26 de set. 2017

El pueblo

Resultat d'imatges de alfonso xiii en barcelona

La última vez que fui a una manifestación fue el día 14 de noviembre de 2012. Era una manifestación contra los recortes presupuestarios del señor Artur Mas. Cataluña sufría entonces los peores ajustes de servicios públicos de toda España, ya que Mas, con mano de hierro, estaba dispuesto a mostrarse como el presidente autonómico más obediente a las órdenes del gobierno español. Cabe recordar que Mas, entonces, era presidente gracias a los votos del PP catalán. Entre Artur y Alicia Sánchez Camacho había un idilio en ciernes.

En aquella manifestación, los Mozos de Escuadra le saltaron un ojo a una manifestante con una bala de goma.

La manifestación convocó a bastante gente. No sabría decir a cuantos, pero el Paseo de Gracia estaba lleno de gente apretujada, des de arriba hasta abajo. Cuando llegábamos a Plaza de Cataluña, la policía autonómica empezó una serie de cargas bastante rotundas y nos dispersó en un santiamén. Usaron porras, gases y, como todo el mundo recuerda, balas de goma.

Al día siguiente, Mas reconoció que había manifestaciones contra su política presupuestaria, pero tiró de ingenio y destacó a todos los millones de personas que no se manifestaron. A esos, que eran la mayoría, les nombró "la mayoría silenciosa" y dijo que el gobierno catalán trabaja para ellos, para la mayoría silenciosa. Y no para la minoría bullangosa. Y se quedó tan pancho. Da rabia que digan eso cuando todavía sientes las agujetas por el par de buenas carreras que te has pegado por las calles ante las porras displicentes de los Mozos de Escuadra, pero hay que reconerle a Mas algo de razón. Luego deberíamos pensar porqué tanta gente se queda en casa y todo eso, pero su frase sobre "la mayoría silenciosa" contenía una verdad objetiva.

Muchos años atrás, cuando yo era niño, mi abuelo me contó una anécdota del Rey Alfonso XIII, que sucedió durante una visita del monarca a Barcelona. El alcalde de la ciudad acompañó al rey en un paseo por las calles y, en un momento dado, el edil, con una sonrisa de satisfacción, le dijo a don Alfonso:
-¿Lo ve, majestad, cuántas banderas españolas hay en los balcones?
Parece que el rey -siempre según la versión de mi abuelo-, miró las fachadas. Había banderas españolas, en efecto. Alfonso XIII echó sus cuentas y luego respondió:
-Pues yo veo muchas banderas catalanas.
-¿Cómo? -se exclamó el alcalde, contrariado y presa de un sudor frío- Pero si... ¡no hay ninguna!
-En cada balcón en donde no luce una bandera española hay una catalana -sentenció Alfonso. Y, a continuación, el rey pellizcó el muslo de la mujer del alcalde, que andaba a su lado.

A mi abuelo le gustaba añadir esos quiebros picantes en cualquier narración.

Mientras mi abuelo contaba la anécdota, imitando tanto al alcalde barcelonés como al rey de España e incluso a la mujer del alcalde, yo visualizaba la escena en un blanco y negro defectuoso, y veía caballos y carruajes, y escuchaba el repiqueteo de los cascos en los adoquines, y un retumbar lejano de tambores, el séquito real.

Nunca comprendí muy bien la intención de mi abuelo al contarle esa anécdota a su nieto. Mi abuelo era un hombre españolista, de orden y de Franco. El rey Alfonso XIII, que era el rey de su infancia y su juventud, le caía bien. Mi abuelo me enseñó a jugar al ajedrez con una paciencia infinita. Le recuerdo sentado en la trastienda de la barbería, en donde vivía, en la butaca que presidía la mesa del comedor, con su chatito de vino a un lado y el tablero enfrente. Y recuerdo la radio, muy acercada a su oído, porqué el abuelo se estaba quedando sordo. Una emisora de música clásica. Siempre escuchaba retransmisiones de ópera. En mis recuerdos de niño, existe una emisora de radio que siempre retransmitía ópera, todos los días a todas horas. Luego supe que ese es uno de esos recuerdos falsos que nos construímos. Lo que llamamos "realidad" es eso, en su mayor parte.

22 de set. 2017

500 escritores catalanes


-Oye, me han dicho que 500 escritores catalanes han publicado un manifiesto en favor de la independencia de Cataluña -me comenta una amiga, y con cierta sorna me pregunta:- No estarás tu entre ellos por casualidad, ¿no?

