19 de maig 2019

El hombre que regresó de Waterloo

Resultat d'imatges de taured

El hombre que vivía en el chalé de Waterloo, en las afueras superpijas de Bruselas, enloqueció al poco de instalarse en la mansión belga. Eso parece un hecho contrastado. Sin embargo, sus siervos no se dieron cuenta de la locura en la que había caído el señor. O eso parece. Quizás los siervos si se dieron cuenta, pero simularon no percibir la locura del amo. Para evitar que un loco se torne violento se le debe seguir la corriente. Un loco violento es algo muy peligroso, eso lo sabe todo el mundo, incluso los más devotos del loco lo saben.

Un día de primavera, el loco desarrolló una pasión por la filatelia y se puso a diseñar sellos para el servicio postal belga. Sus siervos le aplaudieron, y aunque quedaron estupefactos ante la nueva afición del señor, le aplaudieron. ¿Qué otra cosa les era permitida, salvo aplaudirle? Sabían de sus obsesiones sobrevenidas, de sus neurosis flamígeras. Le temían. El señor disponía de unos escalofriantes ataques de ira y por eso los siervos aplaudían lo que fuese, cualquiera que fuese su nueva ocurrencia. Alguien advirtió que el señor cambiaba de obsesión en cada luna llena, y alguien dijo que las lunas nuevas pueden convertir a los hombres en lobos, o en lobombres. Un escalofrío recorrió el espinazo de los siervos. Aplaudámosle la neurosis filatélica, dijo uno, no vaya a ser que, si le cuestionamos el amor por los sellos en la era del correo electrónico, nos deje sin el asiento a la derecha del señor. Y así lo hicieron los demás.

Sin embargo, uno de los siervos, el señor de Mataplana, decidió largarse del castillo de Waterloo y se volvió con su familia. Eso dicen.

Dicen que el señor de Mataplana cogió un avión y se volvió con los suyos (los suyos de sangre) pocos días más tarde del suceso (filatélico y extraño) de Waterloo. Ignoramos qué excusas le esgrimió a la familia Mataplana en cuanto regresó a su lado. Quizás les dijo. "Salí a por una lata de berberechos y me abdujeron los habitantes de Ummo, pero no sus preocupeis, que estoy de nuevo aquí y sus traigo unos mejillones con papas fritas". Podría ser eso, si. Dudo que les dijera: "en cuanto el señor se puso a diseñar sellos, comprendí que había llegado el momento de regresar al hogar. Ya nada tenía sentido". Cuando yo era niño me contaron la historia de dos hombres adultos (adultos y maduros) que se fugaron el mismo día, y desaparecieron de la faz de la Tierra. Años más tarde reaparecieron, y cada uno volvió a su casa. Todo el mundo comprendió, con más o menos espíritu crítico, sarcástico o inquisitorial, que era lo que había sucedido. Eso no sucedió en Cataluña, si no en un país normal y tolerante.

En un cuento americano del XIX se cuenta la historia de un hombre que se largó de su casa y se instaló tres calles más allá. En la ciudad de Nueva York. Veinte años más tarde regresó. La familia le acogió sin preguntar. Solo necesitaba pasar un tiempo solo, les dijo. El cuento no cuenta la verdadera reacción de sus familiares. Se sobreentiende que le comprendieron. Hay mucha literatura buena al respecto de esos casos. El caso de Martin Guerre, llevado al cine por Daniel Vigne en 1982 (con Gerard Depardieu en el rol protagonista), y versionado luego en la cinta americana "Sommersby", con Richard Gere, trata de casos como el del señor Mataplana: ¿alquien le preguntó al señor de Mataplana regresado de la oscuridad si era él en verdad o era un impostor que pretendía suplantarle para obtener una familia, una hacienda y unos privilegios que no le correspondían por naturaleza?.

El hombre que regresó de Waterloo incurrió en algunas incongruencias cuando fué preguntado. Dijo que era senador de una república, dijo que luchó en una guerra santa, dijo que él representaba el mayor amor por la democracia jamás visto en el mundo. Algunas afirmaciones eran verdaderas o lo eran a medias, pero otras no tenían evidencia científica alguna en donde agarrarse. Dijo que era un enviado del señor del chalé y por eso nadie osó discutirle nada. Le aplaudieron y le ofrecieron sus lomos sumisos para que se subiera encima de ellos, para entrar así en la Ciudad de las Moscas, a lomos de crédulos con alma de esclavos, de peones de una patria soñada en malas noches.

El señorito que regresó de Waterloo (que dijo regresar de Waterloo) tiene algo de aquel hombre que apareció en un aeropuerto de Tokio en 1954, asegurando que era ciudadano del país de Taured. ¿Es víctima de un episodio delirante? ¿Proviene de una dimensión paralela? Jamás averiguaremos la verdad. La hija del señor de Mataplana está convencida de que el regresado es su padre, y está dispuesta a matar por defender su hipótesis. Eso nos conmueve, eso es una historia humana de veras y no esas chorradas de series de netflix.

Los sellos, el chalé de Waterloo, la república imaginaria y todo lo demás son fruslerías. La literatura está ahí, en lo humano, en lo irremediable y humano, el dolor y la locura y el abandono, en el horror, en la frustración de lo que pudo haber sido épico y fué ridículo. Ridículo y catalán, como siempre, otra vez..

15 de maig 2019

Cataluña según Philip K. Dick

Imatge relacionada

Aunque conocí la literatura distópica (o lisérgica) de Philip K. Dick ya de mayorcito, se me ocurre pensar que, en realidad, la conozco desde siempre. O algo peor: que vivo dentro de una de sus novelas, inédita o jamás traducida a ninguno de mis dos idiomas. De todos modos... dejo en el aire una pregunta terrible: ¿sabe Semion Zajarovich que es el personaje -secundario, para más inri- de una novela?

No se me ocurren hipótesis que expliquen mejor el giro argumental catalán, esa caída libre en la mediocridad y la tiniebla protofascista de los identitarios -también conocidos como independentistas. Lo reconozco: no lo llevo nada bien. Hay algo que me huele mal, a conspiración imposible, a maniobra de guionista inhábil, a un error evolutivo no atribuible a causas naturales ni inteligentes.

Hay un ruido de fondo, eso si, un ruido de fondo que es, quizás, lo único coherente. Porqué me acuerdo del patio de mi escuela, en donde ya se escuchaba el ruido de fondo. Por razones que no vienen al caso, pasé mi primera escolarización en un colegio de la zona alta barcelonesa, rodeado de compañeros ricos o muy ricos, estrictamente catalanes.

Cuando, al finalizar octavo de EGB, le supliqué a mi padre que me matriculase en el instituto del barrio, uno de mis compañeros ricos y muy catalanes se despidió de mi con estats palabras: "¡Qué pena que te vayas a las fosas comunes!". El niño, encantador, pertenecía a una familia muy conocida que lideró la izquierda pija de los 70 y 80 y que, a día de hoy, ha enraizado en el indentitarismo.

Ese ruido de fondo, antiguo y siniestro, es lo más coherente de esa mala novela. Sin embargo, los últimos capítulos (los que abarcan los diez años contando desde hoy para atrás) son una colección de salidas de tono, locuras y dislates, violencia estructural y una horrenda mediocridad intelectual que amenaza con liquidar para siempre lo que tal vez fue la "cultura catalana". (Hay una cohorte de filólogos catalanes especializados en la época sin literatura entregados a destruir lo poco que hay, para volver a otra época sin literatura -y sin cine ni teatro ni pintura ni nada. Pretenden solo fiestas tribales: cabezudos, ferias medievales, ferias de vino tinto, ratafía y novelita gris, ferias a las que pueda acudir el pobre Torra o, en su defecto, la pobre Borràs).

Pocos días atrás apareció un tipo que se había ido de peregrinaje a Waterloo y regresó con una urnita (perdón por maltratar la sagrada urna con un diminutivo), que contenía unos gramos de tierra del jardincito del señorito Puigdemont. El tipo, que sin duda no pertenece a la clase alta, ofreció la reliquia a sus familiares y allegados, que la acogieron con un temor reverencial, con una sonrisa extática. A eso me refiero: las clases bajas adoran a los señoritos, les ríen las gracias y se apuntan a su identitarismo maligno sin comprender nada. Antes, por lo menos, los identitarios eran de clase alta y salían a defender lo suyo ("lo nostre"), sabiendo que tenían algo a defender: su patrimonio, su hacienda, sus valores. Ahora los hay de clase trabajadora, incluso adorables ancianos pensionistas que parecen haber llegado al tramo final de la vida sin nada meritorio que recordar, por lo cual se apuntan al carro de los señoritos con sus banderas. ¿Se dejan engañar por el discurso zafio de Puigdemont? ¿Creen que ERC es un partido de izquierdas porqué lleva la E de "Esquerra" en su logotipo? ¿De veras se puede ser tan crédulo, tan ingenuo, tan... ¿tanto?

-Bueno, quizás siempre haya sido así -me susurra uno que es aficionado al cine- Fíjate en la pandilla de garrulos que se deja matar en Braveheart: son campesinos, pueblerinos, siervos más pobres que las zarigüeyas, a los que un señorito feudal les dice: Id y dejaros matar por mi, ya que viene otro señorito feudal a quitarme lo mío. Y van los muy desgraciados y obedecen, y se dejan matar en el campo de batalla, y todo por una bandera que no sirve ni para protegerse del frío.

Sí, quizás siempre ha sido así y uno puede llegar a razonar (entender) que eso fuera así en el pasado, en el medievo por ejemplo, antes de la ilustración, antes de la democracia y de la educación universal obligatoria. Lo que sucede ahora, aquí, no responde a nada racional ni, por más hipótesis que se expongan, uno encuentra nada plausible a donde agarrarse para explicárselo. Quizás el autor de la novela ha enloquecido, quizás desea terminar la novela con un rosario de la Aurora patriótico.

Lo único que me encaja, como dije, es aquel ruido de fondo que escuché de pequeño. Yo creí que ese ruido se había esfumado con los años, que se había diluído como la niebla a mediodía. Creo que soy un personaje secundario en una novela mala, y que la función de mi personaje es, justamente, ejemplificar a los que no comprendieron, no vieron venir, no se olieron el desastre, la tormenta que se avecina. Yo soy la vecina que se atormenta.

