13 de des. 2012

Ermita de san Durruti (y 2)


Un silencio cargado de agua, preñado agua. Un silencio de agua casi ensordecedor: llevaba dos días lloviendo sin cesar. En el Cañón de Añisclo el agua brotaba de todas partes como en un milagro pagano, como en un mundo primigenio, libre y salvaje. Todo brillaba bajo la pátina de la lluvia: las hojas, los troncos de los árboles, tu pelo, las rocas. Llevábamos los zapatos llenos de barro, la ropa empapada.

Cuando la lluvia arreciaba teníamos que buscar algún saliente de la piedra y quedarnos allí, contemplando las burbujas que danzaban con furia en el camino, abrazados para combatir el frío con el escaso calor que desprendían nuestros pequeños cuerpos. La cueva de san Durruti nos acogió en una de esas ocasiones.


Este el el recuerdo que tengo del camino que discurre entre la roca cuando uno se acerca a la ermita de san Durruti. En verdad no se porqué imagino que la ermita está dedicada a Durruti, porqué eso es una verdadera insensatez o una broma sin mucho sentido. Ocurrencias que tiene uno, a veces tan absurdas y fantásticas como el sueño de una siesta de verano.

Aunque sin duda hay algo que lleva a pensar en el deseo de pureza o de santidad en la vida y en la obra de Buenaventura (y eso debe ser lo que me atrae, lo que le envidio). Incluso en sus episodios violentos se intuye algo de una iluminación abrasadora, de una lucidez que estremece. En estos tiempos ya sólo me admiro de los revolucionarios y sus hechos adquieren, a mis ojos, una dimensión mitológica. En tiempos de incertumbre y de miseria (en estos tiempos tan bobos como los define Luis Goytisolo) uno debe admirar figuras simbólicas e imitar hechos limpios, potentes y claros.


En estos momentos, la lectura de El corto verano de la anarquía es como un rayo de luz que rasga las nubes y desciende sobre mi, pero también sobre el mundo. Luz en la tristeza, alegría en la penumbra.

El día en que me ponga a escribir sobre Buenaventura Durruti lo voy a abordar des de ahí. Aunque no se si seré capaz: la leyenda penetra tan adentro del relato que todo se confunde. Todo el agua fluye hacia el mito. Exactamente como les sucede a las vidas de los santos medievales. Dicho de otro modo, el relato es imposible y por lo tanto, finalmente, tampoco es una idea trasnochada imaginar una ermita dedicada a su memoria.

Quizás no debería escribir nada y convertirme en un dichoso eremita en Añisclo. Cultivar hortalizas, leer y soñar, comer poco, hablar menos, vivir más feliz y en paz con la nostalgia de las cosas que no fueron.


*     *     *

Buenaventura Durruti se define a través de su lucha. Así se manifiesta su "aura" social, de la que participan también, a la inversa, todas sus acciones, declaraciones e interpretaciones. Todas las informaciones que poseemos sobre Durruti están bañadas de esa luz peculiar; es imposible ya distinguir entre aquello que puede ser atribuido estrictamente a su aura y aquello que sus comentaristas (incluso sus enemigos) le atribuyen en sus recuerdos.[...] Se trata de reconstruir la existencia de un hombre que murió hace treinta y cinco años, y cuyos bienes se reducían a "ropa interior para una muda, dos pistolas, unos prismáticos y unas gafas de sol". Éste era todo e inventario. Sus obras completas no existen. Las declaraciones que expresó por escrito son muy escasas. Sus acciones absorbieron por completo su vida. 
Manuel Buenacasa, Crónica (Prólogo a El corto verano de la anarquía, Anagrama, Barcelona 1998)

A primeros de mayo de 2012, en la provincia de Huesca se activó la alerta por lluvias torrenciales en las comarcas del Pirineo, que podían superar -y lo hicieron- los 20 litros por hora. También se registró precipitación de nieve en el Alto Aragón.


Una de las mejores aproximaciones a Durruti se debe a un trabajo de la compañía Els Joglars:




12 de des. 2012

Ermita de san Durruti (1)


Metida en una cueva del cañón de Añisclo está la ermita de san Durruti, en el término de Fanlo. Bueno, en realidad no es exactamente así. Habría estado bien, ya que Huesca también es la cuna de algunos de nuestros más ilustres anarquistas y libertarios. Habría estado bien así, pero sólo es ficción

Hoy a las siete de la mañana estaba nublado y a las nueve ha salido el sol, aunque parece que el azul está ligeramente empañado por una neblina ocre. Me siento en el sofá a tomar un café, abstraído en esas nubes que se retiran y desaparece del rectángulo. La vida del hombre de mediana edad en el paro es bastante limitada.

