24 de maig 2017

Acercamiento a Kosovo

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Hace muchos, muchos años, en un país que se llamaba "Cataluña" pero que era distinto de este, un escritor de novelas patrióticas llamado Alfred Bosch publicó una columnita en el períodico "Avui" (un periódico que entonces se titulaba "Avui" a secas y todavía no era "El Punt/Avui") en donde felicitaba a Kosovo por su recién independencia y terminaba con un lacónico: "mire usted por donde, Kosovo se habrá independizado antes que nosaltres".

Escribo "nosaltres" así, en catalán, porqué el pronombre catalán precisa mejor el concepto, al igual que "cosa nuestra" no significa lo mismo que "cosa nostra": "cosa nuestra", en castellano, podría referirse, elípticamente, a un asunto sexual o a un apaño privado de cualquier otra clase. "Nosaltres", en catalán, no es solo un pronombre: es un pronombre que es cuestión de infraestructuras de estado -de estado que no existe-, es una bandera y un grito de guerra. "Nosaltres sols", por poner una ilustración ejemplar,  fué un grupúsculo de Estat Català, el protopartido que está en la génesis de Esquerra Republicana de Cataluña, el invento de Francesc Macià, el coronel que intentó invadir Cataluña para independizarla con cuatro mamarrachos por el paso pirenaico dels Prats de Molló. Se rindieron al escuchar el primer tiro, huelga decirlo: la valentía catalana es procaz pero limitada. Hace demasiados siglos que, en vez de almogávares, hay señoritos del Eixample. Y es por esa razón que la Diagonal se llenó de catalanes en 1939, catalanes brazo en alto, que acudieron a saludar al Caudillo. Algunos de ellos y la mayoría de sus hijos y nietos son quienes hoy desfilan a las órdenes de Forcadell. Catalanes todos.

Y ahora vuelvo a Alfred Bosch. Nuestro escritor ganó algunos premios de novela y luego se organizó un referéndum intinerante por los pueblos, cual feriante que sortea muñecas Chochonas (empezando por Premià de Dalt, en donde la familia Pujol tiene un chalecito). De aquel referéndum jocoso, campechano y desenfadado como un Borbón, nació el referéndum del 9N. Y luego vino todo lo demás, lo que todo el mundo sabe. A día de hoy Alfred es un concejal de Barcelona en la oposición, más bien tristón, ojeroso y alicaído porqué iba por ahí presentándose como el alcalde inminente de la Ciudad Condal pero el título se lo adjudicó la señora Colau y eso lo encajó mal, lo vivió como una usurpación. Tal como hizo la Ferrusola cuando el PSC se hizo con el gobierno autónomo, y dijo que se sentía como si unos okupas la hubieran echado de su casa.

Bosch, en su columnita de antaño y de ese país de entonces, que parece como si hubiera sucedido en el límite de un agujero negro, en un mundo paralelo, no mencionaba la historia agazapada tras la independencia de Kosovo, la magnitud del desastre que la precedía. Ni tampoco hablaba del acuerdo con los Estados Unidos para financiar la nueva república calamitosa, lo deficitaria e insostenible que es. A día de hoy, no es por casualidad que ningún independentista catalán pone el ejemplo de Kosovo, lo cual es comprensible y a la vez significativo. El olvido de Kosovo en el imaginario secesionista (olvido o elipsis elegante) es casi literario.

Y sin embargo, leyendo la prensa de las últimas semanas, uno juraría que el modelo kosovar podría ser el modelo escogido por nuestros amiguetes soberanistas, esa mezcla imposible de momias procedentes de Convergència la difunta, la siempre oscura ERC  y las entrañables militantes de la CUP, un trío que tiene algo de Trío Lalalá, un algo de la Trinca y unas pinceladas -por el lado dramático- de "El gran Gatsby", aquel triángulo amoroso que termina en tragedia.

Tengo algún amigo y algunos conocidos que se conocen bien la historia reciente de los países balcánicos y la destrucción de Yugoslavia, y les veo angustiados por las similitudes que tiene el proceso Yugoslavo con el procés: con la deriva de los sucesos previos a las guerras, el tono y el estilo de los discursos, el énfasis en la palabra "patria", en la palabra "nación", en la gesticulación exagerada y la sobreactuación, en poner el acento en lo que nos diferencia y jamás en lo que nos une. Yo quise tranquilizar a uno de ellos:

-Aquí no puede haber una guerra como las de allá, porqué solo hay un bando armado y no corremos ese peligro.

-Exacto -me repondió apesadumbrado- Dices lo mismo que decían la gente de Serbia, la de Bosnia y la de Croacia meses antes de que estallara la guerra.

Yo le insisto en que aquí no puede haber ni tan siquiera el socorrido "choque de trenes" que vaticinó el señorito Mas: para que se de un choque de trenes debe haber dos trenes y aquí solo hay uno. Como mucho, podemos asistir a un descarrilamiento, o al descarrilamiento de un vagón.

Y él me insiste, a su vez, cada vez más cabizbajo:
-Estás hablando como la gente de Croacia y de Serbia pocos meses antes...

Peter Handke, el escritor alemán que fue guionista de Wim Wenders (en "El cielo sobre Berlín", por ejemplo), manifestó hace poco que el proceso catalán le da miedo. Handke se involucró en las guerras balcánicas aún sabiendo que lo podía pagar caro, ya que dijo cosas que nadie decía por entonces, cuando los serbios eran unos malos muy malos y, los demás, víctimas angelicales. Su discurso tenía algo que ver con esa película de Emir Kusturika que jamás pasará la Tv3, "Underground".

Por todo eso a mi me ha entrado un poco de miedo. Llevo años (unos cinco años) de angustia progresiva por culpa del asunto procesista, pero hasta hace poco me parecía una kermesse de barretina y banderolas (y camisetas de Textiles Forcadell). Pero de repente mi angustia aumenta y me siento intranquilo de veras. Surgen amenazas en boca de tipos que creíamos tiernos abueletes folklóricos, como Lluís Llach, y se filtran proyectos de ley con un deje alemán (de la Alemania de 1930), y hay un presidente regional (un tal Carles el Pil·lós) que amenaza con un golpe de estado, y periodistas que lo aplauden y lo promueven. Y el estado titubea porqué está flaco y enfermo, porqué el estado está dominado por un partido político podrido (sinónimo de corrupto) y no se atreve a nada, y porqué la oposición más o menos de izquierdas permanece, melancólica, en una duda existencial que le impide ver que detrás del nacionalismo solo hay nacionalismo y nada más: ni democracia ni buen rollo de sonrisas ni hostias.

Nos acercamos a Kosovo y a mi me vienen ganas de apearme de ese tren en el próximo apeadero, pero no se como hacerlo ni donde está. Las cosas se ponen feas. Hasta ahora eran tristes, pero ahora ya son feas. Cuando un tren descarrila las víctimas siempre son las mismas: los pobres, los currantes, los de familia de pobre y de currante, los del futuro incierto y nómina con IRPF al día, los que no tienen dineros en Andorra ni en Liechtenstein ni en Panamá. Los que no tenemos, en Andorra, ni el coixinet ni la deixa de l'avi. Somos las futuras víctimas las que debríamos pedir amparo, ayuda. O por lo menos no ayudar más a los señoritos, y confabularnos para descabalgarlos de sus sus silloncitos mullidos en sus palacetes. Antes de que nos descarrilen.

21 de maig 2017

Marta Pascal connais pas Convergència

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Marta Pascal lleva el apellido de un filósofo francés pero se comporta como un comisario político tosco y cualquiera, de cualquier parte del ancho mundo autoritario. Le han encomendado la tarea árdua de crear una niebla conceptual tremebunda cuyo objetivo es convencer a las buenas gentes de que Convergència Democrática de Cataluña desapareció en la nada, en un agujero negro perdido, lejano, olvidado. Y de que el PDeCAT es un partido político-bebé, tierno como todos los recién nacidos, todo él pura inocencia, sonrisa, cariño y ternura impoluta, sin interés. No tengo ni idea de cuánto le pagan a Pascal por ejercer ese papel que tiene algo de cortafuegos, de embarullador y de prestidigitador de feria, pero debe ser bastante suculenta la contrapartida económica, ya que la señora Pascal lo arriesga todo y con ilusión desmedida. Igual es como una de las stagiers de Jordi Cruz, el mesonero engreído, igual resulta que no cobra y lo hace todo por adornar un currículum con aspiraciones. En Cataluña, la juventud lo tiene jodido. Excepto la Pascal y los Pujolets, que lo tienen bien por familia y por partido.

Pero en realidad lo tiene mal la Pascal, porqué la maniobra de CDC que le convierte en PDeCAT llega en una era en la que la mentira, la postverdad y todo eso ya no cuela. Y ella lo sabe porqué se ha formado en las mejores escuelas y en las universidades más prestigiosas del mundo, incluyendo su paso por no se qué mítica universidad de los Estados Unidos, cuna del federalismo. Pascal me parece un personaje bastante shakesperiano aunque no sabría situarla en ninguna tragedia en concreto de las que escribió el genio de Stratford-upon-Avon. Quizás podría tener un papel oscuro y secundario en Ricardo II, pero lo digo a bote pronto y sin esa convicción de mártir procesista que a ella Dios le ha dado.

Pascal es la portavoz del PDeCAT y se presta a ser su cara visible en los malos y terribles momentos por los que transita su putrefacto partido, el que fundó el gran Jordiet Garbancito del Eixample. Lo cual dice de ella que, o bien es muy ingenua, o bien le han prometido algo en un futuro incierto. ¿Una consejería? ¿La embajada catalana en Prístina? Marta Pascal es un rostro joven con un destello de familia buena de las de pueblo del interior, auténtico y entrañable, y exhibe un aire de sana salud pastoril criada en una masía carlista, como la versión en joven y femenino de Francesc Homs, una vez que el pobre chico Homs está inhabilitado, amortizado y crepuscularizado.

La prosodia de Pascal la remite a un origen provinciano, comarcal, convenientemente alejado de los señoritos de Barcelona que fundaron la vieja -y corrupta- Convergencia, y desprende un aura como de persona verosímil, de las del campo, las abejas y las flores, la fiesta del segar i batre vista des del palco de los señoritos aunque luego baja y habla con el populacho sin remilgos y es tan natural y accesible. Ay... ¿quién no la recuerda bailando con la música de Els Pets en la festa major como una chica más, tan como asín, tan sencilla?. Pascal es de esa clase de señoritos rancios y a la vez campechanos, como lo fué el monarca Juan Carlos en su día.

Pero cuando hay que sacar el genio, Pascal va y lo saca. ¡Vamos si lo saca! Menuda es la Pascal. Porqué los de su clase saben que la clase se defiende con uñas y dientes. Ya lo decía Vázquez Montalbán: que en Cataluña solo queda una clase social con consciencia de clase, y esta clase es la burguesía, incluso la del sector porcino-rural, la de la Pascal. Ahora, por ejemplo, Marta Pascal solicita vía Tuiter -como un Trump de Idaho -uy, perdón de Vic- que la justicia (¡española!) empapele a la tertuliana de RAC1 Gemma Galdón por osar decir que el gobierno catalán es la cueva de Alí Babá, cosa que todos sabemos a ciencia cierta. Dice la Pascal en el Tuiter que quién insulta al governet catalán insulta a los catalanes, pero en eso comete un error monumental: a mi no me han insultado. ¿Acaso insultan al "pueblo de España" Pablo Iglesias o el español Pedro Sánchez cuando dicen que su gobierno es un gobierno de corruptos? Igual en España (en el "resto de España) están más sanos que en esa pobre Cataluña que es más española que la España de la meseta.

Marta Pascal es, como Carles Puigdemont, paradigma de la deriva rústica de la nueva política catalana. Estamos gobernados por rústicos exitosos, por descendientes de la pequeña menestralía rural y, cuando no, por hijos de los empresarios del sector porcino, procedentes de las lúgubres comarcas de la neblina y los purines vertidos ilegalmente.

Uno de los mejores cineastas catalanes de las últimas décadas, mi añorado Joaquim Jordá, dirigió una cinta gamberra y lúcida, "Un cos al bosc", mezcla de cine negro y de parodia de las esencias catalanas precisamente en la comarca de Pascal, la comarca de Osona. Vista a día de hoy, la cinta de Jordá es un retrato de la Cataluña profunda y lúgubre que quiere imponerse a la Cataluña real, con sus referéndums y sus martaspascals y sus carlespuigdemonts.