Por toda respuesta arqueo una ceja (no se si la izquierda o la otra). Más tarde y más sosegado, ya en casa, me informo. Es cierto. El manifiesto existe y se ha publicado hoy, viernes 22 de septiembre. A eso se le llama tener el don de la oportunidad, que no es don divino. Mi primer impulso es abrir el enlace al manifiesto que ha dejado un periódico y ver la lista. Mi primer impulso, el irracional, es leerme la lista y anotarme mentalmente a quién no debo leer nunca más. Pero luego me llega, por fortuna y con esfuerzo, la voz de la conciencia razonada. Y la voz de la conciencia razonada me recomienda no hacer eso. Así que no abro el enlace. Prefiero la duda, que es buena. E incluso la ignorancia, que no es tan buena pero muchas veces saludable.

Me siento en el sofá. Me siento mal. Mal conmigo mismo. Y además estoy resfriado. El primer resfriado del otoño. Me cuestiono un montón de cosas. La primera: ¿hay más de 500 escritores en Cataluña?. Parece que si, aunque desconozco el censo de escritores de mi región. Luego: ¿es inteligente publicar eso cuando la tensión social ha rebasado lo imaginable?. Tercera: si un escritor es alguien que piensa lo que escribe (y lo piensa antes de escribirlo) ¿no sería mucho mejor abogar por el diálogo y el entendimiento?. Pero, a decir verdad, ninguna de esas tres preguntas me entretienen mucho rato, ni tan solo me preocupan. Lo que me duele es lo anterior: haber tenido aquél primer impulso, el de elaborar una lista de personas a las que no quiero leer. Es eso lo que me jode, hablando en vulgar. ¿Quién me ha hecho esto? ¿Porqué pienso así, aunque solo sea por un instante, aunque luego recapacite y me eche atrás? ¿Qué me está pasando, qué nos está pasando?

Años atrás, leía todo lo que me llegaba. Me daba lo mismo ciencia ficción de kiosko que un novelón de Proust. No había prejuicios de ninguna clase. De cada libro aprendía algo, de todos me llevaba un regalo. Luego uno adquiere un cierto criterio y selecciona, se organiza una lista de nombres o de asuntos. Con la música me pasaba lo mismo: me dijeron que la música de  Wagner inspiró el nazismo, o que Wagner fue un protonazi. Pero a mi me gustaba tanto Wagner que no me importaba nada lo que me dijeran de él. Leí a Céline, acusado de colaboracionista y de filonazi. Leí a Karl Hans Strobl, indiscutiblemente nazi, nazi con carnet del partido de Hitler. Leí a escritores falangistas, ex-falangistas. A pesar del criterio selectivo y esas cosas, la ideología de un artista jamás me fue un obstáculo. Siempre pensé, de mi, que era un tipo sin prejuicios importantes por lo que respecta al arte.

Esa actitud me permitió leer a Josep Pla y a Baltasar Porcel. Del primero pasé por alto su militancia tan activa en el franquismo y del segundo su actitud genuflexa ante Pujol, tan vergonzante. Joan Perucho, uno de mis autores preferidos, fué un hombre de derechas y muy conservador, pero sus textos todavía me parecen de lo mejor que he leído en catalán. Me entusiasmó Álvaro Cunqueiro. Ídem para con Jorge Luis Borges.

Pero la vida pasa, y los acontecimientos se suceden, y todo cambia. Llega un día, nefasto, en que uno descubre que quizás no era tan predispuesto ni tan tolerante. Y eso jode, porqué hay que aceptarlo. Hay que aceptarse por lo menos, pero no solo eso, ya que luego se debe pensar qué ha pasado, qué demonios ha pasado. En La Guerra de las Galaxias eso se llama "pasarse al lado oscuro". En el lenguaje del simbolismo, eso es "descender al infierno".

Debo contar otro suceso. Otro suceso feo y desagradable que me ha acontecido.

Hay en Cataluña un cantautor que me gusta mucho, un hombre joven cuya música me parece excelente, delicada, elaborada, culta. Incluso exquisita. Tengo varios discos de él. Los escucho a menudo. Tiene una gran sensibilidad y una habilidad majestuosa para adaptar poesías de poetas a los que admiro, como Jacinto Verdaguer. El otro día me enteré de que ese cantautor daba un concierto en un pueblo más o menos cercano, y me dispuse a organizarme para ir a verle. Aunque el concierto lo da en viernes, me sentía capaz de desplazarme más de 100 quilómetros sin dudar. Ya dormiré otro día, me dije.

