12 d’abr. 2019

Cataluña poético-testosterónica

Resultat d'imatges de la iliada

Cuando le conocí, el poeta patriota cuyo nombre aparece en La Ilíada era muy joven. Delgado, casi escuálido, con unos grandes ojos negros que escrutan a los demás por debajo de unos mechones azabaches, relucientes de charol, por encima de una boca clausurada en un mohín ligero, imperceptible, una sonrisa leve a mitad de camino entre la sonrisa ingenua del niño y la maléfica del cínico provecto. El poeta muy joven observaba y se callaba. Era un poeta que acudía a recoger un premio. Yo, por aquel entonces, andaba medio metido en el teatro amateur y me habían premiado por una pieza teatral breve, y por eso nos sentaron en la misma mesa. En la misma mesa en la que también estaba un tipo muy parlanchín, rubio y egocéntrico, superlativo y gesticulador, que consiguió convertirse en el centro de atención de una larguísima comida sin perder jamás el buen ritmo de sus chistes y ocurrencias. Eso sucedió en Blanes hace ya más de... ¡diablos! más de 20 años.

Estábamos en un restaurante con vistas al mar. Una tormenta reciente había engullido gran parte de la playa y las paredes del local (unas cristaleras algo anticuadas, bellamente arruinadas por el salitre) temblaban a dos metros escasos de las olas. Si uno se asomaba al ventanal percibía una sensación de peligro impreciso, como en un sueño. El día era desapacible, gris, tristón.

Terminada la comilona, sobre las seis de la tarde, llegó la hora de los parlamentos. Los premios los entregaba un Consejero de Cultura alto y tontorrón, que pudiera haber hecho carrera en el baloncesto pero eligió la política, al pairo solariego de Pujol y familia. A los premiados nos dió un trofeo feo (el mío se me perdió poco más tarde en la papelera pública más próxima al restaurante) y nos introdujo un sobre en el bolsillo con 250.000 pesetas libres de impuestos y en billetes pequeños. Los billetes los retuve y lo ingresé el lunes siguiente en una sucursal de Banca Catalana (1) dirigida por una concejal de Esquerra Republicana de Cataluña. Al efebo de la sonrisa callada también le dieron un trofeo y un sobre con billetes. El tipo parlanchín de la mesa montó en cólera pocos segundos más tarde de lo de los sobres y lió un barullo efímero: se sentía engañado, ya que (por teléfono) le hicieron creer que estaba premiado cuando, en realidad, no lo estaba. El descubrimiento de la verdad le hinchó las venas del rostro y desapareció enseguida, no sin antes compensar su disgusto arrasando con el alcohol disponible en las mesas, que no era nada desdeñable.

El chico cuyo nombre aparece en La Ilíada ganó el premio de poesía en aquella ocasión. Creo que ya lo dije: era un poeta. Yo abandoné la escritura teatral poco más tarde del evento, que sucedió en la villa de Blanes. No se si ya había dicho que sucedió en Blanes, que es uno de los escenarios de la mejor novela de Juan Marsé, y la villa en donde vivió Roberto Bolaño hasta el fin de sus días.

Al poeta cuyo nombre aparece en La Ilíada le perdí la pista durante muchos años, ya que siempre he sido un miserable lector de poesía y la catalana en catalán, en concreto, siempre me ha importado un bledo.

Años más tarde reencontré en la prensa al joven poeta premiado en Blanes. Le encontré en la prensa nacionalista. Se había convertido en un joven profesor de derecho (el tipo está provisto de un cerebro envidiable). Se había metido en política y aparecía en una lista del soberanismo catalán pre-procesista, al lado de otro jurista y de uno que fue presidente de un club de fútbol. La élite oscura. Así que, unos años más tarde, el efebo mantenía su aspecto de ídem pero había conquistado la locuacidad, aunque era la locuacidad propia de los tímidos: el antiguo petimetre poeta era, ahora, un tipo agresivo y mordaz pero solo en el terreno virtual. Profesaba un nacionalismo aguerrido, beligerante, más de Aquiles que de Ulises.

