27 de febr. 2018
La guerra civil catalana
Hace un tiempo me invitaron a un banquete familiar, y me advirtieron de que iban a festejar no solo una efeméride global si no el advenimiento de la república catalana. "Visca Catalunya!", me dijo la voz, en vez de decirme "hasta luego". Para certificar el sentido inequívoco del convite me mandaron una foto: a los asistentes les vamos a regalar una urna votiva, miniatura de la urna-tupperware que se usó para el falso referéndum del 1 de octubre de 2017.
"Bueno, ya sabes que yo no comulgo con esas cosas y que, aunque lleve dos apellidos catalanes, no soy independentista", dije, con un murmuro. Lo dije y sonó a disculpa, a vergüenza, a susurro incapaz de pronunciar con claridad mis opciones, como si esas contuvieran algo pecaminoso. Hablo así cuando me doy cuenta de que mi ética personal entra en conflicto con la sensibilidad de los demás, a la que no quiero ofender. Porqué no me gustan las guerras ni los conflictos ni la violencia de ninguna clase. Hablo así para ocultar mis ideas, en realidad.
Me sucede lo mismo en las situaciones informales, entre los compañeros de trabajo. Me callo, evito, susurro, y como mucho planteo preguntas. Pero jamás afirmo. Nunca digo qué opción voté en diciembre, agacho la cabeza, miro por la ventana, me busco una excusa para levantarme y ausentarme. Los demás se lo pasan en grande, se aplauden mutuamente las gracias, los chascarrillos, se pasan imágenes en la pantalla del smartphone en donde se burlan de los que piensan como yo. No hay maldad alguna en ello, no pretenden molestarme, lo se. Solo se burlan de lo que piensan que debe ser objeto de burla, en nombre de una superioridad mental que se da por obvia. No se dan cuenta del etnicismo que contienen sus chanzas, del desprecio que destilan, del odio que amamantan.
Un día en que hacía mucho frío no pude más y salí a la calle con la excusa de que me salía a fumar. Me encontré, agazapada en una esquina protegida del viento gélido, a la trabajadora de menor rango de mi centro de trabajo. Estaba fumando en cuclillas y yo hice lo mismo. Me acuclillé a su lado y ambos fumamos en silencio como dos soldaditos en una trinchera arrasada. No hacía falta decir nada. Echamos el humo hacia el cielo encapotado, sin mirarnos. Compartimos nuestra cobardía y nuestra vergüenza tal como se comparten esas cosas y la pobreza: sin mediar palabra.
Mi abuelo materno vivió la guerra civil española. Tuvo que exiliarse en enero del 39 y murió en un campo de refugiados francés, pero dejó escrito un diario. En él cuenta sus andanzas des del año 20 y tantos, y termina en el 41, que es cuando murió. Las últimas páginas hablan de derrota y lo hacen con la vergüenza planeando entre las palabras. Vergüenza por no haber sido más valiente, por no haber puesto más empeño en la defensa de sus valores y de sus ideas. No puedo dejar de pensar en esas últimas páginas. Mi abuelo soñaba con la república de veras, con la república de la igualdad y la fraternidad, y jamás usó en vano el nombre de la libertad.
Estoy viviendo una guerra civil sin tiros, con unas sonrisas supuestas, con el uso empalagoso de la palabra "democracia", aunque es una democracia desprovista de fe, solo formal, solo palabra hueca. En esta guerra civil estoy perdiendo una batalla tras otra, tal como las perdió el abuelo. Y, como él, siento que he fallado en la defensa de mis valores. No hay heroísmo alguno en mis actos, no dispongo de ningún relato heroico para explicarme. Silencios, retiradas, y luego más silencios y más retiradas. Nos dijeron que ese era un conflicto entre españoles y catalanes, pero esa es una mentira más: es un conflicto despiadado de catalanes contra catalanes y nada más. Lo otro es retórica vacía.
Las personas que sí fueron al banquete del que hablé al principio ya no me mandan ningún mensaje ni me llaman. Con alguna de ellas compartí casi toda la vida. He oído decir por ahí que decir eso (que el independentismo rompe familias y amistades) es ser un fascista, un facha, un españolista. Me temo que, a ese paso, en mi lápida escribirán mi nombre y debajo el epígrafe "Aquí yace un fascista españolista". De poco servirá que haya dedicado más de la mitad de mi vida laboral a trabajar para y con los más débiles y los más pobres, que me haya esforzado en hacerlo lo mejor posible.
