14 de jul. 2019

Babacar es negro y sueña en colores

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Se que eres capaz de toda la maldad. 
Por eso te exijo la bondad. 

Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra 



En la escuela siempre hubo varios alumnos de piel negra. Más bien pocos, no más de dos o tres en cada aula. Decir que la piel de esos chicos es negra expresa algo de pereza. El color negro de la piel es pura convención, una convención simplona. Negro lo es el carbón, quizás, aunque el carbón contiene brillos plateados, grises y azules. La piel de esos chicos es un marrón oscuro, pero la luz, a veces, les saca destellos azulados, cobrizos o dorados. La noche es oscura, pero no es negra. Sería negra en un lugar remoto y bajo un cielo sin estrellas. Quizás en el fin de los días, cuando se apaguen los astros. Entonces todos seremos negros.

A los niños les contamos que hay seis colores, pero ellos saben que hay muchos verdes: una aceituna no es el mismo verde que el verde de una hoja de pino, ni el mismo verde que el verde del semáforo, ni es el mismo verde ese verde medio onírico de la raya que destella un instante en el horizonte, en el crepúsculo. Un tomate es rojo, pero también es roja la mariquita, la rosa, la sangre, la amapola, la cereza. Cada uno tiene un rojo distinto. Algunos niños saben que hay un extraño catálogo de colores llamado Pantone, en donde hay mil colores. Esos niños se deben preguntar: ¿porqué la maestra se empeña en decir que hay seis colores, cuando yo se que hay mil?

Entre los niños negros de la escuela hubo uno que ejercía de gamberro casi oficial y su nombre aparecía en muchas reuniones de docentes. Protagonizó escenas lamentables y se forjó una aureola oscura. La mayoría le temían, le mostraban un respeto religioso. Él aprendió a simular que no podía controlar su agresividad, y descubrió que eso le situaba en un pedestal ante la mayoría de los alumnos. Supo que su ira le convertía en un dios temible. Todo eso sucedía entre las paredes de la escuela, entre niños y maestras y maestros.

Un día, el chico la lió durante el recreo y tuvimos que sacarle del patio. Le senté en un silla y le expliqué algo: debes saber que vives en un país racista. No te creas lo que pasa en la escuela, porque lo que pasa en la escuela es irreal, vives en una fantasía. Tu crecerás, serás un adulto. Andarás por la calle, y la calle no es el patio de la escuela. La calle es de verdad. Si en la calle haces lo mismo que has hecho hoy, lo tienes mal. Muy mal. Si en la calle te juntas con otros chicos y la lías, alguien llamará a la policía. Vendrán los Mozos de escuadra, todos blancos, con sus coches blancos y azules, con sus luces blancas y azules. Verán un altercado y verán que en medio del altercado hay un tipo de piel negra. Verán tu piel negra y dirán “vamos a por el negro”. Te cazarán a ti. Te cazarán a ti porque eres negro, porque eres un negro en Cataluña. Y eres un negro pobre. Te cazarán por negro y te empapelarán por negro y por pobre. Espero que no se te olvide eso.

El chico me miraba con sus ojos tan blancos en la parte blanca de los ojos. Al principio me miraba con su mirada desafiante de todos los días, su durísima mirada de resentimiento y de desespero. La vida no le ha dado regalado nada al chaval. Solo el regalo de la vida, que en su caso es un regalo envenenado. Me pregunto en qué sueña. Se me olvidó preguntarle en qué sueña un chaval negro caído en esa Cataluña inclemente que sueña ser una tierra de acogida y es tierra de dolor, de desprecio, de nada. De nada. 

Después de algunos meses aprendimos, él y yo, a llevarnos bien. Jamás tuve que repetirle aquellas palabras, de las que no me enorgullezco. Nos saludamos, yo le doy palmadas en el hombro y él me las devuelve, con una sonrisa ambigua. Me pregunto en qué sueña. Me arrepiento por no haberle preguntado eso. ¿En qué colores sueñas, chavalito de la piel oscura?

9 de jul. 2019

Tolstoi murió en Cataluña

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Dijo Tolstoi que amaba a la humanidad, pero que era incapaz de amar a un hombre en concreto. Tolstoi era, además de uno de los más grandes novelistas de la historia, un pensador que escribió sobre muchas cuestiones. Escribió sobre educación, aunque sus textos sobre esa materia sean poco conocidos. Los descubrí por casualidad, mientras leía a Vygotsky, que cita a Tolstoi varias veces en "Pensamiento y lenguaje". Terminé la lectura de Vygotsky cuando termina el curso, y así comprobé lo que me dijeron: el constructivismo hizo una lectura errónea del científico ruso. ¡En educación todo es complejo! Eso me llevó a escribir sobre algunas de mis experiencias en el mundo de la educación.

