27 de set. 2020

Bajo un régimen de aislamiento


Hace un tiempo me invitaron a un banquete familiar, y me advirtieron de que iban a festejar no solo una efeméride global (la navidad) si no el advenimiento de la república catalana. "Visca Catalunya!", me dijo la voz, en vez de decirme "hasta luego". Para certificar el sentido inequívoco del convite me mandaron una foto: a los asistentes les vamos a regalar una urna votiva, miniatura de la urna-tupperware que se usó para el falso referéndum del 1 de octubre de 2017.

"Bueno, ya sabes que yo no comulgo con esas cosas y que, aunque lleve dos apellidos catalanes, no soy independentista", dije, con un murmullo. Lo dije y sonó a disculpa, a vergüenza, a susurro incapaz de pronunciar con claridad mis opciones, como si esas contuvieran algo pecaminoso. Hablo así cuando me doy cuenta de que mi ética personal entra en conflicto con la sensibilidad de los demás, a la que no quiero ofender. Porqué no me gustan las guerras ni la violencia de ninguna clase. Hablo así para ocultar mis ideas, en realidad.

Me sucede lo mismo en las situaciones informales, entre los compañeros de trabajo. Me callo, evito, susurro, y como mucho planteo preguntas. Pero jamás afirmo. Nunca digo qué opción voté en diciembre, agacho la cabeza, miro por la ventana, me busco una excusa para levantarme y ausentarme. Los demás se lo pasan en grande, se aplauden mutuamente las gracias, los chascarrillos, se pasan imágenes en la pantalla del smartphone en donde se burlan de los que piensan como yo. No hay maldad alguna en ello, no pretenden molestarme, lo se. Solo se burlan de lo que piensan que debe ser objeto de burla, en nombre de una superioridad mental que se da por obvia. No se dan cuenta del etnicismo que contienen sus chanzas, del desprecio que destilan, del odio que amamantan.

Un día en que hacía mucho frío no pude más y salí a la calle con la excusa de que me salía a fumar. Me encontré, agazapada en una esquina protegida del viento gélido, a la trabajadora de menor rango de mi centro de trabajo. Estaba fumando en cuclillas y yo hice lo mismo. Me acuclillé a su lado y ambos fumamos en silencio como dos soldaditos en una trinchera arrasada. No hacía falta decir nada. Echamos el humo hacia el cielo encapotado, sin mirarnos. Compartimos nuestra cobardía y nuestra vergüenza tal como se comparten esas cosas y la pobreza: sin mediar palabra.

Mi abuelo materno vivió la guerra civil española. Tuvo que exiliarse en enero del 39 y murió en un campo de refugiados francés, pero dejó escrito un diario. En él cuenta sus andanzas des del año 20 y tantos, y termina en el 41, que es cuando murió. Las últimas páginas hablan de derrota y lo hacen con la vergüenza planeando entre las palabras. Vergüenza por no haber sido más valiente, por no haber puesto más empeño en la defensa de sus valores y de sus ideas. No puedo dejar de pensar en esas últimas páginas. Mi abuelo soñaba con la república de veras, con la república de la igualdad y la fraternidad, y jamás usó en vano el nombre de la libertad.

Estoy viviendo una guerra civil sin tiros, con unas sonrisas supuestas, con el uso empalagoso de la palabra "democracia", aunque es una democracia desprovista de fe, solo formal, solo palabra hueca. En esta guerra civil estoy perdiendo una batalla tras otra, tal como las perdió el abuelo. Y, como él, siento que he fallado en la defensa de mis valores. No hay heroísmo alguno en mis actos, no dispongo de ningún relato heroico para explicarme. Silencios, retiradas, y luego más silencios y más retiradas. Nos dijeron que ese era un conflicto entre españoles y catalanes, pero esa es una mentira más: es un conflicto despiadado de catalanes contra catalanes y nada más. Lo otro es retórica vacía.

Las personas que sí fueron al banquete del que hablé al principio ya no me mandan ningún mensaje ni me llaman. Con alguna de ellas compartí casi toda la vida. He oído decir por ahí que decir eso (que el independentismo rompe familias y amistades) es ser un fascista, un facha, un españolista. Me temo que, a ese paso, en mi lápida escribirán mi nombre y debajo el epígrafe "Aquí yace un fascista españolista". De poco servirá que haya dedicado más de la mitad de mi vida laboral a trabajar para y con los más débiles y los más pobres, que me haya esforzado en hacerlo lo mejor posible.