Hace pocos días encontré de nuevo al que fuera un poeta jovenzuelo y premiado. Le hallé otra vez en las redes. El que fué un joven poeta algo bucólico, con toques místicos y sintaxis filosófica, escribe hoy sobre la urgencia de la patria catalana, sobre el mejor camino a seguir para que sea un estado independiente. Lamenta la debilidad de sus defensores, les exige más testosterona. Con una juventud provista de más testosterona las cosas nos irían mejor, escribe. Exige héroes o mártires.

Aquel poeta tímido y retraído que observaba y se callaba sugiere la concurrencia de cadáveres para avanzar en el plan secesionista. No se ofrece como voluntario para morir por la patria cual vulgar legionario de clase baja: los muertos deben ponerlos otros, ya que él -presumo- prefiere seguir vivo para así optar a algún cargo en la nueva república a orillas de aquel Mediterráneo que salpicaba las cristaleras del restaurante decadente de Blanes en donde le conocí, en1996.

Cada vez que le recuerdo (y mi recuerdo ya es muy vago, muy deformado) me sonrío ante el nombre heroico de que dispone quien exige heroicidad hasta la muerte de los otros para lograr un país tenebroso y lúgubre. En esas ocasiones, que no son muchas, me reprocho no haber leído sus poemas entonces. El poeta patriótico me lleva a pensar en Carlos Wieder, el poeta nazi de la deslumbrante novela de Roberto Bolaño "Estrella distante". Cuando se me ocurre el nombre de Wieder asociado al de Héctor me alegro de haber conocido al poeta que años más tarde pediría muerte y martirio en nombre de la patria. Eso es un regalo del destino: con una mente avispada y una pluma ágil, uno podría empezar con él una buena novela sobre la Cataluña de estos tristes años.

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(1). Por aquellos tiempos disponía de una cuenta corriente en Banca Catalana, no por gusto ni por ganas, si no porqué el empresario para quien trabajaba me exigía eso para poder cobrar a fin de mes. En cuanto me liberé de su empresa, cancelé aquella cuenta. Poco después, Banca Catalana desapareció.

10 d’abr. 2019

Mala uva en la tierra negra catalana




Me mandan un captura de pantalla sacada de Instagram. No dispongo de cuenta en esa red, pero me he reído un buen rato con el pantallazo. Alguien relata un suceso acontecido durante uno de esos festivales rústico-tractoriles de la cosa llamada "novela negra catalana" y que son más sonrojantes que prescindibles. Lo digo yo, que asistí a algunos y se lo que me digo: folklore infantiloide, onanismo nacionalista y ese raro supremacismo acomplejado (¡Qué gustito nos daría Lacan si pudiera asistir a uno de esos festivales, para relatarlos luego!). Intentos fallidos de transformar la ignorancia en cultureta.

La señora que cuenta el suceso expone su rostro como imagen del "tuit": debe haber pensado que la imagen del enfado vale más que mil palabras cabreadas. Es un rostro que pretende transmitir la emoción del enfado y que muestra, también, arrogancia, una soberbia más propia de la "commedia dell'arte".

Lo que cuenta la señora en el tuit es que alguien del público la puso de mala leche. La puso de mala uva porqué dijo que no le gustan las novelas (negras) escritas en catalán ni traducidas al catalán. Si es cierto lo que cuenta, me imagino su perplejidad indignada: ella pensaba que se encontraba ante un auditorio servil y sumiso, un auditorio formado por "els nostres". Y, mira tu por donde, había un discrepante. ¿Como es posible discrepar en un foro afín al régimen de la Cataluña torrezna y defensora de los "prisispilítics"? Pues vaya: allí estaba un discrepante que no solo osaba discrepar, si no que también osó hablar en público. Los indepes no están habituados a eso. No están dispuestos a aceptar la realidad, y cuando la realidad les habla se ponen muy malos. [Nota: ¿por qué piden diálogo quienes no lo quieren?] ¿Que es eso tan grave que dijo alguien del público? ¿Dijo "la república no existe, idiota"?.

