22 de set. 2018

Sara

Resultat d'imatges de niña marroqui

Conocí a Sara hace unos pocos años. Era una de las alumnas de la clase de Primero A. Sara es prudente, educada, atenta. Sara es muy buena estudiante: a principios de curso apenas escribía alguna frase simple. A final de curso, ya en junio, me pidió folios para llevárselos a su casa. Eso no está permitido, pero me salté la norma y le di unos cuantos, quizás diez hojas blancas.

Unos días antes de las vacaciones me enseñó un cuento de unas ocho páginas, letra pequeña, por las dos caras, para aprovechar el papel. Es cierto que algunas cosas no se entendían, pero era un cuento largo, raro, lleno de digresiones fabulosas, con un montón de personajes, todos ratones de ciudad. Uno de ellos, algo mayor, llevaba mi nombre pero tenía muy poca relevancia en la historia. También aparecían algunos dragones, amenazas latentes agazapadas en el fondo. A lo largo de los meses del curso, descubrí que Sara destacaba en matemáticas y en razonamiento lógico. Me sorprendió más aún por eso (vaya prejuicio tonto el mío), que fuese tan buena también en la escritura creativa.

Aunque la historia de los ratones a veces se volvía oscura y casi incomprensible, había una aventura fabulosa metida ahí dentro, y las digresiones mostraban un prodigio de imaginación imparable que pocos escritores son capaces de escribir. Ahí, detrás de un cuento de ratoncitos, había un mundo entero. Quedamos en que después del verano me llevaría el resto de la historia y le di algunos folios más. Por razones de la cosa laboral, en el curso siguiente yo estaba en otro colegio y no supe nada más ni del cuento ni de Sara.

Sin embargo, es una de esas alumnas que uno recuerda, y en las que, cuando piensas, solo se te ocurren buenos deseos, la esperanza de que todo siga bien, que siga adelante, que crezca en sus capacidades intelectuales, que prometían ser enormes.

Me acuerdo de que, algunas tardes, cuando yo salía del colegio más tarde después de haber estado preparando faenas de clase, la veía pasar por la calle cargada con dos bolsas enormes del Lidl. Iba sola, y las bolsas debían pesar un montón. Ella andaba seria, firme, con una resignación estricta. Si me veía, esbozaba una sonrisa y me saludaba con los ojos, ya que no soltaba las bolsas.

Sara es hija de una familia muy pobre. Y, con la pobreza metida en su casa, también se metieron otros problemas.

Hace un par de días, leí una crónica en el periódico local. A mediodía, una mujer se descuelga por el balcón de su piso, un primero, e intenta llegar a la calle apoyándose en el rótulo del establecimiento que tiene debajo. Los clientes que lo vieron la cogieron al vuelo, cuando caía. La mujer gritaba horrorizada, contaba algo de su marido y un cuchillo. Llegó la policía, alertada por los clientes del local. Mientras tanto llegaron los hijos, que asistieron a la escena final, cuando la policía se llevaba al hombre. Eso es lo que cuenta el periódico.

Si, uno de los hijos que acudieron en el momento de la detención fue Sara, en efecto.

Aunque no pude dejar de pensar en eso, no pude contárselo a nadie. Creo que pocas veces he sentido eso. Pensé en la pobreza, en la miseria y en todo lo que acarrean: violencia, brutalidad, incapacidad para contener el odio. Ya se que la violencia doméstica no conoce de clases sociales y que, tal como dicen los expertos, es estructural y etc. Pero.

Luego, en cuanto me repuse, pensé en el cuento de los ratoncitos. Quizás se me escapó algo cuando lo leí, y ahí había pistas para comprender la tragedia que habita en casa de Sara. Quizás ella lo intuía y lo ocultó, cabalísticamente, en su relato de apariencia inocente. No creo que la violencia haya aparecido de repente, seguro que había muchos precedentes. Luego pensé si seguirá escribiendo sus historias, cuantas páginas debe llevar ya (en el caso de que otra maestra le de hojas blancas de estrangis).

Hojas de papel en blanco. Me quedé pensando en las hojas blancas. No soy nada determinista cuando pienso en el futuro de los niños, y creo que a pesar del origen, de la cultura y del dinero de sus padres pueden llegar a donde sea, no hay nada escrito. Pero ante situaciones como la que vivió Sara hace un par de días me pregunto. ¿Hasta donde llegará su resiliencia? ¿Encontrará la ayuda que necesita? ¿Se refugiará en sus ratones de ficción? Y en aquel cuento ¿los dragones se habrán multiplicado y habrán crecido hasta oscurecer el cielo? ¿Los habrá extinguido?

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Nota importante: la foto pertenece a un catálogo de ropa para niñas, extraída de Pinterest, y no tiene nada que ver con la protagonista del texto.

17 de set. 2018

Fátima en el verano

Resultat d'imatges de verano

Se terminó. Se terminaron las largas vacaciones de los niños y las niñas. El cole abre las puertas. Entran en tropel, y menos mal que la directora les recibe en la puerta y les recuerda que deben entrar con calma, sin correr. Quieren volver a las aulas, al patio, a las actividades, a esos adultos raros que están todo el día por ellos proponiéndoles cosas por hacer, aunque a veces esas cosas que les proponen son menos interesantes de lo que ellos quisieran. Pero es lo que hay. Para esos niños y esas niñas el verano es una etapa de mucho calor y de mucha nada. Muchos de ellos no han salido del barrio.

Algunos han tenido suerte y se han ido a Marruecos. Te cuentan como son las playas de Tánger. Omar me dice que hay una playa, allí, en donde las sombrillas son gratis y eso es muy bueno, porqué él y su familia se pueden bañar y luego tumbarse en la sombra. Pero no todos han tenido tanta suerte. Mustafá, enfurruñado (es doloroso ver una una cara enfurruñada cuando la cara es de seis años de edad), cuenta que apenas ha salido de casa. Salir de casa es caro y su madre no dispone de tanto. Quizás se administra mal, me digo yo para mi, pero: ¿quién soy yo para juzgar la economía de la miseria? ¿Qué se yo de la economía de la miseria en el año del Señor de 2018? No se nada.

Hace unos días, cuando yo todavía estaba de vacaciones, leí parte de un discurso de Jorge Mario Bergoglio, más conocido por el sobrenombre de Papa Francisco. Hablaba de la pobreza. Ricamente ataviado y residente en un palacio majestuoso, hablaba de la pobreza. Sentí algo raro. Volví a pensar en Jorge Mario cuando leí algunas redacciones de los niños y las niñas, unas redacciones que debían tratar de "Las vacaciones".

Cuando yo era niño, en septiembre, también escribía sobre las vacaciones. Mis vacaciones transcurrían en un cámping del prepirineo catalán. Me pasaba varias semanas vestido con un bañador, unas chancletas, una camiseta. Jugaba en el río con mi hermano, provistos de unos barquitos de plástico de pura baratija. Cuando se presentaba la ocasión, nos liábamos a batallas de indios y vaqueros con otros niños. A veces alemanes contra yanquis, o yanquis contra japoneses. Nadie quería ser japonés o alemán o indio: eso debía resolverse a suertes. Éramos niños pobres jugando a guerras épicas y, muy sabiamente, interpretábamos a los soldados. Nadie era McArthur ni Rommel ni Hideki Tojo. Quizás alguno interpretaba a Buffalo Bill, porqué Buffalo Bill nos sonaba de algo, del cine, supongo, pero por entonces no sabíamos de Buffalo Bill fue un tipo muy desgraciado. En aquellos veranos de los años 70 éramos niños pobres que no se preocupaban por su pobreza. La pobreza era lo único que conocíamos.

Cuando llegaba septiembre yo también tenía ganas de volver a las aulas. De eso hace algo más de 40 años. Y durante muchos años, pensé que aquellos veranos míos ya no sucederían jamás, que España había avanzado y que algo parecido a la felicidad de los veranos con veraneo había llegado a los nuevos niños. En España y sin duda en esa Cataluña rica y plena, en donde todo está resuelto y solo nos falta satisfacer el anhelo de la identidad nacional.

Sin embargo, hoy, leo redacciones que, bajo el título de "Las vacaciones", tratan de unos veraneos más tristes y más pobres que los míos. Hay niños de 6 años que, como Mustafá o como Fátima (que cumplió los 8), cuentan dos meses de tedio, de tristeza, de nada. Las paredes del piso, la ventana entornada para que no entre el calor, el ticket de la piscina municipal demasiado caro. ¿Están más delgados que en junio o eso es una paranoia mía? No lo se, de veras. Aunque si se que este curso ya no habrá las becas "Probitas" del comedor y muchos se quedarán sin comedor escolar.

Me gustaría que los políticos con cargos electos (personas que gozan de vacaciones largas y bien pagadas) hablasen de estos asuntos y menos de sus másteres y sus doctorados o sus doctorandos, que no es lo mismo, y menos de esencias patrias y lazos amarillos o de identidades y derechos de autodeterminación, de políticos presos y de exiliados de oro que viven en chalés fabulosos y que reciben a raperos bien vestidos y asesorados por carísimos abogados, y menos de los beneficios de la ratafía, me gustaría ver a políticos comprometidos con la realidad y el dolor. La realidad y el dolor de los que sufren de veras.


Me gustaría verles comprometidos con Mustafá y con Fátima, que se pasaron el verano sin veranear. Aunque son catalanes y españoles tanto como yo.


14 de set. 2018

El barracón número 155

Resultat d'imatges de barracones escolares

Me cuentan que, a los trabajadores de la administración de la Generalitat catalana, les han ordenado hacer una lista de aquellas iniciativas que quedaron bloqueadas durante los meses de la aplicación del artículo 155. No me voy a entretener en detallar a que se debió que fuesen tantos meses, porqué todo el mundo sabe quienes retardaron la decisión de nombrar a un nuevo gobierno.

Digo yo que buscan un nuevo inventario de agravios (una costumbre muy catalana) para defenderse en el día en que se decidan a abrir de nuevo el Parlament y la oposición les cuestione por su inexplicable (e imperdonable) inactividad legislativa. Y operativa. Se trata de poder achacar su incompetencia a la aplicación del artículo 155. Dirán que no han hecho nada porqué no les han dejado hacer nada. ¿Les suena de algo el victimismo como excusa para todo?.

El primero en terminar su tarea ha sido el conseller de Ensenyament, supongo, porqué leo que ya se ha expresado en público sobre el asunto. El conseller de Ensenyament es el señor Josep Bargalló, hombre por quien, en el pasado, sentí simpatía. Bargalló fue conseller de la misma disciplina durante el primer gobierno tripartito, con Pasqual Maragall al frente. Hay muchísimas cosas a comentar acerca de aquella legislatura, y también muchos peros que ponerle a la gestión de Bargalló. Pero le reconozco una cierta valentía en algunos temas, y una voluntad (quizás esotérica o demasiado críptica) en la lucha por valorar la educación pública en contraposición a la privada. Es por eso que Bargalló se ganó mi respeto.

Pero ahora el conseller Bargalló cuenta que en Cataluña muchas escuelas siguen instaladas en barracones por culpa del artículo 155, y que así deberán empezar el curso: en esos barracones lamentables e indignos. ¿Por culpa de España y del artículo 155? Eso me deja perplejo. Él, mejor que yo, sabe cuantas escuelas permanecen en barracones desde hace lustros, décadas. No son pocas. Hay decenas, centenares. ¿Debo pensar que el señor Puigdemont firmó el decreto que ordenaba construir escuelas públicas dignas para sustituir a los barracones justo antes de largarse a Bruselas cual Houdini y que la maldad de España impidió el cambio? Bueno, eso me resulta muy difícil de creer. Y más sabiendo, como se, de la inoperancia mitológica de la Generalitat por lo que respecta a algunos asuntos. Aquí somos pocos y nos conocemos todos. A la Generalitat, la salud de la escuela pública nunca le ha importado mucho. Salvando lo de salvar la lengua catalana. Que eso si les gusta, porqué es gratis. Eliminar barracones y construir edificios dignos es mucho más caro que proclamarse firme defensor de la lengua catalana.

