13 de set. 2012

Padre nuestro


0. El anarquista se murmura a si mismo, en el duermevela de una tarde calurosa, que quizás pasa algo cuando asoma una esperanza de desorden. Gente en las calles, protesta. Son conceptos y palabras que tiempo atrás vibraban. El pueblo, revolución. A lo mejor un estado debilitado e inmaduro es el escenario ideal. Es muy raro -murmura para sí mismo- que esos señoritos arenguen al pueblo para que salga a las calles. ¿Qué deben haber previsto ganar con ello?

1. Desoyendo los sermones de su padre, se metió en política. A finales de los cincuenta y en España, meterse en política tenía un significado muy distinto al actual, y se refería a militar en alguna organización clandestina. Las personas que tomaban esa opción llevaban una parte de su vida oculta, debían contribuir con dinero a la causa y se arriesgaban, por lo menos, a visitar las comisarías y los calabozos del régimen -como a él le sucedió en varias ocasiones.
Muchos años más tarde, ya mayor y enfermo, pensó que se había equivocado en algo.


2. -Hijo, me metí en política porqué la guerra la ganaron los fascistas, y al día siguiente de la victoria los señoritos catalanes le dijeron al pueblo: andar a trabajar, aquí no ha pasado nada. Cuando murió Franco estábamos preparados para asaltar los palacios, pero los señoritos le dijeron al pueblo: andar, salir a la calle a pedir la autonomía. Verás como los señoritos le van pidiendo al pueblo que se calle o que grite, en función de intereses que sólo ellos manejan.

-Los pobres no podemos permitirnos el lujo de hacer revoluciones nacionales para los señores, si antes no hemos hecho una revolución socialista para nosotros -me susurró una vez, aunque con otras palabras ensombrecidas por la dificultades derivadas de la terrible enfermedad-. Nos va la dignidad. Acuérdate de eso, o te va a pasar lo que me pasó a mi.

3. La relación que uno tiene con su padre tiene algo que ver con el asunto de la patria, ya que ambas palabras no comparten etimología por casualidad. El patriotismo -como el amor a un equipo de fútbol- es una aprendizaje sentimental que se desarrolla en casa, y normalmente inspirado por la figura paterna. Uno piensa, ingenuamente, que en el proceso natural de rebelión contra esa figura, deberían caer los tótems y aparecer algunas cuestiones: ¿qué significado tiene para mi haber nacido aquí? ¿qué significa haber nacido en una casa pobre aquí o más allá? ¿qué me une y qué me distingue de un pobre del pueblo de al lado, y de un rico de mi pueblo?


4. Ayer un niño le preguntaba a su padre: -Papá, si Cataluña es independiente ¿el Barça ya no jugará en la emocionante liga española?. -Tranquilo, hijo -repondió el viejo, acariciando la cabeza rubia del vástago- Buscaremos la fórmula para seguir en la liga, porqué nos da buenos dividendos. Además: no hay nada imposible y todo se puede hablar, es una cuestión de precio.

5. Los cinco hombres, con impolutos trajes muy elegantes, abandonan el restaurante y vuelven a la sala de reuniones. La mesa espera, llena de hojas con ideas y frases, esquemas, listas de palabras-clave, diagramas de flujo, enormes sumas redondeadas con ceros abundantes. Se llamaron para convocarse enseguida, en cuánto vieron por televisión que el pueblo les había obedecido de nuevo y había salido a las calles ordenadamente. Hay un enorme negocio a la vista, se susurraron al teléfono, y debemos ser los primeros. Son los padres de la patria.

6. El viejo anarquista se murmura a si mismo, en el duermevela de una tarde calurosa, que quizás hay algo bueno en el movimiento de masas, cuando asoma una esperanza de desorden. Secesión, gente en las calles, protesta. Son conceptos y palabras que tiempo atrás vibraban en esa piel marchita. El pueblo, revolución. A lo mejor un estado debilitado e inmaduro es el escenario ideal. Pero él lleva días intentando imaginar qué significa albergar un cáncer en los huesos, cómo debe ser visto en un microscopio, qué formas y colores nuevos hay en lo más interno de su cuerpo.

10 de set. 2012

11-S


El barco estaba atracado en el muelle número trece. El número trece inquietaba a los seguidores de Étienne, que se habían vendido todas sus pertenencias para comprar un billete en el barco que les llevaría a la Nueva Icaria. Se vendieron todo lo que tenían y luego se embarcaron en el puerto de Le Havre, -un puerto oscuro y sucio- con destino a Nueva Orléans. Muebles, ropas, libros. En la Nueva Icaria no iban a necesitar nada de eso.


