13 d’oct. 2020

Morir hoy para vivir mañana (en la república catalana)

La promesa de la república catalana tiene mucho de mesianismo, cuando no de milenarismo. Eso lo deduce uno tras leer las proclamas de sus líderes y las solicitudes de martirologio de sus fieles. Sacrificarse ahora para tener un futuro exuberante, más tarde, luego, algún día. Los líderes lo exigen y no son pocos quienes se ofrecen. Una especie de Guerra Santa, edición 2.0, algo realmente innovador.

El señor Puigdemont advierte a algunos funcionarios (se deduce que habla, esencialmente, de la policía autonómica) de que deberán sacrificarse. El señor Torra dice que estaba dispuesto al presidio, aunque lo dice a toro pasado y en ese tiempo verbal que llega tarde. Usó una especie de subjuntivo pasado algo difícil de descifrar. El señor Llach amenazó, hace tiempo: ¡Ay de los funcionarios que no estén dispuestos al sacrificio! (Hay que precisar que Llach inscribió su fundación personal en Madrid, en donde las fundaciones se pueden formalizar por 30.000 euros, la mitad exacta que en Cataluña. También es cierto que, una vez formalizada la fundación, algunos años más tarde, la radicó en Cataluña. ¿Abonó o no abonó la diferencia? Pues miren: no lo sé, debería investigarse).

Digo que hay fieles predispuestos al martirio, como soldados de Alá en las filas del Estado Islámico o el ISIS o el Califato o como se llame, y lo digo tras haber visto tuits del estilo (sic): President, doni les ordres i el poble obeïrà. Presidente, dé las órdenes y el pueblo obedecerá). Sin embargo, a juzgar por las evidencias, los que obedecen suelen ser pocos y cada día menos. Pero no se fíen de eso.

Más allá de los predispuestos al martirio, los hay muchos que siguen convencidos. De nada les sirve la inutilidad del gobierno regional ante la crisis del virus y la económica que le seguirá. Si hay que sufrir ahora para conseguir luego una mejor, se sufre y punto. En el librito lacrimógeno que han publicado Junqueras&Rovira, se sugiere que el gobierno regional debería gobernar muy bien (es decir, mejor que Madrit) para convencer a los tibios y a los desafectos. Pero la doctrina imperante no es esa: la doctrina real es hacerlo muy mal y echarle las culpas a Madrit. Que se mueran los abuelos, que se jodan las escuelas, que revienten los hospitales, que se mueran las empresas, o que se vayan. El diluvio y luego la república prometida, lo prometo.

Ese parece ser el retrato de la autonomía catalana, empecinada en sus objetivos secesionistas y sin ver nada más que lo mío, lo mío y lo mío: yo he venido a hablar de mi secesión. Crispación, sufrimiento, desespero: nada distingue la política del secesionismo catalán de la política de Vox. ¡Y luego dicen que en Cataluña no hay derecha extrema! ¡Pues vaya si la hay!

Hoy han confinado a otro grupo de los que soy profesor. Algunas alumnas no disponen de dispositivos ni de conexión para seguir las clases online que les caerán durante los 10 días próximos. Quizás alguien pensaba, mientras pensaba en su Cataluña rica y plena, que aquí atamos los perros con wifis y MacBooks, y que por ese motivo somos mejores y no estamos dispuestos a dejarnos someter por un imperio pobre y decadente, franquista y blablablá. Pero eso es Cataluña. La Generalitat dió algunas tabletas a finales de junio (el confinamiento, lo recuerdo, empezó el 13 de marzo) y ahora exige su devolución inmediata. Cuánto peor, mejor, deben pensar. Les diremos que la devolución de las tabletas es cosa de los malvados españoles.

Ninguno de los alumnos sin conexión ni dispositivo me ha dicho que se dispone al sacrificio con tal de obtener una república independiente en la otra vida. ¿Tengo alumnos malos catalanes?