Haber nacido y vivir (todavía) en Cataluña es divertido gracias a personas como Joaquim Jordá. Pero es indescriptiblemente dadaísta gracias a personas como Marta Pascal, que podría haber aparecido en la cinta "Un cos al bosc" en el papel de la hija de un muy digno caciquillo de la región.

Si yo pudiese... le diría a Marta Pascal que se cuide de sus colegas de partido, que son gente muy cabrona. Cuidado, Marta, vete con cuidado y cuídate de que no te usen y te tiren luego, porqué eso ya lo han hecho varias veces, y sobretodo no te tomes tan en serio el asunto de eso de la "nación catalana" y sus derechos extramundanos, porqué en tu partido eso no se lo cree nadie y las patrias, ya lo sabes, son como los kleenex: se usan y se tiran cuando converge -perdón, cuando conviene. Al tanto que no te manden de embajadora catalana en Kosovo, que es un país independiente y con un clima por el estilo del clima de Vic, sí, pero un paisito de mierda.

20 de maig 2017

Cataluña y la infelicidad

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El derecho a ser feliz es un derecho desconocido en el derecho romano, el derecho civil, el penal y el constitucional. Como el derecho a decidir, es un derecho de apariencia pueril, delicadamente infantil. Uno puede querer ser feliz incluso sin poder definir qué narices es la felicidad, tal como uno puede decidir que quiere vivir 300 años. Pero... ¿ese deseo genera un derecho? Si uno reivindica el derecho a vivir 300 años ¿debe ser reconocido en una ley su derecho?

Algo así reivindican ahora una parte de los españoles que viven en el territorio denominado "Cataluña", que es una comunidad autónoma tratada con generosidad, paciencia y tolerancia extremas por parte del gobierno español. Hay una parte de los españoles de Cataluña que reclaman el derecho a decidir, que se presenta como una antesala de su felicidad. A menudo escuchamos cosas sobre la felicidad, que es un estado ilusorio, soñado, un estado límbico: la infancia es una etapa feliz, el día más feliz de mi vida (el día de la primera comunión o el de la primera boda, ambos con traje de luces blancas).

¿Nadie habla de la infelicidad?

Hace un tiempo leí que Albert Boadella dijo de que "la lengua catalana produce infelicidad" y en el primer instante me sentí perplejo e incluso apesadumbrado, ya que yo soy catalanohablante por vía materna, que es la única vía a tener en cuenta. Pero pasado el primer instante de perplejidad empecé a pensar que Boadella había dado en el clavo: la lengua catalana produce infelicidad tanto en los que la sufren por imposición de una oligarquía decadente, corrupta y crepuscular -hoy liderada por el extravagante señorito Carles Puigdemont- como en los que la hemos heredado, ya que nos obliga (so pena de ser tildados de traidores y botiflers y mals catalans) a defenderla más allá del sentido común.

La lengua catalana es la lengua de mi madre. Y por esa razón lo que publico en papel lo hago en esa lengua, y por esa razón la hablo y la quiero mantener viva. En mi trabajo como maestro de primaria me esfuerzo en enseñar esa lengua. Pero hasta aquí hemos llegado. No creo que existan "lenguas propias". No creo que los territorios tengan una lengua propia, porqué los territorios no hablan y la lengua catalana no tiene más derechos que cualquier otra lengua, y si la catalana ya no es la lengua con la que se relaciona la mayoría de las personas de esta región.... ¿con qué argumento se argumenta que la lengua catalana es "propia" de un territorio?

 Y, llevado por mi espírito crítico, también digo, con Boadella, que la lengua catalana no genera felicidad. Y es por algo parecido a eso que los hombres y mujeres que llegan a esta parte de España procedentes de otras partes del mundo no incorporan el catalán, una lengua latina que, por más latina que sea, no consigue desembarazarse del estigma de ser una lengua de señoritos, de señoritos de mierda que se imponen.

Hablo en catalán, intento enseñar el catalán a mis alumnos, publico novelitas en catalán. Pero hasta ahí. Creo que el idioma catalán tiene los días contados gracias a todos los furibundos estúpidos que quisieron imponerlo, gracias a todos los que han contribuído en hacer del idioma de mi madre una imposición antipática y odiosa, impuesta por una ley paradójicamente española. Aquí hay algo que no funciona pero que casi todo el mundo se calla, como sucedía con el imposible vestido del emperador.

Soy catalanohablante pero doy gracias al universo por ser bilingüe, y creo que poder leer a García Márquez, a Juan Rulfo, a Vargas Llosa, a Cervantes, a Quevedo y a Bolaño en versión original es un regalo de la vida. Más que nada porqué Salvador Espriu, Jaume Cabré y Martí i Pol me parecen muy mediocres. Aunque Juli Vallmitjana y Casasses y Salvat Papasseit son genios indiscutibles, quienes mejor me explican Cataluña en clave literaria todavía son Marsé, Casavella, Vila-Matas, Ledesma, Antonio Soler y Cercas.

15 de maig 2017

Robin Hood es catalán y se llama Marta Ferrusola

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¿El Ángelus de Millet?

Por lo visto, en la alta Edad media, en Inglaterra, hubo un forajido legendario cuyo nombre era "Robin Hood" que inspiró a varios escritores. El personaje obtuvo la máxima popularidad gracias a Walter Scott, un escritor romántico conocido por su novela "Ivanhoe". Según Walter Scott, Robin de los bosques era un asaltador de caminos que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Sabiendo que Scott era un romántico empedreído, un ingenuo y un mitificador, se entiende eso del "buen ladron".

En nuestros tiempos tan poco románticos abunda la figura reversa de Robin Hood: todos podemos citar de memoria y a bote pronto a un montón de ricos que roban a los pobres para repartírselo con los amiguetes. O con la família. Ese sería el caso, por ejemplo, de la señora Marta Ferrusola: una delincuente que expoliaba a su amado pueblo para robustecer el porvenir de sus siete hijos (en el número siete siempre hay leyenda y esoterismo).

El caso Pujol-Ferrusola es, aparentemente, un caso más de corrupción política española. Pero debe desconfiarse de las apariencias, metódicamente, por lo engañosas que son. El matrimonio Pujol-Ferrusola podría haber mangado más de 70 millones de euros, que escondieron en varios paraísos fiscales. Pero ahora, a Marta, ya le ha salido un exégeta (no sabemos si gratis o cobrando) que desvela un fondo menos simplón. Se llama Enric Vila y ejerce de tertuliano en TV3 y en Catalunya Ràdio. Vila defiende a Ferrusola con argumentos variopintos que tienden a convertirla en una suerte de Robin Hood catalán, católico y muy patriota de la patria catalana, que robaba a los españoles de forma legítima, ya que el objetivo del robo no era otro que el de darles el botín a los catalanes: a siete catalanes en concreto, que son -quizás por casualidad- sus siete hijos. Vila lo suelta sin ambages: la función de una madre verdadera, cristiana y catalana es velar por el bienestar de sus hijos. [No se pierdan el artículo, por favor: todo el mundo debe saber quienes son los intelectuales del proceso soberanista catalán].

A partir de aquí, en el caso Pujol-Ferrusola, las apariencias se desmoronan y aparece un fondo turbio, siciliano, apestoso. Una maldad oscura gorgotea -como la de aquellos monstruos de Lovecraft- y asoma en las maniobras que pretenden salvar o bien a la señora Ferrusola, o bien a su marido. Hace pocos días leí el primer intento de transformación alquímica del asunto: Francesc-Marc Álvaro, periodista del régimen, elaboró un articulo en el cual exculpaba a Jordi Pujol y atribuía toda la maldad a su señora esposa. El argumento de Álvaro es tan simple como peregrino: mientras el bon Jordiet se deslomaba en fer país, su siniestra esposa construía las cloacas catalanas y excelía en el latrocinio, que es otra forma de fer país. Álvaro, en su empeño por salvar al Cigronet de l'Eixample, insinúa que doña Marta es nuestra Lady Macbeth (¡al final será verdad que Shakespeare también era catalán!). Este periodista no se debe haber leído jamás "Macbeth", porqué, de haberlo hecho, sabría que Lady Macbeth solo anima a su perverso marido a que actualice sus deseos, pero no es ella quien delinque.

Después de Francesc-Marc Álvaro fundido a negro y entonces aparece el oscuro Enric Vila en escena y le añade un giro inesperado al cuento, con mitología patriótica y con tonos amenazantes, con música lúgubre de fondo. Su texto es un hito auténtico de la desfachatez, la obra de un siniestro aspirante a comisario político, un texto con tintes de un protofascismo escalofriante. La principal disculpa que le brinda Vila a la señora Ferrusola es que, al fin y al cabo, robaba -presuntamente, claro- a los españoles, esos que nos han robado tanto. Pero lo tremendo de verdad es todo lo demás: el terror que pretende y el deseo de una patria medieval, sanguinolenta, de un romanticismo gótico y pendenciero, de valores antiguos en guerra eterna y sin cuartel contra la transformación. En su patria soñada, -la de Vila y Ferrusola- la mujer adúltera será lapidada y el hereje, quemado. Ambos en la Plaza de Cataluña. O en la de Sant Jaume.

En mi segunda lectura del texto he sentido un aire gélido y tremebundo que me recorría el espinazo por dentro: si Cataluña se independiza gracias a tipos como Vila, deberíamos pensar en exiliarnos. Y no lo digo por decir: en una hipotética república catalana no mandarían las chicas enrolladas de la CUP, si no los SS Oberführer como Vila. Eso no pinta nada bien. 

A pesar del terror que me atenaza todavía encuentro instantes breves de buen humor, y en esos instantes es cuando creo que el vodevil secesionista está alcanzando cumbres de ignominia nunca sospechadas. La suma de los artículos de Alvaro y de Vila abunda en la hipótesis de que el separatismo catalán es, como me dijo años atrás un sabio, un fenómeno típicamente español, un ejemplo más de folklore profundamente español. Me temo que esta conclusión molestaría mucho a mucha gente -además de a los dos periodistas del régimen-, pero a mi me parece cada vez más clara.

Tan clara como que, si uno piensa en la fe católica profunda de la señora Ferrusola, comprenderá que la señora siempre tenía muy presente el dogma y la promesa del paraíso: el paraíso fiscal. La burguesía es una clase de gente poco dada a lo metafísico.

9 de maig 2017

En el sanatorio psiquiátrico catalán

el título de este apunte improvisado iba dedicado a Marta Ferrusola, la madre superiora. Pero prefiero dedicárselo a Ramón de España, autor de "El manicomio catalán". Soy incapaz de decidir cual de los dos me ha regalado más carcajadas. En cualquier caso, reír es bueno.

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Aunque afirmar que Cataluña ha sido alguna vez una nación es un disparate (hablando en términos científicos), sí se puede hablar de reyes "catalanes", así, entre comillas siempre. Condes y demás gaitas nobiliarias más o menos catalanas. Sin embargo, la historia de los reyezuelos pseudocatalanes está teñida por una especie de mala suerte endémica, rara, mitológica. ¿Será una maldición? Nombro algunos casos sintomáticos: Pere el Gran, que debería ser recordado como Pere el Dipsòman, sufrió una derrota monumental al pillar el ejército enemigo las huestes catalanas en estado de embriaguez. Una victoria fácil y vergonzosa. Luego están el pobrecito Martí l'Humà (llamarle "el humano" a un rey contiene una sorna que cada uno debe decidir de qué se burla), o Ferran d'Antequera. Repasar la biografía y las grandes decisiones de estos monarcas da alguna pista sobre la mala sombra apoteósica que se ha cernido sobre la desdichada Cataluña des de tiempos inmemoriales. Podría detenerme ahora en el gafe de Guifré el Velloso, pero no lo haré, quizás otro día.

Podríamos hablar también de la Guerra de Sucesión (esa guerra tan cacareada por nuestros amiguetes indepes y llorones, la del 1714 de marras), en que la nobleza catalana, ante el dilema, eligió al bando perdedor para sublimar su conflicto -antes de Freud, con mucho mérito. Los nobles catalanes de 1714 fueron algo así como nuestro Fernando Alonso crepuscular, el que escoge los equipos perdedores. Estoy seguro de que los historiadores de verdad podrían aportar muchos más ejemplos de este mal fario. Es como si, a la hora de la verdad, quién ostenta el poder en Cataluña siempre hubiera optado por impedir que el "país" fuese un estado escogiendo la alternativa más pésima. Quizás hay algún complejo profundo y colectivo. Renuevo la solicitud para que nos traigan un crucero repleto de psiquiatras de Buenos Aires (sin polizones futbolistas, por favor).