Pero justo al día siguiente descubro que el músico se ha posicionado a favor de la Cataluña independiente, y lo hace con exclamaciones que me sorprenden: usa los mismos eslóganes del poder catalán. Ni tan solo se esfuerza en versionarlos a su manera. Repite consignas.

Lo primero es la decepeción. Una decepción profunda, dolorosa. Porque no me lo esperaba. Ingenuo que es uno. Luego de la decepción viene lo otro, lo desagradable. Y decido que no iré al concierto. No me quiero exponer a ver banderas entre el público, no voy a ser capaz de escuchar probables y posibles discursos independentistas entre canción y canción, y no me quiero sentir enmedio de un público que se lanza a dar gritos de in-inde-independència.

Hay un instante en el que me digo que quizás debería intentarlo. Ir al concierto y aguantar, y pensar solo en la música y en el arte en definitiva, que es lo que importa de veras. Me digo que quizás debo ir y tomármelo como una terapia de tolerancia o algo así, y poder decirme a mi mismo que todavía soy aquél hombre sin prejuicios que fui. Pero eso es algo tan absurdo como decirme que todavía soy joven. No lo soy. Soy un tipo imperfecto al que las circunstancias le han vuelto receloso. Por lo menos en ese asunto. Y decido que no, que no me quiero ver enmedio de eso.

Sería fácil decir que de ese problema que tengo yo tienen la culpa los otros. Que el origen del problema son los demás, sus griteríos y sus desfiles de banderas para asustar, para dividir. Que el problema es de ellos, de sus eslóganes, de su fanatismo. El nacionalismo me da pavor. Pero debo ser honesto y ponerme ante el espejo. Algo malo me ha sucedido, algo feo. Eso es como un cáncer, como el cáncer de útero que se llevó a mi madre pero un cáncer del alma. Me prometo a mi mismo que voy a pensar en ello y me comprometo a hacerlo. Siento una pena enorme. Siento pena por mi, claro está. Todos tenemos ese "yo" que nos oprime y nos conculca. Pero también siento pena por todos, por todo. Por lo que se ha roto, por lo que se ha roto y nadie tiene previsto como coserlo luego. Me siento mal. Creo que no voy a tirar los discos de ese músico, me esforzaré en escucharlos mientras tengo en cuenta solo su arte. Tal como lo supe hacer antaño.

Mi desesperación y mi pena es eso: no me esperaba vivir eso, nada de todo eso. Pensaba que esa pena solo la iba a conocer por los libros antiguos, en novelas del romanticismo oscuro. Nunca sospeché que yo, pasados los cincuenta, podría ser como un personaje de una novela del romanticismo oscuro. Me equivoqué.

Pienso que debería recogerme en el silencio. Meditar ante un espejo. También pienso que alguien, otros, deberían pensar sobre su adhesión eufórica hacia la división y la partición, y hacerse preguntas. Pero dudo que lo hagan. Dudo que lo hagan por lo menos ahora, en este momento. Hay algo que no se lo perdonaré nunca y es eso lo que me jode, que me hayan traído resentimiento y prejuicios. Porqué una vez más allá de los cincuenta no se si me va a dar tiempo para corregirlo.

Yo os maldigo, les diría. Si tuviera la convicción o la fuerza para hacerlo. Pero no las tengo.