11 d’oct. 2020

La negra Malgarida conquista Chile

 


En 1513, Antón Palma, sevillano, vende al maestro Juan Fiuco, de Santo Domingo, a una negra preñada, llamada Malgarida, por 12.000 maravedís. Cuando la mujer tiene 38 años, Francisco Díaz, mercader, le paga a Juan Bibaldo, genovés, estando en Santo Domingo, 12 ducados para pasar a las Indias a una negra esclava llamada Malgarida.

Nada sabemos de Malgarida hasta unos diez años más tarde, cuando entra a servir al Adelantado Diego de Almagro, que la habría adquirido para que cuide de su hijo muy pequeño Diego de Almagro el Mozo, que el conquistador tuvo con la india bautizada Ana Martínez. Los tres parten a la conquista de Chile con un ejército de pocos cientos de españoles y miles de indios.

Isabel Allende, la escritora, escribió la novela “Inés del Alma mía” en 2006, en donde se afirma que Inés de Suárez, de Plasencia, fue la primera mujer foránea que entró en Chile con los conquistadores. Sin embargo, el dato es incorrecto: la primera mujer foránea que pisó el país chileno es la esclava negra Malgarida, de la que no sabemos su apellido, su origen ni su aspecto. La incursión en Chile de Diego y Malgarida es un cúmulo de desastres, accidentes, enfermedades y desgracias. Tanto como para escribir no ya una novela si no un novelón de mil páginas arrolladoras.

Tras innumerables calamidades, diezmada y extenuada, la expedición de Almagro decidió volver a Cuzco, de donde había salido. A su regreso, Almagro reivindicó el gobierno de la ciudad que ostentaba ahora Francisco Pizarro, su antiguo camarada y compañero de aventuras. Así estalló una de las primeras guerras civiles españolas, que perdió Diego. Tras la derrota, Pizarro le hizo encarcelar, le juzgó y le condenó al garrote. La democracia y sus garantías deberían esperar todavía algunos siglos.

A Diego de Almagro le agarrotaron en el presidio y luego sacaron su cuerpo a la plaza, en donde fue decapitado ante el público. La negra Malgarida, conquistadora de Chile, vuelve a perderse en la niebla hasta algunos más tarde, cuando Diego el Mozo venga la muerte de su padre y asesina a Francisco Pizarro en el Palacio de Lima, en otra confrontación por el dominio de Cuzco. Diego el Mozo se convierte así en el gobernador de Cuzco más joven de la historia: consigue el cargo con 20 años de edad. Pero solo un año más tarde los hermanos de Pizarro apresan a Diego, le dan garrote y le decapitan, tal y como habían hecho con su padre. Es aquí donde reaparece Malgarida: la negra, que fue liberada en algún momento por un Diego de Almagro ya viejo y enfermo de sífilis, se hace cargo del cuerpo mutilado de aquel chico a quién había cuidado de pequeño. Manda construir una capellanía en el Convento de la Merced de Cuzco y hace enterrar juntos al padre y al hijo, en el sótano. Cuando ella muere es enterrada junto a los dos Almagro, tal como había dispuesto en vida de su puño y letra.

Según la historiadora chilena que defiende la conquista de Chile por la negra Malgarida, Diego de Almagro fue el amo y el amor de Malgarida. El gesto de Malgarida, preocupada por dar sepultura digna al padre y al hijo demostraría que la relación no fue escuetamente de amo y esclava. Ahí hay una historia de amor tardío pero profundo. En la vida de Diego de Almagro abundan las traiciones, las felonías y la barbaridad: lo de la negra Malgarida es un destello de lealtad y de amor más allá de la muerte, y resulta inexplicable que Isabel Allende soslayase todo eso, tan trágico y tan romántico, tan fulgurante y efímero. Tan humano.

La historia de la conquista, de la colonización y de las luchas por el poder de los españoles en América es casi infinita, épica y trágica, tragicómica, patética en ocasiones, salvaje, desesperada, brutal, sanguinaria, atroz, despiadada, descomunal. La historia de Malgarida es pequeña y tierna, elaborada con pequeños gestos, con escenas ensombrecidas por el olvido e intermitentes, chispas minúsculas de una fogata enorme que se elevan y se esparcen, que el viento se lleva en un santiamén. Y luego nada. O casi nada.

