21 set. 2016

¿Juan Marsé fué pregonero de la Mercè?




Este texto apareció en este mismo blog en 2012. Por entonces yo todavía no era capaz de intuir hacia dónde nos iba a llevar el asunto del soberanismo catalán (luego "procesismo") pero ya me olía mal. Escribí un elogio de Marsé porqué le debo mucho a Marsé en mi formación como amante de las letras, lector y finalmente autor de algunas novelitas. Siento por él algo parecido a lo que siento por Javier Pérez Andújar: sus palabras son palabras inteligentes, bien escritas, palabras que cuentan y que dicen, que te acompañan y te enseñan y te aprenden. Palabras que suenan ahí, a mi lado. Sus textos cuentan cual es mi país y cual es mi historia.

Yo vengo de una familia que perdió la guerra. Y con ella perdió vidas, patrimonio, casas, negocios. Yo perdí la guerra y la ganaron ellos. Mi familia fue una familia pobre por varios motivos, uno de los cuales es la guerra que ganaron los señoritos que ahora están en el gobierno de Cataluña y en el de España. Esos que ahora me cuentan qué es la democracia y qué es Cataluña. El asunto de los catalanes pobres es algo que hay que escribir algún día.

Yo no soy de esos. Jo no sóc dels vostres.

Ecribí ese texto (el que sigue más abajo del asterisco) releyendo "Últimas tardes con Teresa", que es, quizás, la mejor novela sobre la Barcelona de la postguerra. Con permiso de Carmen Laforet y su "Nada". Nada se ha escrito en catalán que nos explique mejor. Por el momento. Mis referencias literarias están escritas en castellano, y eso es algo que puede ser casual o no. A mi me parece que no.

Y hoy, viendo el lío que montan los del proceso soberanista a propósito del pregón de las fiestas de la Mercè a cargo de mi admirado Javier Pérez, creo que es un buen día para reeditar mi homenaje a Marsé y preguntarme como puede ser que Marsé no fuese jamás pregonero. ¿Se lo propusieron y lo rechazó?

*  

Domingo, la una y pico del mediodía. El aire se calienta bajo los nubarrones, entre las nubes y el suelo cansado y polvoriento. Juan Marsé llega al calor sofocante el merendero metido en el maletero de un coche y luego lo deposito con más o menos cuidado encima de una mesa de hormigón, pintada de verde césped. A escasos metros, las barbacoas arden. Churrasco, costillas, matambre, llonganissa, pollo, conejo, pinchos morunos: la carne se cuece deprisa, en pequeños infiernos de alquiler por horas y llena el aire de olor acre, de humo blanco que se pega a la ropa y al pelo.

Hay griterío, botellas de champán barato que estallan, latas de cerveza del Lidl rodando por el suelo. Mocosos que celebran su tercer cumpleaños vestidos con camisetas de futboleros de hace cuatro años. Aquí, un poco más abajo, suena el cd de un Volkswagen Golf con las puertas abiertas, que se confunde con el rumor de la radio en el chiringuito de los helados. El encargado se afana en recoger parrillas, pasarles un cepillo de púas metálicas y alquilarlo de nuevo: parrilla más leña más alquiler de la mesa son quince euros y la tarde es tuya, de arriba a abajo. Creo que aún no lo había dicho: Juan Marsé y yo estamos en el merendero de Les Planes.


Contemplo a Juan Marsé tumbado encima de la mesa, justo al lado de la botella de vino. Las imágenes a veces se mezclan en el sopor, la luz excesiva de junio, el rumor de las cigarras. Mi madre nos traía, a mi hermano y a mi, de pequeños. Creo que era por las tardes, seguramente los sábados o cualquier día de la semana, si era verano. Me pregunto por dónde andaría mi padre. ¿Trabajando? Me sucede a menudo: tengo muchos recuerdos en que estamos los tres, y él no está. La verdad es que en el recuerdo no consta que le echara de menos. Ni yo ni mi hermano, aunque no sé qué pensaría ella. Bueno, todo eso ya pasó.