Llevo unos 15 años trabajando en la docencia. Siempre he buscado proyectos interesantes, propuestas de las que se puede aprender. A la escuela vamos para aprender todos y entre todos. He encontrado algunos proyectos que merecen la pena, y alguno de veras muy interesantes. Hay grandes ideas, incluso grandes ideas avaladas por grandes investigadores. Hay grandes ideas avaladas por grandes investigadores doctorados en Harvard y por altas autoridades europeas. Eso no es ninguna ironía.

Vi grandes ideas y vi grandes resultados. Pero las ideas, ¡ay, las ideas! las ideas deben llevarse a la práctica, deben implementarse en el mundo, y esa implementación recae en los seres humanos, que son solo seres humanos como usted y como yo. Y los seres humanos estamos sujetos a nuestras pequeñas cosas, a nuestras grandes verdades tan distantes de lo verdadero, a las ansias de poder, a los apegos emocionales y monetarios, a los viejos miedos (miedo a quedarse solo, a quedarse en el paro). Se que estoy escribiendo un comentario minúsculo y marginal a algo muy relevante de Platón. Me niego a admitir que Foucault tenía razón, me resisto a aceptar que todo se reduce a la voluntad de poder. Yo prefería a Habermas y su voluntad de verdad (de "veracidad", dice Jürgen). Pero la realidad me pone difícil a Habermas.

Estuve dos cursos implicado en un proyecto que me parece el más interesante que he vivido jamás, y por eso lo viví con intensidad, con esfuerzo, con dedicación. Incluso con fe, en los primeros tiempos. Creí. Incluso podría decir, con Chateaubriand: creí y lloré (j'ai pleuré et j'ai cru). Porqué había razón y emoción, racionalidad y sentimiento. Eso pasa poco, todos lo sabemos. Pero pasa. Yo soy testigo de que eso sucede, aunque sea pocas veces. Como el misterio insondable de la sincronicidad.

Por ese motivo el dolor es, hoy, más grande: cuando uno descubre que toda aquella belleza y toda aquella razón están oprimidas bajo una forma de tiranía de lo pequeño, de lo egoísta, de lo mezquino. No hay generosidad. Estuve dos años viviendo intensamente en un proyecto en donde había inteligencia, razón, ciencia. Solo faltaba la bondad.

Estuve en una reunión -que constaba en el calendario como "reunión de evaluación" de un curso determinado- que se convirtió en una discusión desagradable, incluso agria, sobre disciplina (es decir, sobre represión de la indisciplina). Suele pasar eso en las comunidades regidas por una ideología muy robusta: no se tolera la disidencia de ninguna clase y se aparta la autocrítica. Tanto énfasis en la represión del indisciplinado cuestionaba la validez del aparato educativo, y eso está prohibido nombrarlo. Un tabú. Una doctrina avalada por Harvard no puede ser cuestionada por un niño ingobernable de 11 años, de modo que en esta reunión se buscaron culpables entre los docentes presentes: algunos fueron acusados de blandengues, otros de poca fe: nadie osó admitir que el sistema fallaba. Que el sistema era tan débil y tan humano y tan predeciblemente imperfecto como cualquier otro, de los otros sistemas que no están avalados por los sabios.

-Harvard ya no es lo que era, me dice uno, en Harvard viven de una leyenda que se está diluyendo en la niebla de los tiempos.

Lo malo es que se me termina el tiempo. Que yo también me voy a diluir en la niebla algún día no muy lejano. Al final, todo lo grande es pequeño. Y todo lo pequeño, grande. La vida y sus chascos.

Lo dijo Tolstoi en la primera frase de Ana Karenina: los que son felices son todos iguales. Los que son desgraciados lo son cada uno a su modo.

6 de jul. 2019

Los mossos de escuadra ¿son una ficción?

Mossos d'esquadra. Els casos de ficció

Se ha publicado un librito que podría ser debido a la pluma de Philip K. Dick: "Mossos d'Esquadra. Els casos de ficció". Dick escribió una obra rara e hipnótica, "El hombre en el castillo", en donde los personajes, gracias a la lectura de un libro (un libro dentro de un libro), toman conciencia de que viven en una dimensión paralela y ficticia. Ficticia además de paralela, atención al dato. Tan terrible como soñar sabiendo que se vive en un sueño angustiante sin poder despertar.