Eso es una guerra civil sin tiros pero contiene todos los elementos de una guerra civil. Y yo la estoy perdiendo. Quizás no tendré que largarme por piernas y con una maletita al hombro como lo hizo el abuelo, y quizás no daré con mis huesos en un campo de refugiados en un país vecino, pero de algún modo llevo tiempo haciendo todo eso y, en realidad, este texto es el texto escrito por el perdedor de una guerra, vencido y avergonzado, que camina por las pistas forestales en dirección al exilio, con poca o ninguna esperanza, triste, maltrecho, enfermo.

La familia paterna de mi abuelo, unos ricos hacendados de Figueras, le olvidaron tras la derrota de los suyos en 1939. La mayor parte de ellos le olvidaron, se desentendieron de su suerte. Cuando supieron de su muerte, dijeron: "eso le pasa por meterse en política". Yo no me metí en política aunque pude hacerlo, pero eso no me sedujo jamás. Prefiero trabajar de verdad, al pie del cañón.

Vendrán años mejores y la guerra terminará, como terminó la de Troya, tan estúpida y tan cruenta como todas las guerras. Pero no regresaré jamás de mi exilio.
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Nota: "Bajo un régimen de aislamiento" es un verso de la canción "Destruidnos juntos", de El Niño de Elche.

24 de set. 2020

El Payaso Racialista con todos ustedes


El drama de lo que vivimos en Cataluña es profundo y hay que analizarlo bien. Un payaso del lado del poder y contra los débiles es una novedad en el mundo del bufón. No sé qué diría Shakespeare, igual deberíamos revisar a Falstaff. O el Rigoletto de Verdi, inspirado en un texto de Victor Hugo. En cualquier caso, la decadencia de la cultura catalana la acaba de certificar nadie más y nadie menos que... ¡un payaso!.

Las profesiones de payaso y la de bombero tienen algo en común. A ambas, nobilísimas profesiones, se las asocia a conductas estúpidas y sirven a veces por lo tanto, de insulto. Todo el mundo ha oído lo de "tener ideas de bombero", expresión a la que no resulta fácil encontrarle el origen aunque, hipótesis, haberlas haylas. Lo del payaso, sin embargo, lo hemos comprendido de maravilla escuchando el "pregón" de Tortell Poltrona pronunciado ayer noche en la inauguración de las fiestas patronales de Barcelona.

¡Ayer no fue el mejor día para la Ciudad Condal! El señor Torra dijo que Barcelona se había hecho provinciana, pequeña y mezquina y luego el payaso lo remató. ¿Qué dijo Tortell Poltrona? El hombre, que ayer tampoco tuvo un buen día, soltó en medio de un pregón de fiestas que en Cataluña hay gente que no se integra aunque lleve muchos años viviendo en ella, gente que no participa de la cultura catalana y que son, según él, unos inadaptados.

Uno le preguntaría, al payaso: ¿Cómo definiría usted la cultura catalana? ¿Qué características cree que la distinguen? Pregúnteselo usted mismo, amable lector. A mi, lo confieso, me resulta harto difícil definir la cultura catalana del siglo XXI: ¿será desayunar pa amb tomàquet? ¿Bailar sardanas los domingos y fiestas de guardar? ¿Aplaudir los goles del Barça, mirar Tv3, zamparse butifarra amb seques como dieta principal? ¿Quizás beber ratafía antes de pronunciar un discurso?

De todos modos, vamos a dejarnos de bromas y perogrulladas. Todo el mundo sabe a qué identifica don Tortell la cultura catalana. Exacto: don Poltrona se refiere al uso de la lengua catalana. Otro racialista que confunde lengua y cultura, que es la forma catalana de desplazar la idea de la raza hacia lo cultural, hacia lo lingüístico. Tortell es poco original para ser payaso: su idea de raza=lengua es bastante antigua y arranca con Valentí Almirall y Prat de la Riba, individuos con muy poca gracia por cierto.

