26 de jul. 2019

Olvidar a Johann Sebastian


Un amable lector de La Vanguardia ha echado cuentas y ha escrito una carta al periódico. Denuncia una situación terrible. El señor (o señora) se ha dado cuenta de que, en un periodo de cinco meses, el Palau de la Música Catalana ha programado más de 63 galas de música flamenca... ¡y ninguna del Orfeó Català!. Para poder gozar del orfeón uno debe irse a Londres, en donde está programado para el 20 de agosto, aunque nada más y nada menos que en el Royal Albert Hall, que no está nada mal y quizás demuestre la internacionalización del conflicto, amén de la enorme influencia y de la no menos enorme admiración que despierta la cultureta catalana en el mundo.

Digo yo que, una vez en Londres y saliendo del Royal, solo cruzando el Canal podría pasarse por Waterloo un rato y preguntarle (con el ceño fruncido y gesto de gran patriota ofendido) a Carlos el Legítimo a ver qué es lo que pasa con la música catalana. Creo que el Legítimo le escuchará atentamente, y es probable que tuitee algo (quizás a cambio de unas monedas, claro está).

Si no solo estamos mal con lo de la lengua de los niños cuando juegan en el patio, ahora resulta que en el templo de la música catalana se programa la música del enemigo. ¡El no va más! Estoy seguro de que la carta del melómano (o melómana) de La Vanguardia habrá sido aplaudida y quizás también retuiteada. Si a partir de eso saliese una plataforma cívica de esas que se hacen y se deshacen en Cataluña, que podría titularse Plataforma per la Música Catalana (presentada como una Ong, puesto que defiende una cultura en vías de extinción, reprimida y perseguida), quizás se podría hacer un mejor seguimiento del caso, infiltrarse en los camerinos del Palau, observar qué preferencias musicales muestran los intérpretes cuando hablan entre ellos (¿valoran mejor a Roque Baños que a Juli Garreta?) y luego sacar conclusiones, elaborar con ellas un informe y presentarse ante el mundo, una vez más (last but not least) como las víctimas de una persecución que clama al cielo y que pide la intervención de los Cascos Azules.

Si la cosa va bien y las autoridades musicales y culturales catalanas reaccionan ante esa nueva muestra de opresión, olvídense de Bach. Porqué quizás el flamenco sea tan catalán como la sardana, pero Bach... ¡ay de Bach! Johann Sebastian es indiscutiblemente alemán y solo alemán. Estamos en lo de siempre: entre el ridículo hilarante y el hastío más negro. Dicen que la tragedia es el resultado de "comedia más tiempo", de modo que tras unos años de procés esto ya es tragedia. Si aquí hay una víctima verdadera es la cultura, que está siendo apaleada sin contemplaciones por el integrismo secesionista ultramontano, cerril y cateto. Un integrismo que ahora se ha puesto a fiscalizar como hablamos, como escribimos, qué música se escucha. Esta deriva autoritaria está fomentada por el clima que han creado unos políticos irresponsables e ignorantes, cuya finalidad real no es más que eso: aniquilar la cultura para regresar a la tribu. (Lo dijo un iluminado amparado y aplaudido por el
procés: ¿para qué leer a Aristóteles o a Platón, teniendo en nuestras filas/letras al Abat Oliva?).

Lamento decirle al amable lector molesto con lo del flamenco en el Palau que, si programan 63 veces el Orfeó Català, soy capaz de predecir cuantas entradas van a vender: entre dos y cuatro (cuatro, como las cuatro barras de sangre sobre fondo dorado). A no ser que sea gratis, entonces quizás llenan y a la salida los espectadores, henchidos de patriotismo, harán una calçotada popular en la calle con recogida de firmas para restituir el honor del Clan Pujol o alguna barbaridad similar (hasta que llegue la guardia urbana, mandada por la pérfida y traidora alcalde de Barcelona y les manden para casa: ¡esto con Maragall no hubiese pasado!).

También me gustaría contarle, al amable lector escribidor de cartas que, cuando yo era pequeño, había un domingo al mes en que, por la mañana, la orquestra de Barcelona ensayaba en el Palau con las puertas abiertas, y lo pobres podíamos acudir a escuchar música. Así fue como escuché a Beethoven, a Mozart, a Manuel de Falla, a Haydn e incluso a Wagner en directo. Tuve suerte. Si fuese niño ahora, quizás solo podría escuchar el Virolai y, a veces, La Santa Espina.

