La promesa de la república catalana tiene mucho de mesianismo, cuando no de milenarismo. Eso lo deduce uno tras leer las proclamas de sus líderes y las solicitudes de martirologio de sus fieles. Sacrificarse ahora para tener un futuro exuberante, más tarde, luego, algún día. Los líderes lo exigen y no son pocos quienes se ofrecen. Una especie de Guerra Santa, edición 2.0, algo realmente innovador.
El señor Puigdemont advierte a algunos funcionarios (se deduce que habla, esencialmente, de la policía autonómica) de que deberán sacrificarse. El señor Torra dice que estaba dispuesto al presidio, aunque lo dice a toro pasado y en ese tiempo verbal que llega tarde. Usó una especie de subjuntivo pasado algo difícil de descifrar. El señor Llach amenazó, hace tiempo: ¡Ay de los funcionarios que no estén dispuestos al sacrificio! (Hay que precisar que Llach inscribió su fundación personal en Madrid, en donde las fundaciones se pueden formalizar por 30.000 euros, la mitad exacta que en Cataluña. También es cierto que, una vez formalizada la fundación, algunos años más tarde, la radicó en Cataluña. ¿Abonó o no abonó la diferencia? Pues miren: no lo sé, debería investigarse).
Digo que hay fieles predispuestos al martirio, como soldados de Alá en las filas del Estado Islámico o el ISIS o el Califato o como se llame, y lo digo tras haber visto tuits del estilo (sic): President, doni les ordres i el poble obeïrà. Presidente, dé las órdenes y el pueblo obedecerá). Sin embargo, a juzgar por las evidencias, los que obedecen suelen ser pocos y cada día menos. Pero no se fíen de eso.
Más allá de los predispuestos al martirio, los hay muchos que siguen convencidos. De nada les sirve la inutilidad del gobierno regional ante la crisis del virus y la económica que le seguirá. Si hay que sufrir ahora para conseguir luego una mejor, se sufre y punto. En el librito lacrimógeno que han publicado Junqueras&Rovira, se sugiere que el gobierno regional debería gobernar muy bien (es decir, mejor que Madrit) para convencer a los tibios y a los desafectos. Pero la doctrina imperante no es esa: la doctrina real es hacerlo muy mal y echarle las culpas a Madrit. Que se mueran los abuelos, que se jodan las escuelas, que revienten los hospitales, que se mueran las empresas, o que se vayan. El diluvio y luego la república prometida, lo prometo.
Ese parece ser el retrato de la autonomía catalana, empecinada en sus objetivos secesionistas y sin ver nada más que lo mío, lo mío y lo mío: yo he venido a hablar de mi secesión. Crispación, sufrimiento, desespero: nada distingue la política del secesionismo catalán de la política de Vox. ¡Y luego dicen que en Cataluña no hay derecha extrema! ¡Pues vaya si la hay!
Hoy han confinado a otro grupo de los que soy profesor. Algunas alumnas no disponen de dispositivos ni de conexión para seguir las clases online que les caerán durante los 10 días próximos. Quizás alguien pensaba, mientras pensaba en su Cataluña rica y plena, que aquí atamos los perros con wifis y MacBooks, y que por ese motivo somos mejores y no estamos dispuestos a dejarnos someter por un imperio pobre y decadente, franquista y blablablá. Pero eso es Cataluña. La Generalitat dió algunas tabletas a finales de junio (el confinamiento, lo recuerdo, empezó el 13 de marzo) y ahora exige su devolución inmediata. Cuánto peor, mejor, deben pensar. Les diremos que la devolución de las tabletas es cosa de los malvados españoles.
Ninguno de los alumnos sin conexión ni dispositivo me ha dicho que se dispone al sacrificio con tal de obtener una república independiente en la otra vida. ¿Tengo alumnos malos catalanes?


