29 de set. 2012

Karl Drakula Marx


La curiosidad mató al gato, dicen. Y la necesidad también, añadiría yo. Porqué el gato es más curioso cuánto más hambriento está. Porque fue la necesidad -y no el placer ni la intención- lo que me llevó a aceptar un trabajo (vamos a dejarlo en ocupación) a media jornada, en aquélla agencia inmobiliaria discretamente emparentada con La Caixa.
-Querido Jonathan Harker, hace unos años eso era una fiesta, una orgía perpetua -rebuzna el viejo, dueño de la empresa. Y luego se calla y suspira, lo que debe significar ahora es un funeral.

Lo se: llegué muy tarde al negocio inmobiliario, pero eso al fin ya no me preocupa: de alguna forma tenía que salir del paro atroz. He comprendido y aceptado, resignadamente, que mi tardanza es muy anterior: me hubiese gustado nacer en el siglo pasado o incluso antes, en tiempos del emperador Adriano. Y en otro país, eso es obvio. El país que me ha tocado me parece pequeño, mezquino y avaricioso. Despojado de bondad. Me ha tocado y me aguanto, eso es todo: no me pidan albergar llamas nacionalistas en mi débil corazón de clase baja, porqué no las albergaré.

-Vivimos tiempos jodidos -confesó el patrón- Y ahora debemos proceder a grandes sacrificios. Cada uno debe llevar su cruz. Y la suya, señor Harker, es largarse a vender unos terrenos baldíos a un señorito de Transilvania, un pájaro que se hace llamar Conde Drákula porqué es presuntuoso, cabrón y vampiro.

-¿Transilvania...? Eso está muy lejos -refunfuñé- Y mi novia Mina se va a mosquear.
-Mándela a pasar una temporada con su amiga Lucy Westenra, la bella y pálida depresiva de Whitby.


Tiene razón esta vieja rata: Lucy es bella. Y su palidez -junto a la depresión- sólo acrecientan su belleza. Lucy tiene un enorme excedente de atractivo, y esa plusvalua le permite aumentar su valor bursario de tal modo que atesora activos variados, y así dispone de tres amantes. Todos ellos de clase alta, todos caballeros, todos bien situados: sólo hay que decir que dos de sus amantes son antiguos empleados de Lehman brothers y un tercero campea en Caixabank, y cena a menudo con los señores Andreu Mas-Colell y Josep Sánchez-Llibre. El guioncito entre apellidos siempre indica cierta maldad, es un indudable indicio de hijoputez.

Como era previsible, el Conde D. resultó ser un tipo listo, uno de esos especuladores que nadó guardando la ropa y que ahora impone sus leyes. Cosechó algunas pérdidas durante la Depresión (la económica y global, no la anímica y específica de Lucy), pero supo solucionarlo chupando sangre barata. Incluso llegué a sospechar que no fuese uno de esos judíos de New York tan avispados.

Sabiendo que yo era un tipo de clase baja y él marqués o conde -o sencillamente adinerado-, huelga contar el resto de la historia. La historia, como todas las historias, terminó mal. Por más que escriba cartas, correos electrónicos y demás, la cosa acabó mal. Muy mal. Por más que Marx intuya una dirección favorable a los pobres en el devenir histórico, en mi historia no fue así.


Lucy murió, luego fue una no-muerta y al fin murió del todo por obra de un tipo malsano, el señor Abraham Van Helsing. Era holandés, y con esto está todo dicho: holandeses y alemanes son la misma cosa mala (y si además se llama Abraham ni te cuento). Mina se quedó como traspuesta para siempre jamás. Hechizada, para entendernos. Y yo deprimido, dependiente de imposibles rescates o transfusiones de sangre. Y pobre, pobre con avaricia.