23 de jul. 2019

Paluzie

Imatge relacionada

La primera vez que supe de Elisenda Paluzie tendí a burlarme de ella por sus frases épicas, por su empecinamiento y su soberbia. Escribí algo y me salió un texto dudoso, ya que mi punto de vista adolecía de algo infame: escribí partiendo de un sentimiento de superioridad. Para luchar contra el sentimiento de superioridad que exhiben los separatistasas no se debe usar su misma postura supremacista.

Las  primeras intervenciones de Elisenda Paluzie en la tv pública catalana me pusieron muy inquieto. La señora Paluzie afirmaba que el referéndum del 1 de octubre era válido a efectos democráticos europeos y universales, afirmaba que la opción secesionista había ganado por mayoría absoluta y que se debía implementar la república independiente catalana. Aunque yo llevaba varios años ya sin sintonizar Tv3, las aportaciones de Elisenda Paluzie me llegaron a través de los conocidos que (con buenas o malas intenciones), me mandan fragmentos emitidos por tv3 con las ocurrencias de la cadena pública que pagamos a escote, ya seamos separatas, unionatas o equidistatas. Vi a una persona enajenada, desquiciada, completamente alejada de la realidad. Me dió pena.

A día de hoy, pasados los años y tras el pacto de los de Puigdemont con el Partido Socialista por el asunto de la Diputación de Barcelona, un pacto pergeñado solo para expulsar a Erc del control del enorme presupuesto de la Diputación, Paluzie se acerca de nuevo a los medios para suplicar (casi llorando) por un 11 de septiembre unitario en el secesionismo, como si no hubiese comprendido nada. Es partidaria de organizar un 11 de septiembre que dé miedo. Quizás se ha inspirado en aquella cinta pensada para dar sustos livianos a jovencitos morbosos, "Sé lo que hicisteis el último verano".

Paluzie aprovecha su presencia ante las cámaras para insinuar que en el procés hay traidores. Y, por lo visto, se reúne en el Palau con el presidente para diseñar eso que llaman la "respuesta de país". (Respuesta de país= la reacción que pretenden dar los secesionistas a la sentencia del Tribunal Constitucional para con los encausados separatistas. La Cup propone una huelga indefinida y la ANC se siente obligada a dar una respuesta más contundente e imaginativa, en la línea de sus ocurrencias célebres. Veremos con qué disparate nos sorprenden. Y veremos cuál será el seguimiento que obtengan).

Creo que también tiene unas camisetas dispuestas para el evento, y debe prever que se van a vender muy por debajo de las expectativas que calcularon ella y los socios de Vilaweb. Yo, la verdad, querré ver los números de la venta de camisetas.

Paluzie convocó a los suyos para protestar contra algo que he olvidado, hace unos días, y acudieron unos 300. Y en la siguiente, 200. Y cada vez que convoca a los socios y amigos de la ANC le acuden menos. La cosa ANC decae y a nadie se le escapa que van a ser anecdóticos dentro de nada, si no lo son ya. Ya es buena suerte que le toque a una economista de gran reputación gestionar la debacle económica de una entidad que aspiró a decidirlo todo y ahora solo tiene que decidir cómo se autoliquida. (Mensaje a la Cup: cuando veas las barbas de tu vecino afeitar...).

Aunque parece que el electorado indepe está dispuesto a todo, es decir, a nada. Ayer vi una adaptación cinematográfica magnífica de "Los demonios" de Dostoievsky (la de Andrzej Wajda: Les possedés), y pensé en la cosa indepe y en la señora Paluzie. Dice Dostoievsky en "Los demonios": "empujad a cuatro miembros de vuestro grupo a matar al quinto so pretexto de delación; a la que hayan derramado su sangre, estarán atados". Por cierto: ese fragmento de Dostoievsky es una de las dos citas con las que Jorge Semprún abre su buena novela "Netchaiev ha vuelto", que está bien para releer durante este verano. La señora Paluzie solo debe escuchar a Dostoievsky y a Semprún, y pensar quién es ese quinto. Para una economista solvente eso debe ser asequible.

