16 de juny 2013

Tanto que nos quisimos


Me bajé del tren al atardecer, cuando el sol se teñía de rosa triste y el paisaje se sumía en malvas grisáceos. Fui el único pasajero que descendió en Viñamala el 12 de junio de 2013 a las ocho cuarenta. No vi a nadie más en el andén. Jamás había estado en este pueblo, y sin embargo la estación me resultaba familiar: la salita de espera pintada de verde oliva con columnas de acero fundido, los bancos de madera gris, el reloj octogonal, la forma de las manchas de humedad en el techo, la vista de la avenida con tilos que se abre hacia el fondo, tras la cristalería. Es absurdo, ya lo se.

Consulté el papel doblado cuatro veces que llevaba en el bolsillo, con la dirección de la fábrica en donde quizás me darían trabajo. Debía encontrar a alguien para preguntarle, porqué no fui capaz de ver el nombre de ninguna calle. De repente, corriendo empujada por una prisa excéntrica, apareció una mujer pelirroja por detrás de una esquina. A pesar de la penumbra incipiente y los años transcurridos me di cuenta de que era Beatriz. ¡Beatriz! mi primer amor. Hace tantos años que la perdí de vista... Sabía que se marchó de la ciudad, pero ni idea de que estuviera en Viñamala.

Ella también me reconoció enseguida. Nos abrazamos en silencio, muy emocionados.

-¿La fábrica? Está en las afueras -me susurró al oído muy bajito y con la respiración agitada como cuando hacíamos el amor a los diecisiete años- Podría llevarte más tarde. Se me ocurre que... si, ya lo se: espérame en casa, yo ahora debo hacer cosas pero luego pasaré a recogerte.

Me dejó ante la puerta de un caserón enorme del centro, un edificio de color indefinido y humedades verdosas, ventanas con cristales rotos, puerta gigantesca y desvencijada. Estaba oscureciendo muy deprisa, demasiado aprisa para el mes de junio. Subí unas escaleras palaciegas y crucé salones de techo lejano, casi infinito. Anduve por una cocina enorme en donde nadie cocinaba. Entre las sombras olía a pescado podrido. Luego, por fin, encontré un pasillo largo, ondulante y estrecho como un intestino. En el fondo se intuía una luz muy débil, pero escuché muy nítida la música de flautas tristes tocando una melodía insistente y monótona. Quizás también un oboe.

El pasillo terminaba en un portalón que daba acceso a un patio abandonado y ruinoso. Olía a mierda de gato. Viejas esculturas -pésimas imitaciones de Praxíteles- estaban hechas añicos en el suelo mohoso. Tras cruzar el patio encontré el cuartucho iluminado y el tocadiscos. A su lado quemaban dos pebeteros que desprendían un olor acre y almizclado. El suelo estaba cubierto de cojines y colchonetas de un amarillo feo. Justo enmedio se retorcía un cuerpo pálido y sudoroso.

Me senté en un rincón para contemplarlo con detenimiento. Tardé un poco en comprender que no se trataba de un cuerpo, si no que eran dos. Sus extraños movimientos no podían interpretarse como algo sexual. Era algo más inquietante. Algo más salvaje. Diría que uno de ellos intentaba zafarse con desespero del otro, casi extenuado, con los ojos llenos de pavor y una boca enorme, abierta hacia la negrura insondable de su garganta. Creo que la víctima quería gritar pero no tenía suficiente aire en los pulmones. Creí distinguir los rasgos de Beatriz. No, esto no era posible.

Entonces recordé que, mientras Beatriz y yo éramos novios, un día me contó que su padre la espiaba por las noches, cuando se desvestía para ponerse el pijama. Recuerdo que su padre murió poco más tarde y ella no quiso asistir al entierro.

Entonces cuando éramos novios, una tarde a principios del verano de 1983 fui a casa de Beatriz porqué queríamos ir a ver Orfeo negro en el cine Céntrico. Ella no estaba y me abrió su padre. Me hizo pasar y nos sentamos en el salón. El padre estaba confeccionando una maqueta de la Sagrada Familia con palillos y pegamento Imedio.

El olor del pegamento se me quedó grabado. Dicen -y es cierto- que la pituitaria tiene una memoria prodigiosa. Con la ingenuidad casi idiota del adolescente le pregunté por que espiaba a su hija. El hombre, con movimientos lentos pero precisos, infalibles, se levantó y me clavó más de diez palillos en los ojos. Me dejó ciego para siempre.

13 comentaris:

  1. surrealista, però no he entés al final.

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    1. Home... la meva intenció és que només s'entengui una mica...

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  2. Potser noi cal entendre, Francesc, sinó deixar-se emportar per l'ambient patir una mica... Justament el final és el que m'agrada més, perquè obliga a llegir tot el conte.

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  3. Mhas deixat perplexe. Testas endintsant en un estil entre kafka i goytisolo

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    1. M'hauràs d'explicar això del Goytisolo. (I per cert, molt bona la nova imatge del teu perfil...!).

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    2. goytisolo pels noms i els ambients...no sé perquè em recorden al José Agustín Goytisolo

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  4. Menudo reto, colega...
    Todo el ensamblaje -olores, colores desvaídos, mugre, déjà vus- se me desmanda al final. Porque ese final es genial, superior... Y vuelvo al principio, a ese desganado extraño y atemporal que deambula entre lo reconocible y lo abstracto, como si todo lo observara a través de un cristal esmerilado. Y, entonces, corro hacia ese final de órbitas laceradas y no sé si volver al comienzo una vez más o imaginar que existe un plano vital, a modo de mundo paralelo, donde las certezas navegan en un mar de arena.

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    1. Me encanta ver todas las ideas que te ha sugerido... con esto me considero bien pagado.

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    2. Va, Lluís, como sin duda habrás disfrutado con nuestras divagaciones, conviértete en lector-escrutador de tu narración y expón tu punto de vista.

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    3. Es una buena idea, esta... Me lo pensaré. Quizás esta exposición sea un nuevo relato, a ver si soy capaz.

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  5. cony! Eulàlia, que em deixen cec en Lluís, poca broma!

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    1. Bé, només era literatura. De moment un lleu estigmatisme.

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