18 de set. 2017

Sara y la democracia


Un aula de primaria, con 27 niños y niñas. Los hay hijos de marroquíes, de catalanes, de andaluces. Los hay gitanos, los hay latinoamericanos. Afortunadamente, hoy, un aula de una escuela, en mi país, es uno de los más bellos (y más complejos) ejemplos de convivencia. Es eso que algunos llaman "diversidad", aunque no sepan muy bien de qué hablan. Hay quien nombra a la diversidad como quien nombra "verde", como algo objetivable. O quién la nombra como quien nombra a la "alegría", sin saber.
Un día, en la charla de la mañana, Sara pide la palabra y cuenta que le parece mal salir al patio a las 11 y media y hacer solo media hora de patio. Sara tiene sus razones, y creo que debo escucharlas. Para eso estamos. Le pido a Sara que desarrolle mejor su queja y que exponga su propuesta, porqué intuyo que lleva una propuesta pensada.
Pero entonces Sara, que digo yo que debe llevar mucho tiempo meditando el asunto, dice:
-Las 11 y media es muy tarde, y media hora de patio es muy poco. Somos niños y necesitamos salir al aire libre y necesitamos jugar. Es nuestro derecho. He decidido que saldré al patio a las 10 y media y haré una hora de patio.
-Bueno, Sara -le respondo- Vamos a hablar de eso.
-No tengo nada que hablar. Saldré al patio a las 10 y media si o si, y haré una hora de patio.
Intento contarle a Sara que eso no es tan fácil, ya que los horarios del patio están pensados para todos los niños de la escuela, ya que el patio es pequeño y no cabemos todos, y debemos repartirnos por turnos para poder jugar con espacio, con tranquilidad, sin embrollos. Ella, enfurruñada, vuelve a levantar la mano para intervenir de nuevo. Sara es muy lista, incluso astuta.
-Los derechos universales de la infancia... -y me recita algunos, bien aprendidos de memoria, de corazón.
De nuevo me esfuerzo en contarle a Sara que lo que ella reivindica es un deseo, pero que nuestros deseos no contienen siempre un derecho. Hay deseos que son legítimos, y naturales, pero no todos conllevan un derecho fundamental. Incluso hay derechos que no implican la obligación de ser satisfechos por parte de la institución. Le pongo un ejemplo: en la Constitución se habla del derecho a la vivienda. Pero el estado no está obligado a darnos un chalé a cada uno. Le hablo del posible derecho a ser feliz, por ejemplo, para ponerle ejemplos de derechos...
-Vamos a votarlo -me espeta Sara- Vamos a votar a qué hora salimos al patio y cuánto tiempo nos pasamos en él. Tu siempre dices que hay que votar para decidir cosas, así que vamos a votar.

Caigo en la cuenta de que Sara me está acorralando, y de que ya es demasiado tarde, porqué he cometido un error: he accedido a discutir en sus términos, he caído en su trampa. Como dije, Sara no solo es lista: también es astuta. De modo que todos mis argumentos, a partir de ahora, van a ser margaritas a los cerdos. Aún así, sabiendo eso, le suelto otro argumento, bonifacio que es uno:
-Mira, Sara, no podemos votar nosotros un cambio de horario porqué ese cambio de nuestro horario de patio afectaría a toda la escuela, a todos los niños y niñas de todas las otras clases.
-Tengo derecho a votar. Me lo ha dicho mi padre -me interrumpe ella- Tenemos derecho a votar.

Al cabo de unos minutos me doy cuenta de que solo está hablando Sara. Intento promover más opiniones. Algunos, poco a poco, con timidez, exponen otros puntos de vista. Hay niños que creen que la distribución de los horarios del cole es buena, hay niños que opinan que hay que organizarse con orden, y que tener normas para todos es bueno, ya que, al fin y al cabo, des de P3 hasta Sexto todos hacemos patio por igual y está bien ser tratados todos por igual. Alguno dice que no nos podemos quejar, ya que en esta clase tenemos más profes de refuerzo que en otras porqué somos muchos y de países distintos, y que en nuestros estantes de los juegos tenemos más juegos que los mayores, porqué los mayores no necesitan jugar tanto. Hay niños que no se atreven a opinar: son amigos de Sara pero a la vez les cae bien el maestro y se sienten perdidos en un territorio difícil, en donde sus emociones y sus sentimientos van a exponerse demasiado y, al fin y al cabo, no veían ningún conflicto en los horarios escolares. Nunca habían pensado en ello. La clase es un espacio acogedor, deben pensar, y también nos lo pasamos bien aquí. Quizás estaría bien tener más tiempo de patio, claro, pero intuyen que los bienes comunes hay que repartirlos. A uno se le ocurre pedir que pongan una piscina en el patio y todos nos reímos. Ese comentario, como agua de mayo, le quita hierro al asunto. Nos ponemos a imaginar: ¿qué más podríamos tener, aparte de una piscina?

