La curiosidad mató al gato, dicen. Y la necesidad también, añadiría yo. Porqué el gato es más curioso cuánto más hambriento está. Porque fue la necesidad -y no el placer ni la intención- lo que me llevó a aceptar un trabajo (vamos a dejarlo en ocupación) a media jornada, en aquélla agencia inmobiliaria discretamente emparentada con La Caixa.
-Querido Jonathan Harker, hace unos años eso era una fiesta, una orgía perpetua -rebuzna el viejo, dueño de la empresa. Y luego se calla y suspira, lo que debe significar ahora es un funeral.
Lo se: llegué muy tarde al negocio inmobiliario, pero eso al fin ya no me preocupa: de alguna forma tenía que salir del paro atroz. He comprendido y aceptado, resignadamente, que mi tardanza es muy anterior: me hubiese gustado nacer en el siglo pasado o incluso antes, en tiempos del emperador Adriano. Y en otro país, eso es obvio. El país que me ha tocado me parece pequeño, mezquino y avaricioso. Despojado de bondad. Me ha tocado y me aguanto, eso es todo: no me pidan albergar llamas nacionalistas en mi débil corazón de clase baja, porqué no las albergaré.
-Vivimos tiempos jodidos -confesó el patrón- Y ahora debemos proceder a grandes sacrificios. Cada uno debe llevar su cruz. Y la suya, señor Harker, es largarse a vender unos terrenos baldíos a un señorito de Transilvania, un pájaro que se hace llamar Conde Drákula porqué es presuntuoso, cabrón y vampiro.
-¿Transilvania...? Eso está muy lejos -refunfuñé- Y mi novia Mina se va a mosquear.
-Mándela a pasar una temporada con su amiga Lucy Westenra, la bella y pálida depresiva de Whitby.
Tiene razón esta vieja rata: Lucy es bella. Y su palidez -junto a la depresión- sólo acrecientan su belleza. Lucy tiene un enorme excedente de atractivo, y esa plusvalua le permite aumentar su valor bursario de tal modo que atesora activos variados, y así dispone de tres amantes. Todos ellos de clase alta, todos caballeros, todos bien situados: sólo hay que decir que dos de sus amantes son antiguos empleados de Lehman brothers y un tercero campea en Caixabank, y cena a menudo con los señores Andreu Mas-Colell y Josep Sánchez-Llibre. El guioncito entre apellidos siempre indica cierta maldad, es un indudable indicio de hijoputez.
Como era previsible, el Conde D. resultó ser un tipo listo, uno de esos especuladores que nadó guardando la ropa y que ahora impone sus leyes. Cosechó algunas pérdidas durante la Depresión (la económica y global, no la anímica y específica de Lucy), pero supo solucionarlo chupando sangre barata. Incluso llegué a sospechar que no fuese uno de esos judíos de New York tan avispados.
Sabiendo que yo era un tipo de clase baja y él marqués o conde -o sencillamente adinerado-, huelga contar el resto de la historia. La historia, como todas las historias, terminó mal. Por más que escriba cartas, correos electrónicos y demás, la cosa acabó mal. Muy mal. Por más que Marx intuya una dirección favorable a los pobres en el devenir histórico, en mi historia no fue así.
Si por lo menos el conde me hubiese convertido en vampiro ahora no me vería en la pena del subsidio y tendría el recurso de chuparles la sangre a los que están por debajo de mi. Porqué aunque parezca imposible, siempre los hay
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Las imágenes -excepto la última- están vampirizadas de los films: Nosferatu (F.W. Murnau), Evil Dead (S. Raimi), y Frankenstein (J. Whale) todas ellas encontradas a través del blog imprescindible Vida de perras