15 de gen. 2019

Santa Rosalía, flamenca, feminista y catalana

Resultat d'imatges de santa rosalia tvboy
Imagen de Santa Rosalía en el Fossar de les Moreres de Barcelona, del artista gráfico Tvboy.


Descubrí a Rosalía como muchos, al encontrar la noticia de su éxito internacional en unos premios musicales, los Grammy Latinos de 2018. Entonces me informé mejor, y descubrí que no solo es una gran propuesta musical y artística (y audiovisual, ya que sus videos tienen una gran carga simbólica y referencial, casi extraordinaria), si no que, además, su obra "El mal querer" se basa en un texto medieval que desconocía: "Le Roman de la Flamenca", obra occitana anónima del XIII. Es decir, de los tiempos de los trovadores.

Pero al mismo tiempo en que descubría a la artista y su obra, elaborada y meticulosa, y hecha con el amparo del Taller de Músics de Barcelona que tan buenos frutos da (solo hay que mencionar a Miguel Poveda), también descubría la cara oscura del asunto. Del asunto, que no de la artista. El lado oscuro, como cabía sospechar, procedía de mis conciudadanos. De la parte integrista de mis conciudadanos, los buenos catalanes, los catalanes de veras. Es de esa parte des de donde procedían los comentarios sarcásticos, agresivos y, para variar, muy nacionalistas.

En Cataluña siempre se ha envidiado al que triunfa, al que destaca. Ese fenómeno, por desgracia universal, tiene en la bendita tierra de Wifredo el Velloso mucha predicación. [Excurso 1: para comprobar científicamente que en esta tierra se ensalza al mediocre y se menosprecia al bueno solo hay que mirar los perfiles del gobierno autonómico. Y vayamos con cuidado cuando se valora al mediocre y al malo, por que hacia abajo no hay límite].

El caso de Rosalía, sin embargo, no se termina ahí. Hay mucho más. Hay nacionalismo, etnicismo, asimilacionismo. Y más. Algunos le reprochan a la artista que, siendo nacida en un bello pueblo del interior catalán, cante en español y encima... ¡oh, Dios mío, que cante flamenco!. Toda mi vida he oído decir que el género flamenco es extranjero aquí, que es de fuera, que nosotros solo sardanas, flabiol, gralla y Llach. Esas afirmaciones solo se pueden engendrar en el vasto y generoso vientre de la ignorancia, así que no voy a explicar la Cataluña flamenca: quien a estas alturas cree que el flamenco es forastero lo va seguir creyendo, diga yo lo que diga. [Excurso 2: el procés nos ha enseñado a muchos el significado del "debate" y de la "discusión": solo tiene sentido debatir o discutir con quien aporta argumentos o ideas razonadas, y eso excluye a los lacistas, con quienes llevo tiempo intercambiando los buenos días y nada más -cuando es inevitable].

Alguien descubrió, chafardeando por las redes, que Rosalía habla un catalán más que correcto, y que muestra dos apellidos catalanes. Se maravillan de que hable catalán estándar. Deberían aplaudir sus políticas de normalización lingüística, pero en vez de eso se sienten más ofendidos todavía, si cabe: si esta chica habla en catalán, se dicen, ¿como es posible que cante en español? Así que, tras el maravillarse viene el sentirse agraviado en grado 2. ¡Otra agresión! O: desagradecida, poca-solta.

Entre los comentarios más sugerentes que he leído está el de quien se pregunta como diablos puede ser que, siendo Rosalía tan catalana, no dijese nada sobre los "presos polítics" y los "exiliats" cuando recogió el premio internacional a la mejor cantante: el comentarista encuentra enseguida una respuesta tranquilizadora (normalizadora): los catalanes estamos tan oprimidos, tan asustados y tan amenazados que nos autocensuramos. ¡Eureka!, concluye ese Arquímedes del nacionalismo patrio: Rosalía no mencionó a los presos ni a los exiliados por miedo a la represión española.