[Debo añadir una referencia al término "nivola", que Miguel de Unamuno usó en 1907 para referirse a "Niebla", anticipándose en más de 50 años a Dick para hablar de los personajes que son conscientes de vivir en una ficción. Mientras el visionario Bilbeny no demuestre que Unamuno era catalán, cosa siempre posible, debemos aceptar que uno de Bilbao se adelantó a uno de Chicago, como es natural].

Sin embargo, el librito sobre los Mossos no se debe a Dick y se ha publicado en la Cataluña del procés, con lo cual uno se teme que tras esa obra no está ningún genio esquizofrénico, si no algún escritorzuelo dispuesto a exprimir el tirón nacional-lacista. El redactado nos remite a autores que escriben como alumnos de la Eso y les publican como si fuesen adultos. Son cosas catalanas, ya saben ustedes: "no les hagan mucho caso, no son malas personas pero son catalanes". (Eso lo dijo Max Aub en el 39, en "Campo cerrado").

La editorial promociona el librito con un texto ruborizante. ¿El editor se ríe de sí mismo? Es posible. El sentido del humor catalán es difícil de aprehender. Júzguenlo ustedes mismos. Este es el texto promocional:
Una de les funcions del cos de Mossos d'Esquadra és la prevenció de fets delictius per evitar que els ciutadans es converteixin en víctimes d’aquests. Des de sempre hem impulsat una sèrie de campanyes d’informació amb diferents consells de seguretat adreçats a la ciutadania, que és la receptora dels nostres serveis. Ara fem un pas endavant en la manera de difondre’ls.
Alhora, el cos de Mossos d'Esquadra, com a part de la societat, té entre els seus membres persones que destaquen en diferents àmbits, com poden ser els esportius o els culturals. En aquest últim camp, compta amb escriptors reconeguts amb premis en diversos certàmens literaris i d’altres aficionats, així com també amb il·lustradors molt distingits.
D’aquesta fusió entre el treball policial i el món de la cultura neix aquest llibre.
En aquesta antologia de relats escrits per membres del cos de Mossos d'Esquadra volem fer palesa aquesta vocació de servei a través de diferents històries de ficció inspirades en casos reals, que tenen un rerefons basat en alguns dels nostres consells de seguretat. Els lectors podran passar una bona estona llegint trames molt variades i alhora descobriran algunes tècniques delictives, podran posar-se a la pell dels mossos i, en alguns casos, en la de les víctimes o, fins i tot, en la dels mateixos delinqüents per aprendre una cosa bàsica de la literatura i, per descomptat, de la vida: de vegades, res no és el que sembla.
El texto es ridículo, si. No cabe duda alguna. Hay un abuso de terminología risible: "fets delictius", "ciutadania receptora", "els Mossos són part de la societat", "entre els seus membres té persones", "històries amb rerefons", "els nostres consells de seguretat". Es imposible reproducir las expresiones ñoñas, los tópicos más desabridos y las estupideces sin copiar el texto entero. Un texto debido a un asesor de la burocracia policial que pide un curso de expresión escrita, o una introducción a la sintaxis elemental (atención a la última frase del texto).

En el texto se cuentan ridiculeces para parar un tren, no soy capaz de destacar una por encima de las otras. Lo que es la literatura está ausente (aunque se la nombra como por error y sin sentido, al final). Eso se agradece, es el único destello de algo parecido a la inteligencia y a la sensibilidad. Hay un reconocimiento implícito (¿explícito?) de esa renuncia a la escritura entendida como arte: el librito se reduce a la didáctica y a la propaganda, como casi todo lo que se escribe en esta triste época en el país que jamás fue un país (salvo en la ficción de algunos).

Si fuese periodista indagaría en la génesis del libro. ¿Han pagado el libro desde las arcas del Consejería de Interior? Es una hipótesis. Es posible que el cuerpo policial regional necesite recuperar algo de una imagen simpática y democrática. Sin embargo, les diría lo más obvio: dejen la ficción para quien sabe. Con Pérez Andújar, Marsé y Vila-Matas vamos muy bien servidos. Nadie necesita a policías que no saben escribir.