21 de jul. 2019

El espectro carlista en la Cataluña despoblada

En La Mussara solo está apuntalada la iglesia, que se derrumba a pesar de los soportes de hierro. Las casas de las familias se caen o ya se han caído, y así se transmite un mensaje ancestral (y didáctico) sobre lo que importa y lo que no importa.

La ruta transita por dos despoblados de la parte catalana de la España despoblada. Bueno, quise decir de la Cataluña despoblada. Entre Gallicant y La Mussara, pasando por el complejo militar de Castillejos, también abandonado y ruinoso y escenario de fiestas "rave" años atrás. Debo decir que no es muy aconsejable recorrer el camino en el mes de julio y en un día soleado, pero mi atracción por las ruinas catalanas, que son muchas, me llevó a cometer esa imprudencia. La Mussara, en la Sierra de Prades, es quizás uno de los despoblados más famosos que aparecen en las guías de los pueblos abandonados de la comarca de Tarragona. La verdad sea dicha, hay pueblos vacíos mucho más sugerentes que este: es muy probable que La Mussara se haya hecho famosa por un factor lamentable: uno puede llegar en coche hasta la mismísima Plaza Mayor, y aparcar su Audi Q5 o su Porsche Cayenne en la puerta de la iglesia, aunque el campanario amenaza con caerse enseguida. Al que puede pagarse un coche de esos creo que incluso le gustaría contar que el anterior se lo arruinó la ruina de un campanario antiguo, en un pueblo de viejos miserables.

[Para el que le interese el asunto, puedo decirle que no muy lejos de allí está Marmellar, con leyendas negras (incluso con leyendas satánicas), mucho más inquietante, silencioso y tremendo. A Marmellar no se puede llegar en coche. O por lo menos con un cochecito vulgar y de gama baja como el mío.]

En La Mussara lo mejor es el paisaje. Al borde de un acantilado de piedra caliza solemne, desde donde algunos se lanzan en parapente y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo. Desde la roca más atrevida uno puede contemplar toda la comarca, Reus y el puerto de Tarragona, enfrente, y a la izquierda los Puertos de Beseit, soñolientos, sonámbulos más allá de la neblina de una tarde de calor fogoso. Digo que lo mejor es el paisaje pero lo digo sin desmerecer las ruinas, aunque están derrotadas, genuflexas, rendidas a las raíces de los grandes árboles que se protegen del viento entre lo poco que permanece de las viejas paredes, ya sin techo ninguna casa. En apenas 50 años, la naturaleza ha reconquistado lo que le hurtaron hombres y mujeres durante varios siglos de áspera lucha contra ella. La contemplación de ese fenómeno ayuda a meditar, y a componer pequeños pensamientos sobre la futilidad, lo perecedero. La pequeñez humana, en definitiva.

En la entrada del pueblo hay un atril sobre el que reposa una breve historia del pueblo de La Mussara, así como un plano para orientarse en la decena escasa de casas que no se mantienen en pie pero que se pueden adivinar entre la maleza, las higueras, algún pino doblegado por el viento de levante y esas encinas recias, soberbias, oscuras y llenas de coraje.

La historia que se narra en el panel informativo empieza con los inicios del pueblo, con más tendencia a lo legendario que a lo histórico. Aquí están los reyes catalanes míticos al uso, la guerra contra el musulmán siempre mal contada y etcétera. Lo bueno aparece cuando uno llega a la mitad del texto: así sabemos que en La Mussara se enfrentaron carlistas y liberales por lo menos una vez, aunque diría que fueron varias. La narración, entonces, abandona las referencias y se inclina por contar una anécdota sin contrastar y sin citar fuente alguna. Cuenta el mensaje oficial que los liberales llegaron a La Mussara persiguiendo a un famoso bandido carlista, pero resulta que éste ya había muerto. Los vecinos le enterraron en el camposanto debajo del ataúd de una anciana, para burlar al enemigo. Se cuenta que los liberales supieron el lugar del sepelio (ese conocimiento implica la presencia de un chivato local, aunque ese detalle se obvia), abrieron la tumba, sacaron el ataúd de la pobre viejecita y lo fusilaron allí mismo, sin ni siquiera abrir la tapa del féretro para comprobar la identidad del difunto.