Eso es una guerra civil sin tiros pero contiene todos los elementos de una guerra civil. Y yo la estoy perdiendo. Quizás no tendré que largarme por piernas y con una maletita al hombro como lo hizo el abuelo, y quizás no daré con mis huesos en un campo de refugiados en un país vecino, pero de algún modo llevo tiempo haciendo todo eso y, en realidad, este texto es el texto escrito por el perdedor de una guerra, vencido y avergonzado, que camina por las pistas forestales en dirección al exilio, con poca o ninguna esperanza, triste, maltrecho, enfermo.
La familia paterna de mi abuelo, unos ricos hacendados de Figueras, le olvidaron tras la derrota de los suyos en 1939. La mayor parte de ellos le olvidaron, se desentendieron de su suerte. Cuando supieron de su muerte, dijeron: "eso le pasa por meterse en política". Yo no me metí en política aunque pude hacerlo, pero eso no me sedujo jamás. Prefiero trabajar de verdad, al pie del cañón.
Vendrán años mejores y la guerra terminará, como terminó la de Troya, tan estúpida y tan cruenta como todas las guerras. Pero no regresaré jamás de mi exilio.
23 de febr. 2018
Síndrome del lacito amarillo
Unos días atrás intenté escribir lo que siento y lo que pienso cuando me cruzo, por las calles, con personas que lucen un lazo amarillo en el anorak. Eso solo sucede en las calles comerciales del centro, ya que, en la periferia en donde habito, jamás vi ningún lacito color gualdo. Tras hacer un esfuerzo, concluí que el sentimiento que me domina ante la visión del lacito de oro es la pena. "A mi me engañaron", parece que desean transmitir. "Soy un estafado".
La simbología de lazos en la solapa siempre fue la exhibición de una minoría oprimida que deseaba visibilizarse. La minoría oprimida por su orientación sexual, por ejemplo. Sin embargo, los lazos amarillos de los independentistas catalanes subvertieron la simbología tradicional del lazo en la solapa: una mayoría opresora se hizo pasar por minoría oprimida, con la esperanza de darle aliento a una revolución tan elitista como fracasada.
Solo la miopía del gobierno del Partido Popular le dio sentido a la exhibición del lazo amarillo in pectore. ¡Qué cosa tan rara! me dije: parece como si los nacionalistas catalanes y los nacionalistas españolistas de la división azul (azul PP) se hubieran puesto de acuerdo en mantener vivo hasta más allá del tedio algo que les conviene a los dos. Pero ese análisis lo voy a dejar para los analistas mucho más sesudos que yo.
Lo que me preocupa es: ¿qué quieren transmitir los esforzados independentistas que siguen luciendo el lazo amarillo en la solapa de su abrigo, más bien caro? ¿Acaso estas personas no se leen la prensa y desconocen (o ignoran) lo que le declaran ante los jueces los protagonistas de la jamás proclamada república catalana?
La señora Neus Munté dijo el otro día que el gobierno indepe catalán no tenía la más mínima intención de implementar la república catalana no-proclamada el 27 de octubre, y que, en consecuencia, preveían unas sanciones judiciales que no irían más allá de la inhabilitación (aún así, la señora Munté se retiró a tiempo y dimitió para no ser inhabilitada: un gesto hábil y prudente, el suyo, muy catalán). El señorito Mas, de nombre Arturet, afirma en una entrevista (en una cadena radiofónica amiga) que lo de la república catalana fue un engaño, ya le vale, y que el referéndum del 1 de octubre, en realidad, no lo era. Que lo de las urnitas tupperware solo era una kermesse, en belga, o "foc de camp de minyons escoltes", en catalán.
Jolín, Arturito... a ver como se lo cuentas eso a los que recibieron palos por crédulos, o a los esforzados tractoristas que gastaron el gasoil de sus tractores para plantarse ante unos colegios electorales que solo eran una coña... ¡haberlo dicho antes!
Porqué el 1 de octubre yo me marché a Francia, a la bonita población de Colliure, y me arrodillé ante la tumba de Antonio Machado para no saber nada del referéndum que no lo era. Y el viaje me costó una pasta. De haberlo sabido me quedo en casa y me voy a al cine a ver una película doblada al español, como un domingo cualquiera.
