(atención al minuto 1:55)
este cuento está dedicado al actor Toni Cantó, de quien recuerdo una breve y conmovedora aparición en Todo sobre mi madre, interpretando a un trágico trasvestido
Pasó tanto tiempo persiguiendo al lobo que al fin, una madrugada cuando se levantó y se fue ante el espejo para pensar si se debía afeitar o no, descubrió que todo su cuerpo estaba invadido por un pelaje largo y denso, gris y de penetrante olor almizclado. No tenía suficientes cuchillas de afeitar para tanto pelo, ni bastante Crema Gillette Blue para ablandarlo. Cuando bostezó descubrió las fauces temibles, la baba cayéndose lentamente en las baldosas con un gorgoteo gótico.
Con las garras que ahora ocupaban el lugar de sus manos no merecía la pena, tampoco, intentar agarrar la maquinita. Se dio la vuelta, abrió el armario y escogió mentalmente unos pantalones (los tejanos le aupaban un culo todavía sereno y hermoso y le regalaban un ambiguo aire progresista), y una camisa azul pálido que resaltaba la tez suavemente bronceada. Pero pensó que a lo mejor podía ir desnudo y tal cual, porqué con ese pelaje robusto no sentiría el frío, y además la cola hirsuta y larguísima no iba a caber dentro de los Levi's. Masculló decepcionado al descubrir que el pene se le había achicado considerablemente.
Contempló su escopeta de caza Mercury, calibre 20. Estaba apoyada en el rincón, indolente, con la soberbia de los objetos perennemente erguidos. Le sonrió mientras pensaba que si ahora se pegase un tiro a sí mismo no sólo terminaría con su vida, sinó que terminaría con el objetivo de su vida: cobrarse el mayor lobo visto jamás por estos páramos. ¿Sería posible disecarse a sí mismo? ¿Podría aullar de satisfacción percibiendo la envidia de sus amigos y a la vez ser el trofeo expuesto en la pared del saloncito?
Se cruzó con la mujer en la entrada de la cocina. Ella salía con la cabeza baja y el aspecto taciturno de todas las mañanas, removiendo el Nescafé con prisas y mala leche. Le masculló algo indescifrable. Él respondió con el gruñido habitual de las mañanas de invierno.
Aunque peludo, arrancó el Mazda 3 a las ocho y veinte minutos, puntualísimo. Se metió en la C58 y se quedó encallado en el fabuloso embrollo de todas las mañanas frente a la gasolinera Petro 7. La mujer que conducía el Fiat Bravo rojo parado junto al suyo le dedicó una mueca de disgusto. Eso le encendió algo dentro de si, una mecha oscura y lúgubre. Sintió la llamada del bosque, el olor de la sangre, el sonido de la dentellada.
Poco más tarde, la policía retiró el Mazda 3 plateado abandonado en el carril del medio de la autovía. El conductor no estaba. Las huellas de un perro enorme se perdían entre los matorrales y luego se metían en el bosque.
Sin embargo, sus compañeros de trabajo aseguraron que se había presentado a la hora prevista en la oficina, y no sólo eso: les había disertado de forma brillante sobre usos y abusos de la legislación vigente en materia de desigualdad de géneros, con la ayuda de un estupendo PowerPoint.