el título de este apunte improvisado iba dedicado a Marta Ferrusola, la madre superiora. Pero prefiero dedicárselo a Ramón de España, autor de "El manicomio catalán". Soy incapaz de decidir cual de los dos me ha regalado más carcajadas. En cualquier caso, reír es bueno.

Aunque afirmar que Cataluña ha sido alguna vez una nación es un disparate (hablando en términos científicos), sí se puede hablar de reyes "catalanes", así, entre comillas siempre. Condes y demás gaitas nobiliarias más o menos catalanas. Sin embargo, la historia de los reyezuelos pseudocatalanes está teñida por una especie de mala suerte endémica, rara, mitológica. ¿Será una maldición? Nombro algunos casos sintomáticos: Pere el Gran, que debería ser recordado como Pere el Dipsòman, sufrió una derrota monumental al pillar el ejército enemigo las huestes catalanas en estado de embriaguez. Una victoria fácil y vergonzosa. Luego están el pobrecito Martí l'Humà (llamarle "el humano" a un rey contiene una sorna que cada uno debe decidir de qué se burla), o Ferran d'Antequera. Repasar la biografía y las grandes decisiones de estos monarcas da alguna pista sobre la mala sombra apoteósica que se ha cernido sobre la desdichada Cataluña des de tiempos inmemoriales. Podría detenerme ahora en el gafe de Guifré el Velloso, pero no lo haré, quizás otro día.
Podríamos hablar también de la Guerra de Sucesión (esa guerra tan cacareada por nuestros amiguetes indepes y llorones, la del 1714 de marras), en que la nobleza catalana, ante el dilema, eligió al bando perdedor para sublimar su conflicto -antes de Freud, con mucho mérito. Los nobles catalanes de 1714 fueron algo así como nuestro Fernando Alonso crepuscular, el que escoge los equipos perdedores. Estoy seguro de que los historiadores de verdad podrían aportar muchos más ejemplos de este mal fario. Es como si, a la hora de la verdad, quién ostenta el poder en Cataluña siempre hubiera optado por impedir que el "país" fuese un estado escogiendo la alternativa más pésima. Quizás hay algún complejo profundo y colectivo. Renuevo la solicitud para que nos traigan un crucero repleto de psiquiatras de Buenos Aires (sin polizones futbolistas, por favor).
Por estos días se ha publicado la conversación entre el ministro García Añoveros con las delegaciones vasca y catalana en el inicio de la Transición: pues bien, resulta que García Añoveros ofreció el mismo tipo de "concierto económico" a vascos y a catalanes. Los primeros lo aceptaron, los segundos lo rechazaron. Ramon Trías Fargas, por el lado catalán, no le veía claro, porqué es de catalán el tembleque de piernas: se le hizo muy cuesta arriba recaudar impuestos y gestionarlos, y creyó que era más inteligente lloriquear cada año pidiendo limosna en Madrid. Si uno lo piensa bien, ahí está otra vez la maldición catalana: en esta ocasión, los señores de Cataluña prefirieron las quejas periódicas, el "peix al cove" y los lamentos que alimentan el patriotismo catalán. Ese patriotismo llorón que todavía hoy está instalado en las meninges del último presidentet de la Generalitat: "Espanya ens roba i no ens deixa votar". La opción de Trías Fargas y la Convergencia de entonces garantizaba el nacionalismo futuro, el pedigüeño y ramplón, ese que tantos buenos resultados electorales les da aunque sea a costa de empobrecer al ciuadadano (y de agobiarle con tanta lagrimilla patriótica). La opción de Trías Fargas permitió que Pujol se enquistara en la Generalitat y ese quiste es el origen de un tumor que, hoy por hoy, todavía no se ha extirpado.
Ahí quería llegar, claro, a Pujol. El señor marido de Marta Ferrusola, la señora florista que tantas carcajadas (¡increíblemente gratis!) nos está ofreciendo con ese léxico anticlerical tan inesperado en una beata de la zona alta barcelonesa. ¿Quién nos iba a decir que Ferrusola no se reía tan solo de Cataluña, sino también de la Santa Madre Iglesia -y por extensión de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Quién habría pensado que Ferrusola era un poco como Rusiñol y Pitarra, los dramaturgos catalanes que más se han cachondeado de la burguesía catalana? Y qué pena que nuestro querido Albert Boadella ya no ande por aquí -harto y más que harto de la feliz parejita que mora en la calle General Mitre de Barcelona... [¿Eligieron los Pujol una calle con nombre de militar argentino por algún motivo que no sabemos? ¿Pensaban que el general Mitre era un general panameño?].
