12 de nov. 2012

Mi cumpleaños como la marea

La música es Lullaby for Hamza, del gran Robert Wyatt

La fecha del aniversario se acerca por detrás mío, como la marea cuando se alza con el rumor de los fenómenos cíclicos, perpetuos e indiscutibles. Soy mayor.

A final de mes cumplo cuarenta y ocho y esta edad, tan compleja como cualquier otra edad, la voy a inaugurar en mi quinto mes de paro laboral. Bueno, son las cosas de Artur Mas, La Caixa y sus mercados. Acercarse a los cincuenta es algo muy raro que me había parecido inalcanzable, remoto y brumoso. Alcanzar los cincuenta -si los alcanzase- parece casi una desfachatez, un insulto grave al joven que fui un día y que todavía me increpa en el espejo, durante la décima de segundo antes de prender la luz del baño por la mañana. Le he traicionado en demasiadas cosas y algunas no tienen excusa.


A los cincuenta años, el poeta Gabriel Ferrater decidió poner fin a su vida de forma planificada y concienzuda porqué, entre otros motivos, no soportaba el olor de los viejos de más de cincuenta años y no quería arriesgarse a desprender olor a viejo. De modo que, poco después de cumplir, se enfundó una bolsa de plástico en la cabeza y se extinguió. Ninguna tienda de comestibles, ningún supermercado de Sant Cugat ha querido jamás admitir la propiedad de la bolsa. No me siento capaz ni con tanto valor como Ferrater.

Es cierto que el cuerpo obra cambios -nada sutiles- con la edad, y que uno mismo los observa con más o menos resignada serenidad al salir de la ducha. A mi me maravilla (es un decir) el aumento del abdomen aún comiendo poco y sin beber cervezas. Lo de la caída del pelo me empezó tan temprano que he tenido mucho tiempo para procesarlo, y de algú modo lo he desvinculado de la edad: a los treinta tenía más o menos el mismo poco pelo de ahora. Y además, el poeta Jaime Gil de Biedma me ayudó a tolerarlo con su delicado estoicismo.



¿Porqué mueren temprano los poetas y tarde los banqueros?

La respuesta parece demasiado obvia, no debería haber formulado la pregunta. El caso es que justo por estos días he emprendido la lectura de uno de los narradores más sorprendentes de nuestro pasado reciente. Miguel Espinosa y su brillante novela La fea burguesía. Espinosa traza un retrato tan estremecedor de las clases medias franquistas que duele leerlo. Porqué, como sucede con la buena literatura, uno descubre cuán contemporáneo es, todavía, ese franquismo que vive con nosotros día a día, y que resulta tan llamativo en nuestros políticos. Ese candidato sinvergüenza rodeado de banderas al viento...

La novela -como todas las buenas novelas- me reserva algo personal. Se abre con una terrible advertencia para navegantes o lectores incautos:
Cipriano Castillejo se halla entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años de edad; ha alcanzado esa época de la existencia en que los hombres empiezan a derrumbarse física y psíquicamente, [...] entra en la misma cafetería y pide su condumio: café con leche con un bollo azucarado. En el establecimiento anida una logia de cincuentones, y Castillejo contempla, silencioso, el rebaño: son cinco, siete, hasta diez individuos vulgares, anodinos, como hechos de magma; ni siquiera representan ruinas, sino escombros. Sus rostros reflejan el vacío, la ausencia de ideas y volición; simbolizan la carencia, la utopía de un mundo falto de espíritu, y ese mundo es, sin duda, nuestro mundo.
Pienso en los quince, los treinta y los cuarenta y ocho. Recuerdo el fulgor del adolescente airado, que jamás se acostaba sin haber rasgado la piel del mundo buscando las señales de una belleza rabiosa y lacerante. Eso se llama nostalgia, creo, y de poco sirve hablar de ella porqué no la conjuramos hablando. A los treinta creía que me sobraba algo de tiempo, y que si andaba sin prisas pero sin pausas podría llegar. Luego empecé a construir lentamente una nueva percepción resignada y más pequeña, adaptable y adaptada. Quizás ahora comprendo más las obras literarias y las del arte conceptual, y quizás amo más tranquilo y reposado. Quizás pido poco, espero poco y me alegro de las cosas pequeñas. Pero añoro la vieja añoranza grande.