Justamente durante estos días, el digital "Crític" -un medio nada sospechoso de unionismo- publicó un reportaje sobre los barracones escolares. Puede leerse aquí.

Me sabe mal la respuesta del señor Bargalló. Incluso diría más: dudo de que sea una respuesta sincera. Al señor Bargalló le destituyeron, antaño, por su poca lealtad con el presidente Maragall. Es posible que ahora quiera evitar una segunda destitución. Con el respeto debido y con la antigua admiración que le profesé, lamento que el señor Bargalló haya culpado al 155 de la persistencia de las aulas en barracones. Creo que ni una sola escuela concertada está ubicada en un barracón. El tema está ahí. Y lo sabe.

Y luego están los muchos centros escolares públicos que se alojan en edificios construidos en pleno franquismo. A alguno de ellos les han añadido un ascensor, una rampa, o les han sustituido las ventanas de madera por ventanas de pvc. Pero llevamos 40 años sin Franco y un ascensor o una reforma de las ventanas sabe a poco. La excusa del 155 es pobre y falaz. Y lo sabe.

Me gustaría seguir admirando el señor Bargalló. Pero a mi, el señor Josep Bargalló, me parece el Mickey Rourke catalán, un hombre que envejeció mal. Señor Bargalló (con el debido respeto): los problemas de la escuela pública catalana son los mismos que los de la escuela pública española. Los barracones no son una consecuencia del 155. Seamos serios.

10 de set. 2018

11/9, el día de los sin nombre


Resultat d'imatges de oscuridad

Del día 11 de septiembre hace muchos años que huyo. A veces al monte, otras simplemente me meto debajo de la cama, con un libro y una velita. Este año toca Roberto Bolaño, que acompaña mucho.

Este 11 de septiembre, una vez más, voy a estar del lado de los sin nombre. Y sin número. Se manifestarán 2 millones de personas (¿se apuestan algo?) en favor de la república catalana. La república catalana es, a una república, lo que el Monopoly a la economía real. Los 2 millones que se manifestarán tendrán número y tendrán nombre. Porque otra vez lo han vuelto a cometer: a la manifestación se va inscrito (y vestido con el uniforme y coreografiado, todo muy como Dios y la Moreneta mandan). Es decir: alguien dispone de los nombres de los manifestantes.

Quien sabe el nombre de los que se manifiestan sabe el nombre de los que no. Es una operación muy sencilla.Y se los guarda, año tras año. En algún oscuro archivo, siniestro y abanderado, están las listas. Ya llegará el momento. Por sexto o séptimo año consecutivo, mi nombre no está. Nombrarán a esos 2 millones. No nombrarán a los 5 millones de ausentes. Dirán que 2 millones de personas pidiendo algo son muchas personas. Y es cierto. No dirán otra cosa que es cierta: que hay 5 millones que les han dado la espalda, se han abstenido, no se han sentido interpelados. Somos los 5 millones de catalanes sin nombre. Quizás no somos ni tan solo catalanes. ¡Cuán lejanos parecen aquellos años en los que Artur Mas se escudaba tras la "mayoría silenciosa"!

Es fácil y divertido jugar con los números: tras la últimas elecciones, dijeron que el PP era residual en Cataluña. No dijeron nada de la Cup. Sin embargo, la diferencia de votos entre el PP y la Cup es de menos de 10.000. Residuales, por lo tanto, lo son ambos. Mañana hablarán mucho de los 2 millones y nada de los 5 restantes.

No me siento interpelado, ni me ha convencido el señor Torra para manifestarme detrás suyo. Sobre el señor Torra tengo algo que decir, y es algo que me duele. A muchos les molesta el contenido de sus discursos, porqué no están a favor de su partido o de sus ideas. A mi me preocupa una torpeza proverbial que ya no es una accidente, ya no es una casualidad. Cuando habla en público, como presidente de todos, el señor Torra se olvida de su papel institucional y solo actúa como el activista que fue. Y que es. Hay que decir algo en favor de la señora Colau: esto lo ha hecho mucho mejor que el señor Torra. La señora Colau era tanto o más activista que el señor Torra pero nunca ha hablado como activista desde que es alcalde. Ha entendido la diferencia.

Cuando a un trabajador le contratan para desempeñar una tarea (pongamos por caso, hacer una instalación eléctrica) y acepta el trabajo y cobra por ello a fin de mes, hace su trabajo e instala los cables. Ya sea trotskysta o falangista, hace su trabajo, el trabajo por el que le pagan. No he conocido a ningún electricista que haya perdido esto de vista, ninguno se dedica a escribir poesías en su tiempo de trabajo por más que se lo pida el alma. Eso, que podría ser muy sencillo, no lo han entendido muchos cargos institucionales en Cataluña: escriben poesías (patrióticas, huelga decirlo) y no instalan el cableado eléctrico. Y los vecinos, sin luz.

Pero... ¡ay del vecino que proteste por haberse quedado a dos velas! Se apuntan su nombre y ya llegará el invierno. Mañana, día 11, yo seré uno de los 5 millones de vecinos que se quedarán a oscuras. Aunque, a decir verdad, llevo muchos años sumido en la tiniebla nacionalista.

8 de set. 2018

Las 17:14 en el Camino de los Monjes

Resultat d'imatges de la mola

Para las personas que vivimos en el Vallès (una comarca discreta, no especialmente bella ni especial), la proximidad de La Mola (el pico de Sant Llorenç del Munt) ejerce una atracción especial. Es un espacio natural de roca roja, sedimentaria, de gran interés geológico y (ahora si) de una belleza agreste, asalvajada, incluso temible. En la cima está el viejo monasterio, hoy al borde de la ruina y al lado del cual se construyó lo que hoy hace las funciones de restaurante. Tirando a discreto en calidad, y más aventajado en precios. Todo muy catalán.

Como el macizo fue declarado "parque natural", no se puede acceder en coche hasta la cima. Razón por la cual el restaurante se abastece mediante el esfuerzo silencioso y cabizbajo de un grupito de borricos y de mulas, que llevan las provisiones hasta las neveras y los fogones del restaurante. Los animales se recluyen en un cercado a unos metros del restaurante. A veces se les oye rebuznar, cuando están en celo. Creo que los burros, como los hombres, siempre están en celo. Todo eso le confiere algo romántico al lugar. Yo mismo he subido varias veces a la cima de Sant Llorenç (popularmente La Mola, nomenclatura más descreída), ya que el trayecto a pie, si se conoce un poco, no supera mucho la hora y media y el desnivel es soportable. Es un paseo. La cima está a 1100 metros, de modo que des de allí hay unas vistas majestuosas que abarcan (si el cielo está claro y la contaminación de la industriosa Cataluña lo permite) casi toda la región autónoma.

Este sábado he subido a La Mola. Ha sido mi forma de celebrar el fin del verano. Ahora, mientras escribo, siento las piernas ligeramente dolidas por el esfuerzo. Pero sarna con gusto no pica. Lo malo ha sido lo demás.

En fin de semana, los caminos que suben a la cima de Sant Llorenç están muy transitados, y uno se cruza, adelanta o es adelantado sin cesar por grupos, parejas, familias y demás agrupaciones humanas. También hay algunos runners, que van solos y al trote, resoplando y al borde del colapso y desafiando a la muerte. No pensé en que hoy, 8 de septiembre, estábamos a 3 días del 11. Me asombra mi candidez. De modo que toda la caminata ha sido un infierno. El número de caminantes vestidos con camisetas amarillas e indepes que me he cruzado me ha quitado el aliento y me ha sumido en un estado de ánimo a medio camino entre la pena y el hastío. No solo camisetas: lacitos en la solapa, en la gorrita, en la mochila. Banderitas estrelladas. Más de uno lleva la bandera atada al cuello, ondenado, como la capa de Supermán. He visto desfilar las camisetas de casi todas las convocatorias independentistas de textiles Forcadell de los últimos cinco años. ¿O seis años ya, prometiéndoles la independencia inminente a toda esa pobre gente?

Ellos me saludan yo les saludo. La educación ante todo. Pero me los miro y descubro el perfil, el patrón. Casi todos gente mayor. Algunos muy mayores, que quizás harían mejor en quedarse en casa ante la Tv3. Hablan en catalán entre ellos. Hablan de Nurias y de Montses. El acento es más que nada una liturgia, una reliquia, casi un fósil viviente (hablante). Aquí sucede algo que se debe estudiar. Todo eso quizás no es nada más que una resistencia, una reacción ante la evidencia. Los últimos dinosaurios debieron de reivindicar la dinosauriedad con un empeño extraordinario, inasequible al desaliento, como estas pobres gentes tan engañadas, tan maltratadas por los que les venden la camiseta año tras año. Les veo muy mayores y muy perdidos, aunque les han vendido una ilusión que les mantiene enhiestos. Les han prometido un cielo terrestre y ellos se lo han comprado (a 15 euros el kit indepe cada septiembre). Vender el cielo en la tierra es todavía más cínico que vender la salvación tras la muerte. Les miro y siento una congoja muy grande en el pecho. De repente, uno comprende porqué las religiones triunfan en todo el mundo. La religiones, como la publicidad, se basan en ofertas extramundanas que prometen vencer a la muerte, a la fealdad o al sinsentido de la vida. El independentismo actúa igual, y por eso su éxito.

No se me ocurriría decirles nada. Pobres, pobres gentes, pienso. Y, aunque me ofende a veces su indumentaria orgullosa, esa voluntad de hegemonía, esa pulsión étnica por imponerse, no puedo dejar de sentir pena. El siglo XXI llegó y se los llevará por delante. A mi también, claro está.

5 de set. 2018

La cláusula Tabarnia

Resultat d'imatges de hoja de platanero

Cuando Québec negociaba uno de sus varios referéndums para la secesión (todos los perdieron), aceptaron una cláusula a petición del negociador canadiense (esos sí negociaron): el acuerdo dice que, en el caso de ganar el si a la independencia, aquellos municipios en donde hubiese ganado el no quedarían bajo jurisdicción canadiense. Que te lo apuntes, Pedro, te lo digo, es una idea. Me saco el sombrero ante la habilidad del negociador canadiense. Al fin y al cabo, si uno cree en la negociación de veras, debe saber que negociar significa, ante todo, ceder.

Esa última afirmación parece una obviedad. Claro. Pero no es una obviedad en Cataluña, rincón del mundo insignificante y en donde los políticos secesionistas confunden la negociación con la imposición. Desde que el postgrado de negociación de la UAB fue a menos, eso no funciona.

La cláusula canadiense, de ser aceptada en España, nos dibujaría el mapa de Tabarnia tras un improbable (que no imposible) referéndum. Las comarcas interiores, las tradicionalistas, rurales y de pasado carlista, se independizarían de España y pasarían a formar parte de la república catalana, con capital provisional en Waterloo, mientras estudian la futura capitalidad: ¿Vic? ¿Torelló? ¿Sant Esteve Sesrovires? Es probable, también, que la designación de la nueva capital se prolongue un poco: los políticos catalanes tardan lo suyo en tomar decisiones y además a ver quién es el guapo que abandona el lindo chalecito de Waterloo para pringar en la masía de un pueblo osononse con vacas por las calles y campanarios tocando al arrebato cada madrugada.

El mapa de la nueva república generaría, en primer lugar, dos éxodos opuestos y simultáneos. De lo cual podría inferirse, por fin, que el Honorable Quim Torra anticipó el futuro cuando mencionó la "emergencia humanitaria" que vive Cataluña. Miles (decenas, centenares de miles) de catalanes que han caído en el lado de la república se instalarían en campamentos ante la frontera con Tabarnia exigiendo su derecho a pasar. Y del mismo modo, algunos catalanes de pura cepa que se han quedado en la parte de la Cataluña española, se agolparían en la nueva frontera para emigrar a la tierra prometida que acaba de nacer. Los sociólogos y los demógrafos se pelearían por hacer estudios, mientras la ONU se rasca el bolsillo para atender a la emergencia, repartir bocatas y tiendas de campaña modelo Two Seconds, marca Decathlon.

