30 de març 2021

Y entonces llegó la aflicción


La propia Biblia nombra a la aflicción, explícitamente, en uno de sus libros, y con la frase que me sirve de título, para más señas.

Con el paso del tiempo, ese sentimiento se convirtió en melancolía romántica y luego, claro está, en la depresión de los psiquiatras y las farmacias. Mi padre se medicó durante años contra la aflicción, cuando esa llevaba ya su nombre moderno. Es raro no haber experimentado ese sentimiento, que quizás tenga su génesis en la emoción de la tristeza. Tras tantos años de educación emocional, uno consigue sumar más preguntas y más dudas que certezas y respuestas. Aunque a mi no me han medicado nunca por ese mal, me parece de los más normal haberlo sentido. Es más: no me fiaría mucho de quien vive anclado en el optimismo sin vacilar nunca. 

A veces me pregunto ¿para qué escribir?, pregunta a la que luego le añado: ¿para qué hablar?. Eso me lleva a la aflicción, claro, es inevitable: tras haber dedicado tantas horas (que suman meses, que suman años) a escribir, resulta bastante irritante y muy decepcionante darte cuenta de que has dedicado años a nada.

Hace unos meses empecé a escribir un pamfleto sobre el conquistador Diego de Almagro, el más desdichado de los conquistadores. Luego, casi por azar, di con un libro del argentino Antonio di Benedetto, Zama. Empecé a leerlo y descubrí que lo más importante (para mi) que yo quería escribir ya estaba escrito por Antonio di Benedetto muchos años atrás. Así que ¿para qué escribir?

A la aflicción la puedo dominar leyendo. Leer buenos textos nos reconcilia con algo parecido a la vida, aunque sea la imitación de la vida. 

Hace algunos años, en un aula de alumnado pluricultural y pluriconfesional, le pregunté a la parte cristiana qué sabían del Corán. Me respondieron nada. Entonces les pregunté qué sabían de la Biblia, y me respondieron que mucho. La siguiente pregunta era inevitable:

-Dice la Biblia, en el libro del Génesis, que Eva se comió una...

-¡Una manzana, una manzana! respondieron a coro, satisfechos de su sapiencia bíblica. 

Qué decepción tan grande se llevaron al descubrir que no sabían nada de la Biblia, tampoco.

Yo, por descreído y escéptico y a la vez amante de la literatura, siempre he pensado que la Biblia es uno de los mejores textos literarios de la historia y, por lo tanto, una bellísima obra de ficción. Quizás un ensayo literario superior a otros clásicos de la antigüedad. Un magnífico compendio de saber, mitología, poesía y alucinaciones que arrancan del principio de los tiempos. Me fascina que una obra literaria haya levantado templos, provocado guerras, sacrificios, delirios, torturas y asesinatos, víctimas y verdugos, ayunos voluntarios, promesas de castidad y de pobreza (aunque luego la mayoría las soslayen, con discreción o sin ella).

Si los autores de la Biblia levantasen la cabeza quizás se preguntarían: ¿para qué escribir?. Y luego: ¿de dónde sacaron la manzana esos alumnos del siglo XXI?

Dentro de un par de días arranca la Semana Santa, con sus devociones y sus velas y sus encapuchados y sus lamentos. Y hogaño, sus restricciones a la movilidad. Restricciones capaces de promover una aflicción añadida, concepto también contemplado por la Biblia.

En Cataluña también debe sentirse afligido el señor Pere Aragonès, tras hablar dos veces sin obtener los votos que suplica, pero ese es otro asunto y, en general, la aflicción de muchos catalanes anda por otros derroteros des de hace más de una década.

Aunque deben sentirse mucho más afligidos quienes llevan generaciones de penurias y hablan poco o nada, o quizás esos no se pueden permitir la aflicción, que a veces huele a producto de lujo, de diletante y de bohemio facilón. 

Escribir, como leer o callarse, cada vez más toma la apariencia de un capricho caro y demodado. Así que, sin más dilación, pongo el punto final tras no haber dicho nada. Como un político catalán y nacionalista del siglo XXI. 

28 de març 2021

En el sanatorio de Nuria


Si no quieres estar en política, en el ágora pública, y prefieres quedarte en tu vida privada, luego no te quejes si los bandidos te gobiernan.

