22 de jul. 2018

El orden del día


El panel, un sencillo rectángulo de corcho, está en el distribuidor de una de las plantas del edificio. Uno se lo encuentra cuando sale del ascensor y se dirige a una oficina de la Generalitat de Cataluña para llevar a cabo unas gestiones. Todo el edificio, en el centro de Barcelona, está ocupado por dependencias de la cosa pública catalana.

En la parte superior del panel, con dos humildes chinchetas, hay un cartelito: "Informació Generalitat". Y tiene algo de cierto: escorado a la derecha hay un folio plastificado que trata sobre prevención de riesgos laborales. Todo lo demás no es lo que uno espera encontrar bajo el título que promete "información de la Generalitat". No me voy a entretener en describir cada uno de los demás documentos que se exponen en este espacio de información pública. Basta con mirarse la fotografía, pero quizás se puede resumir así: la efigie de Puigdemont aparece tres veces; hay un lazo amarillo (elaborado con papel y que representa la mitad de una cinta de Moebius, muy simbólico), y luego están tres folios, con cifras negras sobre fondo amarillo. Esas cifras hablan en un lenguaje críptico, solo para iniciados. Lo pregunto y me lo cuentan con un susurro, después de mirar con discreción hacia ambos lados. Ahora ya lo se: cada una de las cifras es el recuento de los días que llevan presos los políticos secesionistas en prisión preventiva, ya que no todos llevan presos el mismo tiempo. Era casi previsible: tal como sucede siempre con los misterios divinos y esotéricos, ahí está el tres, la oscura trinidad.

El número 112, el de abajo (es significativo que esté debajo, casualmente), no es el número de las emergencias sino que, ese día de mi visita, la señora Carmen Forcadell llevaba esa cantidad de días en prisión. Quizás sea demasiado atrevido inferir que el número correspondiente a Forcadell ocupa la posición más baja por ser mujer. Quizás lo podré comprobar si me dan un nada improbable "vuelva usted mañana", como en los chistes sobre funcionarios franquistas. A lo mejor, mañana, el 113 estará arriba, quien lo sabe.

Me cuentan -en voz baja- que una persona de estas dependencias cambia cada día los folios, puesto que hay que añadir una unidad diaria: el paso de los días obliga a imprimir de nuevo cada día, en un ejercicio que reedita el desastre de Sísifo día tras día. Jesucristo es crucificado cada día. Pregunto si esos folios se imprimen en una impresora de las oficinas, si el toner y los folios proceden del material fungible sufragado con los bienes públicos. Mi interlocutor encoge los hombros: no lo sabe o no lo quiere saber. O prefiere no contarlo. En este instante he topado con el muro del silencio, tan sólido e impenetrable como la tapia de la iglesia, amigo Sancho.

El edificio es enorme, tiene un montón de pisos. Por aquí pasan centenares de trabajadores públicos a diario, y luego estamos los ciudadanos de a pie, como yo, que acudimos por nuestras gestiones. ¿Nadie ha protestado? Y me responden con un nuevo encogimiento de hombros. Ya no pregunto más. Solo me responde mi miedo, que le cede el paso a otra emoción: una mezcla de tristeza y de hastío, una vaga impresión de cansancio ya desesperado, ya vencido. Penoso y  resignado.

*

Por estos días estoy leyendo "El orden del día", el trabajo de Éric Vuillard que ganó el Goncourt en 2017. Le he plagiado el título en mi artículo. El libro de Vuillard trata de la pasmosa facilidad con la que el nazismo alemán prosperó, de la pasividad mojigata de Europa ante sus desmanes, de la calamitosa "política de apaciguamiento" que propusieron los británicos ante las provocaciones de Hitler. Pero no, no voy a caer en el error facilón y barato (e inútil) de acusar a los funcionarios independentistas de nazis. No lo son. Del mismo modo que, si yo mañana me hago vegetariano, no me he hecho seguidor de Hitler el vegetariano. No son nazis, lo repito, pero sin embargo hay coincidencias formales, actitudes compartidas, la misma soberbia desafiante -¿tal vez inconsciente?. Y el desprecio por lo público -quizás solo es malversación, aunque hablemos de tres folios diarios y la apropiación (¿indebida?) de un panel de información institucional de menos de 2 metros cuadrados de corcho-, eso quizás es muy poca cosa. Pero ahí está la idea de que la "voluntad del pueblo" está por encima de magistrados, leyes, tribunales. Por encima de la Constitución. (La Constitución que, huelga decirlo, ampara y protege la existencia de la Generalitat de Cataluña y la de su parlamento).

Y también está ahí el uso retorcido de la "libertad de expresión", que se esgrime en ese corcho minúsculo. Si a mi se me hubiese ocurrido arrancar los cartelitos en nombre de mi libertad de expresión ¿lo habrían respetado en tanto que acto legítimo de mi libertad de expresión? ¿Sería leído como un ejercicio de represión contra la libertad de expresión?

Colgar esos cartelitos, de apariencia casi naíf, bajo el epígrafe de "Información Generalitat" delata una de las estrategias del independentismo institucional: disfrazar de democrático y legal lo que no pretende si no destruir lo democrático y lo legal para sustituirlo por un orden nuevo, surgido de la "voluntad del pueblo" y que juega a simular democracia y legalidad solo para humillar esos conceptos.

Cuando por fin regreso a la calle, una vez terminada mi gestión en las dependencias públicas, el sol de julio me abate con un ímpetu atronador. Me siento triste y desorientado. Ando sin rumbo durante un buen rato. Luego, unos nubarrones gris de Payne cubren el cielo y se desata un aire fresco, húmedo, inesperada premonición del otoño. Tendremos otro otoño malo, me digo, ya van unos cuantos.

19 de jul. 2018

Cotarelo en Tarragona (los catalanes somos hispánicos)

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El señor Ramón Cotarelo se fue a Tarragona hace unos días, invitado a dar una charla en un local de los Comités de Defensa de la República (CDR) de la ciudad antaño civilizada por los romanos. El señor Cotarelo es un intelectual más bien mediocre pero ha sacado partido de su mediocridad, y Tv3 lo pasea a menudo por sus platós, ya que el señor Cotarelo se nos ha vuelto independentista catalán. No solo eso: se ha trasladado a vivir a Gerona, que le parece la ciudad más indicada para cuando uno es fervorosamente patriota catalán. El señor Cotarelo es nuestro Saulo de Tarso.

El señor Cotarelo piensa, con su mente intelectual, que la conversión merece un premio, a poder ser de índole tangible. Quizás un chalé ampurdanés cedido por la cosa pública (la república) o una nómina poderosa como asesor gubernamental de algo. Yo le auguro, como mucho, una Creu de Sant Jordi. Aunque ya le anticipo que ese galardón de inspiración católica no conlleva emolumentos. Quizás debería conformarse con los cheques que Tv3 le ofrece a cambio de soltar perogrulladas sazonadas con pimienta de intelectual de tercera división.

Nuestro Saulo... Pero, como Saulo, es un hombre malhumorado y proclive a la ira.

Esa característica de su talante (líbreme Dios de criticarla) explica, sin duda, el extraño y desagradable suceso que aconteció en la ciudad que vio nacer a San Fructuoso (y de la cual fue obispo). El señor Cotarelo, en virtud de su categoría intelectual, aceptó dar una charla para los CDR, pero exigió que le pusieran hotel, puesto que el viaje de Gerona a Tarragona se le antojaba demasiado largo y penoso para ir y volver en un solo día. Los CDR, obedientes y deseosos de agradar, le reservaron una pensión. Nótese el conflicto semántico que se produce por la fricción de los dos sustantivos: "Hotel" y "Pensión".

El señor Cotarelo protestó por la baja calidad del alojamiento. Y lo hizo de forma pública. Los CDR le pidieron excusas y le ofrecieron, a cambio, pagarle al día siguiente una comida en un buen restaurante de la ciudad en la que nació el pintor Opisso. El señor Cotarelo montó en cólera ante semejante oferta, y de nuevo lo hizo público. Atención a su queja:

"No se porqué quieren independizarse de España cuando tienen un comportamiento tan hispánico" (por lo de invitarle a una comilona compensatoria).

Muy enfadado, el señor Cotarelo no acudió al acto en donde le esperaban los CDR tarraconenses. Y ellos, en correspondencia, redactaron un comunicado, público y extenso, en donde se sacuden las responsabilidades, pormenorizan los detalles del incidente y ponen en evidencia las exigencias del señor Cotarelo, que se les antojan propias de "la vieja izquierda clasista". Huelga comentar que, como todo el mundo sabe, a la clase obrera le encantan las pensiones cutres con su aura de antro bohemio, de poeta nihilista.

Es un incidente menor y poco más que una anécdota que poco o nada tiene que ver con el independentismo, ya que solo nos ilustra sobre la miseria humana, las ínfulas desmedidas de ciertos personajes que creen ser alguien (sin tener evidencias objetivas de ello) y, en definitiva, sobre la mala educación, más transversal que el republicanismo catalán.

Pero... hay algunos detalles, quizás secundarios, que me parecen muy divertidos entre tanta bronca soez, entre la bravuconería chulesca de ambas partes.

  • La acusación de los CDR a Cotarelo, ese "hedor a izquierda clasista" me huele a insulto que solo puede proceder de planteamientos ideológicos que no son, en modo alguno, de nadie izquierdoso. Por favor: no me digan más que hay un independentismo de izquierdas. Eso es populismo derechón y nada más.
  • El descubrimiento que ha hecho el señor Cotarelo, de que en Tarragona son muy hispánicos, es bello y enternecedor. No se cual es su grado de intelectualidad, pero me alegro de que haya descubierto lo que muchos ya sabíamos, sin ser intelectuales: que los catalanes somos hispánicos. Más vale tarde que nunca.
  • En el fondo del incidente hay un viejo secreto mal guardado: el asunto de Gerona, nunca bien ponderado. Puigdemont es gerundense (bueno, de un pueblecito de la provincia), y Quim Torra nació en el primer pueblo de esa provincia que uno se encuentra cuando va, por la costa, des de Barcelona hacia Colliure. Cotarelo eligió esa ciudad para residir una vez convertido a la causa nacionalista.
Creo que este último punto debe ser estudiado con detenimiento. ¿Son más catalanes de pura cepa (de pura ceba) los gerundenses que los tarraconenses? Podría ser. La ciudad de Gerona es, sin duda alguna, la más indepe de todas las ciudades catalanas y muchos de sus habitantes (los oriundos, por supuesto) tienden a creer que encarnan los valores más profundos y sagrados de la esencia catalana. Creo que eso les viene de cuando les asediaron, siglos atrás, tropas extranjeras. Incluso san Narciso intercedió por la ciudad, mandando enjambres de moscas horrorosas al enemigo.