La Nueva Icaria estaba ubicada en el territorio conocido como Louisiana, en recuerdo de un rey francés y efímero. Pero Louisiana resultó ser un terreno pantanoso, habitado por cocodrilos y mosquitos. Esos bichos -diminutos, y tan numerosos y brillantes como las estrellas del cielo- transmitían enfermedades terribles. Nadie llevaba medicinas.


A quién les vendió el terreno a los icarianos se le olvidó contarles que el territorio estaba habitado por sus habitantes autóctonos, una gente rara a la que les llamaban indios, porqué esa era la forma de nombrar a los pueblos de ultramar -unos tipos emplumados y austeros, de costumbres bárbaras como si odiaran la herencia romana-. Los embarcados eran franceses, ingleses y cuatro españoles -catalanes de Barcelona, para más señas. Nadie escribió novelas ni rodó películas, y ahora todos andan muertos. Todos muertos entre Texas y New Orléans, adonde algunos regresaron exhaustos y se dieron al bourbon. Una vez extinguida la utopía, les esperaba el sueño emponzoñado del alcohol que endulza la sangre amargada.


La idea de Étienne Cabet era simple y razonada, llena de sentido común: jamás podremos cambiar el mundo, porqué el mundo es terco e hijoputa (otros lo llaman conservador, tradicionalista o simplemente nacionalista). La única posibilidad nuestra es colonizar un territorio nuevo y establecer allí las nuevas bases con las nuevas leyes. Igualdad, redistribución, fraternidad. Sin tener que cortar cabezas ni dispararle a nadie. No me explico porqué esa aventura tan bella no se abrió un paso más ancho entre nuestras fantasías. ¿Porqué no abrió páginas nuevas ni iluminó celuloides?

Con un final tan bonito -la diáspora de los supervivientes, que llegaron hasta Cloverdale, California- un novelista mediocre habría escrito una buena novela y luego habría llegado Jean Renoir, o quizás Akira Kurosawa, o bien Terrence Malick, o Visconti, o Tarkovsky, o quién sabe, Théo Angelopoulos.
-¿Y Kim Ki-duk? -susurra la vocecita.
-No, ese mejor que no.

De ser así, igual los catalanes se manifiestarían por otras causas, piensa uno, si supieran. Pero el tiempo es como una jauría de perros hambrientos, veloces, de voraces mandíbulas. No dejará nada, no deja nada atrás.

[Mientras se cierra la noche de septiembre abro de nuevo Las noches lúgubres de Alfonso Sastre, la historia del vampiro rico que no necesitaba morder a nadie, porqué compraba la sangre de los pobres, y los pobres se la vendían a gusto, y hacían colas ante su casa].

6 de set. 2012

Melancolía de tres colores

este post está dedicado al blog El séptimo sello, de Aarón Rodríguez, un autor lacaniano, crítico cinematográfico de cabecera -para cabezas bien reposadas- y crítico de la cultura pop


Algunas diapositivas con la ayuda de Ludvig Van

1. Amarillo fatigado

Sin saber muy bien cómo empecé a hacerlo, dediqué horas y gasolina a visitar pueblos abandonados. (El argumento del desconocimiento y la impremeditación lo comparto con los toxicómanos, ya me doy cuenta). La excusa era tomar fotos, pero siempre sospeché que esta es la excusa tramposa que le soltaba a mi yo dócil, puerilmente inclinado al engaño.

Algunos de estos pueblos están en ruinas tan lamentables que a uno le lleva trabajo imaginarlos de pie. Pero otros son espeluznantes. Recién estrenados de cadáver, casi intactos. Siento un placer nostálgico y suave en esas visitas. El asunto debe estar más en placer y menos en nostalgia.

[Me cuento que tiempo atrás empecé a visitar cementerios cuando pasaba cerca de alguno que tuviera la puerta franca. Siempre me había gustado esa cosa amable y lánguida que ondula a tu alrededor cuando vas por los caminitos húmedos y fértiles entre sepulcros. Podría llamarles sarcófagos, pero la palabra sarcófago viene del griego (σαρκος - φαγος), devorador de carne. Los cristianos primigenios aborrecieron esa palabra. También yo la abandono, porqué ahí el cuerpo duerme acunado en la nada, y en la nada nadie devora a nadie].