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Nota libresca: Philip K. Dick escribió demasiado, y muchas de sus novelas -digan lo que digan los admiradores- son más bien indigeribles. Yo me quedo con tres, entre las que está "El hombre en el castillo". Aunque todas tienen algo. Entre las árduas está "Lotería solar", en la que Dick imagina un estado que ha alcanzado la cota más elevada de democracia, y elige al presidente de la república por sorteo. ¿Qué hay más democrático que la suerte? Viendo a los altos mandamases catalanes de hoy creo que esto ha llegado a nuestra desdichada región. ¿Qué otro mecanismo que no sea un sorteo podría haber llevado a Torra, Artadi, Junqueras y demás hasta los puestos del poder? Eso solo está en la mente delirante del mejor P. K. Dick.

10 de maig 2019

Ladrón de Guevara


Este texto podría sorprender a algunos de quienes leen en este blog, aunque podría ofrecer tesis interesantes a algunos de ellos, en especial a los que se preguntan ¿qué hace un chico con apellidos tan catalanes escribiendo cada día contra Cataluña?.

Así es: a pesar de mis apellidos catalanes, tan catalanes, en mis ancestros no muy lejanos están los Ladrón de Guevara. A decir verdad, todo lo que escribo hoy aquí se lo dedico a ellos. Ando buscándoles. Por un capricho de la legalidad vigente (de las sucesivas legalidades vigentes en cada momento) mis apellidos son los que son, pero con unas legalidades alternativas uno de mis apellidos podría ser ese: Ladrón de Guevara. Mi bisabuelo por parte materna se apellidaba así, fue coronel del ejército y estuvo en las Filipinas como conquistador, y luego ostentó no se que cargo en tanto que ocupante y por fin, al fin, salió por piernas de las islas cuando la debacle. No creo que fuese de los últimos de Filipinas. Por lo que yo se, fue de los penúltimos. ¡Ah! dirán algunos: ahora comprendo el españolismo unionista del autor del blog. Y quizás se quedarán más tranquilos.

El bisabuelo se metió a militar por culpa de una herencia. Es decir, por culpa de haber sido desheredado y, por lo que parece, le desheredaron por haberse liado con una "bailarina" según unas fuentes y con una "corista" según otras. Ambas profesiones son sinónimas y eufemísticas, y evitan nombrar la profesión que no se menciona jamás en una reunión familiar. De nada le sirvió al Ladrón de Guevara pasar por el altar y casarse con la bailarina corista: la decisión de dejarle sin herencia estaba tomada y no había marcha atrás. Eso es muy español: el empecinamiento, ese empecinamiento que demuestra la españolidad de algunos catalanes que creen ser distintos de los españoles. [Pensaba en el empecinado Puigdemont, por ejemplo, y les ruego que me perdonen la mención al majara residente en Waterloo, esa mención tan inoportuna.]

El bisabuelo obtuvo varias medallas en las Filipinas. Según un confidente que sabe un montón de asuntos militares, algunas de esas medallas solo se otorgan a quienes han matado a muchos enemigos. Ese es mi bisabuelo: un tipo sin miedo a la sangre que vivía rodeado de nativos de las islas, a quienes usaba de criados (¿esclavos?) y con quienes, según mi abuela -la relatora del asunto- mantenía muy buena relación. "Era muy bueno con ellos, le querían mucho y lloraron cuando se marchó", me dijo ella, cuando yo era poco más que un niño sin interés por la historia y con una conciencia muy vaga de descender de perdedores, desheredados y derrotados. Quizás entonces vislumbré el malestar y el resentimiento, pero eso no lo puedo afirmar. A día de hoy me pregunto: ¿hubo un coronel Kurtz español en mi familia?

Por lo que yo se (aunque el conocimiento mío es dudoso porqué en mi familia siempre hubo una tendencia al romanticismo, a la leyenda y al silencio pudoroso -solo les diré que muchos de ellos son separatistas a día de hoy), una vez vuelto a España, mi bisabuelo se estableció en Barcelona, lejos de su Cartagena natal, y allí tuvo descendencia y una vida familiar pacífica, y fundó una dinastía que, con el paso de los años, entró en decadencia hasta caer en la hidalguía empobrecida y casi miserable para adentrarse luego en la menestralía y, por fin, diluirse en el entramado fangoso de la sociedad catalana. Sin embargo, el apellido está ahí, como la resaca, como el recuerdo evanescente del sueño en los primeros segundos tras el desvelo, como el esgrafiado en la pared de escayola cubierto por un papel de empapelar de flores silvestres en color sepia, detrás de un estucado lamentable.

Mi familia fue y sin embargo aquí estoy yo siendo casi nada, casi nadie, acarreando mis dos apellidos que a veces me salvan y otras me condenan (de eso les hablo otro día) y que siempre sirven para borrar, para olvidar al Ladrón de Guevara al que me resisto a olvidar, a día de hoy con un empeño que solo enmascara la nostalgia del hombre después de los 50, el que de repente dice: ¿de donde vine?. El bisabuelo Ladrón de Guevara me mira des del fondo del espejo, ese espejo oscuro y claro a la vez, silencioso y locuaz, brillante y turbio.

Este texto solo cuenta eso: nostalgia y preguntas, el deseo de encontrar a otros Ladrón de Guevara y recuperar algo de la memoria perdida (a lo mejor me lo llaman "memoria histórica" y me estropean el sentimiento). Al final, ya lo ven, esas son las cosas que importan en la madrugada, cuando uno salta de la cama al son de la corneta. ¿Soy digno de ser un Ladrón de Guevara?


6 de maig 2019

La novia de todas las bodas

Resultat d'imatges de mathausen

Si le invitan a una boda, cree que es la novia. Si le invitan a un bautizo, cree que es la niñita que van a bautizar. Me pregunto qué se le ocurriría si le invitaran a un entierro: ¿se metería en el féretro?. Con tal de ser la protagonista y soltar su discurso, el discurso de lo mío, de lo nuestro, lo que sea. Queda la duda: ¿actúa así por ignorancia, por desparpajo o por mala fe? Creo que nunca voy a ser capaz de resolver el enigma.

Lo único que se es que le invitaron a un acto de homenaje a las víctimas del exterminio nazi en la localidad de Mathausen, en Austria, y soltó un discurso en favor de los "presos polítics", o quizás de uno en concreto. Un preso que está preso pero no es un "preso político" (eso se está demostrando cada día en el juzgado), y está por discernir si es un político en el buen sentido. Llevar muchos años metido en política no significa que uno pueda otorgarse el título, del mismo modo que Paco, que lleva más de veinte años filosofando acodado en la barra del Bar Comidas Casa Bonifacio cada tarde, no es un filósofo.

A mi me parece grave, por lo que tiene de obsesión, de disonancia cognitiva, de nacionalismo narcisista: ¿acaso piensa que acudió a Mathausen por su valor personal, por la profundidad de su pensamiento y su obra?. No. Nada de eso: acudió en calidad de representante de un gobierno (regional, por cierto) y del cargo que ocupa en él, dirigiendo un pequeño organismo que trabaja en pro de la memoria democrática. Eso también es preocupante: ¿en qué debe pensar que consiste la memoria democrática? Creo que cualquiera que tenga algo de mollera sabe qué narices significa el campo de Mathausen, y debería saber que es un lugar al que se debe acudir con respeto y humildad. Sobretodo con respeto. Para mostrar respeto hacia los judíos masacrados en este lugar no hace falta ser judío (aunque corre por mis venas algo de sangre judía). Sin embargo, para comprender la actitud de los catalanes haría falta lobotomizarse, y extirpar la parte racional del cerebro.

Se me ha ocurrido que, como hacia abajo no hay límite, también yo podría haber escrito unas palabritas para ser dichas en el evento (palabritas dichas o proclamadas, con entonación muy patriótica):
-Ahora, aquí, ante el muro del campo de exterminio de Mathausen, y pensando en lo que sufrieron aquella pobre gente, pienso en Margarita, que me dejó tirado a pocos días de la boda, y en el horrible sufrimiento que tuve que vivir por culpa de su perverso abandono (abandonar al novio a pocos días de la boda es un acto de violencia, incluso podríamos afirmar que lo es de violencia de género, ya que no solo maltratan los hombres a las mujeres si no que también haylas maltratadoras, sí, mujeres que maltratan a hombres y mujeres que maltratan a mujeres, pues el maltrato no es unidireccional y no conoce distinción de clase, sexo ni raza). Aquí, ante el muro del campo de exterminio, quiero tener unas palabras para con por mi dolor, que por algo es mío, ya que el sufrimiento, como el maltrato, es transversal, tan transversal como el independentismo y la fiebre amarilla. Además, los que sufrieron aquí ya no sufren, pobrecitos, y los que sufrimos ahora somos nosotros, los míos, los nuestros, los reprimidos por ser buenos catalanes, los oprimidos por ese estado maligno que me ha dado un carguito muy bien remunerado, a las órdenes del oprimidísimo Honorable, reprimido por un estado insensible que le paga el sueldo más alto posible de los que ocupan su mismo cargo en otras partes (partes no oprimidas, huelga decirlo), ese estado represor que garantiza los derechos de sus procesados y de sus prófugos. Imagínense pues mi doble (o triple) sufrimiento: por ser catalán, por ser un cargo muy bien remunerado y por ser catalán con cargo muy bien remunerado abandonado por su novia a pocos días de llevarla al altar (al altar del Monasterio -o Basílica- de Montserrat, por supuesto), a pocos días de humedecer mis ojos ante el canto del Virolai. Al lado de mi sufrimiento nacional y sentimental, el sufrimiento de los que sufrieron aquí es poca cosa, bueno, debo corregir: el sufrimiento que no es poca cosa es el de los catalanes que sufrieron aquí, ya que españoles, judíos y otras etnias, como todo el mundo sabe, tienen un sufrimiento de valor inferior al de los míos, los nuestros, yo. 
[Pausa y aplausos]
Cuando un judío es encerrado en un campo de exterminio y exterminado después por ser judío, sufre un sufrimiento menor que el de un catalán que es detenido y juzgado por saltarse las leyes y una constitución democrática en nombre de "la voluntad del pueblo" expresada en un referéndum de chichinabo. Lo sabe todo el mundo. El sufrimiento de los catalanes horroriza al mundo. Ah, por cierto: Margarita, la mujer que me plantó a pocos días del altar, era de origen murciano. 
[Risas cómplices, bravos, más aplausos] 
El sufrimiento verdadero es el de los míos, los nuestros, yo. Hermanos y hermanas: bañémonos sin fin en nuestra mierda, ya que todo el mundo lo sabe: la mierda (de la muntanya) catalana no fa pudor.