Lo que dice la persona discrepante podría ser debatible en parte, pero en general lleva mucha razón y yo estoy con ella: la novela negra catalana es débil y poco atractiva. Eso no es una opinión: es una evidencia. Se venden pocos libros, lo se y me duele, pero de novela negra catalana lo normal sería que no se vendiese ni uno. La señora ofendida, por ejemplo, escribió dos novelitas y la verdad es esa: son dos pseudonovelitas soslayables. Y yo diría que ella lo sabe, que es lo más gracioso. Diría que lo sabe pero se escuda tras la "cosa nostrada". Creo, humildemente, que ella no hace novelas débiles para hacer literatura débil: hace novelas débiles para hacer país. Con lo cual tenemos eso, lo que nos merecemos: un país de mierda.

El tono de la respuesta de la señora contiene una superioridad con ribetes supremacistas que, supongo yo, justifica con su habitual "yo soy profesora de la universidad y tu no". Y es por eso que usa el adverbio "naturalmente" dos veces y en mayúscula, algo más propio del chonismo que de la alta intelectualidad, creo. No solo eso: la señora concluye que quien discrepa es un ignorante y no sabe leer. Algo parecido dijo hace poco Laura Borràs en un debate y así todos pudimos ver que la exconsejera Borràs no es la gran intelectual que nos prometieron.

Y por cierto: Cataluña siempre ha sido bilingüe, se ponga como se ponga. No existe "la lengua propia" de Cataluña, o tan propia es la catalana como la castellana, como lo prefiera. Los argumentos que pretenden argumentarse por "lo natural" no funcionan. Si usted quiere defender que la Tierra es plana, deberá argumentarlo: no vale decir "Naturalmente la Tierra es plana". Como tampoco vale afirmar que "Naturalmente Cataluña es una nación". En el orden natural, ni la Tierra es plana ni Cataluña nación. Quien defienda otra cosa deberá argumentarla con evidencias científicas, pero no con ocurrencias románticas.

Me gustaría pedirle a la señora ofendida que se calme, que se asome a la realidad, que medite, que deje de escribir durante un tiempo si eso es lo que requiere. Quizás los discrepantes le cuentan algo que debería tener en cuenta. Insisto en eso. Quizás deberíamos pensar más antes de ofendernos tan veloces. Olvídese usted por un solo instante de que es profesora universitaria (¿qué criterios usa la universidad catalana, por Dios?), y deje a un lado ese complejo de superioridad tan infundado que exhibe, ese supremacismo ridículo, esa prepotencia que pretende ocultar algo, ese ansia de notoriedad que raya lo patológico. A usted, señora, nadie osa decirle eso porqué la temen o la adulan o la soslayan o la consienten: el emperador anda desnudo. La realidad es esa: el emperador anda desnudo.

Sigan ustedes por ese camino, si lo prefieren, porqué se van a pegar un morrazo monumental. Y yo me alegraré, porqué estoy harto de tanto abuso, de tanto desprecio, de tanto supremacismo y de tanta mentira desvergonzada.

8 d’abr. 2019

La Internacional Procesista, SA.

Resultat d'imatges de panzer tamiya

La ocurrencia de internacionalizar un conflicto es muy vieja. La historia anda repleta de internacionalizadores de conflictos: romanos, cartagineses, mogoles, griegos y troyanos. Y antes que ellos, sumerios, babilonios, etc. Antes de existir las naciones, ya habían quienes pretendían llevar los conflictos prenacionales hasta la esfera preinternacional. Los neandertales (los que abortaban después del parto) procedieron a algún tipo de internacionalización de un conflicto oscuro, del que sabemos muy poco. Eso sucedió en cuanto les atacamos nosotros, los cromañones, quienes les invadimos y les quitamos su lengua y su cultura. Les neandertales no se fueron ni a Estrasburgo ni a La Haya ni a Bruselas ni a Massachussets, pero intentaron contar su conflicto: la prueba está en que, a día hoy, lo conocemos. A los neandertales les juzgaron a todos.