Por todo eso (aunque lo haya resumido mucho), le quiero proponer al señor Pedro Sánchez (con la humildad y el respeto debidos) que, cuando negocie con el señor Torra, le ofrezca un trato: que se declare la provincia de Gerona estado independiente, y que nos dejen en paz a los demás, que somos muy hispánicos y ya estamos hartitos. Que de una moratoria de un año a todos los buenos catalanes que no residen en Gerona (provincia) para que pidan la nacionalidad de la RIGC (República Independiente de Gerona-Cataluña). [Creo que deberían habilitar un campo de refugiados en Blanes (el pueblo del señor Torra) para acoger a los solicitantes en espera de ser admitidos].

¿Qué perderíamos los demás con la pérdida de la provincia de Gerona? En realidad, poca cosa: un sinfín de granjas porcinas, toneladas de purines fastidosos, un aeropuerto en horas bajas y poco más. Ah, y unos hoteles horribles llenos de hooligans. Amén de algunas playas, pero su estado actual es muy triste y yo recomiendo las de Cantabria, Asturias o Cádiz.

A mi solo me duele por el Mueso Dalí, que me gusta mucho. Pero eso tiene solución, puesto que los buenos catalanes consideran a Dalí un mal catalán y, por lo tanto, se avendrían a desmontarlo para ser trasladado, piedra a piedra, cuadro a cuadro, a una de las provincias hispánicas que hay más al sur.

11 de jul. 2018

Las opiniones y las prioridades del señor President

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A estas alturas a nadie le sorprendre ya que el President diga que las cuestiones sociales no son una prioridad. Incluso Rajoy las mencionaba, aunque fuese a través de una pantalla muy grande y con un cinismo aún más grande que la pantalla. Así es: tras ofrendarle una botella de ratafía al Presidente del Gobierno, el President regional asegura que hablaron mucho de autodeterminación y muy poco o nada del resto, ya que las cuestiones sociales (repito) "no son una prioridad".

A estas alturas, a nadie le sorprende que los Comités de defensa de la república (Cdr) le hayan reprochado al president regional su falta de temple y su tibieza, así como su actitud servil: le acusan de haber pecado de autonomismo. Sin embargo, los Cdr no tienen nada que objetarle a su ratafiesco president sobre el desprecio a las cuestiones sociales. Lo cual confirma mi hipótesis: a los niños ricos se la trae al pairo la cuestión social. "Cuestión social", como todo el mundo sabe, es un un eufemismo de "pobreza" y, de eso, ellos saben poco y les preocupa menos. La pobreza no ha llamado a las puertas de los chalés de Sant Cugat, de Matadepera, del Ampurdán, de la Cerdaña ni de Caldas de Montbui: en esos suaves paraísos la pobreza no está ni se la espera.

En la crítica (bastante dura) que los Cdr le endilgan al President hay algo que me asombra: le reprochan el "simbolismo" y le exigen lo suyo: "República ja!". Si, lo ha leído usted bien, amigo lector: le reprochan el exceso de simbolismo. Yo pensaba que el procés en su conjunto era poco más que simbolismo, pero ahora pienso que quizás iba desencaminado. Quizás sí hubo hechos, como por ejemplo la república de los 8 segundos. Y sus consecuencias. ¡Nunca 8 segundos salieron tan caros!

Bueno, dicho todo esto... Dentro de mi alma sigue chirriando algo. Me dijeron que el President es un intelectual (incluso alguien proclamó que es un "intelectual brutal" -bello oxímoron, por cierto). Yo sospechaba de antemano que el President no es Habermas. Ni tan siquiera Claude Lévy-Strauss. Pero le concedía una sospecha de intelectualidad que, a cada declaración suya, me resulta más indesentrañable. Que en la Cataluña de 2018 alguien diga que las cuestiones sociales no son prioritarias me inclina a pensar que el President piensa poco antes de hablar. ¿Será por la ratafía, esa afición sobrevenida que le tiene poseído? Aunque solo fuese para quedar un poco bien, debería haber dicho lo contrario. Habría estado bien salirse con algo como:
-Hoy hemos hablado de ratafía y de autodeterminación, y en próximas sesiones abordaremos la cuestión social.

Mira si era fácil cumplir con los mínimos que el pueblo espera. Porqué aunque el pueblo de Cataluña sea el pueblo más pueblo de todos los pueblos no deja de ser pueblo, y al pueblo le gusta que se preocupen por sus cuitas. Incluso los intelectuales se acuerdan del pueblo, diría yo. Foucault lo hacía. Un neurólogo como Eric Kandel piensa en los desfavorecidos. François Englert (premio nobel de Física y belga para más señas -aunque me temo que belga francófono y no flamenco-) explica que se dedicó a la ciencia para mejorar la vida de los seres humanos, de todos ellos. Uno espera que los intelectuales se preocupen por cosas como esa. Relegar las "cuestiones sociales", postponerlas o, en definitiva, despreciarlas, no parece una opción bien pensada. Ni en boca de un intelectual ni en la de ninguna otra categoría de político.

Hace un tiempo (eso es una anécdota, lo reconozco) alguien independentista me dijo que yo no era capaz de comprender el alcance de la revolución que propone el independentismo catalán. Me callé porqué, en efecto, no soy capaz de comprender ese alcance: "Lo que estamos haciendo es tan grande que tu pobre cabecita no lo puede asimilar", me dijo, y ante tanta grandeza opté por el silencio, como es normal. "Ni te imaginas la república que estamos construyendo", añadió. Aún admitiendo todavía mi falta de entendimiento -creo que es más falta de fe que de entendimiento- me cuesta mucho encajar las piezas. Y como encaja la pieza del President regional, con su presunta intelectualidad junto a los elogios que le propina a la ratafía y el desprecio que exhibe ante las cuestiones de la pobreza.

En favor de su capacidad intelectual, sin embargo, está esa frase brillante, sugerente y de profundo calado, que dijo ante la Cofradía de la Ratafía:
-La ratafía es país y es familia.

Ite missa est.




9 de jul. 2018

El señor Ratafía y la emergencia humanitaria

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Puse la radio por la mañana, mientras me preparaba para acudir al trabajo. El señor Ratafía dijo, a través de las ondas, que sobre el país se cernía una terrible emergencia humanitaria. Me puse a temblar.

Abandoné mis labores enseguida, bajé las persianas, corrí las cortinas, atranqué la puerta del piso e hice inventario de mis víveres. Y me preparé para resistir. Recordé a mis abuelos y a mis padres, ya que ellos vivieron una guerra, e intenté invocarles para obtener sus consejos. Fue en vano: todos ellos murieron años atrás y mis dotes mediúmicas fueron nulas.

Pasaron algunas horas. Pero no sucedía nada. La demora es una máscara del mal, me dije. Al cabo del tiempo osé asomarme a la ventana y atisbé la calle. Todo parecía extrañamente normal: gentes arriba y abajo, mamás llevando niños al colegio, un guardia urbano multando a un vehículo mal estacionado. El cielo estaba azul y soplaba una leve brisa matutina, indolente, como también ausente de la tragedia.

Elaboré un montón de hipótesis, que incluían el triunfo de una conspiración global y diabólica, el trastorno mental e incluso la posibilidad de haber muerto ya y de estar viviendo -a pesar de la muerte- una situación paranormal. Encendí la tele. En Antena 3, un nutrido grupo de tertulianos debatían sobre un crimen horrendo pero antiguo (¡como les gustan los niños muertos!) y a continuación pusieron anuncios de productos para mejorar la salud, disfrutar de la vida y engañar al paso del tiempo. Pero sin embargo... ni una sola palabra sobre los augurios nefastos del señor Ratafía.

A eso de las diez sonó el teléfono: era el número de mi jefe, que sin duda simularía que no pasaba nada y me preguntaría por mi ausencia. No caí en la trampa y no le respondí. Deduje que estaba compinchado con los conspiradores y rompí el aparato, para evitar una caída en la duda y sucumbir al engaño.

Mientras no llegaba el fin, me puse a buscar apariciones en prensa anteriores del señor Ratafía. Le vi y le escuché hablando de una situación de extrema gravedad, de injusticias sin nombre, de invasiones a cargo de legiones extranjeras, de exterminio, de expolio, de bestias inmundas que se pasean por las calles hablando una lengua bárbara y obscena. ¿Como es posible que no hubiese prestado atención, anteriormente, a las advertencias del señor Ratafía? ¿Como pude ser tan ingenuo, tan incauto? ¡Nos había avisado una y mil veces!

A eso de las doce decidí comer algo, pero poco. Solo un huevo duro precocido, del Mercadona. Vete a saber cuanto dura la emergencia. Bebí un poco de agua. De la botella, por supuesto: a ver quien es el valiente que se atreve con la del grifo, con lo fácil que es echarle venenos a la red pública.

Unos día más tarde recibí un burofax, que un individuo disfrazado de cartero (una bestia invasora, sin duda alguna) echó por debajo de la puerta. Estaba despedido por ausencia injustificada. Bueno, pensé ¿a quién le importa esa menudencia cuando nos acecha el fin de los días?

Cuando el hambre y la debilidad habían hecho mella en mi, acudió la memoria en mi salvación. Recordé que, un tiempo atrás, leí una novela en la que su protagonista ingería salsa de soja para trasladarse a una dimensión paralela, y a la vez recordé una de las escasas herencias de mi abuelo el carlista que guardaba en un rincón oscuro del piso. ¡La botella de ratafía! El licor estaba allí, intacto, porqué siempre me pareció un brebaje indigesto y deplorable. Pero uní los cabos: el señor Ratafía, me repetí, el señor Ratafía... Sin duda era eso: ¡en su nombre estaba oculta la clave secreta de la salvación!

Me bebí la botella entera. El líquido pegajoso y maloliente penetró en mi esófago, deslizándose como una culebra verde y calentita y, aunque creí morir, mi fe en el milagro me permitió resistir al asco. Dormí muchas horas, vomité, tuve pesadillas horribles y al fin, con la ayuda de un Espidifén, volví en mi. Me sentía bien, renovado y optimista y lleno energía. El mundo me parecía un lugar fantástico. Un lugar por el que debo luchar, sin temor. Ahora se que debo plantarles cara a las huestes de bestias inmundas, que de repente me parecen débiles y cobardicas. ¡A por ellos, que son pocos y cobardes! me dije a mi mismo, henchido de valor.

Abandoné mis temores y me presenté en el trabajo. El jefe perdonó mi ausencia, me readmitió ¡y me aumentó el salario!. Todo fue bien a partir de entonces. Tuve un montón de amigos nuevos, recibí montones de palmaditas en la espalda, me surgieron oferta sexuales por doquier, los desconocidos me invitaban a beber cervezas artesanas del Montseny. Obtuve la felicidad en el reconocimiento de los demás y, cuanto más ignorante me mostraba y más repetía sus eslóganes victoriosos, más mejor era mi vida.

