28 d’oct. 2017

Nosotros y ellos

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Con tanto hablar de "nosotros" y "ellos", un día aparecieron "estos".

"El 30 de agosto, Salvadó [Josep Lluís Salvadó, secretario de Hisenda de la Generalitat] llamó a Raúl Murcia, que es asesor de la Generalitat en materia de difusión institucional, y le explicó que estaba en Sant Vicenç dels Horts con Junqueras. Le dice: “El mes de octubre no hay capacidad, ni tenemos control de aduanas, ni un banco. La cosa no pinta, está muy verde, eso cualquiera que tiene dos dedos de cerebro lo sabe. Ahora bien, a mí me da pánico que si transmitimos las cosas como son en realidad (...) estos no lo acaben utilizando para decir: Junqueras no ha preparado al país para que el 2 de octubre declaremos la independencia”. (La Vanguardia, 28-10-2017).

Me detuve en la mención a "estos". El peligro de que "estos" te acusen de tibieza, de ineficacia, de mentiroso. Posiblemente de "botifler".

"Estos". El terror a los "estos" es el mismo terror que llenó de sudor la frente ocultista del President Puigdemont el jueves 26, cuando decidió echarse al monte tras horas de dudas terribles. ¿Quienes son "estos"? No se trata solamente de la Cup ni de sus siniestros Comités de Defensa del Referéndum" (¡vaya arte en el eufemismo!), se trata de algo mucho peor: se trata de los cientos de miles de personas a los que han azuzado, espoleado, hipnotizado, usado, envalentonado, llenado de esperanzas delirantes y de eslóganes publicitarios durante años. Se trata de que les tienen miedo a los suyos, a los obedientes, los que acuden a las manifestaciones con la camiseta oportuna, los que les aplauden y les votan, los que fueron a votar en el referéndum de los tupperwares, dispuestos a llevarse los mamporros para mayor gloria de los líderes, mientras el trío Puigdemont, Junqueras y Forcadell se escondían hábilmente, con sus escoltas. Para no recibir ni un arañazo. La sangre patriótica mola mucho, sobretodo cuando es la del pueblo. Tienen miedo de la gente a la que han engañado.

A partir de ahora voy a leer con otra mirada los libros de historia. Los libros cuentan eso porqué ha sucedido un montón de veces a lo largo de la historia. Pero para comprenderlo bien debe vivirse, como todo. Para comprender que es hacer el amor hay que hacerlo, no basta con leerlo. A partir de ahora comprendo: que pasa cuando el individuo prefiere ser masa, qué pasa cuando ese individuo deviene masa para obedecer al líder sin fisuras, qué pasa cuando se repite un eslógan pronunciado por un Jordi con un megáfono, qué pasa cuando alguien empieza a creerse el delirio de otro. Me quedan dudas: dudo de que Puigdemont delire de veras. Creo que solo quiere salvarse a si mismo y para ello dice salvar a la patria, ese recurso.  Dudo de que lo haga Junqueras, tipo demasiado oscuro. Quizás delira un poco más de veras Forcadell, que muestra un extraño rictus de heroína trasnochada, visionaria, a medio camino entre la Santa Teresa de Jesús más alucinada y la Agustina de Aragón más kamikaze. Pero incluso así... creo que no deliran, en el sentido de la psiquiatría clínica, digo.

Se hicieron un lío tan gordo con el "nosotros" y el "ellos" que incuso aparecieron "estos", que son de los nuestros pero nos podrían joder tanto o más que los "ellos". Y al final decidieron complacer a los "nosotros" para evitarse los problemas con los "estos", que temen más que a los "ellos". Llevamos un montón de años con gobiernos (de partidos corruptos, para más señas) que en vez de gobernar se emplean, en cuerpo y alma, en satisfacer a los "nosotros". Dicen por ahí que gobernar es perseguir el mayor bien para la mayor parte de los ciudadanos, pero prefirieron satisfacer solo a sus "nosotros". Quizás por culpa de un delirio del que todos acusarán a otro, quizás por una patria jamás vista, quizás, he ahí, para mantenerse en el sillón.

