20 de maig 2017

Cataluña y la infelicidad

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El derecho a ser feliz es un derecho desconocido en el derecho romano, el derecho civil, el penal y el constitucional. Como el derecho a decidir, es un derecho de apariencia pueril, delicadamente infantil. Uno puede querer ser feliz incluso sin poder definir qué narices es la felicidad, tal como uno puede decidir que quiere vivir 300 años. Pero... ¿ese deseo genera un derecho? Si uno reivindica el derecho a vivir 300 años ¿debe ser reconocido en una ley su derecho?

Algo así reivindican ahora una parte de los españoles que viven en el territorio denominado "Cataluña", que es una comunidad autónoma tratada con generosidad, paciencia y tolerancia extremas por parte del gobierno español. Hay una parte de los españoles de Cataluña que reclaman el derecho a decidir, que se presenta como una antesala de su felicidad. A menudo escuchamos cosas sobre la felicidad, que es un estado ilusorio, soñado, un estado límbico: la infancia es una etapa feliz, el día más feliz de mi vida (el día de la primera comunión o el de la primera boda, ambos con traje de luces blancas).

¿Nadie habla de la infelicidad?

Hace un tiempo leí que Albert Boadella dijo de que "la lengua catalana produce infelicidad" y en el primer instante me sentí perplejo e incluso apesadumbrado, ya que yo soy catalanohablante por vía materna, que es la única vía a tener en cuenta. Pero pasado el primer instante de perplejidad empecé a pensar que Boadella había dado en el clavo: la lengua catalana produce infelicidad tanto en los que la sufren por imposición de una oligarquía decadente, corrupta y crepuscular -hoy liderada por el extravagante señorito Carles Puigdemont- como en los que la hemos heredado, ya que nos obliga (so pena de ser tildados de traidores y botiflers y mals catalans) a defenderla más allá del sentido común.

La lengua catalana es la lengua de mi madre. Y por esa razón lo que publico en papel lo hago en esa lengua, y por esa razón la hablo y la quiero mantener viva. En mi trabajo como maestro de primaria me esfuerzo en enseñar esa lengua. Pero hasta aquí hemos llegado. No creo que existan "lenguas propias". No creo que los territorios tengan una lengua propia, porqué los territorios no hablan y la lengua catalana no tiene más derechos que cualquier otra lengua, y si la catalana ya no es la lengua con la que se relaciona la mayoría de las personas de esta región.... ¿con qué argumento se argumenta que la lengua catalana es "propia" de un territorio?

 Y, llevado por mi espírito crítico, también digo, con Boadella, que la lengua catalana no genera felicidad. Y es por algo parecido a eso que los hombres y mujeres que llegan a esta parte de España procedentes de otras partes del mundo no incorporan el catalán, una lengua latina que, por más latina que sea, no consigue desembarazarse del estigma de ser una lengua de señoritos, de señoritos de mierda que se imponen.

Hablo en catalán, intento enseñar el catalán a mis alumnos, publico novelitas en catalán. Pero hasta ahí. Creo que el idioma catalán tiene los días contados gracias a todos los furibundos estúpidos que quisieron imponerlo, gracias a todos los que han contribuído en hacer del idioma de mi madre una imposición antipática y odiosa, impuesta por una ley paradójicamente española. Aquí hay algo que no funciona pero que casi todo el mundo se calla, como sucedía con el imposible vestido del emperador.

Soy catalanohablante pero doy gracias al universo por ser bilingüe, y creo que poder leer a García Márquez, a Juan Rulfo, a Vargas Llosa, a Cervantes, a Quevedo y a Bolaño en versión original es un regalo de la vida. Más que nada porqué Salvador Espriu, Jaume Cabré y Martí i Pol me parecen muy mediocres. Aunque Juli Vallmitjana y Casasses y Salvat Papasseit son genios indiscutibles, quienes mejor me explican Cataluña en clave literaria todavía son Marsé, Casavella, Vila-Matas, Ledesma, Antonio Soler y Cercas.

15 de maig 2017

Robin Hood es catalán y se llama Marta Ferrusola

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¿El Ángelus de Millet?