El caso de Sant Cugat merecería una atención especial. Esta población, de apariencia secesionista pero inscrita en territorio indudablemente tabarnés, aunque con la segunda renta per cápita más alta de Cataluña, podría ser la semilla de una confusión tremenda. ¿Se trasladarán esos ricos catalanes a una república rural excluída de la Unión Europea? ¿Verán oportunidades de negocio o verán amenazas en esa república? Como soy trabajador y sin patrimonio, no soy capaz de responder a mis preguntas. Dudo que jamás me encuentre ante un dilema como el que van a tener los ricachones secesionistas que viven alrededor del monasterio de San Cucufate.

Ya se que lo de Tabarnia tiene poco recorrido y se ha ido diluyendo, y que quizás solo era una broma, una ocurrencia. Y una ocurrencia que se la han apropiado ciertos sectores que, más allá de la provocación oportuna y divertida, se han escorado demasiado hacia posturas conservadoras del españolismo casposo. Cosa que lamento (y agradeceré mucho a quien me saque de esta mirada). Sea como sea, no ha estado mal lo de Tabarnia. Y, mira tu por donde, tiene sus raíces en Canadá.

Creo que los secesionistas con episodios de lucidez (los hay) comprenderán mi broma.Cuando se trata de romper y rasgar una sociedad, familias, amigos, conocidos, no hay nada bueno en ello. No creo que eso sea bonito. Ni deseable. Hay bromas que son divertidas sin más, pero hay bromas que dan miedo.

Adolf Hitler, en 1933, reunió a los empresarios más relevantes de Alemania en en Reichstag. Les soltó ese discurso sencillo: la inestabilidad política es lo peor. Yo les prometo una solución muy sencilla, que es esta: no habrá inestabilidad política en los próximos 10 años, porqué no habrá más elecciones en cuanto me hayan votado. Algunos de esos empresarios le dieron mucho dinero para su campaña. Los que no le dieron dinero pensaron que Adolf les estaba gastando una broma. Algunos también nos creímos que el cierre de 3 meses del Parlamentito catalán era una broma.

Los que le dieron dinero a Adolf siguen al frente de sus empresas. (Sus hijos, sus nietos, sus bisnietos: usted tiene, en su casa, productos de esas empresas). Adolf se suicidó y sus secuaces terminaron ejecutados, pero la broma les salió muy cara a millones de personas. En la historia, las bromas no me valen. A mi, que soy trabajador y sin patrimonio, solo me vale que los políticos trabajen por la cohesión y la igualdad. Lo demás son bromas. Bromas sin gracia, de mal gusto.

4 de set. 2018

Cataluña será cristiana o no será

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La frase del título, atribuída al obispo Torras y Bages, se ha aparecido esta tarde en mi televisor. Si: he conectado con Tve para ver el discurso del MHPQT. He empezado con algo de ansiedad, lo digo, ya que el presidente había prometido grandes cosas y el anuncio de un "otoño caliente". Sin embargo, y hacia la mitad de su discurso, he tenido que echarme agua fría en la cara ante el riesgo de caer dormido en un terrible sopor.

En parte, por las dificultades comunicativas del político. Por lo menos ante el público (dicen que gana mucho en la distancia corta). Luego, por el discurso redundante, repetitivo, del que solo queda un ruido de palabras. De grandes palabras, eso si, muy grandes, palabras talla XXL: libertad, derechos civiles, pueblo, derechos de nuevo, más pueblo, otra vez libertad y vuelta a empezar.

Más tarde ha aparecido el sacrificio, palabra repetida también en varias ocasiones. El sacrificio de los Jordis, en lo que podría derivar en un proceso de beatificación, para terminar con la santificación, dentro de uno o dos siglos.

Cuando he vuelto ante la tv, después de mojarme la cara para despejarme, me he dado cuenta de que no estaba escuchando a ningún político, y que el conferenciante no estaba explicando ningún programa político. Si algo ha hecho, hoy, el MHPQT ha sido largar un sermón. Incluso su gesto, la voz y la gesticulación (nula) eran las de un cura (pongamos que de Vic). Un cura que anima a los feligreses a vivir con esperanza, que les recuerda el cielo tras la muerte y que les conmina a renovar su fe día a día. Les ha anunciado una procesión, la semana próxima. Ha amenazado a los infieles: hay excomunión para ellos. Ha acusado a los romanos de haber detenido arbitrariamente a nuestro señor y les ha mandado para casa con una leve sonrisa.

La última palabra de la conferencia ha sido "Cataluña". Eso me ha llevado a pensar en Francisco Casavella, y en la caricatura de Pujol que hace en el segundo libro de "El día del Watusi", en donde Pujol es un personajillo raudo y fugaz que solo pronuncia una palabra: Cataluña.

Me he quedado muy sorprendido: ni otoño caliente ni nada que se le parezca. El jarro de agua fría (y bendita) que el MHPQT les ha echado en la cabeza de las Cup ha sido tremendo. Me sorprende también que muestre un respeto tan escaso por la división de poderes, ya que no parece muy progresista reclamar a los jueces cual debe ser una sentencia. Eso valdría para Luis XIV, pero no para un funcionario público del siglo XXI. Pero en definitiva, la sorpresa gorda de veras ha sido escuchar ese embrollo, ese gusto barroco por las grandes palabras, la confusión entre géneros (de la conferencia al sermón, del sermón a la canción de cuna y vuelta a empezar) para terminar diciendo, en realidad, nada. O lo de siempre. Que los buenos catalanes llevan la razón, que los españoles son malos y que el futuro será nuestro. Y no os olvidéis de movilizaros mucho para mostrar vuestra fe a los ojos del mundo infiel y hala, iros en paz.

Me siento otra vez decepcionado y triste. No se que se debe esperar de uno de los políticos mejor pagados de España, pero por lo menos que sepa dirigirse a todos, ya que nos preside a todos y entre todos costeamos su sueldo. Que hable de proyectos para todos.

En cuanto he apagado el aparato de la tv (y me he refrescado otra vez, con agua cristalina) he pensado en el barrio en donde trabajo, en esos hogares tan pequeños y tan humildes, tan pobres. Me gustaría invitar al MHPQT a que se venga, yo le acompaño, sin ningún problema y sin ningún prejuicio. Supongo que un buen cristiano debe pensar en los pobres. Quizás a veces, antes de dormirse en sus ensoñaciones patrióticas llenas de grandes palabras (entre las que, por cierto, no ha aparecido la igualdad).

1 de set. 2018

Consenso si, referéndum no

Resultat d'imatges de icaro

Hacia abajo no hay límites. Caer está chupado. Lo difícil es subir. Que se lo pregunten a los pájaros. Dios les dió alas pero les cuesta subir.  Que se lo pregunten a Ícaro, que algo sabe del asunto.

Cuando alguien me pregunta si creo que lo mejor para atajar la tensión catalana es un referéndum, le respondo que no. Que no. Y sin dudas. No creo en el votismo. Los conflictos se resuelven con el consenso. Votar (y que gane el saque un voto más que el oponente) no es una opción democrática aunque pueda parecerlo porqué hay urnas de por medio. Eso solo es una variante de la imposición, maquillada con urnas y votos, eso si.

Un referéndum no es colmo de la democracia. Franco hizo referéndums para validar su régimen, y en ambos obtuvo un resultado favorable que, por casualidad y solo por casualidad, obtuvo unos resultados muy parecidos a los del referéndum catalán del 1 de octubre de 2017. Pueden consultar los datos. Por casualidad y solo por eso, los referéndums de Franco y el de Puigdemont no fueron validados por ninguna autoridad externa ni tuvieron observadores ídem. No, los referéndums no son lo más democrático del mundo.

Uno de los métodos de la participación ciudadana es el voto. Claro. Pero otra cosa es creer en la religión del votismo. Como yo trabajo en la educación primaria, se que hay que andarse con cuidado con el referéndum. Cuando se plantea una elección en clase (¿qué tema queremos estudiar? ¿quién será el representante de la clase?) no solo anda en juego la democracia votista. El tema que ha propuesto el líder tiene muchas posibilidades de vencer, y de vencer porqué no tendrá oposición. ¿Eso es democrático de veras?. Y queda una pregunta en el aire: ¿los niños deben elegir los temas del currículum? ¿Qué certeza científica nos dice que eso sea bueno?

Parece mucho más democrático el consenso que el votismo. En la resolución Dialógica de Conflictos, de hecho, la votación no se produce nunca. Y esta es la metodología que se impone cada vez más y no solo en las aulas, si no en multitud de conflictos ciudadanos. Hay que evitar la votación. Debe prevalecer el consenso.

Además: se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Quienes profesan el votismo se niegan a votar una ley electoral en Cataluña, a sabiendas de que la actual es tramposa y solo favorece a una opción, y hablan de "mandatos democráticos" que saben que son de mentira.

Me sorprendo a mi mismo hablando de la resolución dialógica de conflictos, cuando cuando esa opción debería estar en boca de todos, y de políticos y periodistas en especial. No solo porqué es el método más indicado para resolver el conflicto que tenemos si no porqué, en España, lo mejor que tenemos ha salido del consenso. Y eso lo sabe todo el mundo. Del consenso y no de ningún referéndum. En cualquier caso, se podría refrendar el acuerdo que salga del consenso, pero nunca un referéndum sobre posiciones opuestas. Cuando Jordi Amat en "La conjura de los irresponsables" habla de irresponsables, habla de eso, de los que perdieron el valor del consenso. Al ensayo de Amat yo le respondería con algunos reproches, pero no lo hago: su defensa del consenso es inapelable. Solo el consenso nos librará del desastre. Y añado: el desastre está ahí, a la vuelta de la esquina.

La estrategia de Puidemont y de su vicario distan muy poco de la estrategia fascista: acumular poderes con o sin aval democrático, saltarse las leyes con el argumento de que son antiguas, trasladar el centro de la decisión a un lugar alternativo (Waterloo) i quemar els Reichstag, o cerrar el Parlamento regional catalán, que es un remedo light y temporal de la opción nazi. Toda la Europa democrática lo sabe, y toda la Europa democrática sabe que eso es muy peligroso, y que se resuelve solo con consensos.

Consenso en Cataluña, para empezar. Por favor, comiencen a hablar de consenso en Cataluña. Señor Torra: piense en que usted es el presidente de todos los catalanes, por favor. Piense en el consenso de los catalanes, ya que somos todos los catalanes quienes le pagamos su salario. Eso es un contrato, no es una broma. ¿Qué pasaría si usted rompe el contrato? Nadie lo sabe. Pero nada bueno.

Hay que ir a buscar el consenso. El referéndum no sirve para nada. Busquen el consenso.


27 d’ag. 2018

El niño Amarillo, en otoño

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El niño Amarillo espera la llegada del otoño con más ilusión que el contable de El Corte Inglés: ambos se frotan las manos pensando en el éxito de sus respectivas campañas: la vuelta al cole y la vuelta a las calles agitadas.

Hace muchos años, un pariente lejano mío, tras leer el libro de Bertrand Russell "Por qué no soy cristiano", se formuló la pregunta ¿como puede ser que haya personas inteligentes que creen en Dios?.  No es que fuese una mala pregunta, solo que no está bien formulada. Para obtener una respuesta debería cambiar "inteligente" por "racional", y aún así hay algo que falla. Creo que la pregunta debería preguntar por qué pesa tanto la ficción y lo irracional en la vida. Actualmente, me he encontrado personas que se hacen la misma pregunta, pero sustituyendo "cristiano" por "independentista", o por "españolista", en función de su color preferido (el rojo o el gualdo).