Solo me pregunto, a veces, porqué visto camisas de color gualdo -cuando siempre he odiado el color que mató a Molière-, y porqué ondea, en mi balcón, esa banderita que se parece a la de Cuba pero no es la de Cuba. Sin embargo, y más allá de mis dudas, siempre le guardaré un agradecimiento ilimitado a la ratafía, por todo lo bueno que me ha dado.

5 de jul. 2018

Cataluña es milenaria (Carta a D. Benedetto Castelli)

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Por razones que no vienen al caso, he leído la "Carta a D. Benedetto Castelli" que Galileo Galilei le escribió al párroco de Brescia el 21 de diciembre de 1613. Es decir, hace 404 años. Nos separan de ella cuatro siglos, que podrían parecernos una distancia de vértigo. Pero no es así: la lectura permite intuir que el tiempo es una ilusión y que las cuitas, los conflictos y los razonamientos de un hombre de principios del XVII son idénticos a los de los hombres de principios del XXI.

Galileo (aficionado a los silogismos como todo buen renacentista) esgrime una prosa fascinante, delicada, dotada de una enorme sutileza, en la que le explica al párroco como la ciencia de sus estudios no encaja bien con las "verdades" de la Biblia. Galileo se debate entre las dos opciones: ciencia y fe. Del mismo modo que hoy debatimos todavía entre esos términos cuando hablamos de nutrición (las verdades del veganismo contra las de la ciencia), sobre neuromitos, sobre si Cataluña es milenaria o no, sobre apariciones virginales en la Cova da Iria, etc.

Me descubro ante la prosa brillante de Galileo, aunque se percibe en cada párrafo el conflicto interior de un hombre que, sin dejar de ser creyente, se daba cuenta de que sus progresos en astronomía no cuadraban con los dogmas bíblicos. Galileo no solo sufría por el conflicto interior: sabía que la publicación de sus tesis sobre el movimiento de los cuerpos celestes le podía acarrear un disgusto serio. Todo el mundo sabe como terminó el asunto (y que la Iglesia tardó cuatro siglos en disculparse por el daño infrigido a Galileo Galilei).

¿Como he ido de Galileo a la Cataluña milenaria? Pues muy fácil. Por culpa de la propaganda nacionalista que me asalta (que me atormenta) des de hace años. En este asunto, ya metidos de lleno en el siglo XXI, seguimos discutiendo entre ciencia y fe. Si en tiempos de Galileo los científicos sufrían la vigilancia represiva de la iglesia católica, en los nuestros sufrimos la que nos provee el aparato mediático patriota, con su cohorte de tertulianos, columnistas, pseudohistoriadores y voluntariosos usuarios de las "redes sociales", todos ellos anclados (a ver quien será el desanclador que les desancle) en la historiografia post-romántica cuyo compilador fue, sobretodo, Ferran Soldevila (et al.).

La situación no difiere mucho de la del siglo XVII. Y así como Galileo intentó conciliar ambas visiones del mundo para conseguir un clima de paz y concordia, no detecto en mi entorno cultural a nadie dispuesto a asumir el papel del sabio de Pisa. ¿Cómo se puede compaginar la idea romántica de una patria mítica con las evidencias científicas?. A mi me resulta muy árduo comprobar, día tras día, que lo que antaño fue un conflicto entre Dios y la Ciencia hoy se repita punto por punto en un conflicto entre la Patria y la Historia. Me deprime comprobar cuantos mitos nacionales son compartidos y afirmados por mis congéneres (Cataluña es una nación de más de mil años, la democracia se inventó acá, el pueblo catalán es uno e indivisible, grande y libre, Cristóbal Colón era catalán, Tartessos es Tortosa (¡como su nombre indica!), la guerra de sucesión fue una guerra de España contra Cataluña, la guerra civil del 36 lo mismo, y así mil y una ocurrencias más -uso "ocurrencia" como antónimo de "ciencia"-), aún cuando todo el mundo sabe que esos mitos solo se sostienen sobre una historiografía acientífica heredera del romanticismo. Creo que va siendo hora de desterrar al romanticismo del pensamiento colectivo, por lo dañino que ha sido en todos los campos del conocimiento (incluido el arte).

Quizás no sea tan difícil llegar a un entendimiento: sin ofender a la fe de los creyentes en la existencia milenaria de la nación catalana, se puede hablar de las evidencias históricas, y se puede aceptar que ciencia y fe son lenguajes paralelos y que debemos convivir respetándolos a ambos. Del mismo modo que un cristiano puede convivir con la teoría del Big Bang, de la evolución de las especies o del origen mundano de la naturaleza sin que le dé un síncope, un catalán debería aceptar que la fe afecta al ámbito privado (íntimo) y que, por lo tanto, no se puede imponer a los demás. Y esos demás debemos respetar las creencias nacionalistas sin pelearnos. Siempre que los presupuestos públicos respeten esa premisa -y no se destinen a imponer -o promover- la opción romántica.

La lectura de Galileo me ha llevado a otros dos lugares: el primero es la sospecha de que, 400 años atrás, quizás se pensaba y se escribía mejor que hoy. Y la segunda: mientras leía a Galileo decidí escuchar música del XVII, para ambientarme. Escogí a Henry Purcell -si, ya se que Galilei y Purcell no fueron coetáneos en sentido estricto. Y así llegué a "Oh Let me Weep", esa pieza tan maravillosa del músico nacido en Westminster, ese lamento escalofriante y a la vez elegante, con tanta belleza guardada en su contención.

Porque creo que (me temo que) el asunto de mi carta a Don Benedetto Castelli va de lamentos y pronostico que esos me acompañarán hasta el fin de mis días.

Que le pido a Dios que se demore en darme tanto como le sea posible, amén.

2 de jul. 2018

La Virgen, la ratafía y la república

foto de Siscu Baiges Planas.

La Virgen más catalana de todas las vírgenes catalanas amaneció un día con un lazo amarillo en el dedo de la mano que sostiene la esfera negra, imagen del mundo. Alguien se pregunta si el crespón amarillo obedece a las exigencias de la liturgia. Yo, que soy bastante descreído, absentista de las iglesias y además malpensado, le digo que mi hipótesis es otra: que el textil amarillo brillante no corresponde a ninguna liturgia religiosa, si no a la nacionalista que nos atormenta sin compasión ni piedad cristianas en estos tristes días.

El mismo día en que recibo la fotografía de la virgen negra con el apéndice amarillo, me entero de que el MHP Torra se ha ido a la cofradía de la ratafía a loar su licor. El presidente de todos los catalanes, con el lazo amarillo en la camisa, promociona una bebida alcohólica que, en sus palabras, "nos hace más fuertes como país". La primera imagen que me acudió a la mente, con estas palabras, fue la del caldero mágico de Panorámix, el druida imaginario debido a Goscinny y Uderzo, los autores de "Astérix": el líquido contenido en aquel caldero fortalecía a los aldeanos galos hasta conferirles una fuerza sobrehumana, merced a la cual pudieron resistir y humillar, incluso, a las legiones de Roma. Eso es un cómic (yo todavía digo, a veces, un tebeo).

Supongo que esas cosas (lo de irse a la cofradía de la ratafía) las lleva el cargo de presidente. Rajoy se fue a la Rioja y proclamó "¡Viva el vino!". Todos nos reímos. Porqué la situación es risible, sin duda. Aunque hay algo que contar: entre el vino y la ratafía hay leves diferencias. No las pienso detallar. Solo diré que la ratafía es un licor originario de una zona de Cataluña muy concreta, una zona en donde, aparte de originarse esa bebida espirituosa, también se originó el carlismo. Ahí lo dejo. Lo dejo porqué podrían ser coincidencias, ese tipo de coincidencias a las que no se les debe prestar atención.

Mis reflexiones van hacia otra parte: mis conocidos indepes me repiten que el independentismo es una opción transversal, y que en sus filas hay anarquistas de tomo y lomo, anarquistas que se han apuntado al independentismo porqué ven él una herramienta para destruir al estado y crear una república popular. ¡Virgen de la santa ingenuidad! pienso yo: por más anarquistas que sean, deberían saber que los indepes quieren construir un estado, del que no nos han contado cuales serán sus características.

Y a eso voy.

No tengo certezas de las características del estado que quisieran proclamar los independentistas, y no las tengo porqué no las cuentan. Solo tengo datos dispersos, pistas, intuiciones, retazos, insinuaciones. Ni un solo dato científico que analizar. Lo quiero dejar claro. Creo que el independentismo no es transversal ni integrador ni inclusivo, pero doy por cierto que entre los indepes hay personas de la extrema derecha y de la extrema izquierda. Como en el reciente gobierno italiano, por ejemplo, lo cual ya nos ofrece un primer dato evaluable.

Lo que se es que la ideología que lidera el independentismo es la neoliberal y nacional-católica: el grupo de Puigdemont y el Pedecat lo encabeza (940.000 votos), seguida por la ambigüedad de ERC (935.000 votos) y con la coletilla de los anti-sistema de las CUP (195.000). Eso son datos cuantificables. Esos números cuestionan el supuesto transversalismo independentista, muy (pero que muy) sesgado hacia la derecha rancia, la de toda la vida. A esa lista de votos hay que añadir otro dato significativo: los votos obtenidos por la formación Ciudadanos, que fueron 1.110.000: la formación más votada en las elecciones. Un dato: el censo de electores en Cataluña es de 5.510.798 personas: es fácil sacar conclusiones científicas.

Sin tener muchas más certezas, observo los fenómenos que acontecen tras las elecciones de diciembre de 2017. El nombramiento de Quim Torra, hombre de fuertes convicciones católicas y de profundo sentimiento nacionalista -con acento próximo o muy próximo a la xenofobia- abre la puerta institucional a un independentismo esencialista y católico que permanecía larvado y que solo reptaba por las redes sociales. Las Cup (tras la cual está la supuesta cohorte de anarquistas) no tan solo no muestran queja alguna ante el esencialismo de Torra, si no que le prestan su abstención para que pueda ser ungido presidente. Torra se permite declinar el sustantivo "república": habla de trabajar "republicanamente". Pero parece desconocer la etimología del vocablo "república" (res publica), ya que no muestra ningún respeto especial por la cosa pública: su primera medida como presidente in pectore es colgar una pancarta en el balcón del palacio de la Generalitat que pide la libertad de los "presos políticos" (políticos presos por vulnerar las leyes -españolas y catalanas).

Lo de la ratafía, por lo tanto, como lo de la virgen con lazo amarillo, carece de interés real y es una anécdota. Risible y ridícula y lamentable y quizás significativa, pero significativa tan solo en tanto que anécdota.

