24 de gen. 2021

La posibilidad de una isla


La candidatura de Salvador Illa a la presidencia de la Generalitat indica la posibilidad de una isla: una isla es aquel lugar que te puede salvar la piel después del naufragio del buque insignia que pretendía conquistar el mundo, cuando ya sólo pensabas que te ahogarías sin remedio y que caerías hasta el fondo de un abismo oscuro. Una isla es un fragmento de tierra, que puede ser pequeño o muy grande (Menorca o Australia). Pero tierra al fin y al cabo. Tierra. Un lugar donde puedes poner los pies y vivir sin temor de los tiburones, de los calamares gigantes y del Cracken.

En una isla, sin embargo, te puedes encontrar una civilización ejemplar, como la Atlántida mítica, o una tribu de caníbales. Al final del agua puede haber el horror que narra Joseph Conrad, o el delta final que explica Magris en el último capítulo del Danubio: “Haz que mi muerte, Señor, sea como el deslizarse de un río en el gran mar” .

Es muy probable que la mayoría de los catalanes deseemos esta paz. Que se acaben los sufrimientos, las ofensas, los insultos, las amenazas a la convivencia, las banderas agresivas, las cruces de San Andrés y las boinas carlistas. Es muy probable que la mayoría de los catalanes queramos vivir tranquilos y en paz y en democracia y en concordia y en pacto y en consenso.

Esta es nuestra isla y nuestro delta. Deslizar por la vida sin identitarismos rabiosos. Deslizar y basta, y preocuparnos de las escuelas, de los hospitales, de la asistencia social. Como en un lugar normal cualquiera, sin banderas ni rostros pintados para ir a guerras antiguas que nadie recuerda. Pensar en la salud y la educación sin pensar en la patria. El delta. Allí donde el agua baja mansa, agradable, apta para todos.

Me parece que los ciudadanos de Catalunya necesitamos una isla, aunque esto parezca un eslogan demasiado fácil. Y ya no queremos más eslóganes, tras la borrachera de eslóganes y pancartas en los balcones de los últimos diez años.

También queremos las cosas claras; sencillas y claras. La sedición es sedición y el indulto no contempla la sedición cuando la sedición es un atentado a la democracia. Debemos convivir entre todos porque el mundo es de todos, pero tenemos que preservar la democracia y los acuerdos. Lo que hemos visto en el Capitolio de Washington nos enseña que la sedición es sedición y que la sedición es un atentado muy grave en nuestra democracia.

La democracia no cayó del cielo ni es una ley universal ni nos la envió un Dios benevolente, como la gravedad o las mareas del mar o la extinción de los dinosaurios. La democracia es el resultado, pequeño y frágil, después de miles de años de barbarie. A la democracia tenemos que defenderla, y tenemos que defenderla en aquellos lugares donde sus costuras sufren y se quiebran. En Catalunya sufren las costuras de la democracia, porque hay quien cree que unos presos comunes son presos políticos, y quien cree que un hombre que se fugó de la justicia de un país democrático es un exiliado. En Catalunya la democracia sufre cuando quienes suben encima de un coche de la policía animan a la gente a que ocupe una consejería. Cuando un presidente regional anima a ocupar una autopista, a apretar contra el sistema, a quemar contenedores de basura para que la basura ilumine unas calles oscuras.

La democracia está en juego y necesitamos una isla. Aunque esto parezca un juego de palabras demasiado fácil y demasiado oportunista. Ahora recuerdo a Miguel de Unamuno en sus últimos años, cuando aún no se había dado cuenta de que España naufragaba y pensaba que sólo soportaba unas olas desmesuradas, sin darse cuenta de que el tsunami era un tsunami. No podemos jugar a confundirnos, en España. Somos una península y una península hace, a veces, el papel de una isla. En España no se puede jugar a hacer ver que no veo venir la ola, porque la ola llega y no podemos hacer nada. No podemos olvidar, en España, que hace ochenta años tu abuelo mataba al mío y dejaba el cadáver junto a la carretera. No podemos olvidar que el cura fusilaba al maestro, ni que el maestro tomaba el fusil, al atardecer, y disparaba contra el cura. No podemos olvidar que España era esto hace apenas ochenta años, y que España no es un patio de escuela donde podemos jugar. Necesitamos un instante de paz o una isla o un delta. Necesitamos vivir en paz y comprender que la democracia es el lugar de todos.