Si por lo menos el conde me hubiese convertido en vampiro ahora no me vería en la pena del subsidio y tendría el recurso de chuparles la sangre a los que están por debajo de mi. Porqué aunque parezca imposible, siempre los hay


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Las imágenes -excepto la última- están vampirizadas de los films: Nosferatu (F.W. Murnau), Evil Dead (S. Raimi), y Frankenstein (J. Whale) todas ellas encontradas a través del blog imprescindible Vida de perras

26 de set. 2012

Piedad

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de àrbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído, a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después.
Juan Rulfo, Nos han dado la tierra 




-Creo que debemos distinguir entre piedad y compasión -dice mi profesor encanecido, con ese andar pausado y triste que le ha brotado con la edad, deambulando por la calle de Santa Ana entre muros un poco góticos- Pongamos un ejemplo: el inquisidor Torquemada era piadoso, pero nada compasivo. Creo que sucede algo similar hoy en día: sus señorías los diputados y diputadas, ministros y consejeros autonómicos son demócratas, pero poco o nada democráticos. Ya me perdonarán el excurso...

Claro que se lo perdono. Además: ¿no es demasiado evidente? Creo que ese bigote blanco impoluto, elegante y bien recortado que luce hoy el viejo profesor era negro azabache años atrás, cuando él era un seductor cuarentón y yo un prometedor alumno de veintitantos (las promesas fueron vanas, como siempre), sentado en la segunda fila de los prudentes. A él le echaron de la universidad, y yo terminé. Ahora le da clases a quién le quiera escuchar por las callejuelas y al cabo le pagamos bocadillo y refresco (tortilla de patatas y caña).

Creo que el viejo profesor es buena persona y está repleto de buenas intenciones. Incluso lleno de ideales bellos y bien ordenados, como bien dispuestas están las sardinas en la lata. Viéndole andar así, peripatético con sus alumnos, deambulando, uno revive el famoso fotograma del Novecento de Bertolucci que hoy decora paredes nobles porqué en los pisos humildes se prefiere la imagen de Shakira, la de piel de aceituna.

Creo que cuando yo era pequeño -o ingenuo, eso da lo mismo- confundía piedad y compasión. Podría decir que la confusión se resolvió porqué comprendí los conceptos, aunque no estoy muy seguro de que mis emociones se hayan enterado del acierto mental. Pero creo -con argumentos- que el mundo era mejor cuando yo era pequeño. Aunque bueno, uno luego se acostumbra.

Siento el recuerdo de un film: Un monde sans pitié, de un tal Eric. Creo que se me soltaron las lágrimas en la butaca del cine de barrio, donde ahora han puesto un Zara. Roser me contó que se echó a llorar ante la escultura de la Pietà de Michelangelo, cuando estuvo en Roma. Fue en su viaje de final de carrera, en una Roma sin duda rosselliniana que imagino a partir de los fotogramas de Europa 1951, con esos lagrimones en las mejillas de Ingrid.

Creo que alguien, irónico, ironiza sobre la escultura de la Piedad, ya que más que madre e hijo parecen amantes. Jesús y su madre parecen jóvenes en una misma juventud, y eso levanta la ceja en las mentes sardónicas e iconoclastas. Quizás los contemporáneos tenemos más prejuicios que los de antaño y nos defendemos con el humor ¡yo que se!. Bueno, creo que eso no tiene importancia. Es evidente que el escultor usó modelos jóvenes, de acuerdo. Pero ella llora y él está muerto.

Piedad, piedad. Para el hijo cuya madre ha muerto existe el nombre de huérfano. Sin embargo, la madre cuyo hijo ha muerto no tiene palabra que la defina, creo.

-La frase que me emociona de este libro es... -dijo Roser mientras buscaba la frase, pasando páginas con un desasosiego creciente a medida que no la encontraba- Dice más o menos: padre, ¿porqué me ha abandonado?

Creo que yo, en este instante, agaché la cabeza, horrorizado. Creo que empecé a leer cuentos de terror gótico para construirme la ficción de que el terror era una ficción.

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La música del video es de Ludvig Van (Egmont) y el profesor está remotamente inspirado en Lluís Quintana, autor de Més enllà de tot càstig i profe de mi época en la facultad. Que yo sepa, no le han echado de ninguna parte.