Leo y escribo más que nunca, empujado en parte por el tedio, y en parte por la necesidad de facilitarle pensamientos ordenados al cerebro, enmedio del desconcierto. Sobre la mesa se acumulan libros a medio leer, carpetas con papeles, libretas con notas. Hace un par de años empecé a escribir una novela y ahora creo que la voy a terminar. Siento que debería aprovechar todavía mucho este tiempo de libertad, olvidándome de la contrapartida de esta libertad que es el empobrecimiento. Sin embargo, lamento mi predisposición (¿genética?) a las actividades sedentarias, esa renuncia al movimiento y la acción que me acompañan. Justamente hoy leo esto en un libro abierto al azar:
Ningún escritor se habría arriesgado a escribir la historia de la vida de Buenaventura Durruti; se parecía demasiado a una novela de aventuras.
Este obrero metalúrgico había luchado por la revolución des de muy joven. Había participado en las luchas de barricadas, asaltado bancos, arrojado bombas y secuestrado jueces. Había sido condenado a muerte tres veces: en España, en Chile y en Argentina. Había pasado por innumerables cárceles y había sido expulsado e ocho países [...].
Ilya Ehrenburg, citado en H.M. Enzensberger, El corto verano de la anarquía 



He vivido en siete poblaciones, aunque por desgracia no me han expulsado de ninguna de ellas. He deseado varias veces atracar bancos y lanzar bombas en el Liceo, y siempre lo he deseado en el duermevela, sentado o yacente con indolencia. Y sigo sentado. Supongo que en el mundo cada uno ocupa su lugar y tiene su rol. El mío no se parecía al de Durruti. Ahora han vuelto las nubes, forman un techo bajo y liso, de un gris ceniciento y triste. En la época medieval la gente escuchaba -más que leía- vidas de santos, algunas fascinantes y tan llenas de aventuras enloquecidas como la de Durruti (valga como ejemplo un santo pequeño como Úrbez).


Sigo leyendo, el cielo se oscurece. El frío penetra, silbando, por debajo de las puertas. Lo soñaré mil veces, y ninguna vez habré atracado un banco. Creo que Durruti es el último santo verdadero de nuestros tiempos y yo apenas un monje.
El 28 de agosto es el día de San Agustín, el santo patrono de Bujaraloz. Ese día se celebra la tradicional verbena. En vísperas de la fiesta la gente andaba un poco desconcertada y no sabía qué hacer. No parecían muy dispuestos a renunciar a la verbena, aunque no armonizara mucho con la nueva situación. Fueron a ver a Durruti para discutir con él el problema.
-¡Sea! -dijo él-, antes hacíais fiesta en honor a San Agustín, desde mañana festejaréis la gloria del compañero Agustín, y asunto arreglado.
En lo que se refiere a la cuestiçin religiosa, nunca me molestó, una vez me regaló incluso una biblia en latín que había encontrado no sé dónde.
Jesús Arnal Pena, Memorias. Yo fui secretario de Durruti.





9 de des. 2012

Esto es el fin, dice Kukulkán


Amaia se levantó muy temprano el viernes 9 de noviembre. Todavía medio dormida asomó la cabeza por la ventana del dormitorio y contempló el cielo. Azul limpio, sin señales. Según los mayas, pensó, faltan cuarenta y dos días para el fin del mundo. En realidad faltaba apenas hora y media.

Mientras se aseaba recordó de repente un sueño que había soñado durante la noche, quizás ya entrada la madrugada. Recordó un vendaval sordo que levantaba las cosas del suelo y las proyectaba, en una espiral enloquecida, hacia las alturas. Coches, personas, perros, contenedores de basura y guardias urbanos ascendían más arriba de las copas de los árboles. Miles de hojas de periódico, bolsas de plástico, folletines publicitarios se condensaban en lo alto formando una nube turbia.


Lo había leído pocos días atrás en la prensa gratuita que reparten a la entrada del metro: los seguidores de Quetzalcóatl predijeron el fin para el día en que empiezan las vacaciones escolares de invierno. Posiblemente, los de Quetzalcóatl aborrecían el tedio de las vacaciones encerrados en casa, pensó ella entonces: el frío de la calle, las larguísimas horas de esas tardes oscuras, los olvidados familiares que reaparecen con un regalito decepcionante y encima te pellizcan el moflete
-Pero... ¡como crece este niña! ¡Qué guapa y grandota está! ¡Está para comérsela a besitos!