2 de maig 2019

El del medio de La Trinca

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Al del medio de La Trinca le van a colgar una medallita  un día de esos. Una medallita que no es otra que la muy patriótica medallita de san Jorge. Al del medio y a los otros dos de su grupillo, de quienes no sabemos muy bien si están vivos, muertos o zombificados.

Quien les colgará la medallita no es otro que nuestro Amado Sustituto del Amado Líder. Loado sea san Jorge.

Puesto que al del medio de La Trinca (ni a los otros dos) no le pueden colgar la medallita por sus méritos musicales (la aportación de La Trinca a la música universal es similar a la de Leonardo Dantés), cabe preguntarse a qué se debe el reconocimiento patrio. Yo tengo mi hipótesis, pero me la reservo.

Hay 43 condecorados más en la próxima entrega de medallitas. Entre ellos está un tipo que defraudó más de 10 millones de euros (1.660.000.000 pesetas para los antiguos como yo). Que el estado condecore a un defraudador al estado creo que solo es posible en una determinada fase grave de la disonancia cognitiva, pero eso lo dejo para los psicólogos. ¿Nos estarán preparando para que veamos normal una futura medallita a la señora Ferrusola?

Lo de la cruz del santo patrón es un drama contemporáneo, aunque viene de lejos como todo el mundo sabe. A la crucecita le pasa lo que le viene pasando al Premi d'Honor de les Lletres Catalanes: se premia a lo irrelevante, a condición de que sea tan malo como patriota. En el caso del premio de las letras catalanas, llegó a tal degradación que ya todo el mundo sabe que los premiados forman el cánon de la mala literatura. Los premiados forman el catálogo catalán de lo mediocre en literatura. Mediocre y patriota, valga la redundancia (literatura y patriotismo han sido oxímoron desde la noche de los tiempos).

Esa es una de nuestras desgracias. Y digo "desgracias" con pena, porqué entre los 44 condecorados en esta edición de la medallita del santo hay uno a quien conozco, y de quien se el valor y los frutos objetivos de su dedicación (durante más de 3 décadas) a la educación pública de calidad y para todos, su labor de más de 30 años en favor de la escuela de los desfavorecidos, su determinación por mejorar la vida futura de los excluídos.

Es por esta persona por quien lamento el pozo sin fondo en el que se cayó la medallita.

Me pregunto qué sucedería en las filas patrióticas de mi desdichada Cataluña si le diesen un premio Príncipe de Asturias a Cristiano Ronaldo o a Georgie Dann.

[Lo de Núria de Gispert, otra galardonada con la medallita, lo dejo para otro día, en un artículo que quizás llevará por título: "La noche de los muertos vividores"].



¡Creu de Sant Jordi para Estopa ya! (Estopa consiguió, durante un breve lapso de tiempo, el espejismo de una Cataluña cohesionada, tolerante y divertida).

30 d’abr. 2019

El unionista agotado

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Ahora, cuando apenas nadie escribe cartas en papel, el señor de Waterloo se dedica a la filatelia y fabrica sellos para el servicio postal belga. Asegura haber diseñado un par de sellos tras un intenso trabajo, sostiene. Se oyen aplausos. En cuanto le de por dedicarse al macramé o al scrapbooking le aplaudirán otra vez. Eso es lo que tenemos: un payaso desquiciado y un montón de gente deseosa de aplaudir a la versión nostrada del Krusty de los Simpson.

Decía Ortega (más o menos decía): los problemas identitarios de España no se pueden resolver, solo se pueden sobrellevar. Y en eso ando: intentando sobrellevarlo. El otro día, nueva conversación con compañeros de trabajo muy nacionalistas. Suelo intervenir poco, lo justo. Solo intervengo para recordarles algo que deberían saber pero no saben: que no todos pensamos igual, que España es plural.

Creo que ahí tenemos uno de los problemas. Mientras en España hay una mayoría clara que piensa eso, que España es plural y pluricultural y plurietcétera, en Cataluña tenemos una gran masa que solo conciben una Cataluña homogénea, unilingüe, unidireccional. Tenemos una Cataluña triste y rancia. Una Cataluña que, en el siglo XXI, desea ser como las tribus no contactadas del Amazonas.

A las pruebas me remito: cuando el señor Abascal invocó a Don Pelayo y el cuento de Covadonga, la mayor parte de España se partió de la risa, pues casi todo el mundo sabe, más o menos, en qué consistió el mito de Covadonga: apedrearon al cobrador de impuestos y se escondieron en una cueva (un poco más valientes que Puigdemont, pero no mucho más). Esa es la gran batalla de Covadonga. Sin embargo, nadie en Cataluña osa reírse de la cobardía (y la felonía) de Rafael de Casanova, y no digamos ya de la estupidez del mito fundacional de Wifredo el Velludo. Todo el mundo debería saber que el escudo de las cuatro barras rojas sobre fondo de oro significaba la infeudación a Roma, un truco muy usado por estos lares para no pagar impuestos: en aquellos tiempos, Roma, que está a más de mil quilómetros, ni podía pasarse a cobrar ni disponía de Guardia civil. Pero a ver quien es el guapo que, hoy, en Cataluña, se ríe de eso.

Ni reirte puedes, y eso es muy malo y afecta a la salud. Ríete de los sellos del loco de Waterloo y verás. Ríete de las Cruces de San Jorge y verás.

El nacionalismo es muy fatigoso y uno termina por sentir esa fatiga metida en los huesos, en la médula, en el centro del alma, que ya estaba fatigada por haber nacido aquí, en una tierra tan extraña y tan rancia. Hace muchos años descubrí la existencia de un libro titulado "Els nostres insectes". Éramos varios. Algunos aplaudieron la imbecilidad con patriótica satisfacción, otros se quedaron pasmados y alguno se rió. Yo me quedé atónito y, a continuación, sentí aquel peso existencial que ya no me abandonó jamás: una mezcla de aburrimiento y asco. El tedio.

¡Debes sobrellevarlo! me susurra Ortega des de las sombras. Yo asiento mientras oigo, de fondo, los aplausos de los patriotas, y entre los aplausos hay uno que pregunta, con el ansia del adicto enmedio del síndrome de abstinencia, donde se pueden comprar los sellos belgas de Puigdemont, el Amado Líder.

Es muy fatigoso, de veras. Deberíamos pedirle amparo a alguna instancia española o europea ante esta fatiga que podría convertirse en crónica (y ya saben ustedes que la medicina oficial no reconoce la fatiga crónica como enfermedad).


26 d’abr. 2019

Carta al señor Toni Soler, de Minoría Absolutista

Resultat d'imatges de toni soler

Señor Antoni Soler,

Le recuerdo a usted hace muchos años, cuando todavía veía algunos programas de Tv3. Usted ejerció de gracioso oficial de la cadena, y debo reconocerle que, a veces, era usted un tipo bastante ocurrente, que gastaba bromas de quizás no muy alto nivel pero adecuadas, y más o menos "equidistantes", vamos a admitirlo. Recuerdo que una vez le pregunté a un amigo que creo que le conocía a usted, le pregunté (sin maldad alguna, solo con la curiosidad natural del que paga sus impuestos en Cataluña y desea saber en qué y en quien se gastan los dineritos públicos) sobre su filiación política. Insisto: era curiosidad, ni fiscalización ni ánimo inquisitorial. Me respondió: Soler es un tío próximo al Psuc (quizás me dijo: próximo a "Iniciativa"). Recuerdo que pensé: quizás sea cierto que la Tv3 es plural y admite a todos.

Ayer leí (en un enlace de una noticia en un medio libre) que usted comentó el debate de Tv1 diciendo que habían debatido cuatro españoles y ningún catalán. Obvió usted que Albert Rivera es catalán. Le reprocharon eso y entonces usted tuvo a bien puntualizar algo como que solo es catalán de veras el que piensa que su nación es Cataluña. Vamos: que los tuits (como antaño las pistolas) los carga el diablo. O el diablillo nacionalista, en su caso.

A mi no deja de sorprenderme que, alguien que quizás fue de izquierdas, exhiba hoy un nacionalismo tan rancio como el suyo. ¿Qué le ha pasado? ¿Cuándo se jodió Toni Soler?.

Voy a exponerle mi caso, sin ánimo de comparaciones. Yo nací en Cataluña y mis dos apellidos así lo expresan. Crecí en Cataluña. No solo mi lengua materna fue la catalana, si no que lo sigue siendo, ya que, tras cambiar de varias cuestiones a lo largo de los años, no cambié ni de lengua materna ni de madre. Y no solo eso: mi profesión es la docencia, y le dedico horas y esfuerzos que solo yo me se a la enseñanza de la lengua catalana. Día tras día, semana tras semana. Año tras año. Me levanto a las 7 de la mañana y asisto a formaciones que me pago del bolsillo. No me quejo de nada de eso: lo hago por convicción. Con la convicción que me da contribuir al aprendizaje de la lengua, con la convicción de saber que aprender bien una lengua es aprender a aprenderlo todo. Aprender a pensar. Jamás le reclamaré a ninguna institución que me aplauda, que me compense ni que me de medallas. Me pagan por hacer lo que hago, y lo hago lo mejor que puedo. Tengo claro que trabajo para todos, y que mi trabajo consiste en lograr calidad para todos. Sean de la nación que sean. A mi, las naciones me importan un pimiento.

Me considero un catalán accidental: solo la mitad de mis abuelos y abuelas nacieron en Cataluña, y jamás me planteé cual era mi nación. Prefiero no tenerla, sinceramente: me pregunto para qué sirve sentirse nacional, como no sea para sentirse nazional. Las naciones tienen eso: que solo tienen sentido cuando se enfrentan a otras, y eso me parece estúpido, peligroso y violento. De modo que no: no considero que mi nación sea Cataluña. ¿Español? Bueno, lo de España no es para echar cohetes, pero España nos ofrece una Constitución bastante buena, de las más abiertas, democráticas y tolerantes de Europa. Sinceramente: mejor español que catalán. Usted lo sabe, ya que usted está protegido por esa Constitución. ¿Sería mejor una España republicana que una España como la de hoy, de monarquía constitucional? Ni idea. Quizás si, o quizás no: ya sabe usted, también que, a día de hoy, la república no es condición indispensable para gozar de un buen estado: Suecia, Noruega, Holanda, Bélgica (la que acoge a su prófugo preferido), Inglaterra, etc, son democracias con monarquía. Del mismo modo que Kazajistán, Rusia, Egipto, Sudán del Sur o Ucrania son estrictamente repúblicas. Convendrá usted conmigo en que ese factor (la presencia de una monarquía constitucional y democrática) no determina la calidad democrática de un estado, ni determina que ese estado se preocupe activamente por el bienestar, la igualdad y la equidad de sus ciudadanos.

