18 de des. 2019

Wad-Ras no rima con Borràs

foto de Javier Liste Limés.

Si atacan a una, nos atacan a todas. La frase, ejemplo didáctico de distorsión cognitiva (en este caso se llama "sobregeneralización"), procede de otro ámbito. Pero es aplicable al pensamiento trastornado de una tribu en concreto. La catalana. Aunque sea un caso de pensamiento trastornado, en Cataluña funciona muy bien y permite obtener grandes beneficios. Que se lo pregunten a Pujol senior.

Pujol el viejo dejó un agujero tan grande en Banca Catalana como la Fosa de las Malvinas (la comparación no es mía, es de Francisco Casavella, en "El día del Watusi"). Cuando la justicia fue a por él, convenció al pueblo de que la justicia iba a por él por ser catalán, por ser nacionalista catalán. Si me atacan a mi nos atacan a todos, vino a decirnos el Sátrapa. Y le funcionó de maravilla. El pueblo se echó a la calle, gritaron hasta quedarse afónicos. Recuerdo la crónica: hubo quien le gritó "President, desperta ferro!", el grito de guerra de los almogávares de Roger de Flor.

Nunca sabremos lo que sucedió luego. ¿La justicia se amedrantó? ¿Alguien movió los hilos con tan gran pericia que consiguió el milagro? Fuese lo que fuese (los conspiracionistas pueden opinar), Pujol se fue de rositas. Y ahí sigue.

El fenómeno se repite en 2019 con la señora Laura Borràs. Aunque Borràs duplica en altura al Garbancito del Eixample, usa la estrategia del gran pequeñajo. Lo que sucedió con las adjudicaciones de contratos durante su época como directora del Institut de les Lletres Catalanes, el ILC (¡solo les faltaba eso a las desdichadas letras catalanas!) tiene todo el aspecto de ser solo una muestra, la punta del hilo que asoma y del cual, tirando de él, puede caer la madeja entera. No sería de extrañar que, al final de la madeja, cayese un gato (o una gata) agarrado a ella. Vamos a esperar. Será una espera llena de ilusión.

De todas formas cabe reseñar que, en esta ocasión, ha habido una aportación nueva. Esta nueva aportación tiene nombre y apellido: se llama Bel (Isabel) Olid y es una señora de la CUP. Si no me equivoco, Bel Olid se autoproclama escritora. Sostiene que ha publicado más de un libro, pero desconozco títulos y referencias y, además, me da mucha pereza documentarme sobre el caso. Me suena que ha publicado algo sobre autosatisfacción sexual femenina. Creo.

Bel Olid escribió un tuit en el cual asegura que Borràs es persona de proceder intachable. No es un tuit maravillosamente escrito pero se expresa bien, e incluso suelta alguna frase enigmática, lo cual se le agradece. Explica que trabajó para Borràs. Se infiere que trabajó "con" ella en el ILC, pero no lo explicita: ¿en calidad de qué debió de trabajar con Borràs? ¿Trabajó con ella o bajo su mando (que no es lo mismo)?. Y, a continuación, Olid asegura que la imputación de Borràs obedece a la pérfida justicia del estado opresor (la señora Borràs se desplaza en un Jaguar, el vehículo típico de los colectivos oprimidos), y que se la persigue por ser diputada de Junts per Catalunya, el partido del señor del chalé en Waterloo. Tal cual lo oyen. Ni miento ni interpreto. Una señora de la CUP (el partido de la izquierda radical, trotskysta-leninista) acude en defensa de una diputada de la derecha nacionalista populista. Y lo hace sin que se lo hayan pedido. Lo hace por amor. ¿A la Patria?. Si nos atacan a una, nos atacan a todas, supongo que habrá pensado Olid.

Recuerdo que, en unas elecciones catalanas recientes, se presentaban tres señoras de la intelectualidad catalana, intelectualas y escritoras, cada una en su lista correspondiente. Esas tres señoras eran Laurà Borràs, de JxCat, Bel (Isabel) Olid por la CUP y por fin Jen (Jennifer) Díaz por ERC. Todo bien atado. Borràs obtuvo algún cargo, y el destino de las otras dos lo ignoro, pero no debe ser muy brillante. Lo dicho: las letras catalanas siguen en caída libre y diría que pueden ir a peor, por difícil que parezca. Pero no lo olviden: hacia abajo no hay límite.