21 de gen. 2021

Al señor Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno de España


Señor Pablo Iglesias,

Durante una entrevista en los medios, tuvo usted un momento desafortunado y comparó a los españoles exiliados en 1939 con el señor Puigdemont. Todo el mundo entiende que los humanos cometemos errores, y casi todo el mundo rectifica cuando se da cuenta de su metedura de pata.

Podría contarle múltiple razones por las cuales es imposible comparar a Puigdemont con los exiliados de 1939, pero usted es hombre leído y con títulos universitarios, así que no creo que sea necesario. Lo que usted no sabe (ni tiene porque saberlo) es lo que le voy a contar a colación. Solo le pido, humildemente, que lea mi historia, que no es mía si no de mi abuelo.

Le voy a contar la historia de mi abuelo materno, Miquel Albert Barris. Miquel, en 1939, era un cargo público en la prisión de Montjuïc. Estuvo allí hasta el final. El mismo día en que las tropas de Franco entraban por la Diagonal, Miquel requisó una motocicleta y no paró hasta llegar a la frontera de Francia. Sabía que si le pillaban le iban a fusilar sin juicio ni mediación alguna.

Cuando se marchó llevaba lo puesto. La ropa, los zapatos, un lápiz y una libreta. Nada de dinero, nada de nada. Los gendarmes le metieron en un campo para refugiados al lado de Montpélier (donde hoy se levanta el complejo de sexo liberal más grande de Europa). Entonces nada más había exiliados republicanos hacinados. Dos años más tarde, Miquel moría de tuberculosis y era enterrado en el cementerio del pueblo. Uno de sus hijos devolvió sus cenizas a España en 2009, pagando todos los costes de su bolsillo.

Durante esos dos años en Francia, Miquel escribió algunas cartas a su mujer y a sus tres hijos (la menor, de 3 años, mi madre). Usaba un pseudónimo distinto cada vez, para no comprometer a nadie. A su mujer le avisaron meses más tarde, un compañero que entró en España clandestinamente. La viuda y los hijos pasaron años de penurias, hasta que el mayor empezó a trabajar y, poco a poco, las cosas se fueron resituando. La familia, sin embargo, quedó seriamente dañada y la esposa jamás se recuperó.

 A día de hoy, por cierto (aunque eso sea anecdótico y prescindible), el partido en el que militaba Miquel, el partido que le dio el cargo y le militarizó en 1938, todavía no se ha puesto en contacto con sus descendientes, ni tan solo para expresar su pésame.

Vivo en Cataluña, nací en Cataluña y no soy nacionalista de ninguna nación y, por lo tanto, no soy independentista. Llevo muchos años soportando --con dificultades y dolor-- a la derecha independentista de esta región, una derecha que se presenta como víctima pero que a la vez ejerce de opresora sin cesar, como si pensara que los catalanes no independentistas carecemos de derechos, o que somos malos catalanes o que no merecemos ningún respeto. En ese proceso tan desafortunado, los partidos de la izquierda tradicional han dudado en la opción que deben tomar y, cegados por el victimismo de la derecha nacionalista, han pensado que deben estar del lado de esa víctima falaz. Usted conoce la teoría de la interseccionalidad, las teorías de Ernesto Laclau y demás teóricos y quizás haya caído en la trampa de pensar que los catalanes no independentistas somos ricos, fascistas y opresores.

Le invito a que piense un poco más en los catalanes, a que me pregunte lo que quiera, y yo le responderé. Prometo ser ecuánime y objetivo. Pero también le contaré la desazón y el dolor de quienes, por no ser independentistas, nos hemos visto sumergidos en una apabullante espiral de silencio en nuestras familias, en nuestros centros de trabajo, en nuestras relaciones sociales.