Debe saber usted que, en Cataluña, las cuotas universitarias son las más elevadas del estado, que las listas de espera en la sanidad pública están desbordadas, que la segregación escolar ha llegado a límites impensables, que no hay políticas contra la pobreza: todos esos asuntos son competencia del gobierno autonómico, ya lo sabe usted. Entenderá usted, conmigo, que eso contribuye a que no me sienta nacionalmente catalán: el gobierno autonómico no me ayuda en nada, no está de mi parte y no me hace sentir orgulloso de nada. No, no me siento de nación catalana. La identidad nacional, además, como todos los asuntos de la identidad, no se pueden evaluar según ese criterio suyo: el que no se siente catalán no es catalán y queda excluído.

Lo siento, señor Soler: a pesar de usted y de todo, sigo siendo catalán y no será usted quien me excluya de esa condición. Podría largarme a vivir a otra comunidad autónoma más amable y más tolerante que la suya, pero no lo voy a hacer. Usted y yo tenemos unos derechos que, amparados por la Constitución, nos permiten vivir en donde queramos. Y no solo eso: a usted, esa Constitución le protege en el ejercicio de su libertad de expresión, esa libertad de expresión que de tantos beneficios económicos le provee.

Y otra cosa: yo no le deseo a la Tv3 nada malo, si no todo lo contrario. A la Tv3 le deseo que vuelva a ser una Tv pública y de todos (no de una minoría absolutista), que la podamos ver todos los que pagamos impuestos (y también los que no, qué más da). Lo que no me gusta es que yo, que pago los impuestos, lleve más de 6 años sin ver ni un solo segundo ese canal porqué menosprecia, soslaya y se ríe de los que, como yo, aún sufragando ese canal con nuestros dineritos, estamos excluidos de él. Supongo que lo sabe usted: algún día las mayorías parlamentarias se pueden cambiar. Y, al igual que yo deseo poder seguir viviendo y trabajando en esta autonomía, también debe desearlo usted, porqué tiene derecho y la Constitución española le ampara.

Vamos, Antoni: debería usted admitir que tiene suerte de la Constitución de España, porqué, visto lo visto, el proyecto de constitucioneta catalaneta que dejaron sin terminar los suyos nos mandaba a unos cuantos como yo a la parte catalana de los Monegros, a un complejo para botiflers que debe estar en la mente de varios arquitectos con carnet de la ANC o del Òrgan Cultural. (Con el debido respeto genuflexo al 3%).

Puede que usted haga gracia cuando hace el gracioso para los suyos, pero cuando se mete en berenjenales identitarios (para complacer al poder que tan bien le paga) no muestra ni el más mínimo atisbo de inteligencia.

Que la Constitución española nos proteja a usted, a mi y a todos.

Atentamente.

22 d’abr. 2019

A propósito del Fairy y de Quim Monzó, el tótem resbaladizo

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El "gracejo" es un término castellano de difícil traducción. Su equivalente en catalán sería algo así como "la conyeta", un vocablo probablemente machista. Los indepes catalanes parecen ir sobrados de gracejo o de conyeta, y se jactan de los memes indepes que circulan por sus redes.
-Si lo quieres, te mando los memes indepes que recibo cada día -me suelta una colega del trabajo, muy indepe y muy dispuesta.
-Si me los mandas yo te mandaré los que recibo yo, y así estaremos en paz.
La pobre ni se imaginaba que existiesen los memes que se burlan de Junqueras y de Puigdemont, por no decir los que se burlan de Rull&Turull, que son infinitos y muy chistosos. Ella creía que solo existía el gracejo unidireccional, el gracejo de los suyos, el gracejo unilateral. Ella también exige diálogo cuando las cosas les van mal a los de su bando, y se olvida de que no hay diálogo posible con quien dice: o dialogas conmigo en mis término o te acuso de fascista.
Tu tiras de Fairy y yo de Mistol, que rima con español. Ah, y por cierto: ¿sabes que son los "fairy tales"?.

Unos días atrás, en la bella población dialogante, luminosa y abierta de Vic, se montaron un chiringuito en el que la gente podía tirarle dardos a la efigie de don Felipe, tipo que no es de mi círculo de amistades, y un montón se rieron de la ocurrencia antimonárquica: es frecuente en Cataluña que uno confunda a la efigie con la persona. Ningún catalán atentó contra Franco. Contra la efigie de Franco, muchos. Los que atentaron contra el dictador fascista nunca fueron catalanes, vaya usted a saber porqué será.

Quim Monzó (a lo mejor le recuerda alguien) es un escritor catalán que está más pasado que el arroz de un chiringuito de la Costa Brava para turistas bielorrusos. Escribe unas columnitas en La Vanguardia más prescindibles que las de la Cosa Rahola, que ya es decir. Y hoy ha escrito un Tuit en el que se lamenta de que, en un pueblo de Sevilla, los sevillanos de aquel pueblo hayan tenido a bien promover un gracejo a costa del Puigdemont, el vivales que se fugó antes de ser detenido y se está pegando la vida padre en Waterloo y todo por no tener que llevar los niños al cole y poderse desayunar cada día mejillones con papas fritas, un desayuno muy fairy.

Monzó ha escrito un tuit lacrimógeno en defensa del Vivales de Waterloo. Años atrás, Monzó se esforzaba por escribir algo nuevo en catalán. Lo ha logrado hoy, por fin, tras décadas de inanidad: llorar por un prófugo menos épico que el Dioni será su mayor éxito en las letras universales. Vamos bien. Esa es la Cataluña que pretende ser el centro de atención del mundo Tierra y de parte de la galaxia láctea. Ahí están los yogures de La Fageda, por la cosa galáctica láctea.

Hay quien echa Fairy sobre el asfalto para que se resbalen los polis y hay quien echa Fairy para resbalarse a si mismo, como Monzó con su tuit, que es el último refugio de su literatura decadente, tan decadente que se cae resbalando en un charco de Fairy nostrat. Y digo yo que ese hombre, que ya tiene una edad y debería andarse con cuidado, debería cuidarse mejor: los resbalones son muy malos, y si te jodes el tobillo igual te quedas cojito para toda la vida, como aquel personaje de "Amanece que no es poco".

A día de hoy, que yo sepa, ningún escritor catalán contemporáneo o joven reivindica a Monzó: la mayoría le odian. Le odian por envidia, posiblemente, y le odian en silencio, como a las hemorroides, ya que Monzó es el último escritor catalán escribiente en catalán que consiguió la hazaña imposible de vivir a costa de los derechos de autor en un "país"(?) de gentes que no leen ni compran libros. Nada se mantiene en pie en Cataluña. Quizás se pasaron con el Fairy y ya es toda la nación ficticia la que se resbala en su propio exceso de Fairy.

Pásense al Mistol, les diría yo: quizás hecha menos espuma, pero limpia la grasa opulenta que da gusto verlo. Feliz Sant Jordi, por cierto. Feliz Día del Libro.

19 d’abr. 2019

La invasión de los provincianos en Semana Santa

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Nos lo advirtieron: no es bueno mezclar elecciones con Semana Santa, ya que la última vez que eso pasó votaron a Barrabás. Me resulta difícil señalar al Barrabás más Barrabás de entre los candidatos de hoy en España pero, sin embargo, me es muy fácil señalar a los provincianos. Hay un aire de provincianismo flotando en el aire y, sobretodo, en las pantallas cuando aparecen los candidatos y las candidatas.

A Pablo Casado, el pobre Casado, le veo descentrado y con una sonrisa casi momificada en el rostro de chico ambicioso de provincias que ha llegado a la capital. No son sus meteduras de pata diarias lo que me fascina de él, si no esa necesidad de sonreir a la par que suelta frases ingeniosas, más pensadas para frase de Tuiter que para expresar algo parecido a un pensamiento. La sonrisa de Casado, ese rictus torcido que evoca el rigor mortis inasequible al embalsamador más experimentado del reino, me preocupa: es ahí en donde expresa el terror del chico de provincias que aspira a Mandamás, y cuenta de él que es un provinciano con presuntos estudios en Harvard que les comprará un perrito a sus hijos en caso de obtener la victoria: ¿y porqué no le promete una ovejita Norit?. Jolín... ¿no era mejor estadista Soraya que el petimetre palentino?

Albert Rivera, antaño figura a tener en cuenta, parece hoy otro discreto aspirante que, procedente de las turbulentas provincias del noreste, intenta hacerse un lugar entre los tribunos ocultando el origen provinciano bajo una capa gruesa y burda de frases imperiales con un deje titubeante de seguridad altiva, impostada y acrisolada en un laboratorio de científicos amateurs. Amateurs y de provincias.

Vi -por error- a la candidata Laura Borràs, que sigue simulando ser algo así como una intelectual de pueblo que se equivocó y se presentó por error a un examen sobre Herder, Hegel y Habermas cuando ella se había preparado, no muy a conciencia, para un concurso sobre castellers, Pep Ventura y Mercè Rodoreda. Borràs, que acaba de dejar la consejería de cultura con méritos -el mérito de no haber hecho absolutamente nada salvo cobrar a fin de mes y aplaudir las ocurrencias del Vicario de la Ratafía cuando este se desplazaba de la Feria del Cargol en Vilamerda de l'Arquebisbe hasta l'Aplec de l'All Morat en Sant Prepuci de les Cebes- solo ofrece mediocridad pueblerina y complementos amarillentos, amén de pobreza intelectual y pensamiento feroz pero regionalista: nada.

Muy próximo a Borràs y a su mentor el de la Ratafía anda el señorito Abascal, exhibiendo paisajes andaluces al lado de un torero que simula sufrir de mudez selectiva y que, en sus largos silencios, suena clamorosa la duda casi socrática: ¿Para qué hablar? ¿Para cagarla? El señorito Abascal, trasvestido de capataz agrícola cuya hombría sin igual le permite acercarse a los toros bravos hasta más allá de donde sugiere la prudencia, me recuerda el gesto de Laura Borràs cuando, consciente de su debilidad, osa responderle a la Marquesa y se expone a una cornada fatal.

¿Qué está pasando en España?

El provincianismo del señor Rufián no lo comento, ya que es innecesario: el pobre poeta pobre (versión berlanguiana de un Quijote-Sancho que canta canciones patriótico-trotskistas a 45 rpm en vez de a 33) se encuentra como pez pueblerino en el agua pueblerina exhibiendo su rudez indómita, esa ignorancia orgullosa de su rusticidad a prueba de Voltaire. Aunque Rufián sea, quizás, el provinciano más consciente de su condición, eso no me quita del desespero: ¿qué diablos le está pasando a España?