Por estos días se ha publicado la conversación entre el ministro García Añoveros con las delegaciones vasca y catalana en el inicio de la Transición: pues bien, resulta que García Añoveros ofreció el mismo tipo de "concierto económico" a vascos y a catalanes. Los primeros lo aceptaron, los segundos lo rechazaron. Ramon Trías Fargas, por el lado catalán, no le veía claro, porqué es de catalán el tembleque de piernas: se le hizo muy cuesta arriba recaudar impuestos y gestionarlos, y creyó que era más inteligente lloriquear cada año pidiendo limosna en Madrid. Si uno lo piensa bien, ahí está otra vez la maldición catalana: en esta ocasión, los señores de Cataluña prefirieron las quejas periódicas, el "peix al cove" y los lamentos que alimentan el patriotismo catalán. Ese patriotismo llorón que todavía hoy está instalado en las meninges del último presidentet de la Generalitat: "Espanya ens roba i no ens deixa votar". La opción de Trías Fargas y la Convergencia de entonces garantizaba el nacionalismo futuro, el pedigüeño y ramplón, ese que tantos buenos resultados electorales les da aunque sea a costa de empobrecer al ciuadadano (y de agobiarle con tanta lagrimilla patriótica). La opción de Trías Fargas permitió que Pujol se enquistara en la Generalitat y ese quiste es el origen de un tumor que, hoy por hoy, todavía no se ha extirpado.

Ahí quería llegar, claro, a Pujol. El señor marido de Marta Ferrusola, la señora florista que tantas carcajadas (¡increíblemente gratis!) nos está ofreciendo con ese léxico anticlerical tan inesperado en una beata de la zona alta barcelonesa. ¿Quién nos iba a decir que Ferrusola no se reía tan solo de Cataluña, sino también de la Santa Madre Iglesia -y por extensión de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Quién habría pensado que Ferrusola era un poco como Rusiñol y Pitarra, los dramaturgos catalanes que más se han cachondeado de la burguesía catalana? Y qué pena que nuestro querido Albert Boadella ya no ande por aquí -harto y más que harto de la feliz parejita que mora en la calle General Mitre de Barcelona... [¿Eligieron los Pujol una calle con nombre de militar argentino por algún motivo que no sabemos? ¿Pensaban que el general Mitre era un general panameño?].

Si en los últimos 30 años Cataluña no ha pasado de ser una región autónoma en decadencia se debe, sin duda alguna, a la gestión de Pujol (senior). Pero no sólo a su gestión, si no también y sobretodo a su concepción de la política, de la relación entre Cataluña y España: su desaforado interés por mantener una pseudotensión de peixos al cove y de lamentos dignos de beata de misa de doce en la iglesia de Sarrià, solo es comparable en su desaforada afición al mangoneo, el latrocinio y la mezquindad, para cuyas aficiones no duda en usar el nombre de su padre difunto, ese Florenci mítico que, si ustedes recurren a la hemeroteca van a alucinar con su biografía: si el franquismo era un régimen de mangantes, ¿cuán mangante no debió de ser Florenci, que ya fue investigado incluso entonces por sus desmanes financieros? Florenci Pujol fué un emprendedor catalán avant la lettre, un referente, un visionario. Es conocido de todos: los catalanes somos el motor de España. Florenci no solo fue el motor de su hijo y de sus siete nietos, si no también de Ignacio González, de Francisco Correa, de Rita Barberá, de Granados, de Camps, de Millet, de Fabra...

No podemos soslayar otra verdad objetiva: del pujolismo de anteayer al soberanismo de ayer y al independentismo de hoy no es que haya un palmo de distancia, es que el uno es el hijo del otro, y así sucesivamente. Dicho de otro modo: sin Pujol el mangante, hoy no tendríamos a Puigdemont y su referéndum sí o si en el Palau de la Generalitat ni a Arturito Mas en la papelera de la historia pero asomando el hocico por el borde de la papelera. Sin Pujol -y sin Ferrusola-, Puigdemont estaría horneando cruasanes en la fleca de sus padre y muy posiblemente se habrá cortado mejor esa pelambrera tan poco apta para currar, y Mas estaría solicitando una PIRMI. (Y Forcadell dando clases en la escuela de primaria de donde no debió de haber salido jamás, aunque deberíamos lamentar la mala suerte de los niños que hoy fuesen sus sufridos alumnos). Sin Pujol y sin Ferrusola, todo el mundo conciliaría mejor el sueño reparador.

Sin Pujol y sin Ferrusola, todos hubiéramos sido más felices, aunque algunos menos ricos. Sin Pujol y sin Ferrusola, el asunto lingüístico en Cataluña andaría por sendas más racionales y casi seguro que el modelo de lingüístico escolar catalán se parecería más al vasco, que es mucho más serio y más sabio. Sin Pujol y sin Ferrusola, la Generalitat no sería ese monstruo torpe e ineficaz, macrocéfalo e inútil. Sin Pujol y sin Ferrusola quizás la Tv3 sería un canal digno, bilingüe y respetuosos con todos los que pagan impuestos en esta region autónoma. Sin Pujol y sin Ferrusola, quizás José María Aznar no habría firmado ningún pacto en el Hotel Majestic. Sin Pujol y sin la beata Ferrusola, Francisco Homs no sentiría el crujir de dientes que siente ahora, tras su inhabilitación, y mi vecina del primero no andaría renovando cada seis meses su estalada del balcón, que se le aja y se le corrompe con ese sol ibérico obstinado en estropearle el trapo a la pobre, que cuando se compró la primera le dijeron que en cosa de un año ya podría retirarla porqué íbamos a ser una república indepediente en un plis-plas. Solo el dueño del bazar chino que le vende las esteladas se frota las manos y sonríe con sus ojitos rasgados, parecidos a los ojitos rasgados de Pujol Padre.

Nada, lo que dije: lo de Cataluña es un caso de mala suerte palmaria, cósmica. Antes nos tocaban reyezuelos inútiles y ahora votamos a los inútiles -cuando no mangantes. Y luego sale uno y dice que no nos dejan votar. Por favor: ¡que no nos dejen votar más!

6 de maig 2017

Las naciones del baronet Pedro Sánchez

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Si me dan a elegir, elijo a Pedro Sánchez antes que a Susana Díaz. Pero ha llovido mucho desde cuando me sentía próximo al PSOE y a sus cuitas. Ahora ese partido me trae más bien sin cuidado, como casi todos. Soy uno más de la legión de españoles vulgares que se sienten poco inclinados hacia las cosas de los partidos. A veces sueño que llega un partido nuevo y reluciente, sano, dispuesto a arreglar el país. Pero por ahora siento distancia y poco más hacia casi todos los políticos. Mi distancia de los partidos es la misma -y tiene las mismas causas- que la que me distancia de otras causas, casi todas muy nobles: ecologistas, animalistas, partidarios de las dietas saludables, veganos y macrobióticos, conspiracionistas, asamblearios, etc.

A lo mejor es por la edad que me siento distanciado: superar los 50 produce algo que todavía no defino con exactitud y me temo que tardaré en hacerlo: solo se que las cosas y los fenómenos se conocen con el tiempo, sin prisas, dejando que el conocimiento actúe a su ritmo, que es un ritmo lento. Hay algo de paciencia agrícola y de incertidumbre metódica que le llega al cuerpo, sin propónerselo, una vez ha superado las cincuenta vueltas al Sol montado en el planeta Tierra.

Cuando viví en Extremadura, un extremeño se puso a reflexionar -con locuacidad etílica, todo sea dicho- comparando el talante y la historia de su pueblo y el mío, porqué sabía que yo procedía de Cataluña e intuía un delirante empeño redentor en mi viaje hasta aquella tierra majestuosa, como si la llegada de un catalán pobre abriera puertas en su mente y, de repente, descubriera algo importante de veras. Lo único que es de veras es que yo llegué a Extremadura siendo pobre como las ratas -si es que tiene algún sentido hablar de la pobreza de las ratas.
Me dijo:
-El problema de Extremadura es la dejadez.

Y luego disertó sobre la idiosincracia catalana: dijo que los catalanes son emprendedores, activos, creativos, etc. "Los extremeños, en cambio, nos perdemos en la pereza y las cañas de media tarde, y toda la energía se nos va con las cañitas y las tapitas". Yo me callaba. Creo que mi amigo cacereño (de buena familia, por cierto) no hubiese entendido mis objeciones a su comparación. Yo siempre he sospechado que los humanos que vivimos por debajo de los Pirineos somos muy parecidos en lo esencial, y solo nos diferencia una voluntad de diferencia algo enfermiza pero a todas luces falsa. Y además, para qué negarlo, nuestras respectivas oligarquías son idénticas. ¿En qué se diferencia un cacique extremeño de un cacique catalán? En nada.

-El problema de la clase pobre catalana es la dejadez- creo que debería haberle respuesto. Pero eso lo pienso ahora.

A no ser que uno recurra a conceptos de un romanticismo trasnochado, como lo es el nacionalismo, jamás encontrará diferencia relevante alguna entre los territorios peninsulares. Y todavía digo más: a veces creo que la oligarquía catalana es más perversa y más nociva que la de Cáceres. Y quizás -solo quizás- los plebeyos catalanes somos más sumisos y más dóciles que los plebeyos extremeños. Se que eso es difícil de demostrar, pero si uno compara los datos cuantitativos de los fusilados por la represión de la postguerra de Franco en Extremadura y en Cataluña se dará cuenta de que Franco se ensañó en Extremadura y en Andalucía y que, sin embargo, trató con delicadeza a Cataluña. Y no me salgan con Carrasco i Formiguera, que ya me tienen harto.

Por todo eso me ha decepcionado el discurso de Pedro Sánchez en que afirma -con la euforia de los aspirantes jóvenes y eufóricos- que "España es una nación de naciones y Cataluña es una nación". ¿Qué arrebato romántico afecta a Pedro? ¿Se trata solamente del intento de arañar unos votos catalanes para avalar su candidatura? No tengo ni la más remota idea de las respuestas a esas preguntas. A mi me parece que España es un estado y Cataluña una de sus regiones autónomas. Pero... eso de la "nación", ¿qué demonios es? Que en Cataluña exista una masa de personas -por fortuna minoritaria- que tenga sentimientos identitarios no significa que exista una nación catalana, ni que deba existir una categoría legal para colmar un sentimiento: cuando alguien ama locamente a otra persona, no por eso la otra persona se convierte en su esposo/a. Los políticos deberían conservar un cierto empeño pedagógico.

Y además... cuidado con la palabrita "nación", Pedro: uno la nombra y luego no sabe donde termina. La historia de Europa está llena de desastres con millones de muertos sacrificados en el altar de la nación, y la mayor parte de los cadáveres fueron, antes de ser muertos, personas a quienes el asunto nacional les importaba un carajo.

Olvídate de las naciones, Pedro -le diría a Pedro. Habla de los derechos y la desigualdades, y de los derechos constitucionales que no se cumplen, que son muchos. No te metas en camisas de once varas, porqué una de esas varas te va a partir el corazón.

1 de maig 2017

Sant Jordi convierte el oro en mierda



El mito de la "caseta i l'hortet", que era el ideal civil del novecentismo catalán, nos llevó a la burbuja inmobiliaria y su estallido demoledor. La sacralización del libro y su "fiesta" del 23 de abril nos ha llevado al "Sant Jordi" de este año, en que -¡por fin!- ha iniciado su declive. La codicia se lleva por delante los ideales y lo hace con la habitual desmesura, con desvergüenza infinita. Lo que empezó como algo cívico, culto y lindo termina en abuso y en estupidez.

Por primera vez en mi vida, al día siguiente de Sant Jordi he visto más críticas que elogios, más hartazgo que ilusión, más pesadumbre.

Andreu Martín, decano de la novela policial catalana, ha publicado una carta al director de El Periódico en la que, muy enfadado, proclamaba que "este [modelo de] Sant Jordi no es para mi, que no me esperen más". Uno se imagina a Martín sentado en un puesto de libros, bolígrafo en mano, deseando a estampar su firma a los compradores que han adquirido alguna de sus novelas. Muy de vez en cuando acude alguno, despistado o pariente o conocido. A su lado, un famoso "youtuber" firma miles de ejemplares y la cola ante él se le antoja infinita a Martín.