Por lo visto, en la alta Edad media, en Inglaterra, hubo un forajido legendario cuyo nombre era "Robin Hood" que inspiró a varios escritores. El personaje obtuvo la máxima popularidad gracias a Walter Scott, un escritor romántico conocido por su novela "Ivanhoe". Según Walter Scott, Robin de los bosques era un asaltador de caminos que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Sabiendo que Scott era un romántico empedreído, un ingenuo y un mitificador, se entiende eso del "buen ladron".

En nuestros tiempos tan poco románticos abunda la figura reversa de Robin Hood: todos podemos citar de memoria y a bote pronto a un montón de ricos que roban a los pobres para repartírselo con los amiguetes. O con la família. Ese sería el caso, por ejemplo, de la señora Marta Ferrusola: una delincuente que expoliaba a su amado pueblo para robustecer el porvenir de sus siete hijos (en el número siete siempre hay leyenda y esoterismo).

El caso Pujol-Ferrusola es, aparentemente, un caso más de corrupción política española. Pero debe desconfiarse de las apariencias, metódicamente, por lo engañosas que son. El matrimonio Pujol-Ferrusola podría haber mangado más de 70 millones de euros, que escondieron en varios paraísos fiscales. Pero ahora, a Marta, ya le ha salido un exégeta (no sabemos si gratis o cobrando) que desvela un fondo menos simplón. Se llama Enric Vila y ejerce de tertuliano en TV3 y en Catalunya Ràdio. Vila defiende a Ferrusola con argumentos variopintos que tienden a convertirla en una suerte de Robin Hood catalán, católico y muy patriota de la patria catalana, que robaba a los españoles de forma legítima, ya que el objetivo del robo no era otro que el de darles el botín a los catalanes: a siete catalanes en concreto, que son -quizás por casualidad- sus siete hijos. Vila lo suelta sin ambages: la función de una madre verdadera, cristiana y catalana es velar por el bienestar de sus hijos. [No se pierdan el artículo, por favor: todo el mundo debe saber quienes son los intelectuales del proceso soberanista catalán].

A partir de aquí, en el caso Pujol-Ferrusola, las apariencias se desmoronan y aparece un fondo turbio, siciliano, apestoso. Una maldad oscura gorgotea -como la de aquellos monstruos de Lovecraft- y asoma en las maniobras que pretenden salvar o bien a la señora Ferrusola, o bien a su marido. Hace pocos días leí el primer intento de transformación alquímica del asunto: Francesc-Marc Álvaro, periodista del régimen, elaboró un articulo en el cual exculpaba a Jordi Pujol y atribuía toda la maldad a su señora esposa. El argumento de Álvaro es tan simple como peregrino: mientras el bon Jordiet se deslomaba en fer país, su siniestra esposa construía las cloacas catalanas y excelía en el latrocinio, que es otra forma de fer país. Álvaro, en su empeño por salvar al Cigronet de l'Eixample, insinúa que doña Marta es nuestra Lady Macbeth (¡al final será verdad que Shakespeare también era catalán!). Este periodista no se debe haber leído jamás "Macbeth", porqué, de haberlo hecho, sabría que Lady Macbeth solo anima a su perverso marido a que actualice sus deseos, pero no es ella quien delinque.

Después de Francesc-Marc Álvaro fundido a negro y entonces aparece el oscuro Enric Vila en escena y le añade un giro inesperado al cuento, con mitología patriótica y con tonos amenazantes, con música lúgubre de fondo. Su texto es un hito auténtico de la desfachatez, la obra de un siniestro aspirante a comisario político, un texto con tintes de un protofascismo escalofriante. La principal disculpa que le brinda Vila a la señora Ferrusola es que, al fin y al cabo, robaba -presuntamente, claro- a los españoles, esos que nos han robado tanto. Pero lo tremendo de verdad es todo lo demás: el terror que pretende y el deseo de una patria medieval, sanguinolenta, de un romanticismo gótico y pendenciero, de valores antiguos en guerra eterna y sin cuartel contra la transformación. En su patria soñada, -la de Vila y Ferrusola- la mujer adúltera será lapidada y el hereje, quemado. Ambos en la Plaza de Cataluña. O en la de Sant Jaume.

