13 d’abr. 2018

Soy un mal catalán



Desde hace más de una década mi profesión es la de maestro de primaria, en Catalunya. Mi labor consiste en educar a niños de suburbios de esa Catalunya rica y plena, aunque muchos de esos niños no disponen de agua caliente ni de calefacción en sus viviendas. Algunos de ellos no disponen ni tan solo de agua corriente. Ni sus progenitores de cuenta corriente. Sus viviendas son chabolas edificadas verticalmente y ascienden hacia el cielo de la pobreza. A esos niños y a esas niñas que se pasan los inviernos sin calefacción les enseñamos a hablar y a escribir en catalán. Esa es mi profesión.

Pero sin embargo soy un mal catalán.

Antes de dedicarme a la docencia, trabajé en otros asuntos. Trabajé en una institución que promovía el conocimiento de la lengua catalana entre los adultos. Entre los adultos mayormente inmigrados. A lo largo de mi vida he escrito y he publicado varios textos de pretensión literaria. Al principo para niños y jóvenes, y luego para adultos. Todo lo que he publicado en papel lo he publicado en lengua catalana. Pero sin embargo soy un mal catalán.

Soy un mal catalán y me lo dicen así: eres un nacionalista español, eres un defensor de la violencia y de la represión contra los buenos catalanes.

Un día me cuestionaron si era más catalán que español y llegué a la conclusión de que jamás me había planteado el dilema: para mi, ser catalán era compatible con ser español. Me sentía bien siendo catalán y español. Cervantes, Vargas Llosa, Sagarra, Villalonga (Llorenç), García Márquez, Goytisolo, Marsé, García Lorca, Pla, Antonio Soler, Gil de Biedma, Ferrater, Ortega y Gasset, Max Aub y tantos otros me acogían en su cultura multilingüe. Me sentía bien con todos ellos. Con todos ellos reunidos. Juego reunidos Geyper. Esa fue la edad de oro.

Me sentía bien en esa cultura que se expresa en más de una lengua.
Pero sin embargo me dijeron que yo era un mal catalán. Insistieron en ello.

Que yo soy un mal catalán me lo dijeron personas que yo desconocía, y que solo sabían de mi que yo no era un nacionalista catalán, que yo no votaba a los partidos nacionalistas, que yo no llevaba un lacito amarillo en la solapa. Esas personas me pusieron muy difícil ser catalán, porqué le pusieron límites y condiciones a ser catalán.

Hace pocos días, el escritor Valentí Puig explicó que el auge dels nacionalismo catalán no ha llevado a un aumento de la compra de libros en lengua catalana, que sigue decreciendo. La cultura catalana se está empequeñeciendo y tiende a la desaparición. El profesor Jordi Llovet lleva años denunciando el ocaso de la cultura en Cataluña. El poeta Salvador Oliva dice lo mismo. Nos encontramos ante la decadencia más aguda de la cultura catalana, una cultura que sobrevivió al franquismo y que perecerá ante el nacionalismo catalán. El nacionalismo catalán matará a la cultura catalana y nos dejará una cultura zombi.

Vengo insistiendo en ello desde hace tiempo pero sin embargo soy un mal catalán.

No me quedan muchos años hasta llegar a la edad de la jubilación. En cuanto la alcance, creo que me iré a Portugal. Los portugueses me gustan mucho. Portugal me parece mucho mejor que Cataluña. Son más cultos y más inteligentes que los catalanes. Su cultura es enorme. Y son acogedores, agradables, políglotas, abiertos, humildes, tolerantes. Son todo lo que no son los buenos catalanes.

Ya que no puedo ser un buen catalán, quizás algún día podré ser un buen portugués.

9 d’abr. 2018

La transversalidad del asunto (dedicado a los CDR)

Resultat d'imatges de comites de defensa de la republica catalana

-La damucràssia auropea astà an pariy! -vocifera uno, en el arcén de la carretera.
-Hem da marxar d'Aspanya! -grita otro, agazapado tras la señal de "precaución por posibles vehículos agrícolas en la calzada".
-Ni que lu diguis! A Bagur ya sa sent més casteyà cacatalà! Haurem da buscar un altra puestu pals weekends i als afterworks! -responde un tercero, que llega con bocadillos y coca-colas zero azúcar para la merendola.
-Què vol dir "work"? -pregunta uno que se acopla al levantamiento, ataviado con disfraz guerrillero y una chapa con la efigie del Che Guevara en la solapa, al lado del lazo amarillo- Aixòs da "work" no era una cossa da xarnegus?
-Ravulussió pupular peru ya! La ravulussió pupular és urxent! O ans aniquilaran com a país ca som des da fa mil anys! La suparvivència de la cultura i da la nassió catalana dapèn de nussaltras! -espeta el que ganó los últimos Jocs Florals en el pueblo de al lado, especialidad Englantina d'Or.
-Viva Steve Jobs! - se desgañita un joven revolucionario.

Y luego arrastran dos neumáticos de tractor (uno de ellos sustraído al masover que se curra las tierras del papá) y los depositan enmedio de la comarcal, para liberar al país de las garras de un estado imposible metido dentro de una Europa insensible.
-Cas fotin els camiunerus aspanyols! -grita, al mismo tiempo que rocía el caucho con un botellín de Anaïs Anaïs previamente rellenado de gasolina marca Petrolicat punto cat..
-Jolín, quina pesta ca fa, cuions! -se horroriza en cuanto le llega un bocanada de humo negro al rostro.
-Dir "cuyons" és saxista, supossu ca ia lu sabías, no?

Y así la tarde se va pasando entre risas y humo y olor a revolución del pueblo. Van llegando colegas desde los chalés colindantes y se van juntando los jóvenes revolucionarios, y a medida que los neumáticos arden se va concretando una fiestuqui de cuidado para la noche en casa del papá de la Anuska, que hoy está en París follando con la novia danesa que se agenció en el congreso de ejecutivos del 2015. Hay que organizar una caja de solidaridad para pillar alcohol a destajo y algo de polvillo para aguantar hasta el domingo. O hasta el lunes, porqué... ¿qué mas da?:
-Si ma dona la gana vai a trabayà diyuns, i si no pues a tomar pal cul, ca par algu l'ampressa és del meu papà!

-Cuidadu! Ca ve la pasma! -grita uno, que ya lleva el vodka puesto. Ha visto un enorme vehículo negro en el horizonte.
-Ca no, tontu! Ca és al cuatra par cuatra de la Cuca! No lu veus? És al seu Mercedes! Essun dals nostras, un dal pobla català!
-Ah, bueno, valens, jolín, quin susto ca m'hai pagat! Jó, al cor ma palpita a tres mil ravulussions!
-Ravulussió! ravolució! Ra-vu-lu-ssió! -gritan todos, con el corazón henchido de patriotismo- Catalunya indapandent, Puydamón prassidén!

El sol se acurruca en el horizonte y las sombras besan dulcemente las mejillas de los niños. Des de que nacieron todo les es favorable: incluso los ocasos son tiernos y mimosos. Por eso siempre quieren más. Más dinero, más libertad, más impunidad. Alguien ha traído comida ecológica, sin gluten, del Veritas, aunque no todos la prefieren: algunos creen que es mejor comprar productos de quilómetro cero en la tienda del centro, la que tiene la foto de los jordis en el escaparate y un lacito gualdo pegado en la caja registradora.

De repente se escuchan unos chillidos horribles. Polola se ha caído encima de los neumáticos en llamas.
-Un astintó! Un astintó! -reclaman sus amigos más allegados.
Pero a nadie se le ha ocurrido llevar un extintor, pesan mucho y parecen muy proletarios.
Polola ha ingerido demasiada ginebra Hendricks a lo largo de la tarde de revolución popular y arde como una tea en pocos segundos. Su cabeza se combustiona como cerilla. Una cerilla catalana, eso si.
-És una màrtir da Catalunya! -chillan- La Iona d'Arcu da Catalunya!

Algunos han sacado sus Ipads y sus Iphones y han grabado la escena fulgurante, y uno de ellos ya está haciendo un montaje en el que se ve a un guardia civil empujando a la recién estrenada mártir de la patria hacia los neumáticos en llamas.

Pocos días más tarde, todos los buenos catalanes ingresan donativos en la cuenta de la Caixa a nombre del tuitero Almugavar25, con sede en Palafrugell, y tras dos semanas está lista la estátua de bronce de Polola Puigdengolas i Botarell de Puigdengolas, tamaño natural, que se planta en la plaza mayor por orden del alcalde (Jordi de Terricabras i de Palanganes -¡otro jordi!), que hace saber a todo el mundo que deben ir a ofrecerle flores (a poder ser rosas gualdas). Puigdemont manda un tuit desde Berlín: le concede a Polola la Cruz de Sant Jordi a título simbólico.

El presidente del Parlament, Roger Torrent, ordena suspender la doceava sesión de investidura del presidentet en señal de duelecito y suelta una lagrimita de plata que resbala por su mejillita izquierdita, puesto que es miembro de un partidito de la izquierdita catalanita y presidentetito por voluntad de Dios -con sueldo a cargo del estado español. Por voluntad de Dios, insiste: que, como todo el mundo sabe, dice en su discursito, Dios también es catalán y de izquierdas. Es solo un guiño de complicidad para con la la Cup, piensa el pobre alcaldecito del pueblecillo de Sarrià de Ter ascendido a autoridad catalana por obra de un rebote inesperado, a ver si esos cupaires se me ablandan un poco, carambas ya.

Y así se conquistó la independencia de Catalunya, con ese indudable sabor popular.



2 d’abr. 2018

Una aproximación a Dunwich, Catalunya




Antes de llegar al pueblo uno percibe indicios y presiente algo malo agazapado en los márgenes de la carretera, incluso a la luz dulce y melancólica que baña la tarde con un oro ajado. Quizás hay demasiada basura en las cunetas y la carretera, que transcurre paralela al río, se estrecha a medida que se aproxima a la población. La silueta de Dunwich se distingue al fondo. El campanario y las fachadas dispuestas en lo alto de la roca formando una muralla están encendidas por un naranja que quiere ser ígneo pero es mortecino.

En el lado del río se distingue un viejo embarcadero, marchito, lleno de herrumbre. Las emociones que acuden a mi mente son el miedo y la tristeza, pero sin duda prevalece la tristeza por encima del miedo. Me digo a mi mismo que no pasa nada, que es cosa mía, que se debe al estado de ánimo al que induce esa hora de la tarde, cuando el sol se hunde y se levanta el aire que traerá la oscuridad, que no es nada más que eso, la melancolía que nos invade a los mamíferos en este momento, al final del día.

Sin embargo, y una vez paseando por las calles, las primeras personas que me cruzo parece que deambulan más que andan hacia algún lugar. Silencio y sombras. Me doy cuenta de que en este pueblo el número de banderas patrias en los balcones es muy escaso, y eso me sorprende. Descubro muchas casas abandonadas. Conforme uno se acerca hacia el centro del pueblo, que debe datar de los siglos XVII y XVIII, se da cuenta de que de allí emana una caducidad pesada, enfermiza. Los edificios de las callejuelas céntricas están tomados por una lepra de la piedra que los está arruinando.
-Cuidado, hijo, no pases por aquí -me dice una señora mayor que acarrea dos bolsas de la compra. Me señala la calle por la que iba a discurrir. Los cascotes cubren el suelo. Todas las casas de esta travesía están abandonadas y la piedra se desmorona como la arena de los castillos infantiles en la playa. Ningún vecino vive aquí. ¿Se marcharon por la amenaza de la ruina o la ruina es la consecuencia del abandono? No lo puedo decidir. La soledad y la pena ocuparon la calleja y la habitan con una mueca gélida, visible por una décima de segundo tras los visillos podridos de las ventanas ciegas.