Siglos después de la muerte de los dos Almagros y de Malgarida, un once de octubre de 2020, un pobre catalán cuelga su historia en un blog censurado en alguna red social. Y luego nada, nada otra vez. Una eternidad de nada interrumpida por una milésima de segundo de luz. Fin. ¡Y qué más da conquistar Chile o El Dorado, cuándo es imposible conocer nada de nadie, incluyéndose a uno mismo!

8 d’oct. 2020

Un republicano puede ser más rancio que un monárquico

Se supone que los republicanistas son gente de progreso por costumbre, inercia o vicio. Aunque no necesariamente de izquierdas. Sin embargo, tras escuchar el discurso del señor Aragonés, líder de los republicanistas catalanes, uno se da cuenta de que los republicanistas pueden ser muy pero que muy carcas. El señor Aznar, por ejemplo, ejemplo de carcas, era muy antimonárquico y no lo ocultaba: despreciaba sin remilgos al monarca hoy oculto y emérito en un hotelito bereber. El señor Aragonés aprovechó que el Pisuerga pasa por su pueblo para largar una invectiva decimonónica contra el Rey. Unas frases trilladas, vacías, redundantes y con un eco de radio en blanco y negro. Son, quizás, las frases que espera su parroquia. Y nunca mejor dicho lo de parroquia, en este caso.

Otra líder del partidillo le exigió al Rey que pidiese disculpas por haber ofendido a la mitad de los catalanes el día 3 de octubre de 2017. Bueno, lo mismo se le podría exigir a Junqueras respecto de la otra mitad de los catalanes, a quienes agredieron los días 6 y 7 de septiembre con una insoportable pretensión de poder. Se lo podríamos exigir, también, al tipo que se metió en el maletero de un Audi para instalarse en un chalecito belga y vivir a cuerpo de Rey. Sí, de Rey. El mismo que exige que le vayan a rendir pleitesía a cambio de un pequeño feudo en la administración, en el partido o en donde sea, por favor, ¿qué hay de lo mío? Y no estaría de más que se disculparan los demás y las demás, y en especial la señora Forcadell.

El republicanismo catalán huele a tradicionalismo rancio, a sacristía y a hostia consagrada. No duden nunca cuando les digan que ERC tiene sus raíces hundidas en el carlismo, y no confundan el carlismo con la adoración de Carlos Puigdemont: los carlistas eran unos del XIX que querían a un rey más que a otro y que estaban dispuestos a matar por su rey, o a dejarse matar por los del rey enemigo. No se olviden, tampoco, de los escenarios de las guerras carlistas: Navarra, País Vasco, parte de Aragón y Cataluña entera, salvando las comarcas civilizadas del entorno de Barcelona, incluyendo Barcelona. No se olviden de que al carlismo se le opusieron los liberales. Por fortuna, los liberales derrotaron a los carlistas. Pero ellos nunca se dan por vencidos: ¡Ho tornarem a fer!, grita todavía hoy un tal Jordi Cuixart, tal como antaño gritaron los numantinos ante el empuje de la civilización (romana, en aquélla ocasión). Los cavernícolas se resistieron a la civilización: les parecía más seductora la caverna y al Cuixart le seduce más la tribu que la ciudadanía democrática. Vivir para ver. Cuixart presidía un organismo creado por tres falangistas.

Quizás no hay nada más rancio que un republicanista catalán. Esta es la evidencia que el señor Aragonés se esfuerza en divulgar, con toda su capacidad pedagógica disponible. El señor Aragonés cree que el socialismo es malo. El señor Aragonés, cuando era solo vicepresidente, intentó sacar adelante la "ley Aragonés", que era el intento más brutal visto hasta hoy de transferir el dinero público destinado al bienestar social a las empresas privadas, lavarse las manos del asunto y dedicarse a otros asuntos.