En mi segunda lectura del texto he sentido un aire gélido y tremebundo que me recorría el espinazo por dentro: si Cataluña se independiza gracias a tipos como Vila, deberíamos pensar en exiliarnos. Y no lo digo por decir: en una hipotética república catalana no mandarían las chicas enrolladas de la CUP, si no los SS Oberführer como Vila. Eso no pinta nada bien. 

A pesar del terror que me atenaza todavía encuentro instantes breves de buen humor, y en esos instantes es cuando creo que el vodevil secesionista está alcanzando cumbres de ignominia nunca sospechadas. La suma de los artículos de Alvaro y de Vila abunda en la hipótesis de que el separatismo catalán es, como me dijo años atrás un sabio, un fenómeno típicamente español, un ejemplo más de folklore profundamente español. Me temo que esta conclusión molestaría mucho a mucha gente -además de a los dos periodistas del régimen-, pero a mi me parece cada vez más clara.

Tan clara como que, si uno piensa en la fe católica profunda de la señora Ferrusola, comprenderá que la señora siempre tenía muy presente el dogma y la promesa del paraíso: el paraíso fiscal. La burguesía es una clase de gente poco dada a lo metafísico.

9 de maig 2017

En el sanatorio psiquiátrico catalán

el título de este apunte improvisado iba dedicado a Marta Ferrusola, la madre superiora. Pero prefiero dedicárselo a Ramón de España, autor de "El manicomio catalán". Soy incapaz de decidir cual de los dos me ha regalado más carcajadas. En cualquier caso, reír es bueno.

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Aunque afirmar que Cataluña ha sido alguna vez una nación es un disparate (hablando en términos científicos), sí se puede hablar de reyes "catalanes", así, entre comillas siempre. Condes y demás gaitas nobiliarias más o menos catalanas. Sin embargo, la historia de los reyezuelos pseudocatalanes está teñida por una especie de mala suerte endémica, rara, mitológica. ¿Será una maldición? Nombro algunos casos sintomáticos: Pere el Gran, que debería ser recordado como Pere el Dipsòman, sufrió una derrota monumental al pillar el ejército enemigo las huestes catalanas en estado de embriaguez. Una victoria fácil y vergonzosa. Luego están el pobrecito Martí l'Humà (llamarle "el humano" a un rey contiene una sorna que cada uno debe decidir de qué se burla), o Ferran d'Antequera. Repasar la biografía y las grandes decisiones de estos monarcas da alguna pista sobre la mala sombra apoteósica que se ha cernido sobre la desdichada Cataluña des de tiempos inmemoriales. Podría detenerme ahora en el gafe de Guifré el Velloso, pero no lo haré, quizás otro día.

Podríamos hablar también de la Guerra de Sucesión (esa guerra tan cacareada por nuestros amiguetes indepes y llorones, la del 1714 de marras), en que la nobleza catalana, ante el dilema, eligió al bando perdedor para sublimar su conflicto -antes de Freud, con mucho mérito. Los nobles catalanes de 1714 fueron algo así como nuestro Fernando Alonso crepuscular, el que escoge los equipos perdedores. Estoy seguro de que los historiadores de verdad podrían aportar muchos más ejemplos de este mal fario. Es como si, a la hora de la verdad, quién ostenta el poder en Cataluña siempre hubiera optado por impedir que el "país" fuese un estado escogiendo la alternativa más pésima. Quizás hay algún complejo profundo y colectivo. Renuevo la solicitud para que nos traigan un crucero repleto de psiquiatras de Buenos Aires (sin polizones futbolistas, por favor).