A esta edad queda algo remoto y ensimismado del fuego antiguo, algo parecido a las brasas que son capaces de cocer lentamente algunas ideas, como berenjenas o costillitas en una barbacoa de domingo. Pero este fuego ya no es capaz de incendiar el cielo.



Algunas imágenes de las mareas en el cementerio de Niembro



9 de nov. 2012

Barcelona después del desahucio


Barcelona me pone de mal humor y quizás sea por este motivo que hoy me he equivocado de calle. Tenía que bajar a la ciudad y cuando buscaba la calle de la Independencia me he metido en la calle del Dos de Mayo. Eso parece una oportuna broma fácil sobre el alboroto que han montado sus señorías diputados y diputadas (y que corean algunos miles de ingenuos). Pero no lo es, simplemente ha ido así.

He visto a las personas que tenía que ver y luego no lo he podido evitar: dando un rodeo de apenas cinco minutos he pasado ante mi antigua casa, donde viví con mis padres. He andado ante la fachada oscura casi sin mirarla, sin atreverme a mostrar interés por el portal. Como si no tuviese nada que ver con la puerta que crucé miles de veces. Una especie de pudor exagerado y enfermizo me ha invadido, he agachado la cabeza y he pasado ausente, como olvidado, simulando que andaba cavilando algo, alejándome de cualquier emoción y de la puerta entornada con la luz del vestíbulo prendida (el tono amarillento por donde una figura bajita y rechoncha, abrigada en ropas oscuras subía las escaleras lentamente, con dificultad de anciano o de minusválido). He pasado ante el portal convertido en un actor que interpreta a un fantasma leve y despistado.


Cuando he doblado la esquina del Paseo Maragall he sentido un alivio, he levantado los ojos y entonces me han visitado los recuerdos, me han alcanzado como los engolados cazadores ingleses a un desprevenido zorro en una cacería inglesa.

Las últimas imágenes de este piso son las del día en que, una vez vacío, mi hermano y yo devolvimos la llave al administrador de la finca. Quedaban atrás tres meses de invierno vaciándolo, desmontando los muebles uno a uno, llevando sacos de ropa a Cáritas, libros a los drapaires y algunos trastos -pocos- a las tiendas de segunda mano de Sant Antoni. Cada rincón y cada mueble de la casa contenían recuerdos des de la primera infancia pero sin embargo esa escena final los ha cubierto como un sudario. Los recuerdos huelen distinto con la tela color ámbar del desalojo y el olvido.

Recuerdo las largas horas del verano de 1977 en la butaca color arena, leyendo a la luz reverberante de esos julios y agostos del preadolescente en vacaciones, cuando la vida por delante es más larga que el mundo entero. Y a la vez recuerdo el instante en que rompí la butaca porqué no pasaba por la puerta, camino del contenedor de trastos viejos, a finales de abril de 2011. La imagen de la butaca habla con dos voces, se vuelve esquizoide y se desdobla.


Uno de los últimos días en este piso que ahora no he osado mirar, mi hermano y yo encontramos unas viejas cajas de zapatos con centenares de soldaditos de plástico. Los dispusimos para la última batalla encima de la mesa del comedor, justo antes de desmontarla. Nos quedamos en silencio observando las figuritas, muchas de ellas cojas o mancas, acéfalas, desgastadas. Los dos bandos iban a perder esta batalla. No he podido evitar pensar en la tragedia monstruosa de los desahucios que hoy llenan páginas de periódicos, la monstruosa codicia legal de los banqueros. Soldaditos mutilados y enfermos ellos también, dispuestos con una ridícula marcialidad en la guerra de los ricos contra los pobres en la que todos terminan desahuciados.