Serán las siete de la tarde. El aire que asciende del río es frío y arrastra sombras tras de si, y las  sombras van posándose sobre los adoquines y pegándose a las fachadas, como una plaga de líquenes violáceos. Algunas casas tienen los portales y los alféizares pintados de azul celeste, que es el color del manto de la Virgen, tal como se hacía antaño para proteger el interior de las casas de la visita del mal. Pero sin embargo el mal acudió y penetró en los hogares, y el conjuro del azul virginal no pudo detenerle. El mal ocupó las casas y heló los corazones de sus habitantes.

Este pueblo se cae a pedazos. En la terraza de uno de los pocos bares que he visto se juntan pocas personas, y parecen entregadas a ingerir el mayor número de cervezas posible en el menor tiempo. Como si tuviesen prisa por emborracharse y caerse rendidos lejos de la realidad tan penosa. Muchas tiendas cerraron años atrás, y las que quedan se despreocuparon. Cuando yo era un niño, las tiendas tenían el aspecto triste y desvencijado que la memoria me cuenta y que ahora veo aquí, como si saliese de un sueño infantil espeso y turbio. Y lúgubre.

Nací en el 64, cuando la dictadura entraba en su fase terminal, y las calles del barrio barcelonés de la Ribera tenían ese aspecto fatigado, gris, apesadumbrado. Faltaban pocos años para el estallido de los colores y de la esperanza, pero aquellos años eran de veras muy tristes. Me horroriza pensar que hemos vuelto a aquel instante del cansancio y la aflicción. Me pregunto que nos ha llevado hasta aquí, que diablos ha sucedido.

Había dejado el coche en las afueras y con tanto dar tumbos me desorienté. Por unos instantes, mientras andaba errático por las arterias de Dunwich, me asusté de veras, temiendo haber caído en una trampa de quebranto y de desdicha, y se me ocurrió que quizás no sería capaz de dar con mi vehículo para huir de Dunwich. Incluso se me ocurrió, en un instante de tribulación, que aunque encontrase mi coche no iba a ser capaz de salir del pueblo. Pero finalmente pude salir y retomar la carretera, no sin antes haber cometido varios intentos fallidos que me ensombrecieron el ánimo de un modo nefasto. Recuerdo el sudor frío resbalando por mi frente y empañando mi espalda. Una vez huído, pensé que en cuanto llegase a mi casa iba a buscar información sobre el extraño caso de decadencia de este pueblo, porqué uno cree que la información le puede liberar del horror. Pero cuando pude hacerlo no busqué información si no que procuré olvidar para siempre las horas vividas en Dunwich y el hundimiento del ánimo que experimenté allí.

A veces, cuando me acuesto, una de aquellas sombras como líquenes azulados me visita en el duermevela y doy un respingo en la cama, temeroso de que la pesadumbre leprosa de Dunwich no se esté expandiendo e invada Cataluña entera y de que, en cuanto me levante, me encuentre en una habitación ruinosa y desolada de aquel pueblo para descubrir que mi huída fue un sueño y estoy atrapado en la desgracia hasta el fin de mis días, que pronto llegarán.

31 de març 2018

El ejército en Cataluña




Las trincheras devastadas por el paso de las décadas, los búnkeres poseídos por la vegetación, las chabolas de los soldados arruinadas, las fortificaciones decrépitas, todo eso sigue ahí, agazapado enmedio del bosque, como si la guerra, lejos de haberse terminado, hubiera entrado en un estado de letargia, pero dispuesta a volver. Los pinos han crecido dentro de las zanjas en donde la tropa se protegía del fuego enemigo. Las zarzas, el romero y el tomillo florecen al inicio de esta primavera de 2018 entre las piedras de los parapetos, en la boca del búnker cubierto por un sombrero de lirios. En los barracones del XV Cuerpo, tan maltrechos, han crecido higueras que asoman por encima de las paredes y ascienden hacia el cielo al tiempo que proveen de un nuevo techo a las antiguas construcciones.

Desde las trincheras de Santa Magdalena de Berrús se ve la línea del tren Madrid-Barcelona. Desde otro asentamiento se divisa el río, lejos, solo en donde el sol arranca de él unos reflejos de plata vieja. Si uno se detiene y se calla, escucha un rumor de viento en los árboles que es el mismo rumor que debía escuchar el soldado de guardia. Mirando hacia el noreste, surge la tremenda chimenea de la central nuclear que entonces no estaba y ahora sí. Es un centinela cilíndrico, serio. Hoy ningún penacho de humo gris corona su cabeza. Debe ser por ese viento que se ha levantado.

En otro punto, en uno de los picos de la Sierra de Pàndols, un monumento conmemora a los soldaditos de la Quinta del Biberón. Es un cerro (en la cota 705) tomado hoy por la paz y un sol agradable, blanco y apacible. Antaño fue el escenario de una carnicería en la que aquellos jóvenes soldados dieron su sangre por una causa que, probablemente, les resultaba tan lejana como escurridiza. O acaso incomprensible: ¿la patria? ¿la libertad? La patria o la libertad... me imagino esos conceptos en el corazón de un adolescente obligado a enfundarse un uniforme y a cubrirse la cabeza con un casco muy frágil para meterse luego en un hoyo de polvo o de barro, con un fusil en las manos, a los dieciseis, para defender... ¿qué cosa? Así son las guerras: con una apariencia de nobleza en la retórica de sus motivos. Y con un insoslayable aspecto de estupidez en sus consecuencias. La retórica pertenece a los señores y las consecuencias solo para los soldados, la carne de cañón reclutada entre la clase más baja de ambos bandos.

Por fortuna, en una de las caras del cubo de hormigón que hace de monumento en la cota 705, a alguien se le ocurrió inscribir un poema breve que habla de hermanos en vez de enemigos. No está mal. Muchas veces he visto, en lugares como este, inscripciones que usan grandes palabras para celebrar acontecimientos que solo fueron de muerte, de pena, de hambre y de tristeza. Y de piojos.

Desde ese observatorio alto, iluminado por un sol lejano e indiferente a toda cuita humana, se distinguiría, con unos simples prismáticos, el punto desde donde el general Franco observó los movimientos de la batalla, en el Coll del Moro, en la salida de Gandesa y en dirección a Alcañiz. Dicen que el general solo estuvo allí unos días y luego se largó, en cuanto se dio cuenta de que la batalla iba para largo y las posiciones de sus tropas no estaban nada bien distribuidas por el mapa.

Cada vez que visito esos sitios contemplo las indicaciones que orientan al viajero. Un consorcio de la Generalitat catalana se encargó de señalarlos, aunque es obvio que, des de hace muchos años, se olvidó del mantenimiento y ahora el tiempo ha vuelto a la carga, impasible, taciturno, a lo suyo.

No comprendo porqué el ejército no participa en la conservación de esa memoria, que es la suya. El ejército que estaba allí era el ejército español. Eran los soldados del ejército español los que se agazapaban en esas trincheras, los que comían y fumaban y se rascaban los piojos, los que lloraban. Ese ejército no era ni extraterrestre ni extranjero. Esos soldados defendieron la constitución española con su vida. ¿Porqué hay que ceder la preservación de esa memoria a un gobierno regional que, además, últimamente, se muestra tan desleal con la constitución como lo hicieron los sublevados del 36?

La paz no creo que sea el resultado de una derrota militar, ni la consecuencia de la aniquilación del enemigo. Creo que la paz es construir un escenario de concordia y de diálogo que prevenga la guerra, porqué todos sabemos que estamos en España, en esa España fratricida y cruel. Me gustaría ver, en los escenarios de la batalla final de la guerra española, signos de voluntad de concordia. Eso les ayudaría, a muchos, a comprender el significado del término "guerra civil", y entenderíamos todos lo que pasa cuando España lucha contra España (o Cataluña contra Cataluña, como hoy). En esos casos solo mueren españoles (amén de voluntarios extranjeros, claro está), y mueren bajo el fuego de otros españoles.

A día de hoy, cuando tan fácil y tan barato parece enfrentar a catalanes contra catalanes, alguien debería empezar a hablar de la pedagogía de la paz, de la democracia y del diálogo. De la política, vamos, de la política de la bondad para todos.

24 de març 2018

Sábado de dolor en el Parlamento regional catalán



"Desconsol" (Aflicción), la escultura ante el edificio del Parlamento regional catalán


Un antiguo obispo catalán, cuyo nombre está presente en el nomenclátor callejero de muchas poblaciones catalanas, tuvo una expresión brillante: "Cataluña será cristiana o no será". Creo que el obispo Torras i Bages llevaba razón. Y para demostrarlo, el sábado 24 de marzo, en vísperas de Semana Santa, el parlamento regional catalán hizo una performance católica de homenaje a sus mártires, a sus santos y a su fe que no mueve montañas.

Seguí la sesión del parlamento por la tele. Mi perplejidad no dejaba de aumentar a medida que avanzaba un acto conceptual y casi incomprensible, ya que la sesión llevaba por título "Segunda parte del debate de investidura de Jordi Turull", pero fue una lectura de poemas lacrimosos por parte de unos, y de un tímido intento de hacer política, por parte de otros. Los unos solo hablan de emociones, de sentimentalismo bastante simplón, básico. Durante el discursillo de Sergi Sabrià (ERC) y del de Joaquim Torra (Junts per Catalunya, el artista antes conocido como Pedecat, y antes como Convergència, y antes como Convergència i Unió, y que se inspira en un artista muy añejo, la Lliga Regionalista de Francesc Cambó) me devanaba los sesos intentando dilucidar qué oscuro poeta amateur de Osona o del Ripollès (tiene que ser de una de esas comarcas brumosas, por fuerza) les habría escrito esos textos. El autor de tales desmanes lacrimógenos debe estar entre esos miles de poetas aficionados y pueblerinos que tanto abundan en este triste país, de los que ganan todos los certámenes de poesía patriótica local, mitad patriotas y mitad beatos -de esa beatitud carlista y cristiana, inquisitorial e intransigente que campa, triunfante, por la Cataluña central.

Hay algo muy decadente en todo ese paisaje cada día más crepuscular, más ensimismado. Cada nuevo evento es otra señal, una más, de la profunda decadencia de la cultura catalana, una celebración apesadumbrada de su ocaso y de su insignificancia. La sesión parlamentaria fue fúnebre, sobreactuada, un teatrillo, una función de la Pasión de Cristo con actores que son diputados (los actores más bien pagados del planeta Tierra).

Como me tragué este extraño entremés católico, me permito decir que, en el sector no-independentista, Inés Arrimadas estuvo medio bien, Miquel Iceta medio bien (aunque algo más propositivo que la anterior) y Xavier Domènech medio mal, en un nuevo intento de ejercer esa equidistancia tan lamentable.

La valoración de la Cup merece párrafo aparte, por supuesto. Su joven portavoz estuvo furiosamente desquiciada, como es su estilo habitual, aunque con grandes aportaciones a la lírica del delirio victimista. Me temo que quizás también acudieron al mismo poeta de la Cataluña profunda, oscura y medio muerta que los otros nacionalistas.

En este acto se ha evidenciado, una vez más, la profunda división que existe entre las dos Cataluñas (una de las dos ha de helarte el corazón), dos Cataluñas paralelas como dos dimensiones ídem, que ni se ven ni se escuchan ni se hablan ni se saludan, que hablan lenguas distintas y responden a poéticas opuestas. Si estos diputados, tan ociosos como bien pagados, quisieran de veras hacer algo útil (y dejar el lastre de los actos tan simbólicos como vacíos y estúpidos) quizás deberían plantearse algo distinto. Buscar otras mayorías, plantearse hacer pedagogía del diálogo en vez de simular que quieren diálogo cuando en realidad el diálogo les importa un comino y no lo practican jamás: ni tan solo saben dialogar ERC y JuntsXCatalunya.

