29 de des. 2021

EL FUSILAMIENTO DE MACIÀ

Francesc Macià, el presidente abuelo, jamás estuvo del todo en sus cabales. Su historia no desborda sensatez. Sin embargo, jamás se ha fusilado a nadie por estar un poco chalado. Es más: en muchas sociedades, al enajenado se le trata con sumo respeto o incluso se le venera, ya que se asocia la locura al contacto con los dioses. Macià murió en su cama, víctima de una apendicitis, en el día de Navidad de 1933.

Macià, como saben todos ustedes, protagonizó uno de los episodios más grotescos del nacionalismo de por acá cuando pretendió la secesión de Cataluña mediante la hilarante invasión por Prats de Molló al frente de cuatro iluminados que depusieron las armas al escuchar el primer aviso de la Guardia Civil. Pero tampoco se fusila a nadie por hacer el ridículo, y aunque a los ridículos se les respeta menos que a los orates, la ridiculez es algo que resulta entrañable y que promueve la empatía. El ridículo, pues, tiene muchas probabilidades de morir en su cama, de apendicitis, apoplejía o por una patada de conejo.

El día de Navidad de 2021, la oficina de prensa del Ayuntamiento de Barcelona escribió un tuit en el que conmemoraba el fusilamiento de Francesc Macià. Muchos se rieron de la ocurrencia, se burlaron de la ineptitud del responsable de prensa municipal o incluso aprovecharon para recriminarle su falta de interés por la cosa nostra, ya que el desconocimiento de la vida, muerte y milagros de los 132 presidentes de la Generalitat es síntoma inequívoco de ser un mal catalán: el mundo independentista más feroz la tiene tomada a perpetuidad con los Comunes, y no se les pasa una.

Y sin embargo... sin embargo yo no creo que eso fuese un desliz. Los Comunes, que crecen sin saber si de mayores quieren ser nacionalistas o demócratas, juegan al despiste con suma inteligencia: aupar la muerte doméstica y burguesa de Macià, desprovista de toda épica, a un fusilamiento enaltecedor, es un homenaje mayúsculo y una forma de engrosar la lista de Presidents represaliados, perseguidos, masacrados y ultrajados: una forma de engrandecer el victimismo patrio. ¡Macià fue fusilado! gritan las gentes por las calles: ¡Nos engañaron con una apendicitis pero el pérfido estado fascista le fusiló! Jordi Bilbeny escribirá un prolijo tratado sobre la manipulación y el engaño de las crónicas oficiales y concluirá con toda suerte de detalles los pormenores del fusilamiento. Bilbeny difundirá los nombres del pelotón de fusilamiento (López, García, Jiménez y Martínez, el sargento Cifuentes y el pérfido Bonifacio Pratdesaba, paradigma de traidores), y revelará las últimas palabras del presidente abuelo, pronunciadas durante su caída a cámara lenta:  Jo moro perquè no moro, prò Catalunya no morirà mai... visca la ratafia! La historia dará un vuelco, las masas saldrán a las calles y llegará el "momentum" que esperaba el pobre Quimet Torra, el instante en el que la historia se hace carne entre los catalanes.

Obran mal y con mala fe los patriotas de acá, como la ilustre alcaldesa de Gerona, cuando se burlan del tuit municipal: quizás deberían meditar como no se les ocurrió primero a ellos cubrir de heroismo la muerte inane del presidente abuelo. Ya puestos, podrían añadir que el pobrecito Pujol está condenado al ostracismo en Queralbs por un tribunal siniestro, que Puigdemont malvive en un albergue belga y que Quimet Torra está encadenado en una oscura mazmorra del barrio judío de Gerona.

Podríamos ir más allá y explicar, didácticamente, que el único presidente fusilado, el señor Lluís Companys, en verdad murió de una neumonía mal curada. Es de todos sabido que Companys fue el menos nacionalista de todos los presidentes, y que la catalanidad ultramontana jamás le ha mirado con buenos ojos por su tibieza ante el hecho patrio, por su pasado obrerista y sus simpatías hacia el mundo anarcosindicalista (aunque Juan García Oliver le retrata, en sus memorias, como un político torpe, persona pusilánime y tipejo turbio). Razón de más, pues, para el intercambio: Companys murió de una enfermedad común y Macià, fusilado. La historia de Cataluña mejora mucho con una simple corrección.

Una vez se admite la ficción de la nación catalana, se puede seguir por la senda de la ficción sin rubor y sin freno. La historia está por escribir y se debe rellenar de más héroes y, sobretodo, de más víctimas. En resumen: una apendicitis no nos puede estropear el pasado. 