Mientras escribía esas líneas hice un pausa, puse las noticias y en ellas apareció el señor Buch, Consejero de Interior del gobierno regional, declarando algo sobre un incendio en la provincia de Tarragona. Camisa blanca recién planchada, eso que no falte. Para explicar la presencia del ejército en la lucha contra el fuego improvisó que "es normal que nos ayuden los países vecinos: si el incendio estuviese en el Ampurdán, los franceses habrían ayudado como ahora ayudan los españoles". ¡Dios mío¡ me estremecí: ese hombre no vive en el mundo, vive en un universo paralelo y no duda en manifestarlo públicamente. También hay consejeros de interior de ficción, por lo visto. Quizás se avecina un nuevo librito: "Govern català: els casos de ficció".

Quizás los Mossos de Escuadra son una ficción. Quizás son un cuerpo policial delirante e imaginario, perteneciente a una dimensión atontada, y nos lo comunican desde un librito de apariencia inane, para que despertemos de nuestra siesta nacionalista.

4 de jul. 2019

La langosta se ha posado

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(...) a finales del verano, cuando el calor sofocante menguaba, y en la hora en la que el sol se disponía al ocaso (poco más tarde de las nueve), se interrumpió la programación habitual de la televisión regional y apareció el Presidente. Se le vio algo deslucido, demasiado pálido tras un verano como aquel, de sol intenso y pertinaz sequía. Alguien hizo notar que estaba más flaco. También se dijo del presidente, quizás lo dijo ese mismo alguien, que el presidente estaba algo "desmejorado". Sin embargo y a tenor de las imágenes que nos dejó esa tarde la televisión, lucía camisa blanca impecable, recién planchada, la runa "pe" en el ojal y el cabello escaso pero bien peinado, vestigio de un corte veraniego efectuado, según los analistas expertos, semanas atrás, en el mes de junio. Su semblante era serio, aunque eso no era anuncio de nada novedoso: los televidentes siempre le habían visto con ese porte grave, como si cualquier ocasión fuese una ocasión trascendental, a la que uno debe enfrentarse con seriedad y gesto cuasi trágico. Solemnidad y excepcionalidad a la vez: eso es lo que siempre quiso transmitir el presidente en sus alocuciones al pueblo a lo largo de su carrera, que fue tan breve como encendida.

El cronista no transcribió el discurso entero, solo hizo una síntesis del sentido general de sus palabras, que estuvieron trufadas de metáforas y de citas librescas que abarcaban desde la poesía popular hasta la culta, pasando por el refranero y algunas frases muy agudas debidas a los padres pensadores de la Patria de todos los tiempos.