Por estos días se ha publicado la conversación entre el ministro García Añoveros con las delegaciones vasca y catalana en el inicio de la Transición: pues bien, resulta que García Añoveros ofreció el mismo tipo de "concierto económico" a vascos y a catalanes. Los primeros lo aceptaron, los segundos lo rechazaron. Ramon Trías Fargas, por el lado catalán, no le veía claro, porqué es de catalán el tembleque de piernas: se le hizo muy cuesta arriba recaudar impuestos y gestionarlos, y creyó que era más inteligente lloriquear cada año pidiendo limosna en Madrid. Si uno lo piensa bien, ahí está otra vez la maldición catalana: en esta ocasión, los señores de Cataluña prefirieron las quejas periódicas, el "peix al cove" y los lamentos que alimentan el patriotismo catalán. Ese patriotismo llorón que todavía hoy está instalado en las meninges del último presidentet de la Generalitat: "Espanya ens roba i no ens deixa votar". La opción de Trías Fargas y la Convergencia de entonces garantizaba el nacionalismo futuro, el pedigüeño y ramplón, ese que tantos buenos resultados electorales les da aunque sea a costa de empobrecer al ciuadadano (y de agobiarle con tanta lagrimilla patriótica). La opción de Trías Fargas permitió que Pujol se enquistara en la Generalitat y ese quiste es el origen de un tumor que, hoy por hoy, todavía no se ha extirpado.

Ahí quería llegar, claro, a Pujol. El señor marido de Marta Ferrusola, la señora florista que tantas carcajadas (¡increíblemente gratis!) nos está ofreciendo con ese léxico anticlerical tan inesperado en una beata de la zona alta barcelonesa. ¿Quién nos iba a decir que Ferrusola no se reía tan solo de Cataluña, sino también de la Santa Madre Iglesia -y por extensión de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Quién habría pensado que Ferrusola era un poco como Rusiñol y Pitarra, los dramaturgos catalanes que más se han cachondeado de la burguesía catalana? Y qué pena que nuestro querido Albert Boadella ya no ande por aquí -harto y más que harto de la feliz parejita que mora en la calle General Mitre de Barcelona... [¿Eligieron los Pujol una calle con nombre de militar argentino por algún motivo que no sabemos? ¿Pensaban que el general Mitre era un general panameño?].

Si en los últimos 30 años Cataluña no ha pasado de ser una región autónoma en decadencia se debe, sin duda alguna, a la gestión de Pujol (senior). Pero no sólo a su gestión, si no también y sobretodo a su concepción de la política, de la relación entre Cataluña y España: su desaforado interés por mantener una pseudotensión de peixos al cove y de lamentos dignos de beata de misa de doce en la iglesia de Sarrià, solo es comparable en su desaforada afición al mangoneo, el latrocinio y la mezquindad, para cuyas aficiones no duda en usar el nombre de su padre difunto, ese Florenci mítico que, si ustedes recurren a la hemeroteca van a alucinar con su biografía: si el franquismo era un régimen de mangantes, ¿cuán mangante no debió de ser Florenci, que ya fue investigado incluso entonces por sus desmanes financieros? Florenci Pujol fué un emprendedor catalán avant la lettre, un referente, un visionario. Es conocido de todos: los catalanes somos el motor de España. Florenci no solo fue el motor de su hijo y de sus siete nietos, si no también de Ignacio González, de Francisco Correa, de Rita Barberá, de Granados, de Camps, de Millet, de Fabra...

No podemos soslayar otra verdad objetiva: del pujolismo de anteayer al soberanismo de ayer y al independentismo de hoy no es que haya un palmo de distancia, es que el uno es el hijo del otro, y así sucesivamente. Dicho de otro modo: sin Pujol el mangante, hoy no tendríamos a Puigdemont y su referéndum sí o si en el Palau de la Generalitat ni a Arturito Mas en la papelera de la historia pero asomando el hocico por el borde de la papelera. Sin Pujol -y sin Ferrusola-, Puigdemont estaría horneando cruasanes en la fleca de sus padre y muy posiblemente se habrá cortado mejor esa pelambrera tan poco apta para currar, y Mas estaría solicitando una PIRMI. (Y Forcadell dando clases en la escuela de primaria de donde no debió de haber salido jamás, aunque deberíamos lamentar la mala suerte de los niños que hoy fuesen sus sufridos alumnos). Sin Pujol y sin Ferrusola, todo el mundo conciliaría mejor el sueño reparador.