La próxima vez que me cruce con una de esas personas que, de buena fe, llevan el lazo amarillo en la solapa de un buen anorak -de 200 euros por lo menos-, le voy a preguntar, con educación y con respeto, si no se siente muy engañada. Se lo pediré no solo con corrección semántica, si no también con curiosidad científica. Me inquieta mucho que apoyen con su símbolo pectoral a unos líderes que insisten, una y otra vez, en que todo iba de farol. Y que, dentro de poco, reconocerán que el empecinamiento de Puigdemont es un problema gordo, y que todo fue solo una broma, una bromita, un jeje qué listo soy, y que si escondo urnas de pega y viajo en maleteros y etcétera es para demostrar que soy mú listo pero listo de broma.
Dios mío, Dios mío... creo que debo abandonar mi agnosticismo de una vez por todas, porqué la fe inquebrantable de los indepes catalanes demuestra que la fe es capaz de plantar lazos amarillos (renovables y reciclabes) en los pechos de los más estafados.
Aunque... si me convierto a la fe, lo primero que haré será preguntarle a Dios: ¿por qué me hiciste catalán? ¡Anda que no hay naciones y estados y continentes en el mundo! ¡Ya te vale!
20 de febr. 2018
El rosa de tus mejillas (cuento de amor para el día de San Valentín)

Un día aparecieron, ante Rafael, tres gotas de sangre que, al mezclarse con el esperma eyaculado en la masturbación matutina, se pusieron rosas, rosas con aquel rosado de salud jovial que tenían las mejillas de Magdalena. Magdalena cuando tenía veinte años, que es cuando se inauguraron de novios. Rafael contempló el color rosa y lo primero que pensó fue eso, que ese color era como el rosa de las mejillas de Magdalena, cuarenta años atrás. Y al cabo de un rato, por fin, cayó en la cuenta.
Las tres gotas de sangre eran, sin duda, los primeros compases de la sonata que iba a cerrar la sinfonía. (¿La vida de un trabajador español puede ser comparada a una sinfonía?). La canción de las tres gotas de sangre es la canción del cáncer de próstata. O de algo parecido. O de algo peor. La escena sucedió un miércoles a media mañana, en un mes de noviembre demasiado cálido. Ella estaba en el trabajo y él, ocioso y ya jubilado, en casa, decidió masturbarse solo para comprobar que su capacidad de amor todavía estaba en pie a pesar de todo. Se acordó entonces del principio, de la obertura, allegro (ma non troppo). Rafael fue un jovencito audaz y muy vigoroso. Tanto que, a los quince años, salpicó con sangre las sábanas a consecuencia del ímpetu que ponía en el empeño onanista: se infligió un desgarro en el frenillo que tardó semanas en curarse. Por la impaciencia.
El noviazgo con Magdalena le trajo sosiego. Fue un buen amor. Hablaban, se escuchaban. Se casaron. Sin embargo, no le fue fiel. Las amantes de Rafael, esparcidas a lo largo de los años, le reprocharon muchas cosas, pero jamás el ímpetu amatorio.
Con el paso del tiempo, las aventuras disminuyeron y al fin desaparecieron en medio de una niebla blanca, amnésica. Ese cambio no obedeció a la llegada del tormento de la culpa, si no a que su solvencia copulatoria era cada vez menor. Así que Rafael aprendió a retirarse a tiempo, con discreción, en el momento preciso, evitando la cópula que debía culminar la nueva conquista . Cuando sabía que la mujer estaba dispuesta al ofrecimiento, él se esfumaba sin más, en silencio, y se fundía en la noche de la ciudad, se iba a dar tumbos por las calles, con sus neones rosados y azules, sus calles recién barridas con chorros de agua y detergente por las brigadas de la limpieza. Le bastaba con saber que seguía dominando la artesanía de la seducción.
Las erecciones eran cada vez más infrecuentes y más laboriosa su consecución, hasta que eso le resultó demasiado humillante. Odió los caprichos de su pene, esa tendencia del miembro viril a una emancipación burlona, inaceptable: a veces le abandonaba la virtud ante el cuerpo desnudo de la nueva conquista -estando ella ya desparramada ante él- y, sin embargo, en la madrugada siguiente, se levantaba solo en el hotel pero con una erección enorme y dolorosa, que debía mitigar con el agua fría de la ducha mientras recreaba en su mente la imagen de la princesa peruana momificada que había visto en un reportaje de National Geographic, y que era lo más horrible que había visto jamás, lo que mejor puede descoyuntar el ánimo libidinoso.
Llegado a esta época bochornosa, ya solo la paciencia de Magdalena le daba sentido a la práctica del amor.