Lo grave y lo importante del independentismo es lo otro: las continuas faltas de respeto por lo público, su inanidad ante la ocupación del espacio público por parte de los más radicales de los suyos, su pasividad ante el uso propagandista e indecente de los canales de radio y televisión públicas, sus lamentables actuaciones extranjeras en donde habla del "pueblo catalán" cuando solo habla de una parte de él, los tuits clasistas del presidente, el desprecio por las instituciones europeas, etc. El fascismo y sus máscaras no son anecdóticas. La república (la cosa pública) es otra cosa, que parece desconocer quien declina el sustantivo "república" con tanta ligereza y tanto atrevimiento en la semántica .

Quizás no sea anécdotica la admiración de Torra por las fechorías de los hermanos Badia, admiradores, a su vez, del fascismo italiano y del nazismo alemán. Eso se debería analizar con cuidado: los hermanos Badía simpatizaron con ambas ideologías antes del 28 de abril de 1936 (murieron en esta fecha) y por lo tanto desconocían la deriva y las consecuencias de sus ideologías preferidas. Excusa que no es aplicable al MHP Torra.

1 de jul. 2018

La fiesta mayor también es suya



Ha empezado la Fiesta Mayor del pueblo en donde vivo y, en la plaza que hay a escasos metros de mi casa, el ayuntamiento ha ubicado la fiesta mayor "alternativa". Es decir, la que organizan los chicos y chicas de las Cup.

La fiesta mayor alternativa es idéntica a la otra: alcohol, bocadillos (hay opción vegana) y merchandising, pero las casetas están llenas de pancartas reivindicativas y las letras de las canciones van de reivindicación. Reivindicación mainstream. Sin embargo se venden cervezas a precio normal (cervezas con etiquetas combativas, por supuesto), se bebe, se fuma y se prolonga el jolgorio hasta un poco más allá de lo que el respeto por los vecinos recomienda. ¿Alternativa?

La fiesta empieza con un parlamento en el que un chico y una chica se reparten el micrófono (la paridad, la paridad). Es el discurso inaugural, tan convencional como el que más. Han hablado de "opresión", del "estado podrido", de la "brutalidad de la represión policial del 1 de octubre" y de algún otro tópico procesista. ¿Alternativa?

Como da igual tener los balcones abiertos que cerrados, porqué su ruido penetra inevitablemente en casa, me he paseado un ratito por la fiesta. Observo a esos jóvenes y escucho alguna conversación. Son los chicos del centro, con su acento de catalán de ocho apellidos y su politización al uso, una politización construida sobre la repetición de eslóganes, de tópicos y de leimotivs. Bueno, cuando yo tenía su edad incluso repetía frases de Lenin de memoria, orgulloso de sabérmelas. Así que bueno, eso, son jóvenes y no es su culpa: todos hemos pasado por ahí. Lo que me choca más es el estilo de vestir, tan bien calculado y sin reparar en gastos, y algunos de los coches en los que llegan, coches de papá, sin duda. Y algunas furgonetas, claro. Aunque Volkswagen, por supuesto.

Me paseo por la fiesta y miro los bloques que se levantan más allá de las casetas. Esos bloques amarillentos, macilentos, tristes. El barrio es mayormente castellanohablante (incluyendo el español latino), y la segunda lengua es el árabe de Marruecos, seguido del urdu y del chino. Y, por fin, el catalán. Los parlamentos y las canciones de los alternativos son exclusivamente en catalán. En eso si son alternativos, y en este caso a pesar suyo y sin saberlo.

El tendero de la frutería latina está en la puerta del establecimiento. Sus rostro es inexpresivo. Le miro a los ojos y el levanta los hombros. No entiende nada y se resigna. Lo mismo diría del marroquí de la carnicería, que también sale a contemplar la fiesta de los niños bien, que ha empezado cuando a él le quedan unas horas de trabajo todavía. Lo mismo para la peluquera china y para las dependientas del BonArea, que contemplan el jolgorio con rostro impasible, algo perplejas, casi como si viesen a un ser extraplanetario con el no comparten código alguno para comunicarse.

Mientras me paseo entre las casetas reivindicativas y miro de soslayo lo demás (los bloques, los vecinos) pienso en "Código desconocido", la cinta terrible de Michael Hanecke en la que plantea cosas como esa. Aquí coinciden (pero no conviven) estratos sociales distintos que no interactuan entre ellos. Cada uno "tolera" al otro, lo mira de lejos y se pregunta en qué mundo viven ellos, los otros. Unos otros que podrían remitir a la cinta (olvidable) de Amenábar, aquella en la que coinciden seres de dimensiones paralelas en un mismo espacio. En la cinta con fantasmas de Amenábar se plantea un intento de comunicación entre dimensiones distintas. Aquí, en la fiesta mayor alternativa, ni tan solo sucede algo parecido. A no ser que pueda considerarse como un intento de comunicación que nos impongan su música atronadora durante varias horas. Yo he puesto a Wim Mertens en el reproductor de música y el vecino de abajo ha optado por Pink Floyd. Ambos con la misma pretensión fallida: frenar la invasión de la música alternativa que hace retumbar los cristales.
 
La conducta de los chicos y las chicas de la Cup, con toda esa alternatividad de niño bien que les pesa como una losa en el alma es la misma que mostrarían si el ayuntamiento les hubiera cedido un descampado extramuros, enmedio del campo. Los vecinos contamos para ellos lo mismo que contarían los conejos, los ratoncitos y los mirlos del campo: nada. Parece que dicen: "aquí estamos nosotros con nuestro programa de liberación de las clases pobres, pero mejor si los pobres no os acercais porqué sois más bien unos cretinos". Aquí están ellos con sus raps, sus skas, su reggae y su rollito revolucionario e independentista, incapaces de conectar con los vecinos. Quizás se han dado cuenta de que en este barrio hay más banderas españolas (y ecuatorianas) que esteladas, pero incluso si lo han descubierto no creo que hayan descifrado nada.

Pues eso: los vecinos, a tolerar. Menos mal que en pocos días los niños y niñas trotskystas-independentistas ya estarán en sus chalés de Begur, del Ampurdán o de la Cerdaña. Lugares verdaderamente alternativos, desde luego.

Anexos:

1. Ayer sábado, la fiesta terminó a las 3 de la madrugada. Ante el escenario había una docena de personas des de la 1, pero la música no se detuvo ni bajó el volumen, para regocijo de los vecinos. A eso de las 2 sonó una sirena atronadora, seguida de un mensaje contra el patriarcado. Luego dos horas de rap, que siempre va bien cuando intentas dormirte.

2. La fotografía:
Este cartel está colgado en la barra del bar. Se comenta solo, digo yo. La Cup no pierde ocasión de ofender a la clase trabajadora. Me pregunto qué sentiría yo si fuese camarera de profesión y me encontrase este anuncio que me denigra.

28 de juny 2018

El abuelo daltónico que murió en el exilio de verdad


Nací daltónico, aunque lo descubrí a los catorce años. Tuve una profesora de ciencias naturales, en el instituto de la periferia en donde estudiaba, que era curiosa y aficionada a los tests. Un día propuso a los alumnos pasar el del daltonismo. Lo tuyo es daltonismo en grado alto, me dijo. Eres un caso bastante espectacular. Quizás dijo paradigmático, o especial. Imposible recordarlo: mi memoria tampoco anda muy sobrada. Durante algún tiempo me avergoncé de ello y no se lo contaba a nadie. Poco más tarde me dio por la pintura, y asistí a clases de esa disciplina del arte. A veces los maestros me recriminaban mi uso demasiado chillón del color, o la tendencia a los contrastes exagerados. Uno me espetó: tu paleta es muy rica… quizás demasiado. Usas mucho rojo y poco verde. Yo admitía la crítica e incluso intentaba corregir el defecto, pero no les confesaba que todo se debía a mi percepción anómala del color.

Con el paso de los años cambió mi idea sobre el daltonismo y perdí la vergüenza. Descubrí que las mayorías son poco fiables, que incluso pueden ser una amenaza, y que no es obligatorio pertenecer a ninguna. Creo que eso se llama autoestima. O, a veces, resiliencia. Me dije: no es nada malo ver el mundo con unos colores distintos a los de la mayoría de los videntes. Incluso sospeché que quizás los daltónicos veíamos el mundo tal como es, y que era la mayoría quien iba equivocada. Ese pensamiento es muy bueno, ya que ayuda a soportar determinados asuntos: la mayoría solo es mayoría y nada más, y la mayoría no contiene la verdad por ningún imperativo. Ese pensamiento contribuye a hacer algo más llevadera la vida en la Cataluña de hoy.

Mi daltonismo, ahora ya felizmente asumido, hizo que el apellido Dalton me llamara la atención con un predisposición favorable, empática. Los hermanos Dalton, por ejemplo, esos bandoleros del lejano oeste, me gustaban mucho más que el petimetre insoportable de Lucky Luke. Más tarde descubrí a un poeta salvadoreño y fenomenal, Roque Dalton. Lo encontré gracias a un cuento de Cortázar y luego en una gran novela, "Pura vida", escrita por un tipo llamado Patrick Deville, nacido en Saint-Nazaire.

Aunque parezca mentira, tardé muchos años en interesarme por la etiología del daltonismo. Ni yo mismo me explico esa demora. Sabía del daltonismo que es hereditario, pero nada más. Por fin, un día, leí un artículo sobre el asunto y conocí algo que me pareció fascinante: el daltonismo se hereda por vía materna, aunque la madre solo lo transmite y solo lo hace con los hijos varones, pero jamás lo sufre. No existen mujeres daltónicas. De modo que el daltónico que me dispuso esa característica fue su padre, el abuelo Miguel. Jamás conocí al abuelo materno, porque murió en 1941, en Francia, exiliado español recluido en un campo de concentración para republicanos.

Un día llegué a Argelès-sur-mer, que fue la primera parada en el periplo del exilio de mi abuelo. Luego lo llevaron a una playa cerca de Montpélier, que es donde murió. En aquellos tiempos, el concepto de exilio era otro, muy distinto del que se usa en estos días, por lo que oigo. Una vez en este bello pueblo costero, tranquilo y decadente en invierno, y rodeado de viñedos cuyo vino excelente se acoge a la denominación de “Vino de Banyuls”, me di cuenta de que lo estaba viendo con la misma mirada trastornada del abuelo.

