19 d’abr. 2018

Prosopagnosia


Los griegos antiguos consideraban que la amnesia es un regalo de los dioses. Y yo, creo, humildemente, que también podría ser don divino la prosopagnosia. [Dícese de la prosopagnosia que es una forma de agnosia visual que impide reconocer los rostros].

Hace poco leí una novela (*), tan breve como maravillosa, en la que un personaje femenino (me niego a escribir una "personaja") intenta inducirse la prosopagnosia para con su rostro. Para ello, se sitúa ante el espejo del baño y se empecina en no pestañear durante mucho rato, hasta que la irritación de las córneas desdibuja la imagen reflejada, la emborrona y la convierte en la imagen de alguien que es otro y además irreconocible, uno mismo pero cuerpo sin nombre, vaciedad. Quizás es innecesario precisar que el personaje es una adolescente. Así como en la niñez no somos conscientes de casi nada referido a la vida y los niños se sienten equidistantes de la vida y de la no-vida, en la adolescencia empezamos a sentir el peso insoportable de la existencia y, de repente, tomamos ese vino amargo que es el exceso de conciencia, con su malestar y su sentimiento de culpabilidad por existir. ¿Por qué existir, cuando lo más normal -y lo mejor- hubiera sido no haberlo hecho? se pregunta el adolescente.

Debo contar que viví una adolescencia más bien tediosa en su conjunto, y que combatí mi náusea vital con mucha actividad, aunque jamás me arriesgué demasiado con los excesos. Fui prudente. Entrado en la madurez, sin embargo, me permití ciertos experimentos que no voy a contar. Solo contaré uno, que tiene algo que ver con la prosopagnosia. Aunque esa relación pueda parecer remota, la hay.

Al llegar al verano de dos mil y pico, después de un curso arduo y desagradable, decidí someterme a una dieta depurativa extrema. Solo ingería té verde y pepinos, sin sal ni aceite. Y de vez en cuando arroz blanco hervido. Había leído algo sobre los riesgos de tomar demasiado té verde, pero como lo había leído en un cuento gótico de Sheridan Le Fanu, no le di demasiada importancia. Luego de unos días de vivir a base de té verde (sin azúcar), empecé a sufrir ligeros desvanecimientos, me costaba mantener el equilibrio y me resultaba difícil subir o bajar escaleras, ya que estas construcciones se metamorfoseaban en algo muy parecido a las escaleras que dibujaba Maurits Cornelis Escher pero un poco peor, ya que se me aparecían con un aspecto blando. Un día, al descender del tren en un apeadero, estuve a punto de pegarme un porrazo fenomenal, porque me sentía incapaz de calcular las distancias, ablandadas y oscilantes, y me fue imposible el cálculo correcto de la zancada necesaria.

Aquel día me había propuesto explorar un antiguo camino medieval entre dos monasterios, y me apeé en la ciudad, pequeña y provinciana, que se halla en un extremo del mismo. Poco rato después de mi percance al descender del convoy, empecé a andar por la senda de los monjes antiguos. La verdad es que, a día de hoy, el camino no es muy agradable y transita por lugares fastidiosos, entre autopistas y autovías, y linda con urbanizaciones feas de chalés pretenciosos y horrendos y, lo que es peor, rodea horribles polígonos industriales con naves de hormigón prefabricado, sombrías, inmensas, tan enormes y sin más abertura que una puerta ciclópea que podrían albergar los más espantosos artilugios como, por ejemplo, monstruosos ingenios extraterrestres ocultados al dominio público.

El asunto es que, hallándome en mitad del recorrido, tuve que cruzar un túnel bajo una autopista de seis carriles. A la salida del agujero, me crucé con uno de esos runners que salpican, al trote, la mayoría de los caminos, senderos y carreteras de nuestro triste paisaje. Justo después de intercambiarnos el “buenos días” lacónico a que la educación obliga, me di cuenta de que era incapaz de recordar el rostro que venía de saludar. Es más: mi memoria inmediata me presentó un hombre sin rostro. Exacto: me di cuenta, apenas dos segundos más tarde del encuentro, de que había saludado a un tipo sin rostro, que su rostro era una superficie de piel paliducha sin boca ni ojos ni nariz. Así que, instintivamente, me di la vuelta, aún sabiendo que solo iba a poder ver de él su cogote. Pero el hombre ya no estaba allí. Debería haberlo visto a no más de seis o siete metros de mí, pero allí no había nadie. El atleta se había desvanecido en la nada. Se había esfumado en la luz de la mañana. No había ningún rastro de él. Pensé que me había cruzado con un fantasma. Luego pensé que había visto a un hombre que habita una dimensión paralela, y que se había abierto una ventana entre su dimensión y la mía por unos instantes muy breves (los instantes suelen ser breves). Luego pensé cosas terribles, negras. Me asaltaron augurios muy malos, imágenes de muerte y de aniquilación.