Al humilde redactor de este texto, como habrán visto, la corrección moral que le imponen a un cristiano tan cristianas fechas, le impide ser soez o desagradable, y se ha limitado a un apunte vago y superficial, al que le faltan algunas cuestiones. Le faltan algunas cuestiones y dos nombres a reseñar, uno de cuyos dos será el objeto de su voto el próximo domingo 28. Aunque ambos los dos no se libran de ciertos provincianismos, aceptarán ustedes que lo son pero algo menos. Aunque yo votaré al que lleva el pelo más corto. Por solidaridad con los que llevamos así el pelo y porqué me preocupa España y la quiero viva, y deseo que tengamos un presidente que es el único candidato que se parece un poco a alguien capaz de pensar en el estado.


12 d’abr. 2019

Cataluña poético-testosterónica

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Cuando le conocí, el poeta patriota cuyo nombre aparece en La Ilíada era muy joven. Delgado, casi escuálido, con unos grandes ojos negros que escrutan a los demás por debajo de unos mechones azabaches, relucientes de charol, por encima de una boca clausurada en un mohín ligero, imperceptible, una sonrisa leve a mitad de camino entre la sonrisa ingenua del niño y la maléfica del cínico provecto. El poeta muy joven observaba y se callaba. Era un poeta que acudía a recoger un premio. Yo, por aquel entonces, andaba medio metido en el teatro amateur y me habían premiado por una pieza teatral breve, y por eso nos sentaron en la misma mesa. En la misma mesa en la que también estaba un tipo muy parlanchín, rubio y egocéntrico, superlativo y gesticulador, que consiguió convertirse en el centro de atención de una larguísima comida sin perder jamás el buen ritmo de sus chistes y ocurrencias. Eso sucedió en Blanes hace ya más de... ¡diablos! más de 20 años.

Estábamos en un restaurante con vistas al mar. Una tormenta reciente había engullido gran parte de la playa y las paredes del local (unas cristaleras algo anticuadas, bellamente arruinadas por el salitre) temblaban a dos metros escasos de las olas. Si uno se asomaba al ventanal percibía una sensación de peligro impreciso, como en un sueño. El día era desapacible, gris, tristón.

Terminada la comilona, sobre las seis de la tarde, llegó la hora de los parlamentos. Los premios los entregaba un Consejero de Cultura alto y tontorrón, que pudiera haber hecho carrera en el baloncesto pero eligió la política, al pairo solariego de Pujol y familia. A los premiados nos dió un trofeo feo (el mío se me perdió poco más tarde en la papelera pública más próxima al restaurante) y nos introdujo un sobre en el bolsillo con 250.000 pesetas libres de impuestos y en billetes pequeños. Los billetes los retuve y lo ingresé el lunes siguiente en una sucursal de Banca Catalana (1) dirigida por una concejal de Esquerra Republicana de Cataluña. Al efebo de la sonrisa callada también le dieron un trofeo y un sobre con billetes. El tipo parlanchín de la mesa montó en cólera pocos segundos más tarde de lo de los sobres y lió un barullo efímero: se sentía engañado, ya que (por teléfono) le hicieron creer que estaba premiado cuando, en realidad, no lo estaba. El descubrimiento de la verdad le hinchó las venas del rostro y desapareció enseguida, no sin antes compensar su disgusto arrasando con el alcohol disponible en las mesas, que no era nada desdeñable.

El chico cuyo nombre aparece en La Ilíada ganó el premio de poesía en aquella ocasión. Creo que ya lo dije: era un poeta. Yo abandoné la escritura teatral poco más tarde del evento, que sucedió en la villa de Blanes. No se si ya había dicho que sucedió en Blanes, que es uno de los escenarios de la mejor novela de Juan Marsé, y la villa en donde vivió Roberto Bolaño hasta el fin de sus días.

Al poeta cuyo nombre aparece en La Ilíada le perdí la pista durante muchos años, ya que siempre he sido un miserable lector de poesía y la catalana en catalán, en concreto, siempre me ha importado un bledo.

Años más tarde reencontré en la prensa al joven poeta premiado en Blanes. Le encontré en la prensa nacionalista. Se había convertido en un joven profesor de derecho (el tipo está provisto de un cerebro envidiable). Se había metido en política y aparecía en una lista del soberanismo catalán pre-procesista, al lado de otro jurista y de uno que fue presidente de un club de fútbol. La élite oscura. Así que, unos años más tarde, el efebo mantenía su aspecto de ídem pero había conquistado la locuacidad, aunque era la locuacidad propia de los tímidos: el antiguo petimetre poeta era, ahora, un tipo agresivo y mordaz pero solo en el terreno virtual. Profesaba un nacionalismo aguerrido, beligerante, más de Aquiles que de Ulises.

Hace pocos días encontré de nuevo al que fuera un poeta jovenzuelo y premiado. Le hallé otra vez en las redes. El que fué un joven poeta algo bucólico, con toques místicos y sintaxis filosófica, escribe hoy sobre la urgencia de la patria catalana, sobre el mejor camino a seguir para que sea un estado independiente. Lamenta la debilidad de sus defensores, les exige más testosterona. Con una juventud provista de más testosterona las cosas nos irían mejor, escribe. Exige héroes o mártires.

Aquel poeta tímido y retraído que observaba y se callaba sugiere la concurrencia de cadáveres para avanzar en el plan secesionista. No se ofrece como voluntario para morir por la patria cual vulgar legionario de clase baja: los muertos deben ponerlos otros, ya que él -presumo- prefiere seguir vivo para así optar a algún cargo en la nueva república a orillas de aquel Mediterráneo que salpicaba las cristaleras del restaurante decadente de Blanes en donde le conocí, en1996.

Cada vez que le recuerdo (y mi recuerdo ya es muy vago, muy deformado) me sonrío ante el nombre heroico de que dispone quien exige heroicidad hasta la muerte de los otros para lograr un país tenebroso y lúgubre. En esas ocasiones, que no son muchas, me reprocho no haber leído sus poemas entonces. El poeta patriótico me lleva a pensar en Carlos Wieder, el poeta nazi de la deslumbrante novela de Roberto Bolaño "Estrella distante". Cuando se me ocurre el nombre de Wieder asociado al de Héctor me alegro de haber conocido al poeta que años más tarde pediría muerte y martirio en nombre de la patria. Eso es un regalo del destino: con una mente avispada y una pluma ágil, uno podría empezar con él una buena novela sobre la Cataluña de estos tristes años.

_____________
(1). Por aquellos tiempos disponía de una cuenta corriente en Banca Catalana, no por gusto ni por ganas, si no porqué el empresario para quien trabajaba me exigía eso para poder cobrar a fin de mes. En cuanto me liberé de su empresa, cancelé aquella cuenta. Poco después, Banca Catalana desapareció.

10 d’abr. 2019

Mala uva en la tierra negra catalana




Me mandan un captura de pantalla sacada de Instagram. No dispongo de cuenta en esa red, pero me he reído un buen rato con el pantallazo. Alguien relata un suceso acontecido durante uno de esos festivales rústico-tractoriles de la cosa llamada "novela negra catalana" y que son más sonrojantes que prescindibles. Lo digo yo, que asistí a algunos y se lo que me digo: folklore infantiloide, onanismo nacionalista y ese raro supremacismo acomplejado (¡Qué gustito nos daría Lacan si pudiera asistir a uno de esos festivales, para relatarlos luego!). Intentos fallidos de transformar la ignorancia en cultureta.

La señora que cuenta el suceso expone su rostro como imagen del "tuit": debe haber pensado que la imagen del enfado vale más que mil palabras cabreadas. Es un rostro que pretende transmitir la emoción del enfado y que muestra, también, arrogancia, una soberbia más propia de la "commedia dell'arte".

Lo que cuenta la señora en el tuit es que alguien del público la puso de mala leche. La puso de mala uva porqué dijo que no le gustan las novelas (negras) escritas en catalán ni traducidas al catalán. Si es cierto lo que cuenta, me imagino su perplejidad indignada: ella pensaba que se encontraba ante un auditorio servil y sumiso, un auditorio formado por "els nostres". Y, mira tu por donde, había un discrepante. ¿Como es posible discrepar en un foro afín al régimen de la Cataluña torrezna y defensora de los "prisispilítics"? Pues vaya: allí estaba un discrepante que no solo osaba discrepar, si no que también osó hablar en público. Los indepes no están habituados a eso. No están dispuestos a aceptar la realidad, y cuando la realidad les habla se ponen muy malos. [Nota: ¿por qué piden diálogo quienes no lo quieren?] ¿Que es eso tan grave que dijo alguien del público? ¿Dijo "la república no existe, idiota"?.

Lo que dice la persona discrepante podría ser debatible en parte, pero en general lleva mucha razón y yo estoy con ella: la novela negra catalana es débil y poco atractiva. Eso no es una opinión: es una evidencia. Se venden pocos libros, lo se y me duele, pero de novela negra catalana lo normal sería que no se vendiese ni uno. La señora ofendida, por ejemplo, escribió dos novelitas y la verdad es esa: son dos pseudonovelitas soslayables. Y yo diría que ella lo sabe, que es lo más gracioso. Diría que lo sabe pero se escuda tras la "cosa nostrada". Creo, humildemente, que ella no hace novelas débiles para hacer literatura débil: hace novelas débiles para hacer país. Con lo cual tenemos eso, lo que nos merecemos: un país de mierda.

El tono de la respuesta de la señora contiene una superioridad con ribetes supremacistas que, supongo yo, justifica con su habitual "yo soy profesora de la universidad y tu no". Y es por eso que usa el adverbio "naturalmente" dos veces y en mayúscula, algo más propio del chonismo que de la alta intelectualidad, creo. No solo eso: la señora concluye que quien discrepa es un ignorante y no sabe leer. Algo parecido dijo hace poco Laura Borràs en un debate y así todos pudimos ver que la exconsejera Borràs no es la gran intelectual que nos prometieron.

Y por cierto: Cataluña siempre ha sido bilingüe, se ponga como se ponga. No existe "la lengua propia" de Cataluña, o tan propia es la catalana como la castellana, como lo prefiera. Los argumentos que pretenden argumentarse por "lo natural" no funcionan. Si usted quiere defender que la Tierra es plana, deberá argumentarlo: no vale decir "Naturalmente la Tierra es plana". Como tampoco vale afirmar que "Naturalmente Cataluña es una nación". En el orden natural, ni la Tierra es plana ni Cataluña nación. Quien defienda otra cosa deberá argumentarla con evidencias científicas, pero no con ocurrencias románticas.

