5 d’ag. 2017

El Watusi en 2017


La prosa de Francisco Casavella inspira e incluso ilumina. Pero no se puede imitar. Hay algo indefinible (o demasiado definible) que hace de Casavella uno de los grandes autores catalanes, y de "El día del Watusi" una de las mejores novelas sobre Barcelona. Déjense de plazas de Diamante y otras monsergas ñoñas. Si yo escribiese las guías turísticas de esta ciudad, incluiría "El día del Watusi" incluso a pesar de sus largas y magníficas casi 900 páginas.

Dice Javier Pérez Andújar en su aportación promocional de la contracubierta (edición de Anagrama de enero de 2016):
Lo que hace Casavella en su literatura heroica es desvelar un secreto, contar una Barcelona a la que se le ha negado toda existencia.
Pocas veces he leído una frase promocional con tanto sentido. Lo de Pérez Andújar es otro caso de iluminación, pero será para otro día. Con solo comentar la frase del escritor de San Adrián podría llenar tres o cuatro folios sobre literatura en Cataluña, sobre la historia ocultada de Barcelona, sobre el conflicto entre autóctonos y emigrantes y sobre como ese conflicto se traslada a la literatura.

Así, si Pérez Andújar muestra el conflicto en "Paseos con mi madre", Casavella lo deja en el fondo y lo invoca solo a veces, entre bromas, porqué la gravedad del asunto es demasiado grande, demasiado trágica. Es casi incomprensible que jamás hayan hablado de eso los escritores catalanes que escriben en catalán (y cada vez peor, quizás porqué soslayan la materia literaria más urgente que tenemos aquí). Eso también es otro asunto. Un día de esos. Quizás me espero a que se os pase la hinchazón del nervio nacionalista. Si es que se os pasa. Veremos si es más larga mi paciencia o mi vida.

En el primer capítulo del segundo libro, "Viento y joyas", Casavella abre la sección con una descripción magistral del barrio adonde han ido el protagonista (Fernando Atienza Picazo) y su madre, Flora. Una portería, un semisótano en donde la humedad juega a la geografía en las paredes podridas. Y describe así el barrio, en un párrafo de antología de las letras españolas. Y catalanas:
Aún no era septiembre y y habíamos ocupado la portería en la que iba a trabajar mi madre, un sótano próximo al gran templo que bautiza el barrio donde impone su sombra. Toda la ciudad, y no sólo las familias de comerciantes y empleados a los que ella iba a servir, comulgaba con un exagerado afecto por la quimera arquitectónica. Eran incesantes las cuestaciones populares para que el delirio creciera aún más. "¡Ya tenemos cinco torres! ¡Ya tenemos seis!", exclamaba la población con entusiasmo. Los domingos, gente preparada se cogía de la mano y, en cenefa circular, daba saltos frente al pórtico, mientras sonaban agudos instrumentos de viento y las palomas echaban a volar, disgustadas con el alboroto. El proyecto inacabado, un ejemplo de megalomanía transferido a un colectivo lleno de complejos, ganaba cada tanto en horror, y parecía alimentarse como un vampiro de la esencia de los edificios que le rodeaban: fábricas con tejado a dos aguas medio hundido, portalones modernistas que se me antojaban un misterio y apenas guardaban descampados, viviendas de inicios de siglo con fachadas del mismo gris mediocre.
Ahí está, en pocas líneas, la Barcelona de la que sí se puede hablar: la Sagrada Familia, la sardana y el sonido estridente de la cobla, la ciudad decadente y ese gris que es el de las fachadas y de la clase media catalana. Casavella se irá despachando con todos: clase media y clase alta, y esos catalanistas que han pasado de franquistas a demócratas convencidos, y que hoy son separatistas de toda la vida. Todo eso es el fondo, y cuando ese fondo asciende a la superficie del relato lo hace en tono cómico y a menudo sarcástico, esperpéntico. Quizás esa sea la mejor forma de abordar esa parte de la tragedia catalana que no sale en los libros.

Me dicen que hay un librera de Barcelona que se tatuó una W de Watusi en su piel. Y ahora, leyendo por fin la novela de Casavella no solo la entiendo. A mi me han venido ganas de comprarme un bote de espray (pintura negra) y estampar la W al lado de las coloristas pintadas de los secesionistas y de los partidarios de no se qué referéndum. Ya lo dice Casavella: el eslógan de aquél antiguo referéndum nos llegaba a través de una cancioncilla muy pegadiza: "Habla pueblo, habla". Al protagonista de "El día del Watusi", ese eslógan le sonaba a una invitación a la delación. Pues eso.