¡Enfin! Años atrás el señorito Pujol tuvo que espabilarse por llamar a la tribu en su defensa y ahora, cuando le toca a Borràs, ella no debe molestarse en convocar a la tribu para que la defienda ante los jueces. Lo hace en su nombre la representante de la extrema izquierda. ¿Para qué molestarse en hacer algo cuando te lo puede hacer la criada? habrá pensado Borràs. O bien: "Debo acudir en defensa de la Señora, que siempre se portó muy bien conmigo cuando yo era su sirvienta", habrá pensado Olid.

Por fin hemos dado con el "fet diferencial català" (el hecho diferencial catalán), ese fenómeno nunca visto pero siempre cacareado: en Cataluña, cuando a un político de derechas le imputan por falsedad documental, malversación,  prevaricación y falsificación, le defiende la extrema izquierda. ¡Por fin! Por fin sabemos lo que nos hace únicos y especiales ante el mundo. No tardará en salir el tertuliano o el columnista que, a partir de esta curiosidad idiosincrática, nos demuestre que es por eso que Cataluña es una nación.

Esperaré con ilusión las evoluciones del caso, pero me permito augurar que Wad-Ras no rima con Borràs. No me hagan mucho caso, son cosas de catalanes.

16 de des. 2019

Contra Albert Soler


Los artículos de Albert Soler en el Diari de Girona, durante estos últimos años, no han sido solo un refugio inesperado en la prensa catalana para los que nos sentíamos excluídos. Han sido, sobretodo, un reencuentro con la carcajada, que buena falta nos hace. Soler me ha permitido darme cuenta de que el independentismo, con todas sus variantes (el lacismo lacrimógeno, la épica patriótica, el referendumismo, los Cdr, la Cup y sus cervezas artesanales, y todo lo demás) son, ante todo, ridículos. Ridículas son sus formas, sus eslóganes, sus posturas, su propaganda, sus axiomas. Ridícula es su pretensión de presentarse ante el mundo como oprimidos cuando viven en chalés con césped, piscina y tres coches en el garaje. Ridículos y patéticos son los que, sin tener ni chalé ni césped ni piscina salen a la calle a aplaudirles, a jugarse la cara por los que les han engañado de la forma más vil y despreciable.

Me ha ayudado a verle la vis cómica (de payaso triste, ajado y decadente) a la paellera Rahola, al abuelete que chochea Cotarelo, al adulador de poderosos Sanchis, al vendedor de baratijas Partal, al pésimo escritor Cuixart, a los lamentables Rull y Turull, al beato Junqueras, al pijo Romeva y a todos los demás próceres de la independencia fake, a Forcadell, a la gesticulación del President, a la opción pretenciosa y vacua del Vivales en Waterloo, a la nulidad intelectual de todos ellos. Y ellas, claro.

Soler les ha puesto nombre, el nombre que necesitaban, el nombre que nos permite comprenderles como lo que son: unos jetas que engañaron a los suyos y empeoraron la vida de todos. Soler pone, en artículos demoledores por su lucidez, a cada uno de esos farsantes en su lugar. Soler escribe ahora lo que la historia escribirá mañana. O pasado mañana, Dios dirá. En cierto sentido, Soler nos ha salvado de la depresión a muchos, entre los que me cuento.

El título que lleva el libro de Soler, la selección de sus artículos de esos años lamentables en Cataluña, es extraordinariamente oportuno: se cansaron de vivir bien y decidieron joderlo todo. Joderlo todo en un ejercicio irresponsable, pueril y a la vez calculadamente maligno, joderlo todo para a ver qué pasa si lo jodemos todo, a ver si nos sale bien y seguimos 200 años más como los dueños inapelables de la finca. Lo dijo otro que no era Soler: el proceso catalán es solo el proyecto de escriturar la finca, su finca, escriturar la propiedad de Cataluña.

A Albert Soler le conocí en primer lugar por sus artículos del Diari de Girona (esos artículos salvíficos), luego por la vía virtual y, por fin en directo, una tarde de verano en Salt, en la terracita de un bar, entre chocos y cervezas y bravas, tarde que terminó de madrugada en un local gerundense regentado por latinos, reguetón y cumbias, la Cataluña real. Mientrastanto, en mi mente (yo por aquel entonces había empezado a leer el primero de los cuatro libros de Emmanuel Carrère que llevo leídos del verano a esta parte), se empezó a gestar la idea -alentada por las cervezas- de entrevistar a Soler tal como lo hace Carrère, con la intención de escribir una novela sin ficción sobre su vida, sus ideas, su profesión, sus anécdotas. Albert Soler no es Eduard Limónov, pero estoy convencido de que ahí hay un libro por escribir, que no trata solo de Soler: también de Gerona, de Cataluña, de España, de los populismos europeos, de los nacionalismos, de las perversiones del lenguaje. Etc. Pensé que este ejercicio podía ser una buena forma de devolver el bien que me habían hecho sus artículos durante estos últimos y tristes años, los años del procesismo catalán. Y, a la vez, escribir sobre eso podría ser una forma de reencontrame a mi mismo en la redacción literaria.