El día en que se sienten a negociar entre ellos habrán hecho algo, por fin. Porqué de nada sirve pedirle diálogo al gobierno de España cuando cuatro diputados regionales son incapaces de dialogar entre ellos. ¿O es que no se dan cuenta de ese ridículo? Hay que pensarlo: abandonar el lirismo sentimental y ponerse a razonar. El lirismo sentimental es pecado, como todo el mundo sabe. Y yo, después de soportar la sesión parlamentaria del 24 de marzo, añadiría: el lirismo sentimental es una mierda.

21 de març 2018

Prezidanto Turull

Resultat d'imatges de generalitat de catalunya

Señor Turull,

A día de hoy no se si va a ser usted el ungido como presidente del próximo gobierno autonómico y es por eso que le nombro "prezidanto", que es la palabra que designa su cargo posible en lengua esperanto, esa lengua que es a la vez de todos y de nadie. De todos y de nadie, como la Tierra y sus territorios. La lengua esperanto, como usted sabe por ser hombre culto y leído (en realidad desconozco si lo es usted, pero no concibo a un candidato que no lo sea), se inventó para superar esa frontera de los idiomas locales y sus implicaciones nacionalistas, ya que, como usted sabe a ciencia cierta, los nacionalismos solo nos han llevado desgracia, miseria, guerra y muerte. El idioma esperanto se inventó en tiempos pretéritos, tiempos de idealismos utópicos y de internacionalismo redentor, pero yo diría que esos idealismos utópicos volverán pronto.

Si usted llega a ser nombrado prezidanto lo será tras un largo y aciago sufrimiento, no solo suyo o de sus partidarios, si no de toda la población de esa región del mundo llamada Cataluña. He buscado información sobre usted y me he encontrado la que ya sabe, la que ofrece la red. En algunos foros se habla de usted como de una persona agresiva en el tono, que defiende sus posiciones políticas con euforia, con gran vehemencia y con una evidente contundencia verbal. Eso no sería malo por si mismo. Hay foros de partidos progresistas en que lo califican a usted como una persona afín al neoliberalismo y muy de derechas. En otros foros, se le clasifica como a uno de los herederos más directos del señor Jordi Pujol, el de infausta memoria por lo mucho que perjudicó a Cataluña con sus desmanes financieros y sus corruptelas abominables. Eso ya me preocupa un poco más. Pero no me voy a detener en eso.

Creo que un buen presidente de la comunidad autónoma catalana debería ser persona de diálogo y de consenso, y alguien que sea consciente de que la mayoría de los catalanes a los cuales gobernará no somos independentistas. Porqué, aunque la ley electoral vigente le haya dado la mayoría en escaños a esa opción suya, debe saber y sabe, sin duda alguna, que la mayoría de los votos no lo hicieron. Y un presidente -creo que en eso estaríamos de acuerdo- es la figura pública que gobierna para todos. Dicho de otro modo: cualquier cargo público debe velar, trabajar y deslomarse, si es necesario, para conseguir el máximo bien para la mayor cantidad de personas posible. Es decir: los catalanes no independentistas también merecemos su atención.

A mi, por no ser nacionalista ni independentista, algunas veces me han tildado de ser un mal catalán. Eso me duele. Eso me ha sucedido en privado y en público. En privado, en el ámbito familar. En el público, en todos los demás. Y eso me duele porqué llevo más de la mitad de mi vida laboral dedicada a la educación en Cataluña, lo que significa que mi principal ocupación es, precisamente, conseguir que niños y niñas catalanes de orígenes culturales muy diversos lean, hablen y razonen en lengua catalana. Para conseguir ese objetivo no solo dedico muchas horas de mi vida, si no también muchos esfuerzos, y horas extras, y voluntariado en barrios de esos que ustedes llaman "desfavorecidos" y que en realidad son barrios pobres. (O miserables. Porqué usted lo sabe bien: en Cataluña hay mucha miseria). Y pongo en ello todo mi empeño. ¿Por qué lo hago? Bueno, por muchas razones, pero hay una razón elemental: el sueldo que se me paga para desarrollar mi profesión procede de los fondos públicos. Y pienso que es sagrado respetar el dinero público, por escaso que sea. El respeto hacia las leyes en vigor, en una democracia como la nuestra, es lo que sostiene a la democracia. Por eso hay que ser escrupuloso, digno y eficiente en el cumplimiento de las labores que se nos exigen y que son sufragadas con el dinero de todos. Y trabajar para todos, y hacerlo con calidad. Para todos sin distinción de ninguna clase. Porqué todos pagan el IVA.

Como le he dicho, a día de hoy desconozco si será usted el próximo presidente del gobierno autónomo. Pero tengo fe en la democracia y, aunque no voté a su partido ni a ninguno de los que le pueden dar sus votos para el ungimiento, le quiero pedir que sea consciente de usted podría gobernarnos a todos y eso significa para todos.

Le escribo porqué su predecesor en el cargo no lo hizo así, como olvidándose de que su salario y los presupuestos que administró procedían de catalanes independentistas, de catalanes no independentistas e incluso de catalanes a los quienes la independencia les trae sin cuidado, posiblemente porqué piensan en otros asuntos y tienen otras preocupaciones. El resultado de la política de su predecesor, como usted sabe, fue desastroso para él y para nosotros, los catalanes. El anterior presidente, a día de hoy, sufre de una grave disonancia cognitiva. Pero lo peor es que su  predecesor provocó una crisis terrible, con miles de empresas que dejaron de pagar impuestos en nuestra región, con un bloqueo institucional muy lamentable, con un bochornoso descrédito internacional de nuestra autonomía y, lo que es peor, con una fractura social que será muy difícil de enmendar pero que alguien deberá abordar más pronto que tarde.

Me gustaría escuchar de usted un programa político, presupuestario, educativo, sanitario y social que nos convenza a la mayoría -a una mayoría lo más amplia posible, a una mayoría que trascienda a los de la opción independentista- de que es usted un buen candidato. El mejor candidato, el que se empleará a fondo en resolver los problemas que en su mano estará resolver. No le voy a enumerar los problemas que nos acechan y nos atenazan, porqué doy por hecho que los conoce, y de que dispone usted de propuestas bien pensadas para ello. Lamento mucho que, en todo el embrollo de la candidatura a presidente regional solo se haya hablado de nombres y se hayan soslayado los programas políticos. Supongo que han estado ustedes demasiado embargados por las aritméticas parlamentarias y los cálculos y las astucias, pero creo que si usted aspira a tan alta responsabilidad, también tendrá en cuenta tan altas exigencias.

No le pido -si se me ocurre- una respuesta personal a esta carta. Yo, al fin y al cabo, soy casi nadie. Y, en términos de política, solamente nadie, nada. Me gustaría una respuesta para todos.

Le deseo a usted salud, inteligencia, capacidad de esfuerzo y sensibilidad para ser un digno candidato a presidente de todos los catalanes, ya que tanto el presupuesto que usted podría gestionar como el sueldo que recibiría, proceden de todos y de cada uno de nosotros, catalanes todos pero diversos y variados y plurales y distintos. Por suerte.

Atentamente,

Un ciudadano de Cataluña, residente y trabajador en una ciudad tras la cordillera litoral.



La onírica búsqueda de la desconocida Mirmanda

Resultat d'imatges de mirmanda

Dice el verso de Jacinto Verdaguer que “cuando Barcelona era un prado, Mirmanda ya era ciudad”. (En catalán, "prat" i "ciutat" riman, tal como se puede ver).

Hace años compré un libro de Claudio Magris editado en la colección Mirmanda, y me lo llevé a una de las visitas al hospital en donde mi padre pasó los últimos meses de su vida, para leer durante el viaje, y él, cuando lo vio, lo agarró con las dos manos y lo miró con intensidad, sorprendido, sin darse cuenta ni siquiera de que entraba la cuidadora, le renovaba el gotero y se llevaba el orinal. Me percaté de que no miraba ni el título ni el autor, sino la palabra Mirmanda, estampada en letras blancas sobre una cinta negra. Sus ojos parecieron caer en un ensimismamiento triste y a la vez maravillado, y me pareció que mi padre estaba viajando muy lejos, planeando con suavidad por encima de montes y cordilleras y valles, cruzando ríos, sobrevolando bosques y años, años y más años, hasta aterrizar, suavemente, en un paisaje de su infancia, para encontrarse ahí consigo mismo pero niño, niño serio y triste, en medio de un camino que avanza entre olivares, a la derecha, y viñedos, a la izquierda.

Unos minutos más tarde me preguntó que significaba Mirmanda y no supe darle una buena respuesta. Musité algo sobre una ciudad legendaria, improvisé algo sobre las ciudades imaginarias y seguro que me embarullé hablándole de otro libro, uno de Italo Calvino. Él negaba con la cabeza y con una sonrisa leve, alejada, la sonrisa del que sabe algo, del que intuye la solución de la adivinanza más críptica. No es eso, no es eso…, decían sus ojos, que por aquel entonces habían adquirido un color nuevo, acuoso, con transparencias de un gris azulado en unas pupilas que siempre habían sido marrón violín.

—Cuando era pequeño, allí en el pueblo, había algo que se llamaba Mirmanda. Pero no recuerdo… —dijo, horas más tarde, cuando ya me iba.

Una vez regresado a casa, intenté dilucidar que podía ser Mirmanda en su mundo y no di con ninguna respuesta buena. En el poema de Jacinto Verdaguer, la ciudad de Mirmanda está en el Rosellón francés, se la tragaron las aguas en una crecida y solo pueden verla algunos campesinos muy afortunados, ya que, tras la visión, unas hadas misteriosas les conceden grandes riquezas. Y mi padre no fue campesino, no estuvo en el Rosellón y era muy pobre.

Años más tarde, cuando mi padre ya había muerto, pasé un día cerca del pueblo del abuelo, su padre, y en el que vivió durante los tres años de la guerra civil para ahorrarse los bombardeos y sobretodo el hambre que habría sufrido en Barcelona. Algo, a la derecha de la carretera, llamó mi atención. Paralelo al asfalto había un sendero entre viñedos en el cual se levantaba un pequeño cartel, un rectángulo blanco montado encima de un poste de no más de un metro de altura. Algo tuvo que advertirme, ya que de lo contrario jamás me habría fijado en él. Detuve el coche en el arcén y lo contemplé. Ahí estaban las letras, negro sobre blanco: Mirmanda. Eso está en las afueras del pueblo, yendo hacia el pueblo siguiente en dirección a poniente, aunque no había nada destacable a lo largo del camino, que parece discurrir por los campos para perderse entre cultivos.

Pregunté en el pueblo pero nadie supo darme razones de esa Mirmanda del cartelito en los campos. Quizás es el nombre de una finca, me dijo uno, pero vi que no tenía ni idea. Sin embargo, de repente, me sentí arrastrado por una emoción como un vendaval que se levanta de la nada, furioso y polvoriento, arrollador, para alzarse luego hacia el cielo y fundirse en él, para desaparecer y dejar solo el recuerdo de una furia extraña que nos visitó. Había encontrado algo sobre Mirmanda por fin, algo que pudo tener relación con mi padre cuando era niño y esperaba el fin de la guerra en el pueblo más bien antipático y hostil de donde emigró el abuelo cuando era muy joven. Creo que mi padre siempre anduvo algo perdido entre ensoñaciones, dudas y visiones oscuras, aunque se sentía obligado a mostrarles, a sus hijos, la imagen de un hombre cabal y racionalista, un engaño para consigo mismo que siempre fue una fantasía mal pertrechada, construida sobre un andamiaje endeble de aseveraciones más o menos tópicas sobre la realidad fastidiosa, la lucha de clases, la economía y eso que nos enseñan a nombrar “la verdad objetiva” pero que nadie sabe lo que es.