Éric Vuillard, en su grandioso "El orden del día", cuenta otro conflicto internacionalizado: el que promovió el gobierno nazi alemán. Empezaron por una anexión incruenta (?), la de Austria, y luego la de los Sudetes, y luego la de Eslovaquia (los indepes eslovacos les apoyaron con gusto, solo por joder a los checos), y luego Polonia y etc. Al final, los nazis internacionalizaron de veras el conflicto, un conflicto nacionalista que se resolvió por el módico precio de más de 20 millones de muertos. El nacionalismo tiende a internacionalizar y luego, a matar. Y, al final, a morir. Entre el nacionalismo y la muerte no hay distancias ni vergüenzas.

A Alfred Bosch (consejero de "Exteriores" de una autonomía española en decadencia libre), un novelista inane y prescindible, le estamos pagando a escote para que internacionalice el conflicto que se han inventado los suyos. Su labor es más bien risible, y el resultado de sus carísimas acciones un fracaso evidente. Es por eso que yo, humildemente, le sugiero una estrategia.

Señor Alfred Bosch:
Busque usted amigos en Valencia que le monten un altercado de talante pancatalanista (ya sabe, el rollito de los "països catalanets") cuya finalidad sea provocar la represión policial. En cuanto esta represión se produzca, pídales a los represaliados que pidan ayuda a Cataluña, y entonces mándeles usted un par de divisiones de Panzermossos (esa nueva división que está creando el señor de Waterloo a través del mayordomo Quimet). Anexiónese usted la Comunidad Valenciana, sin miedo y sin rubor, y exhiba (por Tv3, of course) imágenes de valencianos felices agitando banderitas catalanas ante el desfile de la división Panzermossos que penetran en territorio levantino. No se olvide, querido ministro de la internacionalización, de haberle encargado previamente a Jordi Bilbeny un amplio informe sobre la voluntad pancatalana de Valencia, con especial énfasis en el deseo milenario de los súbditos valencianos por pasar a ser súbditos de la corona catalana. (Nota: si le resulta difícil dar con el señor Bilbeny en Cataluña, pruebe en el sanatorio de Mondragón que, por estar en territorio vasco, simpatiza con el asunto que nos ocupa).

Señor Alfred, ministro de la cosa internacional: ante su incapacidad tantas veces manifiesta por pergeñar una novela (de cuya incapacidad infiero su dificultad para organizar ninguna estrategia internacionalizadora de su delirio), hágame caso y proceda según le he sugerido. Lo que le he sugerido es novelesco, pero usted lo comprenderá.

Y no, no me de nada a cambio, ministro Alfred. No le pido nada. Lo hago por compasión hacia usted. Pero... ¡ah!, bueno, si: una cosa si le pido, y casi se me olvida: que me facilite los trámites para obtener el pasaporte y poder emigrar a España sin problemas ni inconvenientes ni molestias. Y que me facilite, a poder ser, el estatuto de exiliado político ya que yo, a diferencia del señorito de Waterloo, no dispongo de cargos ni de privilegios ni de hacienda ni de propiedades, por lo cual mi exilio sería indoloro para la patria que usted defiende. Que el Dios Francesc Macià y su hijo  Guifredo el Peludo le guarden muchos años, amén, hermanos iros en paz.