He sentido otra vez el aire fresco del alivio, luego, ya de noche, en el tren que huye de Barcelona. Rostros cansados, casi amarillentos a la luz quirúrgica de los fluorescentes del ferrocarril. Mientras estaba sentado contemplando mi propia imagen reflejada en el cristal de la ventana (¿porqué, de noche, las ventanas de los trenes reflejan los rostros fatigados?) iba pensando en este texto, en las palabras o frases clave que quería escribir -algunas de las cuales y sin duda las mejores se me han escapado para siempre.


Al llegar a casa y ponerme a escribir este texto me he dado cuenta de que había olvidado la fecha en que murió mi madre y he tenido que teclear su nombre en el google. La esquela virtual de Roser Albert me ha revelado el dato y a la vez he descubierto que, en Hungría, existió un Albert Roser. Entornando los ojos he imaginado que se conocieron y he intuido un cuento al estilo de Julio Cortázar, dos seres alejados que se persiguen y quizás son el mismo, quién sabe. La continuidad de los parques y de la memoria, la extraña urdimbre de los vivos y los muertos. Los soldados hieráticos dispuestos a una guerra perdida pero eterna. Los desahuciados, los pobres, los grotescos banqueros, los rostros cerúleos que vuelven a casa en el último tren de cercanías surcando la noche inútil.

5 de nov. 2012

Roda de Isábena con Carmen


Des de la Puebla de Isábena, un cartelito indica que hay una hora y cuarto a pie hasta Roda, donde se levantan la catedral y el castillo del señor Prior. En coche son apenas tres minutos, pero la pendiente arranca resoplidos brumosos del motor. Todas las fortificaciones elevadas proyectan una sombra siniestra sobre el llano, sobre el pueblo. El sol desciende por el otro lado de los pináculos y sonroja la inquietante roca del Turbón, al fondo, isla solitaria sacada de algún párrafo de Pedro Páramo.


Sin embargo no llevo a Juan Rulfo si no a Carmen Laforet, que debe de estar dando tumbos en el maletero, pobrecita. No creo que sea casualidad: a media altura del camino pasan tres cuervos en silencio. Anoche leí justamente una de las páginas más fabulosas de esa novela. Una página dedicada a los cuervos, aunque sean cuervos con un aspecto tan humano que sobrecogen el ánimo:
Como una bandada de cuervos posados en las ramas del árbol del ahorcado, así las amigas de Angustias estaban sentadas, vestidas de negro, en su cuarto aquellos días. Angustias era el único ser que que se conservaba asido desesperadamente a la sociedad, en la casa nuestra.
Las amigas eran las mismas que habían valsado a los compases del piano de la abuelita. Las que los años y los vaivenes habían alejado y que ahora volvían aleteando al enterarse de aquella púdica y bella muerte de Angustias para la vida de este mundo [Angustias se mete a monja al día siguiente]. Habían llegado de diferentes rincones de Barcelona y estaban en una edad tan extraña de su cuerpo como la adolescencia. Pocas conservaban un aspecto normal. Hinchadas o flacas, las facciones les solían quedar  pequeñas o grandes según las ocasiones, como si fueran postizas. Algunas estaban encanecidas y eso les daba una nobleza de que las otras carecían.
[...]
La verdad es que eran como pájaros envejecidos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un trozo de cielo muy pequeño.
El curioso picaporte en la puerta que, des del claustro, da acceso al despacho parroquial

Creo que toda la gran literatura, al igual que le pasa a la arquitectura, es gótica. Me refiero a que eso siempre vuelve y proyecta su sombra lenta, alargada y profunda. Si el término gótico designa algo en literatura no lo podría asegurar, como sí puedo hacerlo en el caso de la arquitectura. Pero hay muchas, demasiadas cosas que se escapan a mi razón, y andan por mi cuerpo amándolo o acariciándolo sin que la mente comprenda.

