11 de des. 2017

Xirinachs en el vecindario (reflexiones en tiempos de campaña)

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Nací en un piso de la calle que entonces se llamaba "Virgen del Pilar", muy cerca del Palau de la Música. Era un piso enorme, de techos altos, grandes salas, bellas baldosas y antiguo, de más de 150 años por entonces. Era la casa de mi familia materna des de tres generaciones, de cuando las familias duraban en una casa. Mis recuerdos de aquella casa son ambivalentes: aprecio el recuerdo del espacio generoso, el patio enorme, trasero, que lindaba con un jardín asalvajado, paraíso de gatos con pelaje de tigre que cazaban ratones con una habilidad fascinante. Pero en ese piso no todo era luz: sus enormes zonas oscuras estaban repletas de recuerdos trágicos y de habitaciones vetadas, cerradas des de décadas atrás de mi nacimiento, cerradas des de que el abuelo se marchó a la guerra, luego al exilio y luego a la muerte, en Francia, sin pasar por casa. El rastro de dolor y de pena que dejó ese exilio y esa muerte era tan poderoso que ocupaba grandes áreas con su sombra apesadumbrada. Cuando, a los 17, leí la "Casa tomada" de Cortázar, creí entender aquel cuento mejor que cualquier otro ser humano en el mundo entero.

Con el tiempo todos terminamos por marcharnos del piso-panteón de Virgen del Pilar, 15, principal. Mi abuela, la última inquilina, falleció a finales de los ochenta. El piso, alquilado por mis ancestros des de hacía más de un siglo, permaneció algunos años cerrado a cal y canto. Hasta que, a finales de los 90, lo adquirió una fundación para instalar allí su sede. Entre los promotores de la fundación estaba el señor Lluís Maria Xirinachs, por entonces un señor ya algo mayor y en cuya mente se gestaba, por aquellas fechas, la idea de crear un banco solidario, una contradicción de términos que sonaba a locura de iluminado en aquellos tiempos pero que, años más tarde, engendró la matriz del banco Triodos, pero eso sucedió en un país bajo.

Xirinachs fue eso más o menos, un iluminado lleno de ideales y buenas intenciones. Aunque el hombre tendría sus facetas oscuras, aciertos y desaciertos, como todos, su historia es la más parecida a la de un santo medieval de nuestros tiempos, con algunas similitudes con Vincent Van Gogh. Xirinachs tenía algo de místico y de poeta, de mártir, de santurrón, de sabio loco, de exiliado de si mismo. Incluso su muerte, autoinducida, plantea enigmas densos y confusos. Creo que Xirinachs no solo se había leído el Kempis si no que se lo sabía al dedillo y debía ser uno de sus libros de cabecera, tal como lo fue para el protagonista de una novela inmensa de Llorenç Villalonga (aunque, en ese caso, creo que con cierto cinismo). [Dejo una cuestión al margen: ¿los mejores escritores en lengua catalana son los escritores valencianos y/o mallorquines? Y quiero puntualizar que no soy, para nada y bajo ninguna circunstancia, uno de esos pancatalanistas.]

Estoy seguro de que Xirinachs quería imitar al Cristo. Esa era la vía para el perdón y la redención que propuso Tomás de Kempis, el clérigo medieval alemán del XV. Para imitar a Cristo hay que sacrificarse en grado sumo, y no solo ofrecer la otra mejilla ni practicar una imitación metafórica: hay que someterse a la humillación y al escarnio, ofrecerse al dolor, a la represión, a la burla. Hacerlo de veras. Lo de imitar a Cristo puede parecer un acto de vanidad, pero, practicado con mesura quizás no está tan mal. Lo que me sorprende de esa opción es lo otro, es la exhibición del sufrimiento, esa impudicia que tanto gusta a los catalanes cuando se trata de hablar de víctimas, porqué el exhibicionismo del sufrimiento o de la víctima (con intenciones más que espúreas: conquistar el poder, un cargo, una prebenda, una portada de periódico) no puede ser considerada, en modo alguno, una postura cristiana. Y creo que los teólogos me darían la razón.

Por estas fechas vemos auténticas competiciones por ser (o por parecer o por aparecer) como víctimas, y lo vemos en todos los lados de la contienda electoral. Me pregunto qué diría Xirinachs, y que pensará Dios, en el caso de existir, cuando lo vea. También me pregunto qué diría Nietszche, pero eso es otro cantar.

Muchas veces me he preguntado por la curiosa presencia de Xirinachs en la casa en donde viví mi primera infancia, por esa rara coincidencia, y me doy a especulaciones trasnochadas pensando en las dimensiones paralelas y los saltos temporales a través de agujeros transdimensionales: en distintos momentos que quizás se podrían conectar, Xirinachs y yo estuvimos en las mismas habitaciones, hicimos pis en el mismo retrete, tomamos el sol en el mismo patio soleado. ¿Hay en todos los hombres un impulso de santidad? ¿De víctima expiatoria? ¿Es más aguda esta propensión en Cataluña?

He dejado para el final una cuestión apuntada con anterioridad. Lo del banco solidario que pretendía crear Xirinachs, un banco que tenía que ser el reverso de la moneda (perdonen la broma fácil) del banco del señorito Pujol. ¿Cómo casa la fundación de un banco con la voluntad de martirologio? Quizás hay algo también muy catalán en esa contradicción aparente, pero a mi se me escapa.

4 de des. 2017

Hiro Onoda en la calle de las Tapias

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La Calle de las Tapias de Barcelona en 1959. Foto extraída del blog Tot Barcelona.


Hiro Onoda nació el 19 de marzo de 1922, en Kainan (Wakayama, al sur de Osaka). Hiro Onoda fué soldado en la segunda guerra, y ejerció como oficial de inteligencia. Aunque lo de la inteligencia militar suena casi siempre a broma, la historia del teniente Onoda no es ningún chiste si no la historia de un drama de tintes griegos, una historia clásica, intemporal. Una historia universal.

Hiro falleció en Toquio a los 92, el 16 de enero de 2014.

Las vicisitudes de la guerra llevaron al soldado Onoda hasta Lubang, una isla del Pacífico del archipiélago de las Filipinas. Entre las órdenes que debía cumplir estaba la de no rendirse jamás, bajo ninguna circunstancia. O bien suicidarse. Onoda era un tipo serio, disciplinado, y creía firmemente en su emperador y en el sentido sagrado de la guerra. Aislado en la selva junto a un puñado de hombres, Onoda no se enteró del fin de la contienda.

En su avance hacia el corazón del imperio del Sol Naciente, los marines yanquis dejaron atrás la isla de Lubang con su guarnición atrincherada en la selva, ya que Lubang que no era objetivo de su estrategia. De modo que Onoda siguió en pie de guerra hasta 1974, cuando se rindió, por fin, a las autoridades filipinas. No se suicidó. Quizás con la edad acumulada a lo largo de su extraña guerra sin enemigos a la vista, sin tiros ni asaltos, Onoda comprendió que el suicidio no es una buena opción y la rendición algo menos malo de lo que le dijeron al principio, cuando era un joven recluta del Emperador, el que se hacía llamar Soberano Celestial. Con el paso de los años, uno tiende a pensar que la vida, porqué es frágil, es algo que vale la pena conservar y el emperador, al fin y al cabo, solo un tipo lejano, casi invisible, caprichoso, vanidad envuelta en pellejo humano.

Con el caso de Hiro Onoda se podría escribir algo denso, bonito y verdadero sobre la humanidad, sobre el poder de la mentira, de la estupidez, del engaño y del autoengaño, el peso de la ficción y las grandes palabras, la vacuidad de algunas (patria, honor, deber -por ejemplo). Onoda podría haber dado nombre a un síndrome, a una categoría de la psicología o de la psiquiatría. Desconozco si lo ha hecho. Quizás en Japón. O en las Filipinas.

Hay personas que conservan su anillo de matrimonio en el dedo adecuado hasta muchos años más tarde de haberse divorciado. Hay quien anda por la calle con gesto soberbio y altivo aún siendo un don nadie, hay quien acude al comedor de Cáritas con el traje y la corbata de cuando era un digno apoderado el banco. Hay quien se va para Bruselas vestido de presidente cuando es nada. Hay quien, con intención espuria, oculta el anillo de casado. Hay quién emigra muy lejos y una vez allí jura que fue presidente de un país. Hay quien va por ahí contando que es un poeta reconocido cuando en realidad solo se autoeditó un librito con los poemas de la primera juventud. Todo eso es humano.

Luego están los que aseguran comer cada día por los menos dos veces y una de ellas en un buen restaurante, con estrellas. Y los que no comen pero llevan un buen coche en vez de un Dacia, y los que no se duchan pero se perfuman. Los que cuentan aventuras sexuales estratósfericas con hembras o con hombres de bandera. ¡Ay, las banderas!. Esos también son humanos.

Cuando yo tenía 14 años, me fui un día hasta la calle de las Tapias de Barcelona con un amiguete de BUP. No teníamos ni para pipas, así que nos fuimos hasta allá a patita des del noreste de la ciudad. Estuvimos andando más de una hora. Esó sucedió hacia el final de los setenta. La calle de las Tapias era, todavía, lo que fue antaño. Recuerdo las casitas desvencijadas, los portales sin puertas, cubiertos con damascos ajados, y las prostitutas cuarentonas, cincuentonas, sesentonas, setentonas, exhibiéndose ligeras de ropa y tomando el sol ante las fachadas, sentadas en sus sillitas medio rotas y taburetes de tres patas, como de estudio de pintura. Eso era la Barcelona de entonces en el barrio del Portal de Santa Madrona, cuando todavía estaban allí las ruinas de La Criolla (la de Flor de Otoño) y las de Cal Sacristà, que tal vez fue peor que La Criolla porqué casi nadie musita nada sobre Cal Sacristà.

A día de hoy no queda nada del cabaret La Criolla ni de Cal Sacristá, su hermano oculto. Al cabaret le destruyó una bomba deslizada des de un bombardero italiano Savoia-Marchetti. Esa bomba presagiaba las excavadoras y los planes urbanísticos -plan de remodelación, lo llaman- de un ayuntamiento futuro y socialdemócrata (pero eso es otra historia -o quizás la misma).

Al final de los años setenta, la calle de las Tapias no simulaba ser nada. Era lo que era, con todo su dolor, su miseria y su pena a pleno sol, a la luz del día. Cualquiera se daba cuenta de que ese espectáculo crepuscular y triste no tenía ningún porvenir. Mi amigo y yo lo contemplamos des de un extremo, como quién hoy contempla la jaula de los leones en el zoo: eso era el residuo de un pasado extinto que sobrevivía simulando la vida que se le había escapado como el agua del arroyo de entre los dedos.

Con el paso del tiempo, incluso la nostalgia desfallece. Cuando hoy recuerdo mi excursión a la calle de las Tapias con mi amigo Emilio, nos veo a los dos provistos de escafandras, como buzos o astronautas, viajando a otro mundo. Mi recuerdo contiene ya pocas verdades, más ficción que verdad.

Me lo contó alguien hace pocos días: en la calle de las Tapias hay, a día de hoy, un Hiro Onoda catalán. Me dice que será por culpa de una subvención que le subvenciona su distopía. Me dice: en la calle de las Tapias hay un tipo de me recuerda a Hiro Onoda. Hay un tipo que se niega a aceptar la realidad.
-Onoda no se resistió jamás a ninguna realidad -le reprocho- Onoda disponía de su realidad, como yo dispongo de la mía.

Eso es humano, nada más que humano.

La calle de las Tapias siempre ha albergado algo de tragedia clásica, y ese hombrecito que escribe editoriales como sermones, que cuenta el sexo de los ángeles a diario, que argumenta para negar la realidad que sus ojos saltones obervan, no se ha dado cuenta de que se está convirtiendo en el personaje de una comedia que es vieja y no es tragedia. Hay quien se convierte en viejo sin haber sido clásico. Para ser clásico hay que haber sido moderno, y ese hombrecito es, sencillamente, un antiguo.

Pero a fin de cuentas eso también. Eso también es humano.

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Hiro Onoda en el momento de su rendición a la realidad. Tiene 52 años y el gesto serio. Simula dignidad pero es incapaz de ocultar el dolor y la vergüenza.

1 de des. 2017

Un poeta fracasado en Bucarest

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Nunca estuve en Bucarest.

Cuando viví en Lérida, hace ya algunos años, cerca de mi piso estaba la calle a la que todo el mundo conocía por “la calle de los rumanos”, en donde hay un garito llamado Bucuresti, no sé si con algún acento exótico en una o dos de sus nueve letras.