Después de más de 50 años viviendo en Cataluña, las cosas de los políticos de la derecha nacionalista ni me sorprenden ni me sublevan, ni casi ya me indignan. Lo que me jode de veras (y cuando digo que me jode de veras, es de veras) es lo otro: los aplausos, los votos, las multitudes tan dóciles, tan agradecidas, tan solemnes, esas multitudes autoabanderilleadas, tan alegres, tan seguras de sí mismas, esa prensa que repite las consignas (¿a cambio de una subvención?), esas euforias colectivas. Me da miedo la gente que vive aquí. Tengo miedo de mis coetáneos, y entre el miedo y la tristeza estoy hecho un asco. Llevo un montón de horas triste, abatido. Viendo películas antiguas con la actitud del pobre tipo escondido en un refugio antiaéreo. Alguien debería contarles a los muchachos de las banderas que aplauden a unos petimetres que ellos jamás lucharon: ni la democracia -ni tan solo la enorme autonomía- son su juguete particular, porqué son logros de gentes de toda España. Hay algo muy de niño mimado y consentido en toda esa historia. 

Por mi parte, yo jamás me sentí patriota, y ser catalán o no serlo no es nada que me haya importado mucho. Pero ahora las cosas se me han empeorado. Empiezo a sentirme raro, extraño, más cerca de extranjero, más próximo al exiliado. Hay algo de vergüenza, y es una vergüenza nueva. Que "ellos" cumplan con su comedia me parece "normal", pero que mis parientes, mis conocidos, mis compañeros salgan a aplaudirles eso es una tragedia de la que no me voy a recuperar jamás.


23 d’oct. 2017

Sobrevivir en Cataluña

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Llegué a la existencia hace poco más de 50 años. Un azar (algo, alguien) imposible de comprender me llevó a existir. Y nací. Nací en un lugar que, tal como supe años más tarde, lo llaman "cataluña". El azar me hizo y existí, todavia existo (o eso creo). No satisfecho con hacerme, el azar me hizo catalán. Eso también lo supe más tarde.

Más tarde, también, supe que algunos de mis coetáneos le daban mucha importancia a eso, a haber nacido en un lugar y no en otro. Algunos no solo le daban mucha importancia a haber nacido catalanes, si no que pensaban que eso era crucial o, cuando no, lo único importante. Jamás pude comprender ni el azar que me hizo existir ni a esa gente que se fijaban tanto en el lugar en donde se produjo su existencia. Aprendí a convivir con ellos con cierta elegancia, cuando podía, o con estoicismo la mayor parte de las veces. No le dediqué mucho tiempo a eso, por dos razones: la primera es que ser, y comprender qué significa el término "realidad", ya me ocupaba demasiado. Y la segunda es que pronto me di cuenta de que, con esas personas, tenía muy poco en común. A veces casi nada. Son personas que suelen tener casita en las afueras, y jardín, y bellas preocupaciones, y amigos influyentes, y mucho tiempo libre bien empleado, y preferencia por los sitios caros, y carné de una ONG bonita, y antes de izquierdas, piano en el salón siempre.

Durante los años finales de mi infancia me puse a leer todo cuanto caía en mis manos. Muchos libros me eligieron como lector y yo les leí. Tanto es así que, mucho mejor que el paisaje de Cataluña, conocía los paisajes de la Nueva Inglaterra que describe Lovecraft, o los del Boston de Poe, o incluso los océanos helados donde vive Moby Dick. Cataluña se me hizo real empezando por los textos de Juan Marsé. Así que, cuando pisé por primera vez lugares como Olot o Vic, solo pensé que eran lugares lejanos, ajenos: jamás se me ocurrió pensar en patrias. Mi patria estaba por ahí, en la lejana Providence de Charles Dexter Ward. Jamás colgué una bandera nacional en mi balcón. Cuánto más crecía (más envejecía mi cuerpo) más raro me resultaba comprender a esa gente de las patrias, algunos de los cuales manifestaban, sin pudor alguno, sentirse orgullosos de haber nacido en un rinconcito en vez de en otro de ese grano de arena que da vueltas a una bola de lava, ese tiovivo en el que estamos montados durante unas setenta vueltas, más o menos, a ojo de buen cubero.