Aquéllo era terrible pero bueno, no era el fin. La niña que fue Amaia pensaba a veces en el fin, lo imaginaba. Buscaba imágenes para representarse el final de las cosas. Recuerda vagamente que veía paisajes vacíos y silenciosos. La imagen después del fin era una imagen de paz. Las vacaciones de invierno, con todo el lío de las navidades en un hogar agnóstico, eran una tortura más de las que los adultos infringen a sus crías. Sin darse cuenta de nada.


Con el paso de los años Amaia se liberó de celebrar la natividad de Cristo (una vez celebró el nacimiento de Aura-Mazda o el de Mitra, ya no se acuerda). Sin embargo, no ha podido zafarse jamás de imaginar el fin del mundo. Sin duda, las representaciones del cine ayudan porqué nos nutren de imágenes. A ella le gusta la visión del fin de Andei Tarkovsky porqué es probable: un montón de basura, residuos cotidianos mezclados con ruinas industriales, un barro negro como la marea del Prestige.

Una tarde de domingo, en invierno y en una gran ciudad, también contiene algo de eso. Una tarde cualquiera de un domingo cualquiera, en una ciudad cualquiera.

Hoy es viernes pero es un viernes triste, piensa Amaia mientras se viste. Dentro de poco llegarán el apoderado de La Caixa junto a dos policías con la orden de desahucio. Cuando eso suceda (sobre las nueve y pico) Amaia saldrá al balcón de su casa y saltará al aire de la mañana.


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[Mi amigo Aris lleva un mes con un blog nuevo, titulado El fin del mundo. Está haciendo un retrato terrible del mundo, claroscuro de blancos y negros. Le voy a proponer (a él y a cuantos lean esto y les guste la idea) que el día 22 -si seguimos ahí, claro-, pongamos nuestra imagen del día después.]

3 de des. 2012

María Mercedes se va pa Kamchatka


María Mercedes sale al balcón como cada día entre las doce y la una, que es justo cuando da el sol en los geranios. Comparte con las macetas el calorcito leve del sol en diciembre. Lleva cinco meses en el paro, va para seis. Sólo enciende la calefacción un par de horas, cuando oscurece, para que las sombras sean menos gélidas. En enero ya no la podrá encender porqué los números ya no saldrían. Por eso ha mirado, en el bazar chino, unas estufas que funcionan quemando parafina. Lo malo de la estufa de parafina tienes que llevarla contigo de un lado para el otro del piso, pegada a las piernas. Es una estufa como un perrito con ruedas.

A partir de enero deberá fumar sólo la mitad -o menos, si puede ser- y sólo una cervecita al día. Comerá arroz con lentejas. A no ser que se las pire de este país. Sí, porqué a lo mejor se marcha. La edad le parece un obstáculo para emigrar, pero no es un obstáculo insalvable, porqué más difícil parece agonizar despacio. Hay que hacer los números con la cabeza muy fría. Quizás la calefacción apagada le ayudará a pensar con más lentitud y mejor.

Desde el balcón María Mercedes ve aparecer a unos nuevos vecinos justo ahora, cerca de la una del mediodía. Vienen en fila india, bien peinados, se les ve aseados y dignos en su pobreza. Sonríen, saludan a todo el mundo. ¿De dónde vendrán? Lo pregunta y le responden "Kamchatka". Hasta ahora jamás había oído hablar de ese lugar, no sabía que en el mundo existía una región con este nombre.

La historia de la humanidad no se debe a los que se quedaron quietos, piensa María Mercedes mientras les saluda y se arropa en su chal de lana peluda color turquesa. El hombre que murió en el mismo lugar en donde nació, como un árbol, nunca escribió nada. La madera es triste. Aquéllos que se fueron, como pájaros. Esos sí le interesan. El turista muere un poco en cada viaje. El emigrante nace otra vez.

En este instante el enorme edificio de los juzgados oculta el sol y María Mercedes se mete para adentro mientras piensa. Intenta recordar donde está su vieja maleta, y si tendrá las medidas permitidas por Ryanair.



Cuando el autor del texto sube Ramblas arriba, entre turistas borrachos que buscan paellas congeladas y predigeridas, descubre con estupor oficinas bancarias todavía sin asaltar, quemar y arrasar.

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La compañía Kamchàtka, junto a Fadunito y a Adrian Schvarzstein actuaron en la Plaza de la Mercè de Barcelona el domingo día 2 de diciembre, cooperando con la Asamblea de Indiginados/as del barrio. Se trata de reivindicar el uso del espacio público secuestrado -por unas vulgares ordenanzas municipales de tono terrorista. El asfalto, empedrado, adoquinado y alumbrado lo hemos pagado nosotros (usted y yo), contribuyentes netos. Entonces ¿porqué deberíamos pedir permiso para usarlo? Y aún peor: ¿con qué argumentario la autoridad municipal podría denegar el permiso? Es muy sencillo: los derechos no se suplican a la autoridad: se ejercen.