En cuanto llegué a mi casa, ese día, di por terminada la dieta de té verde y pepinos y arroz hervido de vez en cuando. Me cociné un cocido de lentejas con mucho tocino, papas, cebolla y ajo y pimientos verdes y pimientos rojos, laurel, ajedrea y tomillo, chorizo y morcilla, y lo acompañé con pan abundante y vino tinto del Somontano, más abundante que el pan.

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[*] Hernández, Sònia. "El hombre que se creía Vicente Rojo". El Acantilado, Barcelona, 2017.


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Este texto es la versión levemente modificada del que apareció en La Charca Literaria, el 11 de abril de 2018.

13 d’abr. 2018

Soy un mal catalán



Desde hace más de una década mi profesión es la de maestro de primaria, en Catalunya. Mi labor consiste en educar a niños de suburbios de esa Catalunya rica y plena, aunque muchos de esos niños no disponen de agua caliente ni de calefacción en sus viviendas. Algunos de ellos no disponen ni tan solo de agua corriente. Ni sus progenitores de cuenta corriente. Sus viviendas son chabolas edificadas verticalmente y ascienden hacia el cielo de la pobreza. A esos niños y a esas niñas que se pasan los inviernos sin calefacción les enseñamos a hablar y a escribir en catalán. Esa es mi profesión.

Pero sin embargo soy un mal catalán.

Antes de dedicarme a la docencia, trabajé en otros asuntos. Trabajé en una institución que promovía el conocimiento de la lengua catalana entre los adultos. Entre los adultos mayormente inmigrados. A lo largo de mi vida he escrito y he publicado varios textos de pretensión literaria. Al principo para niños y jóvenes, y luego para adultos. Todo lo que he publicado en papel lo he publicado en lengua catalana. Pero sin embargo soy un mal catalán.

Soy un mal catalán y me lo dicen así: eres un nacionalista español, eres un defensor de la violencia y de la represión contra los buenos catalanes.

Un día me cuestionaron si era más catalán que español y llegué a la conclusión de que jamás me había planteado el dilema: para mi, ser catalán era compatible con ser español. Me sentía bien siendo catalán y español. Cervantes, Vargas Llosa, Sagarra, Villalonga (Llorenç), García Márquez, Goytisolo, Marsé, García Lorca, Pla, Antonio Soler, Gil de Biedma, Ferrater, Ortega y Gasset, Max Aub y tantos otros me acogían en su cultura multilingüe. Me sentía bien con todos ellos. Con todos ellos reunidos. Juego reunidos Geyper. Esa fue la edad de oro.

Me sentía bien en esa cultura que se expresa en más de una lengua.
Pero sin embargo me dijeron que yo era un mal catalán. Insistieron en ello.

Que yo soy un mal catalán me lo dijeron personas que yo desconocía, y que solo sabían de mi que yo no era un nacionalista catalán, que yo no votaba a los partidos nacionalistas, que yo no llevaba un lacito amarillo en la solapa. Esas personas me pusieron muy difícil ser catalán, porqué le pusieron límites y condiciones a ser catalán.

Hace pocos días, el escritor Valentí Puig explicó que el auge dels nacionalismo catalán no ha llevado a un aumento de la compra de libros en lengua catalana, que sigue decreciendo. La cultura catalana se está empequeñeciendo y tiende a la desaparición. El profesor Jordi Llovet lleva años denunciando el ocaso de la cultura en Cataluña. El poeta Salvador Oliva dice lo mismo. Nos encontramos ante la decadencia más aguda de la cultura catalana, una cultura que sobrevivió al franquismo y que perecerá ante el nacionalismo catalán. El nacionalismo catalán matará a la cultura catalana y nos dejará una cultura zombi.