Así, tan sencillo y tan breve, sin apostilla alguna. Así se hace para contar, sin explicitarlo, que los liberales eran tontos además de salvajes, desalmados y macabros. Liberales, malos. Y los carlistas listos y avispados, sutiles y muy capaces de engañar al enemigo. Carlistas, buenos. Y listillos, en resumen.

A continuación se narra el proceso de abandono del lugar.

Algún día voy a ponerme recopilar datos sobre el memorial de agravios contra la democracia que se han perpetrado en Cataluña en nombre del nacionalismo, de ese nacionalismo que reivindica sin vergüenza alguna sus raíces carlistas, autoritarias y tradicionalistas (tradiciones de la peor calaña), tal como lo hacen el nacionalismo vasco o el navarro. El panel de La Mussara estará en la lista de mi memorial (pediré que mi trabajo lo subvencione la Subdirección General de la Memoria Histórica de la Generalitat de Cataluña).

Viendo como se narran los sucesos de las guerras carlistas en Cataluña no me extraña nada que cuando 150 años más tarde otro tal Carlos se levanta en Waterloo para pedirle sublevaciones al pueblo sumiso y crédulo casi la mitad de los catalanes le adulen e incluso le voten. El adoctrinamiento no se da solo en las escuelas.

19 de jul. 2019

En un mundo sin Puigdemont


Estamos sentados en una terraza viendo pasar a la gente, como en el principio de una rumba de Albert Pla de los noventa. Mendigos de procedencia variada circulan entre las mesas. Algunos ofrecen algo a cambio (pañuelos, abanicos) y otros solo piden (ofrecen la exhibición de la miseria). El camarero, que está al quite, les ahuyenta con un par de monosílabos, con voz barítona y poderosa, una función que debe estar incluída en la descripción de su trabajo.

Imaginamos como hubiese sido si..., y de que cosas nos ocuparíamos de no ser por el independentismo que arrasa con todo, que lo consume todo, que nos consume a todos. No se trata solo de que, posiblemente, nos estaríamos ocupando de las desigualdades sociales, de la cultura, de la cooperación, de las paradojas de la corrección política, de las tendencias en las relaciones y los intereses culturales de la gente joven, de la educación y sus nuevos retos, etc. Sobre el último asunto (la educación, no el etcétera): el único reto de moda en la educación catalana es vigilar, castigar y cambiar la lengua que usan los niños en el patio de la escuela, vaya gran debate mediático-nacional.

En un mundo sin Puigdemont estableceríamos relaciones distintas y posiblemente otras, y conservaríamos algunas de las que se han quemado en el campo de la identidad nacional, y nos sentiríamos mejor en nuestro ecosistema social, lo cual redundaría en nuestro bienestar y, en definitiva, en nuestra salud. Mi contertulio me hace notar que los adeptos al independentismo se comportan como una variación mínima de los fanáticos de un equipo de fútbol, y creo que acierta (¿el sentimiento barcelonista está, también, en la génesis de la fe de los indepes?). Lo malo es que a mi, quien el fútbol ni me gusta ni me interesa, la presencia del fanatismo futbolero jamás me había impedido relacionarme con alguien ni había puesto trabas ni impuesto silencios en ninguna conversación.

Sin Puigdemont ¿seguiríamos mirando Tv3?. Eso es dudoso y casi improbable. Tanto mi contertulio como yo llevamos años sin sulfurarnos ante el "sesgo independentista" de la cadena pública, que a algunos les ofende. Ese sesgo es ofensivo, claro, pero ¿sorprenderse ahora? Sorprenderse ahora de algo que lleva sucediendo durante más de dos décadas no merece la pena.

Mientras regreso para casa en el tren, algunas horas más tarde, voy leyendo el libro que compré antes, los ensayos completos de Jaime Gil de Biedma "El pie de la letra", editados en octubre de 2018 por Random House, en esa colección digna y tan asequible que es "De bolsillo", una colección que poco a poco va ocupando mi modesta biblioteca. El último capítulo del libro está dedicado a lo que el editor titula "Textos dispersos", y es ahí por donde empiezo, por una predisposición natural mía hacia este tipo de textos. En un mundo sin Puigdemont gozaría más de ese libro.