Aristóteles


El logotipo de la editorial (ED Libros) es un dibujo que presenta a un hombre andando por el filo de una najava en dirección a la empuñadura, es decir, hacia la salvación. 

No había leído a Nuria Amat, y eso, ahora, me parece un desastre por fortuna corregido. Ojalá la hubiese leído antes, claro, pero nunca es tarde cuando la dicha es buena. Pocas personas vivas escriben tan bien como Amat en esta Cataluña de hoy. Su prosa es arrebatadora y fascinante, un aliento, una esperanza. La literatura catalana, que algunos dábamos por muerta, está viva. Eso se debe celebrar como Dios manda.

Me recomendaron el libro hace poco, y lo hicieron con insistencia y con una pregunta que no pude soslayar: ¿no has leído El santuario de Núria Amat? ¿Cómo es posible? ¡Ese libro parece estar escrito para ti!.

Les contaré la verdad, que es tal como la que sigue. El libro que ahora mismo está en mis manos lo encontré hace pocos días en una tienda ReRead, es decir, en una tienda de segunda mano: alguien se lo vendió por 20 céntimos para que yo lo comprase por 3 euros. ¿Quién fue esa alma benefactora? Jamás lo sabré. Entré en la librería de segunda mano por pura casualidad. El santuario estaba allí, justo tras el dintel. Incluso diría que me estaba mirando en silencio, expectante, como una fiera agazapada en la maleza. Había algo diabólico en esa mirada del papel que un día fue vegetal vivo y ahora es papel de palabras sangrientas, papel hecho verbo, hecho carne. Si nos pinchan, sangramos.

¿Es una novela? Si es una novela ¿es una novela distópica? ¿Es un reportaje novelado? No lo puedo afirmar. Es un libro de los que vienen para quedarse contigo, es decir, conmigo. Tu te quedas, le dije al papel, mirándole fijamente a sus ojos de pupilas negras sobre fondo blanco. Nuria Amat pudo haber escrito un ensayo pero eligió la novela, del mismo modo que lo hace Michel Houellebeq, que es nuestra referencia para la literatura de las ideas y no de los entretenimientos narrativos. Ni Houellebeq ni Amat podrán ser adaptados a una serie de Netflix. Ambos se libran del desastre con su prosa densa, lenta, para saborear durante las largas tardes de calor, mosquitos y perfume de jazmín: libro comprado en primavera para ser leído en verano. Me detengo tras cada párrafo y luego, sin pensarlo, regreso hacia atrás y recomienzo el párrafo leído, que ahora me presta nuevos matices.

Así empieza la novela que no es ni novela ni ensayo, si no ambas cosas a la vez y otras que no acierto a nombrar, y con eso les dejo. Solo les añado que la novela se publicó en 2016 y en Cataluña. Al buen entendedor pocas palabras le bastan.

Vivo en un país enfermo y su decorado apunta que me tocará envejecer aquí y de ningún modo en la cafetería del World Trade Center de Nueva York, como eventualmente sería mi deseo, ni jugaré tampoco con la posibilidad de dejar mi cuerpo al cuidado de un gimnasio para jubilados en las playas de Florida, idea que por otro lado me repugna, sino en este Sanatorio ancho como un reino donde sus residentes, me refiero a millones de ellos, deambulan hostigando a todas horas el aire viciado del entorno.

El escenario en el que me encuentro, lejos de ser aquel hermoso y apacible territorio de origen, ha terminado por convertirse en reducto artificial, monotemático, seriado y sometido a un eslogan teledirigido desde las alturas, día y noche, por cometas patrióticos.

Para mi, la (buena) literatura es eso. Cuando el autor/a crea un diálogo conmigo, desde su soledad del redactado hasta mi soledad de la lectura. Y cuando es un diálogo pleno, rico, lleno de matices y de sonrisas cómplices o de discrepancias más bien amables.

26 de març 2021

Campos de Níjar

El libro es, en realidad, un librito. Una joya de la literatura catalana de medidas pequeñas. Y la edición es austera como unas zapatillas de andar por casa. La hizo un periódico, en 2010. Consta de 130 páginas, que a día de hoy ya no huelen a papel recién impreso, ese perfume que nos embriaga a quienes seguimos leyendo en papel por algo maniático y contumaz. La identidad es siempre una forma de resistencia. En este caso, la resistencia a leer en pantallas iridescentes y preferir el papel, aunque le cueste la vida a un árbol.