Vengo insistiendo en ello desde hace tiempo pero sin embargo soy un mal catalán.

No me quedan muchos años hasta llegar a la edad de la jubilación. En cuanto la alcance, creo que me iré a Portugal. Los portugueses me gustan mucho. Portugal me parece mucho mejor que Cataluña. Son más cultos y más inteligentes que los catalanes. Su cultura es enorme. Y son acogedores, agradables, políglotas, abiertos, humildes, tolerantes. Son todo lo que no son los buenos catalanes.

Ya que no puedo ser un buen catalán, quizás algún día podré ser un buen portugués.

9 d’abr. 2018

La transversalidad del asunto (dedicado a los CDR)

Resultat d'imatges de comites de defensa de la republica catalana

-La damucràssia auropea astà an pariy! -vocifera uno, en el arcén de la carretera.
-Hem da marxar d'Aspanya! -grita otro, agazapado tras la señal de "precaución por posibles vehículos agrícolas en la calzada".
-Ni que lu diguis! A Bagur ya sa sent més casteyà cacatalà! Haurem da buscar un altra puestu pals weekends i als afterworks! -responde un tercero, que llega con bocadillos y coca-colas zero azúcar para la merendola.
-Què vol dir "work"? -pregunta uno que se acopla al levantamiento, ataviado con disfraz guerrillero y una chapa con la efigie del Che Guevara en la solapa, al lado del lazo amarillo- Aixòs da "work" no era una cossa da xarnegus?
-Ravulussió pupular peru ya! La ravulussió pupular és urxent! O ans aniquilaran com a país ca som des da fa mil anys! La suparvivència de la cultura i da la nassió catalana dapèn de nussaltras! -espeta el que ganó los últimos Jocs Florals en el pueblo de al lado, especialidad Englantina d'Or.
-Viva Steve Jobs! - se desgañita un joven revolucionario.

Y luego arrastran dos neumáticos de tractor (uno de ellos sustraído al masover que se curra las tierras del papá) y los depositan enmedio de la comarcal, para liberar al país de las garras de un estado imposible metido dentro de una Europa insensible.
-Cas fotin els camiunerus aspanyols! -grita, al mismo tiempo que rocía el caucho con un botellín de Anaïs Anaïs previamente rellenado de gasolina marca Petrolicat punto cat..
-Jolín, quina pesta ca fa, cuions! -se horroriza en cuanto le llega un bocanada de humo negro al rostro.
-Dir "cuyons" és saxista, supossu ca ia lu sabías, no?

Y así la tarde se va pasando entre risas y humo y olor a revolución del pueblo. Van llegando colegas desde los chalés colindantes y se van juntando los jóvenes revolucionarios, y a medida que los neumáticos arden se va concretando una fiestuqui de cuidado para la noche en casa del papá de la Anuska, que hoy está en París follando con la novia danesa que se agenció en el congreso de ejecutivos del 2015. Hay que organizar una caja de solidaridad para pillar alcohol a destajo y algo de polvillo para aguantar hasta el domingo. O hasta el lunes, porqué... ¿qué mas da?:
-Si ma dona la gana vai a trabayà diyuns, i si no pues a tomar pal cul, ca par algu l'ampressa és del meu papà!

-Cuidadu! Ca ve la pasma! -grita uno, que ya lleva el vodka puesto. Ha visto un enorme vehículo negro en el horizonte.
-Ca no, tontu! Ca és al cuatra par cuatra de la Cuca! No lu veus? És al seu Mercedes! Essun dals nostras, un dal pobla català!
-Ah, bueno, valens, jolín, quin susto ca m'hai pagat! Jó, al cor ma palpita a tres mil ravulussions!
-Ravulussió! ravolució! Ra-vu-lu-ssió! -gritan todos, con el corazón henchido de patriotismo- Catalunya indapandent, Puydamón prassidén!

El sol se acurruca en el horizonte y las sombras besan dulcemente las mejillas de los niños. Des de que nacieron todo les es favorable: incluso los ocasos son tiernos y mimosos. Por eso siempre quieren más. Más dinero, más libertad, más impunidad. Alguien ha traído comida ecológica, sin gluten, del Veritas, aunque no todos la prefieren: algunos creen que es mejor comprar productos de quilómetro cero en la tienda del centro, la que tiene la foto de los jordis en el escaparate y un lacito gualdo pegado en la caja registradora.

