5 d’ag. 2018

A marear la perdiz fascista

Resultat d'imatges de cruces amarillas

El fascismo cobra cuerpo entre nosotros y se hace tangible. Cada vez que uno lo nombra, aunque sea para denostarlo, para acusar de ello a los otros, no deja de ponerlo encima de la mesa y, en cierto modo, lo anuncia, como los ángeles al señor.

El debate sobre el fascismo siempre lleva apareado el debate sobre la libertad, y los dos conceptos comparten la mesa, el escenario. Fíjense ustedes: no hay discusión sobre el fascismo en que no aparezca, a su lado, la libertad.

Así, lo que debería ser un debate sobre el uso del espacio común (calles, rotondas, plazas y barandillas de puentes) se ha convertido en un debate sobre fascismo contra libertad. Lo malo del caso es que, en cuanto se transfiere una cuestión de uso de lo público a una cuestión de "libertad contra fascismo", cualquiera de los dos interlocutores  puede arrogarse para si la libertad y acusar de fascista al otro. Eso ya es una buena paradoja. Pero hay más.

Se me han ocurrido dos, extraídas de las décadas de los 20 y los 30 del siglo pasado, que son esas décadas que admiramos el señor Torra y yo. Imagínense ustedes una manifestación que pidiese la libertad del preso Alfonso Capone. Imagínense ustedes que esa manifestación es contestada por otra, formada por gente que no quiere la libertad de Capone. ¿Cuál sería la manifestación fascista? Y en cualquier caso: ¿la libertad o la permanencia en la cárcel de un preso debe dirimirse en las calles, cuando uno vive en un estado democrático?

Vamos a imaginar otra situación paradójica, esta vez en Alemania: vamos a suponer, que mientras el preso político (¿o era un político preso?) Adolfo Hitler está en la cárcel por lo del golpe de Múnich, sus seguidores llenan las calles con pasquines, carteles y banderas pidiendo su liberación. Y otro grupo, de signo opuesto, se dedica a quitar dichas banderas del espacio público. ¿Cómo lo hacemos para dilucidar quien es el fascista y quien el defensor de la libertad?

Más allá de las paradojas y los juegos anacrónicos, a mi me parece que el debate sobre poner y quitar lazos amarillos es solo un debate sobre la convivencia. Y la labor (la responsabilidad) del buen gobernante es trabajar en pos de la buena convivencia, el acuerdo y la paz en las calles. No entiendo qué se gana alimentando el fuego, y dudo de que haya un cálculo de ganancias y pérdidas, porqué me temo que nadie sabe adonde nos puede llevar la oscura tentación de nombrar al fascismo con tanto ahínco. Pero sin duda, a nada bueno. En un estado democrático como este, el gobernante gobierna para todos y, ante un conflicto civil, tiene la obligación de mediar.

Cualquier otra postura no parece propia de alguien que se tome en serio la democracia. Aunque quizás no se toman en serio nada, ni tan solo el fascismo, porqué no parece sensato nombrarlo constantemente, no se si para banalizarlo o para usarlo a modo de vacuna oscura. Así, cuando llegue el fascismo de verdad, nadie se dará cuenta o lo confundirá con un defensor de la libertad.

4 d’ag. 2018

Canallas y tontos

Resultat d'imatges de la batalla futura

Ni la palabra "canallas" ni la palabra "tontos" son de mi agrado, y creo (o espero que sea así) usarlas poco o nunca. Incluso en el lenguaje doméstico. Pero esas son las dos palabras que usa Roberto Bolaño en el magnífico documental "Roberto Bolaño. La batalla futura", del director Ricardo House (Chile, 2016), que en España se ha estrenado en Filmin, para explicar quienes son los que se dedican a la profesión literaria.

En una entrevista, ya añeja, para la tv chilena, el periodista ensaya la pregunta que cualquier escritor se teme: ¿qué consejo le daría usted a un joven...? Bolaño no se anda por las ramas en su respuesta ni pretende agradar a todos (no lo hizo nunca, diría yo). Responde: cualquier joven que quiera dedicarse a la literatura debe saber que ese es el oficio más miserable del mundo. Y también debe saber que en él solo hay canallas y tontos. Luego se entretiene en definir a los tontos pero no a los canallas, puesto que la canallada se define sola, digo yo: repito que no me entusiasma para nada el concepto "tonto", porqué define tanto a un ingenuo como a un discapacitado intelectual como a alguien que desprecia el locutor por considerarle de valor intelectual inferior, y en esta amplitud semántica encuentro muchos problemas. Mejor no usar el término y vamos a dejarlo así.

En cualquier caso, esos a quienes Bolaño califica de "tontos" son las personas que piensan que, por haber publicado un libro son buenos escritores y por ende se consideran personas importantes, relevantes en algún sentido. Lo precisa mejor el genio chileno: "todo el mundo debería saber que todo es efímero e irrelevante, y que incluso Cervantes y Shakesperare desaparecerán". Mientras veía ese documental no podía evitar pensar en decenas de autores catalanes (autores editados) que se pasean por los festivales de la cosa nostra en versión literaria tan henchidos como hinchados, convencidos de haber accedido a un Parnaso que solo es casero y nimio.

Haber publicado un título (aunque sea una novelita policíaca) les ha dado, a personas más o menos conocidas, la impresión de ser alguien. Creo que ahí está el problema. Como yo soy uno de esos que ha publicado algo, me he visto en la difícil tesitura de compartir mesas redondas con gentes que, como yo, habían publicado algo. Enseguida he percibido esa altanería, y enseguida he sentido las ganas de huir. La publicación les da, a algunos, no tan solo un sentido a su existencia, si no también un argumento para mostrar su superioridad.

Creo que eso es lo mismo que sucede con el asunto soberanista catalán: personas que se sentían perdidas han encontrado en su militancia independentista un sentido a sus vidas y ahora son alguien. En Cataluña se asimila publicar (en catalán) a una labor redentora: si la literatura es mala no importa, ya que lo que importa es la militancia lingüística (por extensión, patriótica). Hace poco leí que, quien publica en catalán no solo hace eso si no que es un "guerrero de la lengua". Es decir, de la patria. Mientras los que escriben se planteen ser guerreros de la lengua patria, la literatura catalana estará perdida y sin remedio alguno.

Bolaño plantea muchas cosas interesantes en ese documental: duda de que existan literaturas chilenas, bolivianas o argentinas. ¿Acaso todo lo que se escribe en español no sale de Cervantes?. Una pregunta que sería aplicable a la literatura catalana, a no ser que alguien piense que la novela catalana nace de Mercè Rodoreda.

Hace unos días leí que la nueva consellera de cultura catalana, Laura Borràs, sigue empantanada en el debate estéril y kamikaze de que es lo que pasa con los escritores catalanes que escriben en lengua castellana: ¿son catalanes o no lo son? Ese es el nivel de la consellera. No le iría nada mal, a esa señora consellera, pisar el territorio real y escuchar y callar y aprender como yo lo hago.

Creo que Roberto Bolaño, que vivió muchos años en Cataluña, habría sido un fantástico consejero de cultura (aunque me temo su respuesta ante una proposición así).