Me gustaría pedirle a la señora ofendida que se calme, que se asome a la realidad, que medite, que deje de escribir durante un tiempo si eso es lo que requiere. Quizás los discrepantes le cuentan algo que debería tener en cuenta. Insisto en eso. Quizás deberíamos pensar más antes de ofendernos tan veloces. Olvídese usted por un solo instante de que es profesora universitaria (¿qué criterios usa la universidad catalana, por Dios?), y deje a un lado ese complejo de superioridad tan infundado que exhibe, ese supremacismo ridículo, esa prepotencia que pretende ocultar algo, ese ansia de notoriedad que raya lo patológico. A usted, señora, nadie osa decirle eso porqué la temen o la adulan o la soslayan o la consienten: el emperador anda desnudo. La realidad es esa: el emperador anda desnudo.

Sigan ustedes por ese camino, si lo prefieren, porqué se van a pegar un morrazo monumental. Y yo me alegraré, porqué estoy harto de tanto abuso, de tanto desprecio, de tanto supremacismo y de tanta mentira desvergonzada.

8 d’abr. 2019

La Internacional Procesista, SA.

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La ocurrencia de internacionalizar un conflicto es muy vieja. La historia anda repleta de internacionalizadores de conflictos: romanos, cartagineses, mogoles, griegos y troyanos. Y antes que ellos, sumerios, babilonios, etc. Antes de existir las naciones, ya habían quienes pretendían llevar los conflictos prenacionales hasta la esfera preinternacional. Los neandertales (los que abortaban después del parto) procedieron a algún tipo de internacionalización de un conflicto oscuro, del que sabemos muy poco. Eso sucedió en cuanto les atacamos nosotros, los cromañones, quienes les invadimos y les quitamos su lengua y su cultura. Les neandertales no se fueron ni a Estrasburgo ni a La Haya ni a Bruselas ni a Massachussets, pero intentaron contar su conflicto: la prueba está en que, a día hoy, lo conocemos. A los neandertales les juzgaron a todos.

Éric Vuillard, en su grandioso "El orden del día", cuenta otro conflicto internacionalizado: el que promovió el gobierno nazi alemán. Empezaron por una anexión incruenta (?), la de Austria, y luego la de los Sudetes, y luego la de Eslovaquia (los indepes eslovacos les apoyaron con gusto, solo por joder a los checos), y luego Polonia y etc. Al final, los nazis internacionalizaron de veras el conflicto, un conflicto nacionalista que se resolvió por el módico precio de más de 20 millones de muertos. El nacionalismo tiende a internacionalizar y luego, a matar. Y, al final, a morir. Entre el nacionalismo y la muerte no hay distancias ni vergüenzas.

A Alfred Bosch (consejero de "Exteriores" de una autonomía española en decadencia libre), un novelista inane y prescindible, le estamos pagando a escote para que internacionalice el conflicto que se han inventado los suyos. Su labor es más bien risible, y el resultado de sus carísimas acciones un fracaso evidente. Es por eso que yo, humildemente, le sugiero una estrategia.

Señor Alfred Bosch:
Busque usted amigos en Valencia que le monten un altercado de talante pancatalanista (ya sabe, el rollito de los "països catalanets") cuya finalidad sea provocar la represión policial. En cuanto esta represión se produzca, pídales a los represaliados que pidan ayuda a Cataluña, y entonces mándeles usted un par de divisiones de Panzermossos (esa nueva división que está creando el señor de Waterloo a través del mayordomo Quimet). Anexiónese usted la Comunidad Valenciana, sin miedo y sin rubor, y exhiba (por Tv3, of course) imágenes de valencianos felices agitando banderitas catalanas ante el desfile de la división Panzermossos que penetran en territorio levantino. No se olvide, querido ministro de la internacionalización, de haberle encargado previamente a Jordi Bilbeny un amplio informe sobre la voluntad pancatalana de Valencia, con especial énfasis en el deseo milenario de los súbditos valencianos por pasar a ser súbditos de la corona catalana. (Nota: si le resulta difícil dar con el señor Bilbeny en Cataluña, pruebe en el sanatorio de Mondragón que, por estar en territorio vasco, simpatiza con el asunto que nos ocupa).

Señor Alfred, ministro de la cosa internacional: ante su incapacidad tantas veces manifiesta por pergeñar una novela (de cuya incapacidad infiero su dificultad para organizar ninguna estrategia internacionalizadora de su delirio), hágame caso y proceda según le he sugerido. Lo que le he sugerido es novelesco, pero usted lo comprenderá.

Y no, no me de nada a cambio, ministro Alfred. No le pido nada. Lo hago por compasión hacia usted. Pero... ¡ah!, bueno, si: una cosa si le pido, y casi se me olvida: que me facilite los trámites para obtener el pasaporte y poder emigrar a España sin problemas ni inconvenientes ni molestias. Y que me facilite, a poder ser, el estatuto de exiliado político ya que yo, a diferencia del señorito de Waterloo, no dispongo de cargos ni de privilegios ni de hacienda ni de propiedades, por lo cual mi exilio sería indoloro para la patria que usted defiende. Que el Dios Francesc Macià y su hijo  Guifredo el Peludo le guarden muchos años, amén, hermanos iros en paz.

5 d’abr. 2019

La lengua del debate

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Asistí a un debate sobre migración e identidad del migrante en mi pequeña ciudad. Fue un viernes por la tarde, de una tarde lluviosa de abril. Llevábamos siete semanas sin oler la lluvia, y quizás el regreso del fenómeno hizo que los asistentes fuésemos poquitos. Algunos autóctonos y, los demás, inmigrantes: de Senegal, Marruecos y la República Dominicana. En la mesa de los ponentes estaba un autóctono, aunque hijo de emigrantes andaluces.

La presentadora del acto, marroquí de origen, presentó a los invitados en lengua castellana, y en ese idioma se desarrolló todo el evento. A pocos metros de mi asiento estaba el de una señora muy bien vestida, traje chaqueta y demás, y lacito amarillo en la solapa, todo ello reivindicativo de la identidad de clase alta local (tan alta como rancia). El único lacito de la sala, a Dios gracias (y a Alá también). La señora del traje chaqueta con lazo gualdo es la directora de una de esas instituciones públicas que velan por el conocimiento y la difusión de la lengua catalana, institución que emana de aquella "Ley de Normalización Lingüística" que parió el sátrapa de la Avenida General Mitre. El semblante de la señora, que amaneció deslumbrante en su llegada, ensombreció paulatinamente, a medida que contemplaba el fracaso de su labor de apariencia evangélica pero de corazón totalitario e inquisitorial.

Uno de los debatientes hizo una mención, más bien de soslayo, acerca de la cuestión de que al inmigrante se le acepta más o menos en función del uso que haga de una determinada lengua. Una determinada lengua que no hace falta nombrar, una de las dos lenguas oficiales en Cataluña, y de las dos oficiales la que pretende ser hegemónica, y en cuyo intento de hegemonía se invierten grandes cantidades de dineros públicos, salidos de los impuestos que pagamos todos y no solo los usuarios de la lengua que quiere ser hegemónica y única y vehicular en las escuelas.

La mirada del inmigrante sobre la sociedad que le acoge (si acaso eso sucede, y eso no está nada claro) es muy interesante y conviene conocerla: no vaya a ser que el asunto de la "integración" siga viéndose como un esfuerzo que debe hacer el que llega, sin que el autóctono deba moverse ni un milímetro de sus posición. "¡Que se integren!" se oye a menudo y todos lo sabemos.

El representante de la comunidad senegalesa lo contó muy bien y con pocas palabras: la integración apela a las dos comunidades y no puede recaer en una sola. Si recae en una sola (la del inmigrante) eso se llama, más bien, asimilación.

Me acordé entonces de una vieja anécdota, referida a un pariente político y lejano, que al final de los años 40 emigró a la Argentina porqué no veía nada claro su futuro en la Cataluña de entonces, la España de la postguerra. Como el pariente hizo una buena carrera profesional en América y adquirió una cierta fama dentro de su campo, a su regreso, ya muy mayor (volvió para morir en Barcelona), dió algunas conferencias, que fueron charlas más bien íntimas. En esas charlas siempre repitió lo mismo: "Des de que puse los pies en Argentina, solo tenía un objetivo en mi mente: no perder mi identidad catalana. Viví en catalán, comí en catalán, pensé en catalán. No, no me dejé aculturizar ni me integré". El público aplaudía, satisfecho y con brío patriótico.

Ese mismo público (a muchos les conocía, cuanto menos de referencias) es el que grita "¡Que se integren!" ante los inmigrantes marroquíes, senegaleses y dominicanos, el mísmo público que antes de eso gritó "¡Que se integren!" ante los andaluces, murcianos y gallegos. "Parece mentira, protestaban, lleva treinta años en Cataluña y vive como un andaluz: ¡siempre con sus sevillanas y jamás una sola sardana!".

2 d’abr. 2019

El nacionalismo catalán mató a la cultura catalana

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"Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura. En adelante escribiré mis poemas con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar".

Así empieza el noveno capítulo, el penúltimo de Estrella distante, novela breve de Roberto Bolaño escrita en 1997. Ese es el primer párrafo. A continuación, el narrador prosigue con la narración en el punto en donde la había suspendido al fin del capítulo anterior. El párrafo aparece como un fogonazo y a la vez es un excurso, un destello que sorprende al lector y que ese, posiblemente, releerá con sorpresa, con algo de fascinación o incluso de fastidio. A estas alturas, el relato ya es tan trepidante que semejante salida de tono desconcierta al más pintado. Sin embargo, la brevedad del párrafo (tres líneas tan solo) no perjudican al ritmo ni desazonan al lector, que ya está entregado al narrador. He leído a muy pocos autores tan conscientes como Bolaño de la importancia del narrador, pocos autores que hayan visto con tanta lucidez que el narrador siempre es el protagonista de la novela. Entre esos solo están los de de veras: Dostoievsky o Faulkner, por ejemplo. Hay más, pero no muchos más. Creo que algunos autores de novela, acongojados ante el descubrimiento de que el protagonista es el narrador, optaron por abandonar la novela y se pasaron al ensayo literario o a la autoficción: no supieron, no pudieron. Hay un capítulo aparte en este asunto, un verso libre y audaz que se llama Mircea Cartarescu (pongan esos acentos raros de la lengua rumana en donde convenga).