5 d’abr. 2019

La lengua del debate

Resultat d'imatges de friki indepe

Asistí a un debate sobre migración e identidad del migrante en mi pequeña ciudad. Fue un viernes por la tarde, de una tarde lluviosa de abril. Llevábamos siete semanas sin oler la lluvia, y quizás el regreso del fenómeno hizo que los asistentes fuésemos poquitos. Algunos autóctonos y, los demás, inmigrantes: de Senegal, Marruecos y la República Dominicana. En la mesa de los ponentes estaba un autóctono, aunque hijo de emigrantes andaluces.

La presentadora del acto, marroquí de origen, presentó a los invitados en lengua castellana, y en ese idioma se desarrolló todo el evento. A pocos metros de mi asiento estaba el de una señora muy bien vestida, traje chaqueta y demás, y lacito amarillo en la solapa, todo ello reivindicativo de la identidad de clase alta local (tan alta como rancia). El único lacito de la sala, a Dios gracias (y a Alá también). La señora del traje chaqueta con lazo gualdo es la directora de una de esas instituciones públicas que velan por el conocimiento y la difusión de la lengua catalana, institución que emana de aquella "Ley de Normalización Lingüística" que parió el sátrapa de la Avenida General Mitre. El semblante de la señora, que amaneció deslumbrante en su llegada, ensombreció paulatinamente, a medida que contemplaba el fracaso de su labor de apariencia evangélica pero de corazón totalitario e inquisitorial.

Uno de los debatientes hizo una mención, más bien de soslayo, acerca de la cuestión de que al inmigrante se le acepta más o menos en función del uso que haga de una determinada lengua. Una determinada lengua que no hace falta nombrar, una de las dos lenguas oficiales en Cataluña, y de las dos oficiales la que pretende ser hegemónica, y en cuyo intento de hegemonía se invierten grandes cantidades de dineros públicos, salidos de los impuestos que pagamos todos y no solo los usuarios de la lengua que quiere ser hegemónica y única y vehicular en las escuelas.

La mirada del inmigrante sobre la sociedad que le acoge (si acaso eso sucede, y eso no está nada claro) es muy interesante y conviene conocerla: no vaya a ser que el asunto de la "integración" siga viéndose como un esfuerzo que debe hacer el que llega, sin que el autóctono deba moverse ni un milímetro de sus posición. "¡Que se integren!" se oye a menudo y todos lo sabemos.

El representante de la comunidad senegalesa lo contó muy bien y con pocas palabras: la integración apela a las dos comunidades y no puede recaer en una sola. Si recae en una sola (la del inmigrante) eso se llama, más bien, asimilación.

Me acordé entonces de una vieja anécdota, referida a un pariente político y lejano, que al final de los años 40 emigró a la Argentina porqué no veía nada claro su futuro en la Cataluña de entonces, la España de la postguerra. Como el pariente hizo una buena carrera profesional en América y adquirió una cierta fama dentro de su campo, a su regreso, ya muy mayor (volvió para morir en Barcelona), dió algunas conferencias, que fueron charlas más bien íntimas. En esas charlas siempre repitió lo mismo: "Des de que puse los pies en Argentina, solo tenía un objetivo en mi mente: no perder mi identidad catalana. Viví en catalán, comí en catalán, pensé en catalán. No, no me dejé aculturizar ni me integré". El público aplaudía, satisfecho y con brío patriótico.

Ese mismo público (a muchos les conocía, cuanto menos de referencias) es el que grita "¡Que se integren!" ante los inmigrantes marroquíes, senegaleses y dominicanos, el mísmo público que antes de eso gritó "¡Que se integren!" ante los andaluces, murcianos y gallegos. "Parece mentira, protestaban, lleva treinta años en Cataluña y vive como un andaluz: ¡siempre con sus sevillanas y jamás una sola sardana!".

2 d’abr. 2019

El nacionalismo catalán mató a la cultura catalana

Resultat d'imatges de omnium cultural

"Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura. En adelante escribiré mis poemas con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar".