Sentado en Les Planes me doy cuenta de que ese hombre me explica muy bien qué demonios es Barcelona, y que sin él la imagen sería incompleta. Me refiero a sus libros, claro está. Y lo que me gusta, sobretodo, es esa mala leche literaturizada que desprende. La mirada sobre la ciudad desde la altura del Monte Carmelo en Últimas tardes con Teresa es oscura, desarraigada. La ciudad está cerca pero lejos. Los señoritos se fueron de sus casitas con jardín en cuánto vieron acercarse las oleadas de barracas que estropeaban sus tardes de veraneo.

Me divierto enormemente con esa novela, y con sus rincones discretamente ocultos. La descripción de Oriol Serrat, el padre de Teresa es apabullante:
guardaba todavía restos de una belleza viril que estuvo de moda en los años treinta, una especie de versión catalana y débil de Warner Baxter. Un aire incierto de alférez provisional flotaba a veces en su rostro y le incluía por méritos estrictamente estéticos en este benemérito montón de pulcros y anónimos maduros, todos iguales, que se diría han querido eternizar su juvenil adhesión a la victoria con el fino, coqueto, bien cuidado y curiosamente recortado bigote ibérico.
-Juan, Juan... -le murmuro- A ti no te odian los catalanitos por escribir en castellano. No te tragan porqué les pusiste un espejo ante su cara y les dijiste lo que son: señoritos ridículos y encima eso: adheridos a la victoria de su caudillo.

Juan no responde. Un hilo de aire, cargado de olores cárnicos y de fuego, le levanta la portada y pasa una páginas dulcemente.
Cuando ya subían por la carretera del Carmelo, Teresa miró la mano vendada del chico y volvió a preguntar:
-¿Te duele?
Estas vez, el Pijoaparte no pudo contenerse:
-Sí, ahora empieza.
Me acuerdo de una frase de Juan en un texto en donde se describe a sí mismo. También como si no pudiera contenerse muestra un rastro de dolor antiguo.
Ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón y en la memoria.
Ahora, a lo mejor, me pondría a divagar sobre el dolor y las letras, sobre si es posible escribir sin haber sufrido y todas esas cosas. Me tumbo en la banqueta de piedra del merendero y miro las nubes grises que desfilan atropelladas y refulgentes, cargadas de agua turbia y electricidad. Me gustaría no haber nacido en Cataluña, me viene a la mente.


Me siento bien aquí, sintiendo esa tristeza enorme y también esa feliz levedad. Sin hacer nada, malgastando todo ese enjambre de vísceras y neuronas, sinapsis, azares, casualidades, errores y aciertos de pura churra que me han traído hasta aquí. Pienso en los miles de millones años de evolución de la vida en la tierra, de evolución de la especie humana. Todo para llegar a un tipo tumbado en un merendero, contemplando el paso de las nubes. Creo que quién fuese nos puso aquí sólo para contarlo. De modo que, a fin de cuentas, quizás soy el hombre más feliz y más completo del planeta: yacente y con un libro al lado.

Para los amantes de la música es una suerte haber nacido después de Bach. Para los de la literatura catalana, después de Juan Marsé y de Javier Pérez Andújar.

1 comentari:

  1. DESCREPO;
    PER MI LA MILLOR NOVEL-LA DE MARSE,SOBRE LA POSTGUERRA ES "SI TE DICEN QUE CAI"...AQUELLES "AVENTIS"¡¡¡.
    PEREZ ANDUJAR,UN BON ESCRITOR,UN XIC "RIMBONBANTE",PERO EL "POLLO",EL VA MONTAR ELL TOT SOLET,AMB LA ÀJUDA DE LA NOVA "EVITA", I EL SEU AFANY D'ESGARRAPAR VOTS A TORT I DRET,ES POT DISCREPAR,ES POT SER MES ESPAÑOLISTA QUE RITA BARBERA,PERO NO POTS FALTAR EL RESPECTA,A ELS QUE TENEN ALTRES"METES"...ELS ARTICLES D'AQUEST SRO.AL "PAIS"HAN VAN SANBLAR,MOLT "TORTICEROS".

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