Tan solo unos días atrás, uno de los escasos amigos indepes que me quedan me dijo que había deconectado de España, que ya no le interesaba el asunto. Que se había independizado mentalmente. Cuando la realidad no es del agrado de uno, la mente dispone de varios mecanismos para no vivir en medio del dolor de lo real. Ante la complejidad ingestionable, mejor la simplicidad, más agradable. Una opción es intentar transformar la realidad; otra, aceptarla como es. Y hay más: entre ellas, negar la realidad y construirse una realidad ficticia, un mundo paralelo.

Cuando mi amigo me respondió con la tesis de la desconexión mental, me imaginé a un hombre que le ha pedido el divorcio a su esposa, esta no se lo ha concedido y entonces él practica un divorcio mental. Sigue conviviendo con la mujer pero no se siente casado con ella. Me temo que las consecuencias reales de esta opción deben ser calamitosas para la realidad cotidiana del hombre y de la mujer.

A la sustitución de la realidad por un mundo de ficción se le aplica, a veces, el adjetivo de "infantil", de "pueril". (Y por eso hablo del niño Amarillo). Sin embargo, aunque los niños tienden a menudo a construirse mundos paralelos a su medida, la estrategia no es, para nada, una exclusiva infantil. Salta a la vista. A veces los niños pueden ser más sensatos y más fiables que algunos adultos, lo sabemos todos.

No soy el primero en detectar un extraño infantilismo en el mundo independentista, una fe sin fisuras más allá de toda racionalidad. Empezaron creyendo que la independencia conllevaría la solución mágica a todos los problemas reales de la sociedad catalana, negaron que pudiese haber consecuencias negativas (ni fuga de empresas, ni violencia, ni fractura social ni ná, todo sonrisas) y ahorita mismo, unos años después, están construyendo una república virtual mientras soslayan el malestar en las calles. El promotor de la república virtual es un Conseller de la Generalitat (a propuesta del inefable Puigdemont, claro), aunque ese hombre solo desconecta en parte de la realidad: acepta gustoso cada fin de mes los miles de euros que le paga el estado a cambio de su labor. Por cierto: el Conseller de quien hablo escribió un tuit algo antes de obtener el cargo. Los tuits los carga el diablo, y el se hizo una pregunta: ¿alguien sabe distinguir entre un mongol y un español?. El tuit es lamentable en demasía, pero contiene, otra vez, ese humor simplón y pueril (con perdón de los niños).

El componente infantil del independentismo quedará pendiente de un estudio futuro, que deberán abordar psiquiatras, psicólogos sociales y sociólogos, antropólogos y demás. Como yo no tengo formación en ninguno de estos campos de la ciencia no me voy a inmiscuir, eso sería intrusismo. Solo lo menciono y me pregunto por ello. Me lo pregunto con una perplejidad creciente.

Hace unos días, en plena canícula, Pilar Rahola y Jaime Alonso Cuevillas (el abogado de Puigdemont) hicieron un acto en una bella población catalana del interior. Ella con una blusa amarilla y brillante, y él más bien gris. En un momento del discurso (esos discursos que se vienen arriba por la propia dinámica eufórica que les alimenta), Rahola advirtió de un otoño caliente y dijo "Este otoño os necesitaremos a todos". Yo me quedé con el uso de las personas del verbo, quizás por culpa de mi admiración por el poeta Jaime Gil. Usó personas distintas, puso una distancia. Nosotros no somos vosotros, pero nosotros os necesitamos a vosotros. Pudo haber dicho "allí deberemos estar todos", con un "todos" que incluía la primera y la segunda persona, pero no dijo eso. Señaló las clases, como lo hacen los señoritos. "Os necesitaremos a todos", es decir "nosotros" necesitaremos a "vosotros". Yo creo que ese "vosotros" casi abstracto no lo es: se está refiriendo a los crédulos. Al niño Amarillo que anida en cada independentista. No creo que ni Rahola ni Cuevillas sean infantiles, si no todo lo contrario. Creo que ellos, a diferencia de sus feligreses, son pragmáticos y realistas, pero necesitan de los ilusos para llegar a donde quieren llegar. O para mantenerse en donde están, que no es mala posición.

Eso es una pugna entre realidad y ficción, entre fe y racionalismo. Todos sabemos del peso de la realidad, de lo difícil que es negar lo que nos dicen los sentidos. Pero todos sabemos, también, de la potencia de la ficción y de su influencia sobre el mundo. Contemplen el edificio del Vaticano antes de decidir. O el Taj Mahal o las pirámides de Gizah. El discurso de la fe y el de la razón no se encuentran, aunque haya habido esfuerzos muy loables para juntarlos a lo largo de la historia del pensamiento. Creo que esos esfuerzos fueron inútiles, aunque, en realidad, no pasa nada grave.

Lo malo es lo otro: que el crédulo es fácilmente manipulable. Por eso el niño Amarillo está contento y afilando las herramientas, deleitoso ante el otoño histórico (uno más) que le prometen. Entre prometer una república feliz y un paraíso especial para los mártires hay un palmo de distancia. Lo que me preocupa es lo dicho: que quien promete una república feliz o un paraíso extraordinario no cree en nada. En nada salvo en sus cargos, sus privilegios, su tren de vida. Nada de eso es pueril ni ficticio. Detrás de cada símbolo hay un cargo, como dijo Javier Pérez Andújar. Y detrás de cada cargo hay miles de ingenuos que pagan sus impuestos para alimentar al símbolo y sufragarle la nómina que se debe a su cargo.

Que Dios me pille confesado este otoño.


25 d’ag. 2018

Lo de Franco visto desde Cataluña

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En Montserrat, al lado del monasterio y a un ladito de uno de los párkings más caros de España, está el monolito que conmemora a los muertos del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat. Ahí está, impasible. Nadie se opone, nadie reclama. Ningún gobierno regional ha opinado jamás sobre la presencia del monolito.

En la Vía Layetana, en el corazón de Barcelona, está el monumento -algo agresivo y rampante- de Francesc Cambó, el primer político catalán (no el único) que confió en Franco como solución a los problemas de España. El primero que puso a disposición del futuro dictador los medios que hiciesen falta para consumar su golpe militar. Nadie dice nada. Incluso la alcalde Colau, que hizo desmontar el monumento al Marqués de Comillas por esclavista, y que borró al Almirante Cervera del nomencláor callejero por protofascista ("facha", dijo), nunca ha dicho nada al respecto.

En Cataluña sobreviven gran cantidad de símbolos franquistas y no hay mucha oposición. Hay que admitirlo: el franquismo fue bien acogido por las clases bienestantes (y otras), y las clases bienestantes (sus hijos y nietos) siguen ostentando el poder regional, aunque ahora bajo el signo del lacito.

Pero, visto desde aquí, lo de Franco -la retirada de sus restos del Valle de los Caídos- es una muy buena noticia. Solo hay que fijarse en un detalle: Carles Puigdemont no ha dicho nada. ¿Por qué? Porqué a Puigdemont la retirada del cadáver del dictador no le conviene para nada. La retirada de la momia le desmonta el discurso de una España casposa y franquista, que es su único argumento. Ese es un buen motivo, uno más, para proceder al cambio de residencia del muerto.

Dicen los del PP que no entienden la jugada (la hipocresía dispone de muchas máscaras),y dicen que retirar al difunto no resuelve el problema del paro, lo cual es un argumento casi esotérico para defender lo mismo que defiende Puigdemont. Puestos a usar silogismos estrambóticos, se podría argumentar que, mantener al cadáver en su tumba actual tampoco ha resuelto los problemas de España: quizás no tenga nada que ver, digo yo. Y podríamos añadir más argumentos perogrullescos, como por ejemplo que la expedición científica española en la Antártida no resuelve el paro y por lo tanto hay que devolver a los científicos a su casa. Hay que andarse con cuidado con las argumentaciones pilladas por los pelos, porqué solo consiguen que el argumentador muestre el plumero. El plumero franquista en este caso.

La obligación del gobernante es resolver los problemas como el paro, por supuesto, pero creo que todo el mundo sabe de la importancia de gobernar lo simbólico. La importancia de lo simbólico, su influencia sobre lo real. Vaya tela. Que se lo pregunten a los gobernantes catalanes, por ejemplo, que lo único que pretenden es gobernar en lo simbólico. O pregunténselo a Trump: pídanle que no celebre el 4 de julio porqué eso no resuelve el paro en América. A ver qué les responde Trump a esos nuevos genios del PP, que ni tan solo comprenden el valor simbólico de haber manoseado un título universitario

España debe afrontar el asunto de una vez, y de eso nadie debería dudar. Por dignidad, y porqué es cierto: en España pervive un franquismo que, aunque rancio y agónico, nos perjudica. Porqué España ha dado pasos tremendos en democracia, en derechos, en progreso, en modernización, en equiparación con los principales países de la UE. Y por eso no se merece tener que ocultar esas vergüenzas que, aunque residuales, nos perjudican y nos humillan.

En cuanto hayan retirado el cadáver del viejo dictador asesino, y cuando España deje de tener un vergonzoso (y horrendo) monumento a una dictadura, yo respiraré un poco más aliviado y me sentiré un poco mejor y más satisfecho de mi país. Y, de paso, los independentistas que me argumentan que quieren separarse de España por ese asunto (usado como símbolo, como metáfora) habrán perdido un argumento cuando me discuten. Mis argumentos, cuando discuto sobre el tema, son precisamente que España es moderna y democrática y digna. Y entonces podremos discutir sobre el monumento al Tercio de Montserrat sin temer a que me respondan "y tu más".

Las cosas son como son, y la realidad solo es una. De modo que debo decirle a Pedro Sánchez: gracias, presidente. Le felicito de todo corazón. Y le emplazo a que, cuando le desafíen los secesionistas de mi país, que son minoría, les responda con la misma entereza que ha mostrado en el asunto del viejo dictador asesino. Se lo digo con el corazón y sin segundas intenciones,

23 d’ag. 2018

El verano de la niña D.


A la niña D., en la fiesta de final de curso, le tocó uno de los regalos más preciados de los que se repartieron en aquella efeméride. Le tocó una bicicleta, donativo de alguien anónimo que quiso contribuir a la fiesta. En esta fiesta se premia a los niños y a las niñas que se han esforzado más a lo largo del curso, sin tener en cuenta los resultados académicos. D. se lo merecía con creces: su esfuerzo, sostenido a lo largo de los diez meses, fue ejemplar. Casi conmovedor. Lloré cuando vi sus lágrimas al recoger la bicicleta azul. Lloré en silencio, para adentro, como si quisiera que mis lagrimales absorbiesen las lágrimas para atrás, igual como ella hace con sus mocos, por esa vergüenza heroica que tiene. Y que algún día sabrá superar, sin duda y por su resiliencia.

D. es una niña de familia muy pobre y muy mora, y será mujer mora y de clase baja, motivos por los cuales vale la pena estar a su lado y ayudarla a crecer con fuerza. El esfuerzo que ha hecho durante el curso es un ensayo con gaseosa del esfuerzo que deberá hacer en el futuro.

Al día siguiente al de recibir el premio por su esfuerzo apareció ojerosa en el colegio, a las ocho y media. Le pregunté el porqué de esas ojeras. Me dijo, muy bajito, que se había pasado la noche en vela mirando la bicicleta, aparcada al lado de su cama. Me dijo que no pudo pegar ojo porqué temía que, si se dormía, la bicicleta iba a desaparecer para siempre, engullida por la oscuridad de la alcoba.

Ahora, cuando el verano inclina su cabeza sudorosa ante la llegada del otoño, me pregunto como habrá sido el verano de la niña D. Su madre me dijo que quizás se iban a Marruecos, pero que eso dependía del dinero disponible. Y no estaba nada claro. A la niña D. le gusta pasar el verano en su pueblo (que en realidad no es el pueblo en donde nació, si no el pueblo en donde nacieron sus padres). Y también le gusta pasear por entre los bloques de ese arrabal que es su pueblo de nacimiento, bajo la sombra de las moreras de buena sombrita, esa fronda verde y fresca incluso durante los días caniculares. Los niños pobres saben que el verano de los pobres se puede pasar en cualquier escenario, que solo debe cumplir el requisito de ser un escenario de pobres.