23 de des. 2021

Mis navidades con Gabriel

Aunque de nada sirve preguntar (ni mucho menos preguntarse) quien es el mejor escritor conocido, a veces me lo pregunto. Y me lo pregunto, por lo general, en momentos de levedad ociosa, sentado en la terraza de un bar indefinido, chino y triste, a media mañana, con el frío y la niebla amenazando a mis huesos. Y siempre llego a la misma disyuntiva: me quedo entre Vargas Llosa y García Márquez. Con mis disculpas a Cartarescu, Dostoievsky, Faulkner y tantos otros pero bueno, qué le vamos a hacer.

Uno juzga por el vicio de juzgar, que es un mal vicio, y lo sabe. Pero más allá de las cualidades artísticas de la buena literatura, asoma un factor que nada le debe al arte, o quizás se lo debe todo: ¿quién te ha acompañado mejor a lo largo de los años? He ahí la explicación: a García Márquez llevo décadas leyéndole y releyéndole (me gusta mucho releer), y siempre me ha hecho pensar, sonreír o incluso reír, fabular con ser escritor, llevar una vida de vago diletante que escribe por las noches en los peores bares de la Tierra. Llegué a pensar que Gabriel era el amigo que nunca tuve. Eso pasa poco.

Cuando yo era joven, en Cataluña solía preguntarse a las personas: ¿eres del Barça o del Español? (como si no existiese el Rayo Vallecano, que es el mío) y también: ¿eres de Lluís Llach o de Joan Manuel Serrat? (como si no existiese King Crimson, aunque yo, en este caso, apunto que soy de Serrat sin duda alguna ya que Serrat, como Gabriel, siempre me ha acompañado). Por cierto: ahora también nos preguntan: ¿eres catalán o español?, que es una variación carlista y lacaniana de la terrible pregunta: ¿quieres más al papá o a la mamá?

Todo eso viene a cuento de que acabo de caer en las páginas de "El funeral de Mamá Grande", un librito de 150 paginitas, edición de Bruguera Libro Amigo de 1983, y me he maravillado de nuevo con esa prosa tan exultante, tan fascinante, con imágenes que le hubieran encantado a mi cineasta preferido, Federico Fellini. Creo que pasaré las navidades en casa de Gabriel. Y me pregunto: el cuento que le da el título al libro... ¿sería visto con buenos ojos o solo con tolerancia por la crítica correcta actual? Les cuento la razón de mi pregunta: el cuento es una burla desmesurada hacia el matriarcado, y a día de hoy se lleva mucho más criticar al patriarcado, lo que explica que, en Cataluña, se publiquen infinidad de libritos cuyo tema es (más o menos): soy una mujer en vías de empoderamiento, pero de pequeña sufrí abusos patriarcales y aquí se lo cuento en catalán y con todo lujo de detalles progresistas.

Y que conste que me tengo por un hombre feminista en el sentido de que estoy a favor de la igualdad ante todo, motivo por el cual también soy antiracista, demócrata y socialdemócrata, antinacionalista (y botifler, por supuesto).

Si pudiera (o si me dedicase a los podcasts, tan de moda) les dejaría mi lectura en voz alta de "Los funerales de Mamá Grande", en donde intentaría imitar -ridículamente- el acento de Gabriel. 

 

20 de des. 2021

Comidas Olimpo

Los horarios algo alocados de este curso me obligan a almorzar varios días a la semana en un bar del barrio, el más cercano a mi centro de trabajo. Es un local más bien triste, en donde por motivos que desconozco reina una penumbra que no me desagrada. La puerta chirría levemente, es un susurro apenas. Pero a la vez es un síntoma.

El local debe llevar más de 20 años sin sufrir reforma alguna y tiene algo ya caro de ver, por esos lares en donde el más humilde pretende incorporar algo de las nuevas tendencias del diseño. La decoración es ausente: las paredes son paredes desnudas. El televisor, al fondo, es de medidas reducidas, como de comedor de piso de antaño. Y el volumen del aparato es tan bajito que, sumado a mis dificultades auditivas, se me presenta mudo. Y eso es de agradecer.

En la barra se aposentan, al mediodía, dos o tres currantes con sus cañas y sus cacahuetes. Somos pocos los que vamos allí a comer.

Al poco de ir se sabían mi nombre y mis manías. La verdad es que prefiero mucho más anonimato, pero a la vez hay algo agradable en ese conocimiento. Cada día tienen un menú de dos platos, improvisados y sin anunciar en pizarras ni hojas impresas. Uno debe preguntar y no puede escoger: lo tomas o lo dejas. Es más o menos una vuelta a mi infancia, cuando mi madre me ponía el plato delante y me soltaba, con cierto laconismo: es lo que hay. Suelo quedarme con uno de los dos platos, por ahorrar tiempo más que dinero: muchas veces debo comer en 20 minutos, lo cual es -creo- ilegal en España. Pero es lo que hay: lo tomas o lo dejas.

