14 juny 2012

Aparición de la Virgen, Monte Carmelo, 1983

[Me siento cansado de escuchar sólo, una y otra vez, la misma miseria: gente contando dinero. El dinero que le falta, el dinero que le restan, el dinero que debería tener y no tiene. Mi sueldo, mis ahorros, mis inversiones, mis ahorros, mis deberes hechos, mi prima de riesgo, mis inversiones preferentes, mis pensiones, mis dineritos de mierda. Alguien -muy oscuro pero también muy adentro de mi- quiere que mi vida dé vueltas sobre esa estupidez sublime. No. No -me digo-, no más. Me doy la vuelta. Y entonces agarro mi libreta de papel rayado y mi pluma barata, una pobre inoxcrom de supermercado. Me siento feliz leyendo y escribiendo. Y hago lo que pocas veces hago: retomar un texto de hace unos días, ponerle el número 2 atrás y enfrentarme a redactar eso, el capítulo 2. Hoy es 12 de junio, me digo, sobresaltado: tal día como hoy, la virgen se le apareció a un chaval de diecisiete años en la cima del Monte Carmelo.]




El Cristo del Monte Carmelo, capítulo 2






7 de mayo de 1978

La mañana nació enturbiada por unas nubes delgadas de amarillo cardo y abajo en la calle Mülberg por el humo del motor asmático y diésel del autobús, que había dejado una estela hedionda y parda como una mancha de café en el aire.

(Cuando la mancha se disuelve un poco se ven al fondo los tres chiquillos).

Los tres chiquillos que ascendían escuálidos y silenciosos, en disciplinada fila índia, tal como finalmente habían aprendido a ir gracias a las vejaciones, pellizcos y capones del señor Masllorenç. Posiblemente -pensaba uno de esos tres chiquillos, Miquel Ángel, el primero de la fila- no todos los catalanes sean unos hijos de la gran puta. Pero los cuatro catalanes que habían llegado hasta su vida eran un verdadero incordio y sugerían que la raza catalana podría muy bien ser una mala raza. Gente mala y rara, como unos niñatos encanecidos, pero niños abusones, engreídos, habitantes de casas lejanas y suculentas.

Cerca de la esquina, y enfrente de la oficina de La Caixa, distinguieron los colores del coche de la guardia urbana. El instinto era natural, y la respuesta aprendida de las pelis de la tele, de las pelis de indios: se agacharon al unísono, todavía ordenados. Pegaron el culo al suelo y la espalda contra las puertas de un coche viejo, pero deportivo y rojo. El metal guardaba el fresco de la noche y resultaba agradable en el piel sudada y nerviosa. Miguel Ángel le dio a su compañero con el codo en las costillas.
-Sácalo, Juli, vamos.

El niño Juli hurgó en el bolsillo trasero del pantalón baldío y acartonado. Le tendió la bolsita del súper anudada como un moño de niña pija. Miguel Ángel la desenroscó con prisa y sumergió en ella el rostro. Unos segundos más tarde sacó fuera los ojos, irritados y lacrimosos. El olor agudo del disolvente ascendió y se extendió por su cuerpecito. Relajó los tejidos y los nervios, se mezcló con la saliva de la lengua, obró cambios en sus mucosas y alargó los huesos. Subió deprisa hacia su cabeza, llenándola como si fuese una campana vacía ansiosa por renellarse.



Miguel Ángel dirigió los ojos espesos al cielo. A su manera de niño de doce años, comprendió que en el interior de la bolsita arrugada, manoseada, respirada cien veces había un trocito del buen Dios. Pensó eso para sí mismo, pero no dijo ni una palabra porqué era demasiado feliz para buscar las palabras que sirven para contar eso. Se lo guardó para sí mismo durante exactamente cinco años. Hasta el día doce de junio de mil novecientos ochenta y tres, cuando, bajando del mismo Monte Carmelo, le contó a todo el mundo que allá arriba se le había aparecido la Virgen.

*          *         *


12 de junio de 1983

El detective Juan Ramon Cifuentes no fue nunca detective, sólo obrero de la fábrica de sanitarios Roca. Durante cuarenta y seis años de la vida se había trasladado cada día desde la calle Mülberg hasta Gavà, donde estaba la factoría de Can Roca, tal como la llamaba con cierta sorna. Cuando se jubiló empezó a hacerse llamar detective Cifuentes, posiblemente porqué ejercía esporádicamente de confidente policial con las cosas de los camellos del barrio.

Cuando supo que al chaval Poblete (recién cumplidos los diecisiete) se le había aparecido la Virgen allí mismo, decidió levantarse del sofá. Porqué lo sabía: sabía que algún día iba a suceder algo importante y maravilloso en esas calles sucias y tristes, i que él iba a estar allí. Porqué aunque fuesen menos sucias y menos tristes que antaño todavía guardaban bien la vieja tristeza y la suciedad abismal. El eco del relámpago negro permanecía petrificado en su memoria.

El detective Cifuentes se levantó dispuesto a hacer algo. Sabía que en esa película él tenía un papel, que allí dentro había algo escrito a su nombre. Dudaba entre ofrecerse al chaval Poblete como su primer adepto, el apóstol número uno o bien destinarse a desenmascarar al farsante. Puso una cafetera en el fogón y relegó la decisión mientras el agua no empujase hacia arriba el líquido negro. En algún momento intuyó la decisión, como entre la niebla: era rocambolesco e imposible, aventurero, sublime. Decidió ser las dos cosas a la vez, ya veremos cómo.

Se le pasó por la cabeza el nombre de aquél Judas antiguo y olvidado: los detalles de la vida de Jesucristo no los había retenido nunca, siempre le habían parecido una complicada superchería para beatas idiotas y frígidas, para las señoras enfermizas de allá abajo, de la ciudad de los señoritos y los restaurantes. El detective Cifuentes había retenido lo fundamental: la imagen de una madre virgen y amorosa junto al cuerpo casi desnudo de un mesías vencido, azorado y sudoroso, tendido lánguidamente en su regazo, abandonado a la sensualidad.

Posiblemente el detective había intuido algo de Jesucristo en el cuerpo del chaval Poblete, un tiempo atrás. Aunque descreído, el detective sabía como todos saben que algo hay en la historia del Jesús, aunque sólo sea algo pequeño, oculto, mínimo.
-Qué dulce cuerpo tienes, Miguelito, tan blanco y delgadito como un Cristo, dime ¿quién va a cuidar de ti? -le había dicho.

6 comentaris:

  1. El final me ha dejado mosqueado... Lo del pegamento saca de cada uno lo que tiene, si tiene mente atormentada sacará pesadillas y si no la tiene sacara cielos y placeres, al igual que todas las drogas que acaban transformando los cielos, en infiernos...

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    1. Bueno, a mi también me mosquea la historia, ya que todo está "basado en una historia real". Lo puedes leer en la wikipedia, por Miguel Ángel Poblete.

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  2. brutal, la realitat supera a la ficció, pero cal expliar-ho molt bé, com has fet tu.

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    1. Ja ho veus, intento agafar un article de la wikipèdia i imaginar què hi podria haver al darrera de les informacions...

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  3. Carai, sí, Marsé tiene esos gamberrismos que tan bien tomas y recreas. Bueno, son más que gamberrismos. De esos que efectivamente lees el punto final y dices, cagumdena, qué capullo es el tío este pero qué bien escribe y cómo me creo lo que él se inventa.

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    1. Bueno, me has pillado... Todo eso es un intento de plagio.

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