En los pueblos abandonados de pocas décadas las casas permanecen enhiestas, y provistas de los enseres de la vida pequeña que los habitó. Latas de comida, papel higiénico, condones, zapatillas de fieltro, almohadas, envases de medicamentos, un tablero de parchís. Me sobrecogió especialmente encontrar los utensilios necesarios para afeitarse cuidadosamente dispuestos en el baño tal como si un hombre evaporado en el olvido se hubiera afeitado para entrar en la nada pulcramente aseado. Las paredes contienen ecos remotos, risas y jadeos, gruñidos y sollozos. Y ninguna palabra -para disgusto de los grabadores de psicofonías-. Sin embargo hay un murmullo de escobas barriendo el suelo ahora polvoriento donde dejo un rastro de huellas erráticas.

El silencio de las calles se metía en los huesos y helaba el aire en mi cara. Mis orejas se congelaban Es como andar entre sombras de vidas abandonadas para mayor gloria del progreso. Jamás ninguna maldición brujeril cosechó tanta destrucción como el demonio del Progreso con su promesa de felicidad inscrita en la cantidad de monedas atesoradas.

Pero en esos lugares no hay miedo ni miseria, sólo la melancolía que Enrique Vila-Matas describe como una tristeza leve en sus Suicidios ejemplares.


Visita a Dorve con cámara de video (Pallars, Pirineo)

2. Azul añil

A partir de una frase de Oscar Wilde sobre la posibilidad de morir dos veces, me planteé cómo podría ser la segunda muerte y como sería la segunda vida. De ahí salió una idea válida tan sólo para escribir una novela del género negro, en donde los tres personajes principales viven dos vidas con sus dos muertes correspondientes, cada uno a su manera.
Me planteé tres formas distintas de vivir una vida, abolirla y empezar de nuevo. Depende de como lo cuentes eso parece más bien del género fantástico, pero en realidad no hay nada maravilloso. Es más bien un paseo por la vida vista des de la orilla, contemplando el río que abandonamos, donde ya no transitamos. Me acordé de un poema oscuro de Jacint Verdaguer, un hombré que vivió varias vidas y tuvo que morir varias veces.

Me quedé en el paro a final de junio. En España sobraban maestros y profesores, o bien mi profesión había caído finalmente en la lista de los lujos superfluos, o bien finalmente se exterminaba a esos tipos como yo, antaño fusilados y hoy sólo despedidos. Las expectativas de reanudar la vida laboral son escasas y los augurios, malos. ¿No estoy yo acaso en la situación de haber muerto y volver a empezar, de modo que me tocará vivir una segunda muerte? Creo que a veces, tiempo atrás, había sentido una mezcla de compasión y de miedo por las personas que, entre los cuarenta y los cincuenta se encuentran en esta situación. Debo darle la razón a Freud: aquéllo que nos da miedo ejerce una atracción inconsciente, es un deseo transfigurado que nos lleva suave y firme hacia una playa sombría. El marinero Marlow de El corazón de las tinieblas diría que no es una playa si no un río oscuro, que se adentra en una selva gótica. Cuando Marlow consigue volver y abandonar el río -para regresar al mar temible- lo hace con una mezcla de miedo y de tristeza. Mezcla de dolor y tristeza... no encuentro la palabra que exprese esa emoción, ese estado del alma: me pregunto porqué soy tan torpe en dar con el nombre. En esta incapacidad se encuentra el abismo que se abre entre mi y el verbo creador, la horrible y triste distancia que me separa del universo y de los dioses.

Creo que debería releer la Anatomía de la melancolía de Robert Burton, muerto en 1640, y que debió de inspirar al romanticismo inglés. Como Verdaguer, Burton también fué un clérigo oscuro y raro.



3. Rosa carne pálido

Aunque te olvides del cuerpo y lo pienses como un escaparate o la web de un pequeño negocio, el cuerpo es lo único verdadero de ti, lo que transita la vida sin adjetivos, nuestra única verdad. Será por eso que los gitanos con quiénes traté tiempo atrás muestran sus heridas y cicatrices con un orgullo casi obsceno para las mentes de sus educadores sociales, entre quiénes trabajaba yo. Esas señales del dolor  tienen que ver con la vida, y por eso los gitanos gordos muestran sus enormes barrigas al sol, con orgullo arrogante. La modificación extrema del cuerpo y su exhibición es la mayor fe de vida posible.

El pudor ofendido de mi compañera de trabajo Àngels ante semejantes muestras de dolor y de cuerpo debió de empujarme a abandonar aquél trabajo. Lo dejé con enormes dudas sobre la conveniencia de mi decisión y ahora lo revivo como en sueños. Y como en el sueño de una siesta veraniega -sudor, mosquitos, aliento enrarecido, debería ducharme- siento que igual yo quería ser como un gitano y no como un educador. En ese ambiguo deseo también anida la melancolía más sutil: la de desear ser lo que no fui. Lo que no pudo ser. Debería releer a Lacan. Y ponerme de una vez en serio con Zizek. Como debería volver a mirar la cinta de Von Trier Melancholia, porqué creo que habla de eso.