Sin Pujol y sin Ferrusola, todos hubiéramos sido más felices, aunque algunos menos ricos. Sin Pujol y sin Ferrusola, el asunto lingüístico en Cataluña andaría por sendas más racionales y casi seguro que el modelo de lingüístico escolar catalán se parecería más al vasco, que es mucho más serio y más sabio. Sin Pujol y sin Ferrusola, la Generalitat no sería ese monstruo torpe e ineficaz, macrocéfalo e inútil. Sin Pujol y sin Ferrusola quizás la Tv3 sería un canal digno, bilingüe y respetuosos con todos los que pagan impuestos en esta region autónoma. Sin Pujol y sin Ferrusola, quizás José María Aznar no habría firmado ningún pacto en el Hotel Majestic. Sin Pujol y sin la beata Ferrusola, Francisco Homs no sentiría el crujir de dientes que siente ahora, tras su inhabilitación, y mi vecina del primero no andaría renovando cada seis meses su estalada del balcón, que se le aja y se le corrompe con ese sol ibérico obstinado en estropearle el trapo a la pobre, que cuando se compró la primera le dijeron que en cosa de un año ya podría retirarla porqué íbamos a ser una república indepediente en un plis-plas. Solo el dueño del bazar chino que le vende las esteladas se frota las manos y sonríe con sus ojitos rasgados, parecidos a los ojitos rasgados de Pujol Padre.

Nada, lo que dije: lo de Cataluña es un caso de mala suerte palmaria, cósmica. Antes nos tocaban reyezuelos inútiles y ahora votamos a los inútiles -cuando no mangantes. Y luego sale uno y dice que no nos dejan votar. Por favor: ¡que no nos dejen votar más!

6 de maig 2017

Las naciones del baronet Pedro Sánchez

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Si me dan a elegir, elijo a Pedro Sánchez antes que a Susana Díaz. Pero ha llovido mucho desde cuando me sentía próximo al PSOE y a sus cuitas. Ahora ese partido me trae más bien sin cuidado, como casi todos. Soy uno más de la legión de españoles vulgares que se sienten poco inclinados hacia las cosas de los partidos. A veces sueño que llega un partido nuevo y reluciente, sano, dispuesto a arreglar el país. Pero por ahora siento distancia y poco más hacia casi todos los políticos. Mi distancia de los partidos es la misma -y tiene las mismas causas- que la que me distancia de otras causas, casi todas muy nobles: ecologistas, animalistas, partidarios de las dietas saludables, veganos y macrobióticos, conspiracionistas, asamblearios, etc.

A lo mejor es por la edad que me siento distanciado: superar los 50 produce algo que todavía no defino con exactitud y me temo que tardaré en hacerlo: solo se que las cosas y los fenómenos se conocen con el tiempo, sin prisas, dejando que el conocimiento actúe a su ritmo, que es un ritmo lento. Hay algo de paciencia agrícola y de incertidumbre metódica que le llega al cuerpo, sin propónerselo, una vez ha superado las cincuenta vueltas al Sol montado en el planeta Tierra.

Cuando viví en Extremadura, un extremeño se puso a reflexionar -con locuacidad etílica, todo sea dicho- comparando el talante y la historia de su pueblo y el mío, porqué sabía que yo procedía de Cataluña e intuía un delirante empeño redentor en mi viaje hasta aquella tierra majestuosa, como si la llegada de un catalán pobre abriera puertas en su mente y, de repente, descubriera algo importante de veras. Lo único que es de veras es que yo llegué a Extremadura siendo pobre como las ratas -si es que tiene algún sentido hablar de la pobreza de las ratas.
Me dijo:
-El problema de Extremadura es la dejadez.

Y luego disertó sobre la idiosincracia catalana: dijo que los catalanes son emprendedores, activos, creativos, etc. "Los extremeños, en cambio, nos perdemos en la pereza y las cañas de media tarde, y toda la energía se nos va con las cañitas y las tapitas". Yo me callaba. Creo que mi amigo cacereño (de buena familia, por cierto) no hubiese entendido mis objeciones a su comparación. Yo siempre he sospechado que los humanos que vivimos por debajo de los Pirineos somos muy parecidos en lo esencial, y solo nos diferencia una voluntad de diferencia algo enfermiza pero a todas luces falsa. Y además, para qué negarlo, nuestras respectivas oligarquías son idénticas. ¿En qué se diferencia un cacique extremeño de un cacique catalán? En nada.

-El problema de la clase pobre catalana es la dejadez- creo que debería haberle respuesto. Pero eso lo pienso ahora.