A veces, ya muy entrada la noche, me despierto y descubro que estoy flotando a un metro y pico por encima de la cama, casi más cerca del techo que del colchón. La primera vez pensé que era cosa del vecino de abajo, ese rumano un poco raro que llegó hace poco, y que debe hacer experimentos de electromagnetismo. Un día, en el ascensor, me dijo algo sobre Tesla.

Pero poco después ¡por fin! comprendí: lo que sucede es que me estoy despegando de Cataluña.

Y he ido comprendiendo que se puede vivir aquí pero como si la cosa de Cataluña no fuese conmigo, o mejor dicho aún: como si a esa cosa yo no le fuese consigo. Al fin y al cabo, uno puede ocuparse de un montón de cosas que si van con uno: esos niños de la escuela del suburbio, las cosas que escribo, las que leo. La memoria de mis muertos, que ya son muchos, y las tribulaciones diarias, y las injusticias infinitas derivadas de que unos pocos tengan mucho y unos muchos, nada. Algunos incluso tienen una patria ¡con una bandera! mientras otros solo tienen hambre, o pena, o sombras.

A veces tengo la sensación de ser un ratoncito en un laberinto de plexiglás, un ratoncito que todavía no sabe que la salida es perpendicular a los caminos del laberinto, un ratoncito que olvidó la tercera dimensión. No me voy a dejar engañar por esa gente de las patrias y los laberintos de plexiglás.

Creo que sé como se puede sobrevivir en Cataluña y a pesar de Cataluña: la supervivencia está en la lectura de la gran literatura y en recordar las cosas que importan de veras, y afanarse en ellas, y si se quiere luchar por algo hacerlo por lo que vale la pena, como hace don Quijote mientras cabalga por los paisajes de La Mancha, mucho más reales que el Paseo de Gracia lleno de banderitas.

17 d’oct. 2017

Jordi & Jordi en Soto del Real

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La Juez de la Audiencia ha puesto a los dos Jordis en el talego. Me los imagino esta tarde, charlando animosos en el patio soleado del presidio junto a Jordi Pujol Jr. y Sandro Rosell. Cuidado, juez, porqué de ahí puede surgir una mafia de aúpa. He visto muchas pelis que tratan de eso, y se de que hablo.

Lo advierto: no voy a juzgar a una juez, siendo yo un pobre Juan Nadie que, a estas alturas, todavía no es capaz de juzgar si es mejor el Gazpacho Alvalle que el Gazpacho Hacendado, o del revés. Pero mucho me temo que la decisión de enchironar a los dos Jordis la vamos a pagar cara los catalanes. Bueno, la mitad de los catalanes. La mitad B de los catalanes, los catalanes de serie B (debería habituarme a nombrarnos así). O sea: los que no queremos la independencia. Me temo mucho que nosotros pagaremos el pato, porqué esos dos Jordis saldrán del talego algún día y cuando lo hagan saldrán en volandas, y les harán homenajes y les pondrán coche oficial y secretaria y programa propio en Tv3 y muchas más cosas que no digo, y quién sabe si a uno de los dos patanes, con el subidón, no se le va ocurrir presentarse para cargo público y -eso se lo digo yo, entre nosotros-: a los catalanes igual les da por votarles, porqué haber pasado por Soto del Real viste mucho, viste de mártir patrio y en Cataluña los mártires patrios se llevan, por más burros que sean.