De repente se escuchan unos chillidos horribles. Polola se ha caído encima de los neumáticos en llamas.
-Un astintó! Un astintó! -reclaman sus amigos más allegados.
Pero a nadie se le ha ocurrido llevar un extintor, pesan mucho y parecen muy proletarios.
Polola ha ingerido demasiada ginebra Hendricks a lo largo de la tarde de revolución popular y arde como una tea en pocos segundos. Su cabeza se combustiona como cerilla. Una cerilla catalana, eso si.
-És una màrtir da Catalunya! -chillan- La Iona d'Arcu da Catalunya!

Algunos han sacado sus Ipads y sus Iphones y han grabado la escena fulgurante, y uno de ellos ya está haciendo un montaje en el que se ve a un guardia civil empujando a la recién estrenada mártir de la patria hacia los neumáticos en llamas.

Pocos días más tarde, todos los buenos catalanes ingresan donativos en la cuenta de la Caixa a nombre del tuitero Almugavar25, con sede en Palafrugell, y tras dos semanas está lista la estátua de bronce de Polola Puigdengolas i Botarell de Puigdengolas, tamaño natural, que se planta en la plaza mayor por orden del alcalde (Jordi de Terricabras i de Palanganes -¡otro jordi!), que hace saber a todo el mundo que deben ir a ofrecerle flores (a poder ser rosas gualdas). Puigdemont manda un tuit desde Berlín: le concede a Polola la Cruz de Sant Jordi a título simbólico.

El presidente del Parlament, Roger Torrent, ordena suspender la doceava sesión de investidura del presidentet en señal de duelecito y suelta una lagrimita de plata que resbala por su mejillita izquierdita, puesto que es miembro de un partidito de la izquierdita catalanita y presidentetito por voluntad de Dios -con sueldo a cargo del estado español. Por voluntad de Dios, insiste: que, como todo el mundo sabe, dice en su discursito, Dios también es catalán y de izquierdas. Es solo un guiño de complicidad para con la la Cup, piensa el pobre alcaldecito del pueblecillo de Sarrià de Ter ascendido a autoridad catalana por obra de un rebote inesperado, a ver si esos cupaires se me ablandan un poco, carambas ya.

Y así se conquistó la independencia de Catalunya, con ese indudable sabor popular.



2 d’abr. 2018

Una aproximación a Dunwich, Catalunya




Antes de llegar al pueblo uno percibe indicios y presiente algo malo agazapado en los márgenes de la carretera, incluso a la luz dulce y melancólica que baña la tarde con un oro ajado. Quizás hay demasiada basura en las cunetas y la carretera, que transcurre paralela al río, se estrecha a medida que se aproxima a la población. La silueta de Dunwich se distingue al fondo. El campanario y las fachadas dispuestas en lo alto de la roca formando una muralla están encendidas por un naranja que quiere ser ígneo pero es mortecino.

En el lado del río se distingue un viejo embarcadero, marchito, lleno de herrumbre. Las emociones que acuden a mi mente son el miedo y la tristeza, pero sin duda prevalece la tristeza por encima del miedo. Me digo a mi mismo que no pasa nada, que es cosa mía, que se debe al estado de ánimo al que induce esa hora de la tarde, cuando el sol se hunde y se levanta el aire que traerá la oscuridad, que no es nada más que eso, la melancolía que nos invade a los mamíferos en este momento, al final del día.

Sin embargo, y una vez paseando por las calles, las primeras personas que me cruzo parece que deambulan más que andan hacia algún lugar. Silencio y sombras. Me doy cuenta de que en este pueblo el número de banderas patrias en los balcones es muy escaso, y eso me sorprende. Descubro muchas casas abandonadas. Conforme uno se acerca hacia el centro del pueblo, que debe datar de los siglos XVII y XVIII, se da cuenta de que de allí emana una caducidad pesada, enfermiza. Los edificios de las callejuelas céntricas están tomados por una lepra de la piedra que los está arruinando.
-Cuidado, hijo, no pases por aquí -me dice una señora mayor que acarrea dos bolsas de la compra. Me señala la calle por la que iba a discurrir. Los cascotes cubren el suelo. Todas las casas de esta travesía están abandonadas y la piedra se desmorona como la arena de los castillos infantiles en la playa. Ningún vecino vive aquí. ¿Se marcharon por la amenaza de la ruina o la ruina es la consecuencia del abandono? No lo puedo decidir. La soledad y la pena ocuparon la calleja y la habitan con una mueca gélida, visible por una décima de segundo tras los visillos podridos de las ventanas ciegas.