Una librería barcelonesa, bastante nueva pero emblemática, ha decidido no participar de la fiesta y se monta su propio "Sant Jordi", fuera del circuito. Proponen un nuevo modelo, sin novedades ni autores mediáticos ni best sellers. Una bloguera que sigo con admiración, persona de talante conservador pero analítica y lúcida, escribió sobre la vergüenza que le produce la deriva de "Sant Jordi", esa fiesta del libro comercial y la rosa de invernadero. Hay que nombrar a las cosas por su nombre, sí señora.

A mi me extraña que los ecologistas todavía no hayan levantado sus iras contra el genocidio masivo de rosas de cada 23 de abril, cuando el planeta masacra la flor mística para beneficio de unos cuantos bolsillos. Ya le llegará su sanmartín: cuando algo entra en declive, todo le son pulgas.

El día 26 de abril, tres días después de la feria de los codiciosos, me fui a una librería de la calle Verdi y me compré "El día del Watusi", la grandiosa novela de Francisco Casavella que llevo tiempo deseando leer. Unos años atrás habría ido a comprarla a un puesto de Sant Jordi, pero ya no me da la gana. Lo hice tres días más tarde, armado con la paciencia del que sabe que la venganza se sirve fría, como el Chardonnay. Me sorprendió ver la librería bastante llena de público que preguntaba, miraba e incluso compraba. En sus ojos vi que les sucedía lo mismo que a mi: nos hemos esperado a que pase la fiesta para no engrosar las cifras de la tontería. Fue entonces cuando pensé: quizás esa juerga de la codicia ha empezado su declive. Amén.

Lo de "Sant Jordi" es el cuento del Rey Midas pero con un epílogo nuevo: el rey convierte en oro todo lo que toca, pero un tiempo más tarde el oro se le convierte en mierda putrefacta. Ese nuevo cuento podría aplicarse a la historia general del capitalismo, que es la versión técnica del pecado de codicia para tiempos descreídos.

Todos los desastres tienen unas causas reconocibles. Tras el asunto de "Sant Jordi" yo he descubierto algunas, que no son ni las únicas ni las mejores:

  • Cuando yo era pequeñito, el 23 de abril era Sant Jordi, el "Día del libro". Ahora es "Sant Jordi" a secas, más en consonancia con la euforia nacionalista que arrasa Europa y emponzoña la vida en Cataluña.
  • Un fenómeno extraño recorre el mundo: la sacralización del libro y de la lectura, inversamente proporcional a la caída de lectores y compradores de libros. Trabajo como docente de niños pequeños, y ayudarles en el aprendizaje de la lectura es lo más importante de mi tarea. Saber leer es muy importante, vaya eso por delante. Pero no más que saber convivir, ser analítico, ser crítico, curioso. Hay libros buenos, libros malos y libros malísimos: saber distinguir entre ellos es esencial. 
  • La prensa y su manía por los ránkings y los números: no entiendo esa obsesión de la prensa por hablar de los libros más vendidos, como si el dato numérico contuviera alguna verdad de la buena. Si fuese así, McDonald's sería el mejor restaurante del mundo, y que se quite la dichosa Guía Michelin. Eso lleva tiempo sucediendo -y va a más-. Por eso, la protesta de Andreu Martín me parece ingenua: ¿no se había dado cuenta hasta ahora de que ese Sant Jordi no es para él si no para Pilar Rahola y los youtubers?
  • Hablando de cifras: se habla de los números de libros más vendidos porqué no hay forma de contabilizar la lectura. ¿Cuál será el libro más leído? El análisis cuantitativo es impotente aquí y es por eso que deviene ridículo. De los miles que se han comprado el último Rahola, solo unas decenas se lo van a leer: esa afirmación es gratuita e intuitiva, y la escribo para demostrar la papanatez de los números y los ránkings. (Bueno, y también la escribo porqué no soporto a Pilar, la trabucaire).
  • Las estrategias comerciales de las editoriales presentan el libro tal como Nike sus nuevas zapatillas, Decathlon sus vestimentas para runners o Jean Paul Gaultier un perfume. La palabra "literatura" ha desaparecido, la crítica literaria es residual y el ensayo literario ha muerto.
Debo añadir algo más, y advirtiendo que es una apostilla prescindible que solo me atañe a mi: un día antes del 23 de abril tuve la mala suerte de escuchar el discursito del esforzado Puigdemont, que arengaba a los catalanes a salir por Sant Jordi y comprarse rosas y libros. Dijo que pasearse por la calle con un libro y/o una rosa es un acto de afirmación de la identidad catalana. Fue así como Puigdemont me dió la estocada definitiva que me dejó encerrado en casa el día 23. Me quedé encerrado y escribiendo mi novela: nadie es perfecto, ni del todo coherente. El día 26 compré un libro y el 21, dos.

27 d’abr. 2017

Lluís Llach, martillo de infieles

Resultat d'imatges de com un arbre nu

Arthur Rimabud fue el poeta más excelso de su siglo, luego dejó la poesía (o ella le dejó a él) y reapareció más tarde en la remota Abissinia. Se había reinventado a si mismo: en Abissinia, Rimbaud se dedicaba al tráfico de armas, era un oscuro contrabandista de ánimo suicida. Me gustan las personas capaces de reinventarse, de transformarse. Estoy seguro de que Rimbaud se hartó de ser el niño prodigio de la poesía francesa y decidió que la vida es demasiado solo una para vivirla solamente en el Parnaso de la poesía de un imperio decadente.

En la dimensión catalana, las cosas transcurren por otro orden, ya que la idionsincracia catalana es otra. Es el caso de Lluís Llach, que ni fue Rimbaud poeta ni Rimbaud contrabandista, pero que tal como el galo, se transformó. Cuando supe que el viejo cantautor Lluís Llach se había metido a traficante de vinos caros sentí un estremecimiento: ¿era nuestro Rimbaud bajo el microscopio catalanet? Años más tarde Llach dejó los vinos y se puso a defender nobles causas allende los mares, y fundó una organización, en Senegal, para ayudar a los chavales de la zona a labrarse un futuro más digno. De nuevo me chocó el cambio, puesto que esa nueva encarnación contenía algo de romanticismo, aunque muy residual.

Más tarde supe que Llach se había apuntado a las listas electorales de un partido de la derecha nacionalista catalana y entonces pensé que al final todo vuelve a su cauce, que quién tuvo retuvo y que la vida es eso, un lento y laberintico regreso a los origenes. La cabra siempre tira al monte y el niño bonito a la mansión de papá. Llach fue niño de casa buena y por fin regresa con los suyos, pensé. El engendro electoral al cual se apuntó el viejo cantautor se autodenomina "Junts pel Sí", y es eso, el retorno al hogar, una elíptica apelación a la (re)unión de la clase, de la familia.

Cuando yo era muy joven podía clasificar a las personas entre franquistas y demócratas, sociatas y pujolistas, heavys y mods (y punks, y hippies), porreros y pastilleros, entre catalanets i charnegos... y entre seguidores de Joan Manuel Serrat vs. seguidores de Lluís Llach, por entonces un cantautor algo melifluo que oscilaba des de la "canción protesta" hasta la lírica, el género pastoril ("País petit", Vinyes verdes"), algunas veleidades new age ("Un pont de mar blava") y un rollito panmediterráneo bastante impostado. Joan Manuel Serrat encarnaba otra visión de la música popular más suelta y desenfadada, dotado de un sentido de la poesía más espontáneo, creíble, de la calle. Serrat era capaz de transitar del castellano al catalán y viceversa y era un excelente musicador de grandes poetas: de entre su obra destaco las versiones de Machado (en castellano) y de Joan Salvat Papasseit (en catalán). Recuerdo algunas discusiones tabernarias sobre el dilema Serrat/Llach, siempre entre cervezas y en baretos del barrio, al lado del instituto -que entonces se llamaba "San José de Calasanz" y hoy "Moisès Broggi".

A mi, el debate entre los dos cantautores me pillaba un poco con el pie cambiado, porqué yo era más de King Crimson y de David Bowie, pero incluso así y siendo yo por entonces un insufrible petimetre imberbe y bastante simplón, me olía que los fans de Llach eran los mismos de la Chiruca, del foc de camp, de los excursionistas de excursiones con trasfondo patriótico y cristianodemócrata, los que liaban barullos en clase cuando el profesor profesaba en catalán (aunque fuese recién llegado de Portugalete), los que armaban poemas rimados y rodolins en donde, inevitable, aparecía el asunto catalán y los pareados con país/feliç, catalana/magrana, Empordà/Shambalà, Pujol/Ferrussol. Los del Serrat me parecían gentes más relajadas, más abiertas de mente. En caso de buscar cita con una chica, era más atinado y más aconsejable intentarlo con una de las de Serrat, ya que las espectativas copulatorias aumentaban de forma exponencial. (Y perdonen la posible deriva machista de la oración, ya que si yo hubiese sido una chica que buscaba rollo, ahora diría lo mismo hablando de los chicos del Serrat).

[Alguien debería hacer un trabajo de antropología cultural que estudie la tremenda influencia de las letras de Llach en el imaginario catalán de más de una generación de poetas aficionados y lletraferits de medio pelo, y en el lastre de ramplonera ridiculez conceptual que les dejó. Durante décadas, muchos catalanes solo leyeron poesías de Llach y de Martí i Pol, y eso se nota.]

Pasaron los años y Llach devino diputado regional, como antaño Rimbaud contrabandista. Y hoy, cuando la derecha nacionalista catalana se transforma en independentista para reinventarse -como forma de supervivencia in articulo mortis-, va el antiguo cantautor y amenaza a los pobres trabajadores públicos (infermeras y médicos, policías, maestros, asistentes sociales, conductores de autobuses) con sanciones y represalias si no obedecen a las leyes del gobierno regional que todavía no existen. ¡Vamos! Ahora si que ya no entiendo nada de las transformaciones de Llach: justo cuando termina de promover la desobediencia civil, va y amenaza a los posibles desobedientes. Si desobedecer a la Constitución española es legítimo (y democrático, y fantástico y genial), desobedecer a la legislación regional debería ser lo mismo, ¿no?. ¿Se puede construir una desobediencia "transitoria" y caducable?

¿Se puede defender que es bueno desobedecer a las leyes de España pero que es malo desobedecer a las leyes de la región catalana? ¿Qué principios morales argumentan eso?

El señorito Llach, antes cantautor y ahora martillo de herejes, debería pensar un poco más antes de hablar. Pero debe creer que su pasado de artista le habilita para soltar lo que sea, incluso sin fondo de piano y violines. Eso nos pasa a muchos, lo reconozco. El señorito Llach canta de nuevo pero ahora desafina mucho, ya que debería recordar que los trabajadores públicos (clase por la cual los bohemios de rancio abolengo como él sienten un desprecio profundo, lo se) han prometido -o jurado- acatar la Constitución. Y en virtud de esa promesa cobran a final de mes, pagan sus alquileres, los colegios de sus hijos, compran en en el Mercadona del barrio. Los trabajadores públicos han prometido lealtad a la Constitución que es la misma Constitución que le permite al señoret Llach ser diputado regional y disfrutar de su sueldo y privilegios, por si no lo recuerda.

El viaje a Ítaca, que es palabra esdrújula y no llana, tal como él la cantó por desidia, toma un giro chungo, feo y autoritario, una deriva amenazante y chulesca que no parece encajar con el lirismo humanista internacionalista de algunas de sus canciones.

Debo decir que aplaudo ese gesto de Llach, esa desfachatez autoritaria que revela el rostro oculto tras el discursito hiperdemocrático de los secesionistas, la sonrisa de la hiena oculta tras la revolución de las sonrisas. Es bueno que se muestre lo que hay: cada vez somos más los que no tan solo no queremos la independencia de la pobre Cataluña si no que además nos provoca mucha grima el asunto. Los independentistas han conseguido tomar un aire como de Donald Trump, aunque el tupé de Mas decaiga y el de Llach esté ausente -bajo ese bonete casi papal. Quién le iba a decir al viejo vinatero del Priorat (a 75 euros la botella de Masia Llach en el súper) que con su diarrea verbal iba a hacer mucho más petit a su país petit.

