La liebre salta donde menos te lo esperas.
El filólogo es un buen traductor, por lo que cuentan de él. Un profesional competente. Sin embargo su vida, ¡ay! su vida es un malvivir constante.
El filólogo está atento. Su oído no descansa, su ojo no cesa en la vigilancia estricta. El otro día, cuando volvía de la tienda en donde compró su botella de Cat Cola, descubrió al hijo de los Puidengolas flirteando con una chica morenita en un banco de la calle. ¡Horror! El Puigdengolas, con tal de hincarla, hablaba en la lengua del invasor. El filólogo siguió hasta casa su casa refunfuñando, maldiciendo entre dientes, mesándose su barba. Debería dejarse la barba más larga, pensó durante un paréntesis de su furia: debería llevar la barba de un profeta, de los más iracundos.
Un día más tarde, mientras se dirigía a la parroquia de los Mártires de Òmnium, se tropezó con un grupo de chavales que chutaban una pelota en el parque. Reconoció a dos de ellos: un hijo de los Pissunyer y otro de los Pladenpiula. Chutaban... en la lengua foránea. Les amonestó por su flaqueza ante el colono levantando el dedo índice del inquisidor, el índice del mujaidín. Siguió andando, más o menos satisfecho consigo mismo por haber intervenido. Pero unos pocos cientos de metros más allá se detuvo. ¡No había hecho lo suficiente para combatir la infamia! Se dio la vuelta, levantó los ojos al cielo y murmuró: Perdóname, santo mártir Cuixart, pero hoy no acudiré a misa. Y se fue raudo de vuelta para su casa, encendió el ordenador y se puso a escribir lleno de furia.
El texto que escribió está aquí. Vale la pena.
Su escrito apareció al día siguiente en la Hoja Parroquial. Los feligreses se esforzaron en leer su prosa alambicada y barroca, repleta de arcaismos deliberados, su sintaxis endiablada. Sus lectores también se rascan la cabeza cuando le leen y a fe de Dios que son muchos los que no comprenden nada, pero saben que el filólogo profeta va para santo y doblan sus cervicales devotas ante la pantalla.
El filólogo sabe o no sabe que sus textos también nos los pasamos entre los infieles, los descreídos, los gamberros y los hartos. Para reírnos un buen rato, que buena falta nos hace. Un colega le dedicó estas palabras, de donde he sacado la idea de poner una liebre saltarina enmedio de tanta espesura y tanta manía persecutoria.
Monseñor Vidal, inasequible al desaliento, sigue con su cruzada contra el bilingüismo en Cataluña. Con el ánimo encendido de un Torquemada provinciano, iracundo y furioso, denuncia cualquier acto que huela a herejía, suceda donde suceda, siempre atento. No se le escapan ni los pecados cometidos en el corazón de la Cataluña racial y referendumista: ¡ni Arenys de Munt escapa a su implacable vigilancia! Y aprovecha para cargar contra todos, y para advertir a los tibios de los grandes males que se avecinan, y para arremeter contra esa juventud inmoral que puebla las calles y desdeña el dogma que él custodia. Algunos podrían advertir en Vidal señales inequívocas de distorsión cognitiva (que sepa Vidal que hay buenas terapias de reconstrucción cognitiva), pero a mi lo que me llega al alma es su estilo. Llevo años leyendo sus jeremiadas y observo una caída vertiginosa en el barroquismo confuso, en la esterilidad del arcaísmo forzado, en la confusión. A medida que uno lee se siente desanimado y abrumado por el abuso de un léxico neblinoso enmedio de unos axiomas de cosecha propia ("el bilingüismo es malo", dice el profeta desdichado) disfrazados de argumentos... Léanlo (si pueden) con el rotulador de subrayar.(Yo, en su lugar, hubiese titulado el artículo: "La liebre salta donde menos te lo esperas". Porque ya es mala suerte, Pau, que la liebre bilingüe te salte en la cuna del procesismo: ¡vaya chasco, Pau!).



