21 de juny 2018

Tertulia dialógica o club de lectura

Resultat d'imatges de tertulia literaria dialogica

Por consecuencia de mi labor como escritor publicado, he tenido la ocasión de participar en algún que otro club de lectura. Acuden algunos lectores, algunos plantean preguntas y otros no. Pero debo contar algo: en general, mi experiencia está más próxima a la decepción. Más allá de lo agradable que es el contacto con otros (otros que se han leído lo que has escrito), la conclusión, en términos evaluativos, es un suspenso. No suspendo a las personas si no a la actividad, que apenas aporta conocimiento y creo que no tiene ningún impacto social relevante ni verificable.

En algunas ocasiones me he sentido como un comercial de la editorial, que acude a la caza de clientes: la sensación me resulta pavorosa, y supongo que transmito mi pavor. Odio que el autor deba salir a vender libros, porqué esa es la labor del editor o la del librero. El operario de la Seat no vende coches en sus ratos libres.

Sin embargo (¡y gracias a Dios!) por mi labor como docente he asistido y he participado en varias tertulias literarias dialógicas. La experiencia, esa si, es tremendamente gratificante, enriquecedora y uno se da cuenta enseguida del impacto social que produce. Las tertulias literarias dialógicas (TLD) se están extendiendo por ámbitos muy diversos: el académico y el de primaria (si, estoy hablando de niños y niñas de menos de 13 años), y en las escuelas de adultos. Quizás no cabe recordar quienes son los usuarios de las escuelas de adultos: gente adulta con un nivel formativo escaso (a veces casi nulo).

Pero los datos están ahí: el nivel de la tertulia alcanza cotas de interés, de razonamiento y de intercambio de ideas que no he visto en ningún club de lectura. Jamás. Para empezar, las personas que participan en una TLD acuden a ella habiéndose preparado el texto previamente. Piden la palabra, argumentan, se escuchan, se rebaten, y poco a poco van construyendo esa maravilla que es el conocimiento compartido. El traductor de "La Ilíada" al catalán fue invitado a una TLD en el barrio de la Verneda. Ante él había un grupo de unos veinte tertulianos. La mayoría sin estudios. Al terminar la tertulia, en la que se le podían poner cuestiones al traductor, este les confesó:
-He dado charlas en institutos y Universidades, pero nunca encontré lectores que hubiesen hecho una lectura tan rica y tan atenta como la vuestra.
El hombre no salía de su asombro.

No salía de su asombro quizás por la presencia de prejuicios (muy previsibles) dentro de su mentalidad de académico. Pero también porqué desconocía esa metodología, aunque esta metodología está tratada en la literatura científica sobre educación. Los beneficios de la TLD están contrastados y avalados por universidades europeas, y es por ese motivo que se practican en ámbitos educativos muy distintos. Igual como la solidaridad es algo que se practica pero no se habla, la construcción del conocimiento compartido es algo que se debe hacer en vez de cacarearlo sin ton ni son.

Me pregunto porqué las bibliotecas siguen prestándose a los clubes de lectura, cuando todo el mundo sabe el escaso interés y el nulo impacto que tienen.

Voy a contar algo: algunos de los clubes de lectura que me fueron encargados estaban remunerados. Si quien lo remunera es la Institució de les Lletres Catalanes (el órgano que dirigía, ayer, la hoy Consellera de Cultura Laura Borràs, y que Terenci Moix nombraba "Institució de les Dèries* Catalanes") se le paga al autor invitado con unos 250 euros, procedentes del erario público. En otras ocasiones, la biblioteca saca un dinerillo de algún concepto borroso de su contabilidad y le pagan al autor 40, 60 u 80 eurillos. A veces en negro, a veces en blanco. Por lo que se, si la biblioteca pertenece a una población tirando a pobre, se le paga en blanco y con factura. Si la biblioteca pertenece a una población rica, el pago es en negro. Que cada uno saque sus conclusiones.