Y entonces sentí vergüenza. Pero no del daltonismo de mis ojos defectuosos, si no por haber llegado a Argelès-sur-mer tan tranquilo, tan ocioso, en un fin de semana largo, con dinero de bolsillo de sobras y sin nada que hacer salvo dar tumbos por las calles y tomar cafés o vinos en las terracitas de las tabernas, encarado a la playa y al sol blanco de diciembre y entornando los ojos con placidez, y hojeando a ratos el librito recién adquirido en una librería de segunda mano, "La Princesse de Clèves", escrito por Madame de La Fayette, escritora del siglo XVII, muerta doscientos años antes que John Dalton, el descubridor de la acromatopsia, quien falleció en 1844, cien años antes de la muerte del abuelo cerca de aquí, miserable y enfermo y piojoso, el abuelo que me mandó el daltonismo como quien manda un mensaje en una botella. Aunque yo recogí esa botella, creo que todavía no he descifrado el mensaje.

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El texto se publicó por primera vez en "La Charca Literaria" el 8 de junio de 2018 con el título "Dalton en Argelès-sur-mer".

26 de juny 2018

¡Ese hombre es un intelectual brutal, zoquetes!

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Así es como el periodista definió a Don Quim Torra, presidente de la autonomía catalana: "un intelectual brutal". El periodista se llama Jordi Robirosa y, según me cuentan, es un periodista de la cosa deportiva. A Robirosa le cayó el marrón de transmitir (por Tv3) la inauguración de los Juegos Mediterráneos de Tarragona, ocasión en la que soltó su verso.

La frase del periodista es más extensa, y valorada en su extensión gana mucho, como cuando te aproximas a un palmo de una pintura de Rembrandt.
Dijo: "...el deporte le gusta, evidentemente, pero Quim Torra es un intelectual brutal, y quien diga lo contrario no sabe lo que se dice". Se puede escuchar aquí.
Hay mucha materia para analizar en tan pocas palabras. En primer lugar, ese adverbio terminado en "mente". ¿Qué razonamiento llevó a Robirosa a afirmar que a Torra le gusta el deporte "evidentemente"? ¿Le gusta el deporte porqué es conocido que el deporte les gusta a todos los seres humanos y por eso es evidente que le gusta al president? ¿Hay algún imperativo moral -humano o catalán- en esa atracción por el deporte? A mi me falta el argumento, que Robirosa se guardó vete a saber por qué.

Luego está lo del "intelectual brutal", que es lo más lindo (aunque todavía hay algo más). El adjetivo "brutal" permite varias interpretaciones, aunque "brutal" se refiere sobretodo (evidentemente) a la cualidad de lo bruto, como la fuerza bruta, la brutalidad de las fieras depredadoras, la agresividad de los vikingos o de las huestes espartanas.

¿Como debe ser un intelectual brutal? Me imagino a alguien muy sesudo y muy leído que, en las discusiones sobre Hegel o sobre Kant no solo rebate a los contertulios con argumentaciones fulgurantes si no que, una vez rebatidos, les muerde en la yugular, les arranca la cabeza y se la lanza al público (o a las cámaras de Tv3). Me devano los sesos buscando a un intelectual brutal en la historia y se me ocurre Nietzsche, aunque no me consta que el prusiano practicase las agresiones físicas. Quizás merecería el epíteto alguno de los ideólogos nazis, pero creo que, en su mayoría, solo fueron brutales de boquilla: los crímenes que cometieron los cometieron en diferido, como diría la señora Cospedal, y fueron sus esbirros -o sus obedientes funcionarios- quienes se mancharon las manos de sangre. Quizás debería repasar "Creer y destruir", el libro de Christian Ingrao en donde identifica a los intelectuales que cimentaron la ideología nazi des de posiciones tan aparentemente inocentes como la filología. Espero que nadie se tome esa ocurrencia al pie de la letra: líbreme Dios de comparar a Torra con un intelectual nazi, ya que no creo que ni tan siquiera sea un intelectual. A mi humilde entender, el último intelectual metido en política fue Manuel Azaña, pero eso es solo mi opinión.

¿Qué oscuro rincón de la mente de Robirosa le permite poner a Torra el epíteto de "intelectual brutal"? No lo se, de veras. Tal vez no deberíamos llamarle Molt Honorable President Torra si no Molt Brutal Intelectual Torra" (MBI Torra). MBI no sería un mal anagrama, ya que Pilar Rahola podría convertirlo en Molt Bon Independentista, por ejemplo.

Es más: si en Cataluña había un "intelectual brutal"... ¿como se explica que haya pasado desapercibido hasta hoy? ¿Como nos hemos permitido desaprovechar una mente tan brillante durante tantos años, con lo mal que estamos? Dios mío: ¡qué misterios tan hondos oculta la desdichada patria de Salvador Espriu!

Y por fin, ahí está la perla final de Jordi Robirosa, que en su capacidad por decir tanto con tan pocas palabras creo poder afirmar que es un periodista desaprovechado y con alma de poeta. De poeta de los grandes. Ahí está ese "quien diga lo contrario no sabe lo que se dice". (Cabe destacar algo: en catalán es un endecasílabo brillante):
Qui digui el contrari no sap el que es diu
La frase contiene una amenaza indisimulada. "Quien diga lo contrario es tonto" sería algo equivalente, como también lo sería "quien diga lo contrario se va a enterar de lo que vale un peine". A ese tono nos tiene habituados Tv3, el canal de tv autonómico que pagamos los catalanes, seamos o no independentistas, y sin rechistar. A mi eso es lo que más me ha dolido: que Robirosa no argumente la brutalidad intelectual de Torra pero que se permita amenazar a quien no esté de acuerdo con él.

Quizás no sea Torra el intelectual brutal: quizás lo sea Jordi Robirosa, un intelectual brutal disfrazado de periodista deportivo en un discreto canal regional, agazapado en un triste rincón del planeta.

24 de juny 2018

Gracias Souad, Assía y Loubna


Gracias Souad, Assía y Loubna. Y a todas las demás mamás que habeis participado, a lo largo del curso, en esta comunidad que es la escuela. Mi agradecimiento no encuentra las palabras buenas, las palabras justas, así que solo se me ocurre deciros "gracias". Gracias por venir cada día, cada semana, cada cuando habeis podido venir. Gracias. Mil veces gracias.

Vosotras sabeis, como yo, que este es un país difícil, que no es acogedor, que la acogida -si es posible- se construye con la corresponsabilidad, codo a codo. Vosotras sabéis mejor que yo que la "Cataluña terra d'acollida" solo era un eslógan, sin contenido ni presupuesto ni verdad. Pero vosotras habeis estado aquí cada día, haciendo posible el sueño de un mundo mejor, de todos y para todos. Vosotras y nadie más que vosotras habéis hecho de este pedazo de tierra una tierra un poco más humana. Con vosotras aquí Cataluña es mejor que sin vosotras aquí.

Assía, Souad y Loubna y las demás mamás de esta escuela: os quiero decir que estoy orgulloso de trabajar en esta escuela. Y estoy orgulloso de ello por vuestra presencia aquí.

Ya sabéis que este es mi primer curso en esta escuela (y espero que sea el primero de muchos), y os debo contar algo: tras muchos años trabajando en la educación primaria, este es el curso en que me he sentido mejor. Mejor como persona. Eso lo han conseguido vuestros hijos, vuestras hijas y vosotras, sobretodo vosotras, con vuestra voluntad casi siempre callada y humilde, con vuestra tenacidad, con vuestra persistencia. Con vuestro velo, con vuestro silencio que desearía romper aunque lo respeto, con vuestra tenacidad, con vuestra fe en darles, a vuestros hijos, un futuro mejor.

Un filósofo español que tal vez conoceis dijo que "en España, quien persiste gana". Este filósofo se llamaba José Ortega y Gasset. Este filósofo hablaba de vosotras, Assía, Souad y Loubna y las demás mamás de la escuela. Vosotras habeis ganado con vuestra insistencia, con vuestra perseverancia, con vuestra fe. Os habeis ganado un montón de cosas entre las cuales está una cosa muy pequeña, que es mi respeto infinito. Os agradezco vuestra presencia y vuestro compromiso. Sois pobres, incluso muy pobres. Se muchas de las penurias que pasais. Porqué vuestros hijos son niños y cuentan sus vidas, sus vidas pobres, su precariedad más o menos consciente. Por eso vuestra colaboración me parece tan valiosa, tan rica. ¡Cuanta riqueza hay en vosotras! ¡Qué suerte tienen vuestros hijos e hijas! Habéis hecho inmensamente ricos a vuestros hijos y a los maestros y las maestras de esta escuela, lo habéis hecho vosotras. Vosotras esáis creando una riqueza enorme.

Gracias Loubna, Assía y Souad y las demás mamás. Se me atraganta mi agradecimiento por la emoción. Sois heroínas de verdad en un mundo de mentiras, sois heroínas de veras. Sois el futuro.

Gracias por eso, Loubna, Assía y Souad y las demás mamás: gracias por construir futuro desde vuestra precariedad que es la mía, la nuestra. Gracias por ayudarnos a comprender.

La autoridad literaria en Cataluña

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El estado de la literatura catalana en Cataluña (3).
La autora, el autor, la traductora
y el mito del entretenimiento

Una vez me enfrasqué en una discusión pública sobre la calidad de la producción literaria catalana actual, y se me ocurrió juzgarla. Fue una mala ocurrencia: el auditorio era catalán y (huelga añadirlo) muy nacionalista. Debo aprender a no juzgar a los demás, incluso si son nacionalistas. Dije que la producción literaria en catalán me parecía de muy poco nivel. Lo dije generalizando, por supuesto. Antes de proseguir por este camino debo decir dos cosas: hay buenos autoras/es y buenas obras (cito, casi al azar: Marina Garcés y J.L. Badal). Y algo muy importante: hay grandes traductoras (también cito a dos: Maria Antònia Escandell y Anna Cortils). No me canso de proclamarlo: si el lector de obras en lengua catalana le debe algo a alguien, se lo debe a las traductoras.

Alguien me pidió que concretara la hipótesis de la mala calidad y que pusiera ejemplos, deseoso de sentirse agraviado para poder argumentar que yo, en virtud de mi antinacionalismo, desprecio todo lo que sea catalán. No caí en la trampa. Pero si dije que, a mi parecer, la producción literaria catalana es mayormente nada ambiciosa y que, des del punto de vista artístico, es irrelevante des de hace varias décadas. Dije que se busca el entretenimiento pero no el arte, ni la calidad, ni la universalidad. Eso lo mantendría ante cualquier auditorio. Creo que el último escritor catalán ambicioso fue Josep Maria de Segarra con su "Vida privada". 

[La búsqueda del entretenimiento vendible ha provocado el "auge" de la mal llamada novela negra catalana, que solo es costumbrismo con policía -o costumbrismo a secas, costumbrismo moralizante al que se le añade un crimen (Núria Cadenas o Rafael Melero)- y que permite augurar que la literatura catalana ha entrado en una nueva "decadencia", peor y más aguda que la del XVIII -y quizás definitiva-, con la que tiene muchas similitudes.]