A no ser que uno recurra a conceptos de un romanticismo trasnochado, como lo es el nacionalismo, jamás encontrará diferencia relevante alguna entre los territorios peninsulares. Y todavía digo más: a veces creo que la oligarquía catalana es más perversa y más nociva que la de Cáceres. Y quizás -solo quizás- los plebeyos catalanes somos más sumisos y más dóciles que los plebeyos extremeños. Se que eso es difícil de demostrar, pero si uno compara los datos cuantitativos de los fusilados por la represión de la postguerra de Franco en Extremadura y en Cataluña se dará cuenta de que Franco se ensañó en Extremadura y en Andalucía y que, sin embargo, trató con delicadeza a Cataluña. Y no me salgan con Carrasco i Formiguera, que ya me tienen harto.

Por todo eso me ha decepcionado el discurso de Pedro Sánchez en que afirma -con la euforia de los aspirantes jóvenes y eufóricos- que "España es una nación de naciones y Cataluña es una nación". ¿Qué arrebato romántico afecta a Pedro? ¿Se trata solamente del intento de arañar unos votos catalanes para avalar su candidatura? No tengo ni la más remota idea de las respuestas a esas preguntas. A mi me parece que España es un estado y Cataluña una de sus regiones autónomas. Pero... eso de la "nación", ¿qué demonios es? Que en Cataluña exista una masa de personas -por fortuna minoritaria- que tenga sentimientos identitarios no significa que exista una nación catalana, ni que deba existir una categoría legal para colmar un sentimiento: cuando alguien ama locamente a otra persona, no por eso la otra persona se convierte en su esposo/a. Los políticos deberían conservar un cierto empeño pedagógico.

Y además... cuidado con la palabrita "nación", Pedro: uno la nombra y luego no sabe donde termina. La historia de Europa está llena de desastres con millones de muertos sacrificados en el altar de la nación, y la mayor parte de los cadáveres fueron, antes de ser muertos, personas a quienes el asunto nacional les importaba un carajo.

Olvídate de las naciones, Pedro -le diría a Pedro. Habla de los derechos y la desigualdades, y de los derechos constitucionales que no se cumplen, que son muchos. No te metas en camisas de once varas, porqué una de esas varas te va a partir el corazón.

1 de maig 2017

Sant Jordi convierte el oro en mierda



El mito de la "caseta i l'hortet", que era el ideal civil del novecentismo catalán, nos llevó a la burbuja inmobiliaria y su estallido demoledor. La sacralización del libro y su "fiesta" del 23 de abril nos ha llevado al "Sant Jordi" de este año, en que -¡por fin!- ha iniciado su declive. La codicia se lleva por delante los ideales y lo hace con la habitual desmesura, con desvergüenza infinita. Lo que empezó como algo cívico, culto y lindo termina en abuso y en estupidez.

Por primera vez en mi vida, al día siguiente de Sant Jordi he visto más críticas que elogios, más hartazgo que ilusión, más pesadumbre.

Andreu Martín, decano de la novela policial catalana, ha publicado una carta al director de El Periódico en la que, muy enfadado, proclamaba que "este [modelo de] Sant Jordi no es para mi, que no me esperen más". Uno se imagina a Martín sentado en un puesto de libros, bolígrafo en mano, deseando a estampar su firma a los compradores que han adquirido alguna de sus novelas. Muy de vez en cuando acude alguno, despistado o pariente o conocido. A su lado, un famoso "youtuber" firma miles de ejemplares y la cola ante él se le antoja infinita a Martín.

Una librería barcelonesa, bastante nueva pero emblemática, ha decidido no participar de la fiesta y se monta su propio "Sant Jordi", fuera del circuito. Proponen un nuevo modelo, sin novedades ni autores mediáticos ni best sellers. Una bloguera que sigo con admiración, persona de talante conservador pero analítica y lúcida, escribió sobre la vergüenza que le produce la deriva de "Sant Jordi", esa fiesta del libro comercial y la rosa de invernadero. Hay que nombrar a las cosas por su nombre, sí señora.