Campos de Níjar lo escribió Juan Goytisolo y se publicó por primera vez en 1960, cuando yo no existía todavía. Juan se fue a Almería, la por entonces provincia más pobre de España. Todavía me acuerdo de los vecinos almerienses de mi rellano en el suburbio barcelonés de mi infancia. Los padres eran analfabetos, uno de los hijos, Joaquín, es un médico catalán a día de hoy.

El libro de Juan narra una viaje en autoestop y a veces en autobús por los pueblos desheredados del sur. Y hay que tener en cuenta que la Guardia Civil vigilaba y castigaba el autoestopismo, prohibido por la ley. Lo primero que sorprende es el lenguaje brillante del autor. Cuando hablo de un Goytisolo pienso en los demás Goytisolos y siempre termino en la misma pregunta: ¿qué debía pensar la madre de los Goytisolo tras darse cuenta de que había parido a tanto talento junto en un solo hogar? ¿Cómo lo llevó? Yo soy incapaz de decidir cual es mi Goytisolo preferido. Todos tienen algo luminoso y triste, algo grande y chungo a la vez. El lenguaje de Juan es fascinante: he leído el libro con el diccionario al lado. Pocos libros tan pequeños enseñan tanto. Me reconcilio con la lectura mientras afuera sopla un viento silbante, como una fiera escondida en el corazón del bosque.

Almería era capital del esparto, mocos y legañas. Lo decían así sus provincias vecinas, que se reían de los almerienses con esos epítetos. Por esa Almería se pasea, deambula, se pierde Juan, un niño pijo de Barcelona que habla catalán y francés. De pueblo en pueblo, de pensión en taberna y de taberna en pensión. El retrato de la pobreza es crudo hasta lo indecible. Los niños semidesnudos, la escasez, el abuso, el hambre una y otra vez, un hambre conspicua y pertinaz, el señorito cruel, la empresa explotadora, el cura, el guardia civil y el alcalde. Y el maestro. La España de Franco, admirada hoy por quienes no vivieron el hambre, la tristeza infinita y el analfabetismo de la España de Franco. 

Juan traza un camino por los campos de Níjar. He señalado su viaje en el mapa, y me aparece un dibujo algo errático, como en alguna novela de Paul Auster, hombre neoyorquino que debe envidiar con rabia furiosa el libro de Juan Goytisolo, del mismo modo que yo le envidio. Me imagino un viaje por la ruta almeriense de Juan Goytisolo, quizás el próximo verano. Pero cada uno vive en su tiempo y debe apañarse con su tiempo, su nombre y sus cosas. Tanto las cosas buenas como las cosas malas: nos ha tocado vivir en nuestro tiempo, el que nos ha sido dado. 

Y así lo hacemos, claro, pero tampoco olvidamos de donde venimos. Los españoles venimos de aquélla Almería. Y los catalanes en especial: Juan cuenta muy bien que en cada pueblecito de los campos de Níjar le decían: ¿es usted catalán? ¡Anda! tengo un pariente en Terrassa, un familiar en Barcelona, un primo en Hospitalet, un sobrino en Mataró. Cataluña la construyeron los andaluces con sangre sudor y lágrimas. Y silencio. Mucho silencio y disimulo y vergüenza por ser tan pobres y tan desheredados.

Con el mismo silencio con el que hoy africanos y chinos y ecuatorianos y bolivianos mantienen España a flote, en barracones, pisos patera, barrios destartalados y geranios en los balcones. Puesto que solo hay geranios en los barrios pobres. 

Si hoy Juan tuviese el ánimo y la energía necesarias, se iría a los pueblos más pobres de Larache, de Bamako, de Zhejiang, de Imbabura, de Potosí o de Cochabamba. Nos hablaría de las mujeres que trabajan todo el día y de los hombres derrotados que se emborrachan para olvidar que viven, de los niños descalzos, de los chanchos que se pasean por las calles, y todos sueñan paisajes de Europa y coches plateados y cielos con aviones y cometas y drones. Juan nos contaría lo mismo que nos contaba entonces pero sucedería en otras partes.

Bueno, vuelvo al libro tras ese breve excurso: todos los hombres y todas las mujeres y todos los niños y las niñas se pasean por los campos de Níjar. Puede que su abuelo o su abuela fuese de Níjar. O de Cochabamba. Por más catalán que sea o se sienta usted, todos venimos de las alpargatas y los mocos y de las legañas, que no se les olvide.