La lectura de "El día del Watusi" me divierte y me emociona, me entristece, a veces me deja aturdido y como fatigado. En otras, siento que podría permanecer leyendo hasta que salga el sol para caer rendido entonces, como en las antiguas noches de sexo que ya casi no recuerdo. Hay muy pocas novelas capaces de hacer todo eso. Y mientras uno lee también piensa en todas las preguntas que se van abriendo en la mente, la mayoría de las cuales o bien tienen respuestas demasiado obvias o bien nos cuestionan sobre una maldad antigua que no admite respuestas. Y también sobre la vida. Pienso mucho sobre la triste Cataluña y me pregunto a qué viene soslayar a Casavella (para hablar de mediocridades como la nombrada antes). En este triste país que ahora ha iniciado el aparato argumentativo para salvar a Pujol se manda al olvido a los autores que no podían haber salvado como país.

Y los lectores de Casavella nos sentimos como sombras que corretean por las calles, de noche, extraviados y estúpidos, supervivientes escasos de una masacre que jamás se escribirá en la historia. ¿Quién era el Watusi? ¿Era una encarnación del dios Dioniso?.




1 d’ag. 2017

En los desiertos, andar


Este desierto es pequeñito. Parece hecho a la medida humana, de modo que uno piensa que si es capaz de andar en línea recta podría salir de él en pocas horas.

Sin embargo, contiene la esencia del desierto. No hay caminos. O puede que todo el desierto sea un camino, solo que no se sabe hacia qué parte, hacia adonde. El desierto es engañoso: no es todo monotonía y esconde sorpresas. Como la vieja cabaña abandonada. ¿Se refugiaba aquí un pastor, cuando había pastores? ¿Hubo pastores? ¿Cuando desapareció el último pastor?

En el desierto también se ocultan esas lagunas pequeñas, hundidas, con aguas verdes y cangrejos rojos. Hay centenares de ellos rotos y devorados, en la ribera. Hay aves que les cazan y se calzan un banquete de cangrejos. Sin embargo, ahora no pasa nada.

Uno puede caminar y pensar en el silencio, porqué le han dicho que silencio y desierto son palabras que van de la mano, pero no es cierto. No se trata ta solo del zumbido, ocasional e inoportuno de los grandes coches extranjeros que zumban por las pistas señaladas. Se trata de lo otro. Ese rumor de fondo.

Hace algunos años me dignosticaron un acúfono. Eso significa que, en el oído izquierdo siempre escucho un pitido lejano, como si alguien, en un piso del bloque de enfrente tuviese un aparato eléctrico encendido, una radio sintonizada en el espacio vacío entre dos emisoras. Con el tiempo he aprendido a vivir con mi pitido. A veces ya ni lo percibo aunque se que siempre está ahí. ¡Para lo que hay que oir...! me dijeron una vez.

Este desierto de altas formaciones puntiagudas y de oscuras grietas es el resultado de una violencia casi inconcebible. De tierras que se hundieron, de mares que se desplazaron, de enormes fuerzas tectónicas cuya energía no podemos imaginar. Nosotros también salimos de una violencia gigantesca y atroz. En este país más o menos en paz en donde nos preocupamos de que los hombres no de despatarren demasiado en el asiento del metro, vivimos más o menos en una paz que procede de mucha violencia. Nos preceden un sinfín de guerras y de crímenes horrendos. Mis cuatro abuelos, por ejemplo, tuvieron que emigrar de sus pueblos de origen por distintas razones, pero el denominador común es el hambre. Hay hombres que condenan a otros hombres al hambre, y eso es otro tipo de violencia, sin brusquedades ni despilfarros bélicos, sin bombas y sin puñales ni banderas ni proclamas solemnes ni desfiles. La violencia del hambre tiene unos perdedores que enferman y mueren y unos ganadores, que escriben libros de historia. Los primeros piden pan, los segundos exigen urnas y leyes que les legitimen.

La garza real se alza ahora de entre los juncos de la laguna de las aguas verdes. Es un pájaro elegante, que se eleva como si lo vieses a cámara lenta y con una banda sonora de violoncelos. Es un ave soberbia, bellísima. Es ella la que destroza, cruel, a esos cangrejos rojos y suelta sus cuerpos mutilados en la ribera. Esa ave existe gracias a la mortaldad de otra especie, mucho más humilde, esos crustáceos asustadizos que nadan para atrás y se esconden entre las algas.