Tiendo a pensar que simplemente vivimos en una negrura espesa, en una época turbia sucia y asquerosa como lo fué el tiempo medieval con la peste, los curas y los dibujos demoníacos pintados al fresco en los ábsides. Posiblemente algunas de esas famosas cuatrocientas familias catalanas que ahora nos mangonean y nos envilecen ya lo hacían entonces. Igual como los cientos de miles de familias que, como la mía, sufren la codicia de las cuatrocientas. Algunas ya estaban. La mía ya debía de estar ahí, malviviendo y huyendo de la peste con vete tu a saber qué trucos, ritos o lamentos.


Siento un agradecimiento enorme hacia Carmen Laforet por haber escrito lo que escribió, y copiarle un párrafo es un pequeño sacrificio que le ofrezco en ese altar mínimo sencillo pobre. Sacrificio ritual, quizás incluso con valor de exorcismo ante tanto demonio posesivo que nos atormenta en la larga noche sin fin, entre tanta maldad.

Pasear por las calles de Roda de Isábena, entrar en la catedral vendida al gremio de la hostelería para montar un restaurante en el antiguo refectorio. Cambiaron las cosas para que todo fuese igual, asquerosamente inmóvil. Donde comían las monjitas ahora hay un menú a 16 euros, con antiguos retratos en las paredes y botellas de vino moderadamente caras en los botelleros de hierro forjado. Y sin embargo ese es mi pensamiento: me gustaría cenar aquí contigo una noche de esas.

Espero que no llegue el día en que ame más a los muertos que a los vivos, pero muchos vivos me parecen monstruos terribles de vileza infinita, seres aborrecibles que sólo piensan en comerse a sus semejantes y devorarlos con un ansia que deja en ridículo toda la literatura gótica con sus vampiros y muertos vivientes y monstruillos enternecedores en su hambre pueril, cencérrica, miserable.

Mientras llevo mis pasos hacia el claustro un cuervo sobrevuela el rectángulo de cielo y grazna inesperadamente hacia el sol que se cae.
-Amo a Carmen, digo en un susurro.

4 de nov. 2012

Otilia Canet sueña

A Carmen, que se marchó del infierno en 2004



-A veces gran amor. A veces nada -murmura Otilia, adormecida en la butaca floreada con flores marchitas y lúgubres. El libro de poemas cae desde sus manos hasta su regazo, luego sigue descendiendo y por fin se deposita suavemente en el suelo sin ningún golpe, ningún ruido. Levemente. Me invade una sensación de irrealidad, como si en vez de ser ella quién se ha dormido fuese yo.

En la pantalla del televisor imágenes de fuego en la calle, policías vestidos con uniformes negros y acorazados, como graves insectos. Golpean corren disparan. Luego se juntan para sentirse más fuertes.
-Apágala, apaga eso -susurra.

Entonces aparece el gato, paseándose por encima del baúl cubierto con encajes. Enarca el lomo y se le marca el espinazo en su flaquísimo cuerpo. Presenta un aspecto excéntrico y resulta espiritualizado, como consumido por ayunos largos, por falta de luz y quizá por las cavilaciones. Le sonrío y empiezo a vestirme.


Cuando encontré el nombre de Otilia Canet escrito a cuchillo en la corteza de una haya enmedio del bosque supe que había dado con algo importante. Supe que no había hueco para la casualidad ni el azar. Se accede al bosque a través de un caminito que arranca del desvencijado hotel Turpi, cercano al siniestro balneario de Benás. Asciende por la vera derecha del río Ésera, furioso y rugiente en este tramo de rocas como colmillos que el agua amansa, lame como una amante y debilita como un padre.

Pregunté por Otilia Canet, pero nadie me supo responder. No obstante, yo intuía en las miradas y los gestos una cierta inquietud hacia mi, una sombra de malestar. En mis suposiciones, supuse que aquellos gestos me estaban diciendo que yo nunca debí haber sabido quién era Otilia Canet. Que no debería de haber sabido de su existencia. Eso sólo confirmaba mis sospechas y la idea cada vez más poderosa de que este nombre significaba algo importante para mi.
-Deberías preocuparte de otras cosas. No olvides que ya estás en tu quinto mes en el paro, que España está como está y tu ya tienes la edad que tienes. Olvida a esa Otilia. ¿Me estás escuchando o te has quedado dormido?

