No cayó del cielo la democracia. No la trajo un dios con su gracia ni la inseminó un ser galáctico con su nave. No se encuentra en la naturaleza. Debieron pasar miles de años y de vicisitudes. Del mismo modo que, para llegar a Botticelli, tuvimos que esperar hasta el siglo XV después de Cristo, tras veinte mil años de comunidades humanas decorando paredes como buenamente podían.
La democracia es obra de los hombres y las mujeres, y como todo lo que es obra de hombres y mujeres, es imperfecta. Philip K. Dick advirtió una vez: si usted se queja de este mundo es porque no conoce a los otros. Y uno sospecha, con el paso de los años, que vive en el mejor de los mundos posibles. O de los probables, mejor dicho. Casi todo el mundo sabe del poder infinito de los sueños y así mismo de la dificultad y la impotencia insalvables de los actos en el mundo.
Todos lo sabíamos: no venían a aportar nada nuevo y mucho menos nada bueno. Pero les reímos las gracias: siempre resulta graciosa la desfachatez, la insolencia, la incorrección. Y mucho más graciosa resulta cuando nos damos cuenta de que somos más pobres, más vulnerables. Cuando los hombres se percataron de que estaban perdiendo privilegios frente a las mujeres aplaudieron al hombre que venía con el pecho descubierto y lleno de pelo a gritarles que el hombre manda y la mujer obedece mientras pare, cuida y nutre a los hijos. Aplaudieron al que les recordó que unos antiguos guerreros expulsaron a los musulmanes en nombre de Cristo. Qué más da si aquellos guerreros eran cazurros, brutos y pendencieros, solo movidos por la codicia de la tierra.
En tiempos de banderas agitadas como para una batalla antigua, estúpida y absurda, se aplaude al que vuelve con una bandera más grande.
No se puede afirmar que un fenómeno histórico sea consecuencia de uno anterior, pero si podemos ver las similitudes entre ellos y pensar que alguna relación tienen. Quizás solo crecieron en un misma ecosistema, bajo un mismo clima. Afirmar que Abascal y Puigdemont son causa y consecuencia o incluso lo mismo me costó algunas reprimendas. Tampoco creo que se les pueda tildar de fascistas, aunque quizás es pronto para las conclusiones: en cualquier caso, ambos flirtean con derribar la democracia, exponerla a la intemperie, abandonarla bajo el frío. A ver si resiste.
No hay un fantasma recorriendo Europa: hay dos fantasmas en la carretera. La derecha extrema y el nacionalismo radical. Quizás alguien vea a un solo fantasma, puesto que muchas veces parecen siameses. Como en un cuento de Lovecraft de aquellos en los que un monstruo dormido durante siglos se levanta de su sepultura mal pergeñada en donde, bajo la apariencia de un muerto, solo era un durmiente.
Alguien me cuenta que fue a un mítin de Vox y vio obreros, gente precarizada que se cansó de ciertos discursos buenistas. Poco más tarde, leo que el votante de Puigdemont/Borràs se piensa a si mismo como una persona progresista y más bien de izquierdas. No olvidemos que el partido que solemos llamar "nazi" era nacionalsocialista. El cartel del MENA y la abuela precaria en el metro de Madrid se parece mucho al de "España nos roba" que adornó las calles catalanas: se suelta una mentira o una falacia que encienda a la gente y luego se pasa a recoger los votos. Siempre se debe añadir algo sobre la libertad, la historia entendida como una línea ascendente hacia alguna parte y por fin estampar una banderita nacional en cualquier rincón del letrero.
La democracia no cayó del cielo y es frágil. Como todo lo humano, es muy frágil. Con un martillo comprado por dos euros en el bazar podríamos romper la crisma de la Pietá, y con un cuchillo de pelar manzanas podemos rajar El nacimiento de Venus: ¡Que se joda Botticelli! ¡Que se joda la democracia del 78! Nosotros tenemos los cuchillos y los martillos, parecen decir quienes no aportan nada nuevo ni nada bueno: pero ni Abascal ni Puigdemón ni Iglesias son Botticelli, ni sabrán reconstruir lo que rompieron en nombre de... ¿la libertad? ¿la patria? ¿el pueblo?. Debemos defender a Botticelli y a la democracia.