Mi abuela paterna llegó a Barcelona procedente de un pueblo mucho más al sur. Cuando ya tenía 90 años y la cabeza se le iba por un laberinto de recuerdos que bajaban como aludes, contó que su pueblo, de cabañas como las de "Cañas y barro" era tan pobre que la gente cazaba las ratas. Eso pasaba hace poco más de un siglo.

Siempre se sintió extranjera en Barcelona. Eso de hacer sentir extranjero al emigrante que huye del hambre también es una forma de violencia. En este caso, es la violencia de la que yo surjo. Yo, que ahora ando, ocioso, por el desierto.

28 de jul. 2017

El triste fin de Policarpo Puigdemont


Por lo visto, el señor Puigdemont ha decidido emplear el verano de 2017 en la tarea de convertirse en un Lluís Companys versión derechona. Derechona catalana, claro está. Quiere ser el último mártir de una patria improbable, de un país que jamás existió. Y, a ser posible, que se noten los genes carlistas más o menos disimulados tras la gesta. Ha puesto todo su empeño en ello. Bueno, digamos que por una vez aceptaremos un principio liberal y diremos que cada cual es libre de escoger la forma de hacer el rídículo (o el déspota ridículo) que más le convenga. Al fin y al cabo, la posibilidad de convertirse en un pequeño Tirano Banderas está al alcance de casi todos, incluídos los presidentes regionales como Puigdemont.

El señor Puigdemont, de todos modos, haría bien en tomarse algún descanso de vez en cuando, y dedicar una parte del tiempo a otros quehaceres. A relajarse. Eso lo digo en beneficio del común, pero también, incluso en el suyo propio. No hablo tan solo de la paella en Cadaqués, que debe estar al caer. Hablo de la lectura bajo una sombrilla o una vulgar sombrita. Si por lo que fuese cambia de idea y se inclina por el ocio en la literatura, que es una de las ocupaciones mayoritarias entre trabajadores (ya sé que leer es de pobres) le recomiendo una novela de Alfonso Henriques de Lima Barreto, el autor brasileño que escribió "El triste fin de Policarpo Quaresma", por allá en 1911. Lo acaba de publicar en catalán una editorial cuyo nombre no le ofenderá nada al señor Puigdemont: Adesiara (Martorell, 2017).

La novela cuenta los árduos trabajos y las desventuras de un funcionario brasileño gris y cincuentón (como usted, señor Puigdemont) que un buen día decide dedicarse en cuerpo y alma al servicio de la patria, asumiendo todos los riesgos y en estado de conciencia plena. Policarpo Quaresma ha llegado a una conclusión que le obliga a dar un paso al frente: ha descubierto que su patria es la más importante del mundo pero que eso debe mostrarlo sin ambages. Policarpo lleva muchos años leyendo tan solo literatura brasileña, comiendo solo comida brasileña y vistiendo ropas manufacturadas en Brasil. Y está aprendiendo a tocar la guitarra (como usted, de nuevo) para poder cantar las canciones más genuínas de la patria.

Policarpo jamás habla de otro tema: solo de la grandeza del país. De la supremacía cultural de la patria, de los principales hechos históricos patrios, grandes batallas, grandes derrotas, etc.

Policarpo no se detiene nunca en su labor redentora, y es así como un día descubre algo verdaderamente ignominioso: su país se expresa en la lengua de un país extanjero, de un país invasor. Debe hacer algo para paliarlo de inmediato y eleva esta propuesta al parlamento del país: deben abandonar la lengua portuguesa y proclamar que la lengua oficial de la patria es el guaraní. Porqué el guaraní no solo es la lengua verdadera de esta patria, si no también la lengua más bella.

Fiel a su empeño e irreductible el ademán (como usted otra vez) Policarpo Quaresma decide entregar su vida y su salud mental a convencer a todos que la razón está de su parte. Los argumentos son simples: él lleva toda la vida trabajando para la patria y los demás no. Él ha pensado mucho sobre el asunto. Muchísimo. De modo que si alguien osa llevarle la contraria la respuesta será simple y demoledora: usted no piensa tanto ni tan bien como yo.

La novela de Lima Barreto es una obra maestra de las letras brasileñas (¿o serán portuguesas?) y se inscribe, junto a la obra de Machado de Asís y la del infinito Eça de Queiroz entre los grandes textos que, en lengua brasileña-portuguesa nos explican de donde venimos los hombrecitos del siglo XXI.

