte i l'humilitat degudes, senyor, que demaneu una entrevista amb Nostre Senyor per tal que li demaneu un xic de temperament i de temperança, i si pot ser un pessic de bon humor. Estic segur que ho aconseguireu, car Déu el teniu a la família. Tingueu pietat i compassió dels pobres i dels desheretats de la terra i no temeu, que no l'heretarem perquè ja vetllen prou el vostre familiar i els de la vostra alta nissaga, i els aduladors que teniu i els de Convergència la Refundada i Màrtir. Preguem al senyor, us alabem senyor, aneu-vos-en pau, etc. Ite missa est, rosa d'abril perdoneu nostros pecats, som i serem. Déu salvi Pilar Rahola, Jan Laporta, Oriol Pujol i Lluís Millet, sense oblidar-nos de Bonaventura Carles Aribau, al qual tots los bons catalans resen i llegeixen abans d'anar a jóc i sense jocs, car aquests contenen el pecat i promouen la promiscuïtat entre pobles i entre classes, i embruteixen la llengua de na Marta Ferrusola i de na Carmensita Forcadey.
* * *

Hasta aquí no solo he escrito en buen catalán, con los atavismos y las perugrolladas que esta lengua exige, si no que además he contenido mi instinto grosero, propio de la clase baja a la que pertenezco. "Obreros" nos llamábais antaño. Pero la cabra tira al monte y me muero (o me desvivo, que viene a ser lo mismo) por despacharme con el tal Bernat con una sola frase, que resume todo lo anterior y es menos cansina:
Bernat, hay que ver... con esas pintas de chavalote modernito que me llevas y mira que eres facha y mira que eres burro. Burro, burro, burro.
["Mira que eres burro, burro, burro" es lo que le dijeron Lorca, Buñuel y Dalí (los tres mayores genios del país con el que tu y yo compartimos nacionalidad) a Juan Ramón Jiménez, en una carta en donde le comentaban su éxito literario "Platero y yo"].





21 de set. 2016

¿Juan Marsé fué pregonero de la Mercè?




Este texto apareció en este mismo blog en 2012. Por entonces yo todavía no era capaz de intuir hacia dónde nos iba a llevar el asunto del soberanismo catalán (luego "procesismo") pero ya me olía mal. Escribí un elogio de Marsé porqué le debo mucho a Marsé en mi formación como amante de las letras, lector y finalmente autor de algunas novelitas. Siento por él algo parecido a lo que siento por Javier Pérez Andújar: sus palabras son palabras inteligentes, bien escritas, palabras que cuentan y que dicen, que te acompañan y te enseñan y te aprenden. Palabras que suenan ahí, a mi lado. Sus textos cuentan cual es mi país y cual es mi historia.

Yo vengo de una familia que perdió la guerra. Y con ella perdió vidas, patrimonio, casas, negocios. Yo perdí la guerra y la ganaron ellos. Mi familia fue una familia pobre por varios motivos, uno de los cuales es la guerra que ganaron los señoritos que ahora están en el gobierno de Cataluña y en el de España. Esos que ahora me cuentan qué es la democracia y qué es Cataluña. El asunto de los catalanes pobres es algo que hay que escribir algún día.

Yo no soy de esos. Jo no sóc dels vostres.

Ecribí ese texto (el que sigue más abajo del asterisco) releyendo "Últimas tardes con Teresa", que es, quizás, la mejor novela sobre la Barcelona de la postguerra. Con permiso de Carmen Laforet y su "Nada". Nada se ha escrito en catalán que nos explique mejor. Por el momento. Mis referencias literarias están escritas en castellano, y eso es algo que puede ser casual o no. A mi me parece que no.

Y hoy, viendo el lío que montan los del proceso soberanista a propósito del pregón de las fiestas de la Mercè a cargo de mi admirado Javier Pérez, creo que es un buen día para reeditar mi homenaje a Marsé y preguntarme como puede ser que Marsé no fuese jamás pregonero. ¿Se lo propusieron y lo rechazó?

*  

Domingo, la una y pico del mediodía. El aire se calienta bajo los nubarrones, entre las nubes y el suelo cansado y polvoriento. Juan Marsé llega al calor sofocante el merendero metido en el maletero de un coche y luego lo deposito con más o menos cuidado encima de una mesa de hormigón, pintada de verde césped. A escasos metros, las barbacoas arden. Churrasco, costillas, matambre, llonganissa, pollo, conejo, pinchos morunos: la carne se cuece deprisa, en pequeños infiernos de alquiler por horas y llena el aire de olor acre, de humo blanco que se pega a la ropa y al pelo.