La Melancholia de Von Trier es, en los términos del cine, una probable heredera de la Solaris de Andrei Tarkovsky, que se inspira en una novela de Stanislaw Lem, que tambien escribió La investigación (¡resulta que hay una adaptación al cine hecha en Polonia, en 1973!) sólo dos años antes de Solaris. En aquélla novela, los difuntos se rebelan contra la lógica humana y andan un trecho breve, lo justo para reivindicar ese cuerpo y joder a los investigadores que se nos presentan como una mezcla de científico (vigilante) y policía (castigador). Dicho esto a la manera de Foucault, claro. Aunque finalmente es un texto sobre el fracaso y la impotencia.

[Llevo un buen rato escribiendo ese ingenuo poema y me he levantado para mear. Al volver a sentarme ante las teclas observo que he escrito sobre libros, películas y recuerdos. Como si quisiera evadirme ante todo, como el preso resentido que entrevé la fuga, soñoliento, tumbado en su catre. De modo que decido dejar de escribir -por hoy].


5 de set. 2012

Cuatro negros


Franz H., de 67 años de edad, nacido en Frankurt am Main y residente en Estepona, solía perder la cabeza por mujeres morenas con algún parecido a las morenas de Julio Romero de Torres, su pintor de cabecera. El cuerpo apareció decapitado en el contenedor de los envases, y lo identificaron gracias al ejemplar del Der Spiegel que llevaba inserto en el sobaco. El asunto llevó de cabeza a la policía malagueña hasta que dieron con Martita Chota, alias la Cefaleas, reconocida traficante a la menuda, y gran aficionada a los hombres de apariencia teutona. En su casa hallaron variadas guillotinas (una de ellas procedente de la ocupación francesa, de tiempos de Pepe Botella y magníficamente restaurada). También estaba la cabeza perdida de Franz, todavía con el Sonotone en la oreja derecha y el auricular de su Iphone en la otra. María fué extraditada a Alemania, en donde cumple pena de treinta años (revisables).

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[A.M.G. murió en la carretera Albacete-Murcia en un día cualquiera que ni siquiera era fin de semana, y así fue que no entró en la estadística de la prensa dominical]. "Fumar mata" masculla ahora el agente Huidobro, leyendo el aviso en el paquete de tabaco tirado en el suelo de la carretera. Luego contempla los restos del coche, entre los cuales el forense rebusca y va recomponiendo el cadáver (acaba de encontrar el dedo meñique del pie en la guantera: ¿cómo habrá llegado hasta allí?). En este caso, el tabaco fué literalmente el asesino: A.M.G., de 54 años, había empezado a fumar tabaco de liar (marca Pueblo, liado con papel Smoking naranja) para ahorrar. Se le ocurrió liar uno a 130 quilómetros hora, justo cuando entraba en la zona de curvas. Caso resuelto. Uno no siempre tiene la fortuna de encontrar el nombre del asesino tan bien estampado en letra arial y negrita y con logotipo de una Dirección General.

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Marcelo Bevilacqua salió a nadar un domingo al anochecer. Había bebido dos botellas de Verdejo (un Martinsancho de 2003, añada excelente) y se sintió predispuesto a la sensualidad, así que decidió bañarse cuando ya está oscuro el mundo. (En una noche oscura, con ansias en amores inflamada... , pensó Marcial, recitando a San Juan de la Cruz). La playa vacía, el reflejo de la luna, la calma, el eco lejano de la orquestra que, en la plaza mayor, tocaba el bolero Espérame en el cielo. Tanto se dejó llevar por la sensualidad que incluso se quitó el bañador en el último instante, y decidió nadar desnudo. La quilla de un yate de gran envergadura y precio mayor partió a Marcelo Bevilacqua por la mitad mientras nadaba frente a la playa de Palafrugell -donde le esperaba su joven y argentina psiquiatra, Marcela Dosríos.
-Si se hubiese dejado el bañador puesto -rezongaba el forense- el suspensorio habría dejado las dos mitades unidas, y el guardacostas no se habría cagado en Dios por tener que buscar el mismo cuerpo dos veces.
En su informe, el forense anotó esta frase enigmática, de críptico significado: M.B. quedó dividido en dos partes. Una quedó desfigurada y la otra transfigurada.