Podría compartirlo y discutirlo con más personas, en un mundo sin Puigdemont. Hay un artículo en concreto ("Del amor como tema literario") que me ha regalado ese placer que solo se puede encontrar en la lectura: la prosa delicada y exquisita de Gil de Biedma, esas frases y esa ironía (muchas veces socarrona) que desprende, con ese estilo tan propio de la prosa de los poetas. La verdad es que me importa un bledo de qué asunto trate Gil de Biedma, porque siempre es lo mismo lo que ocurre: el placer, la sorpresa ante una sintaxis tan bella, el adjetivo, el ejemplo, ese destello de sensibilidad, inteligencia y cultura, el amor por la cultura, el arte literario, sin el cual la vida es tan poca cosa.

Pero entonces, durante el viaje en tren y mientra me hipnotizaba a mi mismo leyendo a Gil de Biedma, he recordado la conversación que tuve, cuando yo tenía 25, con un hombre de las letras y el poder, próximo a Pujol, quien me sentó ante la mesa de su despacho oficial para sonsacar mis preferencias literarias. Yo acababa de publicar algo, y él me ofreció unos minutos de su tiempo, de incalculable valor. Me sermoneó un rato: la importancia trascendental de escribir en catalán, la función sagrada de esta acción (años más tarde escuché algo sobre los "guerreros de la lengua catalana" para referirse a los que publicábamos en catalán, cosa que me dio un susto tremendo y despertó en mi el impulso de abandonar el catalán para pasarme al castellano, como finalmente hice). Durante su charla didáctica, el poeta bien pagado y bien pegado al poder me soltó una defensa del amor conyugal tan entusiasta y desmedida que me abochornó: ese no se ha leído a Gil de Biedma.

Por fin, el intelectual orgánico me preguntó por mis escritores catalanes preferidos y yo, a medio camino entre la ingenuidad y la provocación le solté: Marsé, Gil de Biedma, Mendoza, Vila-Matas. El hombre se ofendió, aunque consiguió dominar bien sus emociones y solo me transmitió su mítica cara de póker. Dijo: "Gil de Biedma... Ese no es catalán. Hay que leer a los catalanes-catalanes, los que escriben en castellano habiendo nacido en Cataluña no cuentan, pueden ser grandes escritores, pero son grandes escritores españoles, esos no cuentan ni nos deben importar".

Nota: como uno puede imaginarse, la existencia o no del ser humano llamado Carles Puigdemont me trae sin cuidado, y cuando hablo de "en un mundo sin P." me estoy refiriendo a lo que él representa, al malestar que genera su influencia en una sociedad maltratada y frágil, a la que es tan fácil engañar con debates identitarios y estériles y, en última instancia, al clima de confrontación, a la reducción intelectual que ha inoculado en el mundo de la cultura, a su lamentable atentado contra la convivencia -y contra la inteligencia. Es más: al ser humano llamado Carles Puigdemont le deseo que viva, y que viva en paz aunque sea en Tailandia, del mismo modo que le pido que nos deje vivir en paz a los demás, porque es injustificable que, para mantener su presencia en los medios y para sostener su dudosa influencia en lo público, nos inflija malestar a los demás.

16 de jul. 2019

Lengua y patio, lengua y patria

dedicado al colectivo Koiné y, especialmente, a las autoridades españolas de educación y de cultura

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[El primer redactado de este artículo lo escribí en septiembre del 16, lo colgué en el blog y poco después lo retiré. Creo que por temor a ser leído por según quien. Ahora, revisado, insisto en el asunto. No soy más valiente, solo más viejo].


En el cuento "El vestido nuevo del emperador" aparece un niño que grita: "¡el emperador está desnudo!". La desnudez del emperador es la verdad que nadie quiere pronunciar para no incomodar al poderoso. La voz del pueblo, genuflexa, se empeña en admirar unos ropajes inexistentes.

En el patio de las escuelas catalanas se habla castellano. Y en las interacciones entre iguales en el aula, lo mismo. Decir eso es como afirmar: el sol sale por el este. Lo que pasa ahora, en la desdichada Cataluña, es que al emperador se le ha ocurrido proclamar la verdad tras años de ocultarla. Con la intención de reprimir al niño que habla en la lengua escogida para relacionarse.