Más de una vez pensé en meterme en el local, fingiéndome distraído o alelado, y pedir un café, con el objetivo pueril de curiosear, observar un poco y largarme pronto, sin levantar sospechas. Los tipos que entran solos en los bares solo pueden ser policías secretos o poetas fracasados por completo. Pero no, no entré nunca en el Bar Bucuresti.

Cada vez que pasaba ante la puerta terminaba por seguir calle arriba, y continuaba andando hacia un destino que ya no recuerdo. Siempre miraba la cristalera del local, invariablemente repleta de banderas y símbolos patrios para impedir la mirada del curioso y seguía para allá. Las banderas, sean del país que sean, suelen usarse para eso, para ocultar negocios turbios.

Muchas veces, eso si lo recuerdo, bajo el dintel del Bucuresti, había dos o tres tipos de aspecto muy rudo, fumando pitillos. Incluso en invierno (y el invierno de Lérida es rotundo, lo puedo jurar) los tipos del dintel cubrían su torso con tan solo una camiseta, siempre blanca, agarrada a su musculatura solemne, las mangas enrolladas hacia el sobaco para evidenciar unos bíceps de gimnasio con olor a sudor soviético. Cabezas esmeriladas, mandíbulas anchas, ojos grises. Esos tipos no fumaban, en realidad, solo mantenían el cigarrillo encendido en la mano para justificar su presencia allí. (El cigarrillo, según descubrí, siempre era de la marca Winston, y pensé que esa debe ser la forma íntima de vengarse del comunismo que usan los emigrantes de aquéllas zonas del mundo).

La calle de los rumanos, en Lérida, lleva el nombre de un poeta catalán del XIX que ya no aparece ni en los libros de texto de literatura catalana de los bachilleres. Es la calle de los rumanos, tal como dije, y el antiguo compositor de églogas y gozos pastoriles se pierde, arrastrado por el fluir de un Danubio muy lejano pero, sin embargo, capaz de arrastrar hasta la mar a poetas catalanes de la Cataluña interior.

En Al-larida también está la calle del Norte, cerca de la estación de trenes. La calle del Norte es la primera calle completamente habitada por los inmigrantes magrebíes. Tiene su gracia, que sea la calle del Norte la elegida por los moros. Dijeron que se iban para el Norte y dieron con sus huesos en esa ciudad triste, gélida, cerril. Calle del Norte. Ese es el norte adonde llegaron, el remitente de las cartas que mandan a sus parientes de las soleadas laderas del Atlas.

Cada vez que me acuerdo -y no se por que razón- del bar Bucuresti en la ciudad de Lérida, pienso en cuando me disponía a cumplir los 50. Algunos días antes de la efeméride, un conocido me preguntó si iba a celebrarlos de alguna manera especial, porqué parece ser que la mayoría lo hacen así: por una parte está la manía de los números redondos y por otra la creencia en que, haber dado una vuelta más a una bola de lava ardiente montado en una piedra que gira, alocada y ciega, es algo digno de celebrar. Los moros, por ejemplo, no celebran los cumpleaños porqué les parece un acto de vanidad (algo de razón llevan).

A la pregunta sobre la celebración de mis diez lustros, respondí casi sin pensar: “Me iré a dormir a Bucarest”. Aunque, en verdad, lo que pergeñaba era seguir más allá de la ciudad, por el curso del Danubio hasta el delta, y contemplar la desembocadura mientras recitaba (leyéndolas) las frases que escribió Claudio Magris sobre aquel lugar, las frases finales de su libro sobre el río. Esas cosas pasan cuando uno cree que lo mejor de la vida es leer sobre la vida y siente que, limitarse a vivirla, es un acto indigno.

Así que no, nunca estuve en Bucarest. Jamás dormí en aquella ciudad. Aunque he soñado muchas veces que lo hacía, unas despierto y otras dormido. Despierto cuando leo “El burdel de las gitanas” de Mircea Eliade o esa catedral de la literatura que es “Solenoide”, del otro Mircea, Mircea Cartarescu. Su apellido lleva acentos raros pero me da pereza consultarlos cuando hablo de sueños o de recuerdos.

Creo que nunca fui a Bucarest y nunca dormí en esa ciudad porqué algo me dice que, de hacerlo, ya no despertaría jamás. Y a esa posiblidad le tengo miedo, tal como es comprensible, aunque no sepa decir, con exactitud, por qué motivo. Vaya embrollo lo de la repatriación, me digo, morir en Bucarest, vaya mala idea. Eso debe ser un lío burocrático de narices, de adjetivo kafkiano bien empleado. La verdad de mis temores, como siempre, es otra. Pero desde luego que no la voy a contar.

Debería haber tomado un café en el bar Bucuresti de Lérida, eso sí lamento no haberlo hecho. A veces me imagino el interior del bar como un lugar oscuro, maloliente, habitado por traficantes de blancas, de drogas o de armas, antro siniestro y peligroso que aviva la glándula del peligro y dispara la adrenalina. Me imagino, por demás, que en el baño podría haber una puerta que comunica con otra dimensión, herética y soez, abominable, a la que solo me asomo un segundo que me basta, aunque infinitesimal, para intuir una humanidad degenerada, animalizada, reducida a la miseria, la amnesia y el canibalismo, de ojos ciegos por tanto vivir en cavernas profundas, asquerosamente emparentada con cierto tipo de insecto parásito.

Otras veces, sin embargo, me veo profundamente decepcionado al descubrir que el local no contiene el menor atractivo y es vulgar, huele a ambientador de pino salvaje o a limón del Caribe (ambos del Mercadona) y solo alberga a un puñado de hombres muy mayores, inmigrantes de las regiones pobres de Rumanía junto a tristes jubilados locales enzarzados en largos y espesos silencios de nostalgia, de cerveza tibia o de rencor.

Lamento no haber vivido durante unos minutos como un tipo que, en vez de ser un poeta fracasado, simula ser un poeta fracasado.

27 de nov. 2017

El independentismo catalán es algo tan español como los toros

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Nunca sabremos, a ciencia cierta, si Franco dejó a España fuera de la segunda guerra mundial por astucia, por dejadez o muy a pesar suyo. Lo que sí sabemos es que habernos quedado fuera de la contienda lo hemos pagado caro. Y eso se percibe. Se percibe en todo, cada día. Hoy.

Se intuye en los dejes fascistoides enquistados en el Partido Popular, en el autoritarismo latente en muchos políticos e instituciones, se intuye en el independentismo catalán, en Forcadell y en Puigdemont. En Marta Rovira. Se percibe en el folklorismo que vive, feliz y esplendoroso, en cada algarada nacionalista, en esa apelación a las emociones más primarias insertada en nombre de la patria. En la ausencia de racionalidad que ilumina, con luz cegadora, los conceptos patrios, ya sea la patria Cataluña o sea España. "España podría desaparecer", dicen unos. "La esencia catalana está en juego", dicen otros. Dios mío: dime tu lo que es la esencia porqué yo, pobre de mi, no lo comprendo, yo, que todavía dudo si la existencia tiene significado alguno (y yo diría que no).

Dios mío: si la existencia tiene imperativos no deben ser otros que convivir, tolerar y, a ser posible, amar. Pero Dios mío, déjame volver al asunto:

Habiendo salido soslayados e impolutos de la guerra europea, los españoles no hemos aprendido lo que aprendieron en el resto de Europa: que el fascismo (y su padre, el nacionalismo) son el mayor peligro que existe para la vida en paz, el mayor problema para la convivencia. La Unión Europea se construyó como un muro de contención, una prevención ante el auge de los nacionalismos en Europa. Con más o menos acierto, con más o menos gracia y con muchos peros, ese es el origen de la Unión Europea: concebir una herramienta supranacional que sea capaz de ponerle frenos al nacionalismo que destruyó millones de vidas.

Ahí está el dramático error que cometió Puigdemont en su huída a Bruselas: no se puede ir al corazón de Europa con un cuento nacionalista, y mucho menos a pedirle apegos. Pero bueno, quizás debo ir más despacio.

Por el hecho de haber salido impunes de la guerra europea, los ciudadanos de España aprendieron no solo que el fascismo es la opción vencedora, si no que también lo es el nacionalismo. No es ninguna casualidad que el bando franquista se denominase el "bando nacional" (contra el "bando rojo" o el "republicano", ojo al dato) y que, a día de hoy, uno de los medios digitales más recalcitrantes de la cosa independentista se titule "El Nacional". O que la palabra "nacional" esté presente en las reivindicaciones de ambas partes. O que alguien afirmase en Cataluña, hace tan solo un par de años, que era más fácil la independencia unilateral que la reforma federal de España (que equivale a decir: es más fácil la guerra que la paz. ¡Claro! Sobretodo si la sangre de esa guerra la vierten los otros mientras yo me zasco unos vinitos del Ampurdán, tan ricamente).

Hay un consenso muy amplio alrededor del término "nacional". Mi abuelo paterno, el franquista (el materno murió en un campo de refugiados republicanos cerca de Montpélier), hablaba con satisfacción del momento "cuando entraron los nacionales", y hoy escucho muy a menudo hablar de la "dignidad nacional catalana".

Y luego hay más datos, otros datos, aunque esos no son datos europeos. Me lo hizo ver (eso y otros asuntos) Francesc Trillas. Se trata del uso de "Nation" y de "State" (y de "Country") en los EUA, un lugar del mundo en donde la confrontación territorial está prácticamente resuelta y ausente del debate público. (Hay independentistas en Texas -¡en donde iba a ser, si no!- pero son unos tipejos curiosos, ancianos entrañables). Sobra decir que en los EUA también hubo una guerra, y huelga decir que la perdió el bando "nacionalista". Y la ganó el federal, el democrático (con todos los salves y los matices que hagan falta). Así, en los EUA, "Nation" es el conjunto de los "States", una opción terminológica que, digo yo, igual favorecería la implantación del modelo federalista en España como mejor vía para resolver los mal llamados "conflictos territoriales". Lo del nominalismo lo inventaron unos sabios medievales, pero su sabiduría no ha sido atendida jamás en nuestra península (solo Juan Ramón Jiménez dijo algo sobre el nombre y el olor de la rosa, que yo recuerde, ya ves).

A los EUA también se fueron de excursión Puigdemont y Junqueras. Del segundo no puedo decir a qué fue, pero del primero sabemos que fue a pedir adhesiones. Otro error de bulto. Quizás debido a haber leído poco sobre historia.

Lo dicho: solo en un país por el que no pasó la segunda guerra mundial se puede concebir que exista ese deje fascista, ese deje nacionalista. Y, en consecuencia, ese uso malintencionado de la palabra "democracia", que sirve para todo: democracia es el término que jamás hemos aprendido bien, aquí. Democracia no es sacar un voto más que el adversario como argumento para aplastarle, ningunearle y quitarle el derecho a la palabra. Democracia significa consenso, diálogo, participación. ¿Consenso? ¿Qué palabra es esa?. ¿Diálogo? El diálogo es un pecado, eso es lo que nos cuentan. El diálogo parece una expresión de la debilidad, y en eso están de acuerdo Puigdemont, Rajoy, Soraya SS, Marta Rovira (capaz de lloriquear ante tal palabreja). Aquí se entiende por "democracia" algo así como "aplastar en las urnas al enemigo", con un uso de las urnas más parecido al de los obuses que al de la participación ciudadana.

Podríamos hablar, también, de carlismo y de primorriverismo, y de todos los males que en este país reflotan y perviven sin desfallecer jamás, nuestros males mal momificados, nuestros males zombis. Guerra de banderas, desfiles con camisetas unicolores, llamadas al honor patrio, al destino, a la historia debidamente tergiversada, balcones y calles inflamadas de banderas. Claro que es de burros desear una guerra, pero habernos librado de la guerra europea (la guerra de las democracias contra los totalitarismos) tuvo un precio muy elevado, y nos impidió comprender el significado de ambos conceptos: nacionalismo y democracia. El primero pretende enfrentar, dividir y vencer. El otro pretende comprender, convivir, consensuar, pactar, perder. Perder, si, perder sin miedo, perder en el sentido de renunciar a los objetivos máximos: ¿alguien cree que la vida misma no es nada más que algo azaroso y frágil, destinado a ser perdido? El uno pretende dificultar la vida en común -algo ya bastante dificil de por si. El otro, facilitarla. Quizás hay quien necesita el conflicto para existir, para sentir que existe con un propósito. Eso es lo que pensaron los nacionalismos de principios del XX: construir la vida sobre el conflicto, darle sentido a través de la lucha de mi nación contra la otra. Los nacionalismos de Europa comprendieron adonde lleva el enfrentamiento nacional llevado hasta el final. El desastre, el horror, la ruina, la muerte. La nada. Los de España, no: en España venció el nacionalismo y eso es lo que hemos acarreado hasta hoy, lo que todavía tenemos que soportar.