* * *

Aunque yo todavía prefiero a King Crimson, creo que Serrat hizo una extraordinaria versión de la "Saeta" de Antonio Machado, y que Lluís Llach hizo una canción que no está mal, "Com un arbre nu". Haría bien en escucharla ahora, atento a su significado olvidado, el diputado martillo de trabajadores descreídos: "som el món sencer i també el no-res", decía entonces el hoy aspirante a Torquemada de país petit. ¿Era Torquemada catalán, como Colón y Cervantes? ¿Era Torquemada en realidad uno de los Torres i Cremades de Sant Esteve d'en Bas, cerca de Amer?

22 d’abr. 2017

Roberto Calasso en Ca n'Anglada, 23 de abril, 2017


Hace algunos años decidí no comprar ningún libro el día de la Fiesta del Libro. No se trata tan solo de mi vocación rebelde ante los mercaderes y sus eventos, se trata tambien de mi dificultad para lidiar con las aglomeraciones, los empujones, esa sensación de ahogo que me asalta. Además de mis prejuicios está una disposición anímica. Pudiendo ir a la librería cuando está silenciosa y solitaria como un buque abandonado en alta mar, ¿quién quiere someterse a los agobios de la masa?

Sin embargo, en el puesto de venta de libros que hicieron los alumnos de sexto curso en el colegio donde trabajo, me compré un par de libros. De segunda mano, por supuesto. Me gasté cuatro euros y así les ayudé a recoger dinero para su viaje de fin de curso. Muchos de esos niños y niñas van a viajar poco o nunca para divertirse a lo largo de sus vidas ya que, aparte de los viajes a Marruecos para ver a la familia, les espera una vida que casi nunca rebasa los límites del barrio. Ca n'Anglada es un barrio de esos que antes llamábamos "pobres" y ahora "desfavorecidos" (palabra, esa última, sobre la que podría escribir un tratado). El barrio -sus bloques prietos, feos y enfermos, sus callejuelas, su proximidad con el torrente- lo construyeron para unos pobres de antaño. Lo construyeron unos señoritos catalanes de buenos apellidos, todavía presentes hoy, y entonces ¡presentes! en su adhesión al franquismo por la misma razón que hoy al soberanismo: por instinto de supervivencia de clase. Aquéllos pobres de antaño se fueron muriendo, y muchos emigraron hacia barrios más lindos seducidos por la sirena de las facilidades hipotecarias y el ensueño de la buena vida que vendían políticos y banqueros. La mayoría de aquellos pobres eran los pobres que se quedaron sin chabola -sin nada- con las riadas de 1962. En este país incluso las riadas favorecen a los señoritos. Los pobres de hoy -los pobres sustitutos de los viejos pobres- llegan huyendo de la riada de miseria que azota sus regiones de origen: nada es más global que la miseria.

El vacío que dejaron los antiguos pobres lo rellenó enseguida una oleada de pobres nuevos, que acudieron de un poco más lejos pero con la misma obcecada voluntad de ejercer de pobre, de mano de obra barata y de paria en la "terra d'acollida" que es un país lejano, frío y antipático. Lo malo del asunto es que los tiempos han avanzado mucho y siempre en contra suya, ya que esos nuevos pobres tienen menos posibilidades de salirse de pobres que los antiguos. Es así como funciona el progreso en nuestra querida, trágica España, ese país tan literario.

Suelo pasear por el barrio a la salida del trabajo y a menudo compro en los colmados y las fruterías de los moros. Me dejo seducir por la nostalgia, los precios bajos y la suave penumbra de esas tiendas, que me recuerdan a los colmados de la España de mi infancia. Aquí no se escucha a nadie hablar catalán: quizás sea esta su venganza de clase, parece que todavía queda algo de aquella antigua dignidad del pobre.

Uno de los libros que me compré fue "Las bodas de Cadmo y Harmonía", -dicen que- lo mejor de Roberto Calasso. Edición de Anagrama, octubre de 1990. Al llegar a casa puse el libro en la mesita ante el sofá y me quedé meditando, como hipnotizado por el color amarillo crema desleído por el transcurso de cinco lustros. ¿Cómo llegó este ejemplar al puesto de libros del colegio? Alguien lo donó, ya que la oferta de libros se nutre exclusivamente de lo que las familias han donado. Siento el impulso de buscar la dirección postal (electrónica más bien) de Calasso para contarle que su libro estaba en el puesto de un barrio muy pobre de Cataluña, y que estoy maravillado de que eso haya sucedido. ¿Qué historia habrá detrás de ese ejemplar? Lo hojeo con nervio, ávido de encontrar alguna pista: un papelito olvidado entre las páginas, una anotación, algo, cualquier cosa. Pero no hay nada. Apenas un poco de polvo. Contemplo su aspecto con mayor detenimiento y llego a sospechar que nadie, jamás, leyó el libro: está demasiado impecable y no se detectan en él los rastros de haber sido abierto ni una sola vez. Eso me decepciona, y para evadirme de esa emoción recurro a pensar en otro asunto, más egocéntrico: quizás el destino del libro era justamente ese, llegar a mi casa y empezar a ser leído, por primera vez, en una tarde de viernes 27 años más tarde de haber sido impreso, religado y mandado al mercado. 27 años de bella durmiente a la espera de ese momento.

Lo mejor de la vida son esos instantes en los que uno percibe la magia, lo extraño e imposible de descifrar. Que eso suceda en un barrio pobre y maltratado me fascina. Si tuviese la mente prodigiosa de J.L. Borges podría escribir algo interesante de veras a propósito de Roberto Calasso, su libro y el chiringuito en donde lo compré. Pero eso no es así y debo conformarme con ser quién soy, y debo estar agradecido por los paseos de esas tardes en Ca n'Anglada, y esa tarde en concreto, con el libro de Calasso en la mochila... Entonces caigo en la cuenta de algo y me detengo, como cegado por una luz misteriosa, más o menos como la luz que descabalgó a Saulo de Tarso: el otro libro que les compré a los alumnos de sexto es un curioso libro de relatos de Friedrich Dürrenmatt, "La muerte de la Pitia" (Tusquets, 1990 -de nuevo 27 años de letargia). ¡La Pitia! Otra referencia al mito griego, y yo sin darme cuenta... ¡hasta ahora! Y en ese instante siento que la vida es algo de veras muy raro, y que Ca n'Anglada, ese barrio pobre y sucio, es el mejor lugar del mundo.

19 d’abr. 2017

Los mejores son los de mi pais

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Hace unos cuatro años, mi amigo el poeta madrileño llamado Neorrabioso escribió un artículo maravilloso en su blog que trataba de este asunto: de que los mejores deportistas son, siempre e invariablemente, los de mi país. Empecé a admirar a Neorrabioso por ese texto y luego me enamoré de muchos otros de sus textos, tan audaces como lúcidos. No pondré enlaces: si alguien siente curiosidad por leerle le va a encontrar, ya que es tan público y diáfano como pretendo serlo yo. Me compré su libro de poemas "Batania. Neorrabioso. Poemas y pintadas", Ediciones La Baragaña. En la portada, la foto de la pintada en un muro madrileño que reza: "Liberqué. Igualiquién. Fraternicuando". Brillante. Llevo cuatro pensando en darle la réplica al artículo sobre el patriotismo deportivo, y pensando en como hacerlo en clave actual y catalana, puesto que me ha sido dado el azar de ser catalán (lo cual es complicado porqué si te escuchas a Pilar Rahola, lo de ser catalán es como lo de ser israelita, y si te escuchas a Anna Gabriel es como ser palestino).

Un poeta madrileño lo cuenta de maravilla: la prensa y la vox populi están de acuerdo en que los mejores deportistas son, siempre, los de mi país.

"Cuando yo era muy niño supe de la existencia de un boxeador cuyo nombre era José Manuel Urtain. En realidad, para aquel niño se trataba de Urtain, simplemente Urtain, sin José Manuel. Luego conocí su sombre completo, y he deducido que debería ser Urtaín, con acento en la í. Lo de “Urtain” debió de ser un apodo, ya que según consta en los documentos con valor documental, la nomenclatura oficial era José Manuel Ibar Azpiazu. Dicen por ahí que lo de Urtain lo tomó del caserío en donde creció.

Hay detalles en la vida de José Manuel Ibar que invitan a pensar en una infancia difícil, desde la cual se llega en línea recta al asunto de los puñetazos, a esa metáfora de la supervivencia entre los humanos del planeta Tierra llamada boxeo. En realidad, creo que toda su vida fue amarga y retorcida. Sus éxitos pugilísticos solo agitan unas chispas de luz en la tiniebla.

¡El boxeo! Es un deporte curioso, ya que el nombre del deporte coincide con la declinación el verbo boxearen primera persona singular del presente de indicativo: yo boxeo. Se trata de un asunto psicolingüístico interesante, y más aún si piensas que, en catalán, el fenómeno es completamente distinto.

Con el transcurrir de los años he superado mis prejuicios de socialdemócrata y progresista nacido en la ciudad de Barcelona, y he comprendido algo sobre la poética estricta y tensa del boxeo. Arthur Cravan me ayudó bastante a olvidar mis quejas, aunque fue el fabuloso poema cinematográfico de Isaki Lacuesta “Cravan versus Cravan” quién me empujó a la nueva mirada sobre ese deporte. Debo decir que mi debilidad por el dadaísmo es antigua. Adoro ese momento, su estética, su capacidad tan enorme para subvertir el ridículo, para devolver algo de humildad a ese ser engreído.

Conocí a Urtain porque un 6 de enero por la mañana –mañana de Reyes– apareció entre los regalos de sus majestades mágicas un objeto de lo más dadaísta. Estoy hablando de un año que podría ser 1969 o 1970. Se trataba de una mezcla de títere y de muñeco articulado, un boxeador de plástico de unos 30 centímetros, provisto de una faldita verde de lana afelpada bajo la cual se podía introducir la mano con la que se sustentaba el invento y permitía el acceso a un resorte, un pulsador mediante el cual el boxeador agitaba sus brazos (con las manos enfundadas en unos guantes marrones) simulando unos ganchos terribles.

— Se llama Urtain —es todo lo que recuerdo que me contaron.

Aún siendo muy niño me interesé por Urtain mientras agitaba el muñeco y propinaba unos golpes demoledores a un aire en el cual imaginaba mandíbulas crujientes. Me contaron que Urtain era un campeón de los de veras. Por lo visto, la tele andaba llena de las hazañas pugilísticas del boxeador guipuzcoano (indudablemente español, en aquellos tiempos). Urtain ganaba campeonatos internacionales de boxeo, derribaba a tremendos contrincantes de todas las naciones y llevaba el nombre de España hasta lo más alto del podio mundial.

Crecí por ley de la naturaleza. Y el muñeco de Urtain debió de romperse, se desarticuló o se perdió por la misma ley. Pero creo que retuve algo del asunto del púgil vasco, ya que a menudo me acuerdo del títere automático. Me pasa por las mañanas, cuando me levanto. Me pregunto si no será que soñé con el títere, y entonces me pregunto qué me dirían Freud, Lacan o Jung de tal ensoñamiento. Me aterran las respuestas.

Fue unos cuantos años más tarde cuando descubrí que cualquier nación solo habla de los deportes en los cuales destaca. Cuando Rafael Nadal desfallece, los noticiarios se olvidan del tenis. Sucedió lo mismo, años atrás, con Arancha (Arantxa?) Sánchez Vicario. Y con Blanca Fernández Ochoa, que fue campeona de esquí. En su declive, la prensa se olvidó del esquí. Cuando Severiano Ballesteros ya solo perdía torneos, la prensa se olvidó del golf. En el mundo estrambótico y bastante dadaísta de la Fórmula 1, el caso de Fernando Alonso induce a pensar que los canales de tv nacionales o autonómicos van a tardar poco en dejarlo. Uno sospecha que la televisión pública catalana trata a los “castellers” como deportistas sobre todo porqué en su deporte no tienen competidores y se puede argumentar con una facilidad pasmosa que a hacer “castells” no nos gana nadie. Tv3 no siente pudor alguno, ni vergüenza de ninguna clase. El día en que los chinos hagan “castells” de quince pisos, la Tv3 se volcará en otro asunto. En cualquier asunto en el que le sea posible contar que nuestros deportistas son los mejores. Se trata de eso. De contar que somos los mejores. Como lo fue Urtain en su tiempo".