Una familia atiende en este local. Bueno, creo que son una familia las tres personas que cada día andan por allí: la mujer y el hijo, trabajando. El marido, sentado viendo la tele con cierto aire a caudillo destituído pero cómodo en su dimisión -o su destierro. La mujer es menuda, escuálida. Le duelen las cervicales y a veces debe cerrar el local por las visitas médicas o los dolores. El hijo es dicharachero y a la vez tímido, muy joven, posiblemente sin estudios. Hace unos curiosos ademanes para imitar la elegancia de los camareros que ve en la tele, quizás sueña servir en restaurantes de postín, o sueña que su vida es otra y está sirviendo ahora mismo en Maxim's. Es rápido, eso sí. Pocas veces he visto tanta celeridad y tanta amabilidad, aunque tenga un porcentaje elevado de impostura. Al fin y al cabo, todo eso es un juego teatral. Cuando digo todo eso me refiero a todo eso, al mundo entero. 

Los platos son sencillos por no decir humildes. Y sospecho que a veces han abierto una lata de comida preparada pero bueno, le han dado dos o tres toques para disimular. El café está rico y a veces lo sirven con unos retales de pastelería algo seca que les habrá sobrado de los desayunos. Por el callejón en donde está el bar apenas circula nadie. A veces veo una paloma que se ha perdido, una gato macilento y espiritualizado, una gitana que busca a su marido.

Es una pena que siempre deba comer con prisas en el Bar Olimpo. A veces sueño que me quedo a leer un libro de esos gordos e infinitos, y que tras el café me pido un orujo y luego una cerveza, para desengrasar el gaznate y luego quien sabe, Dios dirá, quizás otro orujo pero el de hierbas. Y así sueño en una tarde imposible mientras el camarero, solícito y teatral e inmensamente pobre sueña que sirve en un bar elegante de Madrid a viejos medio intelectuales, medio soñolientos y algo bebidos, ya se sabe.


16 de des. 2021

Una estrella en la punta

Llevo ya muchos años fuera de Barcelona y, aunque siento nostalgia de los años de la infancia en las callejuelas de la Ribera, miro a Barcelona sin amor. Creo que a eso se le llama desapego. En la filosofía oriental, el desapego es virtuoso.

Aún así, con la distancia y el desapego, sigo con un vago interés la decadencia de Barcelona. Aunque, la verdad, no podría decir cuando vi a una Barcelona emergente. Quizás la de los ochenta, que me pilló demasiado joven para comprender. Mi Barcelona querida es más bien literaria y, por lo tanto, de ficción: las novelas de Marsé, las de Casavella, las de Mendoza... También me parece ficción (una ficción desafortunada) esa estrella que ha aparecido en la cúspide de una torre de la Sagrada Familia.

A mi, a quien Gaudí no me gusta mucho, la Sagrada Familia me parece sin duda su edificio más aborrecible, pretencioso e inútil, el más feo. Con el agravante de sus medidas, que convierten la fealdad banal en fealdad monstruosa. Y ahora le meten una estrella reluciente. En la puntita.

Cuando vi la estrella me acordé de una parienta política mía, ya difunta, que hablaba de un hombre muy feo que se casó con una mujer muy guapa y ella expresaba así su perplejidad ante la pareja:

-Él debe de tener un diamante en la punta.

Exacto: eso es la estrellita en la cúspide de la mamarrachada arquitectónica de la Sagrada Familia. El diamante en la punta.

El desatino de la Sagrada Familia lo pudieron detener muchos alcaldes y presidentes de la Generalitat, pero nadie osó. Es incomprensible: incluso los amantes de Gaudí deberían haber exigido la paralización de las obras, y propuesto haber dejado ese templo al mal gusto tal como lo dejó Gaudí, el inmensamente sobrevalorado. Un monumento inacabado tiene un valor innegable, estimula la imaginación y, sobre todo, impide el collage de despropósitos que es ahora, con la deprimente fachada de Subirachs cuyo nombre consta para siempre en los anales de la infamia arquitectónica.

Y tiene su miga que sea una alcaldesa atea quien culmine el nyap.

La verdad: ¿qué sentido tiene que una ciudad con una historia anticlerical, atea y anarquista tenga la iglesia católica más grande (y más aberrante) del mundo? Creo que fue el propio Gaudí quien le puso el nombre de "templo expiatorio". Quizás solo acertó en eso. A partir de hoy, todos aquellos que quieran pedir perdón por ser horteras tienen el templo ideal para acudir, arrodillarse y expiar su mal gusto.