Por eso me sonrío (con dolorosa amargura) cada vez que escucho a alguien, en Cataluña, hablando de hechos diferenciales. ¿Saben ustedes cual es el hecho diferencial catalán? Que somos más españoles que los toros. Somos, todavía, los pobres españolitos a los que una de las dos Españas ha de helarle el corazón (o una de las dos Cataluñas, que es lo mismo). Creo que va siendo hora de dejarnos de esencialismos, de banderas y de proclamas patrióticas. Que alguien me cuente que sacó de bueno, en su vida diaria, a costa del patriotismo de la patria que más le gusta.

Yo voy a seguir, tal como vengo haciendo desde hace años, empadronado en la patria de Moby Dick, del Quijote, de Joseph K, de Fernando Atienza y de Iván Bezdomny. Y de otros muchos sin techo, sin patria. Voy a seguir creyendo en la educación y en la prevención.

Educación y prevención contra el fascismo, contra el nacionalismo, contra el odio, contra las fronteras, contra los esencialismos, contra la ignorancia, contra los totalitarismos, contra las banderas, contra la injusticia, contra la desigualdad...

(Dios mío: ayúdame a acortar la lista, te lo suplico).

22 de nov. 2017

Tenemos que hablar de la Cup

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El título de este texto es la paráfrasis de "Tenemos que hablar de Kevin", libro del cual se hizo una adaptación al cine muy correcta. Si usted conoce el libro (o la cinta) comprenderá mi propuesta.

Pero vamos al asunto.

Dijo David Fernández, hace unos años, cuando era diputado regional, que entre los objetivos programáticos de su organización estaba ese: agobiar a la derecha, estresar a la izquierda. Fernández es un hombre locuaz, multidisciplinar, leído, hecho de muchas capas de lectura. Para unos, un hombre sensible y delicado, para otros un fanfarrón, para otros un político mefistofélico. Yo diría que Fernández no solo se ha leído "El Capital", Althusser, Gramsci, los teóricos de la New Left, Gene Sharp, las obras completas de Maria Mercè Marçal si no también "El príncipe" de Maquiavelo, y mucho, muchísimo más. Bravo por él, bravo de corazón: entre los políticos actuales, la lectura de filosofía y de poesía está ausente. Y se nota. (Para muestra, el botón Rufián).

Pero volvamos al asunto. Dijo David:
nuestro objetivo es: agobiar a la derecha, estresar a la izquierda.
Señoras y señores, hay que sacarse el sombrero cuando pasa David Fernández: objetivos más que cumplidos. Cumplidos con un sobresaliente. Miren ustedes: la izquierda catalana dividida, perdida, naufragada, escindida, dolorosamente escindida, incluso de sí mismos (Espadaler en las listas del PSC). Y si miran a la derecha, el paisaje es escalofriante --de vértigo o de pesadilla, depende del punto de vista: políticos en el talego por culpa del agobio (Hijos del agobio, decía Triana), políticos fugados, el encargado de Photoshop de la web "Govern Legítim" borrando cabezas y más tarde piernas, partidos que antaño fueron amiguetes hoy enfrentados sin piedad (todos reniegan de Junt pel Sí), gritos, acatamientos tardíos, sonoras y agrias discusiones, acusaciones mutuas de traidor, botifler, vendido, cobarde, mentiroso, tu no eres un héroe si no un paria etc.

Lo dicho: agobiar a la diestra, estresar a la siniestra.

Hace poco alguien dijo, refiriéndose al pasmoso fracaso del independentismo en la recta final, que cuando no se tiene estrategia todas las tácticas son malas. Nada más acertado. Ninguno de los partidos de la independencia tenía ninguna estrategia, ningún plan (ni A ni B), ninguna previsión: simulan una proclamación que no lo es y luego estampida. Pero... ¿podemos asegurar que nadie tenía una estrategia bien elaborada? No, por supuesto: la Cup sí la tenía. Tenía una estrategia brillante, por cierto. ¿Hay algún político de la Cup encausado, detenido, imputado por un juez? Ninguno (o ninguna, por usar su terminología). Chapeau. Con tan solo diez escaños han agobiado (agobiado es poco) a la derecha y han estresado (estresado es muy poco) a la izquierda.

La cosa no termina ahí: es de todos conocida la poca sintonía entre la ANC-Òmnium y la Cup. Y al pareado ANC-Òmnium también les han dejado en estado de shock. Los Comités de defensa del referéndum/república (la R sirve para un roto y un recosido) le han arrebatado el protagonismo callejero a los chicos de Forcadell y Sánchez en un plis plas. Decían de la ANC que eran muy buenos organizando pasacalles y grandes movidas, pero los CDR les han dejado al nivel de puro folklore.

Y sin embargo...

Sin embargo, a día de hoy, casi nadie habla de la Cup y ellos, con singular astucia, han optado por un perfil bajo, discreto. Poca presencia mediática, nada de asambleas televisadas, ruido escaso. Han acatado el artículo 155 (implicitamente, como los demás), y en consecuencia se presentan a las elecciones. Se olvidan de Mireia Boya y su propuesta de paella boicoteadora para el día 21 de diciembre. Supongo que alguien le dijo a Boya que proponer una paella (¡precisamente una paella!) era un error: la paella remite con demasiada facilidad a los ágapes de la derechona burguesa en Casa Pilar. A día de hoy, la Cup comunica que sí se presentan a las elecciones que convocó Rajoy.

Hace algunos años me leí las memorias de Juan García Oliver ("El eco de los pasos", excepcional, altamente recomendable para comprender la España del XX y -por lo que veo- la del XXI). A García Oliver le cita, también, David Fernández, y le cita muy a menudo. Vayan a la hemeroteca y vean. Juan García Oliver fue un fenómeno de la naturaleza metido a político, guerrillero, el fundador de la FAI, ministro de Justicia en tiempos de guerra, el tipo que entraba en el despacho del presi Lluís Companys no solo sin llamar si no de un puntapié en la puerta para espetarle: -Oye, Luis, ¿tu quien te has creído que eres?.

Aunque con resultados opuestos (pues García Oliver perdió una guerra y se exilió -ese si se exilió de verdad), García Oliver y la FAI agobiaron a la derecha y estresaron a la izquierda. En su caso, la FAI pagó su posicionamiento con miles de muertos en el frente, en las cárceles y en las cunetas. Hay muchos hombres y mujeres de la FAI, hoy, todavía, en las cunetas de España. La Cup leyó bien al político anarquista de Reus y detectó sus puntos débiles. Para no cometer los mismos errores.

A día de hoy, cuando el independentismo debe (o debería) hacer un ejercicio autocrítico muy severo sobre su enorme colección de errores conceptuales, estratégicos, de análisis de la realidad, solo hay un partido que puede dedicarse a celebrar (seguro que con cervezas de cerveceros artesanos e independientes del Montseny mejor que con el cava de los pijos) su excelente análisis, su brillante estrategia y su exquisita consecución de objetivos. Sin coste político ni personal alguno. Salen de una batalla larga, fea y endiablada sin una sola baja. Y contemplan al enemigo de clase diezmado y ridiculizado (¿ha promovido la Cup algún acto en defensa de Jordi&Jordi? No. ¿Alguno en defensa de Puigdemont o de Junqueras? No. Pregúntense ¿porqué?).

Ese resultado de la contienda no lo consiguió ni Julio César. A Julio, cruzar el Rubicón le costó muchas bajas.

A la Cup solo se le puede afear haber demostrado, por la vía de los hechos, que en España no existe la figura del preso político, que hay una objetiva separación de poderes y que aquí no se encarcela a nadie por sus ideas, ya que, de ser así, Anna Gabriel o el propio David Fernández sufrirían cadena perpétua. Piénsenlo un poco y verán que es así.

Salvando eso, solo se me ocurre decirles a los estrategas y a los ideólogos de la Cup:
recordad que sois mortales.

18 de nov. 2017

La mujer, el soldado y la amante francesa

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A Mercedes le contaron que su marido había huído a Francia, como los demás supervivientes de la 44 División, después de la debacle de noviembre del 38. Alguien que lo sabía se lo dijo:

-Tu marido huyó a Francia, Mercedes.

Se lo soltó así, escueto y a bocajarro, en el mercado semanal. Mercedes estaba comprando patatas. Si de veras eso fue así, sucedió un lunes. En el pueblo, el mercado de la plaza, hoy como antaño, sucede los lunes. En este momento de la historia, Mercedes tiene 27 años, estamos en 1940 y por lo tanto se cumplen dos des de que se casó con el soldado que se marchó por la carretera de Vinebre.

Ofició la ceremonia de la boda un capitán, de pie ante la bandera de la República española y el estandarte de la XV Brigada, que era la suya. Los únicos testigos del casorio fueron soldados, hombres muy jóvenes y la mayoría chavales imberbes con un fusil al hombro.

La noche de bodas fue breve, una instantánea, como un fulgor oscuro en la Vía Láctea, en otoño.

Por la mañana el marido debe ir al frente. Ella, en la madrugada, de pie al final de la calle, saluda con la mano incluso cuando ya no se ve la polvareda más bien escasa que levantó la columna de soldados que se marchó. Mercedes se cubre con una batita azul y gris, unas pantuflas verdes. Piensa que ahora ya es una mujer completa, porqué eso es lo que le dijo su padre sobre las chicas que se transmudan en mujeres tras la noche de bodas.

Y también piensa: ¿era eso, todo? Dios mío ¿eso era todo?

*

La historia, esta historia que te cuento, me la contó un hombre, hace algún tiempo.

El hombre estaba sentado frente a mí.

Otoño de hace dos o tres años. Estamos en el bar del pueblo, te lo digo así porque no hay más bares en ese pueblo del Priorato. El bar de este pueblo es un local amplio y creo que es propiedad del municipio. Hay un patio atrás, un patio enorme con terrazas sucesivas, pero nos hemos quedado en ese interior tan espacioso como desnudo, amarillento, sin más decoración que la enorme pantalla del televisor, al fondo, y por los rincones los ventiladores del bazar chino. En la pantalla hay un partido de fútbol al que, cosa rara, le prestan poca atención los parroquianos. En el patio cae un sol de plomo fundido y solo los fumadores más incorruptibles osan sentarse ahí. Y los marroquíes jóvenes, que soportan mejor que los autóctonos el calor y la explotación a la que les someten sus patronos.

Eso sucedió hace ochenta años, iba diciendo. La 44 División aparece en la conversación varias veces a lo largo de la tarde. De su desbandada tras la derrota en la ribera del Ebro surgen muchas historias y no es que quiera destacar ninguna, pero hoy cuento esta. Cuento esta y no otra porque mientras ese hombre ya tan mayor que tengo sentado enfrente me la cuenta, le descubro un brillo en los ojos que se convierte en lágrimas a medida que desfilan las palabras. Mi interlocutor habla muy bien, me admiro yo en silencio, ese hombre tiene el sentido de la narración metido en el alma.

Y me cuenta: a Mercedes le dijeron que su marido estaba en Francia y que no debía preocuparse: cuando todo se calme, volverá. Eso le dijeron. Volverán todos. Al fin y al cabo él no hizo nada malo ¿verdad? Solo que le tocó combatir en el bando malo. Verás como todo se queda en nada, le dijeron. Esa gente no son bestias, son buenos cristianos y te lo devolverán, ya verás. Eso le prometían. Pero pasó un año sin saberse nada del marido.

Y pasaron dos años, y luego tres años.

Al fin alguien (otro alguien) dijo que el marido de Mercedes no regresaba de Francia porqué se había echado una amante francesa y claro: qué ganas tendría nadie de volver para España si tienes a una francesita encamada.

La noticia de la amante francesa circuló por el pueblo y alguien se encontró en la necesidad de contársela a Mercedes. Parece que tu marido está en Toulouse. Pero podría ser Nîmes, o Marsella, eso no es seguro, vete a saber, él no debe querer que sepas dónde. Eso se lo contaron en la plaza, frente a la iglesia. Eso de lo contaron a Mercedes ante la puerta de la iglesia porqué le habían recomendado que, en ese país renovado, debía acudir a la iglesia por lo menos los domingos. Ella obedeció. Así que eso de la amante se lo debieron contar un domingo. Una amante francesa le retiene en Francia.