Leída en Cataluña 100 años más tarde de haber sido escrito, "El triste fin de Policarpo Barreto" es un texto de actualidad. De rabiosa actualidad, como diría un periodista al uso. Ya que uno reconoce gran cantidad de las contundentes afirmaciones nacionalistas que proclama su protagonista: las estamos leyendo día tras día en la prensa, y las estamos escuchando día tras día en boca de los comensales de la paella de Cadaqués así como de otros varios políticos, periodistas (de Tv3 y de el Punt/Avui) y etcétera.

Una de las virtudes de la novela, aparte del estilo depurado, la ironía desternillante y la agudez en el retrato psicológico del hombre gris, es que el título nos anticipa el fin de la aventura y así el lector puede leer desasosegado. Lo digo porqué al señor Puigdemont no le imagino muy leído ni muy dado al placer civilizado de la lectura: si acaso decide no leer la novela de Lima Barreto, retenga su título.

Y lo repito, aún sin ninguna fe: le recomiendo al señor Puigdemont que se tranquilice y se siente a leer. Porqué entre que desarrolla con ímpetu su vocación martirológica y mientras no llega a su triste fin, ese hombre nos está poniendo la vida más difícil -si cabe- a los catalanes. Ya nos puso la vida bastante difícil su predecesor en el cargo, pero lo suyo supera lo imaginable en un interino. Nosotros los sufridores nos merecemos que eso termine pronto, que el señor Puigdemont acceda por fin a su triste fin cuanto antes. Pero creo que es de persona recomendarle pausa, paz espiritual, sosiego. Policarpo tuvo que ser ingresado en un sanatorio mental para calmar su bravura patriótica, y no tengo ni idea de en donde terminará ingresado usted.

Pero se que muchos de nosotros estamos al borde del hastío, de la desesperación, de la emigración. Cálmese y lea. Bajo una palmera o bajo el árbol que más le plazca. Hágalo por los ciudadanos de su patria que, aparte de ser mayoría, no queremos saber nada más de patrias y además nos merecemos vivir en paz y ocupándonos de nuestras cosas, que no so baladíes. Ya hemos sufrido bastante con la ristra de los patriotas iluminados precedentes en su cargo ¿no lo cree, señor Puigdemont?

17 de jul. 2017

Fermín 2017


Hasta ayer, justo hasta ayer, había vivido en un mundo de certezas apacibles. La dehesa, las hembras, las crías. La comida es abundante y el cobijo, digno. Los días se suceden plácidamente. Primavera, verano, otoño. Invierno y vuelta a empezar. De vez en cuando una tormenta imprevista, o una helada demasiado intensa. Pero eso es todo. Es fuerte, está bien pertrechado para afrontar las inclemencias del clima y, al fin y al cabo, en esas latitudes el clima es benigno.

Sabe que una vez al año aparece el señor y se lleva a unos cuantos adultos, siempre machos. Lo sabe pero no le preocupa, porqué a él no le han llevado nunca y eso le permite suponer que es algo que les sucede a los demás, jamás a él. La experiencia le ha enseñado que las cosas malas solo les pasan a los demás. Los que se llevaron quizás habían hecho algo malo, quién sabe, quizás habían cometido alguna falta, un desliz, quizás eran desobedientes con las normas, o díscolos.

No tiene sentido preocuparse por eso. A él no se lo han llevado jamás y además obedecer es fácil. Y luego hay otra cosa: el que se llevó a los machos es el mismo señor que provee de comida, de bebida y de techo. El señor se preocupa por su salud, vela para que no caigan enfermos, celebra con alegría el nacimiento de cada nuevo retoño, lamenta la muerte de los viejos y les llora. Y les llora con un sentimiento real, nada fingido. ¿Cómo podrías dudar de la bondad del señor?

Sin embargo, hoy, todo se ha roto. Las certezas se han evaporado con las primeras luces del alba. Se lo llevaron en un camión junto a otros de su quinta. Les dejaron en un patio estrecho. Los muros son altísimos. Algunos se han puesto nerviosos y le han contagiado la duda. Algo va mal. En una de las paredes hay un ventanuco por el que todo el día asoman rostros que miran. Hay algo inquietante en esas mirada. No hay duda: algo feo flota en el aire, pero ¿qué?. Un atisbo de muerte, se va dando cuenta de que debe ser eso. Eso es la antesala de la muerte, una antesala de hormigón y acero. Eso es lo que cuentan esos ojos que miran tras el cristal. Esos ojos contemplan al que va a morir, miran la muerte inminente del otro, como si le preguntasen algo grave. Quien te mira así debe estar interrogándose sobre su muerte, intenta descifrar algo oscuro, es una mirada de ida y vuelta. Cuando uno mira al que va a morir lo hace con una mirada única que solo sirve para mirar al reo condenado a muerte. ¿Cuándo me tocará a mi? ¿Como será?