Mientras contemplaba el cartel con la palabra Mirmanda me vino el olor de los desinfectantes del hospital en donde mi padre murió, y me llegó el recuerdo de la mañana en que sonó el teléfono para comunicarme que había fallecido de madrugada, mientras dormía. Aunque siempre dormía, porqué iba hasta las cejas de morfina en sus últimas semanas de vida. Pasó un cuervo solitario, soltó un graznido y siguió cielo arriba, describiendo arcos muy amplios en el aire cálido y rosa anaranjado de la tarde. Me extrañó eso, porque todo el mundo sabe que los cuervos nunca vuelan solos.

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Este texto apareció en primícia en "La Charca Literaria", el 12 de marzo de 2018.

18 de març 2018

El inquilino charnego y el vecino catalán




El piso de abajo, el primero primera, quedó vacío a principios del año pasado. Vivía allí una señora nacida en la provincia de Albacete y residente en esa ciudad catalana des de los 9 años. Es una señora mayor, que dedicaba casi todas las horas del día al cuidado de su nieto, un mocoso de dos años. Cuando recibió la notificación del aumento del alquiler, decidió largarse y lo hizo con una discreción sorprendente. Un día me la encontré por la calle y me contó: su hija es madre soltera, con ingresos muy escasos. La hija no podía pagar la guardería y ella cuidaba del niño mientras la madre trabajaba en un trabajo de mierda. En cuanto le dijeron que le iban a subir el alquiler, madre e hija decidieron compartir piso en otro lado de la ciudad. Ahora, en un piso de alguna otra parte conviven las tres generaciones. Es una historia de pobreza y de fracaso.

Al poco tiempo de haber quedado el piso disponible, llegó un nuevo inquilino. Es un hombre simpático, extrovertido, con algo de payaso en su alma. Y por eso me cae bien. Viste de modo poco convencional, lleva gafas de sol extremadas incluso al atardecer, lleva mujeres a su casa, es parlanchín. Y le gusta mucho la música. La escucha todo el día y a volumen bastante alto. Al principio ponía los álbumes de Pink Floyd, en orden cronológico, empezando por el "Wish You Were Here", de 1975, y terminando por el "The Wall", de un ya lejano 1979.

Un día, alguien hechó un sobre por debajo de mi puerta. En su interior había una carta. Sintetizo su contenido en pocas palabras, aunque el texto, escrito en un ordenador e impreso en una impresora láser, ocupaba una entera."El nuevo vecino del primero pone la música muy alta y nos molesta. Deberíamos hacer algo. Te propongo reunirnos los demás inquilinos y acudir al gestor para expresarle nuestras quejas".

No respondí a la misiva. En vez de eso, en la primera ocasión que tuve, hablé con el nuevo inquilino y le conté que algunos vecinos se quejaban de su música.
-¿A ti te molesta? -me preguntó él.
-Si es Pink Floyd no me molesta -le respondí con sinceridad.
-Debes escuchar las versiones de "Comfortably Numb" que andan por el youtube.
-¡Qué me vas a contar! ¡"Comfortably Numb" es la mejor pieza de la historia del rock!
A continuación, nos enzarzamos en una conversación sobre el rock sinfónico en la que yo le menté a "Genesis" y él a Peter Gabriel, para llegar, cerca del fin, a los orígenes del blues, que él domina muchísimo mejor que yo.

Mi vecino de abajo se me presentó como "Juan", pero uno descubre enseguida que es extranjero. Quizás rumano. O búlgaro. Pero podría ser un italiano del sur. Español seguro que no lo es. No pregunto jamás por la nacionalidad de nadie. La verdad es que me importa un comino en donde haya nacido alguien, del mismo modo que a mi no me interesa lo más mínimo mi lugar de nacimiento: haber nacido catalán me parece tan relevante como tener dos orejas pegadas a la cabeza.

Otro día me crucé con el vecino que había escrito la carta y le argumenté porqué no había respondido a su misiva. Le conté que, en vez de eso, había hablado con el inquilino melómano del primero primera para exponerle las quejas que recaían sobre él. Cuando me disponía a contarle que mi opción era el diálogo, él me interrumpió con brusquedad.
-¿Hablaste con el charnego? -me censuró mientras levantaba la ceja derecha.
-Creo que es extranjero -musité yo, con timidez en mi respuesta.
-Lo que te digo. Un charnego -y entonces me lanza una sonrisa que busca mi complicidad, en la que puedo leer multitud de eslóganes del catalanismo supremacista, entre los que destaca la idea recurrente: los catalanes somos los más educados, los mejores en civismo, etc. Los mejores tanto en general como en concreto. Mi imaginación me lo presenta, de repente, con una caperuza blanca a la moda Ku Klux Klan con adornos al estilo Givenchy, que oculta su rostro ario.
-Me dijo que promete bajar la música a las 10 de la noche.
[Esta conversación se produjo en lengua catalana, como es deducible].

A partir de ese día, el vecino censor apenas me saluda. Lo hace con un ligero -muy ligero- movimiento de su cabeza. Hace pocos días, estaban él y su mujer sentados dentro de su coche, detenido ante la puerta del edificio. Él estaba ante el volante y le estaba echando a ella una bronca de campeonato. El vecino llevaba el dedo índice levantado, y lo blandía ante la vecina como un pequeño pene erecto pero sin embargo amenazador, señalando al cielo. Ella mantenía la cabeza agachada y la mirada soslayada hacia el lado de la ventanilla, y miraba las baldosas de la acera pero sus ojos veían lo que hay debajo de ellas, el inframundo, el infierno, Xibalbá. Des de la ventana del primero, sonaba una canción de "Oasis" (Wonderwall) en versión drum & bass a todo trapo. Una escena impagable.

El vecino del primero ha decidido subir el volumen de su música y ahora ya no pone Pink Floyd. Se ha decantado por la música disco radical y el trash metal. A las diez en punto, como un clavo, la música desaparece del aire común. Yo pongo la tercera sinfonía de Gorecky a todo volumen y, a las diez, la suspendo.

El vecino que odia a los extranjeros sigue amonestando en la calle a su mujer, y lo hace a menudo. El "procés" ha llegado por fin a la escalera de vecinos. Unos vecinos trabajadores, de raza humilde. Ninguno somos catedráticos de nada. He ahí una historia catalana.


16 de març 2018

Krls Bonaparte y un poeta catalán

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En la bibliografía sobre el delirio se cuenta que el delirio más común es el de sentirse observado, perseguido. Aunque hay otro delirio bastante generalizado, también, que es el de grandeza.

Mucho me temo que la Cataluña de hoy sufre una diabólica combinación de ambos trastornos. No me voy a meter en un berenjenal psiquiátrico. Voy a escribir, solo, sobre algunos recuerdos míos.

Hace algunos años conocí a un hombre de trabajo tan humilde como el mío, y que escribía poesías en sus ratos libres, pero él se presentaba como "poeta" por allí por donde pasaba. Una vez, tras ingerir varias copas de vino, dijo que él escribía poesías para la humanidad actual, pero también para la humanidad de dentro de dos mil años.

Esta afirmación la soltó en un restaurante. Lo hizo con la voz elevada, para que los comensales de otras mesas se fijaran en él. Y lo hicieron, claró está. Sobretodo por lo sorprendente de una afirmación así en un comedero público (aunque a 20 euros el cubierto). Yo agaché la cabeza, aquejado por el extraño síndrome de la vergüenza ajena, que creo que es lo único que distingue al hombre del resto de los primates. Sonaba de veras muy raro que, en la triste Cataluña, alguien levantara la voz para proclamar algo así en vez de soltar cosas como que "Messi es el mejor" o "Cataluña es una nación", que son las aseveraciones trasnochadas más habituales que uno escucha cuando sale por ahí.

Lo bueno del caso es que mi conocido estaba completamente convencido de lo que afirmaba. Y bastante borracho también, huelga decirlo. Un topo, infiltrado en el jurado de un premio nacional de poesía al cual mi conocido se había presentado (cuando digo "premio nacional de poesía" me refiero, claro está, a la fantasiosa nación catalana) le había chivado que tenía posibilidades de ganar. Allí se engendró su delirio, creo.

Poco más tarde de la escena anterior, se aconteció otra. Para refrescarnos la mente y llenarnos los pulmones de humo de tabaco, coincidimos el poeta y yo en el jardín adyacente al restaurante. Entonces, con voz más moderada, me confesó que no solo tenía el discurso de aceptación del premio ya escrito, si no que lo llevaba en el bolsillo.
-¿Quieres que te lo lea?

Le respondí, de la mejor forma que fui capaz de improvisar, que prefería acudir a la entrega del premio y escuchárselo allí. Vi en sus gestos contrariados un titubeo doloroso, y deduje que mi respuesta le había dejado mal sabor de orejas. Sospechó, sin duda, que yo dudaba de su premio.

Mi antiguo amigo no ganó el premio para el que tenía escrito el discurso. Y eso le hundió. Los fracasos son de mala digestión, como todo el mundo sabemos. Quienes trabajamos en la educación sabemos que tanto o más importante es preparar a los jóvenes en sus competencias ortográficas o de cálculo matemático como enseñarles a gestionar la frustración, porqué a lo largo de la vida les será más provechoso eso último que lo anterior.

Hace unos días vi un publireportaje sobre la "Casa de la República" tan gótica como delirante, que Krls se ha montado en Waterloo. Entonces, y a pesar de mi perplejidad, me acordé de mi amigo, el poeta que escribía poesías para dentro de 2000 años. Me di cuenta, entonces, y muy sorprendido, de que mi amigo el poeta y "Krls el legítimo" se parecen mucho. Si digo que ambos llevan la cabezota cubierta por una buena mata de pelo solo hago una broma, pero a mi me parece una broma significativa. (Eso debería preguntárselo a un psicoanalista lacaniano, que saben mucho de bromas). Como yo perdí la mayor parte de mi pelambrera craneal hace muchos años, alguno dirá que lo mío es la envidia. Quizás sea así. El subconsciente es mú malo, tu lo sabes bien. Creo que el pobre Krls sufre de un trastorno agudo, con pelambrera o sin ella.

Si uno busca los retratos que de Napoleón Bonaparte hicieron los pintores de su época (Jacques-Louis David, por ejemplo), descubrirá que el corso lucía un peinado curioso, que induce a pensar en la voluntad de ocultar algo. O en la intención de simular algo, de simular ser alguien, otro. Posiblemente, Bonaparte pretendía emular a algún emperador romano de la antigüedad. Por lo que me cuentan, el hijo del pastelero de Amer no es ni muy culto ni muy leído, pero eso no le impide haber tenido tiempo para observar, vía Google Images,  retratos de antiguos reyezuelos, generales conquistadores o tipos por el estilo. Alguien (no muy fiable) me cuenta que Carlomagno firmaba, precisamente, con esas cuatro letras: KRLS. Cuatro letras que sirven tanto para Karolus como para Carles (aunque también para Carlos).

Me temo que Krls (o una parte de él) sabe que su reino no es de este mundo, y gestiona su desesperación metafísica y metanacional imaginando glorias post-mortem, tal como lo hizo el amigo poeta que reseñé antes. Hay algo turbio a la vez que algo penoso en este tipo de personas, algo tan penoso que incluso le mueven a uno hasta una cosa parecida a la compasión. En su empeño de trascendencia está contenida la dificultad del hombre vulgar y mediocre para afrontar su insignificancia, su mortalidad y su olvido. En eso empatizo con él. Me resulta más dificultoso comprender la extraña incapacidad de las personas como Krls para comprender que el ridículo es el ridículo y nada más, y que no es posible hallar atisbo alguno de grandeza en él.

