17 maig 2013

Bereshit


Unos cuarenta días después de haber tenido la idea (pasajera como un pájaro pequeño, leve como una nube y oscura como un río), empecé a escribir lo que quizás puede llegar a ser una novela. Sucedió en mitad de la primavera. Había llovido durante todo el día, el aire estaba cargado de humedades y electricidad. Al caer la tarde, se levantó un aire frío y desagradable que me obligó a cerrar el balcón. Abrí una libreta nueva de tapas negras, agarré un lapicero y empecé, sin pensar y casi sin corregir, dejándome llevar.

Escribí el número uno, y luego salieron letras.


1.
La madre llora. Llora mientras duerme; y cuando se levanta lo primero que hace es echarse a llorar. Luego sigue llorando todo el día, y vuelta a empezar. Por la mañana roe cachos de pan duro empañados en lágrimas. Al mediodía, mientras cocina, vierte lágrimas en el puchero. Yo después me como la sopa aderezada con la sal de sus ojos.  
Con el tiempo he llegado a creer que lo que me enloqueció fue comer su llanto durante tantos meses. Una noche juré que me iba a vengar de quién hacía llorar a mi madre. Juré que estuviese donde estuviese, el culpable lo pagaría con la vida. 
Por aquéllos días yo no podía saber que el culpable no era uno sólo, sino que había muchos. Pero aunque lo hubiese sabido, creo que eso no habría cambiado nada. Porqué cuando hube matado al primero salí en busca del segundo, y después del tercero. 
Cuando hube matado a unos cuantos --no a todos-- me di cuenta de que la sangre derramada jamás podría detener el chorro de lágrimas de mi madre, pero eso no me importó mucho. Porqué yo ya había decidido que si Dios y los hombres renunciaron a hacer justicia era necesario que alguien la hiciese. Ya me había nombrado solemnemente juez y verdugo de la justicia abandonada, y la justicia de veras es ciega. Esto lo sabe todo el mundo. 
Yo sabía que los asesinos cristianos no tardan en buscar la confesión de un cura, o bien se libran a la policía para poderse explicar y lograr así alguna clase de redención. También se que los suicidas suelen redactar una carta donde cuentan sus motivos. Yo no creo en Jesucristo ni se escribir. De modo que me fui a buscar a un escribiente de los que escriben cartas a las novias lejanas de los analfabetos como yo por unas pocas monedas, y le dicté el relato del último año de mi vida. 
El escribiente comprendió en algún momento de aquél día que, cuando terminase su trabajo, le iba a cortar el pescuezo. De modo que se extendió. Escribía lento y prolijo, añadía palabras y más palabras, se regodeaba en los detalles. Usó de todo su oficio para demorar la muerte, aunque sólo consiguió prolongar su tormento. 
2. 

3 comentaris:

  1. És curiós, se't veu forçat escrivint en castellà. Una mica com amb en Sánchez-Piñol a Victus.

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    1. Molt bon comentari! Si mires les fotos ho veuràs en català, que és la llengua en què escric fora del blog...

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