28 de des. 2017

El cuento (drama para el fin de año)

Resultat d'imatges de noche de san silvestre

Después de las tropas llegaron el hambre y la miseria, y esas se afincaron en el pueblo. Esa fue la venganza del general por no haber estado de su bando. Y tuvimos que emigrar.

Nos fuimos a una ciudad, más al norte, en donde había riqueza, en donde el general había sido clemente. La ciudad estaba al borde del mar y partida por un río. En la parte del oeste vivían las gentes de la ciudad, y a nosotros nos permitieron hacinarnos en el este, en la ribera del río o en la playa, junto a las fábricas, los desechos y las ratas.

Nos habían prometido un futuro de trabajo y pan aunque, por de pronto, nos dieron chabolas en los márgenes de una ciudad rica aunque provinciana, ensimismada, cerril, sumida en el tradicionalismo y sus manías vernáculas, en su cultura decadente. A cambio del trabajo de nuestros hombres nos dieron algo de comer, es cierto, a la par que nos advertían: deberíamos integrarnos en sus costumbres. Hablaban de integración cuando querían decir asimilación, pero aún así muchos obedecieron, educados como estábamos en el miedo y la servidumbre hacia el amo del corral.

Luego, al cabo de los años, nos dijeron que éramos, todos juntos, como una gran familia, una sola ciudad, todos unidos trabajando para acrecentar su prosperidad que también sería la nuestra aunque no lo pareciera pero ya lo parecería, más adelante. Al mismo tiempo nos exigieron abrazar con ilusión su cultura, sus ídolos, sus fetiches, sus danzas y su lengua. En el nombre de la buena convivencia y del debido respeto hacia el que te acoge.

Algunos de nosotros cruzamos el río y nos integramos, y nos casamos y tuvimos hijos con ellos, niños de una nueva especie destinada a no heredar la tierra, pero sí a probar ciertos bocados, ciertos conocimientos, ciertos fragmentos de su intrincada liturgia. Casi ninguno de ellos hizo el viaje en el otro sentido: casi nadie quiso integrarse entre nosotros, pero entonces no caímos, todavía, en ese detalle.

Así pasaron los años, durante los cuales nos veíamos, nos tolerábamos y practicamos algo parecido a una convivencia pacífica y educada. Nosotros siempre obedientes y sumisos, ellos siempre dueños de la tierra, de las razones y los destinos, dueños del discurso y señores vigilantes de su cultura anémica pero arrogante.

Pero llegó un día, al cabo de muchos años, en que un espíritu vengativo y tribal creció en las almas de los señores de la ciudad. Se sentían amenazados y nos dijeron que estaban pensando empezar una guerra contra las demás ciudades y pueblos del entorno (entre los cuales estaba el nuestro), porqué habían descubierto que se sentían sometidos y explotados, maltratados. Nadie de nosotros pudo comprenderlo. Les habíamos visto prosperar, levantarse palacios, auditorios, universidades, campos de golf, construirse monumentos a si mismos, bibliotecas para atesorar sus libros sagrados, estadios deportivos de dimensiones babilónicas, levantar castillos para defender sus privilegios y su poder, y se lo habíamos visto hacer tanto en tiempos del viejo general como luego, casi sin solución de continuidad. Por eso no comprendíamos su repentino rencor.

Nos dijeron que debíamos sumarnos a su causa, por agradecimiento, y porqué era obligatorio contribuir a la lucha por su emancipación, ya que de ella manaría una nueva riqueza de la cual, esta vez si, por fin, íbamos a ser partícipes. A los que dudaron les llamaron opresores los mismos que, durante la opresión del general, habían medrado felices en sus mansiones atávicas, que el general no les expropió.

No podíamos comprender lo que sucedía. Un verano, a la vuelta de sus segundas residencias en los valles más bonitos de los alrededores, dijeron que había empezado una revolución tan profunda y tan fabulosa que nuestras cabecitas no podían comprender su alcance porqué nosotros, al fin y al cabo, habíamos salido de las chabolas para vivir en nuestras barriadas de bloques indignos, pero seguíamos en nuestro mundo de ignorancia del que no somos capaces de emerger.
Hablaban mucho de dignidad los que siempre la tuvieron, junto a los demás privilegios, y eso era algo difícil de comprender para nosotros. Hablaban de restitución y de derechos legítimos vulnerados, aunque esos derechos legítimos de los que hablaban eran, en realidad, una nueva categoría de privilegios a los que querían acceder a toda costa. A nuestra costa.

