No hay nada más dulce que hacernos el amor medio dormidos aún, antes del alba. Cuando levantas la cabeza, doblas la espalda y gimes destella el sol tras la persiana. Queda un rencor de la noche que se desvanece mientras reposamos de lado y en silencio, pensando en la ducha inminente y las cosas del día.
Poco después, en la calle, suelto tu mano, te beso. Adiós, hasta la tarde. Hoy por hoy, todavía somos de los que vamos a trabajar por las mañanas.
Pero un poco más tarde suena el telefonillo: el ayuntamiento ha decidido cerrar los colegios de primaria. Por lo de la nieve y las amenazas del servicio de emergencias meteorológicas, que siempre son muy precavidos. Pues nada, me vuelvo para casa. A lo mejor nos descuentan el día 2 de febrero. Si nieva no es culpa del gobierno (imagino al Conseller de Economía en rueda de prensa): le pasaremos la factura a Dios, y que él se haga cargo de los costes laborales de la nevada, en su bondad infinita.
Este de Terrassa, a las 10 de la mañana
Sobre las diez llaman a la puerta. Es mi madre. Con una mueca de disgusto y de desconcierto. Mi madre murió hace justo un año. El día uno de febrero del 2011 estaba expuesta en el tanatorio de la calle Sancho de Ávila, con su mortaja blanco marfil. Y tal día como mañana (o sea, hace un año menos un día) la enterrábamos en Collserola. Si fuese mañana de verdad sería un entierro especial, con nieve.
-He venido porqué no entiendo... -murmura con un carraspeo. Percibo un brillo lacrimoso en sus ojos, está a punto de llorar- He venido porqué he ido a casa, pero allí vive otra gente, no lo entiendo. Y las paredes del recibidor pintadas de verde pistacho, no está ninguna de mis cosas, yo...
Le digo que pase y le pido que se siente en el sofá. Ella me pide que pare la música. Apago el aparato y Gary Moore se calla. Es que no se, esa música me molesta...
-No lo entiendo y espero que tu me lo cuentes. ¿Dónde están mis cosas? ¿Dónde está mi casa? ¿Qué demonios has hecho? Dame... dame alguna cosa caliente.
Le preparo un Nescafé mientras intento ordenar mi cerebro, que se ha disipado en varias direcciones a la vez. Sabe a tierra, a barro. Qué agua más mala sale aquí. El agua de mi casa es mucho mejor.
Mientras ella sorbe poco a poco aprovecho para llamar a los servicios sociales. Es lo último que se me ha ocurrido, quizá no sea lo mejor pero es el único pensamiento racional que me llega.
-Hola, mire, mi madre...
-Dígame el nombre de la usuaria.
(Se lo deletreo, por el hábito adquirido).
-Ah, ya veo: está pendiente de la visita para valorar su grado de dependencia, en pocas semanas le llamarán.
-No, es que ella ya murió.
-De acuerdo. Entonces la puedo borrar de la lista, ¿no?
-Es que está aquí, sentada en el sofá de mi casa. Ha vuelto.
-Le advierto que estoy grabando esta conversación.
-Mire, no soy ni médico ni espiritista, pero ella está aquí.
Ruidos. Sonidos metálicos y crujir de centralita digital. Me ha derivado la llamada. Supongo que hablaré con alguien superior en la jerarquía, o alguna persona preparada para atender emergencias graves. De repente suena Vivaldi en una versión que podría ser de Luis Cobos. Entiendo, toca esperar.
Mi madre ha terminado su Nescafé, ha dejado el vaso encima del televisor. Lo veo y no lo creo: de algún lado ha sacado su libretita de La Caixa y la está hojeando.
-Está... vacía. Pero... mis ahorros... y mi pensión?
Tiene razón en eso. Aunque le pagaban la pensión mínima, 540 euros por doce meses suman un pico nada despreciable. Tal como están las cosas, con esa cantidad hoy te puedes comprar un Dacia Sandero nuevo, de primera mano. O pasarte un año de crucero en crucero, como Rothschild.
La señora jerarquicamente superior de los servicios sociales escucha mi relato en silencio. Ni tan siquiera la oigo respirar. Dispone de un temple envidiable.
-¿Se da usted cuenta de que si todos los muertos hiciesen lo mismo que su madre se revienta la caja de la hacienda del estado? -gruñe al fin- España ya no es viva la virgen. Lo sabe usted ¿no?
-Lo entiendo -ronroneo incapaz de nada más- Yo diría que es un caso aislado, no lo se.
-Debería de llamar al 012. Le mandarán una ambulancia. Pero debo advertirle que si el caso no está justificado le cobrarán el servicio según tarifas vigentes. Debo informarle de eso, porqué luego nos vienen con quejas y reclamaciones y ya sabe usted que Catalu...(clic).
He colgado el aparato. La miro. Está sentada y parece más tranquila. No sé yo si la ambulancia es una solución, ni si quiero verla otra vez subiendo a una ambulancia en pleno invierno. Estaba tan desvalida cuando subía a las ambulancias, tan arruinado su cuerpo y su mirada tan lejana y sola que apenas podía soportar aquélla imagen. Me doy cuenta de que está muy despeinada.
Empiezo a peinarla lentamente. Ella se deja. A todo el mundo le gustan las caricias y que le peinen.