Jordi, el hermano mayor de mi madre, murió a finales de los noventa.
Su adolescencia transcurrió durante los bombardeos fascistas. Aunque con el paso de los años hizo dinero -compró un piso en Barcelona y otro en Castelldefels para veranear- y viajó, jamás viajó a Italia: recordaba que los aviones bombarderos de sus quince años provenían de aquel país. Por esta y otras cosas pienso yo que nunca se pudo arrancar el miedo de las entrañas. Así que se casó, trabajó hasta la jubilación en la Caja de Ahorros y murió en silencio, sin ruidos, triste. La imagen que guardo de él es la de un hombre perennemente asustado.
Este sábado estuve pensando en Jordi toda la mañana. Había salido a pasear para tomar este sol repentino y abrupto, este verano en primavera que estamos viviendo. Me metí por un camino que, des de la riera de Las Arenas de Terrassa se mete en un bosquecillo de pinos. Andando por allí me encontré con unas vallas que me impedían el paso.
Se trata del viejo Sanatorio de Torrebonica (sí, Torrebonita). Aquí estuvo ingresado Jordi al poco de terminar la guerra, afectado de tuberculosis. Su madre siempre me dijo que, de joven, Jordi había estado enfermo del pecho. Y creo recordar que alguna vez pronunció la palabra tisis en voz baja. Jamás la escuché nombrar a la tuberculosis.
Al final de mi paseo me senté a fumar, mirando hacia la avenida de tilos que llevan al antiguo hospital. Murmuré una oración por Jordi y por todos los hombres que viven asustados. Por mi también. Luego descubrí la terrible inscripción en pintura negra: aquí murió mi hijo.
Pasaron dos palomas y luego un cuervo graznando. Pensé que el cuervo perseguía a las palomas pero luego me di cuenta de que el cuervo llamaba a su cuerva para retozar en la rama de un pino calentado por el sol, rezumando resina.