¡Vaya con el payaso racialista! ¡Vaya con el racialismo en Barcelona! Una de cal, otra de arena. Ayer el Ayuntamiento decidió retirar, a título póstumo, la medalla de la Ciudad a don Heriberto Barrera, antiguo líder de ERC cuyas opiniones sobre los negros en América se asemejaban a las opiniones que le merecían los charnegos en Barcelona. Y es por la retirada de la medalla que el señor Torra se enfurruñó y dijo que con ese gesto Barcelona se empequeñece, se vuelve provinciana y mezquina. Tengo más preguntas: ¿que deben significar los conceptos provinciano y mezquino para el señor Torra, un señor poco cosmopolita y con gran apego al terruño, al paisito?

Es deplorable y triste el papelón del payaso en el pregón. Aunque todos sabemos que existe la figura del payaso tristón y depresivo, con gran arraigo en Cataluña, no nos esperábamos que don Poltrona aprovechase la tribuna que le cedió Colau para hacerse el gracioso ante el auditorio nacionalista y racial, y meterle al respetable una barbaridad tan lamentable, tan mezquina, con tan poca gracia. Yo soy de los que, de niños, se asustaban ante la cara pintarrajeada del payaso. Uno de los que sufrió de lo lindo con el payaso Pennywise de Stephen King, cuya reencarnación catalana se subió ayer al estrado. Otra desgracia que nos ha caído a los catalanes. Y ya van muchas.






23 de set. 2020

El Naufraguito número 122

El día 21 de septiembre de 2020, en plena segunda ola vírica, apareció el número 122 de El Naufraguito. El Naufraguito es (o debe ser) no solo el fanzine literario más sorprendente editado en España (en Barcelona, España) si no un fanzine de culto, de culto sin paliativos. ¡Un fanzine en papel!

El asunto es que fui invitado a colaborar en el número 122, pero me sentí indispuesto y le cedí el honor a mi amigo Federico Capote, el cual aceptó la invitación a regañadientes, como siempre: Capote es un tipo huraño en la mayor parte de su tiempo, aunque también le he visto comportarse de modo servil y rastrero en varias ocasiones, y de veras les digo que fue algo vergonzoso de ver. Capote reniega de su ego en cuando puede, pero tras esa renuncia disfraza un narcisismo patológico. Pero escribe bastante bien, vamos, y eso es lo que le tengo en cuenta. Por eso me alegro de que Federico Capote haya participado en El Naufraguito número 122 con el  texto titulado "Cómo escribir bien un relato". Lo transcribo a continuación. Y les encomiendo a que busquen El Naufraguito donde sea y que se lo compren: es oro en paño. Dentro de poco les ofrecerán miles de euros por un ejemplar de ese fanzine, se lo aseguro. Un Naufraguito les podría solucionar la jubilación.

CÓMO ESCRIBIR BIEN UN RELATO EN EL SIGLO XXI

Nunca es tarde para ser mejor, como dijo Abu AbdallahAl-Muhasibi.

1- Cuide el estado anímico antes de escribir. Es importante, cuando no imprescindible, haber sufrido un tormento en el alma. Procure por todos los medios a su alcance que su ser más querido le haya abandonado, humillado o haya cometido infidelidad. Sumérjase en el sentimiento de la vejación, acomódose en los brazos del rencor. Sin resentimiento no hay arte.

2- Escriba ebrio y edite sobrio. Es un consejo de Ernest Hemingway que no debe olvidar. Es importante no confundir el orden de los factores, ya que la inversión de los mismos podría ser calamitosa para su obra. Sin alcohol no hay arte en occidente. Con alcohol no hay edición en occidente ni en oriente.

3- Olvídese de ser original o de pretender aportar algo nuevo al arte del relato. La originalidad es un vicio del romanticismo. Procure versionar, plagiar o robar algo (bueno) ya escrito. Recuerde que el lector es cada vez más ignorante. Si usted copia a Villiers de l’Isle-Adam tenga la certeza de que nadie le pillará. Si se quiere asegurar el tiro, plagie a un ruso del XIV.