La crítica literaria catalana (¿existe eso?) habla a menudo de la autoficción, y lo hace como si eso fuese un advenimiento, algo nuevo o algo catalán, olvidándose de que en 1300, un tal Dante Alighieri creó la más importante y la más bella pieza de autoficción jamás escrita. Y el Dante, mal que les pese, no era catalán ni parece que les tenga en mucha estima (Paraíso, VIII, 77).

Algo así le decía a un amigo, hace poco, mientras le contaba que la cultura ha desaparecido de Cataluña tras los últimos envites del nacionalismo populista catalanista, que ha arrasado con los residuos ruinosos de una cultura que quizás no existió jamás, aunque a veces se esforzó, meritoriamente, por simular que existía. Empecé hablando de Bolaño y me fui hacia el asunto catalán, que es un asunto feo, aburrido y tedioso y que, por consiguiente, vamos a obviar. Una cultura no es una lengua: a veces la lengua puede ser un enemigo de la cultura que pretende representar. Hace muchos años, alguien que firmaba como Matías Múgica publicó un libelo apabullante: "Debile principium. Sobre la cultura en euskera" (hoy perdido y descatalogado, del cual tengo una triste fotocopia sin referencias) en donde contaba como el nacionalismo vasco aniquiló la cultura vasca en euskera, ya residual por méritos propios. Algunos se atreven (¡por fin!) a hablar hoy de la valencianizaciónde la cultura catalana: una cultura falsa, que solo existe en tanto que escaparate de ofertas, sin interés alguno, sin enjundia, sin chicha, sin nada que aportar.

Mi amigo y yo nos terminamos las cervezas y salimos a la calle.

—Tú siempre me hablas de Bolaño pero… ¿qué sucedería si ahora preguntamos quién conoce la obra de Roberto Bolaño entre las personas que pasan por aquí?

—Lo mismo que si les preguntamos por la obra de Faulkner —creo que acerté a responder—. Lo mismo que si les preguntamos por la obra de Bel Olid o de Jennifer Díaz, o por la gestión cultural de Laura Borràs: nada. La mayoría tampoco sabrán mucho de la obra de Rosalía Vila Tobella, aunque Vila Tobella es mil veces, o cien mil veces más importante de las tres anteriores juntas.

Y así nos perdimos por las calles. Creo que también hablamos algo de Georges Perec, de los Conquistadores de Vuillard y de La isla de los conejos, de Elvira Navarro. En algún instante del paseo hacia la parada del autobús me vinieron ganas de emular a Bolaño y proclamar: Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura catalana. En adelante escribiré mis textos con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar en catalán.

31 de març 2019

Durero anda perdido en Barcelona

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Acudí a la ciudad para un evento relacionado con mi actividad laboral, y aproveché la ocasión para ilustrarme. Visité la exposición (repartida entre tres locales) dedicada a los grabados de Durero, el artista conocido en su tierra como Albrecht Dürer. No se confundan con ese nombre que, escrito en alemán, parece más bien el nombre de un comandandante de campo de Buchenwald. (¿Porqué será que todos los nombres alemanes iluminan en mi cerebro imágenes de comandantes de campos nazis?). No, nada de eso. Durero es quizás el mejor grabador de la historia del arte. Su sensibilidad, su audacia y su pericia son escalofriantes.

Cuando uno contempla "Melancolía I" en directo, a escasos centímetros de la punta de su nariz, siente un escalofrío trascendental que le sacude todo el cuerpo, des del córtex frontal hasta la uña del dedo meñique del pie. Lo mismo sucede ante "El caballero, la muerte y el diablo". El grabado de San Eustaquio me impactó sobremanera, quizás porqué jamás había prestado mucha atención a esta pieza y ahora, de repente, al contemplarla, caí rendido ante tanta maravilla concentrada. Durero habla de un tiempo antiguo pero no remoto, en el que las horas y los días transcurrían de otro modo: las horas que empleó el genio de Nuremberg en realizar esta obra no se pueden calcular con nuestras medidas del tiempo. Si alguien duda todavía de la subjetividad (de la relatividad) del tiempo que se ponga ante el San Eustaquio de Durero y comprenderá como en una iluminación.

La exposición está repartida en tres salas. El Círculo Artístico, el Museo Diocesano y la Sala Capitular de la Catedral, a la que se accede des del claustro. En la primera, y mientras estaba admirando las obras expuestas, coincidí con una pareja japonesa. Entraron raudos, sigilosos pero muy raudos, transcurrieron ante los grabados a velocidad de crucero y huyeron más que salieron al cabo de unos tres minutos. En la segunda sala había quizás cinco personas. Una familia de italianos y otros dos o tres que no recuerdo. En la Sala Capitular de la Catedral, dos coreanos deambulaban buscando ángulos raros para sacar fotos de la arquitectura del lugar, sin prestarle mucha atención a los grabados del alemán.

En la calle, los turistas se daban empujones entre si, se pisoteaban, se situaban en primera fila ante los músicos bohemios apostados en las esquinas de la Calle del Obispo, como francotiradores neoliberales en una Sarajevo neoliberal pero melómana. Una pareja de aspecto anglosajón se arrullaba emocionada con una versión débil y quejumbrosa de "Wicked game" de Chris Isaak, y luego se largaron sin dejar ni un solo penique. Y luego pasa una bicicleta egoísta, con prisa. Las calles serán siempre mías, parece murmurar, tal como gritan los independentistas furiosos. Luego pasa un tuk tuk con dos orondos celtas a bordo (en la popa), conducido (en la proa) por un tipo de sorprendente aspecto indú, aunque el conductor susurra "lo siento" en castellano y como quien dice una oración. Barcelona, 2019. Tras una esquina gótica, tres grandes burbujas multicolores flotan en el aire, en silencio. Al doblarla descubrimos que hay un tipejo con aspecto de vikingo venido a menos que juega con agua y jabón. Sus ojos, azules y líquidos, transmiten el dolor de una civilización perdida, una mirada atónita, sin esperanza, que confía en las burbujas para sobrevivir en un mundo de locos rocosos. La cruzada de los niños turistas. La cruzada de los niños turistas en crucero de tres a cinco estrellas.

Cuando yo era pequeño (nací en una callejuela a 10 minutos de aquí) esas callejuelas eran tristes, sombrías, casi lúgubres. Eran callejuelas en blanco y negro o, como mucho, bicolores: negro y azul falangista. Señor, llévame pronto, pienso yo ante un chiringuito de la ANC de estética casi mantera que vende abalorios indepes al paso de los cruceristas: banderas estrelladas, gorras amarillas, chapas reclamando la libertad de los "political prisoners". Antes fue el azul falangista, hoy el amarillo nacionalista: dos colores, una misma desgracia. Suena una música de sardanas que no se de donde diablos procede. Creo que no volveré jamás a Barcelona, Ada, me digo (le digo).

Poco más tarde me refugio en el cine Maldà, para ver la última de Von Trier. En la cola de entrada somos ocho. En las galerías Maldá, reconvertidas en un inaudito paraíso del freak comercial, hay un promedio de 30 personas esperando para entrar en la tienda de Harry Potter, en la de Star Wars, en la de Juego de Tronos o en la de los ídolos del fútbol. Señor, llévame a la época del Durero. Barcelona, marzo de 2019. Ya no reconozco nada del barrio en donde nací. Estoy en la periferia del tiempo.

27 de març 2019

Koiné o la irresponsabilidad

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(Lo hice: leí el manifiesto y actué en consecuencia).

Voy a contar una historia muy sencilla: soy catalanohablante porqué mi padre y mi madre lo eran. La lengua materna es insustituible porqué madre solo hay una. Sin embargo, mis dos abuelas no lo eran: la una, murciana y la otra, de Castellón. A mi alrededor siempre hubo castellanohablantes: en la familia política, en amigos, y había dos lenguas en los estantes de casa. Mi padre no era un gran lector, pero era un gran comprador de libros. Mi padre, obrero, de clase baja y escasos estudios, compraba libros. En catalán y en castellano. Incluso, por motivos que desconozco, en francés. Bueno, creo que estudió francés durante un tiempo breve, poco antes de casarse, cuando planeaba emigrar a Suiza para encontrar un trabajo digno. Crecí leyendo literatura en catalán y en castellano. Jamás se me ocurrió comparar ambas lenguas ni sospeché que hubiese conflicto entre algo tan sublime. Yo soy uno de los niños de los sesenta que se salvó gracias a la lectura.

Así que, según crecía, desarrollé una identidad bilingüe, consciente y feliz. Y elegida libremente. Ojalá hubiese podido ser trilingüe, me decía cuando leía novelitas de ciencia ficción y terror de autores anglosajones. Me alegré de haber nacido en un parte de España que me permitía acceder a dos culturas, a dos literaturas. No tuvo que pasar mucho tiempo para que me diese cuenta de algo obvio: una de las dos literatura era enorme, casi infinita, riquísima, vasta. La otra era pequeñita y a veces ñoña, pero era la lengua de mi madre y por eso la amaba. En el barrio, casi en la periferia de Barcelona, los chavales hablábamos las dos lenguas sin conflictos. Algunos chavales me pedían que les hablase en catalán, para aprender, me decían. Los castelllanohablantes, hijos de inmigrantes y pobres como yo, querían aprender.

Recuerdo que, en el instituto, nos hicieron leer un librito de sociolingüística en el que aparecían conceptos como la "diglosia" y el conflicto de lenguas, que era como una versión muy rara de la lucha de clases. Sin embargo, los alumnos pasamos por aquella lectura y nos quedamos tan anchos. Seguimos con nuestro bilingüismo feliz, sin problemas. La vida era bilingüe, tan simple como eso. Como que hay hombres y mujeres. Por suerte. Hacia los quince, obcecado con la literatura gótica, mis lecturas se inclinaron por el lado del español, pero solo porqué apenas había traducciones al catalán de mis autores preferidos. Conocer la lengua española me dio felicidad, y eso es algo que a uno se le queda gravado. Luego me pasó lo mismo con otros géneros. Y hasta hoy.

Bueno, no, hoy ya no, porqué hoy es distinto. Algo cambió. Cambió algo que no era yo. Se rompió algo hace poco y se formaron bandos, y entonces tuve que tomar partido. Por una predisposición mía que debe ser biológica, tomé partido por el débil. Tomé partido por la lengua castellana. Si, ya se lo que muchos dirán: que soy miope y confundo lo grande con lo pequeño, o que soy un malintencionado, un demagogo. Quizás incluso ¿por qué no? un facha. Pero yo se lo que me digo.