-Ciudadanos y ciudadanas, dijo. Hace tiempo que quería contaros algo, y es algo que me cuesta contaros. Por eso he tardado un poco más de lo que la prudencia recomienda. Pero ya no puede demorarse más este momento que, os lo prevengo, no es feliz ni para mi ni para vosotros. Vayamos al asunto, vayamos al grano y dejemos la paja a un lado: son demasiados años de paja. Debo deciros eso: que nuestro barco no llegó a Ítaca. Eso ya lo sabéis, porqué no sois tontos y no os quiero tratar como a tales. Ciudadanos y ciudadanas: el barco "Patria" ni tan solo zarpó. Bueno, en realidad el barco no salió de los astilleros. Mejor dicho: el barco no fue construído jamás. El relato del marinero heroico es, en realidad, una bella leyenda. Yo quiero recalcar lo de "bella", porque bella lo es. Serlo, lo es. Pero siéndolo, solo es leyenda. La Patria no zarpó. El marinero heroico fue, en realidad, un marinero cobarde que huyó en un bote sin haber pisado jamás la cubierta del barco que no existió. Se refugió en un país lejano e indiferente a nuestra epopeia. Un país frío y distante. Se escondió allí. Jamás regresó para rescatar a sus camaradas atrapados. El marinero que quisimos heroico y fue cobarde. Solo se preocupó de sobrevivir, al principio, y luego de vivir lo mejor posible. Y a fe de Dios que vive muy pero que muy bien. A vosotros, ciudadanos y ciudadanas, os hemos tomado el pelo durante estos años. No hubo barco, no había plan de navegación, no había capitán ni grumete. A decir verdad (ahora, ya puestos, ya puedo contarlo) no había ni tan solo un mar por donde navegar. El dinero destinado a construir el barco y llenar de víveres sus bodegas nos lo gastamos en juglares que cantasen la hazaña de antemano y en un hatajo de falsos calafates que simulaban trabajar cuando aparecía un reportero por la vera del puerto. El astillero era un decorado de cartón piedra. Incluso algunos de los obreros eran de puro atrezzo, elaborados, eso sí, en los mejores talleres de decorados teatrales, factoría de disfraces y decorados de un gran hombre. Sí era real todo lo demás: la propaganda, los reportajes en nuestro canal, los decretos y las grandes declaraciones, los sueldos de los capitanes de pega, de los contramaestres, del cocinero y hasta de la docena de arponeros (aunque no íbamos a cazar ballenas contratamos a doce falsos arponeros, eso también es real). En eso no os tomamos el pelo, os lo juro por nuestro Gran Poeta. Bueno. Me embarga la emoción. [Pausa] Ha llegado el momento. Tras esta declaración me retiraré a mi pueblo y viviré como un hombre cualquiera, como un hombre gris, como un hombre gris y mediocre, como un hombre gris y mediocre y fantasioso, como un hombre gris y mediocre y fantasioso y entusiasta, como el hombre que fui. Os pido que me perdonéis, fui víctima de la ilusión, del fogonazo, de la llamarada que encendió mi pecho en una tarde de otoño, cuando soñé, en mi siesta otoñal (hizo mucho calor aquel otoño) que nos íbamos de viaje en un barco fabuloso hacia una isla mitológica en la íbamos a construir la mejor patria jamás soñada en ninguna siesta otoñal. Os pido perdón por el engaño. No se como os vamos a devolver el dinero que os robamos para simular nuestra gran simulación, pero voy a dedicar lo que me queda de vida a reflexionar y a pensar como narices os devolvemos el dinero que os quitamos. Seguro que querréis saber muchas cosas, ahora, cuando conocéis la verdad. Querréis saber como mantuvimos la pantomima del marinero Frescales y, la verdad, ni yo mismo lo se, porqué hay veces en que ni yo mismo lo entiendo. Se que algunos os vais a enfadar mucho, otros menos y otros nos vais a pedir cuentas y explicaciones, porqué pusisteis todo de vuestra parte: pusisteis tiempo y dinero de vuestros bolsillos en donativos de toda clase, os quedasteis afónicos gritando las consignas que os enseñamos, perdisteis amigos en el trayecto, viajasteis por el mundo para contar que el barco iba, luchasteis contra monstruos y algunos salisteis lisiados, con magulladuras y heridas. Sabéis que lo hicisteis todo para nada, a cambio de nada, no había nada a cambio: os ofrecisteis al engaño como niños en pos de un juguete imposible, os creísteis a los vendedores de felicidad gratis. Lo se y os lo agradezco. Voy a meditar sobre eso también, sobre el enorme misterio que sois para mi.

El discurso siguió y se prolongó durante unos 33 minutos, según cuenta el cronista. Al fin, cuando el Presidente se retiró, la pantalla de los televisores se sumió en un fundido en negro durante muchos segundos. Al cabo de los cuales se escuchó una pieza de violoncelo muy famosa del Maestro Casals y luego una parte de la Novena Sinfonía de Ludwig Van, sobre un fondo de paisajes al óleo de la escuela olotina.

Cuenta el cronista que la inmensa mayoría de los telespectadores prorrumpió en aplausos y vítores, algunos mezclados con llantos y con mocos a la vez que con antiguos cánticos patrióticos, y que muchos también agarraron antorchas y las prendieron y desfilaron por las calles hasta más allá de medianoche. A la mañana siguiente incluso al sol le costó lo suyo amanecer pero finalmente amaneció. Y los ciudadanos y las ciudadanas más madrugadores se encontraban por la calle y se preguntaban los unos a los otros: ¿Qué debemos hacer ahora?. Y se respondían: Pues nada, a trabajar. A trabajar (...).

1 de jul. 2019

La sintaxis indigesta del Niño de la Alpargata

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Hay autores que escriben en un lenguaje difícil, a veces críptico. Debo confesar que siempre sufrí de lo lindo para comprender a San Pablo, a Jacques Lacan, a Adorno o a Gramsci, por poner solo unos ejemplos. Ni Schopenhauer ni Nietzsche lo ponen fácil, por Dios.