Su declaración en los medios quizás fue precipitada, mal calibrada. Eso le puede pasar a cualquiera y no tiene mayor importancia. Pero esa frase suya, por desgracia, es la frase del vicepresidente de España. Y por lo tanto tiene una relevancia especial. Una relevancia especial y una consecuencia concreta: su frase nos deja, otra vez, a los pies de los caballos del nacionalismo y de esa derecha oligárquica, secular, que gobierna Cataluña y opta por excluir a los que piensan de modo distinto al suyo.

Voy a volver solo un momento, y para terminar, a mi abuelo Miquel Barris. Miquel se exilió por miedo a perder la vida. Su opción fue defender a la república española, a la constitución democrática. El señor Puigdemont se marchó a Bélgica tras desafiar y violentar la legalidad democrática española. Es decir: mi abuelo (y los demás exiliados de 1939) son exactamente lo opuesto al señor Puigdemont. Si Franco hubiese perdido y se hubiese exiliado, ese sí sería como Puigdemont. Esa es la única comparación posible.

Le estaré muy agradecido si se molesta en respondeme, a pesar de las árduas tareas que le ocupan.

Atentamente,


15 de gen. 2021

Presidentet, posi les urnes!


El principito de la democracia ha suspendido las elecciones catalanas. Es algo maravilloso.

Y aún sabiendo que poco tiene que ver la democracia con el voto, no deja de sorprender que quienes fueron los adalides del votismo ahora suspendan lo que consideraban sagrado. La democracia y el voto tienen poco que ver: en las dictaduras se suele votar, especialmente en referéndums más o menos apañados. Y, por otro lado, por más que votemos, si los dirigentes son autoritarios, la democracia brilla por la ausencia. Es decir... ¿deberemos preguntarnos qué tipo de régimen es el poder autonómico catalán? Y me lo pregunto y se lo pregunto a usted, señor Presidente Sánchez. Creo que usted se lo debe haber preguntado más de una vez, aunque por el momento no se haya removido en su asiento. ¿O si lo ha hecho pero no lo ha dicho?

No deja de sorprender que, quien lleva años lamentando que no le dejan hacer un referéndum ilegal (y luego se queja de que les hayan zurrado un poco la badana por llevar a cabo un acto ilegal), se saque de la manga un argumento como un virus para suspender una elecciones.

El principito de la democracia (y su partido) acaban de sacar una campaña que se titula "Obrim les escoles". Y es cierto: los colegios catalanes están abiertos (cosa que aplaudo). Un servidor lleva ya tres PCRs, y lo que te rondaré, nariz morena. En los colegios, las personas pasamos una seis horas diarias, de lunes a viernes. En los colegios electorales, unos 10 minutos una vez cada cuatro años. Sin embargo, los colegios de estudiar están abiertos y los de votar, cerrados. Eso sucede en la región que quiere votar caiga quien caiga pero ahora suspende una votación. Y la suspende por orden de uno de los principitos del votismo, esa religión que pide adorar urnas chinas de plástico disfrazadas de tupperware.

Dijo Isaac Asimov que existe el culto a la ignorancia. Y que la democracia invita a pensar que vale lo  mismo mi ignorancia que el conocimiento del otro. Algo así debe pensar el señorito Aragonès, que o bien piensa poco o bien cree que los demás somos tontos.

Algo muy raro está sucediendo en Cataluña. ¿Se terminó de repente el votismo? ¿Ya no es sagrada la urna? Es posible que los independentistas intuyan el final de su época y, como todos los regímenes autoritarios, quieren morir matando. Pero también es posible que hayamos entrado en una fase más oscura y siniestra del proceso. Y debemos estar al tanto. Trump intentó un golpe de estado contra sí mismo y esos señoritos, siempre fascinados por el magnate neoyorquino, han pensado que la democracia es frágil. Tanto, que la podemos sustituir por un remedo caricaturesco y decir que llueven virus. Al fin y al cabo, si esos pobres ignorantes creyeron que iban a construir estructuras de estado y una república independiente, se lo van a creer todo.

