14 d’ag. 2017

Pujol según Casavella


"El día del Watusi" es de esa clase de novelas imposible de reseñar. Novela río, con torrentes, embalses, afluentes, delta incluído. Se podría reseñar, sin embargo, a partir de una idea de Borges: me imagino una reseña tan extensa como el propio libro, una reseña de 900 páginas para comentar una novela de 900 páginas, como el mapa del mundo a escala 1:1 que se sugiere en "Funes, el memorioso".

Otra forma oportuna de hablar de "El día del Watusi" es no hablar, y dejarla hablar a ella. El otro día inicié un comentario, y hoy decido transportar una página hasta aquí, dejar que hable Casavella. Es una página escrita en 2002, debo prevenir de eso.

[Solo me permito un comentario breve: a día de hoy, escucho a catalanes que se ríen de Donald Trump, el empresario metido a presidente, el hombre desbocado y gran patriota, el megalómano narcisista. Esos catalanes se olvidan del reinado de Jordi Pujol, que duró 30 años y cuya sombra tenebrosa y pútrida todavía se pasea por nuestras calles. Pujol también era un empresario (un banquero) metido a político, también megalómano y narcisista y también gran patriota -de ese país de fantasía que se gestó en su delirio.]


Página 525, en la edición de Anagrama de 2016:

Alzaron la cabeza al unísono, dieron media vuelta y se felicitaron en cuanto llegó "un Mercedes tan bonito como el nuestro", por usar la jerga de Villa Considerable, y del automóvil se apeó un señor pequeño que daba consejos sin parar a un corro faldero que le perseguía y jaleaba cada una de sus intrincadas frases. El señor pequeño parecía un autómata con la velocidad exagerada por algún error mecánico. Esa aceleración gestual se hacía evidente en el rostro, minado por la excesiva diligencia de los músculos faciales. Un chófer, en tono más compasivo que satírico, dio con el parecido cierto de aquel rostro y un balón de reglamento desinflado. El señor bajito se vio en la necesidad de hablarle al mayordomo octogenario. Cerró los ojos un instante, los párpados contritos por el peso de sus obligaciones trascendentes, de sus visiones, para abrirlos enseguida con una mirada partícipe de una voluntad retórica con suficiente confianza en sí misma para rendir a lo que se pusiera por delante, fuera cual fuera su rango, daba lo mismo un alto dignatario que una pared que el mayordomo:
-Yo, creerme que hay que pagar, no me lo he creído nunca, amigo criado. Debo insistirle, no obstante, no obstante, que Cataluña no puede permitir un trato semejante en tan dolorosas circunstancias, circunstancias difíciles para todos, como ya anuncié en su día, hoy. Y sepa usted, le insisto, insisto en este punto que me parece de importancia para Cataluña, que a Cataluña le insulta el trato despectivo, secular, milenario, cósmico, infinito, que usted inflige a Cataluña. Dígale a quien corresponda que Cataluña se distingue no sólo por su sensatez, si no también por su empuje, su rabia, su coraje. Cataluña. Y dígale también que si Cataluña ha venido hoy aquí  ha sido por respeto y porque yo dirijo y no dirijo Banca Catalana y Cataluña. En la sombra y al sol, pero ante todo en la sombra, eso es verdad, hasta que los catalanes digan "Cataluña, Cataluña". Con astucia, Cataluña. Pero con buen juicio, Cataluña. Por eso ha venido Cataluña, aquí, no por amistad ni por compartir las ideas de ese hombre, que pese a haber nacido en Cataluña, y vivir en Cataluña con los beneficios del dinero de Cataluña, no amaba a Cataluña. ¿Me ha entendido?
El mayordomo huía hacia la mansión, una ruina modernista, aullando "¡Cataluña, Cataluña...!". Los mastines se revolcaban en el césped y ladraban "¡Cataluña, Cataluña...!". Libre la entrada, la comitiva del señor pequeño y persuasivo se fue aproximando al cementerio a buen paso bajo la sombra de los olmos y de la nube fonética "Cataluña, Cataluña, Cataluña...", y al cabo de un solo segundo reapareció entre los rieles del punto de fuga, el volumen de la conversación en aumento. "Cataluña, Cataluña, Cataluña". La comitiva subió al Mercedes y, cuando estaba a punto de arrancar, el señor bajito creyó necesario decirles a los guardias civiles "Cataluña, Cataluña, Cataluña...". Adiós, polvo de la cuneta.  

6 comentaris:

  1. Obligado por tu reseña de hace unos días decidí comprarlo.
    He hablado con F.C. Le he comentado la novela. Y le he comentado que es pura concatenación accidental lo de las barracas, las mías de Can Valero Petit; la del protagonista, Las Casitas. También lo de su madre viuda, como la mía. Lo de la máquina de coser...como la de mi madre, y alguna frase que parece que se tuerzan y se toquen con las significadas en Las sombras...
    también lo de la sirena de los barcos en el puerto, que sólo se escuchaban (allí nadie oia), si venía viento de Levante avisando lluvia.
    Hay una frase que me hubiera gustado escribirla yo: "De hecho, a mi madre sólo le preocupaba una lacerante soledad. Pero eso nadie iba a mencionarlo" Pg. 264 Anagrama 2016
    Como te he escrito un par de veces para acercarte el libro, y ninguna de las dos me has contestado, me gustaría que lo leyeras, aunque sólo fuera acercándote a la biblioteca, dado que han acaparado algún ejemplar y en alguna lo encontrarás.

    Gracias por acercarme a Casavella. Lo desconocía.
    Me siento plenamente identificado con el protagonista. Plenamente.
    salut

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    1. Gracias, Miquel. Esta semana que empieza hoy estoy en casa y con tiempo. A ver si nos vemos y hablamos.

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  2. Agradezco mucho tus palabras sobre el libro. También M.C. me habló de él. Me habéis despertado las ganas de leer este libro, cosa rara pues apenas leo textos posteriores a Dante.
    Salud
    Francesc Cornadó

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  3. El coche Mercedes 200 negro, de industrial "solvente", con aire acondicionado, elevalunas, capó impresionante, también utilizado con "fines oficiales" por los "altos representantes de la patria" me recuerda épocas donde la Justicia Social era echar una monedas a los pobres por las ventanillas después de misa para que la gente viera lo bueno que era "el señor". Ese señor que, a algunos, les dejaba trabajar seis días en sus fábricas y vivir toda su vida alquilados, por un módico precio, en las casas que el "señor" había construido al lado de sus fábricas, no sea que encontrasen otro trabajo.
    Me lleva la mente a los pelotas, siempre los hay, a los que pensando que haciendo la ola al jefe este los mirara mejor y con una sonrisita del jefe se ven superiores al resto, a los que piensan que bajando los salarios en vez de comprar tecnología o mejorar sistemas somos más "competitivos", a la ignorancia buscada, a señoritos que se follan a las criadas con la amenaza del despido y las abandonan cuando están embarazadas con la inquina de ser putas, a quitarse la gorra delante del jefe, a estufa económica en una casa fría, a masilla en las ventanas, a puchero escaso, a accidentes laborales con lesionados desamparados o con muertos silenciados, a jóvenes que se fueron a la Legión porque allí se cobraba y todo ello en "interés de la patria" y, me da igual la patria que sea, siempre hay una.

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    1. Perdona la extensión y redaccion, estoy de vacaciones y se me va la tecla.

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