Resultat d'imatges de batania neorrabioso


Nota: otra versión de este texto se publicó en La Charca Literaria.

16 d’abr. 2017

Je suis Krls Putxi

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Alguien me contó como deben leerse los dibujos animados del Correcaminos y el Coyote. Me dijo: esos dibujos de apariencia infantil, repetitiva y algo burda ejemplifican la imposibilidad humana para alcanzar a Dios. Desde que lo supe no he podido dejar de verlos según esta clave interpretativa, extasiado ante una metáfora tan brillante por lo simple, didáctica y cómica que es. Todos aspiramos a algo (sublime, perfecto, bonito, feliz), a algo importante. La notoriedad, el reconocimiento, el dinero, lo que sea. Cada uno se crea su dios para poder construirse su infierno -que es lo que de verdad importa.

Entre las formas de pretender alcanzar ese algo maravilloso está: agarrar una guitarra eléctrica, pillarse un balón de fútbol o meterse en política. Exacto: los políticos son grandes ejemplos ilustrados de la impotencia humana. Estoy pensando -como no- en el señor Carles Puigdemont. No por obsesión si no porqué los medios del régimen catalán me lo plantan cada día en sus portadas y uno termina por meditar sobre el personaje. Y pienso: hete aquí, Puigdemont es nuestro Coyote. El pobre tipo hace lo imposible por parecerse a un dirigente, a un gobernante con ideas, ideales y proyectos. Puigdemont intenta parecerse a un político de verdad, a un político que persigue algo en favor de los sufridos ciudadanos de esta parte de España que le sufragamos su salario.

El poeta Gabriel Ferrater dijo una vez, medio en broma, que le gustaría ser "como un charnego". Puigdemont piensa, medio en serio, que quisiera ser "como un Molt Honorable". Pero debe luchar contra el desbarajuste entre sus filas, contra la incompetencia de sus consejeros, contra su peinado, contra la realidad que le zarandea cual pelele, contra las encuestas, contra las escaramuzas barriobajeras entre los socios pendencieros, contra su muy notable incapacidad por ganar simpatías y "ampliar las bases" de la causa secesionista, contra las zafiedades del zafio Rufián, contra la histórica y mitológica mala suerte catalana, contra el mundo. Incluso contra Ada Colau, de quien ya percibe su aliento en el cogote.

Puigdemont es "KRLS" en Tuiter y (dicen que) "Putxi" para los amigos. Dos denominaciones más propias de un jovenzuelo bravucón que de un político -de más de cincuenta años- que aspira a transformar una región autónoma en un estado (abracadabra, pata de cabra). Visto de cerca, el president suplente es todavía un chavalote de pueblo catapultado con nocturnidad a la presidencia catalana por un destino tan caprichoso como sarcástico, que lo ha metido en camisa de once varas (incluso el traje azul marino le va payásicamente holgado). Si cierro los ojos le imagino de joven, en el pueblo: vacilón, chuleta y ramplón pero amigote de sus amigotes, poco dotado para los estudios y bastante refractario a la cultura. Solo hay que leer sus tuits compulsivos y trumpianos para encontrar las huellas del adolescente que fué entonces, en el pueblito.

Hay algo en Puigdemont que despierta empatía, una cierta compasión. Más allá de la discrepancia que siento por el político nacionalista-neoliberal, veo en KRLS al ser humano normal, el humano mediano y mediocre como yo mismo, enfrentado a su estupidez y su incompetencia, las de todos. Krls es un tipo digno de ser personaje de novela cómico-pesimista centroeuropea, el soldadito Schweik versionado para el lector catalán en la pluma Josep Maria Espinàs y cantado en verso por Núria Feliu (en el festival de la Porta Ferrada). Del mismo modo que yo no obtendré el Nobel de literatura, Putxi jamás logrará parecerse a un político hábil digno de mención en los libros "de texto". Ni tan solo se parecerá a un buen gobernante: un año después de ser nombrado para el cargo de presidentet, la inanidad de su gestión es inaudita, sonrojante. Solo comparable a la de Mas, el gafe. Tanto Mas como Krls parecen entregados a la labor de engrandecer la figura de José Montilla.

Putxi no debió cruzar jamás el Llobregat, como aquellos pistoleros de las películas de Sam Peckinpah, procaces e imprudentes, que cruzan el Mississipi para caer en manos de un sheriff rufián que les lleva al cadalso. Aquéllos pistoleros tienen la excusa de que no sabían donde se metían: había un trágico error de cálculo en sus planes atolondrados. Puigdemont no tiene excusa: por más cortito que sea, sí sabe donde se mete. Pero sea como sea, todo es terriblemente humano. Tanto el pistolero descuidado de Peckinpah como el nacionalista lenguaraz que es nuestro querido Putxi nos cuentan algo muy profundo sobre la naturaleza dramática del ser humano. Je suis Krls Putxi.

Cuando veo las fotos de la extraña pareja Putxi-Romeva dando tumbos por Estados Unidos no pienso en cowboys existencialistas ni en centauros del desierto, si no en Abbott y Costello. Los periplos de la pareja por el Nuevo Mundo a la caza de adhesiones para su causa mística contienen un mensaje enternecedor. Son solo dos tipos -dos catalanets desorientados- perdidos en el Oeste que, queriendo emular a Perceval y Galahad en la búsqueda del Grial, se quedan en payasos tristes, de cine mudo en blanco y negro. Lo dicho: humano, terriblemente humano. Y tremendamente español: es cierto, el independentismo catalán es un fenómeno muy español lo mires por donde lo mires. Podría ser un capítulo de la segunda parte de El Quijote, y lo digo muy en serio.

Quizás todo se debe a un error, si, pero el error también es mío: quizás yo confiaba en la posibilidad de un político sabio, de los que se preocupan por el bien común, por mejorar la vida de los que peor lo pasan y todo eso. Sin embargo, debo aceptar la realidad -yo también- de unos tiempos con políticos 2.0 pero cortos de miras, incultos, tramposos y mentirosos -o cuanto menos simuladores de una remota inteligencia. Debo aceptarlo: Putxi es decepcionante y nos dejará una Cataluña hecha trizas, una Cataluña peor de lo que estaba: incluso con la presión trotskista de la hilarante CUP, el país está más jodido que el país jodido que nos legó Mas. Pido un merecido aplauso para Anna Gabriel y sus asamblearios por la contribución desinteresada a la perplejidad y la paradoja -tan valleinclaniana- que nos han brindado. (Anna Gabriel: puedes llamar "facha" a quién te de la gana, pero será difícil olvidar que votaste a favor de los presupuestos de Junts pel Sí).

Vuelvo por fin al Coyote. El "Coyote" es, en México, el tipo que, de extranjis y previo pago, te lleva a cruzar la frontera con Estados Unidos. Krls Putxi quiso hacer el Coyote catalán (mezcla de Coyote mexicano y de Moisés hebreo redentor que lleva el pueblo a Ítaca) y, previo pago, llevar a Cataluña a levantar una nueva frontera. Finalmente hizo el Coyote, pero el de Looney Tunes: el pobre tipo al que todo le sale mal y sin embargo insiste, cual Sísifo de dibujos animados que, aún sabiendo que en su insistencia y su negativa a aceptar la evidencia del desastre está el ridículo más atroz, lo repite una y otra vez.

Porqué ahí está, también, la terrible metáfora de la esperanza humana: a ver si un día suena la flauta y llego al cielo y me sitúo a la derecha del Padre. (Dios Padre o Pujol padre).

8 d’abr. 2017

Rufián y los trogloditas en el Oeste

Imatge relacionada

Poseído por el espíritu del eterno machito ibérico, el pistolero más locuaz de las provincias del nordeste se marchó para el oeste en busca de nuevas aventuras. Por el camino que asciende desde Fraga hacia la Meseta, se puso el viejo cassette de Loquillo en el loro de su Seat Supermirafiori. Le encantan algunas canciones de la cinta, en especial la del Cadillac y "La mataré". Las tararea y abre la ventanilla para gritar los estribillos. Con su mirada algo bizca desafía a los camioneros, soñolientos, que descienden en sentido contrario.

En el asiento del copiloto está la libreta con sus poemas lacrimosos. Un pistolero poeta es casi un mito romántico, y él está decidido a construirse su mito. Las oportunidades como esa pasan una sola vez en la vida y hay que aprovecharse como sea. Lleva tiempo empeñado en eso. No se lleva muy bien con el vicegobernador Oriol (Junqueras, no Pujol), pero el Oriol es un tipo provisto de un gran volumen dialéctico, cosa que el pistolero admira y lamenta a partes iguales. El otro día, sin ir más lejos, Oriol argumentó que la Generalitat es anterior a la Constitución y que por lo tanto es superior a ella: la Generalitat empezó con unas asambleas del siglo XI, y además Tarradellas restituyó la institución unos meses antes de proclamarse la Constitución. Un tipo brillante y lustroso, ese Junqueras. Quién pudiera, piensa el pistolero locuaz cuando se acerca a Bujaraloz, ya subido a la Meseta como si cabalgase a una yegua. Por aquí pasó Durruti, aunque el asturiano lo hizo sudoroso y a pelo, oliendo a cuero y a pólvora.

El mamporrero catalán pisa a fondo el acelerador. El Supermiariori ruge, ese fabuloso motor Perkins es una joya auténtica. Se manosea los genitales con el ceño fruncido. Frunce el ceño porqué le han dicho que así se parece menos a Miguel Poveda. No le gusta nada el Poveda, dicen que es un poco marica y medio gitano. Se frota los genitales esperando encontrar la rigidez del acero pero encuentra una insoportable levedad. La vida está llena de contratiempos, incluso hay contratiempos para las celebridades. Mañana tiene sesión de fotos para Vanity Fair y luego interviene en el OK Corral, es decir, en el Congreso. Lleva preparado un abanico de intervenciones que le van a poner en la cumbre de los telediarios. "Y lo sabes" grita por la ventanilla abierta, dirigiéndose a un camión portugués que se desliza por la ruta soporífera, como un submarino en el aire denso y amarillento.

El sherif voluntario (pero cobrando de los impuestos que pagamos entre todos los españoles y las españolas) repasa las frases que piensa soltar, como disparos de un viejo Colt herrumbroso y mitológico. Se van a cagar, se dice. Van a saber quién soy yo. Lo van a flipar: jamás se imaginaron, en el lejano oeste, que hubiesen elegido a ese macho ibérico como representatnte de las provincias del este. Menudo soy yo. Y con esa blanca palidez de niñato a quien la barba le redime de la redondez idiotizada del rostro. Niñato, si, pero lenguaraz como pocos, como ninguno. Poeta del pueblo, de las calles. El pistolero que oprime el pedal del gas tiene algo de síntesis de lo mejor de España: algo de Belén Esteban, algo de Bertín Osborne, algo de Loquillo, algo de Hernán Cortés, algo de Curro Jiménez, de cabra legionaria. La novísima aportación catalana al imaginario ibérico, al eterno imaginario ibérico.

1 d’abr. 2017

Soñé una Hojaderruta

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A día de hoy (27 de marzo, transcurridos los 18 meses tras los cuales prometieron que Cataluña sería independiente y maravillosa, cuando los diputados de Convergència y Esquerra devolverían sus actas de diputado en el Congreso para regresar a la República Celestial) todo parece un sueño. Un sueño pesadillesco, tanto como esas ensoñaciones grávidas y sudorosas de una siesta veraniega después de comer demasiado y beber mucho vino barato, vaso tras vaso de garrafa del supermercado.

Llevo un lustro escribiendo sobre el asunto del secesionismo catalán y solo puedo pensar que llevo cinco años despertando luego de una siesta horrible. Quizás he perdido cinco años, como un Sísifo minúsculo, catalán, muy fatigado.

A día de hoy uno diría que la "Hoja de ruta unitaria para la secesión catalana" no existió jamás, que es algo así como las novelas imaginarias reseñadas por Jorge Luis Borges para un divertimento intelectual. De repente todo se desvanece, como en las malas películas pergeñadas por malos guionistas, que terminan con el protagonista despertando en una habitación confortable y suspirando: "Menos mal, ¡solo era un sueño!".