Quizás ha llegado la hora de que los catalanes pidamos amparo a la ONU. A la espera de lo que haga la Junta Electoral Central, que está por ver. Recuerden que Cataluña no tiene junta electoral regional porqué jamás han elaborado una ley electoral regional, algo que hicieron la mayoría de las demás regiones de España.

Así que, señorito Aragonès, prícncipe de la democracia, presidentito... ¡ponga las urnas! !Queremos votar! Volem votar!

¿No será que era la Cataluña nacionalista y votista, la demofóbica?

Les invito a escribirle al Síndic de Greuges (el defensor del pueblo de la cosa catalana) para reclamarle al señorito Aragonès que ponga las urnas: el poder autonómico no puede suspender la democracia cada vez que se le antoje. Lo hizo el 7 de septiembre del 2017 y lo repite el 15 de enero del 2021. Dijeron que lo volverían a hacer y lo han cumplido. Es lo único que han cumplido en muchos años.


13 de gen. 2021

La caducidad del Síndic de Greuges


Por lo que leo, la función del Síndic de Greuges (en español, el Defensor del Pueblo) consiste en proteger al ciudadano de los abusos del poder. Aquí ya tengo una primera enmienda: ¿este cargo debe presentarse con un título sacado del pasado medieval? Hace poco, me dirigí por segunda vez en mi vida al Síndic de Greuges, para protestar sobre una campaña horrorosa y ofensiva del alcalde de mi villa que ahora no voy a explicar. La respuesta del Síndic, burocrática hasta el delirio, era casi imposible de comprender. Me pidió más datos de la forma más rocambolesca imaginable, con varios correos sucesivos: 

  • En el primero me confirmaba la recepción de la queja y me daba unas claves diabólicas para seguir el curso del trámite.
  • En el segundo me preguntaba si me gusta o no me gusta el protocolo sinuoso de claves, contraseñas y otros laberintos que había generado mi queja.
  • En el tercero procedía a recabar más información.
  • En el cuarto me notificaba el cierre del expediente.
Así, si el título de Síndic de Greuges procede de esa neblina medieval tan cara a los catalanistas, su proceder parece inspirado en un versión 3.0 de Franz Kafka y, en mi imaginario, se me apareció el Síndic de Greuges de la Tyrell Corporation, aquella empresa mefistofélica que es la auténtico protagonista de la cinta Blade Runner. ¡Un Síndic para el siglo XXI!

El galimatías digital del Síndic parece algo sutilmente diseñado para disuadir, aburrir y alejar a los agraviados. Es decir: una forma poco sutil de trabajar poco. Sin dejar de cobrar mucho: algo muy viejo.

Mi primera reacción, la reacción pasional, fue escribir una nueva queja dirigida al Síndic. En esta ocasión, protestando por la complejidad tecnológica que propone la sindicatura, tan barroca como estúpida tras su disfraz de tecnología avanzada.

Luego me vino la calma y me dije: ¿para qué protestarle más al Síndic? ¿Para qué sirve, aparte de para recibir cuatro mails escritos en egipcio antiguo? ¡Debería ser un Champolion catalán para comprender sus vericuetos!

Aún así, me informé un poco sobre el Síndic, un tal Rafael Ribó. Rafael Ribó, Rafael Ribó... me repetía yo para mis adentros, ese es un nombre que me daba tumbos por la memoria de cuando yo era un adolescente que leía El Víbora y él alguien muy importante en la cosa catalana. También supe que su cargo caducó hace un montón de años pero ni le echan ni dimite ni se jubila honrosamente. Yo, que quisiera jubilarme mañana mismo, tengo que ver como ese espantajo no pide la jubilación tan merecida. ¿Porque será?

