7 de jul. 2020

Hayat no irá a la Costa Brava


Mi amiga Hayat busca un apartamentito para irse unos días a veranear con su pareja.

Hayat y su pareja piensan lugares bonitos, imaginan, hacen una selección, miran ofertas. Quieren compartir unos días en las playas y en las camas tras los meses tan difíciles, durante los cuales apenas se han podido visitar y siempre todo tan clandestino, tan vigilante, tan triste.

Una tarde, después del amor, Hayat y su pareja se deciden por fin. Han visto unas fotos. El apartamento es acogedor aunque austero, pero eso no importa. El precio es aceptable y el entorno es precioso: hay rocas de perfil suave, aguas transparentes, cielo amplio y nubes pálidas, casitas blancas, caminos que discurren entre matorrales, pinos, alcornoques. Uno puede imaginarse el sonido del aire, el rugido adormecido de las olas al fondo, el zumbido de las abejas y el aleteo inaudible de las mariposas. Un ruiseñor en la madrugada de sábanas más blancas que la cal de las fachadas en las falsas casitas de pescadores, el inevitable decorado cuco de la Costa Brava ¿Nos bañaremos aquí, mi amor?

Hayat le manda un mensaje por Whatsapp al dueño del apartamento. Le pregunta si está disponible. El nombre "Hayat" aparece en la pantalla del casero, y lo primero que hace éste es preguntarle: "¿Eres marroquí?"

Ella le responde: soy marroquí y llevo 15 años en Cataluña. Su pareja frunce el ceño, no te justifiques, Hayat, no lo hagas, le dice, pero ella sabe como tratar a las gentes del lugar, le responde. Y además le estoy escribiendo en catalán, añade, verás como todo irá bien.

Un minuto más tarde el casero le suelta: el apartamento está muy pero que muy ocupado. No buscamos inmigrantes. Solo catalanes de pura raza.

Solo catalanes de pura raza, escribe. Sí, eso es lo que ha escrito. Lo ha escrito así.

Hayat carraspea algo y, tras unos instantes de perplejidad, encuentra la fuerza suficiente para escribirle de nuevo, otra vez en catalán: "Te deseo mucha suerte en tu misión tan compleja, casi imposible. Y te digo una cosita: no se te ocurra viajar fuera de Cataluña porque el mundo está lleno de personas que no son de pura raza catalana".

Tras un par de minutos de silencio, el casero escribe un último mensaje: "Hay que leer más libros aparte del Corán".

La anécdota, si ustedes quieren, tiene poco valor más allá de una anécdota de la infamia. Al casero que responde como lo hace éste, uno le puede imaginar con facilidad, y sabe que se expresará miserablemente, también, ante una mujer, ante un homosexual, ante cualquier forma que tome la diferencia. Sabe de sobras que el tipo será machista, homófobo, estúpido. Sabe que siempre que pueda ejercerá su necesidad de vejar al otro en cuanto le intuya más débil. Incluso puede inferirse de él que es un tipo pueblerino y con escasa cultura, quizás soltero o separado, resentido y... quizás cualquiera les diría a Hayat y a su pareja: dejadlo, no tiene importancia, es un pobre desgraciado.

Pero yo no les diría eso a Hayat y a su pareja. Porqué la respuesta del individuo solo es posible en un contexto ideológico, en una coyuntura precisa, en lo que Carles Puigdemont califica de "marco mental": hay un detalle que no es asunto baladí. Exacto: el detalle es la mención a la "raza catalana". El argumento racial está en Puigdemont del mismo modo que en Junqueras, y en muchísimas otras figuras que lideran el nacionalismo catalán. Algunas de esas figuras ya son lejanas: el racismo supremacista estaba en Heribert Barrera, estaba en Pujol cuando hablaba de las características del hombre andaluz, en las ideas más calenturientas de los fundadores del Estat català liderado por Francesc Macià y, posiblemente, sea posible rastrearlo en otras figuras, en otros tiempos. La conducta del casero que le niega a Hayat un alquiler es parecido a las memeces fulgurantes de tipos tan despreciables como Mark Serra, que también vive de alquilar apartamentos a turistas.

Pero ninguno de ellos actúa en solitario. Todos ellos necesitan una manada que les cobije.

No existen los lobos solitarios, Hayat. Todos los lobos, absolutamente todos los lobos actúan en manada y sin la manada son corderitos, no son nada. Eso vale para los lobos, para los hombres lobo y para los lobos hombre: el individuo nacionalista es mediocre, y para eso está el líder, para alentarle, para convencerle de que forma parte de una manada. La manada ofrece el amparo del nacionalismo, la ilusión de una patria que le recompensará en esta vida o en la otra, la ficción de una raza escogida para la gloria: Cataluña avanza hacia la creación de un nueva religión, la Patria Sacrosanta. Es por este motivo que el casero desgraciado nombra al Corán, por fin, en el último de sus mensajes, cuando se delata: sabe que eso es una guerra religiosa. La Patria contra la democracia, Hayat, eso es lo que te has encontrado.