*

Esto es el patio de una escuela catalana. 11 de la mañana. En este barrio la población inmigrada en las últimas décadas alcanza el 60%. Magrebíes y latinoamericanos en su mayor parte. Los autóctonos llegaron en las décadas anteriores y deben ser alrededor del 30%. Y luego hay algunos "catalanes de toda la vida", pero esos llevan a sus hijos a las escuelas concertadas del centro. No vaya a ser que se mezclen: el mestizaje adorna el discurso pero no se quiere para los hijos. El mestizaje es para salir a la calle durante la fiesta mayor, pero en pijama mejor no.
Un niño se acerca al maestro y se queja de que otro niño le ha agredido. El tutor interrumpe la queja del niño por tres veces. Por tres veces le espeta:
-No t'entenc. Parla'm en català.
Cuando por fin el niño consigue comprender la extraña respuesta, ensaya la frase en catalán. El niño es inteligente y prueba por ensayo/error. Su nueva oración contiene varios vocablos en castellano, pero sin embargo, ahora, el tutor accede a escucharle y por fin le responde:
-No té importància, ha estat sense voler.

Mi padre vivió, durante su escasa escolarización, situaciones equivalentes. La diferencia es anecdótica: cambie usted el catalán por el castellano. La diferencia grave está en que a mi padre le obligaban a cambiar de lengua cuando España era una dictadura militar. Ahora, España es una democracia de la unión europea, y un estado descentralizado en autonomías. El poder autonómico de esta autonomía en la que me ha tocado vivir pide democracia y libertad cada día, y no hay día sin que lo pida. Y uno se pregunta: Más libertad ¿para qué?.

El maestro del ejemplo no es una mala persona. Aunque mejorable, creo que no actúa como cómplice por maldad o negligencia, quizás solo actúa así por miedo. He visto ese miedo muchas veces en las escuelas: miedo a discrepar o a dudar del dogma, ya sea el dogma educativo o el nacional, dos cuestiones que suelen confundirse mediante la invocación de la diferencia (el famoso "fet diferencial català" que ningún científico ha definido jamás). Es un miedo de silencios y acatamientos a regañadientes. Al fin y al cabo, eso es un puesto de trabajo y el fantasma del paro o la exclusión (el fantasma de la soledad y el desamparo) recorre los pasillos. Al maestro le pido que piense por su cuenta, cuando pueda.

Las víctimas son los niños que sobrellevan la represión de su lengua materna o adoptiva sin comprender qué está pasando y aceptan que la lengua de sus padres (la materna o la que se esfuerzan por dominar) está prohibida entre los muros de la escuela. Aunque solo exista ahí, entre esas paredes.
-El catalán les da oportunidades, les abre puertas en el futuro.
Eso me lo dijo la directora. La directora es de lengua materna castellana, y se aporta a sí misma como prueba. Este argumento ha prevalecido y resulta difícil rebatirlo en el contexto de la autonomía catalana, en donde la administración se dirige al ciudadano solo en catalán, en donde se exige el dominio de esta lengua para acceder a estudios superiores y puestos de trabajo bien valorados.

La cuestión está en el hecho de que esa administración monolingüe, por más autonómica que sea, es la administración del estado. Un estado que renuncia a ser estado en asuntos tan sensibles como la lengua de sus ciudadanos. Cualquiera está más o menos de acuerdo en que el catalán, por minoritario, debe ser protegido. Pero entonces ¿quién protege al ciudadano castellanohablante en esta parte de España? ¿En nombre de qué se desprotege al ciudadano que habla la lengua oficial de España? Visto así, la respuesta "el catalán les da oportunidades" es menos convincente, y eso sin detenerse en que el castellano les abre puertas a medio mundo, por número de hablantes y por algo que importa mucho: el acceso a la cultura española, a la lengua de Cervantes, Vargas Llosa, Javier Pérez Andújar o Javier Cercas.

Sería buena idea fijarse en el tratamiento de las lenguas en las escuelas de países plurilingües como Suiza. ¿Se prohíbe el francés, el italiano o el alemán en los patios de las escuelas romanches?

El papel del estado en el tratamiento de las lenguas de España debería estar en la agenda. Me cuesta comprender que, bajo el pretexto de abrir puertas y oportunidades, la educación pública le responda "no te entiendo, habla catalán" al niño al que un malote le ha soltado un sopapo.

Pruebe usted a decir "me han agredido y me duele" en una lengua que no sea la que usa cuando expresa los sentimientos y las emociones. Y ahora imagínese que una autoridad le responde: "no le entiendo, repítamelo en la lengua del poder".