Uno diría que si alguien creyó de veras en la Hoja de ruta solo fueron las personas de la CUP, pero quizás más que nada por su tacticismo críptico, esotérico, por su empecinada fe en la posibilidad de asaltar el sistema por el flanco débil, lo que en su lenguaje se formula así: "destruir a la derecha, estresar a la izquierda". Quizás solo ellas creían de veras en algo llamado "Hojaderruta" y que a día de hoy nadie sabe muy bien qué diablos significaba. Uno se pregunta si eso de las CUP es real o es producto de una siesta con mala digestión, cuando el estómago se ve obligado a digerir pedazos de carne quemada (¡malditas barbacoas!) navegando una bañera de tintorro del Penedès de a 2 euros el litro.

El vocablo "hojaderruta" tenía algo muy de Presidentarturmas, de su gusto por emplear expresiones marineras que debió pillar al vuelo mientras charlaba con Pilar Rahola en tiempos pretéritos y felices, entonces cuando los recortes en sanidad y educación públicas, en aquéllas deliciosas tardes de Cadaqués mientras ambos miraban al infinito y soñaban una Cataluña privada -privatizada por doquier- y sorbían la copa de un chardonnay helado recién llegado del norte de Francia -vía Andorra. Presidentmas cuenta algo de un abuelo marinero para explicar sus delirios náuticos, aunque uno sospecha que el ancestro era marinero de fin de semana, de velero por las calas de Menorca antes de fondear en la bahía de Fornells para zamparse una exquisita caldereta de bogavante de esas de chuparse los dedos y carcajearse comentándole a la amiga que la cena vale lo mismo que cobra una cajera del Mercadona a fin de mes.
-Y no sabes lo mejor -ruge el Presidentmas con una pata de bogavante aprisionada en sus mandíbulas de machote ibérico- Y luego va la cajera y me vota y repite conmigo que Cataluña es una nación!
-Tu sí que en saps, collons! -vocifera ella mientras manda una donación de 2.000 euros a los trabucaires d'Olot, vía Paypal y a través de la Fundació Catdem, que desgrava un montón.

A día de hoy, los vestigios ruinosos de la Hojaderruta dicen que todavía los cuenta, cual zombi, el interino Puigdemont en las Américas, pero por lo que se lee solo le escuchan unos trasnochados políticos cubanos anticastristas, amén de otras perlas transoceánicas entre las cuales Chomsky no estaba presente, creo. Uno se pregunta si Puigdemont es de veras alguien de verdad o solo un avatar con un mocho a modo de birrete. Si Puigdemont fuese de verdad, uno se pregunta entonces como es que no destituye a ese zoquete rampante y de mirada tristona llamado Raül Romeva que le organiza unas giras tan lamentables. En Dinamarca les escucharon los nietos de los antiguos nazis daneses (que los hubo y muchos, porqué en Dinamarca hubo un montón de gente fascinada con el discurso de la supremacía aria: la supremacía de los altos y rubios caló hondo en el país de los altos y rubios, claro). En Italia les escucharon los postfascistas de la Lega Norte. Cabe apuntar que todos esos viajes catastróficos del promotor turístico Raulromeva Protoministrodexteriores los pagamos entre todos a escote y sin rechistar.

A día de hoy la Hojaderruta es pura ruina. A día de hoy se descubre que el Presidentmas licitaba obras públicas multimillonarias en la sede (hoy embargada por el juzgado anticorrupción) de Convergència. Presidentmas el corruptor es el mismo que, como Xirinachs el loco, pretendía apropiarse de Gandhi e si non è vero è ben trobato. A día de hoy uno se pregunta por el silencio sepulcral de Oriol Junqueras sobre cuestiones como esa. (El silencio de Junqueras le da cuatro paladas de tierra a la tumba de la Hojaderruta). Incluso con su ciclópea envergadura, Junqueras también se desvanece como las imágenes de los sueños pocos segundos después del desvelo. Creo que Junqueras practica una estrategia similar a la de Rajoy: si callando gano expectativa de votos ¿para qué hablar?. Es posible que a Junqueras le suene de algo el soneto más citado de Neruda y en concreto ese verso tan famoso que empieza: me gustas cuando callas. No lo juraría nadie pero sin embargo uno concluye que Junqueras se gusta así, cuando se calla. En todo patriota hay un Narciso que se contempla en el espejo -en donde antes ha triangulado, al garabato, las fronteras de su patria soñada, pintalabios rojo-cuatro-barras.

A día de hoy no queda casi nada de todo el embrollo. La Hojaderruta se funde como el cubito de hielo en el gintonic de las tres de la mañana pagado con fondos públicos. Como el aire que se va en un suspiro cuando sopla el viento, como el agua del río que se te escurre por entre los dedos cuando intentabas aprehenderla en el cuenco de tus dos manos. A día de hoy se me dibuja una mueca de perplejidad y de estupidez en la cara por haber perdido tanto tiempo, tanta energía proponiendo otras opciones, luchando contra el tribalismo, la inanidad, la maldad terrible implícita en los nacionalismos. A día de hoy me pregunto adonde se fueron esos cinco años intentando argumentar que ni Cataluña es una nación ni tienen sentido las nacionalidades hoy, y procurando demostrar que los nacionalismos solo pretenden ocultar la tragedia de la desigualdad, del abuso, del desastre.

Solo fué un sueño pero no. Fué una pesadilla muy real. Al principio de esos cinco últimos años me planteé qué significaba ser catalán (lo soy por accidente o por dejadez, igual que usted, amable lector que llegó hasta aquí). A día de hoy, y después de cinco años de diatriba inútil escribo en este blog en castellano y llevo muy mal -pero que muy mal: peor- ser catalán: creo que esa condición solo me ha aportado infelicidad y bochorno.

A día de hoy releo el cuento de Cortázar titulado "Apocalipsis en Solentiname".

26 de març 2017

Las catástrofes pequeñas


Anoche acudieron los bomberos y la policía a la casa de enfrente en donde vivo. Se había desprendido un pedazo de balcón, que cayó sobre la acera. Posiblemente fueron las lluvias y la dejadez del propietario, que solo está atento al cobro puntual del alquiler. Ahí viven una familia de moros. Son mis vecinos, nos vemos a menudo, nos saludamos y poco más. Se poco de ellos: tienen tres niñas, la mayor quizás doce años y la pequeña no debe superar los tres. Tienen una furgoneta vieja, una Volkswagen Transporter amarillo quemado por el sol de tercera o cuarta mano que cargan hasta lo indecible un par de veces al año para viajar a su país. Luego vuelven, resignados, a esa Cataluña fría que dice ser acogedora pero solo lo es en los eslóganes gubernamentales.

Los bomberos se encaramaron a su balcón y, a mamporrazos, derribaron la parte débil de la obra. Luego, los guardias urbanos que presenciaban la faena de los bomberos con las manos cruzadas a la espalda y los pies separados por un metro de distancia llamaron a la puerta con un terceto de puñetazos y les contaron lo sucedido a los inquilinos atónitos y asustados. Vi a las niñas asomándose casi aterrorizadas ante los uniformes y las ráfagas de luces azules relampagueando en su fachada, ante su puerta. Ni el mundo es un lugar amable ni el universo conspira para hacerte feliz, como promete Paulo Coelho cual vendedor de crecepelo en el Baton Rouge de principios del siglo XIX.

Viendo esa escena con las tres niñas me pregunté si nos preparan lo suficiente para afrontar las catástrofes domésticas. Hace unos años leí un libro cuyo autor, de quién he olvidado el nombre pero retengo que es psicólogo, contaba que el ser humano vive un promedio de 10.000 contratiempos a lo largo de la vida. Eso incluye sucesos mínimos como puede ser perder las llaves de casa o encontrarse la rueda del coche pinchada hasta los desengaños amorosos, el descubrimiento de las infidelidades conyugales o afrontar la muerte de un ser querido. El psicólogo apostaba por una educación que incluya la preparación para las desgracias.

Esa misma noché nevó con abundancia en la montaña que preside esa ciudad triste y provinciana, y por la mañana la cima mostraba una estampa bellísima. En nuestras latitudes, la aparición de la nieve nos parece algo bello por inusual, por la sorpresa que conlleva ese color en el paisaje de ocres y de amarillos que profetizan nuestro desierto inminente.

Hace unos años, justo antes de la llegada de la crisis-estafa financiera que impuso severísimos recortes en el presupuesto destinado a la educación, asistí a un curso que trataba sobre el asunto -muy peliagudo- de como podemos incorporar el azar y la incertidumbre en las aulas. Fue tremendamente interesante. Pero justo entonces llegó Artur Mas con su horda de nacionalistas que aman locamente a su patria y se terminó la formación de maestros. No hay más dinero, Disneylandia no es para vosotros, nos dijo el mesías soberanista del tupé flamante.

Me sigo preguntando aquéllo: ¿estamos educados para afrontar las catástrofes pequeñas? Es muy probable que en la vida debamos afrontar mucho más de eso que de alegrías y aciertos e improbables triunfos, aunque quizás tampoco estemos preparados para lo bueno, ya que solo nos educan para lo mediocre y lo gris, y para esa vida de estética aburrida y aburguesada que nos deparan los señores para con las clases inferiores. En la mayoría de las escuelas se sigue valorando por encima de todo el respeto a la norma, hacer bien la fila y acatar la autoridad, por más arbitraria que esa sea. Y hablar solo si previamente has levantado la mano, esperando con paciencia y con disciplina que la benevolencia del dedo del poderoso te señale y te diga: "es tu turno, ahora te es permitido opinar -pero mucho cuidadín con lo que opines".

La vida humana siempre va a ser un suceso rodeado por azares imprevistos y dolorosos, por catástrofes más o menos pequeñas.

Antaño, torcerse un tobillo debía prologar una muerte inmimente. Hoy solo es un contratiempo que se combate con una radiografía y unas vendas compresivas. Antes, el desafío nacionalista de un jefe tribal iluminado y enloquecido llevaba a una guerra con muertos, lisiados y saqueos. Hoy solo nos deja una inhabilitación de coña y debates en la escasa prensa que no vive de subvenciones. Hemos progresado, sin duda.

Y sin embargo seguimos expuestos a perder las llaves, la pareja o un billete de 20 euros. Cuando vi los ojos de las niñas vecinas y marroquíes, llenos de susto y salpicados por las luces de la policía catalana, me sentí tal como ellas. Un ser pequeño y débil, sin patria, incapaz de procesar el desastre cotidiano, nuestra pequeña catástrofe diaria.


14 de març 2017

Muere, la democracia catalana, entre las sombras


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Alguien cuenta que ha ido al cine a ver una cinta infantil y descubre que entre el público solo hay adultos. Quizás debemos replantearnos qué es "una película infantil" y afrontar en serio el asunto de la infantilización de la cultura, de la sociedad. Los libros más vendidos son los más simplones, burdos y dóciles. La tendencia empezó muchos años atrás y ahora no hay quien lo revierta. Las redes sociales nos predisponen a amar la información cuando nos la sirven a dosis minúsculas, esquemáticas, pensadas para una digestión rápida e indolora, en donde el eslógan sustituye al razonamiento y la perogrullada al espíritu crítico. Todos nos hemos vuelto pacientes del trastorno de déficit de atención, ya sea con hiperactividad o sin ella. Pedimos mucho de lo que sea, pero sobretodo mucha acción, mucha emoción y poca reflexión. La reflexión es aburrida.

Pensaba en eso mientras iba consumiendo noticias, artículos y opiniones sobre el estado del debate secesionista catalán. Aunque, a decir verdad, aquí no hay ningún debate a tener en cuenta. Solo hay personas que vociferan, chistes amargos y una abundancia desmesurada del término "democracia", puesta en boca de opinadores poseídos por un diablo enérgumeno y locuaz, verborreico. Pongan ustedes Tv3 y luego 13 Tv y díganme si hay diferencia alguna. Son lo mismo. Incluso en la nomenclatura se asemejan.

En la desmesura al usar el vocablo "democracia" -una falta de mesura quizás calculada- está el truco, la trampa para que nos asqueemos de la democracia. Se trata de estrangular y violar la democracia.