El nacionalismo es la muerte de la democracia: cuando llegaste a Cataluña pensando que llegabas a un lugar democrático te equivocaste. Aquí adoran a las urnas como quien adora a un ídolo, pero odian a la democracia. Lo odian todo. Odian a la vida. El nacionalismo le canta a la muerte, como aquélla legión que tanto admiran, en secreto.
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Hayat dice que informó del asunto a SOS Racismo, y que SOS Racismo le respondió con un escueto "leído". Me temo que Hayat escribió a SOS Racisme, que no es lo mismo.

5 de jul. 2020

Josep Pla vs. Pedrolo: una tragedia "nacional"

Biografia de Josep Pla Conferències sobre Manuel de Pedrolo al Centre de Lectura ...

Andaba 2018 por la mitad de su andadura cuando un conocido me comunica que la editorial para la que trabaja acaba de publicar un texto desempolvado de Manuel de Pedrolo: "Algú que no hi havia de ser" ("Alguien que no debía estar allí", o algo así). Una novelita de tintes negros. Te mandaré un ejemplar, me dice luego. El libro no me llegó jamás y me alegré, la verdad, ya que de haberlo recibido me habría visto en la obligación moral de leer algo que no me apetecía.

2018 fue el "Año Pedrolo", según decreto de la Generalitat catalana. Quizás este tipo de instituciones deberían servir ¡solo! para esas cositas, además de para regular la denominación de origen de vinos, licores y melocotones. Visto lo visto, mejor que no les dejen gestionar mucho más.

El "Año Pedrolo" fue comisariado por una presunta experta en el autor, amiga de la presunta delincuente Laura Borrás, por entonces directora del IEC. El evento pasó sin pena ni gloria: nadie se acordaba de Manuel de Pedrolo (1918-1990) y nadie se acuerda hoy. ¿Nadie? Bueno, resulta que eso no es cierto. El otro día, un amigo lamentaba que en un "país" (se refería por error a Cataluña, que no es país) con tanta gente que se proclama de izquierdas, existan izquierdistas que reivindican a Josep Pla y ninguno a Pedrolo. Me pareció una propuesta interesante, punto de partida para un debate que daría muchísimo de sí. Para empezar está el enigma de eso llamado "izquierda catalana", barrido de la faz del territorio por el nacionalismo rampante de la última década.

Y luego: ¿ser de izquierdas impide disponer de criterio literario? En caso de disponer de criterio, cualquiera se da cuenta de que entre Josep Pla y Manuel de Pedrolo hay poco que comparar. A mi juicio, la principal diferencia entre ambos no es solo la calidad literaria de los textos, casi ausente en el leridano --salvo en breves destellos pálidos. La diferencia está en algo fundamental y que es el meollo del drama en la literatura catalana: Pedrolo no escribía para hacer literatura, escribía para "hacer país". De modo que al final no hizo ni país ni literatura. Cargado de buenas intenciones, Pedrolo estudió la producción literaria catalana y descubrió que no había literatura "de género": negro, policial, ciencia-ficción, teatro existencialista(!!!) y etc. El señor de Pedrolo, el muy desdichado, escribió más de 100 libros: tiene algo de loco medieval, de orate, de santurrón cómico: de fantoche. Así pues, se dedicó a rellenar los huecos para "normalizar" el país, esa obsesión enfermiza que emponzoñó la cultura catalana y la llevó al desastre.

Josep Pla jamás se propuso hacer país: hizo literatura y engrandeció a la cultura. No a la catalana, ya que esa no le interesa a nadie: a la literatura de verdad, sin adjetivos nacionales.

Franz Kafka ya se había dado cuenta de que el idioma de un escritor y la cultura desde la cual escribe no aportan nada, pero 100 años después de la muerte de Franz, Cataluña sigue confinada en el delirio patriótico que arrasa con todo. Lo dijo el propio señor Torra a propósito de la ratafía: "la ratafía hace familia, la ratafía hace país". No es un chascarrillo, no es una ocurrencia: detrás de la afirmación presidencial está el tumor de un pensamiento romántico y decadente. Quizás no sabemos cuándo se jodió el Perú, pero debemos saber qué jodió a la literatura catalana: las ganas de hacer país en vez de literatura.

Recuerdo como la comisaria del Año Pedrolo destacaba con gran tesón, en aquellos actos insípidos, la militancia cultural de Manuel de Pedrolo, sin caer jamás en la cuenta de que estaba nombrando a la catástrofe: confundir patria con cultura, o con lengua (eso tan común en Cataluña que ya nos parece incluso normal) es el origen y a la vez la consecuencia del mal catalán.