[Excurso 3: una de las cosas que irritan a los ciudadanos catalanes que prefieren ser "poble de Catalunya" que ciudadanos de una democracia europea es que Rosalía nació en Sant Esteve Sesrovires, un pueblo de la comarca de l'Anoia que ha accedido a referencia de esa nueva mitología patriótica -y cómica-: en el nombre de este pueblo está el origen de "Sant Esteve de les Roures", una ficción pueblerina y bromista que usa el abogado del Vivales de Waterloo].

Hay que añadir algo: a los puristas del flamenco tampoco les gusta Rosalía, pero ese es otro cantar. A esos mismos tampoco les gustó Camarón, porqué metía guitarras eléctricas en "La leyenda del tiempo". Y otra cosa: el discurso de Rosalía es innegablemente feminista y plantea cuestiones muy oportunas al respecto. Eso también debe irritar a ciertos individuos, claro.

En nuestra querida, simpática y acogedora Cataluña se da otra actitud hacia Rosalía, y es una actitud idiosincrática muy nostrada: ignorarla. Rosalía no existe, asunto zanjado y las ovejas lacistas a dormir tranquilitas, porqué aquí solo existen Llach y luego Els Pets.

Me limito a recomendar que escuchen la música de Rosalía. Es contemporánea, es innovadora y es buena. Y, además, nos recuerda que Cataluña es plural, multilingüe, diversa. Nos recuerda que los lacistas y los puristas de la cultura se han construído su infierno particular y que no nos interesan los infiernos. Rosalía nos trae buena música y nos trae esperanza: quizás no esté todo perdido en esta Cataluña triste y ensimismada del nacionalismo populista. Gracias, Rosalía.


9 de gen. 2019

Fredi está vivo y beligerante

Resultat d'imatges de violentos

Hace muchos, muchos años, me topé una noche con un individuo conocido como Fredi. Un tal Fredi, que era, por lo que supe después, un tipo con pocas luces pero muy aficionado al alcohol y a la violencia. Esa combinación no es nueva y, por desgracia, la conocen en todo el mundo.

Fue una noche, en una noche de hace muchos años. Mi hermano y yo intentamos colarnos en un concierto de Pau Riba en la bellísima Plaza del Rey, en Barcelona. No teníamos ni un duro. Y tampoco tuvimos suerte aquella noche, ya que no pudimos burlar a los vigilantes y nos quedamos fuera, sentados en el suelo con la espalda apoyada en una pared gótica de la Cataluña vieja y gótica, escuchando el eco de los desafinados del cantautor. Entonces apareció el susodicho Fredi, ebrio y vacilón como de costumbre, acompañado de unos garrulos que le jaleaban (jamás andan solos esos individuos), y nos dirigió unos insultos que no recuerdo. No comprendí nada. Deduje a duras penas que, por aquel entonces, los admiradores de Pau Riba no éramos bien vistos por la cosa integrista catalana. Acudir a un concierto de Riba no estaba bien. Solo estaba permitido aguantar a Llach, el niño bien incapaz de componer una sola canción perdurable. Riba nos dejó algo. Por lo menos, La noia de porcellana, aunque solo sea eso. Riba es un poeta metido a músico. Llach no: ni sabe escribir ni sabe componer, ni nos cuenta nada de verdad.

Aquel Fredi de mi primera juventud transitó poco más tarde por la senda oscura de la violencia armada. Me cuentan que salió algo trasquilado de su flirteo con el terror, pero no debió de escarmentar. La cabra tira al monte y la violencia todavía es atractiva. [Ahí está el asunto de fondo: ¿por qué la violencia es atractiva?.] El recuerdo oscuro de aquel Fredi, recordado solo a medias, emborronado por la distancia de los años y por la memoria selectiva ha revivido ahora, cuando le he redescubierto en las redes "sociales".

Mi único recuerdo de Fredi es un tipo delgado y enfermizo, un remedo de Slender Man catalán, siniestro y bravucón, borrachín, agresivo, amargo y pendenciero. Habiendo visto su estado, uno pensaba que, treinta años más tarde, el hígado de Fredi habría arrastrado hasta la tumba a su cuerpo entero. Pero no ha sido así. He descubierto que Fredi sigue vivo, quizás en honor de Fredi Kruger, que es el Fredi maligno e inmortal debido a las pesadillas de Wes Craven. Fredi sigue vivo. Vivo y agresivo. El pobre tipo, algo maltrecho, sigue arremetiendo insultos y amenazas. Ahora, des del altavoz de twiter.