Poco a poco nos dimos cuenta de que los viejos señores de la ciudad no le habían declarado la guerra a las demás ciudades si no a nosotros, y que era una guerra interna la que deseaban, una guerra para depurar, para recontar sus fuerzas una vez más y ungirse victoriosos frente a su viejo complejo de tribu agónica, y por fin comprendimos que de lo que estaban hartos era de compartir con nosotros las migajas que nos habían lanzado, que ya no querían saber nada de compartir nada con nadie, que nos odiaban. Que nos habían odiado siempre.

Y que ahora, después de tanto odio acallado, ya solo tenían ganas de humillarnos a los más humildes, y de echarnos a los más rebeldes.

*

Me dijo un anciano del barrio: lo que les pasa, en realidad, es que saben que se mueren y quieren velar el cadáver de su patria enferma en silencio, ellos solos, sin que nadie vea el horrible despojo que idolatran. No soportan que nosotros estuviéramos a punto de salvarles, casi sin saberlo.

26 de des. 2017

Navidad en las pensiones de carretera


Pasé la Nochebuena de hace algunos años en una pensión de carretera. Estaba casi vacía. Salvo un par de camioneros, de países que antaño fueron comunistas, no había nadie más. Y la familia que regenta la pensión, claro, una madre cansada y muy mayor y su hijo discapacitado, que ejercía de recepcionista con una sonrisa triste. La pensión está en un lugar de la Meseta, azotada por el cierzo, y sobre la cual se abatía un aliento gélido y apesadumbrado, lleno de pena.

Yo iba camino de una casita que me habían prestado, en un pueblecino a mil kilómetros de mi ciudad. Eso sucedió hace años, en la edad de la vida cuando todavía me llamaban "joven". Había decidido vivir con lo mínimo, casi con nada. Me quise desprender de todo lo que me sobraba, y como resultaba difícil tirar muebles y ropa y objetos, lo que hice fue irme yo, dejándolo todo. Con el coche avejentado que tenía entonces me lancé a la carretera. Solo me llevé lo que cabía en el maletero.

Quería ser pobre en una tierra de pobres, y sabe Dios que lo conseguí.

La casa que me habían prestado era una casa casi abandonada que está en la ribera del Tajo, muy cerca de la frontera con Portugal. A medio camino y antes de llegar a Madrid, ya entrada la noche, un coche de la Guardia Civil me obligó a pararme, con un juego de luces multicolores.
-¿Sabe usted que lleva una luz trasera fundida? -me dijo el hombre, bastante joven, metido dentro de un anorak que le llegaba hasta las orejas. -¿Va muy lejos?

Le respondí con la verdad. Incluso le confesé el nombre del pueblo adonde me dirigía. Me faltaban algo más de 500 kilómetros, según me dijo después de un cálculo muy rápido. Luego se quedó en silencio, meditando, como si algo le hubiese ensimismado. "Conozco el pueblo", dijo. "Vaya qué casualidad. Y ¿que le lleva allí?".

Le dije la verdad otra vez: que estaba huyendo de Cataluña y posiblemente de mi. El tipo se quedó pensativo de nuevo, y a mi se me hizo evidente que le había tocado una fibra del alma. Pero entonces hubo algo que se le pasó por la cabeza y le llevó a dudar. Creo que, por un instante, la posible simpatía dejó paso a la sospecha. Al fin y al cabo, su trabajo es sospechar. "Abra el maletero", dijo, ahora en un tono más serio, repentinamente profesional.

Contempló el maletero repleto hasta arriba. Lo alumbraba con la linterna. Intenté mirar mi maletero con sus ojos y me di cuenta de que aquello era un contenedor de basura: libros desparramados, ropa en fardos mal pertrechados, zapatos viejos, un ordenador anticuado, y mi títere descoyuntado encima de todos los trastos, medio envuelto en una mantita gris con una cenefa roja.

Su sospecha se convirtió en algo parecido a la pena. Me miró con compasión, creo. Cuando un hombre más joven te mira así sucede algo muy difícil de explicar, y es algo que solo sabe quién lo ha vivido. Quizás los emigrantes ilegales pueden contar eso.
-Mis padres se marcharon de ahí y jamás volvieron -murmuró- Es curioso... y usted se va para allá...
-He decidido cambiar de vida -dije mientras intentaba esbozar una sonrisa- Bueno, empezar otra vez. Por eso no me llevo nada.