Dicho de otro modo: dárselas de intelectual y afirmar la existencia de la "literatura catalana" o, más grave aún, de una "cultura catalana" ejemplifica la magnitud del desastre.

3 de jul. 2020

Manuel Chaves Nogales, toros y bailarines flamencos

A cualquiera que le interese la literatura, sea española o china, le interesa leer a Manuel Chaves Nogales, sevillano genial que consta como periodista cuando es uno de los grandes escritores del siglo XX. Como Manuel nació durante un verano (el de 1897), mi primera reseña veraniega se la dedico a él. Chaves Nogales escribió sobre la guerra civil española, sobre un torero, un bailarín y unas cuantas cosas más, y siempre lo hizo como un escritor fascinante.

29 de juny 2020

Kataluña über alles

Catalunya über alles! (2010) - Filmaffinity

Hace algunos años, un aprendiz de cineasta catalán realizó la cinta "Cataluña über alles", una burla del movimiento racista y supremacista impulsado en Vic por un sujeto más que turbio, Josep Anglada, promotor del partido Plataforma per Cataluña. Anglada terminó como un Saturno invertido, devorado por sus hijos (es decir, por los cachorros de su partido), pero por el camino logró un montón de votos, de concejales y de subvenciones. Cuando sus correligionarios descubrieron que el líder se había comprados dos coches Mercedes de gama alta a costa de los dineros del partido le montaron una encerrona y lo echaron a la calle. El engendro político desapareció en la bruma que enturbia la comarca de donde partió. A día de hoy nadie sabe nada de Anglada ni de la Plataforma per Catalunya que caricaturizó la cinta de un tal Ramon Térmens, protagonizada por el añorado Jordi Dauder y el olvidable Joel Joan, actor que es la versión catalana y triste de James Dean: guapetón, sobreactuado y pretencioso sin argumentos. Joel, como James, pensó que era algo pero no calibró bien la jugada. Joel, a diferencia de James, no era nada.

Volvamos a la cinta "Cataluña über alles". En aquella película, de 2010, se presenta a un movimiento ultranacionalista catalán que pretende salvar las raíces de la patria milenaria echando a los inmigrantes para mantener las esencias. Vista de nuevo, a día de hoy, sorprende que ni el director ni el guionista se diesen cuenta de lo que estaban haciendo: estaban incubando el huevo de la serpiente. La cinta sugería que el supremacismo catalán es cosa de una ultraderecha de tintes ridículos, tan pasada de vueltas como el Vox actual, tan grotesca y exagerada como el engendro inviable de Abascal y sus adláteres. Hay que andarse con cuidado cuando se hace burla de la ultraderecha más rancia. En Perpiñán acaba de suceder lo impensable: pocos meses después del showroom de Puigdemont, el candidato que fue amante de Marine Le Pen ha ganado las elecciones, y el candidato pancatalanista que avalaban Puigdemont y Torra se ha dado un porrazo tremendo. Ya lo saben, pues, Torra y Puigdemont: por el flanco de la ultraderecha les van a colar una goleada. Hablen ustedes de patrias, de esencias, de pitorrearse de la democracia y les van a dar de lo lindo y en el cogote. Cuando uno es burro y destapa la caja de Pandora debería saber lo que sucede luego. ¡Haber leído, narices!

Si Plataforma per Cataluña destapó la cajita de Pandorita que contaba que el supremacismo catalán podía obtener votos y luego los de Puigdemont usaron el mismo truco para sacar su tajada, deberían leer lo que les ha pasado en Perpiñán. El nacionalismo (o su hijo natural el independentismo) abren la puerta a la ultraderecha, y esa es su única función. Es su destino, como una maldición eficaz. A nadie sensato y cabal se le escapa que sin Puigdemont no hay Abascal, ni Monasterio ni Iván Espinosa de los Monteros. A nadie debería escapársele que despertar las emociones nacionalistas tiene consecuencias, y que esas consecuencias son muy graves. Nadie debería olvidar que lograr los valores de la ilustración nos costó Dios y ayuda, sangre y víctimas, y que nos costó siglos de sufrimiento que se puede joder en un un solo instante de pasión nacionalista.

Josep Anglada difiere dos milímetros de Joaquim Torra. Y este último otros dos milímetros de Santiago Abascal. Lo más cercano a un nacionalista catalán es un nacionalista español. Lo más cercano a un supremacista catalán es un supremacista de cualquier parte del mundo. Que Dios nos libre de las patrias y de los patriotas. De ellos solo cabe esperar guerra y muerte. Eso es el nacionalismo, de donde sea que lo sea: el nacionalismo es la muerte.