Fredi cree que estamos viviendo en la guerra de 1714. A los energúmenos les gustan las guerras. En las guerras un sociópata puede llegar a general o a héroe. El pobre violento no se ha enterado de nada. El pobre tipo piensa que aquella guerra por la sucesión del trono de España entre distintos aspirantes fue una guerra de españoles contra catalanes (el chico no leyó nada jamás, por lo visto) y, cual Hiroo Onoda, cree que sigue allí, atrapado en el delirio de creer que vive en un presente que data de hace 300 años, luchando en una batalla onírica y falseada, henchido de ratafía mística, peleando contra el invasor español y a favor del feudalismo catalán, que era muy progresista -como todo el mundo sabe. Fredi debería leer mucho, calmarse, proveerse de una butaca y de unos libros y pasarse una temporada de reflexión, sin prisas, ya que la vida se le va a escabullir pronto de entre los dedos y estaría bien que la aprovechase para comprender el mundo en donde le parieron. No, Fredi, no: la violencia no era un buen plan. Ni lo era ni lo es. La violencia no conduce a nada bueno. Insultos, puños y pistolas son un mal camino. Lo sabes. O deberías saberlo. La violencia no nos lleva a nada, a ninguna parte. El tiempo de la violencia está pasado, ha caducado.

Creo que Fredi es eso, un Fredi, un ectoplasma lamentable y triste, una sombra pasada de rosca y de grados alcohólicos, una pena andante, una nada violenta y pendenciera. Fredi debería limitarse a pedir ayudas, las ayudas que ofrece el sistema de atención español, y abstenerse de alentar a la violencia contra el estado que le provee de atención, paradójicamente.

Queremos vivir en paz, Fredi. A ver si te enteras.

6 de gen. 2019

Los de Atapuerca ¿eran catalanes?

Resultat d'imatges de atapuerca

A tenor del título, alguien podría pensar que el Institut Nova Història (ese chiringuito subvencionado que reclama la catalanidad de Colón, Cervantes y Cortés, entre otros) reivindica ahora la catalanidad de los cromañones de Burgos. Eso no sería improbable, dada la infinita osada estupidez de sus promotores, pero no, no va por ahí la cosa. He leído en La Vanguardia la entrevista a David Rabadà, geólogo solvente, quien cuenta lo que alguno solo decía en voz (vox, en latín) baja: el yacimiento de Atapuerca es importante, pero no es, de ningún modo, el gran sepulcro paleolítico que se pretende vender. Lo de Atapuerca, dice Rabadà, es una buena operación de márketing y nada más. Y una forma de pillar subvenciones, claro, añado yo. Coge el dinero y excava. O bien: excava un poco y coge mucho dinero. Enseguida me acordé del gran promotor del asunto de Atapuerca, el antropólogo del salacot llamado Eudald Carbonell. Carbonell, como su nombre indica, ese si es catalán.

En Cataluña sabemos mucho del truco: simular que aquí pasan cosas -cosas relevantes- y cosas que merecen una subvención. Como por ejemplo, la cosa de la cultura catalana: se coge la cultureta, se la maquilla, se le ponen unos lazos y se la presenta como cultura. Y ala, a pillar subvención pública. Algo así pasó en tiempos del Sátrapa Pujol, cuando agarró a tres chavales que rascaban la guitarra y se inventó el "rock català", un engendro más o menos musical que vivió más de una década a costa de las subvenciones públicas. Sobra decir que la mayoría de aquellos chavalillos, hoy tristes figuras melancólicas, se han posicionado a favor de la cosa indepe: favor con favor se paga.