Mercedes empezó a imaginarse como podía ser la amante francesa de su marido. Le puso cara. Una cara con el pelo rubio y labios sensuales, algo putones. Piel blanca, un poco rechoncha. A él le gustan las mujeres rubias, blancas de piel y más bien entradas en carnes por lo de las más curvas. Preguntó por nombres de mujer franceses y, de entre los que le sugerían, escogió el de Brigitte. La amante de mi marido se llama Brigitte, se dijo.

Pasaron los años y Mercedes envejeció mientras Brigitte se mantenía tan bella, tan rubia y tan rosada como la primera vez que la vio aparecer en un sueño, cuarenta años atrás. Al cabo de esos cuarenta años, Brigitte seguía siendo tan hermosa -y tan mala, y tan puta- como la primera vez. Así como de su marido podía imaginar como había empeorado por la edad con solo mirar a los de su quinta, de Brigitte nunca percibió ni un solo indicio de merma.

Cuando Mercedes tenía los ochenta y pico cumplidos le llegó la carta. El soldado había aparecido.

Su cadáver es uno de los que están enterrados, pone en la carta, en una fosa común que hemos descubierto. Murió en enero del 39 junto a otros de su División. Tuberculosis, lo más probable, como la mayoría de los soldados que metieron presos en un castillo de Pamplona.

Entonces.... ¿debo entender que mi marido jamás llegó a Francia? se pregunta Mercedes y se lee la carta tres, cuatro, cinco veces seguidas el primer día y otras tantas en los días siguientes y así durante meses, sentada en su butaca del comedor, en la cama, en la taza del váter, apoyada en el alféizar de la ventana.

Al principio, Mercedes se temió que, tras la revelación que contenía la carta, el fantasma de Brigitte la abandonara. Pero no la abandonó, no fue así. Cada noche, como de costumbre, Mercedes y Brigitte se acostaban juntas y hablaban de él, del soldadito español, de la vida en una ciudad francesa de luz bonita, irisada en la madrugada y rosada por las tardes, y de los hijos que tuvo con él, que siempre fue muy bueno con ella porque jamás la pegó ni le soltó una mala palabra, y además un buen padre.

Y buen amante, también, puntualiza Brigitte con un destello pícaro en sus ojos azules y jóvenes para siempre, para siempre.

15 de nov. 2017

Buenos días, soledad


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Querido amigo,

Creo que cuando nos reconocemos pobres y cobardes -humanos y nada más que pobres humanos- es cuando nos comprendemos; creo que me reconozco a mi en la fragilidad tuya.

Así yo, luego de varios años de tener pesadillas con Maricarmen Forcadell, de repente la siento casi casi próxima. En su cobardía y en su soledad. Incluso ese hombre, ese pobre Carles Puigdemont al que llegaron a llamarle Muy Honorable y hoy nada, me parece ahora un pobre hombre al que podría abrazarle con un abrazo de consuelo. Eres un pobre diablo, Carlitos. Como yo. Por fin. Por fin un atisbo de cobardía después de tanta valentía, después de tanto (y tan ridículo) "ni un paso atrás".

Buenos días a la soledad del cobarde, del dudoso, del agnóstico, del tibio, del equidistante. Buenos días, soledad del catalán que se creyó almogávar, guerrero celta, tártaro, aqueo en el sitio de Troya, soldado de Gengis Kahn, Luke Skywalker, Tortuga Ninja, Rosa Parks, Mandela. No eres más que un catalán, uno del montón, cobarde y laborioso, gris. Gente de orden. Quizás tu padre y/o tu abuelo aplaudieron a Franco en enero de 1939, por cobardía y por lo del orden. En la lista de los muertos que defendían Cataluña -lo que quedaba de la España republicana- en el Ebro, en noviembre del 38, hay pocos apellidos catalanes. Consúltalo por si acaso, pero ya lo sabes.

Buenos días, soledad. Bienvenidos a la cobardía y la soledad. Los más cerriles convierten la cobardía de Maricarmen Forcadell en gesto patriótico, en no se qué estrategia, en inteligencia, en quiebro astuto. No. Solo hay la cobardía. La que nos hermana, por fin, después de tanto desparpajo, de tanto Braveheart con barretina. Dicen: es humano que alguien se retracte ante un juez que le amenaza con 30 años de talego. Por supuesto que lo es: es lo que yo haría, y eso que yo jamás me las he dado de valiente. 30 años de talego son muchos. Maricarmen ha hecho lo normal. Me guardo una pregunta: si cuando Maricarmen se retracta es humana ¿qué era cuando juraba que "ni un paso atrás, no tenemos miedo"? Bueno, esa parte voy a obviarla: hacerse el gallito es bastante fácil. Más aún cuando tienes detrás a una multitud abanderada que grita sin cesar: "tírate por la ventana si tienes huevos".

La historia de Cataluña no es una historia de valientes. Lo sabes bien. La catalana no es una historia de hazañas bélicas. La cosa ya empezó muy mal con el rey Pedro, el padre de Jaime I, y su ridícula batalla perdida sin presentarse a ella, y siguió mal con multitud de ejemplos. Ahí está la cobardía legendaria de Rafael de Casanova, el cobarde metamorfoseado en héroe por una comunidad acomplejada: solo una comunidad acomplejada podría adorar la Sagrada Familia de Gaudí, ese horrendo monumento al complejo de inferioridad. Deberíamos haberle contado la historia de Cataluña a Jorge Luis (Borges), creo que habría escrito un buen relato sobre héroes, traidores y cobardes, ensoñaciones y debilidades. Por cierto: estoy por releer el Ernesto Sábato de "Sobre héroes y tumbas". Tu ya sabes.

Es cuando somos humanos que nos comprendemos. Creo que me repito, ¿verdad? En la retractación del cobarde, en el miedo ante un calabozo demasiado profundo, demasiado pavoroso. En el miedo a la pobreza que rezuma Artur Mas por cada poro de su piel cuidada, el que llevó vida de rico des de la cuna, en el terror (incomprendido) de Santiago Vila, aprendiz de Macron ibérico, cuando cierran las luces de la segunda galería y de repente parece vagamente humano a pesar de su lacerante ultraliberalismo autoritario, en el pánico medio oculto o mal disimulado en Puigdemont cuando concede que "hay otras vías para Cataluña aparte de la independencia", viéndose solo y humano, terriblemente humano ante el frío brutal que se abate sobre Bruselas, en donde el invierno avanza sin la clemencia mediterránea, solo ante la ola de olvido que se levanta, oscura e inclemente, presta a abatirle. Se me ocurrió pensar en las tropas de Felipe II en Flandes, en los soldados rasos que iban acojonados a la guerra en tan triste lugar.

[Cuentan que Vila se pasó las horas nocturnas del presidio mirando las manecillas de su reloj y sin pegar ojo, y digo yo que las manecillas de su peluco deben ser fosforescentes además de carísimas, aunque la fosforescencia sea poco elegante y por lo tanto inapropiada en tan selecta muñeca].

Todos nos comprendemos ahora, en la cobardía. Nos empezamos a comprender. Unos dicen que lo de la independencia solo era una broma, pero ya sabes no era una broma: un acto es de broma cuando nos reímos los dos, pero en tu acto solo te reíste tu, que me llamaste facha y españolista por no reírme contigo. Ahora si te entiendo, sin embargo: cuando te veo abatido. Tanto como yo. Tan triste y solo como yo. ¿Era para nada, todo eso? ¿Eran para nada los cinco años de épica y camisetas amarillas a 15 euros, y las embajadas? ¿Era para nada todo el discurso de las urnas? ¿Era para nada que me mandaste a votar en un referéndum imposible y ofrecí mi crisma para que me la rompieran a mayor gloria tuya?. Y las parrafadas sobre la dignidad, ¿qué eran?

Pues si, todo era para nada: como todo en la vida de los humanos.

A lo mejor a partir de ahora nos volvemos a entender y nos hablamos de nuevo. Sabiéndonos solos y cobardes. A lo mejor -ahora sí- a partir de aquí construimos algo entre todos.

9 de nov. 2017

El niño perdido en Bruselas

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A lo largo de los años, trabajando en la docencia, uno conoce a un montón de personas. Son personas (personitas, en mi caso, ya que trabajo en la educación primaria) que algún día pueden llegar a algo. Es más: uno siempre sueña en eso, en que alguno llegue a algo y que, en la fragua de ese algo su maestro haya tenido algo que ver. Uno siempre espera sembrar algo, dejar una huella. Es el sueño (legítimo pero tan egocéntrico como audaz) de los maestros.

Cuando uno trabaja en la docencia le sucede algo muy raro: eres cada año un año más viejo pero las personitas tienen siempre la misma edad. Ese fenómeno, mal llevado, podría conducir a trastornos severos y a caer en la conspiranoia o en la depresión aguda.

Hoy he leído los recuerdos que, de Carles Puigdemont, tiene un antiguo profesor suyo. Dice de él: que era un alumno discreto, buena persona y gris. Que no le sorprendió que Carles dejase la carrera sin terminar y que, sin embargo, si le sorprendió mucho que llegase a alcalde de pueblo. Ni falta que hace contar cuánto se sorprendió, el profesor, cuando supo que Carles llegó a la más alta cota de poder político de su región, esa dolorosa Cataluña que, cuando se pregunta si es nación, se responde por bulerías y ahora por bruselerías.

Veo al antiguo alumno gris paseándose por Bruselas a medida que el otoño se trasviste de invierno, y le veo cada vez más pequeño: eso lo hace el frío. Lo se porqué Carles y yo tenemos casi la misma edad y me conozco lo que hace la llegada del frío en el cuerpo, en esa edad. Cada vez me resulta más fácil imaginarlo jovencito, despreocupado, buena persona, como cuando iba a las clases de filología. No resulta nada complicado descubrir el titubeo apenas oculto en el cuerpo dentro del capote negro, la sonrisa medio rota, la chispa que periclita en su mirada, el cansancio en cada frase que pronuncia, con una fe en la solemnidad y la rimbombancia cada día más ajada, más dañada. No resulta nada dificil ver al niño que fue, ver al jovencito aquel, el que debía esforzarse en las notas escolares, testarudo, quizás con secretas veleidades de poeta. Si: estoy seguro de que Carles quiso ser poeta nacional antes de querer ser autoridad regional.

Un periodista que conoció a Carles, recién llegado a Gerona des de su pueblecito, cuenta lo que recuerda de él: que era un joven solitario, y le recuerda precisamente así, solo y acodado en la barra de un local que estaba de moda por entonces, el Boomerang. En sus discursos hay un intento de lírica bien domesticado y, de esa lírica, Carles deja rastros leves, indicios solo perceptibles para un arqueólogo del lirismo catalán. Eso se lo aplaudo, porqué tanto él como yo sabemos que el lirismo es pecado. Más aún cuando se aplica al patriotismo, ya que en ese caso uno puede caer en un ridículo ñoño e insufrible. Hay un poeta triste dentro del niño que quería ser filológo y se perdió en un laberinto de poder, leyes, abogados, periodistas astutos. El niño que quiso ser poeta es cada día más visible tras ese abrigo, tras la mueca que delata el frío que se abate en esas latitudes oscuras del norte nuboso en donde no existe el concepto de "tarde soleada" ni de "mañana reluciente".

Hubo un poeta catalán que también practicó un exilio raro en Bruselas, Josep Carner. Hace casi cien años de eso. Creo que Carner quiso ser político pero fue poeta. El destino es así de caprichoso (caprichoso: eufemismo de "cabrón"). Y luego está Buenaventura Durruti, ese si que fue lo que quiso ser: revolucionario de vida rutilante, breve, un estallido de fuego, relámpago sobre el agua quieta. A Durruti le mandaron a Bélgica castigado por delincuente, fué expatriado a Bélgica por la justicia de España. Una vez en Bruselas, Durruti, que se aburría mortalmente, decidió divertirse y se puso a hacer lo que mejor se le daba: atracar bancos. (Eso de Durruti no es una mis medias ficciones: lo cuenta muy bien Hans Magnus Enzensberger en "El corto verano de la anarquía", un ensayo fabuloso por lo documentado que está). A Durruti los belgas le echaron de Bélgica y le devolvieron a España, hartos los belgas de soportar las fechorías del asturianocatalán más liante que jamás conocieron. Una vez en España, Durruti lió la revolución que todo el mundo sabe. Durruti era un tipo que salía de abajo, de la miseria. Era un hombre curtido en el hambre, en la lucha diaria, una fuerza de la naturaleza salvaje, como los lobos o los volcanes, un tipo duro, que a los 30 ya había pisado cárceles y se había liado a tiros con la guardia civil por esos barrios de Dios. Carles no es Durruti: mírale bien y descubres esa fragilidad del niño al que le contaron la fantasía de Coelho: que el universo conspira a tu favor si lo crees de veras, con vehemencia. Le dijeron que debía creer que, si estás convencido de tener razón, los demás te van a reconocer tu razón e incluso te van a premiar por ello. Dios mío, creo que debieron contarle eso y él se lo creyó.