Sin juzgar a la juez, me temo que voy a sufrir a los dos Jordis. Eso si no es que se matan entre ellos por celos o algo, en una reyerta patibularia, porqué ya se sabe que el ambiente en las cárceles degenera el espíritu y envilece el alma, que es la esperanza que me queda: la ficción. Esos dos petimetres saldrán endiosados por la turba, eso a ver quién lo evita. Y eso será una desgracia gorda, porqué los dos Jordis deberían pagar por lo que nos han hecho pero deberían pagar ante la opinión pública y la prensa mejor que ante los carceleros de Soto del Real.

La historia de los dos tipos es, en realidad, como un cuento de Nikolai Gogol. (Estoy pensando en "Las almas muertas"). Nadie sabe como llegaron adonde han llegado. Representan sendas organizaciones privadas con unos pocos miles de socios (y socios rancios de los rancios de veras, un porcentaje de los cuales está probablemente difunto, no se extrañe nadie: el socio muerto es una figura habitual en las organizaciones patrióticas catalanas), pero se reúnen cada día con el Molt Puigdemont y se les ve en todos los saraos, como aquellos falsos príncipes rusos que, de codazo en codazo, de polvete en polvete y de timo en timo, llegaban hasta los banquetes del zar y además le echaban los tejos a la zarina, a la hora de los chupitos de vodka. (De ratafía, en el caso que nos ocupa). Es decir: a esos tipejos nadie les ha votado (salvo sus socios) pero ahí están, comiéndole la oreja al presidente y al vice, a sus secretarias, a la presentadora de Tv3, a la directora de Catalunya Ràdio, al Pare Abat de Montserrat.

A lo que iba: alguien debería contarnos como es eso que dos entidades tan menores son tan influyentes. ¡Tienen más socios el Barça y el Club Super 3, pero a esos no les invitan a sus banquetes! Y luego lo otro: ¿como que dos entidades como la ANC y Òmnium Cultural reciben tal catarata de millones de euros en subvenciones?. Subvenciones ¿para qué? ¿a cambio de qué?.

En mil novecientos sesenta y pico, el escritor Terenci Moix ya se cachondeaba de los socios de Òmnium Cultural (en su novela "El sexo de los ángeles" aparece como "Òrgan Cultural") como un club decadente y polilloso de pseudointelectuales, escritores amateurs que por la mañana trabajan en La Caixa y por la tarde debaten el futuro de Cataluña, Minyons escoltes de la cultureta, tipejos católicos y ridículos, sainetescos. Todo el mundo sabe quién fundó Òmnium Cultural (y quien lo dirige todavía): la alta burguesía catalana afín a Franco, la que decidió intervenir en la cultura catalana para que no cayese en manos de la siniestra izquierda. Yo diría que repiten la jugada: por si acaso Cataluña se independiza, no vaya a ser que caiga en manos de la Colau y de la Cup, no vaya a ser que los rojos nos jodan el chiringuito secular.

Y luego está la Assemblea Nacional Catalana, que de asamblea no tiene nada y se parece más bien a la ANR, la Asociación Nacional del Rifle: un lobby fascistoide. ¡Qué miedo me dan las cosas que llevan el adjetivo "nacional" metido entre otras palabras...! ¿De dónde sale la ANC? ¿De dónde salió la pasta para montarla de la noche a la mañana? ¿Qué vergüenzas oculta ese montaje que huele a perro muerto?

Lo dicho, señora juez: yo no soy nadie para discutir, ni para apostillar ni para comentar una sentencia. Pero la decisión de enchironar a los dos Jordis podría oscurecer el debate sobre quiénes son y a quienes representan, y podría salirnos muy caro a los catalanes B.

Me temo lo peor.

16 d’oct. 2017

Orioles y ex-futuros presidentes

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Sant Josep Oriol obrando el milagro más admirado en Cataluña: convierte las rodajas de un rábano en monedas de oro.