1 de des. 2012

Payasos vs. Poetas


En determinados ambientes no es raro ver partidos de fútbol donde se enfrentan casados y solteros. En uno de los pueblos en donde viví, no faltaba nunca este evento durante la fiesta mayor. Aunque el comentario no venga al caso, debo decir que el atractivo del partidillo era imaginar ¿qué soltero de este año militará en el equipo casado dentro de un año? pero especialmente: ¿qué casado volverá a las filas solteras dentro de doce meses? Incluso: ¿quién seguirá entre los casados, pero estará casado con otra?

Cuando tenía dieciséis años me afilié a una asociación de escritores imberbes, repartidos en dos agrupaciones enfrentadas: poetas y narradores. No recuerdo haber jugado jamás un partido de fútbol entre las dos facciones ya que apenas nos dirigíamos la palabra y debería ser casi imposible organizar cualquier evento común. Yo elegí el bando de los poetas porqué era muy joven y porqué en esta célula militaban más mujeres, pero en realidad le daba más a la narración. Había tipos raros en ambas facciones, pero en el bando poético abundaban más y eran mucho más extremos. Recuerdo a individuos algo siniestros, siempre serios y compungidos, con la frente tan arrugada como un pantalón de pana.

Con el paso de los años les he perdido la pista a casi todos, aunque puedo afirmar que casi ningún poeta ha prosperado mucho en el mundo adulto (negocios, dinero, hacienda y demás promesas les han sido generalmente adversas, cuando no negadas). Sin embargo entre los narradores recuerdo a uno que ahora es diputado en Madrid, un policía local, un profesor universitario, un técnico de sonido. El que menos alto llegó es profesor en un instituto suburbial. ¿Qué sucede con los poetas? Thomas Mann tiene una propuesta para explicar el fenómeno:
Tengo que confesar que no he tenido otra opción. Siempre me he sentido inútil para cualquier otra actividad humana. Me parece que esta incapacidad indudable e incondicional para cualquier otra cosa es la única prueba y piedra de toque de la profesión de la poesía, tal vez, de hecho, no haya que ver en la poesía una profesión, sino precisamente la expresión y el refugio de esta incapacidad.
He aquí, finalmente, algo capaz de darte esperanzas (*).
Sospecho que los altibajos de mi vida se deben a haber vivido una parte de ella como poeta, aunque fuese en aquella lejana juventud de escritorzuelo: debe ser como una maldición. Abandoné finalmente el grupo de poetas porqué la poesía me abandonó a mi y sólo se me ocurrían cuentos (generalmente plagios de Lovecraft, Poe, Arthur Machen) y luego historias a lo Raymond Carver, pero ya nunca más poemas. Y además no me gustaba nada que me nombrasen como el poeta. Eso me incomodaba mucho, me ruborizaba y tenía que marcharme enseguida.

A lo largo de los años también estuve en un grupo de teatro (entonces me llamaban el artista), y durante algún tiempo me dediqué al dibujo y la pintura. Como exponía mis obritas en bares y restaurantes, escuché frases como mira, aquí está el pintor o bien eh, tu, pintor, págate una cerveza. En ambos casos un resorte profundo de mi psique me empujaba a negarlo, a salir huyendo cada vez.

Ahora, con la perspectiva de la edad he descubierto algunas cosas: por lo que respecta al dilema narración/poesía me gustan especialmente los narradores que también son (o han sido) poetas -les veo más ricos de lenguaje y de imágenes. Por lo demás, nunca me han nombrado el contable, el profesor, el administrativo, el empleado de banca, el burócrata, el político, el policía. Por suerte, claro.

No se si yo debería haber sido finalmente poeta, pero algo de esa incapacidad para otras ocupaciones sí lo tengo. Con el paso de los años me he ido desinteresando de la mayoría de las profesiones humanas, de modo que hoy por hoy casi todas me resultan entre aburridas y despreciables. Creo que en realidad no he tenido nunca una profesión. Quizás fue eso lo que me llevó a convivir un tiempo con poetas.

Ejercí un poco de poeta y luego de narrador, un poquito de artista y un poco de pintor. Creo me hubiera gustado más ser actor de circo. Y que, cuando entrase en cualquier cenáculo, pudiese escuchar
-Mira, ahí está el payaso.


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Mann, Thomas, Alteza real, ediciones GP, Barcelona 1968