Dicen los intelectuales izquierdosos de Estados Unidos que la democracia se está muriendo en las sombras. Lo dicen a propósito de Trump. Y a mi me divierte ver como por estos lares hay quién hace aspavientos con el asunto, como si por aquí no hubieran Trumps a punta pala instalados en el poder. No se trata de una bromita sobre políticos con peinados trasnochados para relacionar a Puigdemont con Trump porqué no podemos comparar a Trump con el delegado provincial del régimen que es Puigdemont. Pero Puigdemont está ahi, y cada día en sus pantallas, en las públicas. Día si día no nos larga el mismo mensaje: España no es un país democrático. Quizás es un buen tema de debate: la calidad de la democracia española. Pero deja de serlo si lo promueve un individuo que preside una institución (institucioneta) sin haber sido elegido por las urnas. Un tipo que acaba de cambiar a dedo al director de TV3 para poner a un dóberman del proceso, un dóberman agradecido. Otro. Al que le vamos a pagar el salario entre todas (escribo "todas" para no levantar ampollas entre las huestes de la Cup, que son muy irascibles pero solo a veces y solo según con quién).

El otro día, el señor Presidentemás, recién inhabilitado medio en broma (solo por dos años), dijo sobre las finanzas de su partido que todo ha sido siempre escrupuloso y limpio, pero un tiempo atrás dijo que de las finanzas del partido él no sabía nada: ¿se puede no saber nada pero saber que son escrupulosas y limpias? Solo a un niño (de edad corta) se le puede endilgar algo así, pero el señor Presidentemás sabe que habla para niños, los mismos niños adultos que acuden al cine a ver pelis para niños y que se tragan, tan felices, el cuento de la democracia catalana excelente contra la democracia española ausente. Los mismos niños que se compran la camiseta de Textiles Forcadell cada verano. Es así como se mata a la democracia: manoseándola groseramente, sin escrúpulo alguno. Rechazando el diálogo pero amando el monólogo con ímpetu de onanista, de narcisista enfermizo, de nacionalista. Ese discurso, tan en boga entre los procesistas catalanes, de que el diálogo con lo otro ya es inútil, ese discurso asesina a la democracia y lo hace en su nombre, que es lo peor: nos llevan hacia una misteriosa post-democracia de la que poco sabemos. O quizás lo sabemos todo: quizás solo hay que volver la mirada hasta la España de un par de siglos atrás. Pero ¿quién lee historia en tiempos de facebook?

Los mismos sujetos (Puigdemont y Mas -sin olvidarse de Forcadell) arguyen que el Estado les procesa por poner urnas de cartón, aunque solo un niño pequeño se tragaría la falacia. Y lo peor del asunto es que eso lo aplauden los pobres estafados por el caso de las urnas de cartón, a quienes les dijeron que debían acudir a votar para crear un país nuevo los mismos que ahora son capaces de soltar al mismo tiempo: "yo no hice nada malo, fueron los voluntarios" (ante el juez) y "lo volvería a hacer" (ante la pantalla amiga de Tv3). Si no has hecho nada... ¿qué demonios es lo que volverías a hacer?

A la democracia se la puede matar con un golpe de estado militar, como hicieron Franco -subvencionado por el catalanista Francesc Cambó- o Pinochet, subvencionado por Estados Unidos. Y también como lo estamos viendo ahora: banalizando los conceptos, infantilizando las ideas, rechazando el diálogo y el debate, estafando, ridiculizando las urnas, jugando a convertirse en un trilero de las leyes, sodomizando a un Parlamento con una mayoría que no existió jamás, contando que es más democrático un referéndum que unas elecciones sin darse cuenta de que Franco hizo lo mismo que ellos: montar referendos sin elecciones. El precedente de sus urnas de cartón está en el franquismo y eso no es un desliz, es una consecuencia lógica de su filiación ideológica. Al fin y a al cabo, tanto Mas como Puigdemont proceden de la burguesía catalana que vivió (y prosperó) de puta madre con Franco. Eso fue la Transición: los que prosperaron con Franco debían seguir prosperando con la democracia. (Ahí estaba Pujol para asegurarlo, a cambio de hacerse el sueco con sus viajes a Andorra). Y si no lo creen así, léanse "Catalanes todos" de mi colega Javier Pérez Andújar, que lo cuenta bien y además con gracia, y además literariamente.

Vuelvo al asunto de la infantilización y los niños. Por estos mismos días de hoy hemos sabido que el primer gobierno (governet) de Artur Mas "desvió" 81 millones de euros presupuestados para las guarderías públicas hacia la escuela concertada (incluyendo las nacional-católicas). Para hacerse una idea de lo que son 81 millones de euros les contaré que, si ustedes tienen una cierta edad -como yo-, eso son 13.446.000.000 pesetas. Los que hicieron eso son los mismos que hoy se postulan como ejemplos mundiales de demócratas, de políticos capaces de construir un país nuevo ideal, la república soñada desde los albores de la humanidad. ¿A cuantos miles de años deberían ser inhabilitados por haber hecho eso? ¿Lo volverían a hacer, también? Esa última pregunta se la presto a Ana Gabriel.

Hace poco han descubierto (en Atapuerca) que los homínidos de hace miles de miles de años practicaban el canibalismo. Pues eso. Los fuertes se comían a los débiles. Igual lo llamaban "democracia" los fuertes, y los débiles se dejaban comer convencidos de que si, de que eso es democracia. Igual pusieron urnas (urnas de piedra) para refrendarlo. A la democracia la están matando entre sombras y plasmas, si es que alguna vez existió eso.

7 de març 2017

El estado de la ficción en Cataluña

Dibujo plagiado de un tratado esotérico, que elaboré pocos años antes del estallido "soberanista" catalán. ¿Premonición?


En las tertulias literarias y esa clase de foros, suele aparecer la pregunta "¿cree usted que la realidad supera a la ficción?". Es una pregunta de compromiso, casi de ascensor, que surge cuando no se sabe qué preguntarle a un escritor. La verdad es que no se comprende bien el sentido profundo de la cuestión: la realidad (lo que convenimos en llamar "realidad") casi no es otra cosa que una ficción compartida por la mayoría (aunque no por todos), o en todo caso es obvio que esa "realidad" está severamente influenciada por la ficción. "Todos los hombres nacen iguales", por ejemplo, es una ficción sobre la que hemos construído infinitas realidades políticas.

Una vez, cuando todavía pensaba que las novelas de ficción eran el resultado de una imaginación desbordante que superaba las estrecheces del mundo real, conocí la historia de una vecina de la escalera. Descubrí que Ana Karenina y Emma Bovary son tristes comentarios al margen, y que Tolstoi o Flaubert fueron tipos de imaginación escasa. La ficción del amor, la de la bondad de las ciencias y los hombres, la ficción de la democracia, la ficción de la justicia (de la que ya hablaba Platón), la ficción de la vida tras la muerte... son solo eso, ficciones. Y sin embargo sobre ellas se ha construido el mundo conocido. En su nombre se han levantado empresas, imperios, religiones. Y lo que es peor: en su nombre se ha asesinado a miles, a miles de millones de personas. Vaya usted a contarle al muerto que, en realidad, todo fue ficción. A ver qué opina el muerto.

A partir de una cierta edad, uno concluye que hay ficciones y ficciones. Ficciones buenas y ficciones menos buenas. Ficciones bienintencionadas y ficciones malas. Ficciones cuyo motivo es cambiar la realidad y ficciones cuyo objetivo es simular que se quiere transformarla para que siga igual. Que gobiernen los de siempre, por ejemplo. Y ese último es el caso de la ficción catalana que se autoproclama "proceso de independencia".

En Cataluña llevamos unos cuantos añitos ya tras la ficción de la república independiente e ideal construida por los mejores ciudadanos, por las mentes más preclaras y más democráticas de entre todos nosotros. Obcecados tras la ficción, los gobernantes se han olvidado por completo de la realidad. Quizás porqué la realidad es una molestia casi insoportable y está cada vez más llena de miseria y de espanto. Quizás es por eso que la construcción ficticia es cada vez más apabullante, más solemne: lo que al inicio parecía una ensoñación pequeñoburguesa ha devenido una catedral gótica, con toda la pompa y el boato, con todo el ridículo y la fealdad que llevan implícitas las catedrales barrocas, construidas en el albor de la burguesía europea. Y construidas con montones de dinero público (el dinero público: quizás el objeto más real del planeta -a la vez que el más ficticio), abocados a pagar ficción tras ficción.

Convencidos de que la ficción termina por construir una realidad, nuestros próceres catalanets repiten una vez tras otra sus fantasías, esa república ideal -y a la vez pueril- destinada a ablandar los corazones de la extinta clase media catalana, la que quería ser burguesa a toda costa. Pero hay algo que chirría en esa ficción, algo que la hace inverosímil y sospechosa a la vez. Para que una ficción se imponga, debe cumplir algunos requisitos, y la República Maravillosa de Cataluña no los cumple. La ficción debe contener algo de real (un paisaje, una cierta verdad). Debe ser interesante para todos y debe ofrecer esperanzas y conocimientos. De lo contrario, la ficción deviene una pesadilla y es un tostón infantiloide sin sentido alguno, del estilo de "El señor de los anillos".

Ciertamenete hay algo de Tolkien en el proceso catalán, y esa hipótesis me resulta bastante verosímil, ya que me intuyo que muchos cargos electos de Esquerra Republicana de Cataluña son admiradores de aquella obra con buenos y malos (ambos de pacotilla), hobbits como catalanes de Olot y el Berguedà, contra Orcos procedentes de Andalucía, Murcia y Extremadura. (Los de Convergència son más de no leer nada, o de leer las obritas del obispo Jaime Balmes). Lo malo es que Tolkien describe un mundo eternamente enfrentado entre regiones, a mamporrazo limpio, y a poco que uno analice la situación actual de Cataluña se dará cuenta de que ha sucedido lo peor: el principal efecto del "proceso secesionista" no es el enfrentamiento de Cataluña contra España, sino el enfrentamiento entre catalanes. De momento, es eso lo único real que han logrado y todo indica que el asunto se va a agravar. Al final nos vamos a mosquear con que le destinen tantos dineros públicos a su ficción, una ficción que es cada vez más agresiva contra los catalanes que no creemos en la ficción de la independencia.

Los catalanes que no creemos en la independencia empezamos a estar solemnemente hartos de los epítetos que recibimos, pensados para mantener la ficción tolkeniana del mundo: nos llaman unionistas, españolistas o fachas. Ya vale de eso. Somos catalanes. Catalanes que no levantamos banderas por haber nacido en un lugar, ya que uno no escoge donde nace. Uno soporta eso como puede y nada más, pero no lo llena de metafísica barata, ni mucho menos de épica hollywoodiense.

Si creo en alguna ficción esa es la ficción del federalismo, y mis motivos para creer en el federalismo son tan legítimos y tan válidos como los suyos, señorito Puigdemont y señorita Forcadell. Y les podría poner ejemplos de que el federalismo es un modelo real (!) de construcción social, justa y cohesionada. Y puestos a dirigirme a ustedes les diré que no se olviden de que ustedes y su cargo y su sueldo y sus privilegios los estamos sufragando nosotros también, los catalanes que no somos procesistas pero pagamos impuestos aquí -no como el señorito Pujol y sus vástagos. Y nosotros somos la mayoría, se lo digo por si acaso, por si no se acuerdan. No se olviden de ello cuando juegan a la desobediencia, aunque la suya sea una desobediencia de ficción: a lo mejor su ficción desobediente termina por calar en nosotros y entonces vamos a ser nosotros quienes les desobedezcamos a ustedes, y vaya lío entonces. El día en que eso suceda van a tener un buen lío montado, y vamos a rezar todos para que no sea un lío a la manera balcánica.

Les contaré otro asunto personal (el primero es el de mi vecina, Ana Karenina y Emma Bovary). Trabajo en un barrio de los que ustedes llaman "desfavorecidos". La realidad es dura y las ficciones entre las personas que en él viven, abundantes. Aunque no son las mismas ficciones que las de nuestros solemnes gobernantes -eso cabe puntualizarlo bien, porque es relevante. En ese barrio, castellanohablante y árabohablante por excelencia, veo esperanzas, muchas, y esas esperanzas son muy distintas a los sueños de los señoritos que están en el Parlament promulgando desobediencias y secesiones, todas invariablemente muy solemnes. Si algún día chocan las esperanzas de unos y las de otros quizás vamos a tener el desafortunado "choque de trenes" del que con tanto gusto hablan los señoritos, pero del que nada saben.

Puestos a navegar por el terreno de la ficción, invito a sus majestades Puigdemont i Forcadell (o en su defecto al Senyoretmas) a que se pasen un día por el barrio y les cuenten su ficción supremacista a las buenas gentes que viven en él. Les prometo que asistiré al acto. (Que eso no sirva de precedente).

Resultat d'imatges de realidad y ficcion