"Contra Albert Soler" es la paráfrasis del título de uno de mis poemas favoritos de Jaime Gil. Si, el que se titula "Contra Jaime Gil de Biedma" (página 145 en la edición de "Las personas del verbo", Seix Barral, sexta edición, mayo del 92). Por eso me atrevo a escribir estas líneas. A Soler, luego de agradecerle el bien que nos ha hecho, le preguntaría por qué afirma que en Cataluña vivíamos bien cuando solos algunos vivían bien. Me tienta decir que se la respuesta, pero en realidad no la se. Le preguntaría por qué no ha escrito ningún artículo sobre la gente que lo pasa mal, aquí. Sobre el daño que nos ha provocado el desafío procesista. Soler es consciente de la fractura social, familiar, de la dificultad enorme de revertir todo ese mal, pero jamás ha escrito sobre eso.

Sobre esas preguntas me gustaría escribir un libro.

Hace algún tiempo, tuve una charla, veraniega también, en la que alguien me dijo que Soler es demasiado ligero y bromista, un gran cachondo, pero que incurre en una misoginia muy incorrecta para nuestros tiempos, y que su discurrir por más allá de la corrección política en estos asuntos le sitúa en una zona gris, acaso resbaladiza. Yo podría estar de acuerdo, del mismo modo que también le aplaudo a Soler su valentía en ese sentido, su capacidad por escabullirse del dictado totalitario de la corrección.

Bueno, podría escribir mucho más sobre el asunto pero lo dejo aquí.

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Sobre el lacito de la foto. Lo encontré atado a la rama de una encina pequeña, al lado del camino, en un bosquecillo del prelitoral. Tardé un poco en quitarlo, ya que estaba atado con dos nudos muy prietos. El lacista que lo puso quería permanecer, como los romanos cuando escribían en la piedra, para una larga posteridad. Un examen superficial permite descubrir que está construído con un pedazo de bayeta Vileda, de modo que el lacista que ensuciaba la naturaleza por el bien de la Patria no pretendía invertir mucho dinero en su acción heroica, en ese acto de rebeldía, en esa revolución. Todo por la Patria, pero que me salga apañado, por poco dinerito. Postdata: el lazo está en la basura tras ser documentado.

15 de des. 2019

Mamadou B. y Joaquín T.


El Presidente está muy ocupado, dice. No se puede hacer cargo de todos los problemas que le incumben, porque los problemas son muchos y muy complejos. Dice el Presidente que los problemas le sobrepasan, dice que usted debe comprenderlo.

Hoy, un alumno me ha contado que abandona los estudios. Abandona los estudios y su vida aquí, y se va a un pueblo, un pueblo de otro país. Llegó a España en patera. Se puso a estudiar, consiguió trabajo. Estudiaba y trabajaba. El trabajo, sometido a unos horarios terribles: madrugada o noche, según las necesidades o los caprichos de la demanda o del jefe. El fin de semana, al completo, a destajo.

Consiguió alquilar un piso. Se casó. El chico es un ejemplo, no solo para los que llegaron a España como él, también lo es para los chavales nativos. No se quejaba jamás. Es un chico humilde, agradecido: lo que dije, un ejemplo para todos. Es consciente de que el azar determina (el sitio en donde has nacido, las personas con quienes te has cruzado). Es más, en las escasas horas libres que le quedaban, hacía un voluntariado para ayudar a otros chavales, tanto emigrados como oriundos. Se llama Mamadou.

Le acaban de comunicar que le reducen la jornada laboral y por consiguiente el sueldo y, aprovechando la caducidad del contrato de alquiler, se lo aumentan un 30%. Y no estamos hablando de Gracia ni de Pedralbes, como se pueden suponer. Se larga pero no se rinde, porque la gente como él no se rinde jamás. Seguirá luchando, pero luchará en otra parte. Y estoy seguro de que lo logrará. Mamadou es un resiliente nato.