Los catalanes, gente trabajadora y sumisa, estamos habituados (adiestrados incluso) a obedecer al señor de turno. Cuando el señor de turno era el señorito Pujol, aceptamos con resignación callada la conversión de la democracia autonómica en dinastía, y nos hicimos a la idea, estoicos los unos y agradecidos como mascotas los otros, que su hijo Oriol heredaría la presidencia regional. Oriol no es el más listo de los siete hermanos pero es el pequeño (hay algo de cuento de Grimm en el detalle). La gente (o el pueblo catalán, si es usted soberanista) se resignó, más o menos perpleja, al destino. Aunque costaba creer quién era el elegido para suplir al Padre de la Patria por lo inverosímil del personaje, yo empecé a pensar que solo había una forma de que Oriol Pujol no fuera mi presidente: exiliándome. O muriéndome, que es otro estilo de exilio. Pensaba así porqué la presidencia de Oriol parecía inexorable por completo. Cúmplase la voluntad del señor Pujol, dice el pueblo de Cataluña cuando es llamado a la urnas (tanto si lo son como si son tupperwares chinos).

A veces rezaba, de noche y en la soledad de mi cuarto, elevando mis súplicas para que algún fenómeno sobrenatural nos librara de Oriol Pujol: tal era mi desazón.

Casi no me lo pude creer cuando, en un día feliz (la felicidad se cuenta por instantes), descubrí que no era ningún ente transmundano quién me había liberado de Oriol: era un juez, sencillamente un juez, un ser humano como yo. Resulta que Oriol, buen discípulo de su padre, había empezado a hacer sus pinitos en el arte de trincar de la cosa pública y le pillaron. Se terminó la maldición.

Pero una vez detenido Oriol Pujol algo se estropeó en Cataluña y empezaron los problemas gordos. He ahí la venganza del padre. Ahora vais a sufrir de veras, nos dijo. Repetid todos conmigo: in-inde-independènci-a. Enmedio del barullo y ante mi pavor, en ese mal lance surgió otro futuro presidente que también se llama... ¡Oriol!. Busqué, presa de escalofríos horribles y empapado por sudores fríos, entre las páginas de Nostradamus por si el viejo brujo había dejado escrito algo al respecto. Temía encontrar una cuarteta oscura y perversa en que se reuniesen las palabra Catalonia, Oriolus, independentiae, pentitenciagite. No la hallé, pero atribuí el fracaso a mi estupidez.

De repente, todo el mundo repetía la nueva consigna: el futuro presidente se llama Oriol. Oriol Junqueras. Lo decían en voz baja, con respeto temeroso, como quién nombra a Lucifer o a Chtulhu. Algunos lo proclamaban como una victoria diabólica, como un triunfo de la famosa astucia catalana. Hasta que los periodistas, portavoces de la vieja resignación, empezaron a escribirlo: Oriol Junqueras, cada vez más cerca de la presidencia de Cataluña. Yo no salía de mi asombro. Por aquel tiempo me abandoné al esoterismo, la depresión y la televisión basura.

Sin embargo, el transcurrir de la historia me deparaba una nueva sorpresa. Porqué, de repente, la gente empezó a repetir que Oriol Junqueras ha pasado de futuro presidente a ex-futuro presidente, pero sin recalar en el lugar intermedio, en el puesto que es un sillón. Ya nadie cree que el segundo Oriol pueda ser presidente, tampoco: demasiado frágil y demasiado mentiroso, una mezcla muy mala. Leo en los periódicos comentarios cada vez más jocosos que no voy a repetir aquí, observaciones de mal gusto sobre el crecimiento de su perímetro des de que es vice-presidente, análisis malintencionados sobre la asimetría, especulaciones sobre la facilidad de su lágrima o su extraño misticismo cristiano, medio hereje, como albigés.