La madre de D. apareció en la escuela cuando ya se había terminado el curso, en una mañana de principios de julio. Habla un poquito de español, con mucha dificultad. Me encontró casi por casualidad. Me dio más de 100 euros, los depositó en la mesa. Con sus medias palabras comprendí: eso es un anticipo por las cuotas escolares de las niñas del próximo curso y lo pago ahora porqué ahora lo tengo y mañana ya no se. Aparte de D, esa madre tiene dos hijas más en la escuela. Mientras le hago el recibo pienso que quizás se llevará una reprimenda del marido por esa decisión, pero ese pensamiento es presuntuoso, quizás indigno, quizás fruto de mis prejuicios y de mi ignorancia. Puede ser que el marido apruebe la decisión de ella sin más, quien lo sabe, yo no.

Los veranos de los pobres no son fáciles ni divertidos. Eso no es ninguna inferencia, ninguna deducción. Yo fui un niño pobre, y mis veranos eran largos, tediosos, aburridos. Leía muchísimo (¡y sin gafas!), leía hasta que se me enrojecían los ojos y sin entender. A los 13 leí "La peste" de Camus y no entendí ni un carajo. Solo recuerdo de aquella novela que transcurría en Orán, que no cae muy lejos de Tánger, de donde son los padres de la niña D. Al final, la historia de los pobres y la historia de sus veranos sin veraneo siempre es la misma. ¿Progreso? Pues si, claro que si, siempre se progresa un poco. D. tiene una bicicleta, y espero que la conserve hasta el otoño y más allá.

Creo que la madre de D. está embarazada de poco pero no se lo pregunto. Conozco la reacción avergonzada y la tensión inútil que se produce cuando alguien como yo le pregunta por algo íntimo a una mujer musulmana, y por eso lo soslayo. Eso solo es un fisgoneo. Debo aprender más. Debería saber que las consecuencias de la miseria son iguales para todos, debería saberlo y no achacarlo a la religión, vaya tontería por mi parte.

Espero que la niña D. haya vivido un buen verano pero no creo que se lo pregunte. Me la imaginaré ante el mar, en la playa de Tánger y esa será mi imagen del verano de la niña D. Es muy probable que lo primero que le pregunte en septiembre sea si recuerda la tabla del 3, porqué ese es mi oficio. Me olvidaré del niño pobre que fui y me preocuparé por su esfuerzo, otra vez, de nuevo.

22 d’ag. 2018

Libertad de expresión, dice

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Soy lo bastante mayorcito como para saber quienes son los que piden libertad, los que la exigen. Siempre lo hacen para si mismos o para su grupo, su clase o su opción. Pensemos, por ejemplo, en la libertad de culto. Siempre vi lo mismo: quienes exigen libertad para si siempre son los fuertes, los poderosos o los que se saben del lado de los fuertes y poderosos. Los débiles no solemos hablar de libertad, o lo hacemos muy poco. Yo ya no recuerdo cuando fue la última vez que exigí libertad. Creo que fue cuando le pedí a mi madre libertad para dejar los pantalones cortos y vestirme unos largos.

Los débiles exigimos igualdad, justicia, educación. Cosas así. Y, a veces, fraternidad. Pero libertad ¿para qué? ¿De qué me serviría exigir libertad para navegar con mi velero por donde me de la gana cuando no tengo velero?

Siempre vi gente que pegaba carteles y gente que los arrancaba. Yo mismo, de jovencito, arranqué un cartel del concierto de King Crimson (de cuando actuaron en el estadio del Español, hace más de mil años), y lo hice con sumo cuidado, para llevármelo en el mejor estado posible y colgarlo en la pared de mi habitación, encima de la cabecera, allí donde otros cuelgan un crucifijo. Cuando arrancaba el cartel de la banda de rock nadie me increpó. Quien lo había pegado lo hizo, según se ve, provisto de su libertad para pegar carteles. Y yo lo despegué en virtud de mi libertad para despegarlo. No hubo enfrentamientos ni gritos ni improperios. Y eso que lo hice a plena luz del día, ante los transeúntes que circulaban hacia sus quehaceres.

Es cierto que las libertades han ido a menos en los últimos tiempos, y que ahora hay que pedir permisos para todo. Aunque, en realidad, siempre ha habido límites en el uso del espacio público. A mi me identificó la policía cuando acababa de realizar una pintada con espray contra la mili obligatoria, hace un montón de años, y me retuvieron un buen rato en la calle, al lado del coche patrulla que me pilló en plena faena. Me libré de la multa porqué, por entonces, no existía la Ley Mordaza que votó, con ilusión, Convergència en el Parlamento. La misma Convergència que ahora (se llame como se llame) se dispone a aplicar la misma ley para multar a los ciudadanos que arrancan lazos amarillos de la calle. La calle que es de todos. No se si llegarán a implementar su república, pero si lo hacen esa república no será un ejemplo de libertades, estamos advertidos. O si será un ejemplo de libertades, pero solo para algunas cosas.

Digan lo que digan los defensores de las libertades, a mi me sorprende que, en un país en el que hay que pedir permiso para instalar una mesita para vender rosas en la calle (Ay de la gitana que lo haga sin permiso) se pueda recubrir de lazos amarillos una calle, un parque público o una hilera de árboles y las autoridades deban proteger los lazos, para impedir y multar al desprevenido que los quite. Yo quité un lazo, y lo hice en nombre de la estética, ya que afeaba un monumento. Creo que no existe el derecho a la estética, ya lo se. Quienes los ponen argumentan (a veces) que su causa es buena, ya que los lazos amarillos piden la libertad de unos presos. La libertad. Con la libertad hemos topado, Sancho.

Creo que a los defensores de la libertad se les puede pillar antes que a un cojo. Me gustaría saber qué pasaría si me pongo a pegar lazos, azules por ejemplo, para exigir la libertad de Luis Bárcenas, que también es un político preso. O lazos negros para pedir la libertad de los presos acusados de yihadismo, ya que su causa no deja de ser una causa política. ¿Defenderán mi libertad con el mismo ahínco que ponen en defender la suya?

Lo dicho: prefiero pedir igualdad, pero eso debe ser porqué soy un pobre diablo.

20 d’ag. 2018

El malestar en la cultureta

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La consellera de cultura de la Generalitat no tiene claro si la literatura escrita en castellano por escritores catalanes es literatura catalana o no lo es. Estamos en 2018 y sigue sin resolver el viejo enigma. Esa preocupación es antigua, empieza a tener visos de debate clásico, aunque clásico y antiguo sean más bien antónimos.

Hay varios problemas detrás del debate. Hay algunas obviedades: nadie habla de "literatura belga", si no de literatura francesa (o flamenca). Por otra parte, Roberto Bolaño (en el documental "La batalla futura") afirma que no hay literatura chilena o peruana, si no literatura española. ¿De dónde sale la novela chilena? se pregunta. No sale de Skármeta o de Isabel Allende, si no de Cervantes, responde. Lo mismo sería aplicable a la novela catalana, pero eso, aquí, resulta casi una provocación.

Si los autores catalanes que escriben en español son proscritos de la cultura catalana, nos encontramos con un panorama catalán verdaderamente triste, en el que solo hay mediocridad. Solo pensando en el presente, si eliminamos a Marsé, a Vila-Matas, a Mendoza (por nombrar solo a algunos) ¿con qué debemos conformarnos? He ahí uno de los problemas que deben atormentar a la Consellera. Entre otros, claro

El novecentismo catalán, hace ya algo más de un siglo, descubrió que no existía novela catalana y se pusieron manos a la obra. Se habían dado cuenta de que la literatura catalana solo producía poesías, unas bucólicas y pastoriles, y otras patrióticas. Con lo cual la literatura catalana no podía presentarse ante el mundo. Estimularon el ensayo y la novela, pero los resultados están a la vista. Durante muchísimos años, la única aportación notable de la novela catalana fue "Vida privada", de Josep Maria de Segarra. Y cabe añadir algo. Uno de los promotores del novecentismo es Eugeni d'Ors, que terminó marchándose a Madrid y escribiendo en español. Que ya es mala suerte.

Para caso de mala suerte también está el de Josep Pla, quien aunque escribía en catalán nunca fue aceptado por los mandamases de la cultureta. Solo nos quedaría reivindicar "La plaça del Diamant", una novelita discreta y correcta que quizás no sea más que un cuento largo pero que, en tanto que retrato de la Barcelona menestral, se queda a varias leguas de los textos de Juan Marsé

Adrià Pujol, el traductor, escribió hace poco que el mal estado de la literatura catalana es tremendo, y que se necesita una reforma urgente del panorama: repensar los premios y "decrecer" la edición son algunas de sus propuestas, aunque también apunta a la baja calidad de los autores y a la escasez de ambición. Pero es posible que se deban repensar más cuestiones. Una de ellas la propia definición de "cultura catalana": ¿por qué resulta imposible admitir que la cultura catalana lleva muchísimos años siendo irrelevante? ¿Por qué se insiste en confundir cultura popular con cultura del mismo modo que se presenta como "novela" un simple texto de entretenimiento?

En tiempos de los "Bolsilibros" de Bruguera, nadie pretendía que aquellas novelitas fuesen consideradas novelas, nadie pretendía hacerlas pasar por cultura. Y sin embargo hoy, hay una amplísima producción (pienso en la novela negra) que, sin superar el nivel literario de los "Bolsilibros" de Bruguera, pretende ser novela. Y no vale el cuento de que lo importante es crear afición por la lectura, porqué está demostrado que nadie que haya crecido leyendo a Harry Potter se ha pasado a Shakespeare. Aparte de la novela negra de escasa calidad, lo demás que se produce en catalán cae dentro de lo que Adrià Pujol califica de "autoficciones" sin interés. Si alguien se quiere molestar leyendo autoficciones contemporáneas de calidad, que se remita a Cartarescu por ejemplo.

El problema persistirá. Porqué hoy, alentado por el monstruo del nacionalismo, cualquier duda, cualquier crítica o cualquier autocrítica hacia la cultura catalana se interpreta como una agresión. Y así se sigue labrando el camino hacia el abismo. De nada sirve que alguien advierta de que se pordía haber cruzado el punto de no retorno y que, aquella cultura que se jactaba de haber sobrevivido al franquismo, podría perecer en manos del nacionalismo catalán.

16 d’ag. 2018

Una efeméride amarilla

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El final del verano nos deja en las fauces de lo que van a ser las nuevas efemérides procesistas, de modo que uno no solo se siente nostálgico por el fin del buen tiempo, si no también asustado por el calendario que nos acecha. La pena es que hayan decidido empezar por una fecha tan triste como la del 17 de agosto, que debería ser un día de luto y de reflexión. De vez en cuando viene bien detenerse a reflexionar, pero el procesismo, en su necesidad de mostrar justamente esa idea del proceso que siempre avanza no puede detenerse ante nada. Hubo pensadores que contaron la visión lineal del tiempo histórico de todos los totalitarismos, y el procesismo secesionista catalán tampoco podía fallar en eso.

A mi me parece que los hechos del 17 de agosto de 2017 todavía no se han digerido bien, y que falta mucho por pensar. Pero el secesionismo catalán optó por pasar página a toda prisa y, en cualquier caso, aprovecharlo para sus fines. La ética de la convicción frente a la ética de la responsabilidad, otra vez. El día 17 de agosto de 2018 el Presidente Torra no participará en el acto de homenaje a las víctimas en Barcelona, si no que se irá a Ripoll para asistir a un acto "en favor de la convivencia". Como gracias a sus tuits sabemos lo que piensa el presidente de la convivencia, parece del todo lógico.

Los familiares de las víctimas han pedido a los políticos catalanes que se abstengan de usar la muerte de sus parientes en beneficio de una causa nacionalista, pero parece improbable que sean atendidas sus súplicas. El populismo nacionalista avanza sin detenerse en escrúpulos. Así, mientras el señorito Pablo Casado se pasea por las ciudades del sur en donde llegan los inmigrantes que cruzan el mar en barcas para alentar el miedo al extranjero, los jerifaltes del procés se recluyen en la Cataluña profunda para reivindicar sus raíces y su nación exclusiva.