Soy hijo de un obrero sin estudios y eso, ya se sabe, tiene consecuencias. En mi casa el lenguaje era sencillo y cada cosa significaba lo que pone el diccionario básico. Nuestra casa de pobres no era una casa líquida, había tanta voluntad de solidez como aceptación de la pobreza. Poca metáfora barroca. Había una cierta previsibilidad. Eso puede doler, pero se agradece a la larga. Aprendí el valor de la frase racional y unívoca, sin metáforas ni eufemismos ni cábalas. Ser pobre solo significa no tener dinero: las demás pobrezas eran imágenes, figuras literarias. Si te dicen que no, es que no. "Si vuelves más tarde de las doce te caerá una colleja" significa eso. Y la colleja te caía, vaya si te caía. No había significados ocultos ni doble lenguaje. Ni esoterismos posibles ni hermenéuticas soñadas.

Me iba a la cama con el cogote dolorido y enrojecido y, de algún modo, satisfecho por haber comprobado que a cada significado le corresponde un significante preciso, uno solo, solo este. El tornillo del 8 tiene su tuerca del 8. Cada acto, una consecuencia. La consecuencia lógica, la anunciada de antemano. Jamás se me ocurrió decir que fui víctima de una colleja política.

Ayer leí este artículo: (In)digestions, en Directa.cat. Me quedé pasmado. No entendí nada, y no solo por la exhibición políglota de su autor, que huele más bien a fanfarronada

La prosa del Niño de la Alpargata me supera y me resulta más difícil que la de Saulo de Tarso cuando habla de ver "como a través de un espejo". En los otros autores difíciles el problema es conceptual. En el caso del Niño, es un problema de ordenación mental. De sintaxis. Su sintaxis es impredecible además de endiabladamente barroca. No, no consigo comprenderle, no lo consigo. ¿De qué narices habla el Niño de la Alpargata?

El Niño de la Alpargata escribió un texto sobre el asunto del ayuntamiento de Barcelona en el que, si no me equivoco, dijo que prefería un alcalde nacionalista antes que a Ada Colau. Vamos, dijo lo mismo que dijo Albert Rivera, pero dicho en modo lisérgico. En modo estratégico lisérgico independentista. En resumen: cada vez admiro más a Manuel Valls en el asunto de lo del alcalde de Barcelona: Valls es claro, inteligente, demócrata. Y además le entiende uno como yo.

El Niño de la Alpargata, lo habrán adivinado ustedes, no es otro que el artista antes conocido como David Fernández, que fue diputado cupaire, poeta, cantante, activista y gerente de una banca. Entre otras cosas. A diferencia de la mayoría de los políticos nacionalistas, que solo han sido trabucaires, castellers o monitores de esplai (o niños de papá y punto), Fernández ofrece un amplio historial que muchos quisieran. Con su grupo musical denominado "Ovidi 3" se fué a Waterloo para ofrecerle un concierto privado al inquilino del chalecito (el Vivales). Me imagino al ínclito Puigdemont cagándose en lo que tiene que aguantar y maquinando como disimular los bostezos ante la actuación de Ovidi 3. Creo que a Puigdemont le gustan los Beatles, con lo cual las cancioncillas de Ovidi 3 le deben joder un montón.

Bob Dylan le ofreció un concierto privado a un Papa de Roma de cuyo nombre no me acuerdo. Creo que lo hizo para mostrarle al mundo la conversión al catolicismo de un judío de origen. Pobre Papa. Pero por lo menos era Dylan y no el indescifrable Fernández el que le cantaba al pontífice. Quizás no sea casualidad que el señorito Matamala se largase de Waterloo poco más tarde del concierto de Fernández, el críptico. Yo hubiese hecho lo mismo: la sintaxis con estupefacientes me pone malo. Me mata la mala sintaxis, como al Jami Matamala. (Por cierto: ¿qué hace Jami a día de hoy, salvo cobrar por ejercer de senador español?).

Creo que me he desviado del asunto. ¿De qué habla el Fernández? Bueno, pues así de claro y de sencillo: no lo puedo responder. Cuentan que Dostoievsky escribía novelas muy extensas porqué el editor le pagaba las páginas según el peso del papel entregado, que depositaba en una balanza. Digo yo que a Fernández le deben pagar por un sistema parecido, aunque adaptado a la realidad de la vida moderna: por el peso metafórico de los bits. Y debe ser por eso que escribe líneas y más líneas sin decir nada, nada de nada, perogrulladas y tópicos de una supuesta izquierda, de una supuesta revolución de niños, de niños bien, aficionados a la poesía romántica y al buen yantar, y lo escribe todo enlazando frases oscuras con una gramática errática que deberían estudiar Chomsky y Pinker, para abrir nuevas fronteras al entendimiento humano.

Cuando el lenguaje no es comprensible... ¿que es el lenguaje? ¿Para qué diablos sirve?