El señor Aragonés, a día de hoy, es algo así como un vicepresidente en funciones de presidente pero sin ser presidente, y si le añaden que es vicepresidente en funciones de un presidente que era el sustituto de un presidente que era el valido de uno que vive en Waterloo y que fue nombrado presidente para un rato por otro presidente que se creía Moisés pero en verdad de la buena solo le guardaba la silla caliente a uno que era presidenciable por ser hijo del presidente más presidente de todos... ahí lo tienen. Ese es el retrato de la degradación institucional de la región catalana. ¿Con quién dialogará el señor Sánchez en la mesa negociadora que le exigen los republicanistas catalanes? Lo tienes difícil, Pedro: al fin y al cabo tú eres un presidente legítimo y de veras, el representante de una democracia europea: ¿negociarás con un espantajo que sustituye a un sustituto de un sustituto de un provisional? ¿Negociarás con el espantajo que representa a una región cada día más empobrecida, insignificante y a la vez pretenciosa?

Dicen por ahí no sé qué cosas del abuelo del señor Aragonés, pero a mi lo que fuese o hubiese sido su abuelo me la trae al pairo. Al fin y al cabo, mi abuelo, aún sin ser alcalde de ningún pueblo, también era más bien franquista, católico y empresario. Eso no me parece justo: a cada uno que le juzguen por lo que él mismo ha elegido. Sin olvidar el árbol genealógico, por supuesto, pero sin colgarlo de él con la soga genética. La verdad, sin embargo, es esa: el primer discurso del señor Aragonés sonaba tan rancio, hueco, tópico y vulgar como lo que quizás, en su día, pronunció el abuelete. Eso solo es una hipótesis.

4 d’oct. 2020

A 90.000 euros por emérito catalán

La categoría de los eméritos aumenta sus filas en el mundo entero. La inauguró un Papa, pero eso es cosa de la Iglesia y ahí no me meto, para no chocarme. Siguió un rey, que devino emérito por motivos claroscuros. Pero lo de Cataluña es otra cosa. Aquí llevamos ya seis ex-presidentes a mantener. Seis eméritos para cuatro comarcas y pico: el sueño de cualquier carlista con fiebre alta. En Cataluña hay una "Ley de la Presidencia", pergeñada por el insigne Jordiet, el Gran Jordiet. Una ley que contempla cómo será el retiro de cada Ex-Molt Honorable. El retiro consiste en una paguita vitalicia que, en el caso del último emérito nos costará 92.000 del ala cada año. Paguita más despacho oficial, secretaria (¡viva el sesgo de género!), coche y alguna que otra cosilla.

El despacho del emérito Mas, por ejemplo, está en lo alto del Paseo de Gracia. Ni en Sants ni en el Barrio Chino ni en Nou Barris: en todo lo alto del Paseo de Gracia, ni más ni menos. Los nacionalistas odian la poco nacionalista Barcelona, pero el despachito que se lo pongan en el barcelonés Paseo de Gracia, la calle más cara de la Ciudad Condal. No en Vic ni en Olot ni en Manlleu ni en Girona. Podría ser en la Calle Mayor de Hostalrich o en la plaza de la Patum de Berga, mucho más dispuestas a la causa, pero no: en el Paseo de Gracia. A lo grande, olé tu, con un par aquí estoy yo.

La lista de los eméritos no es breve. Una milagrosa longevidad bendice a los eméritos catalanes, y me alegro de que la gente viva cuánto más, mejor, vaya eso por delante. Pujol, Maragall, Montilla, Mas, Puigdemont y Torra. Seis eran seis los eméritos catalanes. Seis despachos, seis, secretarias, seis guardaespaldas, seis paguitas. En Cataluña atamos los perros con butifarras de Vic, la patria no repara en gastos cuando se trata de la cosa patriótica.