Aparte de otras lecturas muy recomendables que estoy haciendo este verano, han pasado por mis manos el ensayo de Jordi Amat ("La conjura de los irresponsables", en Cuadernos Anagrama) y "La historia no ha terminado", Anagrama también), de Claudio Magris. Magris sigue siendo una referencia obligada cuando uno piensa sobre varias cuestiones, una de las cuales es el desafío de los micronacionalismos en Europa. Magris tiene la virtud de los grandes: más allá de compartir o no sus propuestas, uno descubre que puede poner palabras a las emociones, y convertirlas en sentimientos razonados. Magris contrapone los micronacionalismos (ademocráticos, populistas, regresivos e intolerantes) a la idea de un patriotismo "trascendido", democrático e inclusivo.

Vamos a ver cuales son las propuestas sobre convivencia del Presidente Torra en Ripoll, estoy sinceramente curioso. Aunque es probable que no diga nada interesante, cualquier pista podría ser una buena pista para saber qué nos depara el poder autonómico en el futuro inmediato, que se presenta demasiado incierto (otra vez). Los sucesos del 17 de agosto de hace un año no solo hablan de una violencia tan asesina como suicida, alentada por un identitarismo delirante, si no de la capacidad para integrar de nuestra sociedad. Cataluña, tierra de acogida ¿les suena de algo?.

Lidia Puigverd, una de las mayores expertas en el asunto, escribió lo mejor que he leído al respecto de los chicos de Ripoll que decidieron cruzar hacia el abismo de la tiniebla, pero Puigverd fue ferozmente atacada por el independentismo mainstream de forma inmediata y, que yo sepa, no ha sido jamás invitada a participar en ningún foro. Yo creo que Lidia Puigverd debería estar en Ripoll, también. Y debería ser consultada por el poder local. (Solo lo apunto: Puigverd es asesora para la Comisión Europea en asuntos de radicalización y violencia, pero ignorada en su propio país).

Me temo que el acto de Ripoll va a ser una andanada de identitarismo autocomplaciente como respuesta a otro identitarismo, una penosa pérdida de tiempo y de oportunidades de avanzar hacia algo parecido a la concordia y la paz y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (o el Ter por Ripoll), vamos a escuchar nuevas fantasías del micronacionalismo agresivo-defensivo. Ojalá vaya equivocado, pero creo que nos espera un aviso para el otoño catalán y que, muy posiblemente, se recuperará aquel "no tinc por" de hace un año, que no se refería a las víctimas del desastre si no, por más indigno que fuese, al desafío del 1 de octubre.

5 d’ag. 2018

A marear la perdiz fascista

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El fascismo cobra cuerpo entre nosotros y se hace tangible. Cada vez que uno lo nombra, aunque sea para denostarlo, para acusar de ello a los otros, no deja de ponerlo encima de la mesa y, en cierto modo, lo anuncia, como los ángeles al señor.

El debate sobre el fascismo siempre lleva apareado el debate sobre la libertad, y los dos conceptos comparten la mesa, el escenario. Fíjense ustedes: no hay discusión sobre el fascismo en que no aparezca, a su lado, la libertad.

Así, lo que debería ser un debate sobre el uso del espacio común (calles, rotondas, plazas y barandillas de puentes) se ha convertido en un debate sobre fascismo contra libertad. Lo malo del caso es que, en cuanto se transfiere una cuestión de uso de lo público a una cuestión de "libertad contra fascismo", cualquiera de los dos interlocutores  puede arrogarse para si la libertad y acusar de fascista al otro. Eso ya es una buena paradoja. Pero hay más.

Se me han ocurrido dos, extraídas de las décadas de los 20 y los 30 del siglo pasado, que son esas décadas que admiramos el señor Torra y yo. Imagínense ustedes una manifestación que pidiese la libertad del preso Alfonso Capone. Imagínense ustedes que esa manifestación es contestada por otra, formada por gente que no quiere la libertad de Capone. ¿Cuál sería la manifestación fascista? Y en cualquier caso: ¿la libertad o la permanencia en la cárcel de un preso debe dirimirse en las calles, cuando uno vive en un estado democrático?

Vamos a imaginar otra situación paradójica, esta vez en Alemania: vamos a suponer, que mientras el preso político (¿o era un político preso?) Adolfo Hitler está en la cárcel por lo del golpe de Múnich, sus seguidores llenan las calles con pasquines, carteles y banderas pidiendo su liberación. Y otro grupo, de signo opuesto, se dedica a quitar dichas banderas del espacio público. ¿Cómo lo hacemos para dilucidar quien es el fascista y quien el defensor de la libertad?

Más allá de las paradojas y los juegos anacrónicos, a mi me parece que el debate sobre poner y quitar lazos amarillos es solo un debate sobre la convivencia. Y la labor (la responsabilidad) del buen gobernante es trabajar en pos de la buena convivencia, el acuerdo y la paz en las calles. No entiendo qué se gana alimentando el fuego, y dudo de que haya un cálculo de ganancias y pérdidas, porqué me temo que nadie sabe adonde nos puede llevar la oscura tentación de nombrar al fascismo con tanto ahínco. Pero sin duda, a nada bueno. En un estado democrático como este, el gobernante gobierna para todos y, ante un conflicto civil, tiene la obligación de mediar.

Cualquier otra postura no parece propia de alguien que se tome en serio la democracia. Aunque quizás no se toman en serio nada, ni tan solo el fascismo, porqué no parece sensato nombrarlo constantemente, no se si para banalizarlo o para usarlo a modo de vacuna oscura. Así, cuando llegue el fascismo de verdad, nadie se dará cuenta o lo confundirá con un defensor de la libertad.

4 d’ag. 2018

Canallas y tontos

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Ni la palabra "canallas" ni la palabra "tontos" son de mi agrado, y creo (o espero que sea así) usarlas poco o nunca. Incluso en el lenguaje doméstico. Pero esas son las dos palabras que usa Roberto Bolaño en el magnífico documental "Roberto Bolaño. La batalla futura", del director Ricardo House (Chile, 2016), que en España se ha estrenado en Filmin, para explicar quienes son los que se dedican a la profesión literaria.

En una entrevista, ya añeja, para la tv chilena, el periodista ensaya la pregunta que cualquier escritor se teme: ¿qué consejo le daría usted a un joven...? Bolaño no se anda por las ramas en su respuesta ni pretende agradar a todos (no lo hizo nunca, diría yo). Responde: cualquier joven que quiera dedicarse a la literatura debe saber que ese es el oficio más miserable del mundo. Y también debe saber que en él solo hay canallas y tontos. Luego se entretiene en definir a los tontos pero no a los canallas, puesto que la canallada se define sola, digo yo: repito que no me entusiasma para nada el concepto "tonto", porqué define tanto a un ingenuo como a un discapacitado intelectual como a alguien que desprecia el locutor por considerarle de valor intelectual inferior, y en esta amplitud semántica encuentro muchos problemas. Mejor no usar el término y vamos a dejarlo así.

En cualquier caso, esos a quienes Bolaño califica de "tontos" son las personas que piensan que, por haber publicado un libro son buenos escritores y por ende se consideran personas importantes, relevantes en algún sentido. Lo precisa mejor el genio chileno: "todo el mundo debería saber que todo es efímero e irrelevante, y que incluso Cervantes y Shakesperare desaparecerán". Mientras veía ese documental no podía evitar pensar en decenas de autores catalanes (autores editados) que se pasean por los festivales de la cosa nostra en versión literaria tan henchidos como hinchados, convencidos de haber accedido a un Parnaso que solo es casero y nimio.

Haber publicado un título (aunque sea una novelita policíaca) les ha dado, a personas más o menos conocidas, la impresión de ser alguien. Creo que ahí está el problema. Como yo soy uno de esos que ha publicado algo, me he visto en la difícil tesitura de compartir mesas redondas con gentes que, como yo, habían publicado algo. Enseguida he percibido esa altanería, y enseguida he sentido las ganas de huir. La publicación les da, a algunos, no tan solo un sentido a su existencia, si no también un argumento para mostrar su superioridad.

Creo que eso es lo mismo que sucede con el asunto soberanista catalán: personas que se sentían perdidas han encontrado en su militancia independentista un sentido a sus vidas y ahora son alguien. En Cataluña se asimila publicar (en catalán) a una labor redentora: si la literatura es mala no importa, ya que lo que importa es la militancia lingüística (por extensión, patriótica). Hace poco leí que, quien publica en catalán no solo hace eso si no que es un "guerrero de la lengua". Es decir, de la patria. Mientras los que escriben se planteen ser guerreros de la lengua patria, la literatura catalana estará perdida y sin remedio alguno.

Bolaño plantea muchas cosas interesantes en ese documental: duda de que existan literaturas chilenas, bolivianas o argentinas. ¿Acaso todo lo que se escribe en español no sale de Cervantes?. Una pregunta que sería aplicable a la literatura catalana, a no ser que alguien piense que la novela catalana nace de Mercè Rodoreda.

Hace unos días leí que la nueva consellera de cultura catalana, Laura Borràs, sigue empantanada en el debate estéril y kamikaze de que es lo que pasa con los escritores catalanes que escriben en lengua castellana: ¿son catalanes o no lo son? Ese es el nivel de la consellera. No le iría nada mal, a esa señora consellera, pisar el territorio real y escuchar y callar y aprender como yo lo hago.

Creo que Roberto Bolaño, que vivió muchos años en Cataluña, habría sido un fantástico consejero de cultura (aunque me temo su respuesta ante una proposición así).


29 de jul. 2018

Diario de un unionista enfermo


Me lo sugirió un amigo editor (e independentista, para más señas): deberías publicar tus artículos "unionistas" del blog en forma de diario, por ejemplo. Se refería a publicar en sentido tradicional, eso es, en papel. Me lo estuve pensando un buen rato. Y lo seguiré pensando. Mientras lo pienso voy andando por la calle, hacia la estación. Ando pensando en mis cosas, pero me doy cuenta de que, a la vez, estoy detectando, como sin querer, los lacitos amarillos que se cruzan conmigo. Me gustaría expresarles el fastidio que me producen, pero me callo.

Miro los rostros, las vestimentas y los gestos de quienes lo llevan. Una parte de mi mente intenta detectar un patrón. Se que lo hay, que tiene que haber un patrón. La naturaleza funciona por patrones. No solo lo dice la ciencia: también la experiencia, algo nada desdeñable cuando uno ha cumplido los 50 y sabe ya que la originalidad, lo especial y lo único son ensoñaciones ególatras.

Y a la vez, de repente, se me ocurre la pregunta terrible, como un azote: ¿será eso mío un trastorno?

Me refiero a mi mirada, a mi esfuerzo por encontrar un patrón (una razón, en el fondo) tras lo lazos amarillos in pectore. ¿Será una obsesión, lo mío? La pregunta me atenaza por la garganta y me sacude. Siento sequedad en la boca y una presión en las sienes. Entonces, también, pienso que esa facilidad casi pasmosa para ver lazos amarillos en la distancia podría ser algo malo. Ya no me parece una señal de ingenio ni de agudeza visual sino un problema.

Una vez sentado en el tren sigo con mis cavilaciones. Para aliviarlas me pongo a leer el fantástico ensayo de Marina Garcés "Nueva ilustración radical". Empiezo por el preámbulo y cada dos frases siento que está hablando, entre líneas, del proceso independentista catalán. No lo nombra ninguna vez, pero yo siento que en realidad Garcés habla "también" o quizás "sobretodo" del proceso. Cuando habla de los nuevos autoritarismos (llamados populismos) de los nuevos identitarismos defensivos y ofensivos no puedo dejar de pensar en Puigdemont, en Torra, etc... Me sucedió lo mismo revisitando "El pueblo de los malditos" y "La invasión de los ladrones de cuerpos".