Creo que lo del paro me ha vuelto mucho más proclive a las ficciones. Lo reconozco. Las horas extendidas me permiten leer más y soñar mejor, ver más cine, escribir en mi libretita de tapas azules. La libreta presenta esquinas roídas y páginas onduladas por el líquido de la pluma. Debería haber empezado a escribir un diario sobre eso de estar en el paro. Narrar detalladamente los procesos mentales y corporales que se derivan de algo tan aparentemente trivial como un sencillo cambio en la situación administrativa. En los extractos de la libreta del banco ya no aparece la palabra Nómina, si no las palabras Abono Régimen General Inem. En realidad, eso es todo lo que ha sucedido. Si, creo que lo mejor habría sido escribir ese diario.


Si ahora cuento mi primera conversación con Otilia Canet habré incurrido en una elipsis importante, pero si cuento como llegué hasta ella nadie me iba a creer.

La mujercita es muy anciana. Es una viejecita marchita y decrépita, de dientes verdosos. Es una mancha blanquinegra en camisón, con un toquilla echada sobre los hombros. Me cuenta: que hace muchos años escribió un cuento sobre un maestro de primaria, sustituto, que iba de escuela en escuela por los pueblos. Tenía la afición de escribir por las tardes y de salir a sacar fotos por los caminos. Por las noches leía cuentos de terror hasta quedarse dormido.
-¿Cómo terminaba el cuento?
-¡Uf! ¿Cómo quieres que me acuerde? Son tantos años... Además, el libro -aunque tuvo un cierto éxito- lo descatalogaron hace muchos, muchos años. Ya no se encuentra. ¿Porqué no me acercas la botellita de licor?

Como en un sueño veo a un hombre deslizándose por el bosque de hayas. Atardecer, niebla y llovizna. Lleva un abrigo grueso, de lana basta, empapado. En uno de los bolsillos se adivina una libreta de tapas duras y azules. Cuando llega ante el árbol de corteza blanquecina se detiene, rebusca en los pantalones, saca la navaja y se dispone a grabar un nombre. Lejos -pero cerca- se escuchan gritos, estruendos secos de armas de fuego. Cuando ha terminado de escribir esas letras grandes, rectas, con aplomo y precisión de orfebre vuelve hacia las sombras, hacia el norte. La frontera francesa no está lejos pero ninguna señal le indica si la alcanzará. La niebla se cierra hasta convertir la imagen en un lienzo virgen. Suenan más disparos.

-¿No me has oído? ¿Te has dormido? Alcánzame esa botella de licor, está ahí delante tuyo.



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Notas: El texto contiene frases y fragmentos de Nada, Carmen Laforet, Barcelona, 1945. Hace pocos días Francesc me prestó el libro y por ahora me tiene como hipnotizado.

El título está remotamente inspirado en la pieza Julia dream de Pink Floyd, de 1968, cuando yo contaba cuatro años de vida. Es curioso observar como a medida que pasa el tiempo (mi tiempo) más me gustan las canciones antiguas del grupo.




1 de nov. 2012

La depredación



Me convertí en un loco con largos intervalos de horrible cordura.
Edgar Allan Poe

Me gustaría escribir un cuento de terror, mi cuento de terror. Habré leído centenares, varios cientos de relatos buscando la clave, los entresijos, los secretos. ¿Qué hace que un cuento sea mejor que otro? Pienso que el cuento de terror, por más fantástico que sea, debe expresar algo de nuestros terrores de hoy, debe conectarse a nuestros miedos reales. Y hoy por hoy, el paisaje es bastante horrendo, no debería ser difícil hallar... Me fijé en Howard P. Lovecraft. Creo que este autor, en parte relegado, es un autor con grandes ideas que posiblemente superaron sus dotes de narrador como le sucede a Philip K. Dick. Observo que empezó con cuentos de tono gótico, con protagonistas estrictos románticos, nobles enloquecidos, personajes brumosos: La tumba, Dagón. Luego escogió a investigadores, científicos como Marinus Bicknell Willet, el médico de El caso de Charles Dexter Ward. Voy a probar por ahí. Voy a imaginar un sociólogo, un antropólogo o algo así.