Sobre casos como el de Mamadou le preguntaron el otro día al Presidente, y el Presidente respondió que no estaba para esas minucias, que lo suyo es muy complejo, demasiado complejo como para llegar a todas partes. En el catálogo de las respuestas infortunadas, no hay ninguna más lamentable que la suya. Dijo el Presidente que tiene compañeros en prisión y en el exilio. Dijo: usted comprenderá que con esa vida que llevo no pueda con todo. Se le olvidó decir que, de vez en cuando, suspende una reunión para irse a cortar una autopista: su vida es muy pero que muy compleja. Y difícil. Tiene que visitar a presos en presidios lúgubres, confortar a exiliados en países lejanos y desapacibles.

Los pobres, al lado de los presos y los exiliados, son muy pequeños. Y si además de pobres son extranjeros que no votan, son unos tipos insignificantes, sin ninguna relevancia para un hombre tan atareado: esos pobres carecen de sentido y no tienen lugar en su proyecto político. Se le olvidó añadir que los pobres le importan un pimiento pero no lo añadió porque todo el mundo lo sabe. Que ya se apañen, que la Patria no está para atender problemillas de pobres, que la Patria es lo opuesto a la Miseria. Pudo haber añadido que si acaso los pobres esos están agobiados por algo pues que se dirijan a Tv3, por si la Maratón de la Limosna del año próximo les puede atender. El Presidente pide diálogo, y eso es una tarea árdua, durísima. Pedir diálogo es tan árduo que le impide detenerse a pensar en la pobreza. Pensar en la pobreza, vaya bajeza, vaya bajón. 

Si mañana encierran a un amigo mío en prisión y yo no acudo a mi trabajo porque me impongo el deber moral de visitarle en su celda, o acudo pero no pego golpe con la excusa de lo mal que me siento por tener a un colega enchironado, me dirán que escoja entre mi trabajo y mis amistades, ya que el sueldo es público y los que cobramos de la cosa pública nos debemos a todos, y nuestra única obligación es trabajar por lo mejor para todos.

Me imagino la cara que pondrían los alumnos si les digo que la clase se suspende porque debo ir a cortar una autopista por el bien de la Patria, y que se estudien ellos solos la lección, que al lado de los destinos y las encrucijadas históricas de la Patria, del sentido trascendente de la Patria en la historia y en lo universal, sus problemillas son nada y además me importan un bledo. Eso si: que no se olviden de pagar sus impuestos, ya que mi sueldo sale de esos impuestos, de cada vez que se compran una barra de pan y pagan el IVA, que es para mi. Y que si osan abrir la barra de pan para meterle un cacho de queso enmedio, que sea queso catalán, sobretodo catalán. Ni se les ocurra el queso manchego, ya que los manchegos son colonos, opresores, enemigos de la Patria, simples bestias. Mejor pan solo que pan con queso.

11 de des. 2019

Nunca tantos escribieron para tan pocos


Nunca tantos escribieron para tan pocos. Esta es la frase más celebrada de las frases promocionales para el primer libro (en papel) de La Charca Literaria, un proyecto impulsado por Pere Montaner, alma mater del asunto, una selección de textos que venimos de presentar. La frase fue compuesta por Ceferino Galán, maestro de frases para guardarse como oro en paño. Galán se refiere al libro en concreto, a este libro. Aunque creo que su frase sería aplicable a la situación de la escritura en España. Y, por lo tanto, a la situación de la lectura. En Cataluña, valga la apostilla, sucede lo mismo pero peor, como todo lo demás.

El tema me lleva a pensar en viejas preguntas, como la demasiado repetida ¿Para qué escribimos? ¿Por qué?.A veces nos decimos: ¿Será solo la vanidad? ¿El aburrimiento? ¿Un aburrimiento vanidoso? ¿Será la escritura una pulsión incontrolable, como la que anima al asesino en serie o al ludópata? ¿No es, acaso, mucho más placentero leer que escribir? ¿Qué oscuro secreto nos impele a practicar actividades dolorosas?