Dijo un filósofo francés, y católico como Krls, que el mayor deseo de un hombre es alcanzar la santidad. Otro filósofo, griego y antiguo, dijo que es fundirse con el cosmos. Yo diría que el primer filósofo iba bebido cuando escribió aquéllo. ¿Cual debe ser el alcohol que venden en las licorerías de Waterloo, un alcohol tan francés y tan poco griego?


12 de març 2018

L'escola catalana



Hace unos días, en la escuela de primaria en donde trabajo, nos expusieron los números del presupuesto anual para este año. Son unos números de miseria. Las aportaciones de la Generalitat son ridículas por escasas. Las del ayuntamiento, nimias. Las cuotas de material que pagan las familias son mínimas. Pagan lo que pueden.

Voy a contar un poco en qué parte de Cataluña está la escuela de la que hablo, qué tipo de barrio es este. Este barrio está formado por un puñado de bloques de los años 70. Son edificios tristes y desvencijados. Muy a menudo hay problemas con los desagües. Hasta hace pocos días, una bajante de las aguas fecales de uno de los bloques desaguaba en la acera. El hedor era muy intenso. La brigada municipal tardó varios meses en ponerse a la faena. Hicieron un apaño que se parece a una chapuza, para qué mentir.

En el barrio hay varias cuestiones de convivencia pendientes. Los antiguos autóctonos se largaron hace años, pero algunos de ellos permanecen aquí, son los que no pudieron o no supieron acceder a una vida mejor. A día de hoy, los autóctonos (los indígenas) controlan la asociación de vecinos. Cuelgan carteles en las farolas, con mensajes dirigidos a los nuevos colectivos que habitan el barrio, y son mensajes que contienen su malestar, su mala educación, su racismo. Porqué en cuanto lo suyos se largaron del barrio, el barrió se llenó de algunos pocos gitanos y más tarde de magrebíes. Todos sabemos que el malestar, la mala educación y el racismo son las consecuencias de la pobreza. De una pobreza que,  muchas veces, es terrible, profunda, dolorosa para quien la sufre. Una pobreza que genera desequilibrios mentales, insolidaridad y egoísmo, adicciones tóxicas, violencia doméstica, maltrato, odio hacia el diferente que, en realidad, no es diferente: el otro también es pobre. Pero, quizás porqué ese otro pobre se autogestiona mejor, le odiamos.

En este barrio, pocas son las familias que pueden pagar la cuota de material escolar de sus hijos e hijas. Muchas de estas familias están pasando el invierno sin agua caliente. Algunas, sin agua. Ni fría ni caliente.

Muy a menudo se ha dicho que el sistema público escolar se mantiene por la vocacionalidad de sus profesionales, aunque eso eso injusto, ya que podría decirse lo mismo de todos los trabajadores de la cosa pública que atienden al público en primera línea. De los que conducen autobuses, de las enfermeras, de los trabajadores de los servicios sociales, de los bibliotecarios y las bibliotecarias de bibliotecas en barrios marginales, etc.

Por todo ello, algunos maestros/as hemos empezado a aportar parte de nuestro sueldo para mantener un cierto orden, una apariencia de normalidad. Que los niños y niñas tengan lápices y gomas, rotuladores, hojas de papel rayado o liso en donde escribir. Debo precisar algo, en nombre de la verdad: no es que cada mes aportemos un porcentaje de nuestra nómina, si no que compramos material escolar por cuenta propia. Eso no es nada bueno, en realidad, ya que a mi, por lo menos, no me agrada nada la idea de dar a cambio de nada, sin hablar de corresponsabilidad, por ejemplo.

Pero aquí entran en conflicto dos principios éticos: ¿prevalece el imperativo moral de la corresponsabilidad o prevalece el derecho de los niños y las niñas a disponer de materiales de aula? 

Todo lo que cuento sucede aquí. Estoy hablando des de la rica Cataluña.

Que conste el asunto geográfico, porque eso es importante.

Al mismo tiempo en que eso sucede en el barrio en donde trabajo, leo que hay varios patriotas catalanes que ayudan al expresidente autonómico prófugo a sufragar los costes de su chalecito en Waterloo, de 4400 euros mensuales de alquiler, más gastos. Esos patriotas lo hacen en nombre de la "dignidad". Leo la palabra "dignidad" cerca del topónimo "Waterloo". Yo, la verdad sea dicha, no estoy indignado, porqué ya cumplí los 50 y eso de la dignidad ya no me apela. 

Porqué los pobres no tuvimos jamás el privilegio de la dignidad. Me pregunto por el significado del término "patriotismo" y por el de "dignidad", que es concepto de aristócratas y de obispos. Me pregunto: ¿Qué significa ser un patriota? Y también me pregunto, con retórica: ¿que hay de la "terra d'acollida", tan cacareada pero que nadie ha visto jamás?

[Ya se que ese es otro tema. Pero debo decir algo que desarrollaré más adelante, otro día. No hay, en esta ciudad con un 10% de musulmanes, ni una sola cajera ni del Carrefour ni del Mercadona que lleve velo. Ni un solo puesto de la administración local no está atendido por un musulmán. ¿Qué mensaje les estamos mandando a su comunidad? ¿Y a las otras comunidades?]

9 de març 2018

1.500.000 rosas (amarillas)

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El laboratorio de ocurrencias etnicistas también conocido por Assemblea Nacional Catalana (ANC) parece que mantiene su buen nivel de propuestas de merchandising separata. Aunque hoy ya no es lo mismo de antaño, cuando vendían el kit de camiseta, foulard, chancleta y zurrón para acudir a sus desfiles de los 11s de septiembre a más de dos millones de ilusos.

¿Cuál es la última ocurrencia? Ante la inminente llegada de la fecha del 23 de abril, Día del Libro o Dia de Sant Jordi -si vive usted en Cataluña-, han tenido una idea brillante: comprar 1.500.000 rosas amarillas para inundar las calles del color de su reivindicación. El calendario se lo ha puesto a huevo: Sant Jordi y los Jordis. Mira tu qué casualidad tan casual nos ha caído del cielo.

El gremio catalán de productores de flores ha puesto el grito en el cielo: ellos solo cultivan rosas rojas, y el millón y medio de flores amarillas que pretende vender la ANC deberán comprarse en el extranjero. Ese giro argumental del separatismo mercantil de última hora les podría hundir la temporada, dicen los emprendedores catalanes de la flor. Los alegres chicos de la ANC, sin embargo, han hecho oídos sordos a la protesta del gremio de cultivadores florales. No me extrañaría nada que les acusaran de malos patriotas, de cómplices del 155 o de cualquier lindeza similar. La ANC necesita fondos y, si en algo siempre han sido listos los alegres chicos de la ANC, es en el asunto del cash. Poco les importa que el conflicto entre Cataluña y España devenga en un conflicto guerracivilista entre catalanes y catalanes. La ANC comparte la ceguera loca del señorito que reside en un palacete en Waterloo. La estupidez no tiene límites.

Ignoro si van a llevar a cabo esa operación. Y mucho me temo que deben estar muy orgullosos de la ocurrencia: han encontrado una nueva ocasión para ganar pasta a la vez que crear más división y más mal rollo entre la población allí donde (todavía) no lo había. Este próximo 23 de abril, la gente que se pasea con una rosa por la calle podrá constatar, una vez más, la fractura social. Y lo podrán hacer con un código de color, que es un lenguaje accesible para todos. Solo con observar (y quizás llevar la cuenta) de las rosas rojas y las rosas amarillas que uno se cruza por la calle, se sabrá quienes son "els nostres" y quienes son "els altres". Buen rollo al canto, pues.

Reconozco que yo, en santjordis anteriores, me entretenía en dilucidar el libro que la gente llevaba bajo el brazo, y de ello sacaba conclusiones facilonas y tontas: este lleva un Dolores Redondo, luego es una víctima de la publicidad editorial; este lleva las memorias de Jordi Pujol (es un rancio); este un Dostoievsky (este sí que sabe). Y cosas similares. Un entretenimiento algo autista, para uso privado y exclusivo.

Lo del próximo Día del Libro será muy distinto. Me temo las miradas de desprecio entre los de la rosa de un color y los de la rosa del otro. Y me imagino los disgustos subsiguientes: ¿Has visto, Paquita, que el vecino del séptimo la llevaba roja? Ya me parecía a mi que no era muy afecto... A partir de ahora no le pienso sostener nunca más la puerta del ascensor cuando llega tras de mi. ¡Por facha!; ¡Montse, tu cuñado llevaba una rosa de los otros! ¿Qué haremos en las próximas navidades: les invitamos o no?.

Me temo el titular de Vilaweb (y de otros medios) para el día 24 de abril. Incluso puede que ya lo tengan redactado: "Las rosas amarillas llenan las calles". Subtitular: "La venta de rosas amarillas triplica la venta de rosas rojas. El país es un clamor amarillo. La república está al caer". Y el pie de foto: "Un unionista descerebrado muerde una rosa amarilla en Gran Vía esquina con Rambla Catalunya y se come todos los pétalos para escupirlos luego entre palabras soeces que nos negamos a reproducir. El sujeto tiene antecedentes pero el juez, español, no lo ha enchironado nunca".

Ante tanta irresponsabilidad y tanta mala saña, me pregunto como se les habrá pasado por alto, a los técnicos de marketing de la ANC, las posibilidades que les ofrecen otras fechas emblemáticas, en las que podrían sacar tajada del asunto a la vez que provocan más enfrentamiento social, familiar y laboral:
  • 6 de enero, día de reyes: tortell en el cual se esconden dos figuritas de riguroso amarillo limón, imágenes de los dos Jordis. El que muerde a Jordi Cuixart paga el tortell, el que muerde a Jordi Sánchez es nombrado presidente del jolgorio familiar. Hay disponible versión masticable de Sánchez, que se podrá cambiar por la figurita de Turull si finalmente es Turull (o Rull, o Tururull) el ungido como presidentet. (35 euros. En versión chicle, 45). Solo en las pastelería afines que usted ya sabe.
  • 14 de febrero, San Valentín: ¡Fem-ho en català i per Catalunya! Venta de ligueros de lencería picante con lacitos amarillos de fantasía. (Venta exclusiva en tu local más próximo de la ANC). 25 euros. Para grandes viciosos, dildos amarillos terminados en la cúspide con el busto de Francesc Macià. (En este caso, consultar en el 93347 1714 los puntos de venta. Clave: "el nostre dildu". Confidencialidad absoluta.
  • 14 de abril, Día de la República: banderas de amarillo monocolor. ¡Celebra la única república de verdad! (15 euros en versión acrílico cutre, 35 en versión seda).
  • 24 de junio, San Juan: coetes y petardos que solo destellan en amarillo. ¡Que Cataluña se vea amarilla des de los satélites espaciales, para que nos miren los terrestres y los extraterrestres! (Solo en locales de la ANC y en petarderías rotuladas en catalán). Entre 15 y 45 euros el cohete.
  • 16 de julio, Virgen del Carmen: onomástica de Carme Forcadell: Imágenes de la Virgen del Carmen con el rostro de Forcadell a tamaño real, para lucir en balcones y escaparates. Modelo reducido con adhesivo para estampar a modo de "llufa" en la espalda de tu vecino unionista. 20 euros la grande, 5 la pequeña. Se podrá desgravar si hace usted la declaración de la renta en la Agencia catalana, la nostra.
  • 25 de julio, Sant Jaume (Santiago, en español): estampitas con el rostro de Santi Vila pintado en negro y con cuernos. 2 euros, una ganga.
  • 1 de noviembre, día de todos los santos (o día de los muertos): chucherías en forma de ataúd con tapa levantada y figurita de Puigdemont zombificado, irguiéndose des del interior. ¡Cuando te digan truco o trato responde: ¡no hay trato: independencia sí o sí!
  • 25 de diciembre, Navidad: mariscos teñidos de amarillo para los indepes de alto poder adquisitivo y pollos de piel amarilla para los otros. (En convenio con la red de supermercados "Esclat" i "Bonpreu"). (Precio según mercado de la lonja de Sarrià de Ter).
Nota: mis propuestas son casi gratis: solo pido el 3%.