Ya van dos veces en las que renuncio al cobro. En parte porqué no vivo de eso y mi trabajo no está mal pagado. En parte, porqué se me cae la cara de vergüenza por cobrar a cambio de una actividad tan irrelevante, que no ha aportado ningún beneficio a nadie.

Espero que las bibliotecas, las librerías y las editoriales se preocupen por conocer que cosa con las TLD y se lo apliquen. Les puedo facilitar información, enlaces y bibliografía. Sin interés crematístico alguno por mi parte.

Deben tener algo muy importante en cuenta: las obras que se seleccionan para las TLD deben cumplir con un par de requisitos mínimos. Deben ser textos considerados universales y transferibles. Dos requisitos que incumplen el 99% de las publicaciones de hoy, en Cataluña. Pero hay una parte, por pequeña que sea, que si los cumple.

__________
* Dèries, en catalán: manías, en castellano.

Algunas lectoras y lectores del blog me han escrito para obtener más información sobre las TLD. Me enorgullece recibir estas peticiones, por supuesto. Dejo algunos enlaces:

-Video muy elemental, orientado a educación primaria. Puede chocar el tono de maestro de primaria, pero los conceptos y la metodología están muy bien explicados.
-Material más elaborado, en donde se explica muy bien que es una TLD, aportando datos, fundamentos teóricos y científicos. Toda la web te podría interesar.
https://comunidadesdeaprendizaje.net/actuaciones-de-exito/tertulias-literarias-dialogicas/tertulias-literarias-dialogicas-tld/

-Orientado a escuelas de adultos. Aquí se habla también de las tertulias musicales, las artísticas y las científicas. He asistido a algunas de ellas en la escuela de adultos de la Verneda y salí muy impresionado de la científica (leen a Newton, a Darwin, a Hawkings, Rita Levi-Montalcini, Kandel, Descartes, etc...
http://confapea.org/tertulias/td/tertulias-literarias-dialogicas/

-Y por último un video emotivo, en el que una alumna de primaria que vivió las TLD cuenta, en el Parlamento europeo, sus aportaciones:
https://youtu.be/F-2zOJ6-ni8





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Vista previa del vídeo Ania Ballesteros [Comunitat d'aprenentage Montserrat de Terrassa] de YouTube




Ania Ballesteros [Comunitat d'aprenentage Montserrat de Terrassa]

18 de juny 2018

El Golem, o el bloguero reseñador de libros

Resultat d'imatges de el golem

El estado de la literatura catalana en Cataluña (2).
La crítica y el bloguero reseñador de libros


La crítica literaria, junto al ensayo, son los dos grandes desaparecidos del panorama cultural catalán. Quedan algunas muestras de cada género, pero son escasas e inadvertidas. Destaco a Salvador Oliva, Jordi Llovet, Ponç Puigdevall y Valentí Puig. Y, en otro orden de cosas, al filósofo Josep Maria Esquirol. Casi todos los nombrados tienen algo en común: no son personas afines al independentismo y, por ese motivo, son ninguneados por la prensa.

Jordi Llovet escribió un libro muy interesante algunos años atrás, cuando todavía no se olisqueaba el auge del independentismo. "Adéu a la universitat" fue un texto leído y comentado, y diría que causó un impacto notable en la sociedad. El ensayo trata la decadencia de las humanidades en la universidad catalana, y era un aviso de la decadencia que, a día de hoy, afecta a todas las facultades pero sigue mostrando una cara más trágica en filología, historia, humanidades en general. Luego, Llovet expresó su posición frente al independentismo y los independentistas decidieron que Llovet, en tanto que "botifler", ya no debía ser leído ni mencionado: así fue como la cultura catalanista descendió un peldaño (uno más).

Lo de la crítica literaria es algo que lleva décadas en declive. Poca crítica en los suplementos literarios y, lo que es peor, una crítica invisible. Casi nadie podrá citarme una crítica de las novedades en catalán de los últimos años. Advierto de algo importante: una reseña no es una crítica. Reseñas haylas, por supuesto, aunque me temo que son más leídas (quizás solo vistas) las escritas por el prolijo gremio de blogueros que se extienden por el universo virtual.