El personaje se presenta hablando de una investigación en curso, algo difuso. Es importante que su proyecto no esté muy definido, eso me permitirá llevarle por caminos inesperados. Dice:
Según parece, en el principio de la humanidad había varios grupos. Algunos pacíficos, otros depredadores. Se mezclaron, de forma que en nuestros genes llevamos algo de todos ellos.
Hace un tiempo se me ocurrió que quizás el porcentaje de depredador de cada hombre se podía cuantificar. Se podía descubrir y medir en su vida cotidiana e incluso en sus pequeños gestos. Mis primeras investigaciones me habían llevado sólo hasta lo más obvio: el ansia de poder. Algunos la proyectaban en su trabajo, escogiendo determinadas ocupaciones en que uno puede escalar posiciones para mandar sobre los demás, cuántos más mejor. Eso lleva algunos hombres a la política, y otros a procrear para disponer de cónyuge y descendientes sobre los cuales ejercer distintos grados de tiranía.
Luego el personaje busca en sus recuerdos: su padre y el tiempo que pasó dando clases ante grupos de díscolos alumnos a los que debía dominar. Piensa en los vegetarianos y los carnívoros, analiza sectores laborales: la banca, los vendedores que llaman a puertas, la extraña indiferencia como ausente de los funcionarios, los políticos, la prensa, sus frases. Menciona vagamente a Goebbels y La Vanguardia, Arturo Mas (*), Mario Draghi.

Un día recibe el correo electrónico de un desconocido.
He descubierto su proyecto a través de las redes sociales. El hombre le cuenta que vive solo y aislado en el monte. He tenido que andar varios quilómetros para acceder a un terminal de ADSL. No se me da bien eso de escribir ante una pantalla, pero estoy convencido de que le puedo aportar reflexiones interesantes. En mi aislamiento he descubierto datos del alma humana o quizás de sus abismos, secretos escondidos en el fondo de los genes.
El protagonista pide prestado un coche (lleva tiempo en el paro, su dinero escasea) y se interna por carreteras oscuras. La noche le sorprende aún lejos del destino y debe alojarse en un pueblo pequeño, en donde la crisis ha hecho estragos: pobreza miseria desesperación enfermedad. Hay una oficina bancaria custodiada por cuatro Mossos de Escuadra, un garito lúgubre lleno de alcohólicos, mucha tristeza. Duerme en el coche. Durante la noche observa sombras escucha gritos gemidos llantos. El pueblo vive aterrorizado por algo que no osan nombrar.



Unos días más tarde el coche aparece abandonado en una pista forestal, no hay signos de vida -ahora el narrador es un imprevisto y aséptico comisario rural. Aquí me detengo, suelto al lector. Quería engañarle, tan sólo llevarle al pueblo depauperado y triste. Abandono la intriga del principio, suspendo el misterio del hombre anónimo aunque dejo una puerta abierta: ¿el protagonista habrá sido depredado? ¿Habrá sido el autor del correo electrónico?
Creo que el lector, una vez desconcertado por el final abrupto y casi frustrante de la narración, percibirá el horror del relato porqué el relato se habrá acercado a su vida. Giros sin sentido, paisajes desolados, la pena. La narración no debe concluir de forma racional o comprensible, y en esa opción está el horror. De repente todo es cotidiano: el pueblo descrito se parece a las calles del suburbio en donde vivo. Yo temo ser un depredador domesticado con educación y libros, depredador minusválido al alcance de fauces relucientes, corbatas de seda y sonrisas de charol.

 

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(*) Artur Mas aparece como Arturo, puesto que en lengua castellana habla con su mujer e hijos. Paradojas de la política.