El niño de Bruselas empequeñece bajo el frío creciente e intuyo que piensa en la otra vida, la que no fué, la del poeta que deseó ser cuando todavía no le había picado ese escorpión del poder político, ese Saturno con el aguijón dorado y engañoso, disfrazado de palacio gótico y de hotel en la ciudad fría, triste, hostil e indiferente de la Europa, extraña y ambivalente, con ex-nazis y socialdemócratas que andan prestos por las calles que simulan ser París pero no son París, viento helado, nada, soledad, mejillones con papas fritas en un cucurucho de papel para calentarte las manos y te lo comes a regañadientes en la tristeza del cuarto de la pensión.

Mañana por la mañana, Carles se levantará y mirará de soslayo el pedazo de papel manchado de manteca que reposa en la butaca, lo que ayer fue cucurucho de mejillones y papas. Y cuando se plante ante el espejo, antes de disfrazarse otra vez --¡una vez más!-- de político heroico, se dirá: ¿Como habría sido mi vida si hubiese querido fracasar como poeta de una poesía que no escribí, en vez de querer fracasar como estadista de un estado que quizás no existe?


7 de nov. 2017

Carta a un independentista de clase media, medio baja

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Me hubiera gustado más poder empezar esta carta con una de aquellas fórmulas que solíamos usar antes: querido amigo, estimado amigo. Pero ¿para qué andarse con simulacros en los que ya no creemos y que, a esas alturas, suenan solo a tretas socarronas? Todo lo que antes nos unía ahora es fría ironía, pasto de un tiempo ciego dominado por locos.

Sin embargo, todavía se me ocurren cosas que contarte. Hoy, en el trabajo, se ha planteado la cuestión de hacer huelga o no hacerla, en defensa de unos políticos presos en una cárcel madrileña. Por primera vez en mucho tiempo he pronunciado un "no" sencillo pero claro. Y lo he argumentado así: estoy muy cansado, hastiado diría yo, de tener a una clase política que, en vez de trabajar para resolver problemas, los crea, y cuando los ha creado nos pide a los de abajo que les solucionemos los problemas que han creado.

Mientras escuchaba otros argumentos he oído palabras que se destacaban en el horizonte de las voces por ser más altas, más afiladas, más poderosas. País, libertad, democracia, derechos, humillación, intervención, dignidad. Y entonces he recordado las palabras que hablábamos entonces, hace años: justicia social, igualdad, cultura, arte, placer. Como han cambiado las palabras ¿verdad?

Puestos a recordar, me he acordado de la casa donde nací, allí en la callejuela de la Virgen del Pilar, en mitad de los 60. Era una callejuela más bien siniestra o, por lo menos, bastante triste. Diez o doce años más tarde, el hijo del vecino de enfrente, que tenía unos pocos años más que yo, murió por lo de la droga. Antes de hacerlo (lo de morirse a los 17) me había atracado a punta de navaja en el portal, ya que iba tan puesto que no se percató de que asaltaba al vecino.

En mi casa, por aquellos años, éramos bastante pobres. Quizás no miserables, pero sí pobres. Teníamos poco, y nunca me veo capaz de precisar si teníamos un poco menos o un poco más de lo que se considera "tener lo justo". Me inclino por lo primero, y pienso que, si lo dudo, es por el esfuerzo de mis padres en pintar el asunto como mejor podían, en su noble empeño por presentarles a sus hijos un mundo algo menos lúgubre de lo que, en realidad, era.

Eran los años finales del franquismo. Luego asistí al tránsito hacia la democracia. Era demasiado joven yo entonces, pero de haber sido algo mayor estoy seguro de que me habría apuntado a las movidas libertarias que florecían en Barcelona y luego, quizás, a las de Madrid. Aquello debió de ser la leche. Pero más allá de las fantasías sobre una juventud que no sucedió, recuerdo que construí una idea bastante sólida de cual era mi patria: mi patria era tener una buena escuela, un buen hospital, unos buenos servicios públicos en general. Poco a poco, muy lentamente, mi patria se construyó. No solo con lentitud, si no con tropiezos. Había unos tipos, en el norte, que metían bombas y pegaban tiros, esos pusieron un montón de problemas. Pero aún así, construímos un lugar para vivir todos. Me di cuenta de que, si existía algo que le puede dar contenido al "progreso", tiene que ser algo que se elabora con paciencia, entre todos, codo a codo, soslayando diferencias y construyendo afinidades, intereses compartidos.

Por todo eso, y por otras cosas que ahora no conviene sacar a colación, a mi, vuestra idea de la independencia me ha entristecido siempre. Debo reconocer que, en el principio de ese episodio, solo me sonreí y achaqué el independentismo a un capricho de las clases altas catalanas, deseosas de controlar mayores cuotas de poder y asustadas ante el florecimiento de un malestar creciente entre los pobres y los trabajadores. Siempre di por hecho que ningún trabajador, en su sano juicio, podía alistarse a la contrarevolución de los ricos. Me dirás que hay catalanes ricos que se oponen a la independencia y me nombrarás, por ejemplo, a Josep Oliu, y luego me dirás que hay muchos independentistas trabajadores y pobres. Me pondrás ejemplos de esos, también, sacados de entre tus vecinos o familiares, alguno de los cuales lleva tiempo en el paro.

Ahora, en el instante en que me nombras a los independentistas trabajadores y pobres, me sentiré más triste que nunca. Ahora me daré cuenta de que algo se ha roto, y de que lo que se ha roto es una pieza muy importante. Ahora descubriré que, para algunos de la clase media medio baja como yo, la patria es una bandera y un himno. Ya no es una buena escuela ni un buen hospital ni unos buenos servicios públicos. Ni la cultura ni el arte ni nada de todo aquello. Una bandera. Una frontera. Lo que se quiere construir no se pretende construir entre todos si no entre unos cuantos que no necesitan para nada a los demás puesto que se ellos se bastan con ellos mismos, con los suyos.

Y a continuación me dices, henchido de un orgullo sustituto de razón que, si no estoy a tu lado, estoy al lado de los fachas, de los "unionistas", de los partidarios de la dictadura, de los que aplauden la represión y las cloacas del estado, de los ultras, de no sé cuantas cosas más, todas terribles. Eso es lo peor que me ha pasado en muchos años. No me esperaba vivir algo así, a mi edad. He cumplido los 50 hace dos y todo eso me pilla con la energía levemente mermada. Esa merma es todavía incipiente, pero avanzará con toda seguridad, puesto que eso no tiene marcha atrás. Recuerdo una escena de "La mirada de Ulisses", aquella fabulosa cinta de Theo Angelopoulos (¿recuerdas como nos gustaba el cine del director griego?) en la que el protagonista, también cincuentón, ya solo tiene fuerzas para andar hacia la niebla que emana del río Bosna, en Sarajevo, blanca pero oscura, esa niebla que todo lo devora, de la que ya no se sale jamás.

Me siento triste y abatido porqué percibo el aliento del fracaso. De nuestro fracaso. Los problemas de los de arriba me traen al pairo, allá ellos con sus luchas por un poder que ni tu ni yo, jamás, llegaremos a oler. Me duele lo nuestro, la pérdida, que nos hayan separado por culpa de la idea de una patria fantasmagórica, que nos hayan dañado tanto con tan solo nombrar palabras vacías (libertad, país, preso político), y que con ellas hayan invocado la tormenta, el aguacero que se llevó las palabras anteriores. Ya sabes: cultura, placer, arte.

No me voy a extender, porqué no es bueno extenderse en el dolor y la pena. Voy a vivir mi duelo como debe vivirse un duelo: recluído, solo, tranquilo.

Me gustaría despedirme de ti con fórmulas bonitas, de esperanza y de sosiego y de confianza. Pero también iban a parecer falsas, vacías. Nos han vencido con cuatro palabras y con una bandera.

 No se me ocurre una derrota más amarga.


3 de nov. 2017

El exilio


Mi abuelo materno, Miquel Albert Barris, nacido en Figueres en 1901, se exilió de España en enero de 1939 y se fue a Francia, cerca de Montpélier. De no haberlo hecho así, le hubiesen fusilado las tropas franquistas que entraban por la Diagonal des del oeste mientras él salía por la Gran Vía, vía norte. Dice la leyenda familiar que consiguió huir gracias a que requisó (mangó) una motocicleta.

Miquel Albert fué el último comisario político de la prisión de Montjuïc en tiempos republicanos y comprendió, en enero de 1939, que debía largarse por piernas si quería mantenerse con vida. Hizo bien. No iba nada desencaminado, el abuelo: aunque joven e idealista, comprendió cual es la materia del sueño y cual es la materia de la realidad. Comprendió la diferencia que hay entre ambas construcciones.

Miquel Albert ejercía su cargo en virtud de la legalidad vigente en España, y por defender esa legalidad --con armas legales frente a las armas sediciosas-- tuvo que largarse, ya que los golpistas de entonces no se andaban con hostias. Una vez en el sur de Francia, el abuelo dió con sus huesos en uno de los campos en donde se hacinaban los refugiados españoles. Miquel, de salud frágil, no resistió el exilio mucho tiempo: murió en enero de 1941. Dicen que pulmonía, quizás pneumonía, probable tuberculosis. Miseria, en cualquier caso. Pena y miseria y el bacilo de Koch.

En Barcelona estaban su mujer y sus tres hijos. Sin sustento económico alguno. El mayor tenía 9 años. La menor (mi madre), 3. El exilio y la muerte del abuelo, fallecido de pena y de miseria a los 40 años, fue la nube que cubrió el sol a lo largo de de toda mi infancia.

El exilio de los perseguidos es eso. Al menos para mis glándulas entendederas, que lo entendieron de pequeñito.

Así, del mismo modo que pido inteligencia, moderación y respeto cuando se habla de "el pueblo catalán" como si fuese un sujeto singular (y que no me incluyan nunca más en él, por favor: hablen de diversidad, de complejidad, hablen de ciudadanía por lo que más quieran) también pido inteligencia y respeto cuando se habla de "exilio".

No todo vale, ni todo vale en cualquier circunstancia, por más favorable que sea. Cuidado con animar a los enfrentamientos que pueden derivar en guerras, porqué las guerras traen la mala muerte a los mismos a los que no les llega jamás la buena vida. Cuidado con hablar de lo que se desconoce, cuidado con nombrar el horror en vano porqué el horror se ceba con los de abajo.

Hay que respetar las palabras, preservar sus significados. No siempre un político preso es un preso político. (Si un día encarcelan a Messi por saltarse la ley tributaria, ¿será un deportista preso o un preso deportivo?).

Dice uno que la pintura terminó con el Giotto, y otro que la literatura se extinguió tras el Dante. Aunque lo comparto en parte, también creo que quizás sean exageraciones. Pero, por lo menos, respeten las palabras. Digan "exilio" cuando sea exilio y déjense de nombrarlo cuando es fraudulento. Nombren a las revoluciones y al desastre cuando sea inevitable nombrarles y solo si es inevitable. Déjense de simulacros y de simulaciones.

Respetar las palabras es el principio, porqué en el principio fue la palabra. Y es lo último que nos queda a los que no disponemos de la palabra cuando no es hacienda, cuando no es herencia, cuando es nuestra pobreza y cuando debemos defenderla día a día, minuto a minuto.

1 de nov. 2017

Cataluña es una república y los duendes existen

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Cuando era pequeño estaba convencido -con ilusión infantil- de la existencia de duendes, gnomos y hadas. Incluso afirmé haber visto una, en un jardín barcelonés, revoloteando al atardecer, con el sol dorado y bajo. Y una vez vi a un duendecillo, en el Montseny, que correteaba tras unas zarzas y se ocultó entre unas piedras envueltas en musgo.

Años más tarde tuve que admitirlo: no existía ninguno de aquellos seres y solo el poder de mi deseo pueril les hizo visibles. Descubrí que, en realidad, en los rincones del bosque solo había latas de coca-cola oxidadas, colillas y pedazos de papel higiénico. A partir de entonces pasé algunos años leyendo literatura fantástica, ese fue mi duelo y mi consuelo.