Está muy bien que un lector decida abrir un blog para reseñar sus lecturas. Yo lo hago y no me avergüenzo de ello. Me lo tomo como un diario personal: voy registrando las lecturas que me han impresionado por algún motivo. A menudo, cuando reseño una lectura, busco qué se ha publicado en la prensa, para no meter la pata en exceso y para ilustrarme un poco. Si se trata de novela catalana de hoy, es casi imposible encontrar nada que supere las 10 líneas, pura nota de prensa.

Hace pocos meses hice dos aproximaciones a la reseña de "Solenoide", una novela cósmica del autor rumano Mircea Cartarescu. Una de ellas fue vista por un conocido, asiduo lector de una página colectiva de reseñadores cuyo nombre es más que sospechoso: "Ressenyaires en català". Hay que contar algo: el sufijo "-aire" expresa, en catalán, una actividad amateur o aficionada, o quizás relacionada con el folklore. Se habla de "puntaires" (las personas que hacen encaje de bolillos), de "cantaires" (los cantantes aficionados que cantan en corales populares), "patumaire" (el que acude a las fiestas tradicionales de Berga), o de "trabucaire" (el que sale a disparar el trabuco con salvas de pega en la fiesta mayor).

Mi conocido me invitó a participar en "Ressenyaires en català", cosa que hice sin meditarla previamente. Al cabo de tres reseñas publicadas, descubrí que el administrador del grupo había sustituído la imagen de la página por una fotografía manipulada en la que aparece el señor Puigdemont haciendo una peineta. Le escribí (públicamente) para lamentar esa imagen y para expresarle mi desolación por su cambio, ya que no me sentía capaz de publicar mis textos bajo tan insólito icono. El administrador me respondió de muy malas maneras: "hago lo que me da la gana con mi página", vino a decirme. Aquí se terminó nuestra relación. Al conocido que me había invitado a participar le conté lo sucedido por deferencia, y me respondió que, aunque quizás pudiese tener razón, no debía haberlo hecho público. Es decir: si no eres de los nuestros, no lo digas en voz alta. Un dato pequeño, pero otro dato que cuenta la "espiral de silencio". Huelga decir que ningún "ressenyaire" se solidarizó con mi opción.

Aunque me parece bien lo de reseñar libros con talante amateur, es necesario decir que el amateurismo reseñador no es capaz de sustituir a la crítica. El número de reseñadores amateurs es importante, pero ese número solo le convierte en un trasunto del Gólem. El Gólem es aquel gigantón de barro animado por una palabra mágica que debía salvar al pueblo judío de sus enemigos (aprovecho para recomendar la magnífica novela "El Gólem" de Isaac Bashevis Singer). El reseñador amateur de blog voluntarioso suele pretender un objetivo casi único: caerle en gracia al autor reseñado y aumentar su grupo de "amigos" virtuales, motivo por el cual la reseña se parece más a una adulación a menudo bochornosa por acrítica y por facilona, desprovista de todo intento de análisis y cuya redacción delata la escasa formación literaria del reseñador, incapaz de establecer relaciones o de citar a nadie, a nada.

Mientras escribía este texto he tenido la tentación de copiar y pegar ejemplos de esos reseñadores pero no me parece bien la burla, por poco elegante.

En el próximo capítulo voy a comentar los "clubes de lectura", que son otro capítulo interesante en este memorial de desastres que es la producción literaria catalana actual. Luego vendrán los autores. 