Es una paradoja: quién pretende construir una república está aquejado de tics monárquicos y por lo tanto trata a cuerpo de rey a los presidentes retirados. ¡Y somos una pequeña región en vertiginosa decadencia! Desconozco el asunto por la vertiente legal, pero yo no se si esto es muy legítimo. Y tengo otras preguntas que quizás ustedes me podrán ayudar a resolver: ¿existe algo similar para los expresidentes de España? ¿Cómo se argumenta, democráticamente, el privilegio? En el país de los parados, del abandono escolar y de los Ertes, ¿es ético el retiro dorado de uno que ha ostentado un cargo durante un par de añitos y gozará del privilegio durante, quizás, veinte años si Dios y la sanidad quieren? ¿Un expresidente de la Comunidad de Murcia goza de los mismos privilegios? ¿Pere Aragonès (37 años) podrá optar al mismo trato a costa del erario? ¿Alguno de los eméritos ha sentido un atisbo de decencia y ha renunciado?

Me agobio a mi mismo: en cada artículo que escribo acá hay más interrogantes que puntos y aparte. Bueno, a decir verdad, este es el signo de mi vida: el interrogante. Ayer mismo, con solo poner un pie en la calle ya se me apareció un interrogante enorme, como la virgen a los pastorcillos (¡ y pastorcillas!) de Fátima: ¿hay alguna razón objetiva para que, a partir de la COVID, los dueños (¡y dueñas!) de perros y perritas no recojan las heces de sus mascotas tal como lo hacían antes?

Exceptuando el interrogante que pregunta por el asunto escatológico, los demás se me vinieron a la cabeza cuando pregunté (¡otra pregunta!) por el estado del aula en la que me paso seis horas semanales, provista de un ordenador antediluviano y conectado a un proyector del pleistoceno, que proyecta en una pantalla retráctil del jurásico. Pregunté: ¿se puede comprar un equipo informático algo más nuevo? La respuesta fue breve y concisa: eso es imposible. ¿Imposible? insistí. Sí, es imposible, insistió la autoridad. No hay dinero, argumentó con ese argumento que, en Cataluña, se presenta como algo irrebatible. Y luego añadió: tenemos un presupuesto muy cortito y este curso hay que gastar un montón de dinero en geles hidroalcohólicos y en desinfectantes de superficies. No hay dinero para NADA más. Debemos apañarnos como podamos.

De modo que ya lo saben ustedes. Igual dentro de poco montamos una colonia humana en Marte, igual Cataluña se convierte en una república ejemplar y modernísima y blablablá, pero las aulas se quedan como estaban, y denle gracias a la virgencita si se quedan como están. Eso sí, que no falte lo primero: a 90.000 más gastos por cada emérito. Y la CUP encantada con los eméritos y con todo lo que nos caiga mientras huela a patriotismo, como siempre. Y los Comuns/Podem, equidistantes.

No se olviden de gritar a pleno pulmón: ¡Visca Catalunya!.  

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Nota: este artículo se lo dedico a la oposición catalana, o sea: a los partidos que no son ni CiU (o sus eméritos), ERC y la CUP. Se lo dedico a los partidos que deberían ejercer la oposición pero ejercen de graciosos, de ocurrentes y de dicharacheros. Si les faltan argumentos yo les puedo contar la realidad de las aulas y algunas otras curiosidades del mundo. Del mundo real. Los catalanes esperamos un consuelo.

2 d’oct. 2020

El color amarillo, un cuento


Cuando era pequeño me gustaba ponerme enfermo. En vez de ir al cole me quedaba en la cama y, además, era objeto de una atención exquisita por parte de mi madre que solo me era dispensada en caso de enfermedad. Incluso mi padre, contra pronóstico, devenía dócil y solícito. Luego, en función de la gravedad, llamaban al doctor Queraltó y entonces acudía el médico, al atardecer, en cuanto terminaba de pasar visita en su consulta, en la parte alta de la ciudad. El doctor Queraltó era un tipo alto, serio y elegante, de tez blanca y alargada, manos grisáceas. Daba un poco de miedo porqué se parecía a Vincent Price. Era un conocido de la familia, me decían, de hace muchos años, aunque jamás comprendí cómo pudo surgir la amistad entre un doctor de los barrios altos y un obrero de la periferia. Pero como para un niño todo es misterio y normal a la vez, no tenía nada que objetar.