Ahora ya es tarde para rebelarse contra el señor. El mundo se derrumba, solo queda la incerteza de saber cuando, como. Hoy o mañana, a espada o de un tiro en cabeza. El día en que vinieron a por él ya era tarde. Mañana liturgia y luego nada.

8 de jul. 2017

En la fortaleza de la muerte


El cerro domina la ciudad, que se empequeñece vista des de lo alto. Un rey ordenó la edificación del fuerte, en tiempos de las guerras carlinas. Uno no sabe si lo construyeron para defender la ciudad o para bombardearla en caso de necesidad. Aquel rey, bisabuelo del actual, hizo construir esta catedral militar, oscura y subterránea, ese templo de la muerte.

Las dimensiones del fuerte son tan fabulosas que incluso se adentran en la leyenda. Alguien cuenta que hay pasadizos subterráneos y secretos, y se sabe a ciencia cierta que excavaron cuatro plantas de galerías hacia abajo, hacia adentro del vientre de la tierra, pasillos con celdas, un laberinto lúgubre, la guarida del gusano.

Durante esa guerra interminable que estalló por enésima vez en 1936, la fortaleza se convirtió en prisión, y en ella albergaron a los prisioneros enfermos de tuberculosis. Con el avance de la guerra, alojaron allí a todo tipo de prisioneros, de modo que las miasmas contagiaron a todos y quienes ingresaron sanos devinieron enfermos y al fin la muerte los llevó a todos. A todos. En esa fortaleza se sucedió la fuga más masiva de la historia: 300 presos huyeron con lo puesto, algunos descalzos, en dirección a la frontera, que está cercana. Ni uno solo logró cruzarla, les cazaron a todos. A todos. La muerte que habitaba el fuerte se expandió en dirección al norte como un aliento de aire frío. El día en que subí al Fuerte de San Cristóbal, una niebla gris se abatió de repente en la cima y la ropa se empapó de humedad glacial. Era el 2 de julio, a cinco días del chupinazo que inaugura las fiestas abajo, en la ciudad de los vivos y los que recuerdan y los que olvidan, los que callan, los que prefieren el olvido. Cuentan que había monjas buenas que se compadecían de los presos, y cuentan que había médicos castrenses que experimentaban con los presos enfermos, con la misma frialdad en el corazón con la que hoy experimentan con ratones colorados.

Lo de experimentar con drogas en el cuerpo de los presos no se inventó en los campos nazis. Lo hicimos antes que los alemanes nosotros, los españolitos, embarrados en nuestra guerra civil de españolitos contra españolitos.

Un poco más abajo del fuerte, por la ladera del norte, hay un caminito de arcilla embarrada que desciende, resbaladizo, hasta el cementerio de las botellas, que no era un cementerio si no una fosa común. Allí dejaban los cuerpos de los muertos con una botellita al lado, en donde metían sus papeles. Es casi una deferencia. Se lo quitaron todo pero no el nombre. Aunque eso no lo hicieron con todos.

Perdido enmedio del bosque, algo más abajo, en un recodo de la carretera, está el monumento discreto que conmemora la fuga de los presos. Lo destrozaron entre los unos y los otros, da pena verlo.

El paseo por el fuerte de San Cristóbal es árduo, uno camina por entre la niebla y la tristeza que lo invade todo y siente un peso en los hombros, el peso de los muertos, el peso de todo ese dolor y de tanta muerte que quedó impune. El escalofrío ante la evidencia de la impunidad de los asesinos, que vivieron felices con su crimen a cuestas. Durante el paseo los ojos buscan el agujero por donde penetrar en el interior del fuerte pero hay algo que estremece la piel, quizás no quiero verlo, quizás no quiero saber nada de eso y a la vez me atrae, como el abismo atrae a quién se le asoma. Es el vértigo.

Y durante el paseo por la fortaleza de los muertos, también, los pies avanzan entre la hierba verde y fresca, tan mojada que me empapa los zapatos hasta los calcetines -a la vuelta voy a tener que comprar otros calcetines, porqué me estoy arriesgando a una pulmonía. Y uno descubre, maravillado, que sin embargo la vida no se para nunca, y saco fotos de bichos, babosas y mariposas ateridas de frío y empapadas, con las antenas y las alas goteando, y saltamontes, mariquitas, arañas minúsculas, y unos caracoles dorados tan veloces que se me escapan, aunque finalmente puedo fotografiar a uno porqué está muerto y solo es un caparazón brillante que da testimonio de una vida.