A mi me extraña que los ecologistas todavía no hayan levantado sus iras contra el genocidio masivo de rosas de cada 23 de abril, cuando el planeta masacra la flor mística para beneficio de unos cuantos bolsillos. Ya le llegará su sanmartín: cuando algo entra en declive, todo le son pulgas.

El día 26 de abril, tres días después de la feria de los codiciosos, me fui a una librería de la calle Verdi y me compré "El día del Watusi", la grandiosa novela de Francisco Casavella que llevo tiempo deseando leer. Unos años atrás habría ido a comprarla a un puesto de Sant Jordi, pero ya no me da la gana. Lo hice tres días más tarde, armado con la paciencia del que sabe que la venganza se sirve fría, como el Chardonnay. Me sorprendió ver la librería bastante llena de público que preguntaba, miraba e incluso compraba. En sus ojos vi que les sucedía lo mismo que a mi: nos hemos esperado a que pase la fiesta para no engrosar las cifras de la tontería. Fue entonces cuando pensé: quizás esa juerga de la codicia ha empezado su declive. Amén.

Lo de "Sant Jordi" es el cuento del Rey Midas pero con un epílogo nuevo: el rey convierte en oro todo lo que toca, pero un tiempo más tarde el oro se le convierte en mierda putrefacta. Ese nuevo cuento podría aplicarse a la historia general del capitalismo, que es la versión técnica del pecado de codicia para tiempos descreídos.

Todos los desastres tienen unas causas reconocibles. Tras el asunto de "Sant Jordi" yo he descubierto algunas, que no son ni las únicas ni las mejores:

  • Cuando yo era pequeñito, el 23 de abril era Sant Jordi, el "Día del libro". Ahora es "Sant Jordi" a secas, más en consonancia con la euforia nacionalista que arrasa Europa y emponzoña la vida en Cataluña.
  • Un fenómeno extraño recorre el mundo: la sacralización del libro y de la lectura, inversamente proporcional a la caída de lectores y compradores de libros. Trabajo como docente de niños pequeños, y ayudarles en el aprendizaje de la lectura es lo más importante de mi tarea. Saber leer es muy importante, vaya eso por delante. Pero no más que saber convivir, ser analítico, ser crítico, curioso. Hay libros buenos, libros malos y libros malísimos: saber distinguir entre ellos es esencial. 
  • La prensa y su manía por los ránkings y los números: no entiendo esa obsesión de la prensa por hablar de los libros más vendidos, como si el dato numérico contuviera alguna verdad de la buena. Si fuese así, McDonald's sería el mejor restaurante del mundo, y que se quite la dichosa Guía Michelin. Eso lleva tiempo sucediendo -y va a más-. Por eso, la protesta de Andreu Martín me parece ingenua: ¿no se había dado cuenta hasta ahora de que ese Sant Jordi no es para él si no para Pilar Rahola y los youtubers?
  • Hablando de cifras: se habla de los números de libros más vendidos porqué no hay forma de contabilizar la lectura. ¿Cuál será el libro más leído? El análisis cuantitativo es impotente aquí y es por eso que deviene ridículo. De los miles que se han comprado el último Rahola, solo unas decenas se lo van a leer: esa afirmación es gratuita e intuitiva, y la escribo para demostrar la papanatez de los números y los ránkings. (Bueno, y también la escribo porqué no soporto a Pilar, la trabucaire).
  • Las estrategias comerciales de las editoriales presentan el libro tal como Nike sus nuevas zapatillas, Decathlon sus vestimentas para runners o Jean Paul Gaultier un perfume. La palabra "literatura" ha desaparecido, la crítica literaria es residual y el ensayo literario ha muerto.
Debo añadir algo más, y advirtiendo que es una apostilla prescindible que solo me atañe a mi: un día antes del 23 de abril tuve la mala suerte de escuchar el discursito del esforzado Puigdemont, que arengaba a los catalanes a salir por Sant Jordi y comprarse rosas y libros. Dijo que pasearse por la calle con un libro y/o una rosa es un acto de afirmación de la identidad catalana. Fue así como Puigdemont me dió la estocada definitiva que me dejó encerrado en casa el día 23. Me quedé encerrado y escribiendo mi novela: nadie es perfecto, ni del todo coherente. El día 26 compré un libro y el 21, dos.