Es rara, Cataluña. Rara y mala. Adoran a un héroe que fué, en realidad, medio traidor y medio cobarde, ese Rafael que tiene estátua en una calle de Barcelona. Aplauden a un delincuente que se llevó miles de millones a Andorra, liquida a sus futuros presidentes y les transita de futuros a ex-futuros como en un extraño ritual polinésico y antiguo de los que relata J.G. Frazer en "La rama dorada" tras engordar al uno y silenciar al otro.

Vivo en un lugar muy raro que no me deja vivir tranquilo, de susto en susto, de enigma en enigma, de Oriol en Oriol, de insomnio en taquicardia. Las calles se han llenado de banderines como en una fiesta mayor de pesadilla provinciana, hay gente de mirada iluminada que abraza a los policías que les sacudieron un tiempo atrás... Y ahora, la última: ¡hay dos Jordis! Superados los Orioles, aparecen dos Jordis en el horizonte (o, lo que es lo mismo, en la pantalla de Tv3). Eso es un sinvivir de veras. A esos Jordis nadie les ha votado, y solo presiden dos organizaciones pequeñas, rancias y apolilladas. Pero ahí están cada día, en la tv que no miro jamás, exigiendo más y más, como si quisieran decir: ahora, una vez vencidos y cautivos los Orioles, nos toca a nosotros ser futuros...

Creo que debería volver a las páginas herrumbrosas de Nostradamus, pero esta vez con más paciencia y mayor detenimiento. Es imposible que el nigromante francés no haya dejado nada escrito sobre la maldición catalana.

14 d’oct. 2017

Solenoide, Mircea Cartarescu

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Pocos, poquísimos. Muy pocos autores han obrado lo que hace Mircea Cartarescu (Buscarest, 1956) con su escritura. La lectura de Cartarescu traslada al lector incauto por igual que al prevenido hacia un espacio desconocido, nuevo, horripilante, vacío, fascinante. Maravilloso. Eso se llama literatura, por si alguien lo había olvidado. Cuando la literatura es arte elaborado con palabras y nada más. Casi nada, vamos.

Leí a Cartarescu por primera vez en "Nostalgia" (Impedimenta, 2014).  La experiencia de leer "Nostalgia" es una de las experiencias que importan en la vida de uno. Una experiencia que atañe, que afecta. Uno siente la tentación de empezar así su curriculum vitae: bajo el nombre y la fecha de nacimiento, escribir "yo leí Nostalgia".

Y, desde ahora: "yo leí Solenoide, la novela de Cartarescu". Escribo eso cuando apenas he leído un 10% del texto, pero no necesito leer más para saber lo que ya se. Hay libros que el lector, horrorizado a veces o maravillado si puede ser, se teme que se hayan escrito para él y solo para él. Una de las fantasías más recurrentes en el hombre moderno (el posterior al romanticismo) es creerse no solo que es único, si no que además es especial. Y que su vida tiene un fin, un sentido, un propósito, una razón de ser. Peligrosa fantasía, esa fantasía, ya que solo nos ha traído desgracias de toda clase. Pero sin embargo ahí está Cartarescu, con su escritura mágica e hipnótica, que parece hablarle al lector en el oído como diciéndole en un susurro que escalofría el alma y electriza el espinazo: te conozco.

Mircea Cartarescu tiene una indescifrable facilidad para trasportar al lector hacia su mundo, para llevarle de su mano des de lo concreto y compartido hasta lo onírico dentro de una misma frase sin apenas pestañear, y resulta que lo onírico es tan compartido como lo otro, para horror del que lee. ¿Puede alguien haber soñado mi propio sueño? ¿Mi sueño ya no es mi propio sueño? ¿Alguien sueña por mi? ¿Soy un personaje en el sueño de un novelista?