¡Nada! Escuché esa palabra pronunciada por mis labios y avergoncé enseguida de haberla pronunciado. "Nada" significaba un maletero lleno hasta arriba, además de un coche que, por más desvencijado que estuviese, todavía era un coche que anda. Es muy posible que un africano, un peruano o un afgano tengan otro concepto de "no llevarse nada", un concepto bastante más ajustado al significado de la expresión. Creo que ellos son más precisos cuando hablan. Por eso me reí por dentro: en ese instante me di cuenta de que uno no se libra nunca de ciertas manías, de ciertos tics, de eso que llaman "cultura" y que es lo que hemos heredado de las generaciones precedentes. ¡Qué difícil es dejar de ser catalán! estuve a punto de pronunciar en voz alta.

-Supongo que no pretenderá usted conducir hasta el pueblo sin parar ¿verdad? Con una luz fundida no es buen plan, y además seguro que otra patrulla le va a parar y quizás le multen... Mire, a sólo unos diez minutos de aquí hay una pensión. Barata, apañada. Para transportistas. Quédese a dormir allí.

Hice lo que me había sugerido, más por cansancio que por obediencia. Encontré la pensión y dejé el coche en el aparcamiento junto al edificio, me metí un cepillo de dientes en un bolsillo y unos calzoncillos limpios en el otro y entré, pedí una cama y me quedé dormido al cabo de pocos minutos. Recuerdo que me cobraron mil pesetas. Pero no tengo ningún otro recuerdo de aquella noche. En mi memoria, es como si hubiese dormido en una cama que flotaba en una nada negra, insípida, inodora. Sabía que era Nochebuena y mañana Navidad, pero ese pensamiento no me inspiraba nada. Nada en absoluto. Solo se que floté en una oscuridad abisal.

A la mañana siguiente bajé a tomar un café. El hombre estaba abstraído contemplando el televisor, en donde pasaban un inventario de los sucesos más mortíferos del año que terminaba. Cuando salí al exterior me di cuenta de que había algo raro en el coche. Atrapada por el limpiaparabrisas, una hojita de papel se agitaba con la brisa, como un insecto torpe que pretende volar. El cierzo había cejado. Era una nota escrita en letra azul y menuda, sin firma. "Debe cuidar mejor de sus cosas. El maletero estaba abierto". El texto de la nota quizás no es exacto, ya que no me fío de una memoria que jamás ha sido muy de fiar. Pero el sentido era este, exactamente este.

Abrí el maletero, temiendo que lo iba a encontrar vacío. En los brevísimos segundos que transcurrieron mientras me precipitaba hasta la portezuela, intenté escudriñar dentro de mi para saber si prefería encontrarme sin nada -pero ahora de verdad de la buena- o si prefería conservar mis cositas. Lo abrí. Estaba todo ahí, tal como lo recordaba. Sólo había una única diferencia: la linterna del guardia civil encima del títere. Le había cogido las manitas y se las había puesto como abrazando a la linterna, tal como se abraza a un niño muy pequeño, a un perrito o a cualquier ser desvalido.

Hoy todavía conservo el títere y la linterna.

____________
La primera versión de este cuento de navidad se publicó, en el blog, en las navidades de 2016, hace un año. La versión presente está revisada y modificada aunque los cambios son sutiles y parecen remitir al juego de "Encuentre las 7 diferencias". A medida que uno cumple años, tiende a pensar que todo lo que acontece ya está visto, aunque siempre se puede jugar a encontrar las siete (o las 3) diferencias.

23 de des. 2017

La mala tierra

Resultat d'imatges de la mala tierra

Durante los últimos tres años estuve redactando lo que debería ser mi tercera aportación a la novela, en clave de novela negra y en catalán. A día de hoy está en manos del editor, esperando. Durante el redactado, le puse el título provisional de "Una historia catalana", aunque el definitivo será uno de los que se me ocurrió al principio: "La mala tierra".
Es innecesario contar en qué clima político estuve escribiendo mi historia, ya que es de todo el mundo conocido.