Serán las siete de la tarde. El aire que asciende del río es frío y arrastra sombras tras de si, y las  sombras van posándose sobre los adoquines y pegándose a las fachadas, como una plaga de líquenes violáceos. Algunas casas tienen los portales y los alféizares pintados de azul celeste, que es el color del manto de la Virgen, tal como se hacía antaño para proteger el interior de las casas de la visita del mal. Pero sin embargo el mal acudió y penetró en los hogares, y el conjuro del azul virginal no pudo detenerle. El mal ocupó las casas y heló los corazones de sus habitantes.

Este pueblo se cae a pedazos. En la terraza de uno de los pocos bares que he visto se juntan pocas personas, y parecen entregadas a ingerir el mayor número de cervezas posible en el menor tiempo. Como si tuviesen prisa por emborracharse y caerse rendidos lejos de la realidad tan penosa. Muchas tiendas cerraron años atrás, y las que quedan se despreocuparon. Cuando yo era un niño, las tiendas tenían el aspecto triste y desvencijado que la memoria me cuenta y que ahora veo aquí, como si saliese de un sueño infantil espeso y turbio. Y lúgubre.

Nací en el 64, cuando la dictadura entraba en su fase terminal, y las calles del barrio barcelonés de la Ribera tenían ese aspecto fatigado, gris, apesadumbrado. Faltaban pocos años para el estallido de los colores y de la esperanza, pero aquellos años eran de veras muy tristes. Me horroriza pensar que hemos vuelto a aquel instante del cansancio y la aflicción. Me pregunto que nos ha llevado hasta aquí, que diablos ha sucedido.

Había dejado el coche en las afueras y con tanto dar tumbos me desorienté. Por unos instantes, mientras andaba errático por las arterias de Dunwich, me asusté de veras, temiendo haber caído en una trampa de quebranto y de desdicha, y se me ocurrió que quizás no sería capaz de dar con mi vehículo para huir de Dunwich. Incluso se me ocurrió, en un instante de tribulación, que aunque encontrase mi coche no iba a ser capaz de salir del pueblo. Pero finalmente pude salir y retomar la carretera, no sin antes haber cometido varios intentos fallidos que me ensombrecieron el ánimo de un modo nefasto. Recuerdo el sudor frío resbalando por mi frente y empañando mi espalda. Una vez huído, pensé que en cuanto llegase a mi casa iba a buscar información sobre el extraño caso de decadencia de este pueblo, porqué uno cree que la información le puede liberar del horror. Pero cuando pude hacerlo no busqué información si no que procuré olvidar para siempre las horas vividas en Dunwich y el hundimiento del ánimo que experimenté allí.

A veces, cuando me acuesto, una de aquellas sombras como líquenes azulados me visita en el duermevela y doy un respingo en la cama, temeroso de que la pesadumbre leprosa de Dunwich no se esté expandiendo e invada Cataluña entera y de que, en cuanto me levante, me encuentre en una habitación ruinosa y desolada de aquel pueblo para descubrir que mi huída fue un sueño y estoy atrapado en la desgracia hasta el fin de mis días, que pronto llegarán.

31 de març 2018

El ejército en Cataluña




Las trincheras devastadas por el paso de las décadas, los búnkeres poseídos por la vegetación, las chabolas de los soldados arruinadas, las fortificaciones decrépitas, todo eso sigue ahí, agazapado enmedio del bosque, como si la guerra, lejos de haberse terminado, hubiera entrado en un estado de letargia, pero dispuesta a volver. Los pinos han crecido dentro de las zanjas en donde la tropa se protegía del fuego enemigo. Las zarzas, el romero y el tomillo florecen al inicio de esta primavera de 2018 entre las piedras de los parapetos, en la boca del búnker cubierto por un sombrero de lirios. En los barracones del XV Cuerpo, tan maltrechos, han crecido higueras que asoman por encima de las paredes y ascienden hacia el cielo al tiempo que proveen de un nuevo techo a las antiguas construcciones.