Llegado a esta época bochornosa, ya solo la paciencia de Magdalena le daba sentido a la práctica del amor.
Antes de los treinta, había escrito que la vida ideal consiste en leer y hacer el amor. Y nada más. Cuantas más novelas, mejor, y cuantas más mujeres, mejor. Las dos aspiraciones producen ansiedad y frustración. Eso lo sabe ahora pero no lo sabía entonces. Y también sabe algo más: que esos ideales provocan una gran percepción del vacío. A los doce años, una noche, contemplando el cielo estrellado del verano, en el balcón de un edificio ruinoso del valle de Bielsa, se dio cuenta de que no hay nada más terrorífico que ese vacío gélido que algunos poetas estúpidos loan, la negrura en donde brillan estrellas muchas de las cuales murieron millones de millones de años atrás, eones de nada, la eternidad de la nada. Le entraron unas ansias enormes de masturbarse. Pero entonces no comprendió qué conecta el deseo con el horror.
Magdalena (la vida con Magdalena) le proporcionó una pausa en el tránsito de ese malestar angustioso, y ambos decidieron llamar "amor" al paréntesis compartido entre el horror y la nada. Como también había leído algunos libros a lo largo de los años, ese miércoles de noviembre en que vio como sus tres gotas de sangre se diluían en el esperma blanquecino, se acordó del relato del caballero Perceval, leído décadas atrás.
En el cuento del caballero Perceval (escrito hace unos 800 años) se habla de las tres gotas de sangre roja que vierte en la nieve su contrincante herido, y que se funden con el hielo para trocarse en rosado, como el de las mejillas de la amada. De modo que el caballero se acuerda de ella en ese instante, y de que la dejó esperándole en el pueblo mientras él se marchaba para construirse un porvenir de caballero andante por esos mundos de Dios.
Quizás habría sido mejor leer menos, se dijo Rafael.
Magdalena (la vida con Magdalena) le proporcionó una pausa en el tránsito de ese malestar angustioso, y ambos decidieron llamar "amor" al paréntesis compartido entre el horror y la nada. Como también había leído algunos libros a lo largo de los años, ese miércoles de noviembre en que vio como sus tres gotas de sangre se diluían en el esperma blanquecino, se acordó del relato del caballero Perceval, leído décadas atrás.
En el cuento del caballero Perceval (escrito hace unos 800 años) se habla de las tres gotas de sangre roja que vierte en la nieve su contrincante herido, y que se funden con el hielo para trocarse en rosado, como el de las mejillas de la amada. De modo que el caballero se acuerda de ella en ese instante, y de que la dejó esperándole en el pueblo mientras él se marchaba para construirse un porvenir de caballero andante por esos mundos de Dios.
Quizás habría sido mejor leer menos, se dijo Rafael.
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Otra versión de este texto apareció en La Charca Literaria para festejar a San Valentín, patrón de los enamorados.
16 de febr. 2018
Rull y Turull, Dupont y Dupond, Hernández y Fernández
Cuando era niño vivía en la ciudad de Barcelona y leía las aventuras de Tintin. En esos libros fascinantes, de autor belga pero de expresión francesa, aparecen dos policías bastante zafios y engreídos que, en francés (como en catalán), se llaman Dupont y Dupond y, en versión castellana, Hernández y Fernández. Me esforcé por encontrar lo que diferenciaba a los dos guindillas, que es cosa muy sutil. Digamos, para resumir, que uno de los dos es algo más zoquete que el otro. Esa es la hipótesis humilde que me hice entonces, de niño.
Ya de mayor, descubrí en la prensa a dos tipos convergentes: Rull y Turull. La similitud cómica de sus apellidos me remitió a los Dupond y Dupont de mi infancia des del primer instante. Pero el asunto es que jamás fui capaz de distinguir entre Rull y Turull. Cada vez que aprendía a asociar el apellido con la cara correcta, el aprendizaje se me desvanecía poco más tarde y volvía a mis dudas.
En la ciudad en donde habito ahora (la tercera ciudad de Cataluña en número de habitantes), hay una pastelería que se llama "Pastisseria Turull". Es una pastelería muy cara y muy pija. Sabiendo que el señor Puigdemont desciende de familia pastelera, siempre pensé que el diputado convergente Turull era hijo de esta ciudad (¡vaya inferencia la mía!) y, en consecuencia, dejé de comprar pan integral en la pastelería Turull. No vaya a ser que, con el beneficio que les aporto a los pasteleros Turull, me dije yo, le manden dineritos al prófugo en Bélgica. Eso no me lo perdonaría jamás.
