19 juny 2013

Morir de amor




Domingo, 16 de junio. Tarde con nubes creciendo por el oeste.

Empecé a escribir un cuento del que tenía una sola imagen: un hombre distraído (¿perdido?) desciende del tren en una estación vagamente conocida y allí encuentra a su primer amor. Por casualidad. El resto (lo que llamarían nudo y desenlace) surge mediante el ejercicio de someterse a la asociación libre de ideas y de dejar fluir las palabras. Al final uno relee lo que ha escrito en estado casi sonámbulo, busca un hilo pequeñito y luego reescribe una vez ha sido capaz de intuir alguna lógica en el deambular de las frases. Si hay metáfora o solo descripción del sueño no puedo decidirlo.

Muchas veces había intentado imaginar como sería el reencuentro con mi primer amor. Sentía muchísima curiosidad por saber qué sucedería en mis entrañas, en mis recuerdos, qué emociones se iban a revolver. Siempre pensé que cuando llegase ese momento -tan explotado por la literatura y el cine- iba a sentirme muy vivo.

Todo esto lo pensaba hasta junio de 2010, que es la fecha en que me reencontré con mi primera novia. Una cadena de casualidades propiciaron el encuentro. Mi madre se encontraba ingresada en un hospital. Faltaban pocos meses para su muerte. Supe que Amalia (voy a llamarla Amalia en este texto) trabajaba en las oficinas de aquel hospital, y que además ocupaba un cargo más o menos relevante, con despacho y secretario joven en la antesala. Le saludé, hablamos un rato, nos contamos los quebraderos de cabeza que nos dan las madres cuando son viejas, algunos comentarios abstractos sobre la situación del país. Entre nosotros fluyó una exquisita educación, casi tan fascinante como la frialdad que nos mantuvo las manos inmóviles, la sonrisa petrificada.

Mientras intercambiábamos frases observé y fui observado. Ella detuvo levemente los ojos sobre mi cabeza desprovista de pelo (y sobre el color gris mate del poco pelo que me queda). Yo me di cuenta de que ella había engordado bastante y mostraba un considerable ancho de cintura, culo y muslos. También el cuello parecía más robusto, sus ojos más pequeños y menos brillantes, una especie de resignada amargura en el gesto de la boca, rasgada por los pliegues que surcan un rostro después de los cuarenta. Ahora se parece a su padre, muerto hace muchos años. Nosotros hacemos planes mentalmente, pero la naturaleza ejecuta los suyos con admirable eficacia. Me acuerdo perfectamente del único instante de ternura que experimenté. Mientras ella miraba mi cabeza recordé una situación antigua, quizás de 1989.

A los veinticinco yo empezaba a preocuparme por la pérdida del pelo que se anunciaba en mi frente.

Estamos en una sala prestada. Hay un sofá desvencijado, cojines y una colchoneta bastante lúgubre. Es un semisótano. La luz, escasa y triste, penetra por unos ventanucos de madera azul, de donde la pintura se desprendía como enferma. Jamás encendíamos las luces en aquellas tardes después del instituto, pero siempre quemábamos la barrita de incienso de una tienda hindú de la calle Hospital, cerca del teatro Romea. La escena transcurre entre la penumbra y el humo, porqué además del incienso nos fumábamos su paquete de Royal Crown.
-Se me va a caer el pelo y me voy a quedar calvo como mi padre -dije yo de repente, después de un largo silencio.
Ella se incorporó un poco y en este gesto mostró sus senos menudos y erectos, y los pezones erizados. Acarició mi cabeza, se removió encima mío y me besó en la coronilla.
-Te prometo que cuando estés pelado voy a besar tu cabezota pelada -dijo.

Nuestra historia de amor terminó poco más tarde y mucho antes de quedarme calvo. Su promesa quedó incumplida. Sólo podría haberla cumplido aquel mediodía en el hospital donde mi madre agonizaba, veintipico años más tarde y cuando ya no tenía ningún sentido.

Creo que el cuento que escribí la otra tarde trata de este instante.

3 comentaris:

  1. Bonita história, a pesar del poco pelo .).
    Curiosamente hace poco vi a mi primer amor, sinceramente, no me provocó nada. Y eso que había pensado en él algunas ocasiones.

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    1. Gràcies per la visita, Joana. Suposo que les reaccions davant d'aquestes trobades deuen ser molt similars.

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  2. Ciertamente, se pueden acumular cientos de madejas a partir de los diferentes hilos que se van anudando con los retazos del pasado. Y en el telar del presente se puede tejer una historia o cincuenta con un solo hilo surgido de un entonces.
    Me ha gustado mirar ese hilo diminuto y monocolor del que surgió un ovillo de tonos pálidos que hizo posible esa historia anterior donde recuerdos y metáforas se abrazaban al afán creativo a partir de un momento único: Tú y la que llamas Amalia contrastando el paso del tiempo en el envoltorio del otro.

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