El día 13 de enero, mientras escucho las noticias, oigo su voz gangosa y lunática en la radio: dice Rafael Ribó que las elecciones catalanas no deberían celebrarse en la fecha que toca. ¡Vaya! Ribó dice lo mismo que quiere Puigdemont, mira qué casualidad. Me sorprende que Rafa quiera retrasar las elecciones. Tiene una edad, ya me entienden. Pero más allá del chascarrillo: ¿es función del Síndic decidir el día de las elecciones? ¿A quién defiende? ¿Defiende al pobre ciudadano Carles Puigdemont ante el abuso de poder de un tal Roger Torrent, que quiere jorobarle el chiringuito? Solo en ese caso se comprendería el empeño de don Rafael Ribó.

Don Rafael, Síndic de Greuges dels Comtats de Catalunya, l'Alguer i el regne de Nàpols: me siento tentado de mandarle una queja sobre el Síndic de Greuges y pedirle, en la postdata, que solicite la jubilación de una vez. Creo que va siendo la hora de renovarle. Usted, que fue levemente marxista en su primera juventud de niño rico, lo comprenderá. Se trata del devenir de la historia, algo que a usted le debe sonar de algo.

12 de gen. 2021

Molt Honorable President Roberto Zucco

Roberto Succo fue un criminal veneciano muy famoso en los 70 del siglo XX, sobre el cual Bernard-Marie Koltès escribió una gran obra de teatro (en el teatro se apellida Zucco), posteriormente llevada al cine con buen sentido por el cineasta Cédric Kahn. Zucco, después de dejar un reguero de asesinatos durante la huida por el norte de Italia y parte de Francia, dijo, al ser apresado por la policía, que todos sus delitos los había cometido por idealismo político, ya que él era, en realidad, un anarquista nihilista en vez de un majadero psicópata. La justicia italiana prestó poca tención a la vocación tardía de Roberto y le dejó en la cárcel de los presos comunes (y peligrosos).

En Cataluña tenemos ya a unos cuantos delincuentes que, tras ser pillados con las manos en la masa, se declaran idealistas, motivados por razones políticas estrictas y, por lo tanto, puras. Como queriendo decir que los motivos políticos son como los del amor, de la fe: por encima del bien y del mal.

Tantos de esos hay en Cataluña que uno, uno por lo menos, llegó a Molt Honorable President y se mantuvo en el cargo durante 23 años. 

A día de hoy tenemos a una candidata a Muy Honorable que seguirá el mismo camino: a su manera, Laura Borràs copiará la metodología Zucco y, cuando el juez la condene por malversación, falsificación, prevaricación, cohecho y algún que otro delito más, afirmará que todo lo ha hecho por patriotismo, por el noble ideal del país que nunca existió. ¿Qué idealismo más alto se puede imaginar uno?

Por consiguiente, ante la probable condena judicial, Borràs se proclamará víctima de la opresión política y judicial contra el nacionalismo catalán y aprovechará el momento para repetir que España es franquista y ella la más demócrata del planeta. Al tiempo.

A la manera de Zucco, Borràs acaba de declarar que es "hija del 1 de Octubre", ya saben, uno de octubre de 2017. ¿Tiene Laura Borràs 2 añitos (y medio) de edad? ¡Qué prontito escuchan la llamada de la patria esos nacionalistas catalanes!, dirá alguien. Pero no, ella cuenta otra cosa: cuenta que el día 1 de octubre del 17 --cuando Borrás contaba 47 añitos, dedicados a otros intereses--, sufrió una epifanía y renació al nacionalismo radical, al nacionalismo que pone urnas de pega y proclama repúblicas de 8 segundos y ¡oh Dios! promete volver a hacerlo y se fuga en el maletero de un Audi y otras lindezas que no hace falta contar.

A su manera, Borràs avisa que declarará ante el juez: señor juez, yo lo hice por idealismo, por patriotismo y eso. Y mire usted: tengo dos añitos (y medio). ¿Meterá a una niñita de 2 años (y medio) en la cárcel? Eso sería el colmo de la opresión, la represión y tal y cual.

Por cierto: el juez no indultó a Roberto Zucco. Es un dato que dejo ahí.