Alzo la mirada y contemplo, a través del cristal, el verde suave del atardecer la vegetación de Collserola, el cielo malva y las nubes que amarillean, premonición del ocaso, aviso del abismo. Los bosques y el cielo no me responden. Indiferentes y bellos, no hay en ellos respuesta. Solo la indolencia cósmica.

Intento recapacitar. Quizás llevo demasiado tiempo enfermo de eso. Quizás evaluo demasiadas personas y fenómenos en clave procesista y eso me limita, me empequeñece. Hay libros que ni leo ni leeré porqué son obra de autores indepes. Hay lugares que antaño me gustaban y a los que no voy porqué me temo la avalancha de lazos amarillos, el alud de banderitas que me estarán acechando, como cuervos gualdos, decididos a hacerme sentir el más desgraciado de los catalanes, cuando no de los hombres.

Hace un par de días, mostré la colección de versiones de mis pintores preferidos a una persona conocida a quien, después de verlas, le confesé que no sabía cual sería mi siguiente obra a versionar. Ella, tras comprobar mi propensión por los autores coloristas y salvajes (los fauvistas Derain y Vlaminck, sobretodo) me propuso, con buen tino:
-Y una versión de Joaquim Mir, ¿qué te parece?
-¿Mir? -respondí yo, dando un brinco- Pero si ese... ¡es catalán!

La escena terminó entre risas, por supuesto. Pero poco después, otra vez solo, aquella risa se mudó en mueca agria: mi trastorno volvía a las andadas y me amargaba la mañana. ¿El independentismo de mis congéneres me ha dañado la salud y ha arruinado cualquier (ingenuo) proyecto de felicidad? Y luego: ¿habrá psicólogo o psiquiatra capaz de curarme? Algo me lleva a temer que hay en mi algo quijotesco. En el mal sentido, claro.

Quizás debería marcharme de aquí. ¿Alaska? No, aborrezco el frío. Y además: marcharme no solucionaría el problema, solo enmascararía los síntomas. Estoy seguro de que, una vez en Alaska, detectaría indicios de puigdemonismo en cualquier cacique local -o en un pastor evangélico- que me topase. Es así: la sola idea de creer (creer razonadamente) que Puigdemont dará nombre a un trastorno disociativo es, en si, un mal síntoma. Aunque acierte en mi pronóstico, ello no me hace feliz. Si no todo lo contrario. El fastidio con el procesismo está ocupando demasiadas áreas de mi cerebro a costa de las demás.

Podría conjurar todos mis males convirtiéndome al independentismo, lo se, pero en esa cuestión mi corazón y mi mente están de acuerdo en impedirlo y esa es una opción imposible. Mis dos apellidos catalanes no lo pueden evitar: cuando la fe y la razón se encuentran y se armonizan ¿quién es capaz de traicionar a ambas?

Podría negar mis convicciones y mis razones, ponerme un simple lacito amarillo en la solapa y abrazar la fe independentista: ganaría amigos, apegos, quizás amoríos y calma, incluso subvenciones y palmaditas en la espalda. Pero sería un zombi.

Cataluña no es ni bonita ni culta ni feliz, solo es el lugar del planeta que me ha tocado. Tanto como es ridículo enorgullecerse de haber nacido en ese lugar, lo es aborrecerlo por culpa de los patriotas que me fastidian y me trastornan.

25 de jul. 2018

Los pobres no veranean en Blanes


Solo he estado un par de veces en la villa de Blanes. En la primera, hace más de 20 años, para asistir a un acto de la cultureta y recoger un premio literario. Fue una escena berlanguiana que todavía hoy me trae una sonrisa a los labios. Si, es así: yo también participé de la cosa. Solo me puede excusar mi juventud, con la ingenuidad y la memez que conlleva. En la segunda, ya más madurito, para rastrear las huellas de Roberto Bolaño, el chileno genial que vivió en Blanes (algunos afirman que el chileno eligió Blanes por el capítulo de la novela de Juan Marsé que transcurre en esta villa, y a mi me gusta pensar que es así). En la segunda visita me encontré el paseo marítimo (ese alarde de ingeniería tan inevitable como costoso, además de inútil, que no falta en ningún pueblo costero) devastado por la tormenta del día anterior.

Blanes siempre será, para mi, el escenario de las andanzas de Bolaño y, por supuesto, el de las escenas de una de las grandes novelas catalanas, en las que el Pijoaparte, en la ficción, se pasea (y fornica) y descubre algunas cosas interesantes de la burguesía catalana que veranea en Blanes. Blanes podría ser una villa del imaginario literario, por donde uno podría andar con todos los pajaritos revoloteándole en la cabeza. Blanes pudo haber sido algo bello. Sin embargo...

Sin embargo, la codicia de los ricos afeó la villa con sus hoteles y su deliberada desobediencia a las normativas urbanísticas, un vicio que nos hace muy españoles digan lo que digan los catalanes esencialistas. Y sin embargo, también en Blanes plantan cruces amarillas en las playas esos mismos esencialistas, amparados por la autoridad, algo que, a día de hoy y en la desdichada Cataluña, se considera libertad de expresión. Y sin embargo, también en Blanes nació el que hoy ejerce de presidente de la Generalitat. Todos esos sin embargos han transformado la imagen de Blanes y la invalidan como el lugar literario y mítico que pudo ser.

Hoy pensaba en Blanes solo porqué he empezado a leer "2666", la novela de Bolaño que se publicó, póstumamente, en 2004. He comprado la edición de bolsillo, la más barata. Hace unos años leí algunas páginas, pocas, (tiene más de 1000) de un ejemplar que tomé en préstamo de la biblioteca pública. Cuando uno ha nacido en una casa pobre arrastra para siempre los hábitos que enseña la pobreza. Y no lo lamento para nada: es más, me gusta reivindicar la pobreza como forma de vida, como opción. Quizás no me quede otra opción, claro, ya que la vida de un asalariado español no permite vivir de ninguna otra forma y asumir la pobreza como opción no deja de ser una forma de resignación adornada por tintes cristianos. Quizás. Incluyo la duda con este "quizás" porqué, al fin y al cabo, Artur Mas y otros jerifaltes de casa buena también reivindican la austeridad.

Nací en una casa pobre, muy humilde. Jamás deseé ser rico, las cosas como sean. Ni rico ni poderoso. Y cuando pude codearme con los ricos huí despavorido sin saber porqué, por puro instinto. Se que la pobreza genera ignorancia y la riqueza, codicia. Ya se que la codicia también genera jardines con piscina, sombrillas y muros altos, recubiertos de hibiscus y de buganvilias: no soy tonto. Pero entre la codicia y la ignorancia, prefiero la ignorancia: a la ignorancia la puedo combatir con lecturas y escuchando a los grandes del pensamiento. Sin embargo, nada se puede contra la codicia: dos mil años de cristianismo solo han logrado caridad e hipocresía.

Es por todo eso que me apena la realidad catalana de hoy, ese soberanismo que ansía una república de ricos codiciosos henchidos de una superioridad que no se en qué se fundamenta. Es por todo eso que me entran ganas de subirme a un tren y visitar de nuevo Blanes como un Pijoaparte sin promesas amatorias, sin motivo, solo para sentarme y leer a Bolaño en la terraza del bar más cutre que encuentre. Y regresar en el último tren, de noche, hacia mi pisito que huele a incienso del Mercadona.

22 de jul. 2018

El orden del día


El panel, un sencillo rectángulo de corcho, está en el distribuidor de una de las plantas del edificio. Uno se lo encuentra cuando sale del ascensor y se dirige a una oficina de la Generalitat de Cataluña para llevar a cabo unas gestiones. Todo el edificio, en el centro de Barcelona, está ocupado por dependencias de la cosa pública catalana.

En la parte superior del panel, con dos humildes chinchetas, hay un cartelito: "Informació Generalitat". Y tiene algo de cierto: escorado a la derecha hay un folio plastificado que trata sobre prevención de riesgos laborales. Todo lo demás no es lo que uno espera encontrar bajo el título que promete "información de la Generalitat". No me voy a entretener en describir cada uno de los demás documentos que se exponen en este espacio de información pública. Basta con mirarse la fotografía, pero quizás se puede resumir así: la efigie de Puigdemont aparece tres veces; hay un lazo amarillo (elaborado con papel y que representa la mitad de una cinta de Moebius, muy simbólico), y luego están tres folios, con cifras negras sobre fondo amarillo. Esas cifras hablan en un lenguaje críptico, solo para iniciados. Lo pregunto y me lo cuentan con un susurro, después de mirar con discreción hacia ambos lados. Ahora ya lo se: cada una de las cifras es el recuento de los días que llevan presos los políticos secesionistas en prisión preventiva, ya que no todos llevan presos el mismo tiempo. Era casi previsible: tal como sucede siempre con los misterios divinos y esotéricos, ahí está el tres, la oscura trinidad.

El número 112, el de abajo (es significativo que esté debajo, casualmente), no es el número de las emergencias sino que, ese día de mi visita, la señora Carmen Forcadell llevaba esa cantidad de días en prisión. Quizás sea demasiado atrevido inferir que el número correspondiente a Forcadell ocupa la posición más baja por ser mujer. Quizás lo podré comprobar si me dan un nada improbable "vuelva usted mañana", como en los chistes sobre funcionarios franquistas. A lo mejor, mañana, el 113 estará arriba, quien lo sabe.

Me cuentan -en voz baja- que una persona de estas dependencias cambia cada día los folios, puesto que hay que añadir una unidad diaria: el paso de los días obliga a imprimir de nuevo cada día, en un ejercicio que reedita el desastre de Sísifo día tras día. Jesucristo es crucificado cada día. Pregunto si esos folios se imprimen en una impresora de las oficinas, si el toner y los folios proceden del material fungible sufragado con los bienes públicos. Mi interlocutor encoge los hombros: no lo sabe o no lo quiere saber. O prefiere no contarlo. En este instante he topado con el muro del silencio, tan sólido e impenetrable como la tapia de la iglesia, amigo Sancho.

El edificio es enorme, tiene un montón de pisos. Por aquí pasan centenares de trabajadores públicos a diario, y luego estamos los ciudadanos de a pie, como yo, que acudimos por nuestras gestiones. ¿Nadie ha protestado? Y me responden con un nuevo encogimiento de hombros. Ya no pregunto más. Solo me responde mi miedo, que le cede el paso a otra emoción: una mezcla de tristeza y de hastío, una vaga impresión de cansancio ya desesperado, ya vencido. Penoso y  resignado.

*

Por estos días estoy leyendo "El orden del día", el trabajo de Éric Vuillard que ganó el Goncourt en 2017. Le he plagiado el título en mi artículo. El libro de Vuillard trata de la pasmosa facilidad con la que el nazismo alemán prosperó, de la pasividad mojigata de Europa ante sus desmanes, de la calamitosa "política de apaciguamiento" que propusieron los británicos ante las provocaciones de Hitler. Pero no, no voy a caer en el error facilón y barato (e inútil) de acusar a los funcionarios independentistas de nazis. No lo son. Del mismo modo que, si yo mañana me hago vegetariano, no me he hecho seguidor de Hitler el vegetariano. No son nazis, lo repito, pero sin embargo hay coincidencias formales, actitudes compartidas, la misma soberbia desafiante -¿tal vez inconsciente?. Y el desprecio por lo público -quizás solo es malversación, aunque hablemos de tres folios diarios y la apropiación (¿indebida?) de un panel de información institucional de menos de 2 metros cuadrados de corcho-, eso quizás es muy poca cosa. Pero ahí está la idea de que la "voluntad del pueblo" está por encima de magistrados, leyes, tribunales. Por encima de la Constitución. (La Constitución que, huelga decirlo, ampara y protege la existencia de la Generalitat de Cataluña y la de su parlamento).

Y también está ahí el uso retorcido de la "libertad de expresión", que se esgrime en ese corcho minúsculo. Si a mi se me hubiese ocurrido arrancar los cartelitos en nombre de mi libertad de expresión ¿lo habrían respetado en tanto que acto legítimo de mi libertad de expresión? ¿Sería leído como un ejercicio de represión contra la libertad de expresión?