23 de març 2021

Milagros de verdad

Estuve una sola vez en el pueblo en donde nació Milagros. Eso sucedió en una fecha cercana a la navidad de hace unos años. Las calles estaban desiertas y soplaba un viento como de navajitas plateadas en ese pueblecino a donde ella no quiso volver jamás. En la megafonía del alcalde, unos viejos altavoces campanudos, sonaban villancicos viejos sin cesar. Anocheció mientras paseaba por esas calles, y así descubrí el cielo, miles de millones de estrellas sobre fondo negro profundo, abismal, eterno. El vacío del mundo. Quienes vivimos en ciudades hemos olvidado como es la noche de verdad y preferimos nuestras noches de albaricoques falsos.

Había una cafetería abierta. Dos familias y varios ancianos bostezaban en las mesas, dos niños correteaban entre las sillas vacías. Entre un anciano y el otro había varias mesas de separación, como años luz. Quienes vivimos en ciudades creemos que las gentes de los pueblos pequeños son todos amigos, y nada más falso. Se conocen demasiado. Los de las ciudades preferimos saber poco del vecino y así podemos saludarle cada día, sin rencores de por medio.

En este pueblo nació Milagros, el 8 de febrero de 1898. Mi abuela nació en el siglo XIX y yo moriré en el XXI, de modo que en tan solo tres generaciones habremos cruzado tres siglos. El tiempo pasa volando y muchas veces creemos que vivimos en un presente fugaz. En realidad, vivimos en un pasado extendido, suavemente, sobre la tierra áspera, casi lunar, de Cela, Muro de Alcoy, Alicante.

Escuché a mi abuela durante muchísimas horas, durante los años en que vivió en mi casa, el piso de la periferia barcelonesa. Hablaba sin cesar, y mezclaba recuerdos con fantasías, argumentos de zarzuelas. El rey que rabió. Le gustaba la lectura y pasaba largas horas en compañía de los libros de cocina de Josep Pla, a quien admiraba y releía y releía. El que hem menjat (Lo que hemos comido). 

Mientras paseaba por las calles de Cela, Muro de Alcoy, imaginé como era ese pueblo a finales del XIX. Y recordé los relatos de Milagros sobre la miseria terrible, el hambre tenaz, la oscuridad flagrante de aquellos años, la tiniebla intensa de donde vengo. Quizás es la misma tiniebla a la que me dirijo.

Hablando de tinieblas: mi abuela Milagros fue analfabeta hasta más allá de los veinte, cuando la señora a la que servía en Sant Gervasi le enseñó a leer, a escribir y a hacer el cuento de la vieja, que es la matemática de los pobres. Y la señorita de Sant Gervasi le prestó unos libritos muy raros, uno de los cuales está aquí, a mi lado, y es su herencia: un libro de Amalia Domingo Soler, la musa del espiritismo.

Milagros nació miserable y fue analfabeta pero dejó de serlo por la intervención de un azar benevolente. Eso pasó en el siglo XIX y, a día de hoy, todos pensamos que esas cosas ya no pasan o que las corrige nuestro mundo fabuloso y tecnológico, socialdemócrata, democrático, igualitario. hay que andarse con cuidado con esas ideas optimistas, puesto que todo lo que hemos ganado en cincuenta años se puede perder en uno de populismo.

Entre las cosas de Milagros encontré sus libros espíritas y unas fotos, en una de las cuales Milagros debe de tener no muchos más de veinte años y posa con cierta coquetería, en el alféizar de una sonrisa. Esa mirada que me mira des de los inicios turbios del siglo XX español casi como si quisiera decirme: un siglo no es nada, cuídate. El tiempo está detenido por la magia de la fotografía, el tiempo es cero, no existe. Hoy es ayer y anteayer y el otro. Todos quienes vivimos alguna vez estamos aquí y una vida es todas las vidas. Des del principio de los tiempos y hasta el fin, todas las vidas son una sola vida, la vida de Milagros.