5 de març 2018

El Tercio de Nuestra Señora de Montserrat se ha hecho independentista

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La señora, hoy, tiene más de ochenta años pero anda con esa soltura de los pajaritos, dando saltitos, y tiene la cabeza muy clara y se desenvuelve con desparpajo. Una vez, hace más de diez años ya, me oyó hablar mal del franquismo y me interrumpió así:
-¡Ay, hijo mío! ¡Como se nota que no pasaste la guerra...! Porqué deberías saber que la República nos trajo hambre y Franco, pan.

Entonces me cuenta, como si fuese un cuento, la llegada de las tropas nacionales a la ciudad, como vinieron cargadas de comida, de paz y de prosperidad. Lo de la prosperidad no se lo admito, pero lo demás no se lo puedo negar. No me meto en berenjenales ni me dejo llevar por la arrogancia y no le menciono que la paz de Franco era la paz de los cementerios, que los dejó a rebosar. Aunque, a ciencia cierta, la represión franquista en Cataluña se quedó en poco si se la compara con la represión en Andalucía, en Extremadura, en Asturias, etc. La represión franquista incluso fué mayor en Castilla la Vieja que en Cataluña. Los datos están ahí. Me refiero a los muertos después de la guerra, no se me confundan con los muertos debidos al conflicto bélico.

La señora de quien hablo es catalana, catalana de Tarragona. Se marchó a Lérida siendo niña, por causa del trabajo de su padre. Allí se casó con un hombre que había emigrado del Pirineo, harto del hambre, de las incomodidades y de la falta de oportunidades. Ambos vivieron confortablemente durante el franquismo gracias a un negocio propio y a ciertos chanchullos próximos al estraperlo y al contrabandismo que, en verdad, no vienen a cuento.

La señora de quien hablo, a día de hoy, es independentista. Seguro que más de uno lo habrá intuido.

Y me sublevo cuando escucho a esas personas hablando, hoy, del franquismo que vuelve, de los tics franquistas enquistados en esa España de la que se sienten desvinculados porqué han creado un vínculo excluyente con Cataluña. Esas personas están convencidas, de repente, de que Cataluña no fué franquista jamás cuando, en realidad, ninguna región fue más favorecida por el franquismo que Cataluña. Bueno, y el País Vasco también, claro. Esas personas me tildan a mi, ahora, de estar a favor de un supuesto neo-franquismo español que atenta contra Cataluña. Me acusan de complicidad con el supuesto neo-franquismo. La España actual podría ser tildada de autoritaria, quizás, pero ¿franquista? ¿Qué entienden por "franquismo"?

En esas dos regiones el falangismo tuvo poca incidencia. Pero mucha el carlismo de la Cataluña interior, que se apuntó con alegría a la sublevación. Esos señores de la Cataluña profunda se escondieron durante la guerra. Muchos de ellos se fueron a Burgos, temerosos -con motivos- de ser aniquilados por los anarquistas más que por el gobierno republicano. Y cuando volvieron, junto a las tropas que llevaban pan, procedieron a una venganza meticulosa. Una venganza tan bien organizada, tan eficaz, que eliminó toda resistencia. Algunos de ellos fundaron Òmnium Cultural, ya que a Franco solo le reprochaban el asunto de la lengua maltratada. Es por eso que la Cataluña interior, la Cataluña profunda, siempre votó a Convergència i Unió y ahora al independentismo, que solo es un movimiento reaccionario y antiprogresista, le pese a quien le pese. Es la Cataluña de los fueros, la de los privilegios medievales. Una Cataluña interior y foralista a la que, si le dijeran que reeditar el derecho de pernada del cacique local es más catalán que español, o que eso ayudaría a "implementar" la república catalana, le ofrecería con gusto la mujer al cacique local (local e independentista, por supuesto). Y lo haría con orgullo. Y se la ofrecería con un lacito amarillo en el liguero, comprado en Intimissimi (el liguero, no el lacito, porqué el lacito solo se puede comprar en el local de la ANC del pueblo).
-Veieu, senyor, que català que sóc? -le diría el marido al señorito, con orgullo patriótico.
-És clar, Pep, és clar que sí. Ets un bon soldat de Catalunya -tres golpecitos en la espalda mientras le manda al mayordomo que le de un baño a la señora- I ara, sisplau, torna al tractor i posa't a llaurar, que la collita no s'espera.

Franco no se marchó de Cataluña porqué no hay otra región más agradecida con Franco que la catalana. Bueno, y la Vasca también, claro. Y eso explica esos giros autoritarios de los políticos nacionalistas, esa tendencia al desparpajo, al desafío constante, a la altanería, al menosprecio de la masa social que no piensa como ellos, a la que simplemente soslayan o menosprecian, cuando no insultan. Y eso explica el rechazo a las estructuras de una democracia que, por más imperfecta que sea, sigue siendo lo menos imperfecto que conocemos.

Ese es el drama de la Cataluña actual. Y ese es el drama de los catalanes que no somos independentistas: el ex-franquista nos acusa de neo-franquistas, en un giro orwelliano de los términos. Solo hay que escarbar un poco en los árboles genealógicos de los líderes del separatismo para descubrir el carlismo de sus antepasados, el apego gustoso -y bien pagado- al franquismo de sus padres. Ese asunto es materia para los sociólogos y para los antropólogos culturales mejor que para mi, que solo soy maestro de escuela en una ciudad pobre y en un barrio miserable, en el cual son pocas las familias que disponen de agua caliente en casa, y para las cuales trabajo cobrando pero también sin cobrar, y me esfuerzo en enseñarles a hablar y a escribir en lengua catalana mientras escucho lo mal catalán que soy, lo poco que amo a mi patria, lo mucho que les decepciono porqué, llevando dos apellidos catalanes, no soy uno de los suyos.
-Fíjate, incluso un Sánchez es mejor catalán que tu. Debería caérsete la cara de vergüenza, Bosch i Albert.


27 de febr. 2018

La guerra civil catalana



Hace un tiempo me invitaron a un banquete familiar, y me advirtieron de que iban a festejar no solo una efeméride global si no el advenimiento de la república catalana. "Visca Catalunya!", me dijo la voz, en vez de decirme "hasta luego". Para certificar el sentido inequívoco del convite me mandaron una foto: a los asistentes les vamos a regalar una urna votiva, miniatura de la urna-tupperware que se usó para el falso referéndum del 1 de octubre de 2017.

"Bueno, ya sabes que yo no comulgo con esas cosas y que, aunque lleve dos apellidos catalanes, no soy independentista", dije, con un murmuro. Lo dije y sonó a disculpa, a vergüenza, a susurro incapaz de pronunciar con claridad mis opciones, como si esas contuvieran algo pecaminoso. Hablo así cuando me doy cuenta de que mi ética personal entra en conflicto con la sensibilidad de los demás, a la que no quiero ofender. Porqué no me gustan las guerras ni los conflictos ni la violencia de ninguna clase. Hablo así para ocultar mis ideas, en realidad.

Me sucede lo mismo en las situaciones informales, entre los compañeros de trabajo. Me callo, evito, susurro, y como mucho planteo preguntas. Pero jamás afirmo. Nunca digo qué opción voté en diciembre, agacho la cabeza, miro por la ventana, me busco una excusa para levantarme y ausentarme. Los demás se lo pasan en grande, se aplauden mutuamente las gracias, los chascarrillos, se pasan imágenes en la pantalla del smartphone en donde se burlan de los que piensan como yo. No hay maldad alguna en ello, no pretenden molestarme, lo se. Solo se burlan de lo que piensan que debe ser objeto de burla, en nombre de una superioridad mental que se da por obvia. No se dan cuenta del etnicismo que contienen sus chanzas, del desprecio que destilan, del odio que amamantan.

Un día en que hacía mucho frío no pude más y salí a la calle con la excusa de que me salía a fumar. Me encontré, agazapada en una esquina protegida del viento gélido, a la trabajadora de menor rango de mi centro de trabajo. Estaba fumando en cuclillas y yo hice lo mismo. Me acuclillé a su lado y ambos fumamos en silencio como dos soldaditos en una trinchera arrasada. No hacía falta decir nada. Echamos el humo hacia el cielo encapotado, sin mirarnos. Compartimos nuestra cobardía y nuestra vergüenza tal como se comparten esas cosas y la pobreza: sin mediar palabra.

Mi abuelo materno vivió la guerra civil española. Tuvo que exiliarse en enero del 39 y murió en un campo de refugiados francés, pero dejó escrito un diario. En él cuenta sus andanzas des del año 20 y tantos, y termina en el 41, que es cuando murió. Las últimas páginas hablan de derrota y lo hacen con la vergüenza planeando entre las palabras. Vergüenza por no haber sido más valiente, por no haber puesto más empeño en la defensa de sus valores y de sus ideas. No puedo dejar de pensar en esas últimas páginas. Mi abuelo soñaba con la república de veras, con la república de la igualdad y la fraternidad, y jamás usó en vano el nombre de la libertad.

Estoy viviendo una guerra civil sin tiros, con unas sonrisas supuestas, con el uso empalagoso de la palabra "democracia", aunque es una democracia desprovista de fe, solo formal, solo palabra hueca. En esta guerra civil estoy perdiendo una batalla tras otra, tal como las perdió el abuelo. Y, como él, siento que he fallado en la defensa de mis valores. No hay heroísmo alguno en mis actos, no dispongo de ningún relato heroico para explicarme. Silencios, retiradas, y luego más silencios y más retiradas. Nos dijeron que ese era un conflicto entre españoles y catalanes, pero esa es una mentira más: es un conflicto despiadado de catalanes contra catalanes y nada más. Lo otro es retórica vacía.

Las personas que sí fueron al banquete del que hablé al principio ya no me mandan ningún mensaje ni me llaman. Con alguna de ellas compartí casi toda la vida. He oído decir por ahí que decir eso (que el independentismo rompe familias y amistades) es ser un fascista, un facha, un españolista. Me temo que, a ese paso, en mi lápida escribirán mi nombre y debajo el epígrafe "Aquí yace un fascista españolista". De poco servirá que haya dedicado más de la mitad de mi vida laboral a trabajar para y con los más débiles y los más pobres, que me haya esforzado en hacerlo lo mejor posible.

Eso es una guerra civil sin tiros pero contiene todos los elementos de una guerra civil. Y yo la estoy perdiendo. Quizás no tendré que largarme por piernas y con una maletita al hombro como lo hizo el abuelo, y quizás no daré con mis huesos en un campo de refugiados en un país vecino, pero de algún modo llevo tiempo haciendo todo eso y, en realidad, este texto es el texto escrito por el perdedor de una guerra, vencido y avergonzado, que camina por las pistas forestales en dirección al exilio, con poca o ninguna esperanza, triste, maltrecho, enfermo.

La familia paterna de mi abuelo, unos ricos hacendados de Figueras, le olvidaron tras la derrota de los suyos en 1939. La mayor parte de ellos le olvidaron, se desentendieron de su suerte. Cuando supieron de su muerte, dijeron: "eso le pasa por meterse en política". Yo no me metí en política aunque pude hacerlo, pero eso no me sedujo jamás. Prefiero trabajar de verdad, al pie del cañón.

Vendrán años mejores y la guerra terminará, como terminó la de Troya, tan estúpida y tan cruenta como todas las guerras. Pero no regresaré jamás de mi exilio.