Un día, sin embargo, entré en un supermercado de esta ciudad y me topé con el señor Rull (lacito amarillo in pectore, por supuesto). Así descubrí que mi vecino no es Turull, si no Rull. De modo que mi boicot a la pastelería no tenía objeto.
(Aunque, por si las moscas, no he vuelto jamás a la "Pastisseria Turull").
A Rull, en el supermercado, le comenté algunos asuntos sobre el desastre moral y convivencial que nos legaron los suyos, a todo lo cual él me respondió con un discursito aprendido de memoria, aburrido y ya sabido, con evasivas, sin mirarme a los ojos y con un apretón de manos final perpetrado con una mano fláccida, paliduzca.
Quizás su mano andaba pálida por haber estado unos días en esa prisión en la que, según sus palabras, se come muy mal y dan alimentos flatulentos. Creo que la valoración de Rull sobre su (breve) estancia en una cárcel debería incorporarse al corpus literario de la literatura taleguera, ya que tiene un alto valor simbólico y una profundidad humana digna de elogio en el mundo del arte. El talante flatulento de la dieta carcelaria no había sido comentada jamás hasta hoy por un preso recién excarcelado. Ni la sombra ni la privación ni la disciplina: nada de eso le impresionó al señorito Rull. Solo el mal menú. ¿Cómo debe ser el menú de Can Brians? Le sugiero al señor Rull que se ponga en contacto con el Chef Alberto Chicote: un programa en la tv de nuestro chef disciplinario sobre la cocina del trullo lo petaría. Digo yo que ya tardan en mandar a Chicote a visitar las cocinas carcelarias. Le cedo la idea gratis.
[Debo aportar algo a la anécdota de Rull en el supermercado: mientra yo hablaba con el ex-conseller legítimo, su señora esposa, que le acompañaba, siguió rellenando el carrito y puso en él comidas precocinadas y congeladas que, digo yo, igual también tienen virtudes flatulentas. De ser así, eso ya es cosa de Freud, claro, así que lo dejo ahí. La su señora esposa es concejala de esta ciudad, por cierto. Por Convergència, huelga decirlo. Al final, el asunto catalán es eso: un asunto de familia. Los nuestros. Colocar a los nuestros y que dure la colocación y ya está, fin del cuento, un argumento sencillito].
Después de mi encuentro con el diputado Rull pensé que jamás confundiría a Rull con Turull. Pero...¡me equivoqué!
Una noche soñé con ambos y me lié de nuevo. Es cierto que Turull tiene un aspecto de batracio verde que Rull no tiene, pero Rull también es algo intrigante en su aspecto y, si uno se fija bien, ambos podrían aparecer como extras en una cinta de serie B que adapte "La sombra sobre Innsmouth", uno de los relatos de H.P. Lovecraft que más me gustan.
En el cuento del genio de Providence (que plagió Albert Sánchez Piñol hace casi dos décadas), unos seres anfibios surgen del mar para reclamar lo que creen que es suyo de forma legítima. Y se emparejan con las mujeres del pueblo pescador para crear una legión de híbridos que, andando el tiempo, les darán el poder.
¡Qué grande es Lovecraft!
14 de febr. 2018
Els meus embolics amb la CUP
Un dia d'aquests, la diputada (o ex-diputada?) Mireia Boya va anar a declarar davant del jutge que investiga els delictes de l'independentisme unilateralista.
[Si m'he de creure algunes fonts periodístiques, la diputada (o ex-diputada) Mireia Boya va ocultar que era propietària d'un hotelet rural a la Vall d'Aran quan va declarar el seu patrimoni en ascendir a diputada regional. Com que em temo que la majoria dels diputats i de les diputades tendeixen a ocultar parts del seu patrimoni, no en farem cabal. Ella sabrà el què es fa, perquè és prou grandeta per saber-ho. Tinc un amic que treballa a la Vall d'Aran i m'explica: que el cognom Boya és molt reconegut en aquella vall. Només cal investigar una mica (n'hi ha prou amb el google) per trobar la resposta. La Catalunya caciquil. La Catalunya eterna].