Hay griterío, botellas de champán barato que estallan, latas de cerveza del Lidl rodando por el suelo. Mocosos que celebran su tercer cumpleaños vestidos con camisetas de futboleros de hace cuatro años. Aquí, un poco más abajo, suena el cd de un Volkswagen Golf con las puertas abiertas, que se confunde con el rumor de la radio en el chiringuito de los helados. El encargado se afana en recoger parrillas, pasarles un cepillo de púas metálicas y alquilarlo de nuevo: parrilla más leña más alquiler de la mesa son quince euros y la tarde es tuya, de arriba a abajo. Creo que aún no lo había dicho: Juan Marsé y yo estamos en el merendero de Les Planes.


Contemplo a Juan Marsé tumbado encima de la mesa, justo al lado de la botella de vino. Las imágenes a veces se mezclan en el sopor, la luz excesiva de junio, el rumor de las cigarras. Mi madre nos traía, a mi hermano y a mi, de pequeños. Creo que era por las tardes, seguramente los sábados o cualquier día de la semana, si era verano. Me pregunto por dónde andaría mi padre. ¿Trabajando? Me sucede a menudo: tengo muchos recuerdos en que estamos los tres, y él no está. La verdad es que en el recuerdo no consta que le echara de menos. Ni yo ni mi hermano, aunque no sé qué pensaría ella. Bueno, todo eso ya pasó.


Sentado en Les Planes me doy cuenta de que ese hombre me explica muy bien qué demonios es Barcelona, y que sin él la imagen sería incompleta. Me refiero a sus libros, claro está. Y lo que me gusta, sobretodo, es esa mala leche literaturizada que desprende. La mirada sobre la ciudad desde la altura del Monte Carmelo en Últimas tardes con Teresa es oscura, desarraigada. La ciudad está cerca pero lejos. Los señoritos se fueron de sus casitas con jardín en cuánto vieron acercarse las oleadas de barracas que estropeaban sus tardes de veraneo.

Me divierto enormemente con esa novela, y con sus rincones discretamente ocultos. La descripción de Oriol Serrat, el padre de Teresa es apabullante:
guardaba todavía restos de una belleza viril que estuvo de moda en los años treinta, una especie de versión catalana y débil de Warner Baxter. Un aire incierto de alférez provisional flotaba a veces en su rostro y le incluía por méritos estrictamente estéticos en este benemérito montón de pulcros y anónimos maduros, todos iguales, que se diría han querido eternizar su juvenil adhesión a la victoria con el fino, coqueto, bien cuidado y curiosamente recortado bigote ibérico.
-Juan, Juan... -le murmuro- A ti no te odian los catalanitos por escribir en castellano. No te tragan porqué les pusiste un espejo ante su cara y les dijiste lo que son: señoritos ridículos y encima eso: adheridos a la victoria de su caudillo.

Juan no responde. Un hilo de aire, cargado de olores cárnicos y de fuego, le levanta la portada y pasa una páginas dulcemente.
Cuando ya subían por la carretera del Carmelo, Teresa miró la mano vendada del chico y volvió a preguntar:
-¿Te duele?
Estas vez, el Pijoaparte no pudo contenerse:
-Sí, ahora empieza.
Me acuerdo de una frase de Juan en un texto en donde se describe a sí mismo. También como si no pudiera contenerse muestra un rastro de dolor antiguo.
Ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón y en la memoria.
Ahora, a lo mejor, me pondría a divagar sobre el dolor y las letras, sobre si es posible escribir sin haber sufrido y todas esas cosas. Me tumbo en la banqueta de piedra del merendero y miro las nubes grises que desfilan atropelladas y refulgentes, cargadas de agua turbia y electricidad. Me gustaría no haber nacido en Cataluña, me viene a la mente.


Me siento bien aquí, sintiendo esa tristeza enorme y también esa feliz levedad. Sin hacer nada, malgastando todo ese enjambre de vísceras y neuronas, sinapsis, azares, casualidades, errores y aciertos de pura churra que me han traído hasta aquí. Pienso en los miles de millones años de evolución de la vida en la tierra, de evolución de la especie humana. Todo para llegar a un tipo tumbado en un merendero, contemplando el paso de las nubes. Creo que quién fuese nos puso aquí sólo para contarlo. De modo que, a fin de cuentas, quizás soy el hombre más feliz y más completo del planeta: yacente y con un libro al lado.

Para los amantes de la música es una suerte haber nacido después de Bach. Para los de la literatura catalana, después de Juan Marsé y de Javier Pérez Andújar.