Colgar esos cartelitos, de apariencia casi naíf, bajo el epígrafe de "Información Generalitat" delata una de las estrategias del independentismo institucional: disfrazar de democrático y legal lo que no pretende si no destruir lo democrático y lo legal para sustituirlo por un orden nuevo, surgido de la "voluntad del pueblo" y que juega a simular democracia y legalidad solo para humillar esos conceptos.

Cuando por fin regreso a la calle, una vez terminada mi gestión en las dependencias públicas, el sol de julio me abate con un ímpetu atronador. Me siento triste y desorientado. Ando sin rumbo durante un buen rato. Luego, unos nubarrones gris de Payne cubren el cielo y se desata un aire fresco, húmedo, inesperada premonición del otoño. Tendremos otro otoño malo, me digo, ya van unos cuantos.

19 de jul. 2018

Cotarelo en Tarragona (los catalanes somos hispánicos)

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El señor Ramón Cotarelo se fue a Tarragona hace unos días, invitado a dar una charla en un local de los Comités de Defensa de la República (CDR) de la ciudad antaño civilizada por los romanos. El señor Cotarelo es un intelectual más bien mediocre pero ha sacado partido de su mediocridad, y Tv3 lo pasea a menudo por sus platós, ya que el señor Cotarelo se nos ha vuelto independentista catalán. No solo eso: se ha trasladado a vivir a Gerona, que le parece la ciudad más indicada para cuando uno es fervorosamente patriota catalán. El señor Cotarelo es nuestro Saulo de Tarso.

El señor Cotarelo piensa, con su mente intelectual, que la conversión merece un premio, a poder ser de índole tangible. Quizás un chalé ampurdanés cedido por la cosa pública (la república) o una nómina poderosa como asesor gubernamental de algo. Yo le auguro, como mucho, una Creu de Sant Jordi. Aunque ya le anticipo que ese galardón de inspiración católica no conlleva emolumentos. Quizás debería conformarse con los cheques que Tv3 le ofrece a cambio de soltar perogrulladas sazonadas con pimienta de intelectual de tercera división.

Nuestro Saulo... Pero, como Saulo, es un hombre malhumorado y proclive a la ira.

Esa característica de su talante (líbreme Dios de criticarla) explica, sin duda, el extraño y desagradable suceso que aconteció en la ciudad que vio nacer a San Fructuoso (y de la cual fue obispo). El señor Cotarelo, en virtud de su categoría intelectual, aceptó dar una charla para los CDR, pero exigió que le pusieran hotel, puesto que el viaje de Gerona a Tarragona se le antojaba demasiado largo y penoso para ir y volver en un solo día. Los CDR, obedientes y deseosos de agradar, le reservaron una pensión. Nótese el conflicto semántico que se produce por la fricción de los dos sustantivos: "Hotel" y "Pensión".

El señor Cotarelo protestó por la baja calidad del alojamiento. Y lo hizo de forma pública. Los CDR le pidieron excusas y le ofrecieron, a cambio, pagarle al día siguiente una comida en un buen restaurante de la ciudad en la que nació el pintor Opisso. El señor Cotarelo montó en cólera ante semejante oferta, y de nuevo lo hizo público. Atención a su queja:

"No se porqué quieren independizarse de España cuando tienen un comportamiento tan hispánico" (por lo de invitarle a una comilona compensatoria).

Muy enfadado, el señor Cotarelo no acudió al acto en donde le esperaban los CDR tarraconenses. Y ellos, en correspondencia, redactaron un comunicado, público y extenso, en donde se sacuden las responsabilidades, pormenorizan los detalles del incidente y ponen en evidencia las exigencias del señor Cotarelo, que se les antojan propias de "la vieja izquierda clasista". Huelga comentar que, como todo el mundo sabe, a la clase obrera le encantan las pensiones cutres con su aura de antro bohemio, de poeta nihilista.

Es un incidente menor y poco más que una anécdota que poco o nada tiene que ver con el independentismo, ya que solo nos ilustra sobre la miseria humana, las ínfulas desmedidas de ciertos personajes que creen ser alguien (sin tener evidencias objetivas de ello) y, en definitiva, sobre la mala educación, más transversal que el republicanismo catalán.

Pero... hay algunos detalles, quizás secundarios, que me parecen muy divertidos entre tanta bronca soez, entre la bravuconería chulesca de ambas partes.

  • La acusación de los CDR a Cotarelo, ese "hedor a izquierda clasista" me huele a insulto que solo puede proceder de planteamientos ideológicos que no son, en modo alguno, de nadie izquierdoso. Por favor: no me digan más que hay un independentismo de izquierdas. Eso es populismo derechón y nada más.
  • El descubrimiento que ha hecho el señor Cotarelo, de que en Tarragona son muy hispánicos, es bello y enternecedor. No se cual es su grado de intelectualidad, pero me alegro de que haya descubierto lo que muchos ya sabíamos, sin ser intelectuales: que los catalanes somos hispánicos. Más vale tarde que nunca.
  • En el fondo del incidente hay un viejo secreto mal guardado: el asunto de Gerona, nunca bien ponderado. Puigdemont es gerundense (bueno, de un pueblecito de la provincia), y Quim Torra nació en el primer pueblo de esa provincia que uno se encuentra cuando va, por la costa, des de Barcelona hacia Colliure. Cotarelo eligió esa ciudad para residir una vez convertido a la causa nacionalista.
Creo que este último punto debe ser estudiado con detenimiento. ¿Son más catalanes de pura cepa (de pura ceba) los gerundenses que los tarraconenses? Podría ser. La ciudad de Gerona es, sin duda alguna, la más indepe de todas las ciudades catalanas y muchos de sus habitantes (los oriundos, por supuesto) tienden a creer que encarnan los valores más profundos y sagrados de la esencia catalana. Creo que eso les viene de cuando les asediaron, siglos atrás, tropas extranjeras. Incluso san Narciso intercedió por la ciudad, mandando enjambres de moscas horrorosas al enemigo.

Por todo eso (aunque lo haya resumido mucho), le quiero proponer al señor Pedro Sánchez (con la humildad y el respeto debidos) que, cuando negocie con el señor Torra, le ofrezca un trato: que se declare la provincia de Gerona estado independiente, y que nos dejen en paz a los demás, que somos muy hispánicos y ya estamos hartitos. Que de una moratoria de un año a todos los buenos catalanes que no residen en Gerona (provincia) para que pidan la nacionalidad de la RIGC (República Independiente de Gerona-Cataluña). [Creo que deberían habilitar un campo de refugiados en Blanes (el pueblo del señor Torra) para acoger a los solicitantes en espera de ser admitidos].

¿Qué perderíamos los demás con la pérdida de la provincia de Gerona? En realidad, poca cosa: un sinfín de granjas porcinas, toneladas de purines fastidosos, un aeropuerto en horas bajas y poco más. Ah, y unos hoteles horribles llenos de hooligans. Amén de algunas playas, pero su estado actual es muy triste y yo recomiendo las de Cantabria, Asturias o Cádiz.

A mi solo me duele por el Mueso Dalí, que me gusta mucho. Pero eso tiene solución, puesto que los buenos catalanes consideran a Dalí un mal catalán y, por lo tanto, se avendrían a desmontarlo para ser trasladado, piedra a piedra, cuadro a cuadro, a una de las provincias hispánicas que hay más al sur.

11 de jul. 2018

Las opiniones y las prioridades del señor President

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A estas alturas a nadie le sorprendre ya que el President diga que las cuestiones sociales no son una prioridad. Incluso Rajoy las mencionaba, aunque fuese a través de una pantalla muy grande y con un cinismo aún más grande que la pantalla. Así es: tras ofrendarle una botella de ratafía al Presidente del Gobierno, el President regional asegura que hablaron mucho de autodeterminación y muy poco o nada del resto, ya que las cuestiones sociales (repito) "no son una prioridad".

A estas alturas, a nadie le sorprende que los Comités de defensa de la república (Cdr) le hayan reprochado al president regional su falta de temple y su tibieza, así como su actitud servil: le acusan de haber pecado de autonomismo. Sin embargo, los Cdr no tienen nada que objetarle a su ratafiesco president sobre el desprecio a las cuestiones sociales. Lo cual confirma mi hipótesis: a los niños ricos se la trae al pairo la cuestión social. "Cuestión social", como todo el mundo sabe, es un un eufemismo de "pobreza" y, de eso, ellos saben poco y les preocupa menos. La pobreza no ha llamado a las puertas de los chalés de Sant Cugat, de Matadepera, del Ampurdán, de la Cerdaña ni de Caldas de Montbui: en esos suaves paraísos la pobreza no está ni se la espera.

En la crítica (bastante dura) que los Cdr le endilgan al President hay algo que me asombra: le reprochan el "simbolismo" y le exigen lo suyo: "República ja!". Si, lo ha leído usted bien, amigo lector: le reprochan el exceso de simbolismo. Yo pensaba que el procés en su conjunto era poco más que simbolismo, pero ahora pienso que quizás iba desencaminado. Quizás sí hubo hechos, como por ejemplo la república de los 8 segundos. Y sus consecuencias. ¡Nunca 8 segundos salieron tan caros!

Bueno, dicho todo esto... Dentro de mi alma sigue chirriando algo. Me dijeron que el President es un intelectual (incluso alguien proclamó que es un "intelectual brutal" -bello oxímoron, por cierto). Yo sospechaba de antemano que el President no es Habermas. Ni tan siquiera Claude Lévy-Strauss. Pero le concedía una sospecha de intelectualidad que, a cada declaración suya, me resulta más indesentrañable. Que en la Cataluña de 2018 alguien diga que las cuestiones sociales no son prioritarias me inclina a pensar que el President piensa poco antes de hablar. ¿Será por la ratafía, esa afición sobrevenida que le tiene poseído? Aunque solo fuese para quedar un poco bien, debería haber dicho lo contrario. Habría estado bien salirse con algo como:
-Hoy hemos hablado de ratafía y de autodeterminación, y en próximas sesiones abordaremos la cuestión social.

Mira si era fácil cumplir con los mínimos que el pueblo espera. Porqué aunque el pueblo de Cataluña sea el pueblo más pueblo de todos los pueblos no deja de ser pueblo, y al pueblo le gusta que se preocupen por sus cuitas. Incluso los intelectuales se acuerdan del pueblo, diría yo. Foucault lo hacía. Un neurólogo como Eric Kandel piensa en los desfavorecidos. François Englert (premio nobel de Física y belga para más señas -aunque me temo que belga francófono y no flamenco-) explica que se dedicó a la ciencia para mejorar la vida de los seres humanos, de todos ellos. Uno espera que los intelectuales se preocupen por cosas como esa. Relegar las "cuestiones sociales", postponerlas o, en definitiva, despreciarlas, no parece una opción bien pensada. Ni en boca de un intelectual ni en la de ninguna otra categoría de político.

Hace un tiempo (eso es una anécdota, lo reconozco) alguien independentista me dijo que yo no era capaz de comprender el alcance de la revolución que propone el independentismo catalán. Me callé porqué, en efecto, no soy capaz de comprender ese alcance: "Lo que estamos haciendo es tan grande que tu pobre cabecita no lo puede asimilar", me dijo, y ante tanta grandeza opté por el silencio, como es normal. "Ni te imaginas la república que estamos construyendo", añadió. Aún admitiendo todavía mi falta de entendimiento -creo que es más falta de fe que de entendimiento- me cuesta mucho encajar las piezas. Y como encaja la pieza del President regional, con su presunta intelectualidad junto a los elogios que le propina a la ratafía y el desprecio que exhibe ante las cuestiones de la pobreza.

En favor de su capacidad intelectual, sin embargo, está esa frase brillante, sugerente y de profundo calado, que dijo ante la Cofradía de la Ratafía:
-La ratafía es país y es familia.

Ite missa est.