La conducta alterada de mis padres y la presencia del médico inquietante me hacían sentir como un joven príncipe antiguo, habitante de un castillo decadente. Mi habitación de bloque de barrio se convertía, por unos días, en una cámara enorme que olía a moho aristocrático. Y además estaba la fiebre. La fiebre me regalaba, en sus momentos agudos, unos sueños tan tremendos como fabulosos. Cuando despertaba, agitado y sudoroso, pasaba horas saboreándolos, recreando sus imágenes oscuras y angustiantes. Me fascinaba que se produjeran, en mi mente, escenas de cosas, lugares y situaciones que no había visto jamás y que no eran únicamente mías sino que, además, pertenecían a un mundo terrible y desconocido al que solo yo podía acceder. ¿Qué enigma ocultan los virus que se alojan en nuestro cuerpo? ¿Son los mensajeros del más allá?

Con el paso de los años, las atenciones de mis padres cuando estaba enfermo menguaron hasta desaparecer. Y cuando desaparecieron mis padres, de la enfermedad ya solo me quedaba el regalo de la fiebre con sus sueños barrocos. Aunque lo pasé mal con las infecciones o las gripes virulentas, siempre guardo los sueños febriles como un tesoro que luego analizo y sobre los cuales elaboro hipótesis buscando señales, intenciones metafóricas o artísticas, indicios de algo.

En una ocasión, aquejado por ciertos problemas mundanos que me tenían muy preocupado, recurrí a la fiebre como el toxicómano a la heroína. Me duché con agua fría y, sin secarme, me instalé desnudo un buen rato en el balcón del piso (por pudor y respeto para con mis vecinos, me cubrí lo indispensable con una toalla). Estábamos a principios de febrero y hacía mucho frío. Fui correspondido con una bronquitis infecciosa que me provocó unas pesadillas muy poderosas, redondas y completas, con unos visos de verosimilitud muy preocupantes. Tardé unos días en acudir al ambulatorio a por medicación y lo hice cuando empecé a temer por mi vida. Por entonces, ya me había sustraído a mis problemas. La doctora que me visitó me amonestó, muy severa. Nada que ver con la dulzura de mi madre, desde luego. Y, además, la doctora se parecía a la Simone Signoret de Las diabólicas con unos años de más. Quizás debería haber sospechado que algo andaba mal. Tanto la doctora como algunas cosas que había visto por la calle, camino de la consulta, parecían alteradas. Pero como yo seguía con fiebre muy alta lo achaqué todo a mi estado. Cosas amarillas, en balcones y ventanas, en farolas y árboles. Todo muy raro y muy amarillo.

Mientras la médico escribía su receta me siguió preguntando. Y me temo que yo, con la guardia baja, debí traicionarme, ya que ella dedujo que me había inducido la enfermedad. “Eso es muy peligroso, aparte de estúpido. Parece mentira, en un hombre de su edad”, me espetó. Intenté explicarme con medias verdades pero no encontré comprensión. Me fijé, entonces, en ciertos complementos que lucía la doctora, y en algunos objetos que decoraban su mesa de trabajo. El color amarillo chillón era el común denominador de todo aquello. Sentí como algo me oprimía la garganta. Pensé en el más terrorífico relato que jamás he leído, El rey amarillo, de Chambers. Huí más que me marché del consultorio. Pasé por la farmacia. Una vez en casa, consulté en Google lo que se cuenta de la fiebre amarilla. Y encontré cosas referidas a una enfermedad tropical transmitida por mosquitos, pero no vi que se mencionasen delirios. Muchos soldados retornados de Cuba, tras el desastre en el XIX, la sufrieron. Escribí un cuento antes de curarme, aprovechando los últimos retazos de mi enfermedad. Aunque creo que jamás he sanado por completo. Sigo viendo cosas terribles y vivo presa de malos augurios.