4- Escriba a mano o en una máquina de escribir tipo Olivetti, es más barato y conviene invertir poco en la escritura: ya sabe usted que escribir no da dinero, así que es estúpido gastar. El papel lo puede robar de su oficina poco a poco y sin levantar sospechas. Si tiene usted un pariente, amigo o amante en el sector público, ingénieselas para que le provea de papel: lo que es de todos no es de nadie.

5- Incluya en su relato algo de feminismo, de ecologismo y de animalismo. Aunque no venga al caso, cuente que lloró como una Magdalena cuando presenció el atropello de un Schnauzer en la esquina de la Quinta Avenida con la Calle 73. Haber estado en Manhattan da mucho empaque.

6- Cuente o sugiera que de pequeño le violaron, le maltrataron o le vendieron a la mafia albanesa a cambio de 500 euros. O que presenció que su madre se pinchaba heroína mientras su padre se embrutecía viendo tele-basura y profería vivas a Berlusconi, a Aznar o a Sarkozy, y votaba a Pujol.

7- El protagonista debe pertenecer a una minoría étnica, sexual, religiosa, lingüística o arquitectónica: sería ideal juntarlo todo y crear un personaje inuit, hombre transexual y lesbiano, practicante de la fe Baha’í, catalanohablante en Alguer, que vive en una yurta enmedio de un páramo gélido y muy triste y que admira a Puigdemont.

8- Simule que su relato es ficción novelada, relato de no-ficción, literatura del yo o algo así.

9- Póngale un título largo a su relato, cuanto más extenso mejor. Si le preguntan por ello, diga que es un verso de Walt Withman, de Thomas S. Elliot o una frase de Jane Austen (en aquél ensayo sobre la correspondencia entre Virginia Wolf y Edith Warthon tan bueno que estoy seguro de que has leído). Cite a Juana Dolores si vive en Cataluña: queda muy moderno y transgresor.

10- Una vez haya escrito ebrio y corregido sobrio, reléase ebrio. Eso no lo dijo Hemingway.

20 de set. 2020

El pronombre "yo" en los blogueros y los youtubers


Youtubers y blogueros somos hijos de dos épocas, distintas, separadas por poco más de una década: entre los blogueros y los youtubers hay una distancia muy escasa. Creo que si los blogueros del año cero no se han pasado a youtubers es por prevención y cierta pusilanimidad o vergüenza: el youtuber exige lo físico. Los viejos blogueros estamos casi todos canosos, calvos en muchos casos, barrigudos en la mayoría, ojerosos, arrugados en varios grados. Perdónenme el lenguaje androcéntrico: viejas, canosas barrigudas... Por eso nos mantenemos firmes en los blogs que nos eximen de mostrar nuestra apariencia decadente: nos escondemos detrás del palabrerío escrito.

El youtuber es un tipo joven, insultantemente joven. Exhibe su rostro de piel lisa y lustrosa, y su pelo generoso o abundante, brillante, esos mechones que le ilustran cuando se le caen encima de las cejas, casi sin querer, y le cubren un ojo. A veces el youtuber se permite el torso en la pantalla, la barriga llana, los ojos sin gafas de miope o de estigmático, y las manos lindas. Hay algo virginal en el youtuber, algo adolescente: los viejos blogueros nos lamentamos de que no existiese el youtuber cuando todavía estábamos presentables, cabelludos, delgados, con el pelo íntegro en su color o su densidad. (Perdónenme el lenguaje androcéntrico de nuevo, de veras se lo pido que me perdonen).

Muchas son las cosas que nos separan a los viejos blogueros de los jóvenes youtubers, excepto una: lo que nos hermana, a pesar de la décadas, es el uso del pronombre de primera persona en singular: YO. YO. El epigrama aburridísimo del yo.

Mi opinión, mi punto de vista, mi visión del asunto, mis gustos estéticos, literarios, cinéfilos, políticos, sexuales, nacionales, históricos, mis manías, mis fobias, mis filias, mis ancestros, mis puntos fuertes (en el caso de los débiles) y mis puntos débiles (en el caso de los fuertes). Mis fotos, mis libros, mis películas, mis gatos, mis perros, mis novias, mis amantes, mis paisajes. Una exhibición constante e imparable, una catarata del yo, yo, yo. Una catarata como la del Iguazú: insoportable. Incluso una persona tan joven como la poeta Juana Dolores, premiada por su su poemario por una parroquia barcelonesa, no se sale nunca del poema del yo. Yo, yo, yo. Mi, mi, mi. Mío, mío, mío. Ella habla de Mi coño. A veces. En inglés se reían los ingleses de eso: Me, Myself and I. A la Juana le premió un parroquia, que eso conste.