También me han dicho que la literatura de entretenimiento es necesaria porqué cumple una función social y que, como la literatura "popular", debe existir. 

Por supuesto que debe existir el entretenimiento. Soy un usuario entusiasta del entretenimiento. No me apetece cada día leer a Séneca o a Schopenhauer, ni siempre deseo revisar a Dostoievsky mientras repaso el análisis que hizo del ruso otro ruso tan memorable como Mikhaíl Bajtín. Ni pretendo entretenerme leyendo a diario los estudios de neurociencia de Eric Kandel. Cuando quiero entretenerme (evadirme) me pongo una peli serie B de las de Roger Corman, o sintonizo la Cuatro para ver a Iker Jiménez. Es más: prefiero entretenerme con "Cazatesoros" en un canal de tv cuyo nombre no recuerdo que leer una novelita negra catalana de Ana María Villalonga o de Jordi de Manuel (autores que, con su digna pretensión de entretener, desprecian la inteligencia del lector y lo tratan de discapacitado intelectual, a los cuales es imposible leer sin sentir el rubor de la vergüenza ajena). Lo dijo mucho mejor que yo el admirado Thomas Ligotti: cuando quiero evadirme miro telebasura. Ligotti habla con entendimiento cuando habla de entretenimiento.

El entretenimiento puede ser bueno, aunque se debe saber que del entretenimiento solo surge más entretenimiento, pero no el aprendizaje ni la cultura. Todo el mundo sabe que de Harry Potter no se pasa a Virgilio: de Harry Potter solo se pasa a Dan Brown. Leer (crear lectores) está bien, pero... no de cualquier lectura se saca aprendizaje. ¿No sería mejor darles a los niños buenas adaptaciones de clásicos universales como El Lazarillo, Dickens, Kipling o Cervantes? ¿Y ejemplificarles, así, que el entretenimiento y la cultura no están reñidos? 

La dicotomía entre aprendizaje y entretenimiento es falsa: uno puede entretenerse viendo una cinta de Fellini o de Buñuel, de Weir, de Leigh, de Zulawsky o de Sorrentino. Tanto o más que viendo "Torrente 3" o una serie de Tv3. Y se puede aprender a la vez que se distrae uno leyendo a Álvaro Mutis, a Eduardo Mendoza, a Patrick Deville, a Houellebecq, un cuento breve de Cortázar. Diría más: ningún autor contemporáneo me evade tanto como Mircea Cartarescu, porqué me traslada a otras dimensiones del mundo, de la vida. Su lectura me exige un esfuerzo, y ese esfuerzo que me pide es lo que le aplaudo, eso es lo que le agradezco. Quizás todo depende del modelo cultural que elegimos transmitir a la sociedad del futuro.

He ahí el problema: que la ambición de más del 80% de la producción catalana es entretener pero, como es natural cuando uno se propone eso, lo únco que consigue es aburrir. Aburrir soberanamente. Y eso tiene una consecuencia trágica para la pseudoindustria editorial del "país": el lector huye de la producción catalana tras no más de una o dos experiencias, que siempre son una o dos decepciones. Luego viene el drama pequeño, el íntimo: la pseudoindustria editorial catalana no funciona, no vende. Por consiguiente recorta en gastos y no le paga al autor. El autor, en correspondencia, escribe sus novelitas durante los fines de semana (una "novela" en no más de tres o cuatro findes): ¿alguien puede pensar que Miguel Delibes escribió "El hereje" en cuatro fines de semana? ¿Rafael Chirbes redactó el manuscrito de "En la orilla" durante unas vacaciones en verano de 2012?. ¿Antonio Soler pudo escribir un relato sobre Cataluña tan importante como "Apóstoles y asesinos" en los ratos libres de quince días? (Dice Stevenson que escribió "El doctor Jekyll y Mister Hyde" en una sola noche, pero no existe un equivalente catalán a Stevenson, creo que eso no me lo van a discutir).

Por supuesto que no.

En consecuencia, el autor se desentiende, se desprofesionaliza, se amateuriza y por lo tanto se vende barato o gratis (el pago es publicar, le dice el editor, con eso debes darte por pagado, ya sabes que el mercado está mú malito). Y el lector huye escamado, sintiéndose estafado por el autor, por la editorial y por el bloguero que ha loado la bazofia publicada como "novela", por la que le han cobrado 17 euros en la librería. ¿Cuántas cosas buenas se pueden obtener por menos de 17 euros? En mi barrio, un shawarma con ensalada y chips y un refresco gaseoso vale 5 euros. El canal DMax es gratis. Filmin ofrece más de mil pelis por 8 euros al mes. Por 13 euros me compré, seis años atrás, un par de zapatos de trekking en el Decathlon del pueblo, con los que llevo cientos de horas andando por senderos del Parc Natural de la Serra de l'Obac. Por cierto: el libro de Kandel (premio Nobel) está en la biblioteca pública, a 5 minutos de la casa.

Pasear por el parque es gratis (o casi, o por lo menos es una acción que no está sometida al copago). Y si uno sabe escoger el parque y la hora para hacerlo ¿para qué malgastarse los euros en el librito de un autor catalán que escribe pseudonovelitas negras (o gris perla o gris asfalto) para distraerse haciendo patria?

21 de juny 2018

Tertulia dialógica o club de lectura

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Por consecuencia de mi labor como escritor publicado, he tenido la ocasión de participar en algún que otro club de lectura. Acuden algunos lectores, algunos plantean preguntas y otros no. Pero debo contar algo: en general, mi experiencia está más próxima a la decepción. Más allá de lo agradable que es el contacto con otros (otros que se han leído lo que has escrito), la conclusión, en términos evaluativos, es un suspenso. No suspendo a las personas si no a la actividad, que apenas aporta conocimiento y creo que no tiene ningún impacto social relevante ni verificable.

En algunas ocasiones me he sentido como un comercial de la editorial, que acude a la caza de clientes: la sensación me resulta pavorosa, y supongo que transmito mi pavor. Odio que el autor deba salir a vender libros, porqué esa es la labor del editor o la del librero. El operario de la Seat no vende coches en sus ratos libres.

Sin embargo (¡y gracias a Dios!) por mi labor como docente he asistido y he participado en varias tertulias literarias dialógicas. La experiencia, esa si, es tremendamente gratificante, enriquecedora y uno se da cuenta enseguida del impacto social que produce. Las tertulias literarias dialógicas (TLD) se están extendiendo por ámbitos muy diversos: el académico y el de primaria (si, estoy hablando de niños y niñas de menos de 13 años), y en las escuelas de adultos. Quizás no cabe recordar quienes son los usuarios de las escuelas de adultos: gente adulta con un nivel formativo escaso (a veces casi nulo).

Pero los datos están ahí: el nivel de la tertulia alcanza cotas de interés, de razonamiento y de intercambio de ideas que no he visto en ningún club de lectura. Jamás. Para empezar, las personas que participan en una TLD acuden a ella habiéndose preparado el texto previamente. Piden la palabra, argumentan, se escuchan, se rebaten, y poco a poco van construyendo esa maravilla que es el conocimiento compartido. El traductor de "La Ilíada" al catalán fue invitado a una TLD en el barrio de la Verneda. Ante él había un grupo de unos veinte tertulianos. La mayoría sin estudios. Al terminar la tertulia, en la que se le podían poner cuestiones al traductor, este les confesó:
-He dado charlas en institutos y Universidades, pero nunca encontré lectores que hubiesen hecho una lectura tan rica y tan atenta como la vuestra.
El hombre no salía de su asombro.

No salía de su asombro quizás por la presencia de prejuicios (muy previsibles) dentro de su mentalidad de académico. Pero también porqué desconocía esa metodología, aunque esta metodología está tratada en la literatura científica sobre educación. Los beneficios de la TLD están contrastados y avalados por universidades europeas, y es por ese motivo que se practican en ámbitos educativos muy distintos. Igual como la solidaridad es algo que se practica pero no se habla, la construcción del conocimiento compartido es algo que se debe hacer en vez de cacarearlo sin ton ni son.

Me pregunto porqué las bibliotecas siguen prestándose a los clubes de lectura, cuando todo el mundo sabe el escaso interés y el nulo impacto que tienen.

Voy a contar algo: algunos de los clubes de lectura que me fueron encargados estaban remunerados. Si quien lo remunera es la Institució de les Lletres Catalanes (el órgano que dirigía, ayer, la hoy Consellera de Cultura Laura Borràs, y que Terenci Moix nombraba "Institució de les Dèries* Catalanes") se le paga al autor invitado con unos 250 euros, procedentes del erario público. En otras ocasiones, la biblioteca saca un dinerillo de algún concepto borroso de su contabilidad y le pagan al autor 40, 60 u 80 eurillos. A veces en negro, a veces en blanco. Por lo que se, si la biblioteca pertenece a una población tirando a pobre, se le paga en blanco y con factura. Si la biblioteca pertenece a una población rica, el pago es en negro. Que cada uno saque sus conclusiones.

Ya van dos veces en las que renuncio al cobro. En parte porqué no vivo de eso y mi trabajo no está mal pagado. En parte, porqué se me cae la cara de vergüenza por cobrar a cambio de una actividad tan irrelevante, que no ha aportado ningún beneficio a nadie.

Espero que las bibliotecas, las librerías y las editoriales se preocupen por conocer que cosa con las TLD y se lo apliquen. Les puedo facilitar información, enlaces y bibliografía. Sin interés crematístico alguno por mi parte.

Deben tener algo muy importante en cuenta: las obras que se seleccionan para las TLD deben cumplir con un par de requisitos mínimos. Deben ser textos considerados universales y transferibles. Dos requisitos que incumplen el 99% de las publicaciones de hoy, en Cataluña. Pero hay una parte, por pequeña que sea, que si los cumple.