13 de juny 2018

Cuando la miseria entra por la ventana de la editorial


El estado de la literatura catalana en Cataluña (1).
Las editoriales y los autores


a Laura Borràs, consellera de cultura

Media mañana, en un barrio de Barcelona algo más arriba de la avenida Diagonal. Luce el sol. Clima agradable. Un autor se persona en la sede de una editorial. Le han hablado muy bien de ella. Es decir: le han dicho que son buena gente. Y, cuando les conoce, le parecen simpáticos. Porque lo son. Campechanos, afables. El autor les confía su original. Lleva meses (acaso años) trabajando en él y lo siente como un hijo. Les confía el original a los editores simpáticos. Poco después, recibe la llamada tan esperada: su libro nos ha gustado mucho. Lo queremos publicar. Es más: deseamos publicarlo. Tiene una reunión con el consejo editorial, con risas y felicitaciones. Al terminar, le invitan a una caña en el bar de abajo. Dentro de poco te mandamos el contrato, le dicen. Un mes o dos más tarde, cuando el libro ya está en la sala de máquinas, el autor recibe un correo electrónico con el texto del contrato. Es entonces cuando, por primera vez, algo chirría en su estómago: le ofrecen 300 euros como anticipo, a cargo de los beneficios por los derechos de autor (alrededor del 8 o 10% de las ventas). El autor comprende que, con tantas risas y las cañas, se le olvidó preguntar por el asunto de los euros. O quizás no se olvidó, pero pensó que hablar de dinero, en aquel momento, iba a romper la magia del instante y que, tal vez, estropearía el buen rollito imperante.

En la reunión también le hablaron de como iban a promocionar el texto: artículos en la prensa amiga, ferias, presentaciones en varias librerías de renombre. En cuanto el libro aparece a la venta, el plan de promoción va ensombreciéndose: una presentación colectiva, la prensa amiga ya no lo es tanto, etc etc.

Un día, el autor descubre que, pasados dos o tres años, la editorial solo distribuyó alrededor de 300 ejemplares del libro. Se pone a echar cuentas y descubre que, si el dato es cierto (el autor jamás podrá comprobar la veracidad de ningún dato), es imposible que gane ni un solo euro por los derechos de autor generados. Las cuentas son muy simples. No hay que haber estudiado en Esade ni saber mucho de ingeniería financiera para darse cuenta.

Luego, el autor descubre como funciona el engranaje perverso que une al editor con el distribuidor (eso será un capítulo aparte, que resumo en una sola frase: cuánto menos se vende, más se debe publicar).

Sin embargo, en Cataluña son legión los autores (de oficio o de fin de semana) que desean publicar su libro. Contribuyen a ello las miríadas de escuelas de escritura y, sobretodo, la cosa patriótica. En Cataluña no se escriben novelas para engrandecer el arte de la novela ni la literatura en general, si no para engrandecer la patria. Es puro voluntarismo patrio, o el triunfo de la voluntad por la vía de la escritura. Es fundamental comprender eso para poder calibrar el fenómeno de un modo objetivo.

Nada nuevo cuento: el negocio del libro periclita año tras año. Para salvar los restos del naufragio hay editores que se echan al campo a la caza de posibles best-sellers, e invierten en obras de ínfimo valor literario pero que permiten pensar en buenas ventas, para salvar la temporada. No siempre funciona el truco, ni al burro siempre le suena la flauta.

Si eso se puede afirmar del libro en general, ¿qué decir del libro en catalán? Los números son dramáticos, y llevamos años en la pendiente hacia la nada. Hace unos pocos años, una de las "Vías catalanas" que reunían a miles de catalanes uniformados y enlazados para reivindicar su patria imaginaria transcurría por enmedio de una feria del libro en catalán. Era un 11 de septiembre, claro está. El "animador" de este sector, megáfono en mano, informó a los manifestantes jubilosos de que, en pocos minutos, un helicóptero de Tv3 iba a sobrevolar la zona y les propuso que saludaran con un libro en catalán en la mano. Solo unos pocos de los manifestantes acudieron a comprar... un periódico. En catalán, claro, pero un periódico en vez de un libro. Ojo al dato. Porqué un periódico sale más baratito que un libro, digo yo, y lo de la patria está muy bien mientras no nos cueste demasiada pasta. Hay que comprenderlo: esas buenas gentes llevaban casi 15 euros invertidos, porque 15 euros les habían soplado por el kit nacionalista de la ANC: camiseta estampada, fular y mochilica.