23 de febr. 2018

Síndrome del lacito amarillo

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Unos días atrás intenté escribir lo que siento y lo que pienso cuando me cruzo, por las calles, con personas que lucen un lazo amarillo en el anorak. Eso solo sucede en las calles comerciales del centro, ya que, en la periferia en donde habito, jamás vi ningún lacito color gualdo. Tras hacer un esfuerzo, concluí que el sentimiento que me domina ante la visión del lacito de oro es la pena. "A mi me engañaron", parece que desean transmitir. "Soy un estafado".

La simbología de lazos en la solapa siempre fue la exhibición de una minoría oprimida que deseaba visibilizarse. La minoría oprimida por su orientación sexual, por ejemplo. Sin embargo, los lazos amarillos de los independentistas catalanes subvertieron la simbología tradicional del lazo en la solapa: una mayoría opresora se hizo pasar por minoría oprimida, con la esperanza de darle aliento a una revolución tan elitista como fracasada.

Solo la miopía del gobierno del Partido Popular le dio sentido a la exhibición del lazo amarillo in pectore. ¡Qué cosa tan rara! me dije: parece como si los nacionalistas catalanes y los nacionalistas españolistas de la división azul (azul PP) se hubieran puesto de acuerdo en mantener vivo hasta más allá del tedio algo que les conviene a los dos. Pero ese análisis lo voy a dejar para los analistas mucho más sesudos que yo.

Lo que me preocupa es: ¿qué quieren transmitir los esforzados independentistas que siguen luciendo el lazo amarillo en la solapa de su abrigo, más bien caro? ¿Acaso estas personas no se leen la prensa y desconocen (o ignoran) lo que le declaran ante los jueces los protagonistas de la jamás proclamada república catalana?

La señora Neus Munté dijo el otro día que el gobierno indepe catalán no tenía la más mínima intención de implementar la república catalana no-proclamada el 27 de octubre, y que, en consecuencia, preveían unas sanciones judiciales que no irían más allá de la inhabilitación (aún así, la señora Munté se retiró a tiempo y dimitió para no ser inhabilitada: un gesto hábil y prudente, el suyo, muy catalán). El señorito Mas, de nombre Arturet, afirma en una entrevista (en una cadena radiofónica amiga) que lo de la república catalana fue un engaño, ya le vale, y que el referéndum del 1 de octubre, en realidad, no lo era. Que lo de las urnitas tupperware solo era una kermesse, en belga, o "foc de camp de minyons escoltes", en catalán.

Jolín, Arturito... a ver como se lo cuentas eso a los que recibieron palos por crédulos, o a los esforzados tractoristas que gastaron el gasoil de sus tractores para plantarse ante unos colegios electorales que solo eran una coña... ¡haberlo dicho antes!

Porqué el 1 de octubre yo me marché a Francia, a la bonita población de  Colliure, y me arrodillé ante la tumba de Antonio Machado para no saber nada del referéndum que no lo era. Y el viaje me costó una pasta. De haberlo sabido me quedo en casa y me voy a al cine a ver una película doblada al español, como un domingo cualquiera.

La próxima vez que me cruce con una de esas personas que, de buena fe, llevan el lazo amarillo en la solapa de un buen anorak -de 200 euros por lo menos-, le voy a preguntar, con educación y con respeto, si no se siente muy engañada. Se lo pediré no solo con corrección semántica, si no también con curiosidad científica. Me inquieta mucho que apoyen con su símbolo pectoral a unos líderes que insisten, una y otra vez, en que todo iba de farol. Y que, dentro de poco, reconocerán que el empecinamiento de Puigdemont es un problema gordo, y que todo fue solo una broma, una bromita, un jeje qué listo soy, y que si escondo urnas de pega y viajo en maleteros y etcétera es para demostrar que soy mú listo pero listo de broma.

Dios mío, Dios mío... creo que debo abandonar mi agnosticismo de una vez por todas, porqué la fe inquebrantable de los indepes catalanes demuestra que la fe es capaz de plantar lazos amarillos (renovables y reciclabes) en los pechos de los más estafados.

Aunque... si me convierto a la fe, lo primero que haré será preguntarle a Dios: ¿por qué me hiciste catalán? ¡Anda que no hay naciones y estados y continentes en el mundo! ¡Ya te vale!


20 de febr. 2018

El rosa de tus mejillas (cuento de amor para el día de San Valentín)

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Un día aparecieron, ante Rafael, tres gotas de sangre que, al mezclarse con el esperma eyaculado en la masturbación matutina, se pusieron rosas, rosas con aquel rosado de salud jovial que tenían las mejillas de Magdalena. Magdalena cuando tenía veinte años, que es cuando se inauguraron de novios. Rafael contempló el color rosa y lo primero que pensó fue eso, que ese color era como el rosa de las mejillas de Magdalena, cuarenta años atrás. Y al cabo de un rato, por fin, cayó en la cuenta.

Las tres gotas de sangre eran, sin duda, los primeros compases de la sonata que iba a cerrar la sinfonía. (¿La vida de un trabajador español puede ser comparada a una sinfonía?). La canción de las tres gotas de sangre es la canción del cáncer de próstata. O de algo parecido. O de algo peor. La escena sucedió un miércoles a media mañana, en un mes de noviembre demasiado cálido. Ella estaba en el trabajo y él, ocioso y ya jubilado, en casa, decidió masturbarse solo para comprobar que su capacidad de amor todavía estaba en pie a pesar de todo. Se acordó entonces del principio, de la obertura, allegro (ma non troppo). Rafael fue un jovencito audaz y muy vigoroso. Tanto que, a los quince años, salpicó con sangre las sábanas a consecuencia del ímpetu que ponía en el empeño onanista: se infligió un desgarro en el frenillo que tardó semanas en curarse. Por la impaciencia.

El noviazgo con Magdalena le trajo sosiego. Fue un buen amor. Hablaban, se escuchaban. Se casaron. Sin embargo, no le fue fiel. Las amantes de Rafael, esparcidas a lo largo de los años, le reprocharon muchas cosas, pero jamás el ímpetu amatorio.

Con el paso del tiempo, las aventuras disminuyeron y al fin desaparecieron en medio de una niebla blanca, amnésica. Ese cambio no obedeció a la llegada del tormento de la culpa, si no a que su solvencia copulatoria era cada vez menor. Así que Rafael aprendió a retirarse a tiempo, con discreción, en el momento preciso, evitando la cópula que debía culminar la nueva conquista . Cuando sabía que la mujer estaba dispuesta al ofrecimiento, él se esfumaba sin más, en silencio, y se fundía en la noche de la ciudad, se iba a dar tumbos por las calles, con sus neones rosados y azules, sus calles recién barridas con chorros de agua y detergente por las brigadas de la limpieza. Le bastaba con saber que seguía dominando la artesanía de la seducción.

Las erecciones eran cada vez más infrecuentes y más laboriosa su consecución, hasta que eso le resultó demasiado humillante. Odió los caprichos de su pene, esa tendencia del miembro viril a una emancipación burlona, inaceptable: a veces le abandonaba la virtud ante el cuerpo desnudo de la nueva conquista -estando ella ya desparramada ante él- y, sin embargo, en la madrugada siguiente, se levantaba solo en el hotel pero con una erección enorme y dolorosa, que debía mitigar con el agua fría de la ducha mientras recreaba en su mente la imagen de la princesa peruana momificada que había visto en un reportaje de National Geographic, y que era lo más horrible que había visto jamás, lo que mejor puede descoyuntar el ánimo libidinoso.

Llegado a esta época bochornosa, ya solo la paciencia de Magdalena le daba sentido a la práctica del amor.

Antes de los treinta, había escrito que la vida ideal consiste en leer y hacer el amor. Y nada más. Cuantas más novelas, mejor, y cuantas más mujeres, mejor. Las dos aspiraciones producen ansiedad y frustración. Eso lo sabe ahora pero no lo sabía entonces. Y también sabe algo más: que esos ideales provocan una gran percepción del vacío. A los doce años, una noche, contemplando el cielo estrellado del verano, en el balcón de un edificio ruinoso del valle de Bielsa, se dio cuenta de que no hay nada más terrorífico que ese vacío gélido que algunos poetas estúpidos loan, la negrura en donde brillan estrellas muchas de las cuales murieron millones de millones de años atrás, eones de nada, la eternidad de la nada. Le entraron unas ansias enormes de masturbarse. Pero entonces no comprendió qué conecta el deseo con el horror.

Magdalena (la vida con Magdalena) le proporcionó una pausa en el tránsito de ese malestar angustioso, y ambos decidieron llamar "amor" al paréntesis compartido entre el horror y la nada. Como también había leído algunos libros a lo largo de los años, ese miércoles de noviembre en que vio como sus tres gotas de sangre se diluían en el esperma blanquecino, se acordó del relato del caballero Perceval, leído décadas atrás.

En el cuento del caballero Perceval (escrito hace unos 800 años) se habla de las tres gotas de sangre roja que vierte en la nieve su contrincante herido, y que se funden con el hielo para trocarse en rosado, como el de las mejillas de la amada. De modo que el caballero se acuerda de ella en ese instante, y de que la dejó esperándole en el pueblo mientras él se marchaba para construirse un porvenir de caballero andante por esos mundos de Dios.

Quizás habría sido mejor leer menos, se dijo Rafael.

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Otra versión de este texto apareció en La Charca Literaria para festejar a San Valentín, patrón de los enamorados.

16 de febr. 2018

Rull y Turull, Dupont y Dupond, Hernández y Fernández

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Cuando era niño vivía en la ciudad de Barcelona y leía las aventuras de Tintin. En esos libros fascinantes, de autor belga pero de expresión francesa, aparecen dos policías bastante zafios y engreídos que, en francés (como en catalán), se llaman Dupont y Dupond y, en versión castellana, Hernández y Fernández. Me esforcé por encontrar lo que diferenciaba a los dos guindillas, que es cosa muy sutil. Digamos, para resumir, que uno de los dos es algo más zoquete que el otro. Esa es la hipótesis humilde que me hice entonces, de niño.

Ya de mayor, descubrí en la prensa a dos tipos convergentes: Rull y Turull. La similitud cómica de sus apellidos me remitió a los Dupond y Dupont de mi infancia des del primer instante. Pero el asunto es que jamás fui capaz de distinguir entre Rull y Turull. Cada vez que aprendía a asociar el apellido con la cara correcta, el aprendizaje se me desvanecía poco más tarde y volvía a mis dudas.

En la ciudad en donde habito ahora (la tercera ciudad de Cataluña en número de habitantes), hay una pastelería que se llama "Pastisseria Turull". Es una pastelería muy cara y muy pija. Sabiendo que el señor Puigdemont desciende de familia pastelera, siempre pensé que el diputado convergente Turull era hijo de esta ciudad (¡vaya inferencia la mía!) y, en consecuencia, dejé de comprar pan integral en la pastelería Turull. No vaya a ser que, con el beneficio que les aporto a los pasteleros Turull, me dije yo, le manden dineritos al prófugo en Bélgica. Eso no me lo perdonaría jamás.

Un día, sin embargo, entré en un supermercado de esta ciudad y me topé con el señor Rull (lacito amarillo in pectore, por supuesto). Así descubrí que mi vecino no es Turull, si no Rull. De modo que mi boicot a la pastelería no tenía objeto.

(Aunque, por si las moscas, no he vuelto jamás a la "Pastisseria Turull").

A Rull, en el supermercado, le comenté algunos asuntos sobre el desastre moral y convivencial que nos legaron los suyos, a todo lo cual él me respondió con un discursito aprendido de memoria, aburrido y ya sabido, con evasivas, sin mirarme a los ojos y con un apretón de manos final perpetrado con una mano fláccida, paliduzca.

