9 de jul. 2018

El señor Ratafía y la emergencia humanitaria

Resultat d'imatges de ratafia

Puse la radio por la mañana, mientras me preparaba para acudir al trabajo. El señor Ratafía dijo, a través de las ondas, que sobre el país se cernía una terrible emergencia humanitaria. Me puse a temblar.

Abandoné mis labores enseguida, bajé las persianas, corrí las cortinas, atranqué la puerta del piso e hice inventario de mis víveres. Y me preparé para resistir. Recordé a mis abuelos y a mis padres, ya que ellos vivieron una guerra, e intenté invocarles para obtener sus consejos. Fue en vano: todos ellos murieron años atrás y mis dotes mediúmicas fueron nulas.

Pasaron algunas horas. Pero no sucedía nada. La demora es una máscara del mal, me dije. Al cabo del tiempo osé asomarme a la ventana y atisbé la calle. Todo parecía extrañamente normal: gentes arriba y abajo, mamás llevando niños al colegio, un guardia urbano multando a un vehículo mal estacionado. El cielo estaba azul y soplaba una leve brisa matutina, indolente, como también ausente de la tragedia.

Elaboré un montón de hipótesis, que incluían el triunfo de una conspiración global y diabólica, el trastorno mental e incluso la posibilidad de haber muerto ya y de estar viviendo -a pesar de la muerte- una situación paranormal. Encendí la tele. En Antena 3, un nutrido grupo de tertulianos debatían sobre un crimen horrendo pero antiguo (¡como les gustan los niños muertos!) y a continuación pusieron anuncios de productos para mejorar la salud, disfrutar de la vida y engañar al paso del tiempo. Pero sin embargo... ni una sola palabra sobre los augurios nefastos del señor Ratafía.

A eso de las diez sonó el teléfono: era el número de mi jefe, que sin duda simularía que no pasaba nada y me preguntaría por mi ausencia. No caí en la trampa y no le respondí. Deduje que estaba compinchado con los conspiradores y rompí el aparato, para evitar una caída en la duda y sucumbir al engaño.

Mientras no llegaba el fin, me puse a buscar apariciones en prensa anteriores del señor Ratafía. Le vi y le escuché hablando de una situación de extrema gravedad, de injusticias sin nombre, de invasiones a cargo de legiones extranjeras, de exterminio, de expolio, de bestias inmundas que se pasean por las calles hablando una lengua bárbara y obscena. ¿Como es posible que no hubiese prestado atención, anteriormente, a las advertencias del señor Ratafía? ¿Como pude ser tan ingenuo, tan incauto? ¡Nos había avisado una y mil veces!

A eso de las doce decidí comer algo, pero poco. Solo un huevo duro precocido, del Mercadona. Vete a saber cuanto dura la emergencia. Bebí un poco de agua. De la botella, por supuesto: a ver quien es el valiente que se atreve con la del grifo, con lo fácil que es echarle venenos a la red pública.

Unos día más tarde recibí un burofax, que un individuo disfrazado de cartero (una bestia invasora, sin duda alguna) echó por debajo de la puerta. Estaba despedido por ausencia injustificada. Bueno, pensé ¿a quién le importa esa menudencia cuando nos acecha el fin de los días?

Cuando el hambre y la debilidad habían hecho mella en mi, acudió la memoria en mi salvación. Recordé que, un tiempo atrás, leí una novela en la que su protagonista ingería salsa de soja para trasladarse a una dimensión paralela, y a la vez recordé una de las escasas herencias de mi abuelo el carlista que guardaba en un rincón oscuro del piso. ¡La botella de ratafía! El licor estaba allí, intacto, porqué siempre me pareció un brebaje indigesto y deplorable. Pero uní los cabos: el señor Ratafía, me repetí, el señor Ratafía... Sin duda era eso: ¡en su nombre estaba oculta la clave secreta de la salvación!

Me bebí la botella entera. El líquido pegajoso y maloliente penetró en mi esófago, deslizándose como una culebra verde y calentita y, aunque creí morir, mi fe en el milagro me permitió resistir al asco. Dormí muchas horas, vomité, tuve pesadillas horribles y al fin, con la ayuda de un Espidifén, volví en mi. Me sentía bien, renovado y optimista y lleno energía. El mundo me parecía un lugar fantástico. Un lugar por el que debo luchar, sin temor. Ahora se que debo plantarles cara a las huestes de bestias inmundas, que de repente me parecen débiles y cobardicas. ¡A por ellos, que son pocos y cobardes! me dije a mi mismo, henchido de valor.

Abandoné mis temores y me presenté en el trabajo. El jefe perdonó mi ausencia, me readmitió ¡y me aumentó el salario!. Todo fue bien a partir de entonces. Tuve un montón de amigos nuevos, recibí montones de palmaditas en la espalda, me surgieron oferta sexuales por doquier, los desconocidos me invitaban a beber cervezas artesanas del Montseny. Obtuve la felicidad en el reconocimiento de los demás y, cuanto más ignorante me mostraba y más repetía sus eslóganes victoriosos, más mejor era mi vida.

Solo me pregunto, a veces, porqué visto camisas de color gualdo -cuando siempre he odiado el color que mató a Molière-, y porqué ondea, en mi balcón, esa banderita que se parece a la de Cuba pero no es la de Cuba. Sin embargo, y más allá de mis dudas, siempre le guardaré un agradecimiento ilimitado a la ratafía, por todo lo bueno que me ha dado.

4 comentaris:

  1. Cloro....claro....pero si la fabricas tu ¡¡¡¡¡¿Cómo se denomina la ratafia ?...ahhhh
    Te hemos descubierto ¡¡¡¡

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    1. ¡Vaya! Me pillaste. Llevo años disimulando mi origen ratafiesco pero he sido desenmascarado.

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  2. Los efectos secundarios son mas propios de la absenta de hace cien años que no de la ratafia.

    No entiendo la "perra" que ha pillado el Torra con esa porqueria indigesta, si hasta hoy le ha regalado una botella a Pedro Sánchez.

    Lo que me consuela es que estos papanatas no alcanzarán nunca la independencia. Porque si alguna vez la alcanzasen, solo podriamos beber ratafia, Aromas de Montserrat, aïguanaf, y Ron Pujol. Adiós whisky, bourbon, ginebra inglesa, tequila, mezcal, orujo gallego, etc.

    Solo ratafia.

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    1. No les subvalores. Llevan años produciendo cola catalana, cervezas artesanas elaboradas en las mejores cunas del carlismo, licores del Pirineu y demás. Creo que lo llaman a eso "estructuras de estado". Bromas aparte, hay que ver el discurso de Torra en la cofradía de la ratafía: "la ratafía és família i és país". Al tanto con los sustantivos.

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