Como en catalán no se puede soñar con bestsellers, se opta por reducir gastos. Abaratar el coste editorial se puede acometer de varias manera, una de las cuales es pagar lo menos posible al autor. O sencillamente no pagarle. O incluso cobrarle por publicar, una práctica que, por lo que parece, se extiende (y también se practica en castellano, que conste).

Llevo años trabajando en sectores socieconómicos que rozan la miseria (o se hunden en ella) y se muy bien lo que acarrea la miseria: mezquindad, mala educación, falta de empatía, etc. No hay que tener muy presente la pirámide Maslow para acordarse de que los valores de la generosidad, la solidaridad y la empatía solo se pueden dar cuando uno tiene satisfechas sus principales necesidades. Mientras haya pobreza en casa, la casa estará tomada por los malos modales, el egoísmo y la tacañería. Lo que vale para un individuo vale para un colectivo. O para una organización: las pequeñas editoriales catalanas no escapan al esquema de Maslow. Todo lo humano me atañe, dice el bueno de Maslow.

El resultado de todo ello es dramático: en catalán se publica mucho, pero casi todo muy malo. Y eso explica, en gran parte, que ni por Sant Jordi se vendan novelas en catalán. El público lector, que ya era escaso, no tropieza dos veces con la misma piedra y opta por autores anglosajones o por la última novedad bien publicitada. Si a eso se le suma la ausencia de una crítica seria, sustituída por el amateurismo bochornoso de múltiples blogs de "reseñas" (ressenyaires, se autoproclaman, sin caer en la cuenta de que el sufijo "aire" espresa, en catalán, afición o hobby, folkclore), el diagnóstico nos acerca al desastre. Y el pronóstico nos lo planta en las narices. En un capítulo próximo, también, me voy a ocupar de la crítica y sus sustitutos. Prometo muchas risas, pues será un capítulo con citas textuales.

Por mi parte, he tomado la decisión de escribir lo que me apetezca pero no publicar nada en papel en mucho tiempo. Nada en catalán, se entiende.

Seguiremos informando.

11 de juny 2018

Los renglones editados de Dios



Me detengo ante el escaparate de la librería. Creo que me siento pasmado. Hay una colección de libritos de apariencia austera, austera en extremo. Miden 10x18 centímetros (menos de un palmo de altura, y de ancho la mitad de un palmo), tapa de cartulina estricta, sin plastificar, cubierta impresa a una tinta (tinta negra). Título, nombre del autor y de la editorial, sin ilustración. Lo justo. Ninguno supera las 80 páginas.

Entro en el establecimiento y pregunto. Creía que era algún stock antiguo, porqué cuando yo era muy joven se veían ediciones de esta clase. Pero se trata de novedades. Con el sello de Anagrama. ¿Su precio? 7,50 euros.

-¿Se venden? -le pregunto a la librera, mientras le pago los dos que me llevo: "Calais", de Emmanuel Carrère, y "El año que nevó en Valencia", de Rafael Chirbes.
Ella se encoge de hombros y suelta una sonrisa casi cómplice que le sonríe al infinito más que a mis ojos, un infinito que adivino más bien neblinoso. Hay tres clientes más aparte de mi. Uno de ellos observa los libros que me compro y, como ha escuchado el intercambio de palabras entre la vendedora y yo, lanza una ojeada fugaz a la estantería de esas nuevas miniaturas editoriales. Es una mirada lejana, apática, algo indolente y soslayada. Me doy cuenta de que luego me mira a mi, como haciéndome un escáner rápido. Sin apenas quererlo, en su rostro aprece un mohín de desprecio. Estoy seguro de que la información que obtiene su nervio óptico provoca una sinapsis que le lleva concluir que esa edición que compro es una edición para pobres que todavía quieren leer, benditos ellos. Algo me dice que el señor que me observa y deduce mi pobreza lamenta que compre libros en español: está esperando detrás mío para pagar lo que lleva en la mano, que es "Els fets de l'1 d'octubre". Algo le dice, en su interior cerebral que, como todos los pobres, soy un españolista. Quizás me equivoco, claro. Quizás resulta que el hombre tiene una amiga indepe y piensa que, si le regala este libro, aumentarán sus espectativas copulatorias (muestra un aspecto de indudable macho alfa, con la camisa medio desabrochada, los jeans prietos y los zapatos terminados en punta. Y reloj de esfera superlativa, muy caro).

