16 de set. 2020

Cuixart esquina Forcadell

Domingo 13 de Septiembre. Mediodía. El Sol es blanco y rechoncho. El aire está inmóvil, detenido por arte de una maldición eficaz. Aire pasmado como el agua justo antes de hervir. Al abrir las puertas del coche (a ver si encuentro un sitio en donde me den de comer) entra una bocanada tibia y catalana. Como en tantos otros onces de septiembre, en este también huí de Cataluña. Regreso un par de días más tarde. ¿Huir? Quizás sí, quizás así sea. No tengo ánimo de mártir ni me gustan los mártires patrióticos, ni tan solo se puede hablar de Rafael de Casanova como un mártir.

Sea como sea, estoy de vuelta en Cataluña. Estoy en Cataluña y hace bochorno. La Conca de Barberá es eso, una cuenca o una olla bochornosa y agobiante. De este pueblo emigró un antepasado mío y no volvió jamás, ninguna circunstancia le llevó de vuelta. Ni tan solo pidió ser enterrado allí: su cuerpo, lo que de él quede, yace en un cementerio de Barcelona. ¿Fue más feliz en Barcelona que en su pueblo de origen?

Por una de las calles principales me dirijo hacia la plaza, pensando en que allá habrá algún garito. Y lo hay: es un local regentado por tres mujeres filipinas. Amables, buen precio y calidad estándar. Tanto en el primero como en el segundo hay un plato filipino a escoger. Todo parece andar bien. En la terraza, sol y moscas.

Sol y moscas: Cataluña.

En las mesas a ambos lados de la mía todos hablan castellano (con alguna locución catalana interpuesta), ese bilingüismo natural y armónico que disgusta a los hipertensos de Koiné y de la Plataforma per la Llengua, que quizás sean los mismos pero con dos collares. Hay quienes desean collares, y cuántos más mejor.

Ya de vuelta, saciado, es cuando descubro que muchas de las calles del pueblo de mi antepasado lucen dos rótulos: el uno, más antiguo, es azul con letras blancas (a veces blanco con letras negras). El segundo, más nuevo, fondo amarillo. Ambos llevan el logotipo del ayuntamiento y la misma tipografía. Así, por ejemplo, la calle Àngel Guimerà es también la calle Joaquim Forn; la calle Pau Casals también es Anna Gabriel y la calle Joan Maragall, también Josep Rull. Si los antiguos nombres ya eran bastante patriotas, les han añadido una segunda opción, más patriota y más contemporánea si cabe: la cosa catalana es imparable y debe renovarse. En algunos casos huele a redundancia excesiva: la calle que antes era Rovira i Virgili (un exaltado nacionalista racialista) ahora también es la calle Carme Forcadell.

Al llegar a la calle Mestre Roig (?) veo que también es Dolors Bassa, pero algo me dice que Dolors Bassa se podría caer del nomenclátor amarillo: dicen que Dolors está por pedir el indulto. No he visto la calle de Puigdemont, pero supongo que es por no haber transitado la calle Mayor. La presencia ausente de Puigdemont induce al chascarrillo. Uno suele reírse a costa del ridículo Puigdemont y hoy no será menos.

En una rotonda fea, al final del pueblo, calcinada como una esquina de Hiroshima, descubro que la rotonda tiene nombre: Plaza Uno de Octubre (en recuerdo de los hechos acontecidos en Cataluña el día 1 de octubre de 2017). Es la única placa que lleva una explicación.

El breve paseo por el pueblo ha mostrado un pueblo triste. Hay muchas tiendas cerradas para siempre, algunas de ellas llevarán así más de una década. Otras, más de dos o de tres. Hay una tienda de objetos decorativos que, aunque abierta, parece ensimismada en un oscuro recoveco perdido en el tiempo: su mal gusto es bíblico. Las fachadas languidecen. La tristeza se me pega al cuerpo con más ahínco bajo ese calor sudoroso, y las moscas diminutas se me meten en el hocico, a la búsqueda de la humedad en las comisuras de los labios. Vine a buscar algo de comer y parece que haya venido a rescatar al coronel Kurtz. El horror. Cataluña está ensimismada en su propio horror, cocida en su propia salsa de nacionalismo y estupidez. El horror.