El otro día estuve en un evento pequeño (pequeñito, a la catalana) en donde se hablaba de novela catalana. El ambiente, que empezó no muy alegre, terminó en un estado depresivo profundo, en cuanto el vino y la languidez de las peroratas se sintieron atraídas hacia el abismo de la sinceridad: eso de la novela catalana es nada, una burbujita, un espejismo. Aquí no hay nada, no lo ha habido jamás, no puede haber novela sin lectores y eso: no hay lectores, esa es la única verdad. Por fortuna llegaron los postres, y la subida del azúcar en sangre levantó un poco el ánimo. La novela catalana es nuestro Atapuerca: una operación (operacioncita) de márketing que enmascara la nada, el vacío.

Durante la conversación salieron a relucir algunos secretillos (secretillos que todo el mundo conoce, por otra parte, aunque nadie lo cuenta en voz alta): uno de los autores catalanes que más vende, Martí Gironell, es un malísimo escritor que plagia y roba argumentos sin pudor alguno, pero sale en Tv3. A tal (A.M. Villalonga) le han dado el comisionado de una efeméride literaria de la forma más oscura y más lamentable posible, puro nepotismo y puro ejercicio del aúpamiento de los peores. Y así una tras otra. Es decir: aquí no hay nada, y lo poco que hay es muy cutre. Dice bien mi amigo el que propone que la literatura catalana se incline hacia el silencio y se ponga a leer (a leer clásicos universales) de una vez, y que se calle durante por lo menos cinco siglos.

Nadie lo dice en voz (vox, en latín) alta, pero todo el mundo lo sabe: la literatura catalana es terriblemente mala, un campo yermo, esterilidad, poco más que el horror vacui a la catalana. Este año, una asociacioncita catalaneta de la cultureta premió el mejor libro publicado de 2018: premiaron a un texto pequeño, inane, próximo al ejercicio de redacción de tercero de la ESO, en el que una chica cuenta su vida desgraciada como si a los demás nos importasen algo las cuitas de una muchacha de clase media que se siente insatisfecha pero no tiene ni idea de lo que sufren por aquí los que de veras sufren. Si yo pudiera, la acompañaría un día por unos barrios que yo me se, por unas familias que yo me se, y quizás descubriría lo que significa pasarlas putas en la Cataluña de hoy. También le diría: ¿por qué no lee un poco de literatura del mundo? Y a quienes la premiaron les diría: ¿por qué no leen algo de literatura del mundo?. Sobre la autoficción hablaremos otro día, aunque solo sea para recordar que la inventó Alighieri en el 1300, y ese sí que era un escritor de veras. Pero, por lo que parece, Alighieri no es un autor muy leído en la Cataluña de hoy.

El otro día leí la entrevista a una señora (N. Cadenas) que de joven flirteó con el terrorismo indepe (¿se acuerdan de Terra Lliure, que era otro ejercicio de simulación de algo que era nada pero que se disfrazó de terrorismo?) y hoy va de novelista, porqué pasó por el trullo y allí debió pensar en reorientar su vida, aunque escribe de pena. Esa señora sí que sabe: entrenada en la simulación, pasó de simular que había terroristas a simular que hay cultura, que hay novela. Sin embargo, aprovecho la ocasión para decir: su terrorismo de pa sucat amb oli causó víctimas y costó vidas -Terra Lliure era una caricatura patética, pero sin embargo asesinaron, algo por lo cual todavía no ha pedido perdón-, y es de agradecer que ahora se haya pasado a la simulación de la cultura, algo que es falso pero por lo menos no derrama sangre.

La señora antaño aficionada al terrorismo y hoy al novelismo (el novelismo no la llevará a la cárcel, esta vez ha escogido mejor) insiste en defender que hay novela catalana: miente, que algo queda. Y a lo mejor vendes 200 ejemplarillos de tu novelilla que solo es un argumentito mal desarrollado.

Entre todo el desbarajuste me entero de que las Cup han decidido no presentarse a las elecciones europeas y mira, aquí hay alguien sensato (aunque cueste creerlo): las Cup se habrán dado cuenta, digo yo, de que no tienen nada interesante que aportar al mundo y optan por el recogimiento. El identitarismo que profesan solo sirve aquí, en casa, con los suyos, entre los suyos y para los suyos. Es mejor callarse y recogerse en casita, dicen. Por supuesto que sí.