__________
* Dèries, en catalán: manías, en castellano.

Algunas lectoras y lectores del blog me han escrito para obtener más información sobre las TLD. Me enorgullece recibir estas peticiones, por supuesto. Dejo algunos enlaces:

-Video muy elemental, orientado a educación primaria. Puede chocar el tono de maestro de primaria, pero los conceptos y la metodología están muy bien explicados.
-Material más elaborado, en donde se explica muy bien que es una TLD, aportando datos, fundamentos teóricos y científicos. Toda la web te podría interesar.
https://comunidadesdeaprendizaje.net/actuaciones-de-exito/tertulias-literarias-dialogicas/tertulias-literarias-dialogicas-tld/

-Orientado a escuelas de adultos. Aquí se habla también de las tertulias musicales, las artísticas y las científicas. He asistido a algunas de ellas en la escuela de adultos de la Verneda y salí muy impresionado de la científica (leen a Newton, a Darwin, a Hawkings, Rita Levi-Montalcini, Kandel, Descartes, etc...
http://confapea.org/tertulias/td/tertulias-literarias-dialogicas/

-Y por último un video emotivo, en el que una alumna de primaria que vivió las TLD cuenta, en el Parlamento europeo, sus aportaciones:
https://youtu.be/F-2zOJ6-ni8





Zona de los archivos adjuntos

Vista previa del vídeo Ania Ballesteros [Comunitat d'aprenentage Montserrat de Terrassa] de YouTube




Ania Ballesteros [Comunitat d'aprenentage Montserrat de Terrassa]

18 de juny 2018

El Golem, o el bloguero reseñador de libros

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El estado de la literatura catalana en Cataluña (2).
La crítica y el bloguero reseñador de libros


La crítica literaria, junto al ensayo, son los dos grandes desaparecidos del panorama cultural catalán. Quedan algunas muestras de cada género, pero son escasas e inadvertidas. Destaco a Salvador Oliva, Jordi Llovet, Ponç Puigdevall y Valentí Puig. Y, en otro orden de cosas, al filósofo Josep Maria Esquirol. Casi todos los nombrados tienen algo en común: no son personas afines al independentismo y, por ese motivo, son ninguneados por la prensa.

Jordi Llovet escribió un libro muy interesante algunos años atrás, cuando todavía no se olisqueaba el auge del independentismo. "Adéu a la universitat" fue un texto leído y comentado, y diría que causó un impacto notable en la sociedad. El ensayo trata la decadencia de las humanidades en la universidad catalana, y era un aviso de la decadencia que, a día de hoy, afecta a todas las facultades pero sigue mostrando una cara más trágica en filología, historia, humanidades en general. Luego, Llovet expresó su posición frente al independentismo y los independentistas decidieron que Llovet, en tanto que "botifler", ya no debía ser leído ni mencionado: así fue como la cultura catalanista descendió un peldaño (uno más).

Lo de la crítica literaria es algo que lleva décadas en declive. Poca crítica en los suplementos literarios y, lo que es peor, una crítica invisible. Casi nadie podrá citarme una crítica de las novedades en catalán de los últimos años. Advierto de algo importante: una reseña no es una crítica. Reseñas haylas, por supuesto, aunque me temo que son más leídas (quizás solo vistas) las escritas por el prolijo gremio de blogueros que se extienden por el universo virtual.

Está muy bien que un lector decida abrir un blog para reseñar sus lecturas. Yo lo hago y no me avergüenzo de ello. Me lo tomo como un diario personal: voy registrando las lecturas que me han impresionado por algún motivo. A menudo, cuando reseño una lectura, busco qué se ha publicado en la prensa, para no meter la pata en exceso y para ilustrarme un poco. Si se trata de novela catalana de hoy, es casi imposible encontrar nada que supere las 10 líneas, pura nota de prensa.

Hace pocos meses hice dos aproximaciones a la reseña de "Solenoide", una novela cósmica del autor rumano Mircea Cartarescu. Una de ellas fue vista por un conocido, asiduo lector de una página colectiva de reseñadores cuyo nombre es más que sospechoso: "Ressenyaires en català". Hay que contar algo: el sufijo "-aire" expresa, en catalán, una actividad amateur o aficionada, o quizás relacionada con el folklore. Se habla de "puntaires" (las personas que hacen encaje de bolillos), de "cantaires" (los cantantes aficionados que cantan en corales populares), "patumaire" (el que acude a las fiestas tradicionales de Berga), o de "trabucaire" (el que sale a disparar el trabuco con salvas de pega en la fiesta mayor).

Mi conocido me invitó a participar en "Ressenyaires en català", cosa que hice sin meditarla previamente. Al cabo de tres reseñas publicadas, descubrí que el administrador del grupo había sustituído la imagen de la página por una fotografía manipulada en la que aparece el señor Puigdemont haciendo una peineta. Le escribí (públicamente) para lamentar esa imagen y para expresarle mi desolación por su cambio, ya que no me sentía capaz de publicar mis textos bajo tan insólito icono. El administrador me respondió de muy malas maneras: "hago lo que me da la gana con mi página", vino a decirme. Aquí se terminó nuestra relación. Al conocido que me había invitado a participar le conté lo sucedido por deferencia, y me respondió que, aunque quizás pudiese tener razón, no debía haberlo hecho público. Es decir: si no eres de los nuestros, no lo digas en voz alta. Un dato pequeño, pero otro dato que cuenta la "espiral de silencio". Huelga decir que ningún "ressenyaire" se solidarizó con mi opción.

Aunque me parece bien lo de reseñar libros con talante amateur, es necesario decir que el amateurismo reseñador no es capaz de sustituir a la crítica. El número de reseñadores amateurs es importante, pero ese número solo le convierte en un trasunto del Gólem. El Gólem es aquel gigantón de barro animado por una palabra mágica que debía salvar al pueblo judío de sus enemigos (aprovecho para recomendar la magnífica novela "El Gólem" de Isaac Bashevis Singer). El reseñador amateur de blog voluntarioso suele pretender un objetivo casi único: caerle en gracia al autor reseñado y aumentar su grupo de "amigos" virtuales, motivo por el cual la reseña se parece más a una adulación a menudo bochornosa por acrítica y por facilona, desprovista de todo intento de análisis y cuya redacción delata la escasa formación literaria del reseñador, incapaz de establecer relaciones o de citar a nadie, a nada.

Mientras escribía este texto he tenido la tentación de copiar y pegar ejemplos de esos reseñadores pero no me parece bien la burla, por poco elegante.

En el próximo capítulo voy a comentar los "clubes de lectura", que son otro capítulo interesante en este memorial de desastres que es la producción literaria catalana actual. Luego vendrán los autores. 

13 de juny 2018

Cuando la miseria entra por la ventana de la editorial


El estado de la literatura catalana en Cataluña (1).
Las editoriales y los autores


a Laura Borràs, consellera de cultura

Media mañana, en un barrio de Barcelona algo más arriba de la avenida Diagonal. Luce el sol. Clima agradable. Un autor se persona en la sede de una editorial. Le han hablado muy bien de ella. Es decir: le han dicho que son buena gente. Y, cuando les conoce, le parecen simpáticos. Porque lo son. Campechanos, afables. El autor les confía su original. Lleva meses (acaso años) trabajando en él y lo siente como un hijo. Les confía el original a los editores simpáticos. Poco después, recibe la llamada tan esperada: su libro nos ha gustado mucho. Lo queremos publicar. Es más: deseamos publicarlo. Tiene una reunión con el consejo editorial, con risas y felicitaciones. Al terminar, le invitan a una caña en el bar de abajo. Dentro de poco te mandamos el contrato, le dicen. Un mes o dos más tarde, cuando el libro ya está en la sala de máquinas, el autor recibe un correo electrónico con el texto del contrato. Es entonces cuando, por primera vez, algo chirría en su estómago: le ofrecen 300 euros como anticipo, a cargo de los beneficios por los derechos de autor (alrededor del 8 o 10% de las ventas). El autor comprende que, con tantas risas y las cañas, se le olvidó preguntar por el asunto de los euros. O quizás no se olvidó, pero pensó que hablar de dinero, en aquel momento, iba a romper la magia del instante y que, tal vez, estropearía el buen rollito imperante.

En la reunión también le hablaron de como iban a promocionar el texto: artículos en la prensa amiga, ferias, presentaciones en varias librerías de renombre. En cuanto el libro aparece a la venta, el plan de promoción va ensombreciéndose: una presentación colectiva, la prensa amiga ya no lo es tanto, etc etc.

Un día, el autor descubre que, pasados dos o tres años, la editorial solo distribuyó alrededor de 300 ejemplares del libro. Se pone a echar cuentas y descubre que, si el dato es cierto (el autor jamás podrá comprobar la veracidad de ningún dato), es imposible que gane ni un solo euro por los derechos de autor generados. Las cuentas son muy simples. No hay que haber estudiado en Esade ni saber mucho de ingeniería financiera para darse cuenta.

Luego, el autor descubre como funciona el engranaje perverso que une al editor con el distribuidor (eso será un capítulo aparte, que resumo en una sola frase: cuánto menos se vende, más se debe publicar).

Sin embargo, en Cataluña son legión los autores (de oficio o de fin de semana) que desean publicar su libro. Contribuyen a ello las miríadas de escuelas de escritura y, sobretodo, la cosa patriótica. En Cataluña no se escriben novelas para engrandecer el arte de la novela ni la literatura en general, si no para engrandecer la patria. Es puro voluntarismo patrio, o el triunfo de la voluntad por la vía de la escritura. Es fundamental comprender eso para poder calibrar el fenómeno de un modo objetivo.

Nada nuevo cuento: el negocio del libro periclita año tras año. Para salvar los restos del naufragio hay editores que se echan al campo a la caza de posibles best-sellers, e invierten en obras de ínfimo valor literario pero que permiten pensar en buenas ventas, para salvar la temporada. No siempre funciona el truco, ni al burro siempre le suena la flauta.

Si eso se puede afirmar del libro en general, ¿qué decir del libro en catalán? Los números son dramáticos, y llevamos años en la pendiente hacia la nada. Hace unos pocos años, una de las "Vías catalanas" que reunían a miles de catalanes uniformados y enlazados para reivindicar su patria imaginaria transcurría por enmedio de una feria del libro en catalán. Era un 11 de septiembre, claro está. El "animador" de este sector, megáfono en mano, informó a los manifestantes jubilosos de que, en pocos minutos, un helicóptero de Tv3 iba a sobrevolar la zona y les propuso que saludaran con un libro en catalán en la mano. Solo unos pocos de los manifestantes acudieron a comprar... un periódico. En catalán, claro, pero un periódico en vez de un libro. Ojo al dato. Porqué un periódico sale más baratito que un libro, digo yo, y lo de la patria está muy bien mientras no nos cueste demasiada pasta. Hay que comprenderlo: esas buenas gentes llevaban casi 15 euros invertidos, porque 15 euros les habían soplado por el kit nacionalista de la ANC: camiseta estampada, fular y mochilica.

Como en catalán no se puede soñar con bestsellers, se opta por reducir gastos. Abaratar el coste editorial se puede acometer de varias manera, una de las cuales es pagar lo menos posible al autor. O sencillamente no pagarle. O incluso cobrarle por publicar, una práctica que, por lo que parece, se extiende (y también se practica en castellano, que conste).

Llevo años trabajando en sectores socieconómicos que rozan la miseria (o se hunden en ella) y se muy bien lo que acarrea la miseria: mezquindad, mala educación, falta de empatía, etc. No hay que tener muy presente la pirámide Maslow para acordarse de que los valores de la generosidad, la solidaridad y la empatía solo se pueden dar cuando uno tiene satisfechas sus principales necesidades. Mientras haya pobreza en casa, la casa estará tomada por los malos modales, el egoísmo y la tacañería. Lo que vale para un individuo vale para un colectivo. O para una organización: las pequeñas editoriales catalanas no escapan al esquema de Maslow. Todo lo humano me atañe, dice el bueno de Maslow.