El otro día pensé en aquel momento de mi vida, cuando admití que los duendes solo viven en el mundo de la fantasía. Fue el día en que el president Puigdemont proclamó la República catalana y luego se largó a su pueblo sin promulgar ninguno de los cientos o miles de decretos que habrían sido necesarios (aduanas, puertos, seguridad, hacienda, etc). A las pocas horas, Puigdemont y sus consellers fueron destituídos. Los destituidos acataron el cese con sorprendente docilidad. Benet Salellas, diputado de la Cup, dio una rueda de prensa con un aspecto más desaliñado de lo que mandan los cánones de su organización y soltó, tan pancho: "No estábamos preparados". Y Santi Vila, exconseller, explicó con detalles que se habían equivocado en casi todo. Mientras tanto, los enviados del Gobierno español se encargaban de la administración catalana y dejaban la autonomía reducida, jibarizada, como la "Catalunya en miniatura" de los tiempos de Pujol el andorrano. Puigdemont se largó a su pueblo y se lió a vinos, y tanto debió de liarse que despertó en Bruselas con un resacón tremendo.

Ese día pensé en mis duendes perdidos cuando me di cuenta de la reacción que se daba entre la mayoría de los independentistas. Estaban en plena fase de negación. Incluso hay un medio de la prensa digital que alimenta la fantasía y cuenta, sin rubor alguno, que la República catalana avanza a buen ritmo y se auguran grandes hitos. El director de ese medio lleva algunos días escribiendo editoriales en los que, con alambicados argumentos, defiende un delirio bastante cómico en el cual el día es noche y la noche, día: lo que dirías que es un ridículo bochornoso es, según el articulista, una estrategia genial digna de aquel Doctor No versionado por Woody Allen.

Es habitual que, ante la llegada de una noticia muy mala, nos refugiemos en la negación. Que nos inventemos una realidad paralela. La realidad, además, es un concepto difícil de consensuar: los sueños ¿forman parte de la realidad o residen en otra categoría?

Siento pena por mis conciudadanos independentistas, porqué la realidad les está mostrando un paisaje de fracaso estrepitoso y unos líderes ridículos. No debería sentir pena por ellos después de esos años infernales que nos han dado, pero ya ves. Se empatiza facilmente con un humano azotado por ese furioso despertar, ese trágico final del sueño. Los suyos les han engañado durante cinco años, les han jurado que lo tenían todo preparado, que el plan era infalible y que si fallaba había un plan B, tanto o más infalible que el anterior. Les prometieron un país de ensueño y solo era un sueño. Les prometieron un proceso limpio, brillante, lleno de éxitos. Les prometieron la independencia y les dejan sin autonomía. Y prohibido reclamar, porqué todo es culpa del enemigo.

Sigo a algún independentista por las redes y convivo con alguno en el trabajo. Y me doy cuenta de la brutalidad de ese momento. Todavía esperan, convencidos de que eso no está sucediendo, de que el séptimo de caballería aparecerá cuando menos te lo esperas, quizás mientras duermes y así cuando te levantes, mañana, Cataluña será la república prometida y todos felices y perdices.

Le pregunté a uno si se había guardado los tickets de las prendas independentistas que le compraron cada año de esos cinco años a Carme Forcadell y sus chicos de la ANC, porqué igual ha llegado el momento de reclamar. Se lo tomó muy mal, mi broma no era fue nada oportuna. No está bien bromear con quién está en fase de negación y todavía no ha acatado la realidad -tal como el señor Trapero acató su cese, sin rechistar.

Me dan pena los independentistas porqué no veo a ninguno de esos líderes que les han engañado sin compasión alguna durante esos años dispuesto a dar la cara, a pedir perdón y a contar que no prepararon ninguna "infraestructura de estado", ninguna estrategia, nada.

Descubrir que los duendes no existen no significa aceptarlo de buenas a primeras. A la realidad se la comprende poco a poco, con paciencia y con crítica y con autocrítica. Hay que dejarle al tiempo que haga su labor terapéutica. Hay que vivir el duelo. Y después uno puede exigir responsabilidades: a los libros demasiado fantasiosos, a las películas de Disney, a los hermanos Grimm.

Pero en el fondo, hay que admitirlo: es uno mismo el que se presta al engaño, y en cada engaño hay algo de autoengaño.

Me pregunto si llegarán a ese punto. Si pedirán explicaciones a quienes les engañaron y se preguntarán porqué tenían tanta necesidad de vivir en el engaño. Me pregunto si pedirán perdón por haber arrastrado a la mitad de sus conciudadanos por ese largo, penoso y estéril páramo que no llevaba a ningún lado. En nombre de una patria que de repente se esfuma en una tarde de otoño y solo deja un suave olor a flores podridas.

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28 d’oct. 2017

Nosotros y ellos

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Con tanto hablar de "nosotros" y "ellos", un día aparecieron "estos".

"El 30 de agosto, Salvadó [Josep Lluís Salvadó, secretario de Hisenda de la Generalitat] llamó a Raúl Murcia, que es asesor de la Generalitat en materia de difusión institucional, y le explicó que estaba en Sant Vicenç dels Horts con Junqueras. Le dice: “El mes de octubre no hay capacidad, ni tenemos control de aduanas, ni un banco. La cosa no pinta, está muy verde, eso cualquiera que tiene dos dedos de cerebro lo sabe. Ahora bien, a mí me da pánico que si transmitimos las cosas como son en realidad (...) estos no lo acaben utilizando para decir: Junqueras no ha preparado al país para que el 2 de octubre declaremos la independencia”. (La Vanguardia, 28-10-2017).

Me detuve en la mención a "estos". El peligro de que "estos" te acusen de tibieza, de ineficacia, de mentiroso. Posiblemente de "botifler".

"Estos". El terror a los "estos" es el mismo terror que llenó de sudor la frente ocultista del President Puigdemont el jueves 26, cuando decidió echarse al monte tras horas de dudas terribles. ¿Quienes son "estos"? No se trata solamente de la Cup ni de sus siniestros Comités de Defensa del Referéndum" (¡vaya arte en el eufemismo!), se trata de algo mucho peor: se trata de los cientos de miles de personas a los que han azuzado, espoleado, hipnotizado, usado, envalentonado, llenado de esperanzas delirantes y de eslóganes publicitarios durante años. Se trata de que les tienen miedo a los suyos, a los obedientes, los que acuden a las manifestaciones con la camiseta oportuna, los que les aplauden y les votan, los que fueron a votar en el referéndum de los tupperwares, dispuestos a llevarse los mamporros para mayor gloria de los líderes, mientras el trío Puigdemont, Junqueras y Forcadell se escondían hábilmente, con sus escoltas. Para no recibir ni un arañazo. La sangre patriótica mola mucho, sobretodo cuando es la del pueblo. Tienen miedo de la gente a la que han engañado.

A partir de ahora voy a leer con otra mirada los libros de historia. Los libros cuentan eso porqué ha sucedido un montón de veces a lo largo de la historia. Pero para comprenderlo bien debe vivirse, como todo. Para comprender que es hacer el amor hay que hacerlo, no basta con leerlo. A partir de ahora comprendo: que pasa cuando el individuo prefiere ser masa, qué pasa cuando ese individuo deviene masa para obedecer al líder sin fisuras, qué pasa cuando se repite un eslógan pronunciado por un Jordi con un megáfono, qué pasa cuando alguien empieza a creerse el delirio de otro. Me quedan dudas: dudo de que Puigdemont delire de veras. Creo que solo quiere salvarse a si mismo y para ello dice salvar a la patria, ese recurso.  Dudo de que lo haga Junqueras, tipo demasiado oscuro. Quizás delira un poco más de veras Forcadell, que muestra un extraño rictus de heroína trasnochada, visionaria, a medio camino entre la Santa Teresa de Jesús más alucinada y la Agustina de Aragón más kamikaze. Pero incluso así... creo que no deliran, en el sentido de la psiquiatría clínica, digo.

Se hicieron un lío tan gordo con el "nosotros" y el "ellos" que incuso aparecieron "estos", que son de los nuestros pero nos podrían joder tanto o más que los "ellos". Y al final decidieron complacer a los "nosotros" para evitarse los problemas con los "estos", que temen más que a los "ellos". Llevamos un montón de años con gobiernos (de partidos corruptos, para más señas) que en vez de gobernar se emplean, en cuerpo y alma, en satisfacer a los "nosotros". Dicen por ahí que gobernar es perseguir el mayor bien para la mayor parte de los ciudadanos, pero prefirieron satisfacer solo a sus "nosotros". Quizás por culpa de un delirio del que todos acusarán a otro, quizás por una patria jamás vista, quizás, he ahí, para mantenerse en el sillón.

Después de más de 50 años viviendo en Cataluña, las cosas de los políticos de la derecha nacionalista ni me sorprenden ni me sublevan, ni casi ya me indignan. Lo que me jode de veras (y cuando digo que me jode de veras, es de veras) es lo otro: los aplausos, los votos, las multitudes tan dóciles, tan agradecidas, tan solemnes, esas multitudes autoabanderilleadas, tan alegres, tan seguras de sí mismas, esa prensa que repite las consignas (¿a cambio de una subvención?), esas euforias colectivas. Me da miedo la gente que vive aquí. Tengo miedo de mis coetáneos, y entre el miedo y la tristeza estoy hecho un asco. Llevo un montón de horas triste, abatido. Viendo películas antiguas con la actitud del pobre tipo escondido en un refugio antiaéreo. Alguien debería contarles a los muchachos de las banderas que aplauden a unos petimetres que ellos jamás lucharon: ni la democracia -ni tan solo la enorme autonomía- son su juguete particular, porqué son logros de gentes de toda España. Hay algo muy de niño mimado y consentido en toda esa historia. 

Por mi parte, yo jamás me sentí patriota, y ser catalán o no serlo no es nada que me haya importado mucho. Pero ahora las cosas se me han empeorado. Empiezo a sentirme raro, extraño, más cerca de extranjero, más próximo al exiliado. Hay algo de vergüenza, y es una vergüenza nueva. Que "ellos" cumplan con su comedia me parece "normal", pero que mis parientes, mis conocidos, mis compañeros salgan a aplaudirles eso es una tragedia de la que no me voy a recuperar jamás.


23 d’oct. 2017

Sobrevivir en Cataluña

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Llegué a la existencia hace poco más de 50 años. Un azar (algo, alguien) imposible de comprender me llevó a existir. Y nací. Nací en un lugar que, tal como supe años más tarde, lo llaman "cataluña". El azar me hizo y existí, todavia existo (o eso creo). No satisfecho con hacerme, el azar me hizo catalán. Eso también lo supe más tarde.

Más tarde, también, supe que algunos de mis coetáneos le daban mucha importancia a eso, a haber nacido en un lugar y no en otro. Algunos no solo le daban mucha importancia a haber nacido catalanes, si no que pensaban que eso era crucial o, cuando no, lo único importante. Jamás pude comprender ni el azar que me hizo existir ni a esa gente que se fijaban tanto en el lugar en donde se produjo su existencia. Aprendí a convivir con ellos con cierta elegancia, cuando podía, o con estoicismo la mayor parte de las veces. No le dediqué mucho tiempo a eso, por dos razones: la primera es que ser, y comprender qué significa el término "realidad", ya me ocupaba demasiado. Y la segunda es que pronto me di cuenta de que, con esas personas, tenía muy poco en común. A veces casi nada. Son personas que suelen tener casita en las afueras, y jardín, y bellas preocupaciones, y amigos influyentes, y mucho tiempo libre bien empleado, y preferencia por los sitios caros, y carné de una ONG bonita, y antes de izquierdas, piano en el salón siempre.

Durante los años finales de mi infancia me puse a leer todo cuanto caía en mis manos. Muchos libros me eligieron como lector y yo les leí. Tanto es así que, mucho mejor que el paisaje de Cataluña, conocía los paisajes de la Nueva Inglaterra que describe Lovecraft, o los del Boston de Poe, o incluso los océanos helados donde vive Moby Dick. Cataluña se me hizo real empezando por los textos de Juan Marsé. Así que, cuando pisé por primera vez lugares como Olot o Vic, solo pensé que eran lugares lejanos, ajenos: jamás se me ocurrió pensar en patrias. Mi patria estaba por ahí, en la lejana Providence de Charles Dexter Ward. Jamás colgué una bandera nacional en mi balcón. Cuánto más crecía (más envejecía mi cuerpo) más raro me resultaba comprender a esa gente de las patrias, algunos de los cuales manifestaban, sin pudor alguno, sentirse orgullosos de haber nacido en un rinconcito en vez de en otro de ese grano de arena que da vueltas a una bola de lava, ese tiovivo en el que estamos montados durante unas setenta vueltas, más o menos, a ojo de buen cubero.