Para entender eso solo hace falta leer el manifiesto Koiné o las continuas algaradas de uno de sus más furiosos redactores, el traductor Pau Vidal, un traductor que anda siempre enfurruñado, cabreado con el bilingüismo y contra los que hablan castellano en Cataluña. A mi me duele esa actitud, que me parece poco realista pero sobretodo injusta. Por no hablar de que es una actitud que parte de la superioridad de una comunidad lingüística, superioridad y legitimidad y no se cuantas prerrogativas más. Vidal y los suyos quieren eliminar el idioma castellano de Cataluña en nombre de unos argumentos que prescinden de la historia, de la verdad, de la ciencia. Que se remiten al esencialismo, al supremacismo, a la exclusión.

Vidal y los de Koiné viven obsesionados con la desaparición de la lengua catalana, en un estado de cabreo permanente. No se acuerdan de que la lengua catalana es la lengua de las escuelas catalanas, que jamás esa lengua dispuso de tanta protección legal e institucional, de tantas prerrogativas. De que es la lengua de la administración del estado en Cataluña (es decir, la autonomía), que dispone del canal de televisión público más caro de España, de que las editoriales reciben subvenciones por publicar en catalán (pregúntenle al señor Torra, que algo de eso sabe). En toda la historia de la región catalana, jamás la lengua catalana había sido tan cuidada, tan sufragada, tan promovida por el aparato estatal y sus leyes.

Nadie se quejaba. Había consenso. Los alcaldes socialistas del Baix Llobregat hicieron más por la lengua catalana que Pompeu Fabra y Josep Ruaix juntos: la defendieron, la usaron, la prestigiaron en aquellas poblaciones. Firmaron a favor de la Ley de Normalización Lingüística y destinaron millones de pesetas -luego millones de euros- a ello. Porqué había consenso, respeto, pacto. Nadie pretendía que una lengua fuese mejor que la otra. Siempre hubo victimistas defensivo-agresivos, pero eran muy pocos y el consenso les mantenía a raya. ¿En nombre de qué? De la convivencia, de la democracia.

Creo que no terminan de comprender, los independentistas agresivos como los del grupo Koiné, que se van a cargar el consenso y todo lo conseguido hasta hoy. Creo que no comprenden que su actitud es el peor daño que le podían infligir a la lengua catalana. Que su análisis sesgado y tétrico y aguerrido terminará con lo que pretenden defender. Creo que no comprenden: que romper el consenso y la convivencia es un error mayúsculo. Si una lengua tan subvencionada, tan mimada y tan amparada por las instituciones del estado está en declive, deberían pensar un poco más antes de sacar sus conclusiones que consisten en acusar al otro. Toda la culpa es solo del otro. Todos sabemos identificar qué tipo de ideologías son las que señalan al otro como el culpable de sus males. Es el paso previo a proponer la expulsión del otro. No hace falta decir más.

Mi pequeña historia tiene una apostilla: aquí estoy, ahora, escribiendo solo en castellano. Sigo hablando en lengua materna con mis seres queridos, y sigo en la docencia de la lengua catalana, porqué amo las lenguas y me apasiona acompañar a los pequeños en ese aprendizaje que es, creo yo, el más fascinante de todos. Enseñar a comunicarse con los demás, a interaccionar para ser más inteligentes y más cultos. Y más abiertos al mundo y al conocimiento, y más despiertos. Por lo que hace a mi elección íntima, ya solo escribo en castellano.

22 de març 2019

Buscadores de huesos


Corren malos tiempos para los muertos. Bueno, creo que nunca ha habido buen tiempo para los muertos, así que corrijo. No he dicho nada. Quién si dijo algo fué un diputado regional de Vox, el otro día. Se burló de quienes reivindican los entierros dignos de sus parientes sepultados en fosas o en campos de cultivo, y se mofó de ellos de ese modo, llamándoles "buscadores de huesos". La verdad es que me sonreí: si todos los tiempos han sido malos para estar muerto, todos han sido buenos para los buscadores de huesos.

No hay que tener mucha ciencia para acordarse de quienes buscaron (¡y buscan todavía!) los huesos de Cristo. Buscadores de huesos haylos, y muchos, y todos buscan con gran ahínco, y el diputado no se burla de ellos. Hay quienes buscan los huesos de la familia Romanov. Los conspiranoicos que buscan el verdadero cuerpo de Hitler allende los mares e incluso en la Antártida, entre pingüinos. Tampoco hay que ser muy burro para no darse cuenta del cirio montado con los huesos de Franco. No creo que el agudo diputado regional deseare mofarse de los buscadores (o los defensores) de esos huesos que he nombrado.
-Es que esos de Vox son muy fascistas -me responde uno, uno de los del lacito de marras.
No le respondo: todos ven la mota fascista en el ojo ajeno.

Una consejera de un gobierno de Arturito Mas dijo que ya vale de gastar dinero abriendo fosas de la guerra civil y dejó el asunto sin presupuesto. Lo argumentó con dos argumentos, para no dejar opción a la respuesta. El primero fue: no hay dinero (era en tiempos de los recortes salvajes) y el otro, el bueno: la guerra civil es un asunto zanjado. Es decir: ara no toca.

A la consejera de Mas (Joana Ortega, se llama)  ningún patriota catalán la llamó "facha".

Sin embargo, ahora, lo de la guerra civil interesa a ambos nacionalismos: al catalán, porqué hace jirimejias para demostrar que España sigue siendo franquista y pretende que Cataluña nunca lo fue. Al españolismo cerril, porqué sabe que se saca buen rédito en votos cuando se hurga en las heridas. Los de Puigdemont, a sabiendas de ello o no (la respuesta depende del grado de estupidez que se les presuma: en una escala del 0 al 10, escoja usted entre el 9 y el 10) juegan encantados al juego de Vox. Aunque el abuelete de Puigdemont fuese un falangista notorio que se fue a Jaén para evitar ser metido a filas republicanas, resulta que la guerra civil mola, porqué según ellos fue una guerra de España contra Cataluña. Si Cristóbal Colón, Hernán Cortés y Erasmo de Rotterdam eran catalanes, la guerra civil pudo ser una guerra de España contra Cataluña. Y la tierra, plana.

Por cierto: ¿dónde están los huesos de Colón, de Cortés y de Erasmo? Es que ahora no caigo. ¡Ah! ¿Y los de Rafael de Casanova? Ahora, cuando la historiografia científica ha demostrado que Casanova no murió defendiendo Barcelona en 1714, si no que se pasó al bando borbónico, ya se habla poco de él. Tampoco se habla mucho de los muertitos del Fossar de les Moreres, puesto que la ciencia -otra vez la puñetera ciencia- ha desvelado que los cadáveres que están bajo el Fossar de les Moreres son muy antiguos y no tienen nada que ver con la guerra de Secesión. Se sabe que todo fué la patraña de un escritor (Pitarra), el mismo que se cachondeó del mito catalán de Jaime I en su obrita sarcástica "Don Jaume el Consquistador", en donde el rey, cuando contempla los mástiles erguidos de los bajeles catalanes, se pone cachondo y le escribe una misiva erótica a su mujer. Nadie le llamó facha, a Pitarra.

Hace algunos años, mi familia decidió repatriar el cadáver del abuelo Miquel, que murió en el exilio francés, en 1941. Estuvo enterrado en el cementerio de Montpélier durante 70 años. Se hicieron infinidad de trámites burocráticos con España y con Francia (hay que decir que facilitaron más las cosas en el lado español). Finalmente, obtuvimos una fecha para ir a recoger los restos del abuelo republicano. El funcionario de Montpélier era un tipo canoso y cansado, amable lo justo. Vamos a dejarlo en "correcto". Nos contó que, en esos casos, a la familia no se le entregan huesos, si no una urna con la ceniza de ellos. (Yo siempre había fantaseado con ese viaje a la ciudad occitana, de la que iba a regresar con una caja de cartón 60x20x40 en el asiento de atrás, escuchando como se entrechocan los huesecillos en las curvas de Banyuls a Portbou). Pero no: era una urna con polvo gris, de peso muy liviano. El funcionario se puso lívido en algún momento de la operación papelística, pero no contó a qué diablos se debía la sudoración fría que perlaba su frente pálida y francesa. Llamó por teléfono, consultó el ordenador. Al fin nos confesó: hubo un error, y estuvieron a punto de darnos las cenizas de un tipo que no era el abuelo pero jamás supimos quien era (a mi me hubiera interesado, al verdad, ya que eso me parecía una buena historia).

Por fin nos libraron el paquete. Nos despedimos del burócrata de la République y salimos al parquing del Tanatorio. Mientras metíamos al abuelo en el maletero, el funcionario francés acudió a grandes zancadas, dando voces. Llevaba otra urna en brazos. Después de mil excusas (exquisitas, bien orquestadas) nos dijo que el lío era tremendo, pero que el verdadero abuelo era el que llevaba él y no el que habíamos metido en el coche. Nos juró mil veces que todo se debía a un error informático, y también nos juró que ahora ya estaba resuelto y sin dudas. Le cambiamos el bote de las cenizas y nos volvimos para Barcelona.

Enterramos la urna francesa en el cementerio de Las Corts, con vistas al Camp Nou, junto a los restos de su esposa. Mejor dicho: metimos la urna en un nicho de un tercer piso, en un bloque de nichos que remite a los bloques para pobres (pobres pero vivos) de La Mina de San Adrián. Hicimos un pequeño homenaje, bastante íntimo. No acudió nadie del partido en el que militó el abuelo. Mejor así, claro. Si llega a aparecer un pájaro gilipollas de ERC, me voy volando.

Mi tío, el hombre que cargó con los trámites de la repatriación, enfermó poco después y no tardó mucho en morir. Una vez que fui a visitarle, entre susurros (le faltaba el aire) pero con un sonrisa, me dijo que él siempre pensó que la urna que nos trajimos de Montpélier no contenía los restos del abuelo, si no los de un tipo desconocido, vete a saber quién, un marinero marsellés, un ruso bohemio, un músico loco austrohúngaro...

Pues nada, pues eso: ríanse ustedes de los buscadores de huesos o de los encontradores de huesos. Por cierto: los trámites, el viaje, las pesquisas y todo lo demás, lo pagamos la familia y jamás le pedimos un solo euro al estado. Los cafés y los bollos en el Tanatorio de Las Corts, solo eso, ya nos costó un buen pico.