24 de set. 2012

La herencia

Y allá voy. Les contaré esto sin apuraciones. Despacio. Al fin y al cabo tenemos toda la vida por delante.
Juan Rulfo, La herencia de Matilde Arcángel





Andaba yo unos días atrás ensimismado, leyendo y hablando de las cosas de la política de mi país como si eso fuese realmente interesante. Me sentía extraño: en vez de caminar por el mundo, alguien me había plantado en la tierra como se planta una lechuga. Una vez en el paro tenía mucho tiempo para vivir ocioso, pero se me pasaban los días del alba hasta la noche como abandonado a un vendaval silencioso. Para el hombre de clase media y mediana edad resulta difícil aprender de repente que la pérdida del trabajo regala libertad, la ofrece como el horizonte del desierto, del llano enorme. Y en ese llano incendiado uno debería saber hacia dónde quiere andar. Sólo se pierde el que se queda quieto. Y ese era mi caso.

Escribía, es cierto. Pasaba muchas horas escribiendo y en las pausas leía, o miraba películas. Aunque también debo confesar que miraba algunos programas de televisión poco edificantes y nada sesudos, de dudoso buen gusto incluso. Así me enteré, por ejemplo, de que las corrientes telúricas del imaginario medieval están relacionadas con vetas de un mineral riadioactivo, el radón. Definitivamente, hemos avanzado mucho en las cosas de la ciencia.

La tarde del último miércoles la pasé yendo y viniendo de los relatos de Juan Rulfo al prólogo de Las noches lúgubres de Alfonso Sastre. Mientrastanto, las nubes se habían cerrado de repente sobre la pequeña ciudad de provincias en donde resido. Fue durante esas horas cuando de pronto un bullicio inesperado inundó las paredes. Alguién estaba armando bulla en la escalera. Las puertas de mis vecinos se abrían y el griterío se multiplicaba como el eco de una tormenta de verano. Vencí mi pereza, cerré el libro y me asomé con cautela.

Desde el quicio de la puerta descubrí a mi madre discutiendo airadamente en el rellano de abajo. Señalaba con el dedo índice la nariz de la vecina del primero primera mientras le gritaba algo que yo no podía comprender. Me resultaba muy raro ver a mi madre en esa actitud -ella es muy comedida siempre, y creo que jamás la he escuchado levantar la voz. Hubiera negado que fuese ella. Sin embargo, el timbre de su voz la identificaba, resultaba indudable. Entre paréntesis: si me resistí unos instantes a admitir que era ella se debe a que mi madre murió en enero de 2010.

Descendí el tramo de escaleras, la abracé levemente por los hombros, me disculpé con la vecina y le conté que se trataba de un malentendido, que ella es mayor y andaba desorientada, etcétera. Acompañé a mi madre hasta el piso, la senté en la mesa del comedor y me fui deprisa a la cocina a preparar una infusión mientras intentaba -en vano-, ordenar mis ideas. Resultaba difícil mientras ella seguía refunfuñando, y aunque más calmada, me acusaba a mí y a otras gentes de desastres que no comprendía muy bien. El agua tardó en hervir los minutos de rigor, pero a mí me parecieron escasos. Escuchaba sus palabras y me daba cuenta de que no iba a encontrar argumentos para razonar con ella. Todo en mí le parecía mal: la novia que tengo, mis textos, que esté en paro sin haberlo peleado, mi actitud ante determinados hechos. Me echaba en cara que escriba en castellano en este blog.
-¿Crees que no lo leo? ¿Piensas que no leo las cosas que escribes?

Pero el agua hirvió y ella es mi madre, de modo que llené las dos tacitas y me encaminé hacia el comedor. Bebimos. Bebí despacio, con la mirada agachada. No me justifiqué, y permití que ella terminase con sus agravios. A pesar del dolor que me inflingían sus palabras fui capaz de darme cuenta de un cambio. Sudecía despacio, pero se calmaba. Se serenaba lentamente.

-A veces me cuesta creer que seas mi hijo. Y tu padre también lo dijo una vez. Creía que se había equivocado en algo, que te había educado mal. Porqué parece raro, parece raro que seas mi hijo.

Yo me sentía arrastrado a un abismo de luz y de piedad, arrebatado por una mezcla de amor y de agradecimiento. Por haber recibido su visita. Intuía cuán arduo debía de haber sido el viaje, cuántas enormes dificultades debía de haber superado ella para llegar hasta mi, para transitar la perplejidad y los mundos disonantes. Creo que en aquellos momentos pensaba algo así: que mi vida era demasiado pequeña y vulgar como para merecer su visita. De modo que me levanté, me acerqué al sofá y recogí el libro de Juan Rulfo.