Si en los últimos 30 años Cataluña no ha pasado de ser una región autónoma en decadencia se debe, sin duda alguna, a la gestión de Pujol (senior). Pero no sólo a su gestión, si no también y sobretodo a su concepción de la política, de la relación entre Cataluña y España: su desaforado interés por mantener una pseudotensión de peixos al cove y de lamentos dignos de beata de misa de doce en la iglesia de Sarrià, solo es comparable en su desaforada afición al mangoneo, el latrocinio y la mezquindad, para cuyas aficiones no duda en usar el nombre de su padre difunto, ese Florenci mítico que, si ustedes recurren a la hemeroteca van a alucinar con su biografía: si el franquismo era un régimen de mangantes, ¿cuán mangante no debió de ser Florenci, que ya fue investigado incluso entonces por sus desmanes financieros? Florenci Pujol fué un emprendedor catalán avant la lettre, un referente, un visionario. Es conocido de todos: los catalanes somos el motor de España. Florenci no solo fue el motor de su hijo y de sus siete nietos, si no también de Ignacio González, de Francisco Correa, de Rita Barberá, de Granados, de Camps, de Millet, de Fabra...
No podemos soslayar otra verdad objetiva: del pujolismo de anteayer al soberanismo de ayer y al independentismo de hoy no es que haya un palmo de distancia, es que el uno es el hijo del otro, y así sucesivamente. Dicho de otro modo: sin Pujol el mangante, hoy no tendríamos a Puigdemont y su referéndum sí o si en el Palau de la Generalitat ni a Arturito Mas en la papelera de la historia pero asomando el hocico por el borde de la papelera. Sin Pujol -y sin Ferrusola-, Puigdemont estaría horneando cruasanes en la fleca de sus padre y muy posiblemente se habrá cortado mejor esa pelambrera tan poco apta para currar, y Mas estaría solicitando una PIRMI. (Y Forcadell dando clases en la escuela de primaria de donde no debió de haber salido jamás, aunque deberíamos lamentar la mala suerte de los niños que hoy fuesen sus sufridos alumnos). Sin Pujol y sin Ferrusola, todo el mundo conciliaría mejor el sueño reparador.
Sin Pujol y sin Ferrusola, todos hubiéramos sido más felices, aunque algunos menos ricos. Sin Pujol y sin Ferrusola, el asunto lingüístico en Cataluña andaría por sendas más racionales y casi seguro que el modelo de lingüístico escolar catalán se parecería más al vasco, que es mucho más serio y más sabio. Sin Pujol y sin Ferrusola, la Generalitat no sería ese monstruo torpe e ineficaz, macrocéfalo e inútil. Sin Pujol y sin Ferrusola quizás la Tv3 sería un canal digno, bilingüe y respetuosos con todos los que pagan impuestos en esta region autónoma. Sin Pujol y sin Ferrusola, quizás José María Aznar no habría firmado ningún pacto en el Hotel Majestic. Sin Pujol y sin la beata Ferrusola, Francisco Homs no sentiría el crujir de dientes que siente ahora, tras su inhabilitación, y mi vecina del primero no andaría renovando cada seis meses su estalada del balcón, que se le aja y se le corrompe con ese sol ibérico obstinado en estropearle el trapo a la pobre, que cuando se compró la primera le dijeron que en cosa de un año ya podría retirarla porqué íbamos a ser una república indepediente en un plis-plas. Solo el dueño del bazar chino que le vende las esteladas se frota las manos y sonríe con sus ojitos rasgados, parecidos a los ojitos rasgados de Pujol Padre.
Nada, lo que dije: lo de Cataluña es un caso de mala suerte palmaria, cósmica. Antes nos tocaban reyezuelos inútiles y ahora votamos a los inútiles -cuando no mangantes. Y luego sale uno y dice que no nos dejan votar. Por favor: ¡que no nos dejen votar más!