El resultado de todo ello es dramático: en catalán se publica mucho, pero casi todo muy malo. Y eso explica, en gran parte, que ni por Sant Jordi se vendan novelas en catalán. El público lector, que ya era escaso, no tropieza dos veces con la misma piedra y opta por autores anglosajones o por la última novedad bien publicitada. Si a eso se le suma la ausencia de una crítica seria, sustituída por el amateurismo bochornoso de múltiples blogs de "reseñas" (ressenyaires, se autoproclaman, sin caer en la cuenta de que el sufijo "aire" espresa, en catalán, afición o hobby, folkclore), el diagnóstico nos acerca al desastre. Y el pronóstico nos lo planta en las narices. En un capítulo próximo, también, me voy a ocupar de la crítica y sus sustitutos. Prometo muchas risas, pues será un capítulo con citas textuales.

Por mi parte, he tomado la decisión de escribir lo que me apetezca pero no publicar nada en papel en mucho tiempo. Nada en catalán, se entiende.

Seguiremos informando.

11 de juny 2018

Los renglones editados de Dios



Me detengo ante el escaparate de la librería. Creo que me siento pasmado. Hay una colección de libritos de apariencia austera, austera en extremo. Miden 10x18 centímetros (menos de un palmo de altura, y de ancho la mitad de un palmo), tapa de cartulina estricta, sin plastificar, cubierta impresa a una tinta (tinta negra). Título, nombre del autor y de la editorial, sin ilustración. Lo justo. Ninguno supera las 80 páginas.

Entro en el establecimiento y pregunto. Creía que era algún stock antiguo, porqué cuando yo era muy joven se veían ediciones de esta clase. Pero se trata de novedades. Con el sello de Anagrama. ¿Su precio? 7,50 euros.

-¿Se venden? -le pregunto a la librera, mientras le pago los dos que me llevo: "Calais", de Emmanuel Carrère, y "El año que nevó en Valencia", de Rafael Chirbes.
Ella se encoge de hombros y suelta una sonrisa casi cómplice que le sonríe al infinito más que a mis ojos, un infinito que adivino más bien neblinoso. Hay tres clientes más aparte de mi. Uno de ellos observa los libros que me compro y, como ha escuchado el intercambio de palabras entre la vendedora y yo, lanza una ojeada fugaz a la estantería de esas nuevas miniaturas editoriales. Es una mirada lejana, apática, algo indolente y soslayada. Me doy cuenta de que luego me mira a mi, como haciéndome un escáner rápido. Sin apenas quererlo, en su rostro aprece un mohín de desprecio. Estoy seguro de que la información que obtiene su nervio óptico provoca una sinapsis que le lleva concluir que esa edición que compro es una edición para pobres que todavía quieren leer, benditos ellos. Algo me dice que el señor que me observa y deduce mi pobreza lamenta que compre libros en español: está esperando detrás mío para pagar lo que lleva en la mano, que es "Els fets de l'1 d'octubre". Algo le dice, en su interior cerebral que, como todos los pobres, soy un españolista. Quizás me equivoco, claro. Quizás resulta que el hombre tiene una amiga indepe y piensa que, si le regala este libro, aumentarán sus espectativas copulatorias (muestra un aspecto de indudable macho alfa, con la camisa medio desabrochada, los jeans prietos y los zapatos terminados en punta. Y reloj de esfera superlativa, muy caro).

El librito de Emmanuel Carrère es un breve reportaje sobre los días que el autor francés estuvo en la población de Calais por encargo de su editor, mientras estaba allí el campamento de chabolas más grande de Europa. Un buen texto, con agudezas varias y buenas descripciones. El otro que me compro, el de Rafael Chirbes, es una joya de la literatura breve. Un cuento de menos de 50 páginas fascinante, bello, delicado. Cuenta un montón de cosas con la suavidad de quien cuenta anécdotas intrascendentes. Hay que ser muy bueno escribiendo para poder llegar a escribir así. La última frase del cuento reza: "yo quería seguir perteneciendo a todo aquello". Tres verbos en siete palabras. En otros casos (en otros escritores) eso olería a perro muerto, pero en la pluma de Chirbes es eso, una joya.

Mientras me marcho de la librería me pregunto si ese es el futuro de la edición. Quizás soy un visionario. Por lo que atañe a la literatura breve, me alegro de la propuesta. Soy un creyente de ese formato y me alegra saber que se publica, que no todo son mamotretos de 500 páginas con cubiertas de colorines chillones escritos por autores que no se han leído jamás a Bajtín y desconocen la diferencia entre el acto estético y el acto ético, que tratan de asesinos en serie muy malos y polis buenos, muy listos, que les pillan y luego se van a tomar un vino blanco con su novia, siempre muy exquisita. Desconozco las ventas de esa colección, y si quiero sacar conclusiones del encogimiento de hombros de la librera puedo pensar que tampoco funciona. ¿Qué se vende? ¿Quién lee? Dice Michel Houellebecq que el libro más importante de la historia de la humanidad es "El mundo como representación y voluntad", de Arthur Schopenhauer. Houellebecq lamenta, con aspavientos, que el libro más importante de la humanidad sea casi imposible de encontrar. ¡Y eso que Michel se refiere a Francia! ¿Cuántos ejemplares de la obra de Schopenhauer se debieron vender, en la rica y plena Cataluña, en 2017?

Me hago estas preguntas durante el viaje de regreso a casa. Aprovecho el rato para leer el primero de ellos. Cuerpo de letra 14, la caja del texto mide 7 centímetros exactos de anchura. Se leen en un viaje de Barcelona a Terrassa. El billete del tren me sale por 4,10 euros. Más 7,50 del libro, el desplazamiento me cuesta 11,60 euros. Bueno, al final resulta que no era literatura para pobres.

8 de juny 2018

El racista que no lo sabía


Después de muchos años trabajando con colectivos marginados (sobretodo gitanos y magrebíes de Cataluña) uno descubre -unas veces con sorpresa, otras con horror y siempre con decepción- que vivimos rodeados de racismo. Personas que se esfuerzan en dar lo mejor de si mismas trabajando con esos colectivos son capaces de soltar, en situaciones informales, chistes y ocurrencias varias, siempre tópicos muy gordos, que difaman a esos mismos colectivos.

Soy de los que cree que el racismo es una máscara del clasismo pero eso no mitiga el disgusto que me produce esa tendencia de apariencia incontrolable, que a veces actúa como válvula de escape, de catarsis: no es nada fácil trabajar en esos terrenos. Dicho de otro modo: es difícil trabajar en esos terrenos, como diría el señor Rajoy.

Y así, entre catarsis, ceguera, válvulas de escape y chascarrillos, convivimos con el racismo nuestro de cada día. Creo que, en efecto, hay personas racistas que no lo saben. Tan poco lo saben que son capaces de acusar de racismo a otras.

En otro orden de cosas, pero no muy lejanas, está lo del "nazismo" o lo del "fascismo", que uno siempre lo detecta en el otro y nunca dentro de sí. Quizás deberíamos recurrir a la bibliografía y determinar que es el nazismo y que es el fascismo. Y luego: ¿son lo mismo? ¿se parecen? ¿son intercambiables, como los sinónimos estrictos?

Hace unos días, el señor Alfonso Guerra acusó de nazi al señor Quim Torra, y este le respondió muy ofendido, y le dijo que "acusarle de nazi es lo más ofensivo que se le puede decir a un demócrata catalán" (sic). Todavía me estoy preguntando por la presencia del adjetivo "catalán" tras el sustantivo "demócrata". ¿Qué cosa quería expresar Torra?. ¿Un demócrata japonés se ofende menos que un demócrata catalán cuando le tildan de nazi? Pero vamos a obviar eso: ya se sabe que a los políticos les gusta hablar con muchos adjetivos, y mejor aún cuando los adjetivos hablan de la patria, de las identidades sagradas y demás superficiliadades.

Sin embargo, cuando uno lee los arículos del señor Torra publicados a lo largo de más de 10 años en la prensa (me olvido de sus tuits tan lamentables), se da cuenta de eso: quizás el señor Torras ignora lo que es, y quizás esta ignorancia no contiene mala fe alguna, ignorancia en estado puro. Hay otro político catalán (aquí si es pertinente el adjetivo), recientemente nombrado Conseller de algo, que publicó un tuit, hace poco, en el que preguntaba si alguien puede encontrar la diferencia entre un mongol y un español. Ignoro si se puede alegar ignorancia en este caso, pero percibo aquí, de forma nítida y clara, ese gracejo (tan español, por cierto), esa tendencia a la ocurrencia jocosa, que se suele dar con el codo apoyado en el mostrador de la taberna.

Está claro que el debate identitario no saca lo mejor de cada uno. Más bien todo lo contrario, el identitarismo bucea en el alma, llega a las zonas abisales y emerge con lo más deplorable y oscuro de nosotros y, en un gesto altanero, lo exhibe con impudicia, con bravuconería, como el trofeo sanguinolento tras una partida de caza en el coto del señorito. Los amigotes aplauden y el cazador se siente reconocido, se descorchan unas botellas más y esa ronda la pago yo. Así nacen los debates identitarios.

Ese es el principio del debate. Cabe recordar eso, incluso con insistencia. Porqué del chiste se pasa a la afirmación, a la reafirmación, y luego, ya con varias copas, a la pelea chusca, al insulto, a nombrar el grosor de los genitales propios, a la chulería por la que asoma la violencia. Uno empieza haciendo chistes sobre judíos y poco después un ingeniero funcionario diseña cámaras de gas. Quien dice "judío" dice "bosnio", quien dice "bosnio" dice "palestino". Eso no es una ocurrencia. Eso es algo que se puede constatar.

El otro día, un grupo de jóvenes universitarios (y quizás no tan jóvenes ni tan universitarios) se fueron a boicotear un acto de homenaje a Miguel de Cervantes en la universidad, con el argumento de que el acto lo organizaba una formación que, a los boicoteadores, se les antoja fascista. Para boicotearla usaron un recurso que, a mi, se me antoja fascista (voy a dejarlo así, sin formular la acusación, y solo expreso una sospecha).

El único perjudicado de todo el barullo fue Miguel de Cervantes. Al final, pues, el que se lleva los palos es la cultura, la gran literatura y un escritor que deberíamos releer todos, con mucha atención, porqué nos retrató con extrema habilidad. Y con un humor y un amor infinitos, que son, al fin y al cabo el antídoto de todo mal.