Luego doy con la calle Lluís Carulla, ahora también calle Jordi Cuixart. Buen acierto: han hermanado a dos empresarios dudosos. El caso Cuixart me llena de dudas: si bien es cierto que el hombre no era ni diputado ni cargo público, su implicación en el intento de golpe de estado nacionalista del 2017 es algo que debe ser bien analizado. No vale reducir su caso al asunto mediático del hombrecito de la melenilla mulet encaramado en un coche de la Guardia Civil, arengando a los demás a no sé qué barbaridad. El caso Cuixart es mucho más profundo, mucho más inquietante. Cuixart me produce un escalofrío: le veo siniestro hasta lo indescifrable. Y por otra parte me parece un exaltado, un tipo sanguíneo e irracional que, en otras circunstancias y en otras latitudes podría ser un líder terraplanista. Y en otros tiempos pudo ser un hereje iluminado y a la vez un inquisidor temible, furibundo, un sádico.

Me parece muy rara la doble nomenclatura: no se atrevieron a suprimir a Casals, a Rovira i Virgili, a Maragall, a Guimerà. Tampoco pudieron construir nuevas calles para los nuevos fantoches símbolos de la patria. Decidieron algo sintético y ridículo: una sola callejuela estéril y lamentable por fea y por inane lleva dos nombres, como un homenaje a la cobardía y a la esquizofrenia, un signo de las dos Cataluñas superpuestas, la rara evolución del sentimiento atávico. Tradicionalismo al cuadrado. Carlismo al cuadrado. Y todo eso sucede en esa Cataluña que se empobrece a grandes zancadas: toda la Cataluña interior da muestras irrefutables de una decadencia abismal teñida de banderitas, una caída anunciada en cada estrella de la bandera estrellada. En los noventa, ese pueblo parecía renacer. Hoy, señala el camino del descenso. Podrían dedicarle una calle a la Tristeza y, bajo el rótulo, nombrarla también Calle Independencia. Cataluña ensombrecida, triste, penosa. La Cataluña tras el "procés".

Salgo del pueblo por la carretera que transcurre al lado del río. En el invierno pasado, una riada se llevó casas, empresas y huertos de la orilla del Francolí. El desastre está ahí expuesto todavía, todavía están las máquinas y las ruinas que les dejó la avenida de las aguas, como si ayer mismo el río se hubiese cabreado. Quizás le pueden poner "Avenida de Carles Puigdemont" a la calle que el agua embravecida arrasó y no han sido capaces de enderezar.


8 comentaris:

  1. Digo, que viendo lo que veo, es mejor que no gobiernen nunca, porque a la postre están haciendo lo mismo que hacian los otros poniendo nombres de calles a "lideres", y mitificando sus hechos.
    Además, en estos partidos tan "mantequilla", tan cambiantes de siglas, tan acomodaticios girando en torno a Convergencia, en que hoy puede ser un héroe, mañana puede ser un traidor, sólo hace falta decir que algo " no se hizo bien" para que te borren del callejón.
    Todo muy infantil, muy flojo, muy de poca base.
    En suma, nada.
    Salut

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    1. El nivel intelectual es bajo, en efecto. Sin embargo creo que eso es lo que buscan: un discurso facilón que llegue al "poble".

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  2. Aquesta terra a passat segles de decadència i s'ha aixecat. De fet la decadència és cíclica en tota història de qualsevol país. Però encara som aquí.

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    1. Todos los lugares tienen sus ciclos de gloria y decadencia, pero asistir en directo a la destrucción minuciosa ladrillo a ladrillo de una sociedad por parte de la parte más poderosa de ella misma es desasosegante. Podría decir que es antropológicamente curioso y que sólo por eso me quedo aquí antes de agarrar mis cosas de desarraigado y buscar aires mejores, pero no sería cierto, me quedo porque no me queda otra de momento. Ánimo con la decadencia. Parece hasta una situación deseada por tantos...

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    2. Marta: quan dius "terra" m'agradaria saber a quin concepte et refereixes, perquè "terra" és plurissèmic: pot ser una regió concreta, pot ser el planeta o pot ser una abstracció, com ara "la terra catalana", que mai no sabem com es delimita. Ídem per a país, que podria ser sinònim de comarca, de paisatge, de nacionalitat o d'imperi.

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    3. Javi: estoy como tu. Ante la dificultad (por ahora) de cambiar de residencia, uno se adapta y se queda para contarlo. Dice un filósofo que el hombre (y la mujer) apareció en el mundo para contarlo.

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  3. En ocasiones me he preguntado, LLUIS, y lo digo con referencia al comentario que nos inserta MARTA, que si por aquellas a Neil Amrstrong, al pisar la Luna, le hubieran dado la bienvenida los selenitas, y le hubieran preguntado de donde procedía, el hubiera señalado nuestro planeta y hubiera dicho: Mi tierra es aquella.
    Creo que el concepto tierra se empequeñece a medida que nos alejamos de nuestro lugar de orígen.
    Salut

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