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Carlos Navas Torres era hijo de uno de los fundadores de la FAI, y desde niño juró vengar a su padre, asesinado por un falangista miope que andaba con la tropa fascista de Queipo de Llano. A lo largo de varias décadas planeó infinidad de atentados (voladuras de puentes, de palacios, de bancos y de sedes ministeriales). Sin embargo, a medida que pasaban los años y los contratiempos (pólvora mojada, mechas rotas, trilita caducada) el mundo también empeoró. Cayó el muro de Berlin, apareció el neoliberalismo y Goldman Sachs, el Partido Popular ganaba elecciónes allí, y Convergencia allá. Torres comprendió que no bastaría con la voladura de un edificio -por más relevante que fuese- y consiguió (nadie sabe como) dinamitar la Luna. La explosión y posterior desaparición del famoso satélite alteró las mentes románticas, los planisferios celestes y especialmente la órbita de la Tierra, que empezó una deriva catastrófica, lanzándose, alocada, hacia el Sol. Los científicos y agoreros pronosticaron que el viaje llegaría a su fin en un par de años, cuando nuestro planeta se estamparía casi sin ruido ni nueces contra la cálida y sonrosada piel del astro rey. Durante esos dos años reinó felizmente la anarquía a lo largo y ancho del planeta, quizás porqué las altas temperaturas predisponen a la dejadez en la observancia de las leyes, la despreocupación y el relajamiento de la moral.

1 de set. 2012

Andrei muere al final del relato


A lo largo de la tarde que pasé con Andrei, en algún momento de esta tarde, estuve dispuesto a creer en Dios. No fué ninguna iluminación, si no por el miedo a volverme definitivamente bárbaro.

Él me contaba algo sobre un pobre hombre que sobrevive a duras penas, haciendo de guía turístico para unos intelectuales ociosos que quieren visitar ruinas raras. Pero me di cuenta de que estaba hablando de otra cosa. De Michel Onfray y de André Comte-Sponville. Claro, pensé yo, me está hablando del fracaso de esa gente. Igual no queda más remedio que girar sobre los talones, deshacer el camino y creer en Dios.

-¿De veras piensas que puedes sustituir la fe y la esperanza por una constitución o un código de leyes? -me estaba diciendo él, aunque seguía contando las aventuras del guía pobre- ¿Te puedes creer que la democracia, los mercados y las elecciones te llevarán al amor, a la felicidad?

En el otro lado de la habitación había un espejo. A medida que avanzaba la tarde, la luz se puso anaranjada y luego rojiza, y una vez que me levané para ir a mear -llevábamos ya tres cervezas- vi mi reflejo: quizás fuese por el tono de la luz, pero comprendí que mi imagen empezaba a parecerme la de un bárbaro plantado ante las murallas de Roma, avivando el incendio para calcinar de una vez y por todas la capital del Imperio.

-¿Lo has visto? -preguntó él, como si también hubiese visto esa imagen transfigurada- Como sigas así no vas a creer en nada, y sólo te quedarán el odio y el rencor.


En la historia que contaba Andrei (esa aventura del guía y las ruinas raras), el guía termina por llegar ante un extraño objeto, un objeto mágico caído del cielo que te puede conceder el deseo que le pidas.
Cuando llega, el guía le pide este deseo:
¡Felicidad para todo el mundo, gratis, y que nadie se vea privado de nada!

-¿Lo entiendes? -murmura Andrei, dulcemente- El guía no pide nada para sí, sinó para todo el mundo. ¿Sabes lo que te pasa? Que todo ese rollo que hemos montado, esa civilización, esa especie de democracia, todo eso es doloroso y feo, y como no te des la vuelta y mires para Dios, te vas a convertir en un bárbaro, en un incendiario. O por lo menos vas a embrutecerte, escribirás eslóganes revolucionarios en las paredes de los retretes públicos y te hundirás...

Me senté de nuevo a su lado. Ya había anochecido. Lo miré a los ojos -esas dos aceitunas negras y pequeñas.
-Y tu ¿cómo sabes eso?
-Porqué estoy muerto -respondió Andrei con rapidez y precisión, como el jugador de ping-pong que devuelve una pelota certera, imparable- Estoy muerto des del 29 de diciembre del 86, y eso da una perspectiva más serena de las cosas.

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El texto surge de la visión repetida del film Stalker, Andrei Tarkovsky (1979). La frase del guía es la última frase de Picnic junto al camino (1971), la novela de Arkadi y Boris Strugatsky en la que se basa, remotamente, el guión de la película.

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