Una de las preguntas que mueven el texto es: ¿hay resentimiento, en Cataluña, por parte de aquellos que emigraron a esta tierra y se vieron hacinados en chabolas y luego en bloques míseros, en los suburbios? ¿El resentimiento es hereditario?. Tuve muy presente a Julien Sorel, el protagonista de "El rojo y el negro" de Stendhal durante mi composición. Lo que se cuestiona, en clave de novela breve y de tintes criminales, es la ilusión de una sociedad cohesionada. Conforme se acontecían los sucesos de eso que se ha llamado "procés cap a la independència" (y que tiene poco de proceso, en sentido literal), el texto se iba empañando por las declaraciones, los giros, la escalada de la agresividad, el tono cada vez más tosco de la confrontación. No me refiero con ello a los sucesos políticos, que son poco interesantes, si no al clima que se vive en la calle y que los políticos suelen desconocer (o soslayar) por completo. Trabajar en un suburbio, como trabajo yo, me da conocimiento de primera mano sobre lo que habla la gente de la calle (la gente humilde, trabajadora, inmigrantes y parados), que contemplan los juegos políticos como algo lejano, distante y casi incomprensible. Los que sufren las polémicas de los políticos como un peso más, otro mal que deben acarrear de los muchos que ya acarrean y que proceden de esa élite que, en vez de resolver los problemas existentes, crea problemas nuevos cuya factura caerá en las espaldas de los de abajo y en las de nadie más: la democracia no ha paliado la ley de la gravedad.

En el fondo, lo que me preocupaba mientras escribía (y me sigue preocupando) es si la cohesión social y la convivencia pacífica son valores demasiado frágiles y demasiado delicados (y demasiado caros) para permitirse jugar con ellos. A la vista está que vivimos en una sociedad dividida por la mitad casi exacta, y todo el mundo sabe lo que ha sucedido, en otras partes del mundo, cuando se ha manoseado una situación parecida, y qué acarrea la aparición del nacionalismo divisor en este tipo de sociedades.

Uno duda mucho de que los políticos busquen el bien común aparte de mantenerse en el poder a toda costa. Y se horroriza ante la evidencia de que, miles de personas, quizás en respuesta a las apelaciones identitarias y emocionales de que son objeto, respondan como lo hacen, lanzándose a seguir consignas y a repetir eslóganes que son simples ocurrencias, que no se basan en ninguna realidad objetiva.

"La mala tierra" es Cataluña, por supuesto, que en el relato se presenta como el escenario de la infelicidad, la explotación del inmigrante y el férreo blindaje de las clases sociales cuyo objetivo, casi obsesión, es mantener a cada uno en su sitio y a la oligarquía, inapelable (he aquí uno de los motores del independentismo de derechas que estamos sufriendo y que ha sido afianzada incluso por un grupo como la Cup, que se presentó como un grupo de la izquierda insobornable y radical para convertirse, poco más tarde, en un grupo de apoyo a la oligarquía). Si me retuve de escribir ese título como definitivo es porqué temía a un posible rechazo: la novela, como dije, está escrita en catalán y el público (muy escaso) de lectores catalanes de novela negra es más bien partidario de otro punto de vista, con buenos Mossos d'Esquadra muy eficaces y villanos abstractos, y en donde Cataluña suele aparecer (como por arte de magia) presentada como una realidad de la que se puede hablar sin mencionar a España, como un ente político autónomo, algo como un país. Aunque leo pocas novelas negras (y poquísimas escritas en catalán) diría que el conflicto entre comunidades está casi ausente, a veces tratado con una ironía débil destinada a minimizarlo, aunque sí se habla de bandas latinas, rumanas o kosovares, pero  con la intención de presentar a Cataluña como a un país de verdad, tal que Francia o, incluso, tal que ciertas partes de los Estados Unidos: con una absoluta falta de análisis, sin el menor respeto por la realidad. Si la novela negra es una novela realista que ahonda en los conflictos sociales y personales, la novela negra catalana parece más bien distópica y fantasiosa, un aparato de papel encuadernado destinado a complacer, sin fisuras, a los lectores de la órbita soberanista y a su ingenuidad jovial, nada adulta.

Lo que le sucederá a mi novela, en el caso de ser publicada, es que no le gustará a nadie, y menos todavía al lector catalán, alguno de los cuales podría sulfurarse porqué el texto mete el dedo en la llaga del odio al "charnego", recuerda las chabolas y los constructores de bloques del extrarradio, catalanistas muy reconocidos y reconvertidos en independentistas que hoy se permiten prometer una república social y feliz.

Cuenta el chiste que, en Cataluña, política es un juego en el que juegan once contra once y siempre gana Convergència. Chiste amargo y que venimos de reeditar hace unos días, para gran chasco de quienes pensábamos (con el último aliento de un optimismo casi imposible) que quizás la pesadilla nacionalista se extinguía.