La diputada o ex-diputada Mireia Boya li va declarar al jutge que a ella li hagués agradat més que la declaració de la república catalana de l'octubre no hagués estat una declaració "fake". La senyora Boya contradiu les declaracions de la senyora Forcadell, del senyor Forn, del senyors Rull i Turull (Dupont i Dupond, en flamenc), del senyor Vila, dels senyors Junqueras i Romeva, de la senyora Bassa i de la senyora Borràs. Tots ells van jurar que la declaració indepe fou una broma, un farol innocent. La declaració davant del jutge de la senyora Boya és un cas especial: en assegurar que la declaració indepe havia de ser efectiva, els ha posat les coses legals encara més xungues als jordis i a la resta, cosa que aquests li deuen estar agraïnt amb gran intensitat i picant de mans. I parlant de mans: la senyora Boya va sortir del jutjat alçant el puny per a la foto (o el selfie), i tant, això que no falti. I, tot seguit, se'n va anar cap a caseta. L'aixella esquerra del carlisme. Un país nou, sí senyora. Novíssim. Tan nou com La Trinca.
Fa uns tres mesos vaig escriure, en aquest blog, un article en què em qüestionava el paper de la Cup en els dos darrers anys de política catalana. I vaig voler destacar un element: que dels tres partits independentistes unilateralistes, un d'ells no tenia ni presos ni exiliats. Sí, en efecte: la Cup ha sortit indemne de la moguda. Chapeau! els vaig felicitar: sou uns genis de la tàctica. Ni Soto del Real ni Estremera: els joves diputades de la Cup campen pels seus feus de la Catalunya profunda i carlista metre alcen punys i punxen rodes d'autocars (però mai rodes de tractor!). Esquerra radical, en diuen, malgrat que aprovessin els pressupostos de Convergència amb vots estrictament trotskistes, és clar. En diuen un país nou. I Déu sap que ho és. Però l'herència del papà que no me la toquin, un pensament profundament català que defineix la versió catalana de Trotsky. Trotsky amb barretina i llacet groc a la solapa, tal com mana Nostro Senyor, el del Virolai Vivent.
El meu article el vaig haver de suprimir i està esborrat. Perquè no estic disposat a sentir insults enlloc d'arguments. I perquè no em ve de gust rebre amenaces com aquesta: "d'aquí a poc tindràs una resposta".
Cal reconèixer que la Cup té uns seguidors i un electorat molt motivat, molt actiu, molt decidit. Però també cal dir que han perdut el 60% del vot i que han quedat al mateix nivell que el Partit Popular. I, no obstant això, encara es mostren tan bel·ligerants com intrèpids. Ardits i xirucaires, a enginyosos minyons no se'ls pot vèncer. Pomells de Joventut, que diria en Josep Maria Folch i Torres des de les pàgines del Patufet. Ho repeteixo: els diputats de la Cup són, en nombre, els mateixos que els del Partit Popular. Si el PP és residual a Catalunya... què és la Cup?
Ningú no està preparat per perdre. Jo tampoc. Si demà perdo la feina culparé vés a saber quins factors externs. Però... faré autocrítica? L'autocrítica, a la Catalunya d'avui, sembla prohibida perquè seria un senyal de debilitat. I quina pena que em fan, les Cup, tan assambleàries elles, i tan ultrademocràtiques, però alhora tan incapaces de comprendre. Han llençat per la borda la possbilitat d'un independentisme d'esquerres (molt difícil de sostenir, tot sigui dit) i s'han lliurat a les mans d'un sobiranisme puigdemonià que, en mans de la senyora Elsa Artadi, els aboca a aplaudir les tesis ultraliberals del senyor de les americanes del pallasso de Micolor que no es descoloreix: un tal senyor Sala i Martín.
Ho sento molt si les senyores i els senyors de la Cup s'ofenen si els dic que han estat covards i tramposos, però no hi puc fer res. Aquest blog me'l pago jo de la butxaca i no em dec a ningú. Aquest blog me'l pago amb una part del salari que surt de treballar en un barri marginal, amb usuaris immigrants i molt pobres o fins i tot miserables. Que ho sàpiguen. I visc en un pis petit. De pocs metres quadrats i sense piscina, i em desplaço per anar a treballar en un Dacia de segona mà, i no sóc el propietari de cap casa rural en una vall bonica.
I em sento tan català com espanyol i no vull tolerar que em facin escollir. Els treballadors pobres no ens podem permetre el luxe d'escollir una pàtria. I això haurien de saber-ho, aquests xicots i aquestes xicotes de la Cup. Si us plau: no m'insulteu més.
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Des de fa uns anys escric en castellà en aquest blog, però avui he fet una excepció.
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