Quizás su mano andaba pálida por haber estado unos días en esa prisión en la que, según sus palabras, se come muy mal y dan alimentos flatulentos. Creo que la valoración de Rull sobre su (breve) estancia en una cárcel debería incorporarse al corpus literario de la literatura taleguera, ya que tiene un alto valor simbólico y una profundidad humana digna de elogio en el mundo del arte. El talante flatulento de la dieta carcelaria no había sido comentada jamás hasta hoy por un preso recién excarcelado. Ni la sombra ni la privación ni la disciplina: nada de eso le impresionó al señorito Rull. Solo el mal menú. ¿Cómo debe ser el menú de Can Brians? Le sugiero al señor Rull que se ponga en contacto con el Chef Alberto Chicote: un programa en la tv de nuestro chef disciplinario sobre la cocina del trullo lo petaría. Digo yo que ya tardan en mandar a Chicote a visitar las cocinas carcelarias. Le cedo la idea gratis.

[Debo aportar algo a la anécdota de Rull en el supermercado: mientra yo hablaba con el ex-conseller legítimo, su señora esposa, que le acompañaba, siguió rellenando el carrito y puso en él comidas precocinadas y congeladas que, digo yo, igual también tienen virtudes flatulentas. De ser así, eso ya es cosa de Freud, claro, así que lo dejo ahí. La su señora esposa es concejala de esta ciudad, por cierto. Por Convergència, huelga decirlo. Al final, el asunto catalán es eso: un asunto de familia. Los nuestros. Colocar a los nuestros y que dure la colocación y ya está, fin del cuento, un argumento sencillito].

Después de mi encuentro con el diputado Rull pensé que jamás confundiría a Rull con Turull. Pero...¡me equivoqué!

Una noche soñé con ambos y me lié de nuevo. Es cierto que Turull tiene un aspecto de batracio verde que Rull no tiene, pero Rull también es algo intrigante en su aspecto y, si uno se fija bien, ambos podrían aparecer como extras en una cinta de serie B que adapte "La sombra sobre Innsmouth", uno de los relatos de H.P. Lovecraft que más me gustan.

En el cuento del genio de Providence (que plagió Albert Sánchez Piñol hace casi dos décadas), unos seres anfibios surgen del mar para reclamar lo que creen que es suyo de forma legítima. Y se emparejan con las mujeres del pueblo pescador para crear una legión de híbridos que, andando el tiempo, les darán el poder.

¡Qué grande es Lovecraft!

14 de febr. 2018

Els meus embolics amb la CUP

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Un dia d'aquests, la diputada (o ex-diputada?) Mireia Boya va anar a declarar davant del jutge que investiga els delictes de l'independentisme unilateralista.

[Si m'he de creure algunes fonts periodístiques, la diputada (o ex-diputada) Mireia Boya va ocultar que era propietària d'un hotelet rural a la Vall d'Aran quan va declarar el seu patrimoni en ascendir a diputada regional. Com que em temo que la majoria dels diputats i de les diputades tendeixen a ocultar parts del seu patrimoni, no en farem cabal. Ella sabrà el què es fa, perquè és prou grandeta per saber-ho. Tinc un amic que treballa a la Vall d'Aran i m'explica: que el cognom Boya és molt reconegut en aquella vall. Només cal investigar una mica (n'hi ha prou amb el google) per trobar la resposta. La Catalunya caciquil. La Catalunya eterna].

La diputada o ex-diputada Mireia Boya li va declarar al jutge que a ella li hagués agradat més que la declaració de la república catalana de l'octubre no hagués estat una declaració "fake". La senyora Boya contradiu les declaracions de la senyora Forcadell, del senyor Forn, del senyors Rull i Turull (Dupont i Dupond, en flamenc), del senyor Vila, dels senyors Junqueras i Romeva, de la senyora Bassa i de la senyora Borràs. Tots ells van jurar que la declaració indepe fou una broma, un farol innocent. La declaració davant del jutge de la senyora Boya és un cas especial: en assegurar que la declaració indepe havia de ser efectiva, els ha posat les coses legals encara més xungues als jordis i a la resta, cosa que aquests li deuen estar agraïnt amb gran intensitat i picant de mans. I parlant de mans: la senyora Boya va sortir del jutjat alçant el puny per a la foto (o el selfie), i tant, això que no falti. I, tot seguit, se'n va anar cap a caseta. L'aixella esquerra del carlisme. Un país nou, sí senyora. Novíssim. Tan nou com La Trinca.

Fa uns tres mesos vaig escriure, en aquest blog, un article en què em qüestionava el paper de la Cup en els dos darrers anys de política catalana. I vaig voler destacar un element: que dels tres partits independentistes unilateralistes, un d'ells no tenia ni presos ni exiliats. Sí, en efecte: la Cup ha sortit indemne de la moguda. Chapeau! els vaig felicitar: sou uns genis de la tàctica. Ni Soto del Real ni Estremera: els joves diputades de la Cup campen pels seus feus de la Catalunya profunda i carlista metre alcen punys i punxen rodes d'autocars (però mai rodes de tractor!). Esquerra radical, en diuen, malgrat que aprovessin els pressupostos de Convergència amb vots estrictament trotskistes, és clar. En diuen un país nou. I Déu sap que ho és. Però l'herència del papà que no me la toquin, un pensament profundament català que defineix la versió catalana de Trotsky. Trotsky amb barretina i llacet groc a la solapa, tal com mana Nostro Senyor, el del Virolai Vivent.

El meu article el vaig haver de suprimir i està esborrat. Perquè no estic disposat a sentir insults enlloc d'arguments. I perquè no em ve de gust rebre amenaces com aquesta: "d'aquí a poc tindràs una resposta".

Cal reconèixer que la Cup té uns seguidors i un electorat molt motivat, molt actiu, molt decidit. Però també cal dir que han perdut el 60% del vot i que han quedat al mateix nivell que el Partit Popular. I, no obstant això, encara es mostren tan bel·ligerants com intrèpids. Ardits i xirucaires, a enginyosos minyons no se'ls pot vèncer. Pomells de Joventut, que diria en Josep Maria Folch i Torres des de les pàgines del Patufet. Ho repeteixo: els diputats de la Cup són, en nombre, els mateixos que els del Partit Popular. Si el PP és residual a Catalunya... què és la Cup?

Ningú no està preparat per perdre. Jo tampoc. Si demà perdo la feina culparé vés a saber quins factors externs. Però... faré autocrítica? L'autocrítica, a la Catalunya d'avui, sembla prohibida perquè seria un senyal de debilitat. I quina pena que em fan, les Cup, tan assambleàries elles, i tan ultrademocràtiques, però alhora tan incapaces de comprendre. Han llençat per la borda la possbilitat d'un independentisme d'esquerres (molt difícil de sostenir, tot sigui dit) i s'han lliurat a les mans d'un sobiranisme puigdemonià que, en mans de la senyora Elsa Artadi, els aboca a aplaudir les tesis ultraliberals del senyor de les americanes del pallasso de Micolor que no es descoloreix: un tal senyor Sala i Martín.

Ho sento molt si les senyores i els senyors de la Cup s'ofenen si els dic que han estat covards i tramposos, però no hi puc fer res. Aquest blog me'l pago jo de la butxaca i no em dec a ningú. Aquest blog me'l pago amb una part del salari que surt de treballar en un barri marginal, amb usuaris immigrants i molt pobres o fins i tot miserables. Que ho sàpiguen. I visc en un pis petit. De pocs metres quadrats i sense piscina, i em desplaço per anar a treballar en un Dacia de segona mà, i no sóc el propietari de cap casa rural en una vall bonica.

I em sento tan català com espanyol i no vull tolerar que em facin escollir. Els treballadors pobres no ens podem permetre el luxe d'escollir una pàtria. I això haurien de saber-ho, aquests xicots i aquestes xicotes de la Cup. Si us plau: no m'insulteu més.

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Des de fa uns anys escric en castellà en aquest blog, però avui he fet una excepció.

12 de febr. 2018

Las sombras de El Marmellar



Llegué hasta a El Marmellar tal como se llega a la vida: por casualidad. Y cuando, en realidad, quería encontrar otro lugar.

El Marmellar es un pueblo que quedó abandonado para siempre poco después de la guerra civil. Hoy, la naturaleza se afana en recuperar las calles, las fachadas, el cementerio. En las habitaciones en donde antaño hubo personas comiendo, durmiendo, haciendo el amor, preocupándose por el devenir de sus vástagos, soñando, delirando, filosofando, dormitando, cocinando o sin hacer nada, hoy crecen robustas higueras, madreselvas, enredaderas. La paz de los vegetales volvió a ese lugar.

La iglesia, del siglo XVII, se arruina lentamente. Las iglesias en ruinas nos parecen mucho más fotogénicas que las otras. Me imagino la belleza que le darán, algún día, la ruina y la vegetación al templo horroroso de la Sagrada Familia. El silencio anda por lo que hoy son veredas estrechas y ayer, calles.

Hace algunos años, la policía halló en ese lugar el cuerpo violentado y medio carbonizado de una mujer. El caso no se resolvió jamás. Los periodistas del ramo de lo esotérico hablaron de sectas satánicas, olvidándose de que los satanistas, en el caso de haberlos, nunca han provocado la destrucción que han provocado los partidarios de Dios y son, en realidad, una gente muy pacífica. En las paredes de la iglesia hay alguna pintadas de esta índole, y todas ellas muy pueriles: el número 666 (que también aparece invertido bajo una cruz -999) es la más osada.

Caminando por esas calles antiguas, uno no piensa ni en Dios ni en el diablo. Un viejo reloj de sol del que apenas queda un rastro vago y deslucido cuenta algo sobre la vida y sus afanes, perdidos, sobre el tiempo por el que pasamos mientras pensamos que el tiempo pasa por nosotros. Las nubes se cierran y la niebla asoma por detrás del cerro. Se dirige hacia el pueblo, así que mejor largarse. Ya no somos los chicos románticos y locos que fuimos, los que se hubieran agazapado en el cementerio para recibir la humedad gélida de la niebla, dispuestos a experimentar con lo que haga falta. Ahora, pasados los años, sentimos miedo y nos asalta el duendecillo de la prudencia, porqué algo nos dice que a él le debemos haber llegado hasta aquí, y no al de las aventuras locas. Jamás resolveremos el dilema.

¿Hubiera sido preferible una vida corta pero repleta de intensidad? ¿Es mejor esta, posiblemente algo más larga y más aburrida? La rutina, el tedio, la vida, el trabajo, los hijos, la cuenta corriente. Esa vida no es tan aburrida, al fin y al cabo.

Andando por las calles de El Marmellar, arriba y abajo, uno se encuentra con un montón de fantasmas. Algunos te miran y se desvanecen enseguida. Otros se arriman a tu oreja y te preguntan. Ninguno de ellos da miedo. No más miedo del miedo que da estar vivo, leer la prensa, ver las noticias en la tv. Me parece que son fantasmas respetuosos y prudentes, como nosotros. Diría que a cada uno se le aparecen los fantasmas que se merece. Si lo que tu le das a la vida es lo que la vida te da, parece que funciona igual con la muerte. Creo que alguno de ellos se queja y lamenta que le hayamos perturbado la calma, pero protesta con suavidad y con educación. Los fantasmas de El Marmellar son fantasmas buenos.

Caminar y meter las narices en los pueblos abandonados podría parecer la actividad propia de un ser enfermizo, demasiado melancólico, demasiado ocioso. A mi me parece todo lo contrario. Se lo recomiendo a todo el mundo. Esa es mi forma de estar vivo aquí. Hay un instante de luz después de una eternidad de nada y antes de una eternidad de nada.

A este pueblo abandonado poco después de la guerra civil vienen, hoy, grupos de chavales con sus botellas y sus botellones.