¿Los blogueros y los youtubers y los que se expresan por el Facebook somos un ejemplo de la democratización de la cosa pública? ¿Nos verán así dentro de 100 o de 200 años? Yo creo que no. ¡Qué compleja es la democracia cuando a la democracia se la toma en serio!

Los blogueros nos estamos extinguiendo, como los dinosaurios grandes. Sobrevivirán los pequeños, más adaptables. Hogaño es como antaño: nada nuevo bajo el Sol. Muchos viejos blogueros y nuevos youtubers se pasan (nos pasamos) al papel: es increíble pero es así. El papel, he ahí el papel. El papiro de los egipcios. El papel no muere. O su versión en e-pub o lo que sea, o su versión en Amazon. Creo que el futuro del papel está en Amazon, guste o no guste. Las librerías lo tienen muy mal: se les augura una reconversión sin ayudas y yo llevo años sin comprar en ellas y no me duele nada mi opción, la verdad: incluso la librería Calders se puso a favor de Torra y del catalanismo, vaya disgusto tan gordo.

El último libro que compré, vía Amazon, estaba impreso en Leipzig, por Amazon Distribution. Es "La raza catalana", volumen 2, de Francisco Caja. ¿En qué librería catalana hubiese encontrado o podido encargar este libro? ¿Lo hubiese encontrado en la semana del Llibre en català? Por eso existe Amazon, que en Cataluña es un espacio de libertad, y por eso dejarán de existir las librerías muy catalanas: la librería Calders se nos ha vuelto nacionalista, nos han dejado solos a los catalanes no nacionalistas. En correspondencia, nosotros dejaremos a la Librería Calders. Ellos se lo han buscado. Es lo que hay. La guerra la empezaron ellos. Ellos la perderán. Pero ninguna guerra es buena, y en todas las guerras solo hay perdedores, digan lo que digan los manuales de historia.

Yo, mi, mi opinión, mi punto de vista, mi opción, lo que yo creo bueno, mi verdad, mi razón. Quizás los blogueros de antaño y los youtubers de hoy hacemos oposiciones a tertulianos en un canal de televisión. Las tertulias crecen y la democracia se empequeñece: la democratización de la opinión es un espejismo.


El mundo es lo que uno percibe del mundo. La piel es la única frontera, y es una frontera que envejece.

18 de set. 2020

La memoria democrática y Carlos Sentís

Es innecesario reseñar la figura de Carlos Sentís, hombre de gran mutabilidad en la política: empezó trabajando para la Generalitat de Lluís Companys. Emigró a Italia tras la sublevación del 36, y allí se puso al servicio de Cambó y de su aparato de información para Franco. En 1939 entró en Barcelona, desfilando con las tropas nacionales al lado de Juan Antonio Samaranch. Se reinsertó en la democracia tras la restauración del 78 y colaboró con entusiasmo en el regreso de Tarradellas. Un caso de capacidad adaptativa muy brillante, ejemplar. Sentís murió en 2011, a los 99 años. Pero no trato de eso. Hablo de su actividad como periodista en los tiempos republicanos. 

Sentís, en 1932, escribía crónicas para la publicación barcelonesa titulada "Mirador". Allí destacó con una serie titulada "Viatge en Transmiserià" (Viaje en Transmiseriano): se disfrazó de pobre y se subió a un autobús, en Lorca, junto a decenas de murcianos que emigraban a Cataluña. Algunos dicen que Sentís inauguró el "periodismo de investigación" o incluso el "periodismo de infiltración", por lo del disfraz de pobre. Cabe señalar la argucia del término "transmiseriano": el tren transiberiano al que alude recorre más de 9000 kilómetros y une Europa con Asia. El autobús Lorca-Barcelona solo transita 500 y no sale de España. Pero la comparación, preñada de mala intención, ya está hecha.