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Enlazo el tráiler de "Cataluña über alles" para que juzguen el discurso torticero y tramposo de la cinta.

24 de juny 2020

Zafón ha muerto y Zanón está vivo


Sucedió como en "Ciudad de cristal", el inicio de la trilogía de Nueva York de Auster: alguien me llama y me dice: Zanón ha muerto. No, Zanón no ha muerto, le replico como saliendo de un sueño turbio. Por lo que yo sé, Carlos Zanón sigue entre los vivos y el que murió fue Carlos Ruiz Zafón, del que solo recuerdo unas frases escuetas, inscritas en unos monumentos pequeños, erigidos en rincones de la villa de Puigcerdà, rincones que por lo visto describió en alguna de sus novelas. Novelas que no he leído, lo digo sin confesarlo, puesto que no haber leído a Zafón no es ningún pecado, según mi código moral. Es mucho peor no haber leído a Vuillard o a Laurent Binet o a Carrère o a David Foster Wallace o a Patrick Deville. Todos vivos, como Zanón. Menos uno que está muerto, como Zafón.

De Zafón y de Zanón he leído unas veinte páginas. De cada uno, veinte. Al llegar a la encrucijada de las veinte cerré el libro y lo guardé. Ni lo quemé ni lo maldecí. Simplemente lo cerré y lo dispuse, de pie como un guerrero indio muerto, en el estante. Puede que me llegue el momento de su lectura algún día. Mientras siga vivo, como Zanón. Una vez muerto, como Zafón, no leeré.

Conocí "La sombra del viento" hace veinte años, en un bar de Mahón, capital de la islita de Menorca. No, no estaba haciendo el turista en Menorca: estaba trabajando. El bareto que visitaba dos o tres días a la semana tenía un camarero que, en los mediodías, leía este libro. Cuando le pregunté me dijo: bueno, no está mal. Pero no creo que te guste. Por supuesto lo pedí en la biblioteca de Mahón y leí sus primeras páginas poco después, solo para confirmar que la novela no me interesaba. Por aquellos días estaba leyendo "La virgen de los sicarios", la novela del colombiano Fernando Vallejo. La novela de Zafón no justificaba suspender la lectura del colombiano. Escribir correctamente, escribir bien y escribir con arte son tres categorías distintas y hay que transitar muchas décadas para comprender la diferencia entre ellas. Ni Zanón ni Zafón lograron la tercera, las cosas como sean. Ninguno de los dos es Stendhal, para entendernos. Ninguno de los dos es Bolaño. Nada más que decir.

Me gustaría reivindicar la obra de Zafón más que nada por el maltrato al que le han sometido los informativos de la Tv3, el canal que pagamos entre todos los sufridos ciudadanos de Cataluña: han reportado su muerte como la muerte de un barcelonés y luego como la muerte de un español. Ambas afirmaciones son correctas, pero a nadie se le escapa que la ladina Tv3 ha hecho lo posible por no llamarle catalán a Zafón. (Por cierto: Pilar Rahola también es una autora española). Zafón no puede acceder a catalán porque no escribió en catalán. Según Tv3, solo puede ser barcelonés o español.

No creo que deba justificar que no me gusten ni Zanón ni Zafón. El uno está muerto, como Marley, y el otro está vivo pero escribe las novelas que quizás soñó un muerto, que es Vázquez Montalbán (digo yo que Vázquez Montalbán tampoco debió de ser catalán según Tv3). En general, de todos modos, no suelo leer a mis contemporáneos. La lectura, para mi, es como la contemplación de la pintura: hay que ver primero a los de antes y, si da tiempo, ya llegaremos a los de ahora. Por cierto: en pintura no hace falta pasar más allá de Rembrandt, puesto que igual en Rembrandt se terminó el arte de la pintura. (La idea no es mía, es de un pintor noruego que quiere ser Rembrandt y hace bien).

En música me detendría en algún lugar que no soy capaz de precisar, pero no mucho más allá del Clave bien temperado de Bach. No escucho a compositores contemporáneos, salvando a muy pocos: entre ellos están Max Richter y Tom Yorke, entre otros escasos. De Tom Yorke me gustó lo que hizo en su etapa en Radiohead y por eso le sigo hasta hoy, cuando compone pequeñas maravillas como Atoms for peace o como Cymbal Rush. También me gustan cosas de Robert Fripp y de Adrian Belew, pero no me voy a extender en este campo.

Es difícil convivir con uno mismo y difícil convivir con los contemporáneos, pero es lo que hay y debemos atenernos a esto. Es mucho más difícil aceptar el pasado: el propio y el ajeno. Más que derribar estatuas, me gustaría borrar episodios de mi pasado, pero eso solo me será posible cuando sea como Zafón y no como Zanón, que sigue vivo.