El librito de Emmanuel Carrère es un breve reportaje sobre los días que el autor francés estuvo en la población de Calais por encargo de su editor, mientras estaba allí el campamento de chabolas más grande de Europa. Un buen texto, con agudezas varias y buenas descripciones. El otro que me compro, el de Rafael Chirbes, es una joya de la literatura breve. Un cuento de menos de 50 páginas fascinante, bello, delicado. Cuenta un montón de cosas con la suavidad de quien cuenta anécdotas intrascendentes. Hay que ser muy bueno escribiendo para poder llegar a escribir así. La última frase del cuento reza: "yo quería seguir perteneciendo a todo aquello". Tres verbos en siete palabras. En otros casos (en otros escritores) eso olería a perro muerto, pero en la pluma de Chirbes es eso, una joya.

Mientras me marcho de la librería me pregunto si ese es el futuro de la edición. Quizás soy un visionario. Por lo que atañe a la literatura breve, me alegro de la propuesta. Soy un creyente de ese formato y me alegra saber que se publica, que no todo son mamotretos de 500 páginas con cubiertas de colorines chillones escritos por autores que no se han leído jamás a Bajtín y desconocen la diferencia entre el acto estético y el acto ético, que tratan de asesinos en serie muy malos y polis buenos, muy listos, que les pillan y luego se van a tomar un vino blanco con su novia, siempre muy exquisita. Desconozco las ventas de esa colección, y si quiero sacar conclusiones del encogimiento de hombros de la librera puedo pensar que tampoco funciona. ¿Qué se vende? ¿Quién lee? Dice Michel Houellebecq que el libro más importante de la historia de la humanidad es "El mundo como representación y voluntad", de Arthur Schopenhauer. Houellebecq lamenta, con aspavientos, que el libro más importante de la humanidad sea casi imposible de encontrar. ¡Y eso que Michel se refiere a Francia! ¿Cuántos ejemplares de la obra de Schopenhauer se debieron vender, en la rica y plena Cataluña, en 2017?

Me hago estas preguntas durante el viaje de regreso a casa. Aprovecho el rato para leer el primero de ellos. Cuerpo de letra 14, la caja del texto mide 7 centímetros exactos de anchura. Se leen en un viaje de Barcelona a Terrassa. El billete del tren me sale por 4,10 euros. Más 7,50 del libro, el desplazamiento me cuesta 11,60 euros. Bueno, al final resulta que no era literatura para pobres.

8 de juny 2018

El racista que no lo sabía


Después de muchos años trabajando con colectivos marginados (sobretodo gitanos y magrebíes de Cataluña) uno descubre -unas veces con sorpresa, otras con horror y siempre con decepción- que vivimos rodeados de racismo. Personas que se esfuerzan en dar lo mejor de si mismas trabajando con esos colectivos son capaces de soltar, en situaciones informales, chistes y ocurrencias varias, siempre tópicos muy gordos, que difaman a esos mismos colectivos.

Soy de los que cree que el racismo es una máscara del clasismo pero eso no mitiga el disgusto que me produce esa tendencia de apariencia incontrolable, que a veces actúa como válvula de escape, de catarsis: no es nada fácil trabajar en esos terrenos. Dicho de otro modo: es difícil trabajar en esos terrenos, como diría el señor Rajoy.