19 de març 2021

Un barbero de derechas y un zapatero de izquierdas

El barbero y el zapatero eran hermanos antes de ser zapatero y barbero. Cuando eran pequeños ignoraban ese destino: los dos pensaban que iban a ser campesinos, como su padre y su abuelo y su bisabuelo. Crecieron juntos en el pueblo, en una casa que tenía algunas tierras. Pero las tierras no daban para mucho y llegó la filoxera, que arrasó con el cultivo de la vid. Ninguno de los dos era el primogénito: la herencia sería minúscula, un pedazo muy pequeño de tierra miserable abrasada por el sol y devorada por el pulgón. El futuro, visto des de su ventanuco de la masía de Cal Coix, era un océano de sombras, aunque ellos jamás habían visto el océano. Ambos se sacaban algunas pesetas haciendo trabajos precarios: la precariedad laboral no se la inventó Mariano Rajoy.

El futuro barbero, cuando terminaba su jornada en el campo exhausto, llevaba los pasajeros que llegaban en tren des de la estación hasta la Plaza Mayor en un carricoche destartalado tirado por una mula, y el futuro zapatero empezaba a conocer algo de su oficio futuro remendando cosas por aquí y por allá. A veces le daban una peseta, a veces pan, a veces un pellizco, a veces nada. Ninguno de los dos sabía cual sería su oficio: la formación profesional, en un pueblo y en la primera década del siglo XX estaba en esas lindes.

Cuando ambos sintieron el aliento del hambre, decidieron poner tierra de por medio. Agarraron cuatro cosillas y se fueron a Barcelona con lo puesto, como un africano en una patera. Ninguno de los dos contó jamás como fueron los primero años: en la ciudad no conocían a nadie, no tenían nada. Jamás pronunciaron una sola palabra sobre aquellos primero años en la capital y uno tiene reparos en imaginar el primer día, la primera noche. No hay que ser muy avispado ni muy fantasioso para imaginarse a los dos hermanos durmiendo bajo el alero de cualquier edificio solitario, en un banco del parque. Vaya usted a saber. Los dos jóvenes hermanos pobres bajo el techo de estrellas.

Pero pasaron los años: el zapatero consiguió hacerse con un tallercito minúsculo y allí se estrenó de zapatero remendón. El barbero se puso de aprendiz en una barbería, hasta que el dueño, ya muy mayor, se la traspasó por un buen puñado de duros que él le iba pagando como podía. La barbería incluía unos cuartos en la trastienda: una cocinita, un dormitorio y arriba de una escaleras verticalizadas, un par de cuartuchos. La vivienda del zapatero no era mucho mejor. Los pisos pequeños tampoco los inventó un arquitecto diabólico y japonés.

Pasaron más años y llegó una guerra. Ninguno de los dos hermanos entendía mucho de política. El zapatero quizás algo más, y se afilió a un sindicato anarquista. No se sabe si fueron las amistades, la novia o la sangre hirviendo, o el recuerdo de la miseria. Su hermano, que había pasado por la misma miseria, era más bien conservador, amén de algo díscolo. La guerra avanzó y había muchos muertos en todas partes, y además de la guerra y sus frentes y sus campañas y sus ofensivas había una revolución en marcha tras el frente. Uno de los dos hermanos vivía asustado, el otro vislumbró una oportunidad.

Un día el zapatero se hizo revolucionario y, provisto de dos compañeros y una metralleta, entró en la barbería de su hermano y le incautó el negocio en nombre de la revolución.

-Este negocio está colectivizado, le dijo, pero te permito que sigas trabajando aquí.

La guerra terminó y el bando del zapatero perdió. El zapatero se exilió en Francia. Llegó a París con algo de dinero, puso un tallercito de cordonnier y años más tarde ya tenía una zapatería. Luego otra. Su hijo expandió el negocio y a día de hoy tienen, entre otras, una tienda fabulosa en el Boulevard Saint Germain. A veces los descendientes vienen a Barcelona, bien vestidos y en buenos coches. Y visitan los lugares por donde anduvieron los viejos y se maravillan de la miseria de aquellos difuntos antecesores, tan lejanos, tan color sepia. Jamás visitan el pueblo original. Ni tan siquiera lo nombran. Tampoco se nombra nunca el suceso de las metralletas y la colectivización. 

Quizás todos heredamos el fantasma del hambre. La última vez que estuve en el pueblo del abuelo me senté en un restaurante. La comida, que estaba rica, se me indispuso y sufrí tremendos retortijones. El espectro del hambre del abuelo está en mi cuerpo.