Nos recogemos en casa, nos callamos y aceptamos el fracaso. Eso no es nada malo, ni es pecado ni es delito. La cultureta catalana es cultureta pero no es cultura, del mismo modo que el yacimiento de Atapuerca está bien pero no es el gran hallazgo. Hay huesos y huesecillos, eso sí. Pequeños residuos, muestras mínimas de algo que quiso ser y no fue. A pocos quilómetros de Atapuerca están Altamira y Lascaux. Del mismo modo que están cerca de Barcelona (y de Amer) París, Londres, San Petersburgo, Nueva York y Roma. Hablando de Roma: hay más novela en Bucarest que en Barcelona.

1 de gen. 2019

Mossèn Torra explica la superioridad de Cataluña

Resultat d'imatges de president torra ratafia

Mossèn Torra, el presidente vicario se rió, y decía, caminando entre los dos diputados del Pedecat, casi hasta llegar a la verja que circunda la estatua de Cambó:
-¡No se preocupen por eso, señores, no se preocupen por eso! Es posible que haya uno o dos exaltados o dos botifleros que se quejen, que digan tonterías sobre la  la decadencia de Cataluña y que estamos cayendo en un marasmo y que estamos cayendo en el embrutecimiento y que esto no puede durar más de diez años, etcétera ¡Babosadas! -estaba casi apoyado en en las verjas de la estatua, y adoptando una actitud de confianza -: La verdad, señores míos, es que los extranjeros nos envidian.... Y lo que voy a decir no es para halagar a Sus Señorías: pero mientras en este país haya diputados respetables como Sus Señorías, ¡Cataluña mantendrá con dignidad su lugar en Europa! ¡Porqué la fe, señores míos, es la base del orden!

-Sin duda, señor Torra, sin duda -dijeron, con convicción los dos diputados.
-Si no, ¡vean esto, Sus Señorías! ¿Qué paz, qué animación, qué prosperidad!

Y con un amplio gesto les mostraba la Plaza de San Jaime, que a aquella hora final de una tarde serena concentraba la vida de la ciudad. Carruajes vacíos circulaban despacio, deambulaban parejas de señoras empelucadas con colores amarillos, con los movimientos cansinos y la palidez clorótica de una raza degenerada; sobre algún rocín enflaquecido trotaba algún mozo independentista o de las Cup, con la cara todavía verdosa por la noche de vino; en los bancos de la plaza se tumbaban las gentes embrutecidas por la pereza, un tractor con la estelada en ristre era como el símbolo de una agricultura atrasada de siglos; los dansaires, los castellers y los grallers se pavoneaban con un palillo entre los dientes; algún burgués aburrido leía en los carteles los anuncios de operetas nacionalistas y rancias; los rostros escuchimizados de los obreros eran como la personificación de las industrias moribundas... Y todo ese mundo catalán, decrépito, se movía lentamente, bajo un cielo lustroso de clima rico, entre mozalbetes que pregonaban La Grossa y las apuestas ilegales, y chiquillos de voz plañidera que ofrecían El Punt Avui; y andaban, en un deambular holgazán, entre la Vía Layetana, en la cual brillaban tres tres letreros de casas de empeño, negreaban cuatro entradas de taberna y desembocaban, con un aspecto de cloaca abierta, las callejuelas de un barrio de prostitución y crimen.

-Vean -decía el presidente vicario, mossèn Torra-: vean toda esta paz, esta prosperidad, esta alegría... Señores, ¡verdaderamente creo que Europa desea que la república catalana permanezca en Europa!¡Y que Cataluña sea la envidia de Europa!

22 de des. 2018

Ismail está vivo. Cuento de navidad.






Me llegó un mensaje al celular: Ismail ha muerto.

Yo fui el maestro tutor de un niño llamado Ismail cuando estaba en el colegio que lleva por nombre el de un poeta catalán de la guerra y la postguerra, un poeta oscuro y medio loco, muy críptico, muy indescifrable. Sabe Dios que ningún maestro ni ninguna maestra de aquella escuela habían leído jamás ni un solo verso del poeta que encabezaba su contrato, su nómina. El nombre del poeta era un nombre seguido de un apellido y nada más. Si el nombre hubiese sido Juan y el apellido García, habría dado lo mismo. Nada. Lo importante es cobrar.