Luego (en 1933), Carlos Sentís se paseó por el barrio de La Torrassa, en Hospitalet de Llobregat, chabolas y barro, en donde se hacinaban los emigrantes murcianos del autobús, y siguió reportando sus impresiones a vista de halcón catalán sobre las murcianas y los murcianos a quienes compara a los cerdos (literalmente): un porc remena entre la brutícia i en treu un ram de flors. Un Sentís sobrecogido, tan sensible y humano como cualquier racialista de cualquier otra parte del mundo racialista, se escandaliza ante la promiscuidad, la delincuencia y el gran número de "idiotas" que hay en la comunidad murciana de La Torrassa. Confunde la promiscuidad con el amor libre y les reprocha que su único contacto con la legalidad sea el acto de acudir a solicitar ayuda a la beneficencia pública. ¡Delincuentes y aprovechados!, lamenta Sentís, el muy hábil oportunista (¿les suena a algo de hoy esa mirada sobre el inmigrante?). El periodista percibe con horror que la promiscuidad de los murcianos dispara la natalidad y la sitúa por encima de la natalidad de los catalanes de la vera raza catalana. Describe a los murcianos como a una gente degenerada de un modo no muy alejado al de las fantasías góticas de Lovecraft cuando describe a los gouls, una rama de la humanidad que involucionó y que quizás era una imagen de los afroamericanos. Lovecraft fantaseaba y escribía ficción, pero Sentís afirma describir la realidad verdadera. 

Un Jordi Pujol prepúber leyó el librito "Viatge en Transmiserià", de Sentís. Dice Pujol, en sus memorias, que estaba enfermo de gripe, en cama y con fiebre alta, y que el libro -se lo facilitó su padre, Florenci- le impresionó mucho. Muchísimo. El Pujol adolescente se preguntó: ¿cómo lo podemos hacer para que esos desgraciados se vuelvan catalanes?. ¿Cómo lo podemos hacer para que ellos sean como nosotros? La escena no es anecdótica: cuando Pujol, unos años más tarde -no muchos- tuvo la visión epifánica en el pico del Tagamanent y le fue revelada la misión que Cristo y la Patria le habían encomendado, recordó la lectura de Sentís. Pujol construyó su delirio nacional a partir de varios elementos, pero también a partir de Sentís. De haberse dedicado al romanticismo literario, Pujol hubiese sido un Lovecraft catalán y por lo tanto disminuído. Para nuestra desgracia, presidió la autonomía catalana durante 23 años.

La admiración de Pujol por Sentís no termina en aquella lectura febril e iluminadora. Cuando se reeditó el "Viatge en Transmiserià", en 1994, Jordi escribió el prólogo de la reedición en la editorial "La Campana" fundada por Josep Maria Espinàs. Carlos se presenta transfigurado en Carles según reza la portada. Ese prólogo era una deuda vital de Pujol. Esa deuda pujoliana es la que quizás explica que Sentís fuese condecorado con la Creu de Sant Jordi (1986) y que obtuviese el Premio "nacional" de periodismo de Cataluña en 1998. A día de hoy, la página del Departament de Cultura de la región catalana titulada "Qui és qui a les lletres catalanes" le incluye como autor catalán, aunque admite que escribió en "otras lenguas". [Nota: la única "otra lengua" en la que escribió, y lo hizo más extensamente que en la catalana, fue el castellano]. Sorprende que las últimas Consejeras de Cultura catalanas no lo hayan eliminado. ¿Sorprende? ¿Porque debería sorprendernos, a estas alturas, la simpatía entre el franquismo y el independentismo? ¿Acaso no se parecen demasiado? ¿Acaso no mantienen grandes vínculos de sangre?

Sentís, su "Viatge en Transmiserià", la lectura que de él hizo un Pujol imberbe y edípico, ya pasto del psicoanálisis (¡qué pena que Lacan no hubiese conocido a Pujol!), todo eso forma parte de la memoria democrática de España.

Hay que hablar de eso. Soy partidario de dejar las cosas como están, no prohibir nada y dejar a la historia y a la memoria así, visibles, tal como están. Pero contarlo. Sobretodo contarlo.