Una zona de sofás y sombrillas, para sentarnos a desayunar. Un circuito de bicicletas con bicicletas para todos. Un jardín con flores, y con flores variadas, para que todo el año haya flores. Que vengan mariposas de colores a nuestro jardín. Gatos que jueguen a cazar mariposas pero que no las cacen. Un tobogán que vaya del balcón de mi casa hasta la puerta del cole, para llegar resbalando cada día por la mañana. Un puesto de bocadillos gratis. Intento que Sara se apunte a soñar su mundo ideal, pero Sara sigue enfurruñada. ¡Y yo que pensaba que, con eso, Sara comprendería la diferencia entre el deseo y el derecho, y que comprendería que votar no siempre puede resolver los conflictos...!

Termina el día y no he convencido a Sara. Y percibo que los niños andan cada vez más divididos, más enfrentados entre ellos. Me voy triste para casa, meditabundo. Hay algo que no he hecho bien, me pregunto qué es y no lo descubro. Pienso en los que se callan, en los que se suman a eslóganes fáciles, en los que acatan con demasiada facilidad.

Por la noche me digo que debo creer en el poder de la palabra y del diálogo, que debo mantenerme fiel en creer en eso, en el diálogo, porqué no le veo otra salida. Discutir, hablar, hablar hasta el infinito, exponer, exponerse, mostrar dudas, temores, deseos. Y respetarlo todo para poder integrarles a todos en un diálogo en que convivan razones y emociones, las normas y las objeciones a las normas. Somos solo 27 niños y niñas, más yo. Debo conseguirlo. De otro modo, no le veo esperanza alguna. No ya para esos 27, si no para la humanidad entera.

15 de set. 2017

Bienvenidos al Sector Montserrat


Algunas imágenes del Sector Montserrat

Estas calles, y los bloques que se levantan entre ellas, forman el Sector Montserrat. La palabra "Sector" es casi un mote, un alias, como el "Alergias". Un "Sector" indica una comunidad de vecinos que no atisban la categoría de barrio, un sector es la clase baja de los barrios. En mi ciudad, el Sector Montserrat es un grupo de viviendas ("viviendas" mejor que "casas") que pertenecen al barrio de Vilardell, que es entidad de mayor envergadura, con nombre de barrio y hasta dispone de fiesta mayor, en septiembre. Intuyo que ese Vilardell hace mención a un antigua masía, barrida por el viento y engullida en el polvo de la historia. Intuyo que eso fue Can Vilardell, pero perdió el "Can", tal como se pierden los perros por las noches.

Lo he preguntado por el barrio y nadie me ha ha sabido dar noticias de Can Vilardell. Apenas si pronuncian Vilardell como la prosodia catalana exige. En el Sector Montserrat se habla (por orden de mayor a menor número de hablantes): árabe, castellano. Los niños conocen el catalán, porqué es la lengua de las aulas de la escuela. Casi todos son magrebíes, aunque sobrevive una minúscula comunidad gitana y hay una presencia testimonial de familias latinoamericanas.

Los bloques se construyeron hace muchos años, cuando, después de las riadas que se llevaron vidas de pobres, chabolas y viejos talleres, hubo que realojar a los supervivientes. El generalísimo ordenó construir esos bloques, y constructores muy catalanes y muy avispados (perdón por la redundancia) levantaron pisos exiguos y apresurados, apresurados esos constructores, catalanes todos, por cobrar el dinero. Coge el dinero y corre. Corre para la Cerdaña o el Ampurdán. Y el dinero, para Andorra. Como el Muy Inefable.

Dicen que eso es un gueto. Aunque al tanto con la palabra "gueto", porqué hace poco escuché una tertulia radiofónica en una emisora de obediencia catalanista en la que el grupo de tertulianos, todos tan locuaces como agudos, cultos y patriotas, dijeron que eso del "gueto" no es para tanto, ya que también hay guetos de ricos, como Pedralbes, o guetos de pijos, como Gràcia. Eso sí me da gracia: "guetos" de ricos. Cuando alguien se ha comprometido solemnemente a destruir lo que queda de la lucha de clases termina por soltar cosas como esa, como que hay "guetos" de ricos. Y los ricos también lloran, podrían añadir. Alguien debería explicarles a esos esforzados tertulianos del músculo patriota la diferencia que hay entre dos fenómenos: cuando muchos ricos quieren vivir en un barrio, como Pedralbes o Gràcia, lo que pasa en el barrio es que suben los precios de los pisos. Cuando muchos pobres migrantes van a vivir a un barrio del cual los autóctonos, algo menos pobres, se van, eso sí es un gueto. Y los precios bajan.