A veces, ya muy entrada la noche, me despierto y descubro que estoy flotando a un metro y pico por encima de la cama, casi más cerca del techo que del colchón. La primera vez pensé que era cosa del vecino de abajo, ese rumano un poco raro que llegó hace poco, y que debe hacer experimentos de electromagnetismo. Un día, en el ascensor, me dijo algo sobre Tesla.

Pero poco después ¡por fin! comprendí: lo que sucede es que me estoy despegando de Cataluña.

Y he ido comprendiendo que se puede vivir aquí pero como si la cosa de Cataluña no fuese conmigo, o mejor dicho aún: como si a esa cosa yo no le fuese consigo. Al fin y al cabo, uno puede ocuparse de un montón de cosas que si van con uno: esos niños de la escuela del suburbio, las cosas que escribo, las que leo. La memoria de mis muertos, que ya son muchos, y las tribulaciones diarias, y las injusticias infinitas derivadas de que unos pocos tengan mucho y unos muchos, nada. Algunos incluso tienen una patria ¡con una bandera! mientras otros solo tienen hambre, o pena, o sombras.

A veces tengo la sensación de ser un ratoncito en un laberinto de plexiglás, un ratoncito que todavía no sabe que la salida es perpendicular a los caminos del laberinto, un ratoncito que olvidó la tercera dimensión. No me voy a dejar engañar por esa gente de las patrias y los laberintos de plexiglás.

Creo que sé como se puede sobrevivir en Cataluña y a pesar de Cataluña: la supervivencia está en la lectura de la gran literatura y en recordar las cosas que importan de veras, y afanarse en ellas, y si se quiere luchar por algo hacerlo por lo que vale la pena, como hace don Quijote mientras cabalga por los paisajes de La Mancha, mucho más reales que el Paseo de Gracia lleno de banderitas.

17 d’oct. 2017

Jordi & Jordi en Soto del Real

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La Juez de la Audiencia ha puesto a los dos Jordis en el talego. Me los imagino esta tarde, charlando animosos en el patio soleado del presidio junto a Jordi Pujol Jr. y Sandro Rosell. Cuidado, juez, porqué de ahí puede surgir una mafia de aúpa. He visto muchas pelis que tratan de eso, y se de que hablo.

Lo advierto: no voy a juzgar a una juez, siendo yo un pobre Juan Nadie que, a estas alturas, todavía no es capaz de juzgar si es mejor el Gazpacho Alvalle que el Gazpacho Hacendado, o del revés. Pero mucho me temo que la decisión de enchironar a los dos Jordis la vamos a pagar cara los catalanes. Bueno, la mitad de los catalanes. La mitad B de los catalanes, los catalanes de serie B (debería habituarme a nombrarnos así). O sea: los que no queremos la independencia. Me temo mucho que nosotros pagaremos el pato, porqué esos dos Jordis saldrán del talego algún día y cuando lo hagan saldrán en volandas, y les harán homenajes y les pondrán coche oficial y secretaria y programa propio en Tv3 y muchas más cosas que no digo, y quién sabe si a uno de los dos patanes, con el subidón, no se le va ocurrir presentarse para cargo público y -eso se lo digo yo, entre nosotros-: a los catalanes igual les da por votarles, porqué haber pasado por Soto del Real viste mucho, viste de mártir patrio y en Cataluña los mártires patrios se llevan, por más burros que sean.

Sin juzgar a la juez, me temo que voy a sufrir a los dos Jordis. Eso si no es que se matan entre ellos por celos o algo, en una reyerta patibularia, porqué ya se sabe que el ambiente en las cárceles degenera el espíritu y envilece el alma, que es la esperanza que me queda: la ficción. Esos dos petimetres saldrán endiosados por la turba, eso a ver quién lo evita. Y eso será una desgracia gorda, porqué los dos Jordis deberían pagar por lo que nos han hecho pero deberían pagar ante la opinión pública y la prensa mejor que ante los carceleros de Soto del Real.

La historia de los dos tipos es, en realidad, como un cuento de Nikolai Gogol. (Estoy pensando en "Las almas muertas"). Nadie sabe como llegaron adonde han llegado. Representan sendas organizaciones privadas con unos pocos miles de socios (y socios rancios de los rancios de veras, un porcentaje de los cuales está probablemente difunto, no se extrañe nadie: el socio muerto es una figura habitual en las organizaciones patrióticas catalanas), pero se reúnen cada día con el Molt Puigdemont y se les ve en todos los saraos, como aquellos falsos príncipes rusos que, de codazo en codazo, de polvete en polvete y de timo en timo, llegaban hasta los banquetes del zar y además le echaban los tejos a la zarina, a la hora de los chupitos de vodka. (De ratafía, en el caso que nos ocupa). Es decir: a esos tipejos nadie les ha votado (salvo sus socios) pero ahí están, comiéndole la oreja al presidente y al vice, a sus secretarias, a la presentadora de Tv3, a la directora de Catalunya Ràdio, al Pare Abat de Montserrat.

A lo que iba: alguien debería contarnos como es eso que dos entidades tan menores son tan influyentes. ¡Tienen más socios el Barça y el Club Super 3, pero a esos no les invitan a sus banquetes! Y luego lo otro: ¿como que dos entidades como la ANC y Òmnium Cultural reciben tal catarata de millones de euros en subvenciones?. Subvenciones ¿para qué? ¿a cambio de qué?.

En mil novecientos sesenta y pico, el escritor Terenci Moix ya se cachondeaba de los socios de Òmnium Cultural (en su novela "El sexo de los ángeles" aparece como "Òrgan Cultural") como un club decadente y polilloso de pseudointelectuales, escritores amateurs que por la mañana trabajan en La Caixa y por la tarde debaten el futuro de Cataluña, Minyons escoltes de la cultureta, tipejos católicos y ridículos, sainetescos. Todo el mundo sabe quién fundó Òmnium Cultural (y quien lo dirige todavía): la alta burguesía catalana afín a Franco, la que decidió intervenir en la cultura catalana para que no cayese en manos de la siniestra izquierda. Yo diría que repiten la jugada: por si acaso Cataluña se independiza, no vaya a ser que caiga en manos de la Colau y de la Cup, no vaya a ser que los rojos nos jodan el chiringuito secular.

Y luego está la Assemblea Nacional Catalana, que de asamblea no tiene nada y se parece más bien a la ANR, la Asociación Nacional del Rifle: un lobby fascistoide. ¡Qué miedo me dan las cosas que llevan el adjetivo "nacional" metido entre otras palabras...! ¿De dónde sale la ANC? ¿De dónde salió la pasta para montarla de la noche a la mañana? ¿Qué vergüenzas oculta ese montaje que huele a perro muerto?

Lo dicho, señora juez: yo no soy nadie para discutir, ni para apostillar ni para comentar una sentencia. Pero la decisión de enchironar a los dos Jordis podría oscurecer el debate sobre quiénes son y a quienes representan, y podría salirnos muy caro a los catalanes B.

Me temo lo peor.

16 d’oct. 2017

Orioles y ex-futuros presidentes

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Sant Josep Oriol obrando el milagro más admirado en Cataluña: convierte las rodajas de un rábano en monedas de oro.

Los catalanes, gente trabajadora y sumisa, estamos habituados (adiestrados incluso) a obedecer al señor de turno. Cuando el señor de turno era el señorito Pujol, aceptamos con resignación callada la conversión de la democracia autonómica en dinastía, y nos hicimos a la idea, estoicos los unos y agradecidos como mascotas los otros, que su hijo Oriol heredaría la presidencia regional. Oriol no es el más listo de los siete hermanos pero es el pequeño (hay algo de cuento de Grimm en el detalle). La gente (o el pueblo catalán, si es usted soberanista) se resignó, más o menos perpleja, al destino. Aunque costaba creer quién era el elegido para suplir al Padre de la Patria por lo inverosímil del personaje, yo empecé a pensar que solo había una forma de que Oriol Pujol no fuera mi presidente: exiliándome. O muriéndome, que es otro estilo de exilio. Pensaba así porqué la presidencia de Oriol parecía inexorable por completo. Cúmplase la voluntad del señor Pujol, dice el pueblo de Cataluña cuando es llamado a la urnas (tanto si lo son como si son tupperwares chinos).

A veces rezaba, de noche y en la soledad de mi cuarto, elevando mis súplicas para que algún fenómeno sobrenatural nos librara de Oriol Pujol: tal era mi desazón.

Casi no me lo pude creer cuando, en un día feliz (la felicidad se cuenta por instantes), descubrí que no era ningún ente transmundano quién me había liberado de Oriol: era un juez, sencillamente un juez, un ser humano como yo. Resulta que Oriol, buen discípulo de su padre, había empezado a hacer sus pinitos en el arte de trincar de la cosa pública y le pillaron. Se terminó la maldición.

Pero una vez detenido Oriol Pujol algo se estropeó en Cataluña y empezaron los problemas gordos. He ahí la venganza del padre. Ahora vais a sufrir de veras, nos dijo. Repetid todos conmigo: in-inde-independènci-a. Enmedio del barullo y ante mi pavor, en ese mal lance surgió otro futuro presidente que también se llama... ¡Oriol!. Busqué, presa de escalofríos horribles y empapado por sudores fríos, entre las páginas de Nostradamus por si el viejo brujo había dejado escrito algo al respecto. Temía encontrar una cuarteta oscura y perversa en que se reuniesen las palabra Catalonia, Oriolus, independentiae, pentitenciagite. No la hallé, pero atribuí el fracaso a mi estupidez.

De repente, todo el mundo repetía la nueva consigna: el futuro presidente se llama Oriol. Oriol Junqueras. Lo decían en voz baja, con respeto temeroso, como quién nombra a Lucifer o a Chtulhu. Algunos lo proclamaban como una victoria diabólica, como un triunfo de la famosa astucia catalana. Hasta que los periodistas, portavoces de la vieja resignación, empezaron a escribirlo: Oriol Junqueras, cada vez más cerca de la presidencia de Cataluña. Yo no salía de mi asombro. Por aquel tiempo me abandoné al esoterismo, la depresión y la televisión basura.

Sin embargo, el transcurrir de la historia me deparaba una nueva sorpresa. Porqué, de repente, la gente empezó a repetir que Oriol Junqueras ha pasado de futuro presidente a ex-futuro presidente, pero sin recalar en el lugar intermedio, en el puesto que es un sillón. Ya nadie cree que el segundo Oriol pueda ser presidente, tampoco: demasiado frágil y demasiado mentiroso, una mezcla muy mala. Leo en los periódicos comentarios cada vez más jocosos que no voy a repetir aquí, observaciones de mal gusto sobre el crecimiento de su perímetro des de que es vice-presidente, análisis malintencionados sobre la asimetría, especulaciones sobre la facilidad de su lágrima o su extraño misticismo cristiano, medio hereje, como albigés.

Es rara, Cataluña. Rara y mala. Adoran a un héroe que fué, en realidad, medio traidor y medio cobarde, ese Rafael que tiene estátua en una calle de Barcelona. Aplauden a un delincuente que se llevó miles de millones a Andorra, liquida a sus futuros presidentes y les transita de futuros a ex-futuros como en un extraño ritual polinésico y antiguo de los que relata J.G. Frazer en "La rama dorada" tras engordar al uno y silenciar al otro.

Vivo en un lugar muy raro que no me deja vivir tranquilo, de susto en susto, de enigma en enigma, de Oriol en Oriol, de insomnio en taquicardia. Las calles se han llenado de banderines como en una fiesta mayor de pesadilla provinciana, hay gente de mirada iluminada que abraza a los policías que les sacudieron un tiempo atrás... Y ahora, la última: ¡hay dos Jordis! Superados los Orioles, aparecen dos Jordis en el horizonte (o, lo que es lo mismo, en la pantalla de Tv3). Eso es un sinvivir de veras. A esos Jordis nadie les ha votado, y solo presiden dos organizaciones pequeñas, rancias y apolilladas. Pero ahí están cada día, en la tv que no miro jamás, exigiendo más y más, como si quisieran decir: ahora, una vez vencidos y cautivos los Orioles, nos toca a nosotros ser futuros...

Creo que debería volver a las páginas herrumbrosas de Nostradamus, pero esta vez con más paciencia y mayor detenimiento. Es imposible que el nigromante francés no haya dejado nada escrito sobre la maldición catalana.