La relación del poeta con la ciudad es coyuntural: el poeta se casó con una cuentista nacida en esta población del Vallès. El hijo del poeta y la cuentista, exiliados en México tras la guerra, Roger, es profesor de antropología en México DF y no quiere saber nada de Cataluña. Hace bien, el hijo.

Cuando leí el mensaje en donde me comunicaba la muerte de Ismail lloré. Lloré sin consuelo. Recordé al niño, lamenté las veces en que le había reñido, me flagelé, busqué -con desesperación- las cosa buenas que hice por él, y encontré cabos medio sueltos en donde asirme, y terminé por pensar que fui bueno con él. Quizás me engañé para justificarme, quizás me inventé escenas de bondad mía para con él, quizás asalté mi memoria para pervertirla, para saquearla y sustituirla por recuerdos falsos, quizás le solicité al diablo que me diese otros recuerdos. Lloré y escribí y bajé al bazar paquistaní y me compré una botella de vino tinto, todo lo que sirva para olvidar será bienvenido.

Ayer decidí cambiar las cortinas del salón. Solsticio de invierno: cambio las cortinas de verano por las de invierno. Le llamo salón a una estancia discreta que hace las veces de comedor, de biblioteca y de salón. Subido a la escalera, vi que la luna estaba llena. Y eso me llevó a pensar en los musulmanes. Pensé de nuevo en Ismail.

Más tardé bajé al supermercado. A la salida, bajo un árbol, una voz me llama: -Luis! Es la madre de Ismail. Ismail está a su lado. Dentro de un abrigo marrón de tierra y sus ojos relucientes. Encajo la mano de la madre y toco la cabeza de Ismail. Parece real, pero eso no es nada remarcable. Nada que no pueda ser fruto del engaño de mis sentidos o de un dios malicioso. Entonces, como salido de la nada, aparece el hermano mayor de Ismail sentado en el respaldo del banco que hay tras ella. Le reconozco vagamente. Les pregunto, como quien pregunta algo educado. Busco una respuesta que delate su condición de fantasmas sin delatar mi idiotez. Sin embargo, todo parece normal. El niño parece vivo y normal, corpóreo. La mirada de la madre es natural, neutra. Se alegra de verme y nada más.

El Ismail muerto debe ser otro. Debió de haber un Ismail en Primero B, me digo, debe ser eso. Y ese otro Ismail muerto me calma por un tiempo, me llena de tranquilidad. Mezclaron a los niños de aquel 1A con los del 1B al llegar a tercero. Debe ser eso, y eso debe explicar la confusión de la madre que me escribió para contarme:

-Ismail ha muerto.

El Ismail muerto es otro, un desconocido o un olvidado. Paul Auster empezó así una de sus mejores obras, y yo no seré capaz de escribir ningún cuento con todo eso que el azar me ha brindado, y que es mejor que lo que le brindó a Auster. Así se distingue a los buenos de los malos. Dejénme tiempo, se lo ruego.

Sin embargo, creo que tengo mi cuento de navidad. El cuento trata del falso Ismail y de su falsa muerte, de como me ayudó el anuncio de su muerte falsa para buscar como fuese en donde fui bueno con él, donde fui comprensivo, humano, humano, humano. Con él o con el otro, que está vivo, vivo y con esos ojos abiertos que esperan algo de nosotros. El cuento de navidad de 2018 está por escribir pero trata de lo que le contaré al Ismail vivo, ese niño que está vivo y crece en una Cataluña pálida y encapuchada pero también buena, a veces. Algunas veces.

Vete con los charneguillos, Ismail, te diré. Espérame entre ellos. Huye de los encapuchados con estrellas. Esas estrellas de los estrellados no son las del cielo, son cometas que se precipitan al infierno y quieren arrastrarnos con ellos.

Tengo mi cuento de navidad sobre los dos Ismailes, el vivo y el muerto. Solo debo ponerme a escribir.