Postdata: Como pueden deducir, soy uno de los desagradecidos que confían en que las vibraciones del AVE solucionen la barrabasada urbanística.

13 de des. 2021

Alçar el vel en un poblet de la costa

La realitat està velada. Rere el vel de Maia. Això és un mite antic que verdeja sovint.  L'última mostra? En un poblet de la costa, lleument decadent, tranquil i assossegat. Allà, de sobte, es va alçar el vel i va mostrar-s'hi la gola del llop, les urpes de l'odi. No era l'arcàdia. No era la feliç terra d'acollida.

Un cop finiquitat el procés s'ha reorientat l'identitarisme passiu i agressiu alhora envers la llengua, tal com sostenen diversos articles llegits per aquí i per dellà : un cop abandonada la fantasia (el deliri?) de la independència súbito, es busca un altre camp de batalla. La llengua. Si en alguna banda es pot trobar cert senyal d'identitat catalana, cert "fet diferencial", aquesta és la llengua catalana. I fins i tot això és dubtós. Però dubtar no fa bon patriota. [L'Arcadi Espada, sempre agut, assenyala que el fet diferencial català és Barcelona i la seva cultura urbana, multilingüe i multicultural, més o menys cosmopolita, enfront de la Catalunya interior, la rústica i indiferenciada. L'eterna i tronada.]

Que la llengua catalana sigui el refugi de l'identitarisme és explicable per la llarga nit del romanticisme nacionalista que enterboleix i enverina la història dels últims 200 anys a Catalunya: junt a la invenció de la sardana, del mite de Guifré el Pil·lós o del vampir Estruch, va aparèixer el de la llengua mil·lenària i pròpia. De res no serveixen els estudis que demostren que a Catalunya sempre han coexistit la llengua castellana i la catalana, que durant segles Barcelona fou el centre editorial més important en llengua castellana. De res serveix explicar que parlar de "llengua pròpia" és una aberració en qualsevol part del món: la llengua pròpia de Dakota és la llengua Sioux?  De res no serveix la racionalitat quan allò que compta és l'emoció patriòtica.

La realitat catalanitzada sempre s'ha de mirar a través del vel emocional, que és el vel nacional(ista). En aquest cas, un vel de romanticisme carrincló i, sobretot, d'una catalanitat pura i ficcionada, construïda sobre capes de llegendes. De res no serveix que els historiadors recordin que Guifré el Pil·lós no existí mai, perquè sempre va firmar els documents com a "Wifredo" o "Wifredus". De res no serveix que els historiadors de la llengua expliquin que Bonaventura Carles Aribau va escriure centenars de textos, tots en castellà. Excepte un: l' "Oda a la Pàtria". El procediment és molt senzill: si es posa el focus sobre aquest únic text en català i es deixa en la penombra la seva producció en castellà, el ciutadà acrític pensa que Aribau fou un guerrer defensor de la llengua. La llengua pròpia. La llengua que parlen les pedres dels murs dels cementiris, suposo.

Així doncs, acabat el deliri independentista i un cop evidenciades les seves mentides puerils, ens hem de recollir en el que és indiscutiblement autòcton, i tan cert com cavernari: la llengua pròpia, la qual s'ha de defensar amb ungles i ullals fins i tot quan un infant de 5 anys la qüestiona al reclamar 2 horetes setmanals de llengua castellana a l'escoleta d'educació infantil. Llavors s'alça el vel i apareix la gola, disposada a la dentellada patriòtica. 

Oblideu-vos d'aquella idíl·lica revolta dels somriures, de l'independentisme transversal i per a totes, de la república integradora i feliç, de la Carme Forcadell rere la pancarta "Volem acollir". El nou camp de batalla és la llengua dels avis, i és ara, catalans, que cal desenvainar les espases, esmolar la falç: bon cop de falç, defensors de la terra. Ara és l'hora, segadors, bon cop de falç a l'infant de 5 anys que gosa parlar en castellà a casa nostra.

Rere el vel hi ha odi a la diferència i desig de retorn al fang. Nostalgie de la boue. Un cop alçat el vel, Catalunya mostra la nostàlgia del fang. D'un fang nostrat i patriòtic, això sí.

Si algú encara es cregués la fantasia de què "el món ens mira", em podria respondre: què deu veure el món quan ens mira i veu la desfilada pels carrers de Canet contra un infant de 5 anys en la qual només hi van faltar les torxes enceses? Quin poble europeu va desfilar contra els diferents i els culpables dels seus mals tot just abans de posar-se a pensar en la solució definitiva per salvaguardar les essències del passat medieval i llegendari?

Cap país ni res de bo no es pot edificar sobre les arrels de l'odi, no hi ha cap rastre de democràcia en el nacionalisme.