14 d’oct. 2017

Solenoide, Mircea Cartarescu

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Pocos, poquísimos. Muy pocos autores han obrado lo que hace Mircea Cartarescu (Buscarest, 1956) con su escritura. La lectura de Cartarescu traslada al lector incauto por igual que al prevenido hacia un espacio desconocido, nuevo, horripilante, vacío, fascinante. Maravilloso. Eso se llama literatura, por si alguien lo había olvidado. Cuando la literatura es arte elaborado con palabras y nada más. Casi nada, vamos.

Leí a Cartarescu por primera vez en "Nostalgia" (Impedimenta, 2014).  La experiencia de leer "Nostalgia" es una de las experiencias que importan en la vida de uno. Una experiencia que atañe, que afecta. Uno siente la tentación de empezar así su curriculum vitae: bajo el nombre y la fecha de nacimiento, escribir "yo leí Nostalgia".

Y, desde ahora: "yo leí Solenoide, la novela de Cartarescu". Escribo eso cuando apenas he leído un 10% del texto, pero no necesito leer más para saber lo que ya se. Hay libros que el lector, horrorizado a veces o maravillado si puede ser, se teme que se hayan escrito para él y solo para él. Una de las fantasías más recurrentes en el hombre moderno (el posterior al romanticismo) es creerse no solo que es único, si no que además es especial. Y que su vida tiene un fin, un sentido, un propósito, una razón de ser. Peligrosa fantasía, esa fantasía, ya que solo nos ha traído desgracias de toda clase. Pero sin embargo ahí está Cartarescu, con su escritura mágica e hipnótica, que parece hablarle al lector en el oído como diciéndole en un susurro que escalofría el alma y electriza el espinazo: te conozco.

Mircea Cartarescu tiene una indescifrable facilidad para trasportar al lector hacia su mundo, para llevarle de su mano des de lo concreto y compartido hasta lo onírico dentro de una misma frase sin apenas pestañear, y resulta que lo onírico es tan compartido como lo otro, para horror del que lee. ¿Puede alguien haber soñado mi propio sueño? ¿Mi sueño ya no es mi propio sueño? ¿Alguien sueña por mi? ¿Soy un personaje en el sueño de un novelista?

El concepto de "empírico" tiembla y palidece en la prosa de Cartarescu. La lectura de "Solenoide" es una caída hacia arriba o un ascenso hacia abajo, depende de como se contemple. Cuando el narrador de "Solenoide" formula su sospecha de que la vida es un sueño o algo más triste, más grave, más enloquecedor y sin embargo más cierto que cualquier historia que se haya podido inventar jamás, el lector ya está dispuesto al trabajo de hipnosis, ya está rendido y desarmado.

El protagonista de la novela es un maestro de primaria que ejerce su profesión en una escuela de la periferia. Los niños tienen piojos y el maestro se contagia. La metáfora es bonita. Pero de repente los piojos adquieren otro sentido, otra dimensión. El narrador compara los piojos con los humanos y se da cuenta de que somos muy parecidos: cabeza, extremidades, respiración, apego a la vida. En "R.E.M.", el cuento que es el cuerpo central de "Nostalgia", también hay un insecto y la idea de que la vida es un sueño pero quizás algo mucho peor: una realidad. Una realidad poco real, una realidad que continene multitud de elementos paranormales, inexplicables, muy extraños. Esqueletos gigantes enterrados bajo los bloques de la periferia, tan gigantes que uno puede andar por su interior, su enorme galería torácica, donde antes estuvo el corazón, los pulmones, etcétera.

Dice el protagonista de Solenoide: cuando empecé a trabajar como maestro de primaria en la periferia me dije a mi mismo que no sería por mucho tiempo, un año a lo sumo. Yo quería ser escritor y pensaba que eso iba a suceder, y que sucedería del mismo modo que uno respira aire o digiere los alimentos, sin la intermediación de la voluntad. Pero no fui escritor, fui maestro de primaria. Algo no funcionó. Pero no ha sido tan malo, al fin y al cabo: hubo buenos momentos. Hubo temporadas buenas, en las que no tuve piojos.

La Bucarest de Cartarescu es una ciudad vista des de la periferia o desde atrás del cristal de un tranvía en un día lluvioso, o desde la altura cenital e imposible del sueño. Es una ciudad que no ha crecido como las demás ciudades (hubo un antiguo núcleo original, luego crecieron más barrios, se construyeron bloques para albergar a la gente que vivía en chabolas, etc) si no que hubo un solo arquitecto genial que la planeó toda de golpe así tal como la ves ahora, con fachadas herrumbrosas y edificios que se caen, con casas en ruinas, con solares yermos, con bloques en avenidas enormes. ¿Y si la Barcelona que vemos hoy fuese como esa Bucarest, y toda la historiografía solo una pesadilla en forma de libros viejos y soñados?

Mircea Cartarescu es la celebración de la palabra, el reencuentro con la literatura. "Solenoide" lo estoy leyendo en la brillante traducción al catalán de Antònia Escandell para Edicions del Periscopi (bravo por citar la traductora en la cubierta), que ha trabajado con un idioma creíble y genuino a la par que contemporáneo, inspirador, un trabajo de orfebrería encomiable de veras, delicado, nada fácil, arte.

Me dijo un amigo mío que la literatura catalana se halla en un estado tan penoso y tan lamentable que lo mejor para ella sería quedarse callada por un periodo no inferior a quinientos años, durante los cuales deberíamos leer y nada más. Leer en silencio. Comparto esa idea en gran medida. Y leyendo a Cartarescu lo comprendo mejor. A decir verdad, los intelectuales más lúcidos del novecentismo catalán propusieron traducir y traducir y traducir, y así ilustrarnos, empezar a crear a partir de algo sólido. Son los traductores y no los autores los que han hecho algo considerable para la cultura catalana, y son ellos los que deberían tener esculturas en las plazas catalanas. Bueno, ya lo he dicho.

Más allá de mis juicios, mis prejuicios y mis manías, leer a Cartarescu es un bálsamo y una fuente de inquietud. ¡Una más! ¿Qué hay de real en la realidad?

¿Hay algo tangible en la vida?


12 d’oct. 2017

La chapuza catalana

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Como todos los martes por la tarde, quedamos en la taberna Los Hispanos a las seis. Es cierto que algunos no se anotan la cita porqué se pasan el día entero en el garito. O la semana, en los casos extremos. Ese día fuimos más de los habituales, porqué en la tele pasaban una función especial del Circo Catalán, que nos entretiene mucho desde hace algo más de un lustro. Yo llegué puntual y me pedí una caña nada más cruzar la puerta.
-¡Caña ahora mismo!

A los pocos minutos nos informaron por la tele de que la función se iba a retrasar una hora. Me temí lo peor y acerté. Esa demora sería nuestra perdición: en efecto, cuando apareció la estrella del circo, ese famoso Artista Solitario, ya estábamos todos borrachos. Demasiado rato sin saber qué hacer y con las cervezas tan a mano... Ese tío, el Artista, ese tío es gracioso, si, pero también es un fastidioso de narices.

La actuación del Artista, aunque retardada, fue mas breve de lo previsto. A decir verdad, se le agradece el detalle de lo breve. El Artista Solitario prometió una gira leve, de 18 meses y, aunque ya van 20, cansa. Así que aplaudimos la brevedad. Al final de su gira ha aprendido a ir al grano.

Las primeras impresiones, tras el patético soliloquio del artista, las de los más avezados al circo fueron: "¡Vaya chapuza!".

A partir de aquí se desencadenó el griterío en la barra, el desconcierto y la pesadumbre de muchos.

-No he entendido nada -se lamentó Pepe, el de la gasolinera- Que me aspen si he entendido algo.
-Está muy claro, José -le regañó Juan, que se niega a llamarle "Pepe" a Pepe- Lo ha dicho bien claro: Dios es uno pero son tres. Ya nos lo decían en el colegio, de pequeños.
-¡Otro simulacro! Dios mío ¡otro simulacro! -gritaba Paco, dando tumbos por entre las mesitas. Paco es más leído que el promedio y sabe palabras como "simulacro"- Esos catalanes son incapaces de hacer algo de veras.

Veo a Manuel enfurruñado en el fondo de la barra.
-¿Te sucede algo malo, hermano?
-Nada, nada, ya se me pasará. Es ese acento pueblerino del Artista, me deprime... Y ese traje que nunca le cae bien... -Manuel, huelga decirlo, es un obseso de la estética.
Entonces escuchamos un portazo. Se ha largado muy airado un cliente que viene solo a veces y no llega a parroquiano de veras. Sabemos que es de buena casa y muy admirador del Artista.
-¿Se ha cabreado con nosotros, Luisín? -le pregunta Pepe al camarero.
-No, se ha cabreado con el Artista. Por lo visto habrá dicho algo que no le ha gustado nada. Igual ha sido el chiste final, eso de "Soy Napoleón pero dejo en suspenso mi napoleonidad".
-Para mi que ha sido el chiste del diálogo lo que le ha mosqueado: no tiene sentido que pida diálogo el tipo que se cree superior a todos. Vamos a ver... ¿acaso Dios dialoga con los pecadores? -interrumpe Miguel, hasta ahora silencioso y taciturno, siempre haciendo gala de su nombre arcangélico.

-¡Voy a dejar de fumar! ¡Y de beber! -grita ahora Max, con lo cual deduzco que está demasiado borracho- ¡Lo que vendrá ahora lo quiero vivir! ¡No me lo quiero perder! ¡He recuperado las ganas de vivir!
-Vamos, Max, no jodas: ¿quieres morir sano después de haber vivido enfermo toda la vida? -le espeta Luisín mientras frota la barra con un chorrito de ginebra.
-No entiendo como ese circo gusta a tanta gente, de veras -medita Juan, en voz alta- Es aburrido, repetitivo, tedioso... Y además te puede joder la vida. Son cuatro payasos... Dijeron que el ochenta por ciento del pueblo quería ir a la función, pero cuando hicieron la función solo acudió el cuarenta por ciento...

Aquí nos callamos todos, porqué esas cuentas en porcentajes de Juan no las entendemos ni cuando estamos sobrios, que es mucho pedir la sobriedad. Juan siempre está en otra esfera cósmica y en su cabezota hay demasiados datos. A nosotros lo que nos gusta es el embrollo, el lío, la payasada del Artista, ese gesto de solemnidad que adopta cada vez que suelta un chascarrillo patriótico, ese dramatismo como de Agustina de Aragón, es eso lo que me encanta. Y el peinado, por supuesto, que es lo más gracioso des de Charlie Rivel.

-Una chapuza, una chapuza de función... -murmulla entonces Simón, que se ha largado a una mesita- Tanta espera para eso... Más nos habría cundido poner una buena película de esas que esconde Luisín en el almacén- Ya lo dijo Terenci Moix en los sesenta: en Cataluña no hay cultura, solo cultureta. Cultureta y nada más. En un país incapaz de tejer una verdadera cultura ¿qué se puede esperar? Hace 50 años Terenci Moix preguntó, cachondeándose: ¿cree usted que la cultureta catalana es una cultureta burguesa o cree usted que es la cultura preferida por la clase obrera mundial? Y bueno... todavía hay alguien, hoy, que se lo pregunta. Hay que ser burro, burro, burro.

Nos quedamos todos mudos. Nadie conoce a ese Terenci Moix que acaba de invocar Simón y la verdad, nadie se esperaba ese giro. Voy a pensar en la cultureta catalana antes de dormir. Será poco rato, porqué con tanta cerveza creo que me voy a quedar frito enseguida, como un angelito con la conciencia impoluta.

Cuando nos vamos, y mientras Luisín va apagando las luces en el conmutador, veo algo sinuoso en el fondo, en la mesa del rincón más oscuro. Como un aire que tilila. Es un fantasma. Distingo algo. Sí, es el Artista Solitario. O mejor dicho, su espectro. Está ahí el espectro del Artista, abatido ante una copa de coñac, con la botella de Fundador al lado. Cuando le miro él levanta su cabeza fantasmal y me musita, con tristeza enorme, con voz cavernaria en el fondo de la sala tabernaria:
-¿Sabe usted? Hubo un tiempo en el que me llamaban "Molt Honorable", a mi, ¡a mi! aunque viéndome así quizás usted no me crea. Es más: hubo un día en que yo, ¡yo! proclamé la República Independiente ante las cámaras. Si no lo quiere no se lo crea, pero yo le prometo solemnemente que lo hice, vaya si lo hice... Fue en una tarde de otoño, de un otoño muy cálido, en España...