Pensando en eso, y mientras hojeo la Vida Subacuática de La Charca, me acuerdo de que cuando tenía 13 años empecé a escribir un cuento. Todavía no lo he terminado, 40 años más tarde. Es un cuento breve, para más señas, no tendrá más de 10 o 12 páginas, porque no necesita más. (La anécdota se la cedo a Enrique Vila-Matas, quien sin duda sabría sacarle punta). El cuento trata de un hombre que anda por la calle camino de la ferretería del barrio, donde pretende comprar una bombilla (se le fundió la de la mesilla de noche). Pero el pie se le queda trabado, en un descuido, en un imbornal, y nadie puede sacarle de ahí. Los vecinos empiezan por llevarle víveres para que no muera de inanición. Luego le llevan distracciones (libros, periódicos, pasatiempos), a veces flores. Aparece en la prensa. Se hace popular. De modo que, con el tiempo, le construyen paredes y techo para resguardarle de la intemperie, y así es como levantan un edificio que va tomando la apariencia de un templo. El desdichado adquiere fama de milagrero y se convierte en un Dios, con sus exégetas, sus mártires, sus sacerdotes, sus beatas, sus cardenales y su Libro Sagrado. Llevo más de 40 años con el cuento y no doy con un final. A veces lo matizo, otras lo reescribo de cabo a rabo, a veces solo lo corrijo, a veces lo odio y lo olvido si puedo. Pero, en resumen, llevo 40 años escribiendo un cuento breve. Si sigo con ello es porque se que eso es lo mejor que habré escrito jamás, quizás lo único que habré escrito nunca, el único texto que podría justificar una vida gris.

Hace algunos años, cuando ejercía de maestro rural, un buen día llegó una niña nueva a la escuela. Era una niña menuda, pálida, extraordinariamente rubia, de ojos grises. Acababa de llegar de Rusia, de algún rincón de la Rusia profunda. Su madre acudió a la entrevista y me contó: se había casado, algunos meses atrás, con un ganadero catalán de las tierras altas, un hombre al que vi una vez: de verbo parco, de gesto adusto, de mirada torva. Quizás buena persona. Se conocieron por internet, sobra decirlo. Enseguida vi que el ganadero se había comprado a una mujer rusa, rusa y pobre. Ella lo dejó todo para instalarse en una masía de las afueras, en un lugar pedregoso y aislado, de una región desconocida llamada Cataluña. Cuando la mujer leyó "España" en los mensajes del ganadero catalán, quizás pensó en la costa de Cádiz, en Barcelona, en Madrid, en Sevilla. Pero fue un pueblo de 1.800 habitantes en el prepirineo leridano. Una vez allí, y en cuanto se convenció a sí misma de que su marido catalán y ganadero era capaz de aceptar a la hija que dejó en Rusia al cargo de la abuela, mandó que le llevaran a la niña. Nadia. Nueve años.

Me pasaba las clases mirando los ojos de Nadia. Unos ojos abiertos de par en par que ni tan solo pestañeaban. Unos ojos grises y glaciales, y a la vez inundados por un pasmo cósmico, por un horror jamás descrito en la literatura. Era tímida, retraída. Nadia no comprendía nada. No estoy hablando de comprender el catalán o del castellano: estoy hablando de que Nadia no comprendía su destino atroz, un destino propio de la antigüedad clásica, griego. Hasta fin de curso, que es cuando le perdí la pista, jamás pronunció una sola palabra. Yo intenté establecer algún tipo de vínculo con Nadia. Le dejé libros ilustrados, material didáctico básico, le facilitaba papel, ceras, rotuladores que sustraía del almacén escolar o los compraba en la tienducha del pueblo. Ella sonreía con reserva. Con temor. Un día, hacia finales de curso, encontré unas hojas con garabatos en su pupitre. Nadia escribía algo en cirílico. Sin conocer ese alfabeto, me di cuenta de que aquello solo eran balbuceos escritos, palabras aisladas como pececillos desorientados en un mar helado. Bueno, me dije, Nadia escribe. No habla, no se comunica, solo contempla, pasmada y atónita, ese giro incomprensible que el destino le tenía preparado. Des de una aldea remotísima de la Rusia profunda hasta un pueblo de vacas y tractores en la Cataluña profunda. Pero, a veces, Nadia escribe. ¿Para qué escribe Nadia? ¿Por qué escribe?. Nadia no escribe para nadie, ni para ella misma.

