6 febr. 2012

El caso de Jorge López Barrionuevo



Salió del sueño con una frase metida en la boca: duelen más las asimetrías que las agujas. ¿La había soñado? Eso le parecía muy raro, como impropio de él. Jorge López Barrionuevo se sintió incómodo la mañana del tres de febrero, y eso era como una amenaza difusa, un malestar pequeño.

Quizá fué por esa sensación nueva contra la que no sabía luchar que hizo un par de gestos torpes y absurdos. De modo que, mientras ponía la cafetera en los fogones, se arañó el brazo. Con un tornillito que sobresalía del estante de la cocina. Miró la herida: un corte minúsculo. Esperaba ver brotar la sangre pero eso no ocurría. Pasaron los segundos y nada, el líquido denso y tibio no aparecía.

Se dio cuenta de que asomaba una materia desconocida por el tajo de la piel. Se frotó los ojos: quizás aún estaba en el sueño. Pero no. Hurgó un poco y se atrevió a tirar con las uñas. Era algo como la lana, un tejido áspero y basto. Hizo una bolita y lo olió: no olía a nada. Mientras tocaba ese tacto seco le vino un recuerdo de los doce años. Justo en el momento de abandonar la infancia había hecho un ritual y sacrificó a Teddy, el osito de peluche que le había acompañado durante noches infinitas, cada noche de cada día. Le clavó las tijeras en el vientre y lo troceó con rabia, hasta destrozarle todo el abdomen. Del interior de Teddy había salido exactamente este material que ahora huele. Una lana sintética, inodora y estéril. Es como eso mismo que ahora le brota por ese corte inoportuno. 

Tiró un poco más de la lana, para comprobar si eso sólo era un absceso y no estarían la sangre y la carne un poco más abajo. Pero pronto desistió. Comprendió que terminaría por vaciarse el brazo y jamás encontraría tejidos orgánicos, sólo lana y más lana. Tragó saliva. Se escondió en el lavabo y se cubrió la herida con una tirita. Volvió a la cocina, se sirvió el café y se sentó en el taburete. Sorbió el líquido caliente. En ese momento todavía albergaba la idea de que todo eso no fuese real, de que hubiese un error, algun tipo de fallo técnico de la percepción. Quizá pronto se restablecería la normalidad. Decidió hacer algo. Se metió bajo la ducha y se duchó con agua fría. Mientras temblaba escuchó a Mariángeles levantándose, y el habitual golpe de la puerta: ella baja cada mañana a por el periódico nada más despegarse de la almohada. Apenas un minuto más tarde retumbó la música: su hija había puesto el maldito CD de Marilyn Manson. No podía comprender como a una niña de trece años puede gustarle semejante monstruo. Al fin y al cabo, bueno, a Jorge López en su adolescencia le había gustado Ted Nugent.

Durante el desayuno, sentados los tres en la minúscula mesita de la cocina, Jorge estuvo más ingenioso y bromista que nunca. Eso no les pasó desapercibido a las dos mujeres. 
-¿Te encuentras bien, papá?
-Perfectamente -dijo en voz muy alta. Y se maravilló a si mismo por tener una capacidad de fingir tan fantástica, tan convincente y tan redonda.

Hojeó La Vanguardia. Cuando se topó con la odiosa columnita de Marçal Sintes no se indignó, como era habitual. Se quedó indiferente. Inclusó se le reveló una inesperada compasión por el articulista. Hoy no le parecía un miserable mercenario del poder, tan sólo un hombre inseguro y temeroso, quizás desesperado por sobrevivir. Alguien que, como él, sufría de un mal sin nombre. 

Dio tumbos por el piso, buscándose ocupaciones mínimas y estúpidas para ganar tiempo hasta que las mujeres se fuesen.
-¿Pero qué te pasa hoy? -le advirtió Mariángeles:- Llegarás tarde al trabajo...
-Que se jodan -murmuró- Por un día de llegar tarde no se va a hundir el barco. 

Por fin se quedó solo. Espero un poco más, unos minutos. No vaya a ser que ella se haya olvidado alguna chorrada y vuelva atrás. Después se levantó un poco la tirita y miró de nuevo la herida. Unos hilitos de lana siguieron a la tirita en procesión, pegados al adhesivo. No había ninguna variación. La anomalía empezaba a teñirse de normalidad, y ya era hora de hacerse a la idea que Jorge López Barrionuevo era un hombre de peluche. Se sentó en el sofá y contempló las paredes, el techo. Parecía que al mundo le daba igual. El mundo era indiferente a su nueva condición de peluche, y esa indiferencia le dejaba anulado, extenuado. Buscaba explicaciones y razones, opciones, alternativas, teorías. Pero más que otra cosa se sentía engañado. Quizás eso es lo propio en un cerebro de peluche, pensó.

Poco después se dio cuenta de que ser un hombre de peluche no lo iba a eximir de pagar la hipoteca, ir a trabajar y portarse bien en casa, y cumplir la larga lista de obligaciones como trabajador, ciudadano, cliente, marido. Se preguntó si los hombres de peluche tienen líbido o no, o si pueden fingirla tal como hizo justo ahora, fingiendo buen humor durante el desayuno. Se preguntaba si, en definitiva, todas las cosas de la vida se pueden fingir. Si la vida es algo fingible.

Y así, mientras viajaba en el metro hacia el trabajo se dio cuenta de que todo era mucho más frágil que antes. Especialmente él mismo. El peluche es blando y delicado, y además inflamable. Sería necesario protegerse mucho. Sintió que eso le convertía en un tipo más conservador. Debería de replantearse algunas ideas y actitudes, e incluso votar Convergencia i Unió a partir de ahora. 

Un poco más tarde se sonrió hacia adentro -hacia el relleno de peluche- cuando se le ocurrió preguntarse si a partir de ahora sería necesario ducharse, o si tendría que ir a la tintorería Hungría para hacerse un lavado en seco de forma periódica. Cada jueves, por ejemplo.

3 comentaris:

  1. Hahahaha! Avui l'has brodat. Amb fil de llana, per descomptat. Em sembla que tal com estan les coses és fàcil trobar homes de peluix. Fràgils, amagant el seu secret i venent-se al poder per conservar alguna cosa semblant a una ànima.

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  2. "El hombre de peluche" podria acabar cremant-se a lo bonzo...deu meu, quin final

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  3. A aquest kafkià espantaocells urbà li auguro una col•locació ràpida. Tal i com estant les coses aviat trobarà feina d’home de palla del corrupte de torn. El preferiria ben plantat al bell mig d’un camp de blat.
    Un udol.

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