Y así, entre catarsis, ceguera, válvulas de escape y chascarrillos, convivimos con el racismo nuestro de cada día. Creo que, en efecto, hay personas racistas que no lo saben. Tan poco lo saben que son capaces de acusar de racismo a otras.

En otro orden de cosas, pero no muy lejanas, está lo del "nazismo" o lo del "fascismo", que uno siempre lo detecta en el otro y nunca dentro de sí. Quizás deberíamos recurrir a la bibliografía y determinar que es el nazismo y que es el fascismo. Y luego: ¿son lo mismo? ¿se parecen? ¿son intercambiables, como los sinónimos estrictos?

Hace unos días, el señor Alfonso Guerra acusó de nazi al señor Quim Torra, y este le respondió muy ofendido, y le dijo que "acusarle de nazi es lo más ofensivo que se le puede decir a un demócrata catalán" (sic). Todavía me estoy preguntando por la presencia del adjetivo "catalán" tras el sustantivo "demócrata". ¿Qué cosa quería expresar Torra?. ¿Un demócrata japonés se ofende menos que un demócrata catalán cuando le tildan de nazi? Pero vamos a obviar eso: ya se sabe que a los políticos les gusta hablar con muchos adjetivos, y mejor aún cuando los adjetivos hablan de la patria, de las identidades sagradas y demás superficiliadades.

Sin embargo, cuando uno lee los arículos del señor Torra publicados a lo largo de más de 10 años en la prensa (me olvido de sus tuits tan lamentables), se da cuenta de eso: quizás el señor Torras ignora lo que es, y quizás esta ignorancia no contiene mala fe alguna, ignorancia en estado puro. Hay otro político catalán (aquí si es pertinente el adjetivo), recientemente nombrado Conseller de algo, que publicó un tuit, hace poco, en el que preguntaba si alguien puede encontrar la diferencia entre un mongol y un español. Ignoro si se puede alegar ignorancia en este caso, pero percibo aquí, de forma nítida y clara, ese gracejo (tan español, por cierto), esa tendencia a la ocurrencia jocosa, que se suele dar con el codo apoyado en el mostrador de la taberna.

Está claro que el debate identitario no saca lo mejor de cada uno. Más bien todo lo contrario, el identitarismo bucea en el alma, llega a las zonas abisales y emerge con lo más deplorable y oscuro de nosotros y, en un gesto altanero, lo exhibe con impudicia, con bravuconería, como el trofeo sanguinolento tras una partida de caza en el coto del señorito. Los amigotes aplauden y el cazador se siente reconocido, se descorchan unas botellas más y esa ronda la pago yo. Así nacen los debates identitarios.

Ese es el principio del debate. Cabe recordar eso, incluso con insistencia. Porqué del chiste se pasa a la afirmación, a la reafirmación, y luego, ya con varias copas, a la pelea chusca, al insulto, a nombrar el grosor de los genitales propios, a la chulería por la que asoma la violencia. Uno empieza haciendo chistes sobre judíos y poco después un ingeniero funcionario diseña cámaras de gas. Quien dice "judío" dice "bosnio", quien dice "bosnio" dice "palestino". Eso no es una ocurrencia. Eso es algo que se puede constatar.

El otro día, un grupo de jóvenes universitarios (y quizás no tan jóvenes ni tan universitarios) se fueron a boicotear un acto de homenaje a Miguel de Cervantes en la universidad, con el argumento de que el acto lo organizaba una formación que, a los boicoteadores, se les antoja fascista. Para boicotearla usaron un recurso que, a mi, se me antoja fascista (voy a dejarlo así, sin formular la acusación, y solo expreso una sospecha).

El único perjudicado de todo el barullo fue Miguel de Cervantes. Al final, pues, el que se lleva los palos es la cultura, la gran literatura y un escritor que deberíamos releer todos, con mucha atención, porqué nos retrató con extrema habilidad. Y con un humor y un amor infinitos, que son, al fin y al cabo el antídoto de todo mal.