Me senté de nuevo a la mesa.
Levanté un instante la mirada para comprobar que ella seguía allí.

-Vamos a pasar el resto de este tiempo escuchando un cuento -murmuré- No tenemos prisa ¿verdad? Ninguno de los dos andamos tomados por las prisas.

Abrí el libro por la página que llevaba el punto. Carraspeé y empecé a leer.
Después ella me dijo, ya de madrugada:
-Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quién sí era amoroso con una?
-¿Quién?
-El Niño Anacleto. Él sí que sabía hacer el amor. 

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El texto leído en el vídeo es un fragmento del prólogo de Las noches lúgubres, debido al mismo autor, Alfonso Sastre. Editado por Argitaletxe Hiru, Hondarribia (Guipúzcoa), 1998.


22 de set. 2012

Hoja de ruta

Ilustración de El Roto en El País, 20 de septiembre de 2012

1. [Mañana. Saloncito burgués. A través de un gran ventanal se ve un jardín ligeramente inglés].

El Virrey entra y se pasea alrededor de una mesa dispuesta con elegancia para el desayuno. Está asustado y nervioso. Mira el zumo de naranja, toca los bollos con las yemas de los dedos pero no prueba bocado.

Piensa en los señores feudales, que llevan días arengando a los pueblos del interior. Es eso lo que le asusta. Porqué nunca se sabe qué harán las masas populares una vez han perdido el miedo y se han echado a las calles.

Ayer mismo el virrey pronunció las palabras oportunidad histórica en público. Y luego se dio cuenta de que, mientras las pronunciaba, se había meado encima.


2. [Mediodía. Calle soleada].

Ricardo entra des de la derecha y camina hacia los contenedores de basura, a la izquierda. Mira alrededor y luego los abre, se agacha en uno de ellos y saca algo que mete enseguida en un bolsa de deporte Adidas. Lleva quince días revolviendo en los contenedores y empieza a descubrir sus secretos, sus horarios. Los del Eroski antes echaban las sobras en el contenedor de la esquina, enfrente del establecimiento. Pero des de hace un tiempo la traen hasta aquí, dos calles más abajo, posiblemenete para evitar que los rebuscadores se paseen ante la puerta.


3. [Atardecer. Sótano. Por el pequeño tragaluz se distingue el color malva del cielo, pero el espacio está iluminado por dos fluorescentes colgados del techo].

Entre el humo de tabaco y las botellas vacías el pequeño grupo guarda un rato de silencio. Se frotan los ojos cansados, tosen, se secan el sudor de la frente. Pasa un minuto en silencio y luego uno de los hombres murmura:
- Sumisión de la razón a la acción y la voluntad, nacionalismo identitario con componentes victimistas, identificación de enemigos, componente social interclasista, negación a situarse a la derecha o a izquierda... eso ya lo vimos hace años, Europa se llenó de eso...
-Si, es cierto -responde una voz fuera de plano- Pero el asunto es que tenemos un proceso de cambio en marcha y no podemos permitir que lo manipule el Virrey ni los señores feudales.

El que había hablado primero baja la mirada y se rasca la nariz. 

20 de set. 2012

¡Nos la hemos follado!


-¡Nos hemos follado a la rubia! ¡Sí señor, nos la hemos follado!
Lo dice el hombrecito enardecido, con las axilas sudorosas y la respiración exaltada. El último fotograma de Zorras ardientes en Río se funde en rosa y el rosa inunda la pantalla, se extingue y aparecen letras que forman nombres. Él sonríe y mira a los lados buscando complicidad aunque la habitación esté vacía. Como no encuentra otra mirada contempla el cuadro del cazador inglés abatiendo a un ciervo que lleva tres décadas en la pared, esa partida de caza infinita que no cesa, ese animal siempre predispuesto a la muerte, esa mueca aguerrida del cazador ajustado dentro de una levita roja, de rojo inglés, ligeramente afeminado.