Así empieza el noveno capítulo, el penúltimo de Estrella distante, novela breve de Roberto Bolaño escrita en 1997. Ese es el primer párrafo. A continuación, el narrador prosigue con la narración en el punto en donde la había suspendido al fin del capítulo anterior. El párrafo aparece como un fogonazo y a la vez es un excurso, un destello que sorprende al lector y que ese, posiblemente, releerá con sorpresa, con algo de fascinación o incluso de fastidio. A estas alturas, el relato ya es tan trepidante que semejante salida de tono desconcierta al más pintado. Sin embargo, la brevedad del párrafo (tres líneas tan solo) no perjudican al ritmo ni desazonan al lector, que ya está entregado al narrador. He leído a muy pocos autores tan conscientes como Bolaño de la importancia del narrador, pocos autores que hayan visto con tanta lucidez que el narrador siempre es el protagonista de la novela. Entre esos solo están los de de veras: Dostoievsky o Faulkner, por ejemplo. Hay más, pero no muchos más. Creo que algunos autores de novela, acongojados ante el descubrimiento de que el protagonista es el narrador, optaron por abandonar la novela y se pasaron al ensayo literario o a la autoficción: no supieron, no pudieron. Hay un capítulo aparte en este asunto, un verso libre y audaz que se llama Mircea Cartarescu (pongan esos acentos raros de la lengua rumana en donde convenga).

La crítica literaria catalana (¿existe eso?) habla a menudo de la autoficción, y lo hace como si eso fuese un advenimiento, algo nuevo o algo catalán, olvidándose de que en 1300, un tal Dante Alighieri creó la más importante y la más bella pieza de autoficción jamás escrita. Y el Dante, mal que les pese, no era catalán ni parece que les tenga en mucha estima (Paraíso, VIII, 77).

Algo así le decía a un amigo, hace poco, mientras le contaba que la cultura ha desaparecido de Cataluña tras los últimos envites del nacionalismo populista catalanista, que ha arrasado con los residuos ruinosos de una cultura que quizás no existió jamás, aunque a veces se esforzó, meritoriamente, por simular que existía. Empecé hablando de Bolaño y me fui hacia el asunto catalán, que es un asunto feo, aburrido y tedioso y que, por consiguiente, vamos a obviar. Una cultura no es una lengua: a veces la lengua puede ser un enemigo de la cultura que pretende representar. Hace muchos años, alguien que firmaba como Matías Múgica publicó un libelo apabullante: "Debile principium. Sobre la cultura en euskera" (hoy perdido y descatalogado, del cual tengo una triste fotocopia sin referencias) en donde contaba como el nacionalismo vasco aniquiló la cultura vasca en euskera, ya residual por méritos propios. Algunos se atreven (¡por fin!) a hablar hoy de la valencianizaciónde la cultura catalana: una cultura falsa, que solo existe en tanto que escaparate de ofertas, sin interés alguno, sin enjundia, sin chicha, sin nada que aportar.

Mi amigo y yo nos terminamos las cervezas y salimos a la calle.

—Tú siempre me hablas de Bolaño pero… ¿qué sucedería si ahora preguntamos quién conoce la obra de Roberto Bolaño entre las personas que pasan por aquí?

—Lo mismo que si les preguntamos por la obra de Faulkner —creo que acerté a responder—. Lo mismo que si les preguntamos por la obra de Bel Olid o de Jennifer Díaz, o por la gestión cultural de Laura Borràs: nada. La mayoría tampoco sabrán mucho de la obra de Rosalía Vila Tobella, aunque Vila Tobella es mil veces, o cien mil veces más importante de las tres anteriores juntas.

Y así nos perdimos por las calles. Creo que también hablamos algo de Georges Perec, de los Conquistadores de Vuillard y de La isla de los conejos, de Elvira Navarro. En algún instante del paseo hacia la parada del autobús me vinieron ganas de emular a Bolaño y proclamar: Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura catalana. En adelante escribiré mis textos con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar en catalán.