Siempre que he escrito con la intención de publicar en papel lo he hecho en catalán, hasta ahora, y siempre con la intención (entre otras intenciones) de "normalizar" una literatura muy sesgada y muy parcial, escrita con más ganas de "hacer país" que de hacer literatura, dominada por los complejos de una cultura anémica. Pero me temo que no es eso lo que se quiere leer, en catalán.

21 de des. 2017

La noche más larga (fin del diario de campaña)

Resultat d'imatges de solsticio de invierno

Esta noche es la noche más larga del año: solsticio de invierno, la noche ideal para la magia negra, los nigromantes y los espectros, a los cuales los astros les dan más cancha. En Cataluña la vamos a celebrar con un desfile de espectros por las pantallas y las emisoras. Recé para que este solsticio fuese un solsticio de veras, fin de ciclo, renovación. Pero algo me dice que voy muy equivocado, igual como al príncipe algo le olía a podrido en el reino. Hay algo que me deprime en esta noche tan larga. Esta madrugada he intuído algo muy fatigoso, muy espeso, muy oscuro en el aire, justo antes del alba.

Cuando un conflicto no tiene solución buena, solo nos queda rezar por el éxito de la menos mala. Y eso es muy triste. O quizás irte, marcharte a otra parte casi con lo puesto. Marcharte, si, pero ¿adónde? A mi solo se me ocurre algún paraíso artificial, alguna construcción fantasiosa e imaginativa. Llevo varios meses escribiendo sobre dimensiones paralelas y puertas y ventanas que permiten la comunicación con los otros lados aunque, cuando releo lo que he escrito, descubro casi con estupor que todas las opciones descritas, todos esos universos, tienen algo en común: ninguno es maravilloso, todos son profundamente imperfectos, dolorosos, turbios o vacíos de sentido.

Negándose al diálogo y al acuerdo (y acusando del fracaso al otro, siempre al otro), los catalanes estamos sufriendo la peor clase política que recuerdo, la más miserable. (Y eso nos acontece después de haber sufrido a Pujol y su tropa, que ya era un castigo bíblico de los severos de veras). Un día de esos, un hombrecito de gran mediocridad comparó a los catalanes federalistas con los judíos pro-nazis. Alguien debió soplarle que estaba metiendo la pata de forma muy grave y el chico lo zanjó con una disculpa breve, insincera y a regañadientes. A ese hombrecito le vi un día, por la calle. Me lo crucé por la calle y me sorprendió su aspecto: tiene algo como de recién salido de "El señor de los anillos", película que me aburre como a una seta y a la que solo le agradezco ese desfile de personajillos raros, a medio camino entre el maniqueísmo más ingenuo y el monstruario fantástico. Ese hombre es candidato y probablemente obtendrá un escaño: así que, entre usted y yo, y entre otros, vamos a resolverle la vida durante unos años con un sueldo que cuadruplica el mío. Más las prebendas.

Durante los últimos años, y en especial en los dos últimos, hemos asistido a la mayor violación colectiva de los conceptos morales, éticos y políticos que yo recuerdo: democracia, urna, preso político, diálogo, exilio, ley, convivencia, franquismo, mayoría y minoría, fascismo, izquierda, nazi, conceptos que, entre muchos otros, nunca jamás volverán a significar lo que significaron y vamos a ver quién será el reparador que los repare, porqué deberá ser un muy buen reparador de entuertos. Y en este lapso de tiempo se nos irá la vida. Por lo menos a los de mi generación porqué yo, habiendo cumplido ya los 50, dudo de que vea el final del entuerto. (Y sin embargo, por desgracia, veré el final de las obras de la Sagrada Familia, ese mamotreto aborrecible). Y eso, para mi, es muy triste. Incluso es dramático.

Sigo escribiendo sobre dimensiones paralelas y puertas (para cruzar al otro lado) y ventanas (para ver qué hay al otro lado) pero escribo como quien se refugia en un sótano mohoso durante un bombardeo, como la zarigüeya que se oculta en su guarida subterránea mientras reza para que un buen Dios desconocido e improbable aleje al depredador que acecha por el barrio. Ya se que la humanidad ha vivido cosas como esa y mucho peores durante muchos siglos y en muchas ocasiones pero qué quieren que les diga, uno creció con un cierto instinto del optimismo histórico y la confianza (ciega) en el progreso, y no se esperaba algo así.