Desde las trincheras de Santa Magdalena de Berrús se ve la línea del tren Madrid-Barcelona. Desde otro asentamiento se divisa el río, lejos, solo en donde el sol arranca de él unos reflejos de plata vieja. Si uno se detiene y se calla, escucha un rumor de viento en los árboles que es el mismo rumor que debía escuchar el soldado de guardia. Mirando hacia el noreste, surge la tremenda chimenea de la central nuclear que entonces no estaba y ahora sí. Es un centinela cilíndrico, serio. Hoy ningún penacho de humo gris corona su cabeza. Debe ser por ese viento que se ha levantado.

En otro punto, en uno de los picos de la Sierra de Pàndols, un monumento conmemora a los soldaditos de la Quinta del Biberón. Es un cerro (en la cota 705) tomado hoy por la paz y un sol agradable, blanco y apacible. Antaño fue el escenario de una carnicería en la que aquellos jóvenes soldados dieron su sangre por una causa que, probablemente, les resultaba tan lejana como escurridiza. O acaso incomprensible: ¿la patria? ¿la libertad? La patria o la libertad... me imagino esos conceptos en el corazón de un adolescente obligado a enfundarse un uniforme y a cubrirse la cabeza con un casco muy frágil para meterse luego en un hoyo de polvo o de barro, con un fusil en las manos, a los dieciseis, para defender... ¿qué cosa? Así son las guerras: con una apariencia de nobleza en la retórica de sus motivos. Y con un insoslayable aspecto de estupidez en sus consecuencias. La retórica pertenece a los señores y las consecuencias solo para los soldados, la carne de cañón reclutada entre la clase más baja de ambos bandos.

Por fortuna, en una de las caras del cubo de hormigón que hace de monumento en la cota 705, a alguien se le ocurrió inscribir un poema breve que habla de hermanos en vez de enemigos. No está mal. Muchas veces he visto, en lugares como este, inscripciones que usan grandes palabras para celebrar acontecimientos que solo fueron de muerte, de pena, de hambre y de tristeza. Y de piojos.

Desde ese observatorio alto, iluminado por un sol lejano e indiferente a toda cuita humana, se distinguiría, con unos simples prismáticos, el punto desde donde el general Franco observó los movimientos de la batalla, en el Coll del Moro, en la salida de Gandesa y en dirección a Alcañiz. Dicen que el general solo estuvo allí unos días y luego se largó, en cuanto se dio cuenta de que la batalla iba para largo y las posiciones de sus tropas no estaban nada bien distribuidas por el mapa.

Cada vez que visito esos sitios contemplo las indicaciones que orientan al viajero. Un consorcio de la Generalitat catalana se encargó de señalarlos, aunque es obvio que, des de hace muchos años, se olvidó del mantenimiento y ahora el tiempo ha vuelto a la carga, impasible, taciturno, a lo suyo.

No comprendo porqué el ejército no participa en la conservación de esa memoria, que es la suya. El ejército que estaba allí era el ejército español. Eran los soldados del ejército español los que se agazapaban en esas trincheras, los que comían y fumaban y se rascaban los piojos, los que lloraban. Ese ejército no era ni extraterrestre ni extranjero. Esos soldados defendieron la constitución española con su vida. ¿Porqué hay que ceder la preservación de esa memoria a un gobierno regional que, además, últimamente, se muestra tan desleal con la constitución como lo hicieron los sublevados del 36?

La paz no creo que sea el resultado de una derrota militar, ni la consecuencia de la aniquilación del enemigo. Creo que la paz es construir un escenario de concordia y de diálogo que prevenga la guerra, porqué todos sabemos que estamos en España, en esa España fratricida y cruel. Me gustaría ver, en los escenarios de la batalla final de la guerra española, signos de voluntad de concordia. Eso les ayudaría, a muchos, a comprender el significado del término "guerra civil", y entenderíamos todos lo que pasa cuando España lucha contra España (o Cataluña contra Cataluña, como hoy). En esos casos solo mueren españoles (amén de voluntarios extranjeros, claro está), y mueren bajo el fuego de otros españoles.

A día de hoy, cuando tan fácil y tan barato parece enfrentar a catalanes contra catalanes, alguien debería empezar a hablar de la pedagogía de la paz, de la democracia y del diálogo. De la política, vamos, de la política de la bondad para todos.