Ese sector Montserrat es el sector en el que hay una escuela, una escuelita, y en esa escuelita es donde trabajo. Me siento cómodo y bien aquí. Esos niños me recuerdan al niño que fui, pobre y algo desgarbado. Niños y niñas que tienen cuatro cosas. A veces tienen tres, pero jamás cinco. Y las tres o cuatro cosas que tienen las cuidan con celo, aunque a veces uno usa el lápiz a modo de proyectil norcoreano, cuando le cabrean demasiado. Para la mayor parte de esos niños, el sector Montserrat es el mundo. Casi nunca salen de él. Hay varios, los más afortunados, que se van, en verano, al pueblo de sus padres, en Marruecos. Para esos, el sector Montserrat es Europa. El sector Montserrat es la concreción del mundo desarrollado y moderno, el mundo rico, Cataluña. A escasos metros del grupo de viviendas del sector Montserrat está la Riera de las Arenas, que solo lleva agua una vez cada 40 años y cuando eso sucede, el agua se lleva a los pobres. Y entonces los constructores catalanes y avispados se frotan las manos. "Vaya por Dios", exclaman muy compungidos "¡Qué horrible desgracia, pobre gente... habrá que construir de nuevo!".

Ibrahim tiene 7 años y no sabe nada de toda esa historia. Y es prematuro contársela. Pero algún día la va a conocer, porqué Ibrahim, además de ser un chaval despierto es preguntón, y abre esos ojazos moros de aceituna mora para escudriñarlo todo. Ibrahim sabrá lo que yo se y sabrá mucho más que yo, y vamos a ver qué conclusiones sacará del asunto. Por el momento, Ibrahim es como una crisálide.

Espero que cuando Ibrahim desarrolle sus alas y eche a volar no se choque con los bloques del sector Montserrat ni con los de ningún otro sector, que no se choque con la estupidez ni contra la astucia de esos algunos catalanes que, de tan listos como son, han cerrado el círculo de la listeza y han vuelto a ignorantes.

para Ibrahim

11 de set. 2017

El silencio y la cobardía

Resultat d'imatges de silencio

Hoy, ahora, cuando escribo estas líneas, hoy, digo, es día 11 de septiembre del año 2017. Des de hoy y hasta después del día 2 de octubre por lo menos, en este blog no voy a expresar ninguna idea política ni ideológica sobre el independentismo catalán, ni sobre nacionalismo de ninguna nación, ni sobre banderas de ninguna clase. Tampoco lo voy a hacer en la página de facebook.

Por fortuna, quienes sentimos cierto espíritu crítico y quienes gustamos del análisis del mundo a nuestro alrededor tenemos muchos asuntos interesantes de los que tratar. Asuntos en los que pensar. En mi caso, literatura, educación, cine, paisajes, ciudadanía, historia. Esos por lo menos. Así que, callarme durante unas semanas en uno de esos asuntos no es, en verdad, nada trágico.

Hoy, antes de ponerme a escribir, he repasado los artículos del blog y descubro que el primer texto referente al nacionalismo catalán lo escribí en 2010. Son siete años ya. Siete años de mostrar mis ideas a quien quiera leerlas, siete años de debate, de pensamiento más o menos elaborado y a veces precipitado. La desesperación o su atisbo, ahora lo leo, siempre ha estado ahí.

Las multitudes con banderas desfilando por las calles dan mucho miedo. Los que desfilan con banderas lo saben. Yo se que ellos saben que me dan miedo. Todos sabemos que jugamos al miedo. Asustar al otro, al otro que es el enemigo. Convertir al otro en un enemigo asustado. Ese es el juego. Eso me asusta y me desespera. Porqué no había pensado jamás en que eso pudiese suceder en el siglo XXI.

Empecé hablando sobre algo que parecía pequeño por entonces, el "soberanismo", una palabra que apenas significaba nada concreto en 2010. El soberanismo parecía algo leve, incipiente. Una extensión del viejo victimismo pujolista. No intuí que eso era el huevo de una serpiente, aunque la serpiente puso el huevo muchos años atrás y nadie se dió cuenta. Lo cuento, para dejarlo bien claro: nunca he ocultado lo que pienso. Nunca me he callado. Y des del principo supe que exponer mis ideas políticas significaba asumir un riesgo. Exponer mis ideas me ha costado, por ejemplo, perder amistades de muchos años. Y eso es una pérdida sin paliativos: una pérdida. Si me hubiese callado, si jamás hubiese escrito nada al respecto del independentismo catalán, hoy no habría perdido esa amistad que para mi era importante. Las amistades no se pueden intercambiar, no se pueden recambiar. Como un brazo o una pierna, cuando alguien pierde, pierde.