17 de des. 2017

La democràcia sempre guanya (diario de campaña)

Resultat d'imatges de carteles guerra civil

¡Qué arriesgado es afirmar, en España, que "la democracia siempre gana"! Solo debemos recordar qué le pasó a la democracia en 1939 (hace de eso apenas unos días) para concluir que no es cierto: la democracia no siempre gana. Perdió en España y perdió en Alemania o en Italia, y eso por nombrar solo dos casos próximos y conocidos. [Luego podríamos debatir si todo aquello que sucede dentro del orden democrático es escrupulosamente democrático, pero ese es otro asunto.]

Por otro lado: con solo echar la vista atrás, levemente, uno descubre que la democracia, como sistema político, lleva apenas doscientos años de vida. Y con esos doscientos años me refiero a una lista de países que, ¡vaya por Dios!, no incluyen a España. En nuestra sociedad de los cambios y del riesgo, uno debería admitir que la democracia puede perderse en cualquier momento: no la avala una existencia de miles de años ni está profundamente asentada en la sociedad: ¿son democráticas las familias y las relaciones? ¿Son democráticas las instituciones? ¿Las empresas? ¿Los bancos? ¿Hay algún indicio de que la democracia signifique algo en el Ibex35?

La democracia está sufriendo un acoso terrible en los últimos años, uno debería ser consciente de ello. Es muy dificil pensar que este sistema se aguanta solo, que es algo inmutable y sólido como las rocas que forman una montaña. Por eso mismo hay que andarse con ojo cuando se cuestiona alegremente si un estado es democrático o no, si es legítimo o no saltarse las normas, usarlas a nuestro antojo, usarlas en favor de nuestros impulsos irracionales o solo cuando nos convienen. O cuando se afirma, con ingenuidad de irresponsable publicista electoral, que "siempre gana".

Pues bien: "La democracia siempre gana" es el eslógan de uno de los partidos políticos que se presentan a las elecciones catalanas, la frase con la que bombardea al sufrido (y agotado) ciudadano catalán, la que llena las calles y los anuncios de tv. Uno podría inferir muy poca cosa sobre el partido que se presenta así: ¿qué modelo social propone? Porqué si la afirmación del titular es falsa... ¿qué debo pensar de todo lo demás?

Des del punto de vista narrativo, la frase no tiene el menor interés. Otra cosa sería que la frase prosiguiera para aventurarse en lo literario, como por ejemplo: "la democracia siempre gana porqué es bella", "la democracia siempre gana y además el amor triunfará" o "la democracia siempre gana, aunque lentamente y con dolor". Hay algo teológico en la frase escogida, que se parece a "Jesucristo reinará". Creo que no voy muy desencaminado diciendo esto, porqué de todos es sabido el peso del catolicismo en la política española, este país en el que el nacional-catolicismo ganó una guerra y aniquiló a los oponentes. Un nacional-catolicismo observable tanto entre los más furibundos "españolistas" como entre los más recalcitrantes independentistas. De la simetría entre ambos movimientos proceden todas nuestras desgracias, creo yo.

Otro eslógan que llama la atención, en esta campaña, es: "España es la solución". Se trata de otra afirmación de alto riesgo conceptual, ya que aquí llevamos algo más de un siglo debatiendo que es España y el debate no presenta visos de ser resuelto con un acuerdo válido para todos. Sigmund Freud se fue de excursión a Roma y se plantó ante una pared (un viejo fragmento de muralla) en el que descubrió sillares romanos, piedras medievales y ladrillos contemporáneos, todo ello bien encajado y formando un solo muro (*). Se fijó en que este conglomerado soportaba el paso del tiempo con estabilidad fascinante, pero, aguzando su mirada, nos dejó un comentario bellísimo: dice Freud que esas piedras echaban chispas. O más concretamente que su encaje echaba chispas. Eso es una sociedad moderna, con el peso de la historia que acarrea. Hay que saber ver las chispas que saltan en las junturas para comprender.

También resulta peligroso definir a España como "la solución" porqué a uno se le ocurren otros atributos de la frase que empieza por "España es": "un imperio en donde no se pone el sol", "una unidad de destino en lo universal", etc, expresiones de alto valor para la poesía épica pero que no constituyen ninguna propuesta política.

Decía el pedagogo Paulo Freire que el hombre no es un ser de adaptación si no de transformación. Los que se adaptan son los animales, pero los hombres transforman. En esta campaña electoral me habría gustado leer algún eslógan más próximo a la idea de Freire. Pero admito, decepcionado y triste, que no lo voy a ver.

______________
(*) El malestar en la cultura