El concepto de "empírico" tiembla y palidece en la prosa de Cartarescu. La lectura de "Solenoide" es una caída hacia arriba o un ascenso hacia abajo, depende de como se contemple. Cuando el narrador de "Solenoide" formula su sospecha de que la vida es un sueño o algo más triste, más grave, más enloquecedor y sin embargo más cierto que cualquier historia que se haya podido inventar jamás, el lector ya está dispuesto al trabajo de hipnosis, ya está rendido y desarmado.

El protagonista de la novela es un maestro de primaria que ejerce su profesión en una escuela de la periferia. Los niños tienen piojos y el maestro se contagia. La metáfora es bonita. Pero de repente los piojos adquieren otro sentido, otra dimensión. El narrador compara los piojos con los humanos y se da cuenta de que somos muy parecidos: cabeza, extremidades, respiración, apego a la vida. En "R.E.M.", el cuento que es el cuerpo central de "Nostalgia", también hay un insecto y la idea de que la vida es un sueño pero quizás algo mucho peor: una realidad. Una realidad poco real, una realidad que continene multitud de elementos paranormales, inexplicables, muy extraños. Esqueletos gigantes enterrados bajo los bloques de la periferia, tan gigantes que uno puede andar por su interior, su enorme galería torácica, donde antes estuvo el corazón, los pulmones, etcétera.

Dice el protagonista de Solenoide: cuando empecé a trabajar como maestro de primaria en la periferia me dije a mi mismo que no sería por mucho tiempo, un año a lo sumo. Yo quería ser escritor y pensaba que eso iba a suceder, y que sucedería del mismo modo que uno respira aire o digiere los alimentos, sin la intermediación de la voluntad. Pero no fui escritor, fui maestro de primaria. Algo no funcionó. Pero no ha sido tan malo, al fin y al cabo: hubo buenos momentos. Hubo temporadas buenas, en las que no tuve piojos.

La Bucarest de Cartarescu es una ciudad vista des de la periferia o desde atrás del cristal de un tranvía en un día lluvioso, o desde la altura cenital e imposible del sueño. Es una ciudad que no ha crecido como las demás ciudades (hubo un antiguo núcleo original, luego crecieron más barrios, se construyeron bloques para albergar a la gente que vivía en chabolas, etc) si no que hubo un solo arquitecto genial que la planeó toda de golpe así tal como la ves ahora, con fachadas herrumbrosas y edificios que se caen, con casas en ruinas, con solares yermos, con bloques en avenidas enormes. ¿Y si la Barcelona que vemos hoy fuese como esa Bucarest, y toda la historiografía solo una pesadilla en forma de libros viejos y soñados?

Mircea Cartarescu es la celebración de la palabra, el reencuentro con la literatura. "Solenoide" lo estoy leyendo en la brillante traducción al catalán de Antònia Escandell para Edicions del Periscopi (bravo por citar la traductora en la cubierta), que ha trabajado con un idioma creíble y genuino a la par que contemporáneo, inspirador, un trabajo de orfebrería encomiable de veras, delicado, nada fácil, arte.

Me dijo un amigo mío que la literatura catalana se halla en un estado tan penoso y tan lamentable que lo mejor para ella sería quedarse callada por un periodo no inferior a quinientos años, durante los cuales deberíamos leer y nada más. Leer en silencio. Comparto esa idea en gran medida. Y leyendo a Cartarescu lo comprendo mejor. A decir verdad, los intelectuales más lúcidos del novecentismo catalán propusieron traducir y traducir y traducir, y así ilustrarnos, empezar a crear a partir de algo sólido. Son los traductores y no los autores los que han hecho algo considerable para la cultura catalana, y son ellos los que deberían tener esculturas en las plazas catalanas. Bueno, ya lo he dicho.

Más allá de mis juicios, mis prejuicios y mis manías, leer a Cartarescu es un bálsamo y una fuente de inquietud. ¡Una más! ¿Qué hay de real en la realidad?

¿Hay algo tangible en la vida?