Sin embargo, siento que ha llegado el momento de callarse. Por lo menos por un tiempo, del cual no se los plazos, la extensión. Podría ser para siempre o quizás por unas semanas, unos meses. Y lo hago, me callo. Percibo una tensión llevada demasiado lejos a mi alrededor y dudo que me sienta bien con tanta tensión tanto tiempo. Hay una voluntad de llevar el conflicto hasta donde haga falta, una voluntad de crear frentes irreconciliables, de enfrentar a catalanes contra catalanes. Y en ese enfrentamiento todos vamos a salir perdiendo. No habrá vencedores pero si habrá vencidos. Muchos.

Como algunos saben, además de mi labor cotidiana como docente, también escribo y publico. Novelas más que otra cosa. No muchas: a mis 52 años he publicado cinco de ellas, más varios cuentos en revistas, en una edición digital, en algunos compendios. Y luego están los artículos en este blog y en otro, más algunos en una revista virtual. Escribo en catalán y en castellano, ya que ambas lenguas me interesan y las amo, y aspiro a conocerlas y a dominarlas lo mejor que pueda. Para mi, haber nacido en un país bilingüe es de lo mejor que me ha pasado. Poder leer en versión original tanto a March como a Marsé, a Vargas Llosa y a Ruyra, a Zambrano y a Pujols, a Padura y a Pedrolo, a García Márquez como a Verdaguer es una fortuna de dimensiones cósmicas.

Mi posicionamiento público respecto al independentismo me ha situado en una posición paradójica: a la mayoría de los lectores catalanes les disgusta que no sea independentista y lo proclame, y por lo tanto muchos han dejado de leerme. Algunos lectores de los que me leen en castellano lamentan que no publique en catalán, ya que no saben o no quieren leer en catalán. Cualquier persona que escribe pretende, más que nada, ser leída. No se trata tan solo de una cuestión de egolatría: se trata de establecer puentes y comunicación con los demás, de construir. En la génesis del lenguaje humano (aquel lejano balbuceo de hace cientos de miles de años) solo había deseo de comunicar algo. Todavía no existían los idiomas ni las naciones, ni los idiomas nacionales. Como mucho, las tribus. Pero ante todo, existía el yo y el otro. Nada más. Y el deseo de contarle algo al otro.

Por eso ahora toca el silencio. No el silencio absoluto, pero si el silencio que la prudencia recomienda ante el asunto nacionalista. Nadie quiere perder cosas importantes: amigos, personas con quienes hablar. Pero quiero contarlo así, porqué no estoy dispuesto a ser tildado de cobarde sin más. Tras siete años poniendo por escrito mis ideas y mi posición ante el independentismo catalán, no quiero ser acusado de cobarde. Aunque no veo nada malo en la cobardía ni en el miedo, tan humanos y tan comprensibles como sus opuestos. O como el amor, la pena y la tristeza.

A día de hoy siento miedo y desesperación. Y mucha pena, sobretodo. Porqué me doy cuenta de que hay un ánimo muy generalizado de dinamitar puentes. Que todas las partes ansían a dinamita que hunde los puentes (con honrosas excpeciones, es cierto, pero a esas excepciones en donde sobrevive la esperanza del diálogo -milagrosamente- se las vapulea y se las maltrata, y se las acusa de tibieza y de cobardía, cuando no de traición). Todo es tan grave y tan lamentable que he decidido callarme. Creo que Stephan Zweig llegó a una conclusión parecida, poco antes del suicidio.

Al principio de todo ese embrollo alguien me aconsejó callarme. Lo recuerdo muy bien. Por tu propio bien, me dijo. Y yo le respondí que, de callarme, nada. Que no pensaba callarme por un principio moral, porqué creo que la ciudadanía se ejerce, sobretodo, expresando las ideas que uno tiene. Pero ha triunfado lo opuesto a esa idea de la ciudadanía y ahora siento miedo además de pena. Y por fin, muy apenado, descubro que debo callarme por mi propio bien, que es el único bien que posee quien, como yo, no tiene hacienda ni millones en ningún lado y vive de su trabajo y pretende escribir para ser leído. Leído por el máximo número de personas.

Parece una paradoja y lo es: para poder comunicarme debo callarme.