El hombrecito se levanta, abre el frigorífico de soltero, abre una lata de cerveza Dia y le pega un buen trago, y se deleita en ese aullido de las burbujas abriéndose paso por las tuberías digestivas. Se sienta de nuevo mientras recoge la gota que surfea la barbilla, escucha el canto del líquido estallando en el estómago y rebajando unas décimas la temperatura corporal. Lanza el kleenex a la mesita y todavía le brillan las pupilas encendidas por la emoción. Bebe otra vez y se arrulla en el sofá como un gato viejo y satisfecho. En la pantalla se terminan los créditos y dan paso a un color uniforme y tedioso, un gris marengo como de niebla en los páramos cerca de la ciudad. Busca el mando a distancia, pulsa un número al azar sólo para salir de ese color asqueroso y contempla un documental sobre hombres que persiguen y matan cocodrilos, en los pantanos cerca de New Orléans.

En este instante le sobreviene un dolor leve en el pecho, una tristeza rencorosa.



-¡Hemos ganado! ¡Con dos cojones, les hemos ganado!
Exclaman Javier y Susana, repentinamente tomados por el impulso de abrazarse. Y se levantan y se abrazan enmedio del comedor ante los amigos, inesperadamente. Durante el abrazo a Susana le viene a la mente algo raro y perdido porqué esa fuerza en el abrazo, esos brazos de Javier tan elásticos y prensiles no los sentía desde tanto, tanto tiempo atrás. No recuerda cuál fué la última vez que Javier le abrazó así, con las venas hinchadas, con el corazón palpitante. Quizás fue aquélla tarde de otoño, en 2007 -ella tiene una memoria excelente para las fechas y las efemérides-, en la carretera del rompeolas. Pasó un coche y les alumbró con unos faros azulados, casi místicos.

Los amigos también están de pie y aplauden al delantero de los nuestros que acaba de marcar el gol definitivo: el equipo extranjero está abatido y exhausto. Con la cabeza gacha y los ojos derrotados retroceden, miran con miradas perdidas al cielo inclemente, intentan huir del grito despiadado del público. David, que se ha quedado en el sofá, recuerda vagamente un cuento de Julio Cortázar. ¿Cómo se titulaba? Debe de ser Todos los fuegos el fuego, un cuento que hablaba de los gladiadores en el circo de Roma o algo así. David observa, casi congelado como la esfinge, esa mirada de Susana. No sabe qué significa. Desde que se acuesta con ella -los miércoles alternos mientras Javier juega al pádel- jamás ha visto una mirada tan húmeda y brillante en sus ojos marrones. Y en ese momento, David se compadece del equipo extranjero y perdedor sin saber porqué.



-¡La independencia nos hará libres y seremos más ricos!
Y el hombre se levanta. Es una persona comedida y no le gusta soltar puñetazos encima de las mesas, por eso sólo subraya la frase levantándose de la silla. Se levanta y repite la consigna porqué es lo que piensa. Y no tan sólo es lo que piensa: se lo dice su corazón, y su corazón no le ha engañado jamás. Y además eso lo dicen todos los corazones, según la prensa. El hombre está decepcionado con su amigo, porqué su amigo no parece entusiasmado: ¿dónde debe de estar su corazón? ¿Es que acaso el corazón de su amigo no late al ritmo de la patria?

Esto sucede en el Telepizza de la calle de San Tomás, en el corazón del barrio de Can Anglada de la ciudad de Terrassa. La tarde ha caído y las sombras deambulan tras los cristales. Los chavales van tomando posiciones entre la penumbra. Allí estan Ízan y Fouad y Bilal, amigos desde hace tres días. Ízan les confiesa a sus colegas que tiene hambre. ¡Hambre! piensan los otros dos. ¿Qué coño sabrá este tío del hambre? En este preciso momento cruza la calle un rugido inconfundible. Es el Toyota Celica negro que surca cada noche la calle a la misma hora, lanzado como si el infierno le esperase con una promesa radiante día tras día, como maldito. Los tres chavales se callan y fijan sus pupilas en la silueta más bella que jamás hayan visto sus ojos de agua. Por un instante -una décima de segundo- los cristales del auto les han mostrado sus miradas y cada uno de los tres ha tenido una visión, como en sueños.