10 de des. 2019

La Marató: limosna y vergüenza

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Vuelve "La Marató" a Tv3. Me cuentan que van como 20 ediciones, grosso modo, del festival piadoso aunque disfrazado de una piedad casi laica, esa limosna televisada en directo convertida en espectáculo al más puro estilo franquista. Nadie se avergüenza. La salud pública no puede depender de las limosnas, y menos aún de un show televisivo lleno de actuaciones musicales, de cómicos, de tertulianos, de políticos haciendo de voluntarios por un par de horas. Y si lo hace debería avergonzarnos a todos. Lo más normal sería repudiarlo. Exigir inversión pública, rechazar los espectáculos limosneros.

Los responsables de La Marató deben saber que su acción es lastimosa, y por eso perpetran una campaña previa. Se van de gira por los centros escolares, con la mayor desvergüenza. Han agrupado a los alumnos y los han embutido en aulas pequeñas a razón de 50 por aula, y les han soltado el rollo. Un Power Point y un vídeo lacrimoso, que incluye la participación bochornosa de un chaval que se las da de cantautor, guitarra en ristre, entrevistando a personas enfermas a quienes les canta una cancioncilla optimista, fácil y barata. Hay algo tragicómico en este video, y tanto es así que la propia señora que viene a largarles la charla a los alumnos se ruboriza cada vez que les enchufa el video. Pero la patria bien vale un rubor.

[Me gustaría ver a un periodista reportando los resultados de la maratones de Tv3, elaborando un reportaje con el seguimiento de las donaciones, aportando datos del impacto del show en la investigación, estudiando el curso de la pasta recaudada.]

La charla, como dije, se presenta con un power point en el cual se comparan datos de personas afectadas por enfermedades raras (o enfermedades minoritarias). Se comparan los datos de Cataluña con los de... ¡Rusia!. A la que te despistas, te están soltando su discursito. A la que te despistas, te acaban de equiparar Cataluña con Rusia. Así, no me extraña que a Iceta le salgan tantas naciones cuando echa cuentas. A eso nos tienen casi acostumbrados. Y no digo yo que hace unos años no hubiese caído, yo también, en la trampa. Una trampa digna de mago mentalista, en la línea del Mago Pop. Pero a día de hoy ya no cuela. A día de hoy se me remueve el estómago cuando escucho comparar los datos de Cataluña con los de Rusia. Ahí es nada. Eso se los están soltando a alumnos de 16 y 17 años, muchos de los cuales no habrán caído en la cuenta del engaño flagrante y ser irán a sus casas pensando que Cataluña y Rusia son entidades equiparables. Es decir, naciones. Es decir, estados. ¿Se imaginan ustedes el revuelo que se montaría si alguien comparase las cifras de Extremadura con las de Rusia?

Eso sucede el mismo día en que me levanto con las valoraciones de Rafael Ribó, defensor del pueblo catalán, acusando del mal estado de la sanidad pública catalana a los enfermos de "otras partes de España", que vienen a Cataluña a operarse. Hay que ser algo más que cínico para aportar este dato: hay que ser mala persona de veras. Y ese tal Ribó es el que debe defender al ciudadano (a razón de 130.000 euros anuales). Cataluña es un timo muy caro. Cataluña no es nada más que una estafa de grandes dimensiones, una fantasía decimonónica y postromántica, antiliberal y antidemocrática. Pero carísima. Y también es limosneo convertido en maratones de solidaridad (o cajas de solidaridad), quizás en tsunamis solidarios: estoy convencido de que, el día de la Marató (15 de diciembre) algún locutor de Tv3 hablará de un "verdadero tsunami solidario" cuando narre el show de la Marató, así, como quien no quiere la cosa, como quien sostiene que las cifras de enfermos minoritarios en Cataluña se pueden comparar con las de Rusia. Hay que haber tragado mucho vodka para cometer una comparación como esta.

Para concluir el speech de La Marató, la chica explica el porqué de la foto promocional del evento: es la foto de una "piña" castellera, les cuenta, ese montón de gente que se apretuja debajo de un "castell" para conseguir sostener la torre humana (una horrible tradición pueblerina), la multitud que se desloma para alzar al líder, una figura lamentable: cuando el pueblo se sacrifica para mayor gloria de uno solo. Cada vez que releo "La Rama Dorada" de Frazer echo de menos un capítulo dedicado a la Cataluña castellera, una tradición aberrante que está detrás de esas abominables nuevas tradiciones, como la Marató de Tv3.

Pero ahí están, eufóricos y desatados. Y con la izquierda (la catalana y la nacional) vencidas ante el discurso del nacionalismo más rancio. Si algo se ha cargado el nacionalismo catalán es la izquierda, la catalana y la nacional. Eso también es de vergüenza.